Capítulo 31: El perturbador resplandecer de la luz divina.
La sangrienta batalla entre santos de oro, quiénes custodiaban las casas del zodíaco y los ángeles, los cuales habían sido enviados por los dioses del Olimpo, había terminado, Odiseo había sido arrastrado por la otra dimensión de Saga y vagaba sin rumbo con la rosa sangrienta de Afrodita clavada en su corazón, esto significó el fin de la invasión. El fuego en la casa de Piscis aún conservaba una pequeña manifestación, aunque estaba próximo a extinguirse.
Salida del Templo de Acuario.
Seiya había perforado el muro de hielo de Camus con la flecha dorada de Sagitario, era acompañado por Marín de Águila, Shaina de Ofiuco y Alkes de Copa.
—¡Siento que la armadura de Sagitario está vibrando! —expresa Seiya sorprendido.
Repentinamente la armadura de Sagitario se desprende del cuerpo de Seiya, la cual se forma en el tótem, a pesar de sus grietas y vuela en dirección al templo de Atenea.
—¡Quizá la guerra ya terminó…! —exclama Shaina.
—En el mejor de los casos habrá sido el fin de ésta batalla, pero la guerra continúa… —expresa Marín.
—¡Tengo un mal presentimiento! La armadura se ha dirigido al templo de Atenea… —dijo Seiya.
—¡Apresurémonos a Piscis, quizá podamos salvar la vida de Afrodita! —continúa Alkes. —Yo ahí consideraré que esta batalla ha terminado para mí…
Templo de Sagitario.
Los santos de bronce llegaban al noveno templo y observan la tumba de hielo del escorpión dorado, la cual tenía una lápida que decía: Milo de Escorpio.
—¡Milo…nosotros llevaremos tu voluntad al campo de batalla!
—exclama Hyoga secándose una lágrima.
El Cisne recordaba su batalla contra Milo en las doce casas y las enseñanzas que adquirió al despertar su séptimo sentido.
—Cuanta crueldad y cuanta muerte más padeceremos, en nuestras vidas… —lamenta Shun llorando.
—¡Los santos de oro están dispuestos a morir dos veces para darle una oportunidad a todos los demás, no debemos pensar en el futuro cuanto más sufriremos! —continúa Shiryu. —Sino cuanto le damos a todos los demás en ésta Tierra…
—Es verdad Shiryu, yo también estoy dispuesto a sacrificarme por éste mundo… —contestó Shun recuperando las fuerzas.
—Este es el momento de reagrupar las fuerzas, el momento en que Milo y los demás han ganado con su sangre, vamos a donde el Patriarca y Atenea…. —sentencia el Cisne.
Templo del Patriarca.
El líder de los ochenta y ocho santos de la orden de Atenea se encontraba con su asistente y con el santo de Géminis en su recinto, pronto sus semblantes se tornan tensos ante una extraña preocupación.
—¡Un cosmos de magnitud inconmensurable está acercándose…! —advierte el Patriarca. —¡La ira de los dioses ha caído sobre el Santuario…!
Inesperadamente la noche comienza a esfumarse, una cálida luz solar comienza a cubrir todos los rincones del recinto, detrás de la luz que se mezclaba entre rojo, amarillo y anaranjado puede verse la silueta de un hombre alto, de cabellos rojos como el fuego, vestía un atuendo antiguo, eran túnicas griegas, que parecían de alta costura.
—¡Este enorme cosmos! ¿Se tratara acaso de…? —pregunta anonadado Saga.
—Este brillo, no puede tratarse de nadie más… ¡El dios del Sol…! —expresa entre lamentos el Patriarca.
—No temas, no seré yo quién castigue tu traición, he venido a conversar con Atenea… —dijo serio Apolo.
—¡Atenea no concederá ninguna audiencia, aunque de un dios se trate, mi señor Apolo…! —el Patriarca dijo haciendo una reverencia con su cabeza enmascarada.
—Insolente mortal, para quién juegas en realidad… —susurra Apolo con recelo.
—¡Que vínculo tiene el Patriarca con el Olimpo! —piensa Saga perplejo.
—Atenea ha dado la orden de no ser interrumpida… —tercia el asistente enmascarado.
—Vengo a ofrecerle una tregua… —susurra Apolo.
—Usted no entiende mi señor, su presencia aquí es repudiada, puesto que donde usted está, siempre brilla el Sol, la noche no existe, y sin la noche la Luna no se ve…
—¡De ser necesario tendremos que sacarlo de aquí! —exclama el asistente.
—Cuanta blasfemia innecesaria, yo vengo en paz… —explica el dios.
—Muchos guardianes dieron su vida por éste momento, para que Atenea le pueda dar fin al diluvio de Deucalión… —explica el Patriarca. —Yo no permitiré que evites la salvación del mundo….con tu artera y pacífica presencia…
—¡Eso quiere decir que si no quieres marcharte tendrás que derrotarnos a todos los santos! —brama el asistente.
—Que patético, un humano desafiando a un dios…ahora veré a Atenea, aunque antes conoceré a éstos humanos temerarios… —dice Apolo sonriendo.
—Nosotros no les tememos a los dioses… ¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!
—El cosmos de un humano no puede compararse al de un dios…
El santo de Géminis extiende sus manos palma a palma y rápidamente extiende su brazo derecho al frente, desencadenando una verdadera colisión de estrellas y planetas, la deidad sonríe cuando el ataque está próximo, justo en el momento de alcanzarlo la violenta explosión regresa a su ejecutante, quién resulta herido en todo su cuerpo, su armadura dorada resulta agrietada en diversos puntos, sin embargo su protección consigue salvar la vida a su portador.
—¡Mi mejor ataque ha sido regresado sin dificultad! —dijo Saga entrecortado.
—¡Uno solo de mis dedos es más poderoso que tu técnica…!
El dios con su dedo índice arroja una esfera de energía que rodea completamente el cuerpo de Saga, al disolverse una luz rojiza comienza a arder.
—¡Que demonios es esto! —se pregunta Saga perturbado.
—¡Cuidado Saga! —advierte el Patriarca.
El santo de Géminis comienza a ser preso de la ceguera de la luz solar, el dios levanta la palma de su mano y su enemigo es alzado sobre los aires, a continuación impacta contra el techo y cae nuevamente, la sangre brota de sus heridas.
—Así que éste es el poder del dios del Sol, uno de los más poderosos entre los olímpicos… —susurra Saga entrecortado al tiempo que se pone de pie.
—Humano, así que seguirás intentando detener a un dios, reconozco tu fuerza entre los mortales, pero ante nosotros no tienes una posibilidad en un decallón…
—Los humanos hemos realizado milagros elevando nuestros cosmos y yo, Saga de Géminis te mostraré de lo que soy capaz…
El cosmos del santo dorado se extiende de forma abrumadora.
—El cosmos de Saga se está elevando a un nivel superlativo… —dice el asistente sorprendido.
—¡Apolo, recibe la mejor técnica de Géminis, ésta vez superaré esa barrera de los dioses…! —brama Saga.
El santo de oro junta sus palmas, de pronto un enorme universo se forma alrededor, podía apreciarse planetas, planetoides y enormes satélites, sin embargo Apolo mostraba un rostro imperturbable.
—¡Nada mal…! —elogia Apolo con una sonrisa de autosuficiencia.
—¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!
Saga de Géminis extiende imperceptiblemente su mano hacia adelante, haciendo que los astros choquen violentamente entre sí, la barrera del dios del Sol no dejaba que la técnica avanzara, aunque no se reflejaba en su ejecutante.
—¡Está logrando hacer avanzar su ataque, quizá podría tener una oportunidad después de todo! —espeta el asistente con esperanzas.
—Basta de juegos…
El dios del Sol da un paso hacia el frente y de sus ojos emerge un brillo de una luz cegadora, ésta termina por derretir toda la explosión de galaxias, que resulta completamente ineficaz.
—¡Es imposible! —dijo Saga retrocediendo perplejo.
—De haberlo querido ya estarías muerto, pero deseo ver cuales son sus límites… —continúa Apolo. —Algunos de ustedes han sido capaz de vencer a mis sacerdotes solares, aquellos que protegen los sagrados oráculos, incluso han logrado escaparse del obelisco de piedras…pero ya he visto tu límite al parecer…
—Que poder tiene… —susurro el Patriarca apretando sus dientes.
El dios crea una esfera de luz rojiza con su mano derecha y de los pies del santo de Géminis surge unas enormes llamas que rodean su cuerpo, su armadura empieza a tornarse más rojiza, y ya empezaba a quemar su carne.
—¡Saga! —gritó preocupado el asistente.
El santo de oro sabe que si no hace algo pronto, morirá incinerado, pese al profundo dolor, aísla su mente y concentra su energía por unos segundos, hasta que la hace estallar al tiempo que las llamas se extienden poco a poco hacia los costados, seguidamente se prepara para continuar el combate pero su cuerpo se desploma del esfuerzo. Saga está gravemente herido, con graves quemaduras en casi todo su cuerpo.
—¡No mueras Saga! —gritó el Patriarca.
—Díganle a Atenea que me quedaré hasta que se decida a atenderme… —dijo Apolo seriamente.
El asistente se pone en frente del dios, dispuesto a hacer su intento por expulsar a la deidad del Santuario, inesperadamente se quita las ropas sacerdotales y deja ver la armadura de plata de Altar, su jovial rostro y sus largos cabellos castaños claros, tenía unos grandes ojos lila.
—¿Tú también intentarás lo imposible? Solo yo puedo traer el día o darle paso a la noche…
—Soy Gliese de Altar… ¡ya te lo ha dicho Saga, nosotros somos capaces de realizar milagros, Apolo, voy a llevarte a un lugar que pondrá a prueba si puedes hacer el día en las tinieblas, ONDAS INFERNALES!
El santo de plata enciende su cosmos y en la punta del dedo índice de su mano zurda brota un aura blanca, enviando a continuación unos espirales blancos, sin embargo la técnica regresa hacia su ejecutante, al tiempo que su alma es enviada a la Colina del Yomotsu, cayendo su cuerpo al suelo desvanecido.
—¡Gliese! —grita Saga entrecortado desde el suelo.
—Humanos…el ataque en contra de un dios se regresa a quién lo envía, mientras más alto sea su cosmos, mas conseguirán lastimarse a ustedes mismos…
—Discúlpeme mi señor…yo no dejaré que lo eches todo a perder, me veo en la necesidad de oscurecer un poco el ambiente… ¡RESTRICCIÓN LUMÍNICA DEL VACÍO DEL UNIVERSO!
El Patriarca adopta una pose de oración, juntando sus manos y entrelazando sus dedos, acercando su cabeza a sus manos, su cosmos comienza a elevarse desmesuradamente, repentinamente el techo se triza pero en vez de caerse, levita en el aire, y empieza a contraerse entre sus fragmentos, convirtiéndose en una especie de agujero negro que empieza a absorber la luz del lugar que provenía de Apolo.
En ese momento la llama de Piscis se extingue por completo. Se visualiza la Luna, que se encuentra en el lugar exacto desde algún lugar cercano a la estatua de Atenea, un rayo dorado es disparado al cielo, dando en el satélite, el cual expande la onda de energía sobre la atmósfera terrestre, deshaciendo las gruesas y espesas nubes que cubrían al mundo.
—¡Maldita escoria, vergüenza del Olimpo, no piensen que han vencido, acabaré con Atenea! —rugió Apolo.
—¡No tengo otra opción…LABERINTO DE LOS DIOSES!
El sacerdote mueve sus brazos, las amplias mangas de las túnicas que cubre esos miembros, a continuación se balancean despidiendo una extraña energía que distorsionaba el lugar en el que estaba Apolo.
—Ya he visto ese truco… —susurra confiado Apolo, recordando la técnica cuando fue realizada por Shion.
La energía repentinamente comienza a verse reflejada por el incandescente brillo que emite el cosmos del dios olímpico, lo que genera que el ambiente alrededor del Patriarca comience a distorsionarse, hasta convertirse en una nebulosa en donde el mortal queda encerrado.
—Atenea, aún no ha ganado, yo voy a terminar esta guerra ahora… —piensa Apolo.
El dios se encamina en dirección al templo de la diosa de la guerra, pero en ese momento el santo de Altar logra ponerse de pie tambaleante, su alma había regresado del Yomotsu, su espíritu de batalla no ha sido quebrantado.
—¡Espera dios del Sol! Todavía puedo hacer algo para detenerte… —bramó Gliese.
—No has entendido, aunque tu quieras detenerme sería como que una abeja quisiera detener a una terrible bestia… —humilla verbalmente Apolo.
—Pero quizá un enjambre de abeja podría…invocaré a mis hermanos, para que peleen a través de mí…déjenme cargar con sus esperanzas, con sus frustraciones, con lo que fueron en la vida y en la muerte…y marchen conmigo…
El cosmos del santo de plata abre una especie de portal al Infierno y unas almas empiezan a manifestarse, a su alrededor van tomando formando las siluetas de los santos de las constelaciones de Hidra, León Menor, Lobo, Oso, Corona Boreal, Triángulo Austral, Casiopea, Corona Austral, Eridanus, Microscopio, Telescopio, Liebre, Pez Austral, Pez Volador, Dorado, Retículo, Fornax, Octante, Jirafa, Máquina Neumática, Paloma, Compás, Ave del Paraíso, Escuadra, Vela, Tucán, Brújula, Mesa, Indio, Escudo, Cruz del Sur, Lira, Triángulo, Boyero, Grulla, Lagarto, Ballena, Lebreles, Cuervo, Centauro, Auriga, Cerbero, Perseo, Heracles, Can Mayor, Mosca, Sagita y Pavo Real.
—Esa es la legendaria técnica que es capaz de invocar las almas del Inframundo, usando las ondas infernales a la inversa, nunca pensé que la vería y menos de un joven santo de plata. —dijo Saga con sus graves heridas a cuestas.
—¡Está llamando las almas del Cocytos, la prisión de hielo del Hades…no sabía que un mortal podía hacer algo semejante! —dijo asombrado Apolo. —¡Ni todos los santos juntos podrían conmigo!
Inesperadamente el santo de Altar pierde el sentido al verse superado por la energía de su propia técnica y se desvanece, desplomándose en el suelo, a causa de esto las almas invocadas desaparecen, regresando al Infierno.
El santo de Géminis se pone de pie y camina a donde está Altar, se lo coloca al hombro y lo levanta.
—Gliese, despierta, toma mi cosmos y vuelve a intentarlo… —Saga susurró al oído a su camarada de plata, para despertarlo. —Compartamos la carga de los sueños de nuestros caídos…
El santo de plata al escuchar a Saga abre los ojos, ambos guerreros comienzan a incendiar sus cosmos, los santos de bronce y plata caído en las últimas guerras santas nuevamente aparecen a su alrededor, pero también había pequeña manifestación de lo que parecían ser las almas de Aldebarán de Tauro, Máscara Mortal de Cáncer, Milo de Escorpio, Shura de Capricornio, Camus de Acuario y de Afrodita de Piscis.
Gliese de Altar concentra todas las almas en su palma derecha, las cuales se acumulan y son enviadas como si fuera una enorme esfera de energía celeste.
—Estáis cavando su propia fosa… —replica Apolo sin perder la calma.
Las ánimas de los santos caídos se acercaban para golpear al dios del Sol, pero a pocos centímetros de tocarlo se detienen y son violentamente regresadas, para sorpresa de Apolo éstas desaparecen antes de acabar a Gliese y Saga.
—Los espíritus de sus camaradas no han querido dañarles cuando la técnica se vio reflejada, pero ya han visto que todo intento es inútil… —susurra Apolo.
—Pues lo intentaremos mientras podemos… —contesta el santo dorado.
El dios del Sol al ver la obstinación de sus rivales extendió la palma de sus manos en dirección a los santos, estos se salieron despedidos con violencia contra la pared que tenían de fondo, sin poder volver a levantarse. La deidad abandona el recinto, su objetivo es el cuarto de Atenea.
Templo de Piscis.
Seiya, Shaina, Marín y Alkes llegan a la última casa del zodíaco, encontrando allí con el cuerpo de Afrodita rodeado de un cortejo de rosas fúnebres.
—¡Se está liberando una enorme batalla en el templo del Patriarca! —dijo Seiya.
—Justo cuando pensábamos que la guerra había terminado… —espetó Shaina.
—¡No perderé a Afrodita también! —expresó Alkes en su intento de resucitar al santo de oro.
—No tiene caso, él ya se ha ido… —completa Marín.
—Así sea haré el intento, no quiero retrasarlos, adelántense… —susurró Alkes.
Seiya, Shaina y Marín continúan el recorrido para encontrarse con Atenea, el santo de Copa hará lo posible para salvar al guardián del doceavo templo, pero por muy milagrosa que sea la armadura del santo grial, no es capaz de traer a los muertos a la vida.
Templo de Capricornio.
Los santos de Andrómeda, Dragón y Cisne se desplazaron a toda velocidad por las escaleras de las doce casas, arribando al décimo templo, donde logran ver la tumba de Shura y el mutilado cuerpo de Ajax.
—¡Shura, yo honraré tu memoria protegiendo a Atenea, tal cual te lo prometí aquella vez! —dice Shiryu al tiempo que recuerda la cruenta batalla contra el santo de oro, cuando éste salvó su vida de ser extinguido en el espacio. —Estoy preocupado, el cosmos de mi maestro Dohko ha desaparecido, además el extraño cosmos que hemos percibido desde hace unos momentos es muy poderoso….
—¡Vamos, no hay tiempo que perder! —apresuró Hyoga.
—Si, démonos prisa, al parecer hay una gran batalla en el templo del Patriarca. —dijo Shun con inmensa preocupación.
Templo de Atenea.
La diosa de la sabiduría se encontraba exhausta, con sus piernas vencidas, sostenida sobre su báculo, había usado todo su poder para lograr ese disparo que rebotó en la Luna y afectó la atmósfera de la Tierra, disolviendo el diluvio de Deucalión, el único motivo por el cual aún se sostenía en pie era por la amenaza que acechaba su puerta.
El santo de Sagitario, Aioros, había llamado a su armadura, casi desde que entró el dios del Sol al templo del Patriarca, el valeroso santo que supo dar su vida por Atenea era el último guardián que separaba el enfrentamiento de los príncipes olímpicos.
—Aioros no interfieras, no tendría sentido, yo pelearé con Apolo…
—Perdóneme mi señora pero no podré cumplir su orden, usted no podrá ganar una pelea en esas condiciones…y mis camaradas han dado su vida para que la humanidad tenga una esperanza, usted es nuestra esperanza, esta pelea es mía…
—No lo comprendes Aioros, la diferencia que hay entre un mortal y un dios se debe al noveno sentido…
—¡¿El noveno sentido?! —preguntó entre la intriga y la perplejidad.
—Como sabes el séptimo sentido te hace traspasar las barreras de la física, el octavo las del espíritu, el noveno sentido es lo más profundo del cosmos, aquello surgido del Caos, origen de todas las cosas, una conciencia a la que solo han accedido los dioses…
—¡Entonces alcanzaré el noveno sentido para enfrentar a Apolo!
—Aioros, la diferencia que hay del octavo al noveno sentido es mucho más grande que la que existe del sexto al séptimo, no hay oportunidad de que logres ese milagro…
—No me diga eso Atenea, mi espíritu es inquebrantable, déme su bendición en esta pelea…
—¿Cómo puedes pedirme que te autorice al suicidio? Apolo es un dios tan poderoso como Zeus, Poseidón o Hades…
—Es una pena que no confíe en mí, de todas maneras voy a protegerla…
—Ni aún con una armadura divina e incluso manejando a la perfección el noveno sentido, podrías vencer a Apolo…él es el heredero del trono de Zeus…
—No me importa, no voy a abandonarla, no soportaría verla morir…
—Veo que tampoco tú tienes confianza en mí…
Repentinamente las puertas del templo se abren, la luz del día entra junto con Apolo.
—Tu presencia no es bienvenida en éste lugar, te pido que abandones mis dominios, debes respetar los limites fijados por los dioses… —manifestó seria Atenea.
—He venido a tomar venganza Atenea, tú mataste a nuestra hermana Artemisa…
Aioros de Sagitario observaba a los dioses mientras debatían sin interrumpir, su preocupación era mayúscula.
—Estábamos en guerra y la pelea fue justa…tú lo sabes bien… —argumenta Atenea.
—Pero yo también estoy en guerra contigo, en la misma guerra de Artemisa…y ésta batalla también ha sido justa…
—¿De que justicia hablas? —interrumpe Aioros. —Ella no podría enfrentarte ahora, estando así de exhausta…
—¿Cómo osas interrumpir esta conversación familiar? Hijo de los humanos…—brama Apolo.
—Esta conversación es sobre la guerra que está librando su gente, ésta conversación le pertenece más a él que a nosotros… —tercia Atenea.
—Te diré porque es justicia mortal… —responde Apolo. —Atenea se ha interpuesto en los designios de los dioses y lo ha hecho bien, ha puesto todo su esfuerzo, y ha tenido su recompensa, ha detenido el diluvio…pero éste es el precio…
—Tienes razón Apolo, ésta batalla es justa, ahora pelearemos mano a mano…—dijo Atenea cuando el santo de oro se interpone ella y el dios.
—Yo seré tu adversario Apolo… ¡RAYO ATÓMICO!
Aioros de Sagitario eleva su cosmos al infinito al tiempo que un rayo dorado cae atrás de él, luego cierra su puño derecho y lo impulsa hacia adelante, liberando grandes meteoros dorados que destellaban electricidad, el ataque que iba a la velocidad de la luz y a una potencia infernal, se disponían a impactar en el olímpico, no obstante el enorme despliegue de poder, su técnica regresa, hiriendo al mismo Aioros, su armadura de oro presenta grietas por doquier, producto de las batallas anteriores, sus alas son despedazadas, así como una de sus hombreras y parte de su abdomen.
—Te lo dije antes Aioros de Sagitario, no importa quien me ataque, soy el dios más poderoso incluso en el Olimpo, no tiene caso que intenten detenerme, quería ver a los humanos que desafiaron a los dioses, admiro tu lealtad pero no puedes compararse a nosotros… —Apolo voltea y mira a Atenea. —Me sorprende que la diosa de la guerra justa haya permitido que su subordinado enfrente una batalla como esta…
—La única forma de evitarlo sería obligándolo, no hay dios que tenga derecho a obligar a los humanos… —contestó Atenea.
—A pesar de tu poder no voy a rendirme, aunque mi cuerpo sea desintegrado lucharé al máximo… —Aioros se levanta y enciende su cosmos. —Debo alcanzar el noveno sentido... —piensa. —¡INTÉRVALO INFINITO!
El dios mira decepcionado el nuevo intento del mortal, representando una gran pérdida de tiempo para él. El santo de Sagitario mueve sus manos en círculo al tiempo que su cosmos se intensifica, repentinamente mueve sus manos al frente, saliendo expulsadas poderosas flechas de luz, las cuales intentan penetrar la barrera del dios, pero éste enciende su cosmos y absorbe por completo la técnica, sin siquiera inmutarse, saliendo totalmente ileso. Aioros termina atónito, la deidad sonríe.
—Así que tu técnica es capaz de alcanzar un calor enorme, de un millón de grados… pero yo soy el dios del Sol, ninguna temperatura podría herirme…
—¡Debo proteger a Atenea, mis compañeros ofrecieron como ofrendas sus vidas por nuestra diosa, como podría darme por vencido…!
El santo de Sagitario saca la flecha de oro, la tensa y mira al dios con sus ojos llenos de determinación.
—¡Muere Apolo! —dijo Aioros y dispara la flecha.
La letal flecha de oro se dirige a su enemigo, pero cuando llega a milímetros del rostro del dios, se refleja en lo que parecía ser el impacto que daría en el corazón de Aioros, en ese momento Atenea logro quitarlo con un rápido movimiento. La diosa, producto de salvar a su leal santo, resulta herida en su brazo.
—¿Por qué ha hecho eso? —preguntó Aioros. —Yo soy sólo un soldado…
—Estoy equilibrando la batalla… —dice Atenea y luego suelta un quejido de dolor, la sangre de su herida se derrama sobre Sagitario. —Aioros, ahora creo en ti, me has demostrado que tu espíritu es inquebrantable, estoy seguro que alcanzarás el noveno sentido…
La armadura de Sagitario brilla repentinamente con una luz incandescente, comienza a cambiar de aspecto poco a poco para mostrar un diseño con mayor ornamentación.
—Me subestimas tanto Atenea, podría considerarlo hasta como un insulto, una ofensa…realmente piensas que este humano podrá hacer algo conmigo solo porque tiene tu sangre…
—¡Llegaré a lo más profundo del cosmos, RAYO ATÓMICO…!
El santo de oro se abalanza sobre el dios, lanzando unos incontables rayos de luz, estos chocan contra una pared invisible y regresan, hiriendo a su ejecutante, éste intenta levantarse.
—Terminaré con tu sufrimiento…
El dios crea una enorme esfera de energía rojiza en su mano, la cual despide una enorme temperatura y velozmente la arroja sobre Aioros, que yace fuera de combate.
—Ya has visto que no eres tan justa para decidir las peleas, le mentiste a Sagitario que creías en una victoria, cuando bien sabías que era imposible…
—Yo siempre voy a creer en mis santos, ahora me toca a mí…
Repentinamente aparece la armadura de Atenea, la cuál se ensambla sobre ella.
—No tienes oportunidad Atenea, sería mejor que te rindas, pero sé que eso no pasará, seré piadoso y te mataré rápido…
—Como puede el dios de la verdad y la luz decir tales palabras…
—Calla para siempre Atenea…
El dios del Sol enciende su cosmos al tiempo que una poderosa llama surge de su palma, a continuación la envía hacia la diosa de la Tierra, ésta utiliza su escudo para bloquearlo, pero empieza a retroceder por la energía que despide su rival.
—¡Su poder es increíble! —balbucea Atenea.
La energía del dios Sol se incrementa y termina por levantar la defensa de la diosa de la guerra, la cual sale despedida sobre los aires, para caer luego al suelo, su casco cae rodando.
—Es inútil Atenea, no podrán vencerme…
—No me daré por vencida… —se levanta la diosa y seguidamente lanza un resplandor dorado con Nike.
—¡Que decepción!
El dios del Sol bloquea el ataque con una sola mano.
—¡No es posible!
Monte Olimpo.
Templo de Júpiter.
En el más radiante de los palacios de la montaña de los dioses, se encontraba el emperador supremo, quién miraba a través de las paredes que se veían transparentes, al tiempo que hermosas nubes cubrían la atmósfera, también junto a él se encontraba la reina de los dioses.
—¡Apolo, ésta vez no tienen escapatorias los humanos…la guerra llegará a su fin pronto! —exclama Hera.
—Al parecer así será, un dios de su poder es inigualable para el más fuerte de los humanos, aún portando armaduras divinas…pero porque Apolo habrá descendido al Santuario…
—Seguramente está iracundo luego de que Atenea tomara la vida de Artemisa…no pudo evitar que la maldita detenga el diluvio, pero puede terminar la guerra en estos momentos…
—No se si será muy justa la pelea, la victoria en franca desigualdad no es victoria… —susurra Zeus.
Templo de Atenea.
La diosa de la guerra trataba de hacer frente a Apolo a pesar de su cansancio.
—¡Es hora de finiquitar esto! —exclama Apolo.
—No vencerás… —dijo la diosa exhausta.
Los dos dioses lanzan sus ataques, los cuales colisionan entre sí, entrando en un equilibrio exacto, en donde ambos se contenían, Apolo es cubierto repentinamente por unas llamas que dan paso a su kamui, inmediatamente el cosmos del dios se incrementa y su ataque desborda al de Atenea, quién aparentemente es derrotada.
—¡Este es el final de la guerra Atenea, voy a rematarte…tu cabeza es mía!
El dios se dispone a dar muerte a la deidad, cuando de repente un cosmos gigantesco inunda el recinto, Apolo voltea y observa que Aioros está de pie, es del mortal de quién emana todo ese poder. El santo se lanza en una carrera, al tiempo que su armadura resplandece y se reconstruye dando forma a la armadura divina de Sagitario.
—¡RAYO ATÓMICO!
Aioros levanta las alas y da paso a un vuelo, cayendo hacia abajo y lanzando incontables meteoros dorados que se abalanzan sobre el dios.
—Este hombre, ¿acaso habrá alcanzado el noveno sentido…? —se pregunta Apolo.
El combate en el salón de Atenea había entrado en un punto culmine, Aioros había despertado la armadura divina de Sagitario y el dios del Sol vestía su kamui olímpica. ¿Serán capaces los humanos de alcanzar los límites de los dioses?
