Capítulo 32: ¡El infinito cosmos de los dioses!
La batalla en el Santuario que parecía haber terminado, había tomado un inesperado giro cuando el dios del Sol se hizo presente, iluminando la noche, volviéndola día, el Patriarca, Gliese de Altar y Saga de Géminis habían intentado evitar que la deidad llegase a dónde estaba Atenea, ya que en cualquier momento la Luna alcanzaría el lugar exacto en el cielo para que la diosa pueda exorcizar el diluvio de Deucalión, impuesto por el rey de los olímpicos. Sin embargo fracasaron rotundamente ante el omnipotente poder del dios Sol, el cual logró entrar al templo de Atenea, dónde Aioros intentaba ofrecerle resistencia.
Atenea se había visto forzada a interrumpir la batalla para salvarle la vida a Sagitario, acción con la cual había resultado herida por la flecha que su santo de oro había disparado contra Apolo, la cual tras reflejarse en el dios impactaría en el corazón del mortal, aquella acción terminó con un corte en su brazo y su sangre fue salpicada sobre la armadura de oro. Cuando parecía que finalmente Atenea estaba fuera de combate, sumergida en la inconsciencia, Apolo se disponía a rematarla, pero Aioros logró levantarse obteniendo la armadura divina, tras encender su cosmos al infinito.
El Santuario.
Templo del Atenea.
Un nuevo combate estaba por llevarse a cabo… ¿podría Aioros con su armadura divina ser un serio rival para Apolo?
—¡RAYO ATÓMICO!
La energía cósmica del santo de Sagitario llega a su cúspide, con un poder que jamás había siquiera imaginado en el pasado, su puño derecho extendido desprende brillantes esferas de luz doradas que resplandecen con electricidad, generando una enorme devastación en los alrededores, el dios se mueve a los costados, desapareciendo y apareciendo, una y otra vez. El santo dorado incrementa la cantidad de los puños de luz, la deidad los esquiva a todos, pero finalmente un poderoso meteoro final se aproxima a su cuerpo, pero Apolo lo detiene con su mano.
—¡Cómo puede haber bloqueado un golpe tan devastador, eran más de un decallón de golpes por segundo…!
—Repentinamente te has convertido en un adversario, hasta hace un momento parecías un insecto…tu poder podría compararse con el de algunos dioses pero nosotros los olímpicos estamos más allá de la novena conciencia de los dioses comunes, aquellos con los cuales podrías compararte en éstos momentos…además nosotros podemos movernos fuera de los límites de la física, mientras que ustedes solo pueden hacerlo a la máxima velocidad de éstas leyes, la luz…
—La energía que despide mi cosmos abraza al infinito, voy a poner a prueba que tanta diferencia existe entre un mortal y un dios corrupto… —replica Aioros mientras enciende su cosmos.
—¡Blasfemo! A pesar del milagro que hayas alcanzado al noveno sentido, esto solo se debe a la sangre de Atenea en tu armadura de oro, aunque tienes tu mérito por haber trascendido a la novena conciencia, aún así tus oportunidades siguen siendo igual de nulas.
—¡Eso está por verse!¡IMPULSO DE LA LUZ DE QUIRÓN!
El santo divino de Sagitario alza vuelo y en el aire junta sus alas frente a su cuerpo, así como sus brazos frente a su pecho, repentinamente abre los brazos a los costados de forma violenta, sus alas se abren provocando una tremenda ventisca que se combina con su cosmos para generar un tifón de luz dorada, que se arremetía en forma directa contra el dios del Sol.
—Insensato…
El dios del astro rey eleva su cosmos, generando una candente esfera de energía a su alrededor, como si el mismo Sol lo cubriera, la corriente de luz pasa sobre la esfera sin afectarla en lo más mínimo, al disiparse el viento lumínico que cubría a Apolo, lo mostraba sin el menor rasguño. Aioros de Sagitario intenta ocultar su sorpresa y su miedo, al ver que uno de sus más poderosos ataques, ejecutado como nunca lo había hecho, no ha causado efecto alguno.
—¿Te das cuenta ahora? Ni siquiera me estoy esforzando… —expresa Apolo.—Me equivoque al pensar que porque hayas obtenido el noveno sentido podías compararte a algunos dioses…con o sin noveno sentido los mortales son mortales, no pueden equipararse a nosotros, ustedes son una existencia efímera mientras que nosotros somos eternos…
—Es por eso mismo que nuestras vidas son mucho más intensas que las suyas, nosotros solo tenemos un momento para hacerla brilla tan fuerte como ustedes, los dioses trascienden el tiempo, nosotros lo vivimos… ¡RAYO ATÓMICO!
Aioros se eleva por los aires, alejándose de Apolo pero siempre frente a él, a una considerable distancia explota su cosmos y se dirige en un vuelo rasante contra la divinidad, soltando un golpe al aire que produce un potente destello que encandila el lugar, mil decallones de haces de luz ardientes salen despedidos, el dios se ve forzado a moverse y esquiva la gran mayoría de los ataques, mientras bloquea otros con sus brazos, finalmente el aluvión cósmico de Sagitario termina, sin surtir efecto.
El santo griego se encuentra atónico, el miedo empieza a correr dentro de él, la desesperanza lo abraza.
—Me sorprendes nuevamente Sagitario, justo cuando pensaba que no valías tanto desarrollaste un ataque que trascendió los límites de la física, pudiste superar la velocidad de la luz, pero como verás ni siquiera así puedes estar a mi altura, además de ser conocido como el dios del Sol, también soy la divinidad de la adivinación, por lo que ya sé lo que vas a hacer y a dónde van a ir tus golpes, antes de que incluso tú pienses en atacarme, nunca me alcanzarán tus ataques porque puedo anticipar cada uno de tus movimientos…
—Si tengo que atacarte sin pensarlo lo haré, entonces será cuestión de poner mi mente en blanco para atacarte… —responde Aioros.
—Esto no se trata de leer la mente, sino que puedo adivinar lo que va a pasar o va a suceder, sea planeado por ti o por quién sea…
La diosa de la sabiduría vuelve en sí y escucha la última parte de la conversación de su santo y el dios, luego logra ponerse en pie, pero está muy lastimada, la sangre brota de distintas partes de su cuerpo, aún así enciende su cosmos, el cual abraza a Aioros.
—Aioros, eres un ser humano maravilloso, tú me inspiras Aioros… —continúa Atenea. —La esperanza y el poder del amor y de la justicia están mucho más allá del plano físico e incluso más allá de la imaginación de los dioses…solo es cuestión de creer Aioros, yo creo en ti…yo confío en ti…
—Atenea no voy a decepcionarla, ni a usted ni a los humanos… —expresa Aioros mientras mira en forma desafiante al dios, su miedo se ha ido. —¡Apolo! ¡Antes mi técnica no tuvo efecto, ahora utilizaré el poder de la esperanza, juro que labraré el futuro de la humanidad con éstas alas de oro, INTÉRVALO INFINITO!
El santo de Sagitario mueve sus manos en círculo al tiempo que su cosmos se intensifica, repentinamente mueve sus manos al frente, saliendo de ellas expulsadas poderosas flechas de luz, la técnica genera una enorme explosión que levanta una gran polvareda, cuando el polvo se disipa puede verse enormes cráteres, la mitad del templo de la diosa Atenea ha sido destruido, pero el cuerpo del dios yace intacto.
—¡Tiene un cosmos infinito! —se lamentó Aioros, su rostro es pura perplejidad.
Casa de Acuario.
Los santos de bronce de Andrómeda, Dragón y el Cisne llegan al onceavo templo, topándose con el cadáver de Camus de Acuario. Hyoga se acerca a su maestro, un gran sentimiento de impotencia le brota en el pecho, lamentaba no haber podido siquiera despedirse tras la efímera nueva vida de quién fuera su mentor, el resto de sus compañeros están acongojados.
—Maestro Camus… —susurra Hyoga mientras se seca una lágrima. —Tu nombre será recordado como un valeroso santo que ofreció su vida nuevamente por Atenea, llevándose consigo la vida de un temible ángel…lo mínimo que puedo hacer por ti es darte un sepulcro como los hermosos glaciales de Siberia…
El santo del Cisne levanta su mano y de ella comienza a surgir una enorme estatua, en la que la figura de Camus queda de pie completamente y en el lugar de su pecho perforado aparecía una capa más oscura de hielo.
—Hyoga… —balbucea Shun invadido por la tristeza.
—Es tradición que se le brinde esta sepultura a los más poderosos santos azules, aquellos que manejan el puño de hielo… —explica Hyoga. —Este cofre no se derretirá ni en un millón de años, así se preservará la leyenda del mago del hielo, Camus de Acuario…
—¡Honraremos la memoria de los santos de oro con una victoria sobre el Olimpo! —exclama Shiryu.
Los santos legendarios siguen su camino hacia el templo de su diosa, con el objetivo de protegerla.
Templo del Patriarca.
Seiya, Shaina y Marín llegan al templo del sacerdote y se encuentran con un panorama desolador, Saga y Gliese se encuentra tendidos en el suelo, inconscientes, mientras que las mujeres se dirigen donde está Altar, el santo hace lo mismo con Géminis.
—¡Saga! ¡Saga! —dice Seiya tratarlo de reanimarlo.
El santo de Géminis vuelve en sí tras escuchar a su camarada.
—Seiya… —susurra Saga entrecortado con sus últimas fuerzas. —Ve a proteger a Atenea…
—¡Saga, resiste, Alkes no tardará en llegar! —anima Seiya.
—¡Seiya! Gliese aún respira… —murmura Shaina.
—Nosotros cuidaremos de ellos hasta que llegue Alkes, ve a proteger a Atenea… —ordena Marín a su discípulo.
El santo japonés se dirige al recinto de Atenea sin perder tiempo.
Monte Olimpo.
Templo de Mercurio.
En el majestuoso palacio del dios mensajero, el cual estaba revestido por oro, diamante y marfil, en una de sus habitaciones se encontraban Jasón, quién había abandonado el templo de Neptuno, cuando repentinamente ingresan Erictonio sosteniendo a Aquiles, quién parecía que no podía caminar.
—Son cosas seria los santos dorados ¿no Aquiles?
—Son rivales de respeto, aún así ¿qué es una cojera comparado con la derrota? —contesta Aquiles. —Yo no soy como Agamenón y los otros…
—Pero en estas condiciones no podrías vencer a un rival de ese nivel… —expresa Jasón. —Te han inhabilitado para la guerra santa…
—No me subestimes, podría derrotarte en una pierna…
—Eso me gustaría verlo, pero no quiero aprovecharme de los lisiados…
—Déjense de estupideces… —tercia Erictonio.
—Tienes suerte de que se me haya ordenado sanar tu renguera, de lo contrario me gustaría poner a prueba tus palabras… —aduce Jasón con orgullo.
—Cuando termine la guerra si aún lo deseas y sobrevives, te combatiré en una pierna… —dijo desafiante Aquiles.
—Primero hay que ver si sobrevives tú… —contestó Jasón sacando el vellocino dorado de su gloria.
—El mítico vellocino que es capaz de curar cualquier herida… —murmuró Erictonio.
El ángel Jasón envuelve la piel del vellocino de oro sobre el talón herido de Aquiles, tras retirarlo el ángel herido había sanado por completo.
—Realmente posees un gran tesoro… —expresó Aquiles. —Ha desaparecido mi dolor y ha regresado mi fuerza y mis movimientos…
Templo de Atenea.
La batalla entre el dios del Sol y el guardián de Atenea continuaba su curso, el ateniense había ejecutado una de sus más poderosas técnicas, acompañado por el poder de su diosa, pero esto no había sido suficiente para alcanzar a Apolo.
—¡No puedo creer que una técnica que es capaz de destruir el templo de Atenea, el cual está cubierto por su divino cosmos…no le cause ninguna herida! —se lamenta Aioros.
—Ni la máxima temperatura del universo le causaría daño a mi piel… —responde Apolo. —Por más poderoso que sea tu cosmos soy inmune a esa clase de ataques, no necesito esquivarlo, ni cubrirme de él…simplemente soy inmune…es mi naturaleza, quizá no puedas entender eso mortal…
El santo divino de Sagitario observa a su enemigo, pensando en que estrategia adoptar, pero el dios desaparece de su visión y en un momento imperceptible aparece frente al mortal, luego abre la palma de su mano, generando una luz que brilla en su cuerpo hasta derribarlo violentamente antes que lo notara.
—Siento como todo mi cosmos se expande, pero no encuentro lo forma de combatirlo… —sisea Aioros mientras se levanta y observa su armadura divina con grandes grietas.
—¡Ahora pondré fin a ésta estúpida batalla! —sentenció Apolo.
—¡ESTRELLAS FUGACES DE PEGASO! —resonó una voz.
Repentinamente miles de meteoros aparecen dispuestos a impactar sobre el dios, quién tan solo voltea para ver como la técnica de Seiya se ve reflejada contra el mismo. No obstante, el recién llegado evade su propia técnica, cuando ésta le es reflejada, sin siquiera tener la necesidad de detener su paso, en su carrera hacia su oponente.
—Así que tú eres Seiya, la reencarnación del hombre que mitológicamente ha sido capaz de herir a Hades, el dios del Inframundo… —susurró Apolo.
El santo de bronce detiene su paso tras llegar a donde estaba Aioros, quedando a unos metros de Apolo.
—Aioros, gracias por protegerme con tu armadura, —dijo Seiya mientras observa la armadura de Sagitario y el inmenso poder que emana Aioros. —Veo has despertado la armadura divina…en ese caso yo también lo haré, he venido fortaleciendo mi cosmos en las batallas contra Agamenón e Ícaro, es hora de elevarlo al infinito…
El santo de Pegaso enciende su cosmos al infinito, su camarada lo miran atento, la armadura de bronce resplandece y vuelve a lucir su forma definitiva, la armadura divina vuelve a renacer como en los Campos Elíseos.
—¡Seiya! Yo soy quién debe darte las gracias… —contesta Aioros todavía sorprendido del poder alcanzado por el santo de bronce. —Has hecho un excelente trabajo protegiendo a Atenea y ahora me has salvado la vida, elevaremos juntos nuestros cosmos…
Los santos divinos de Pegaso y Sagitario elevan sus cosmos al infinito, mirando desafiante al dios, listos para luchar juntos por primera vez.
—Interesante, dos santos que han llegado a la novena conciencia.
—¡Saori, Atenea! —dijo Seiya mirando a su diosa herida.
—¡Seiya, tu presencia revitaliza la esperanza! —contesta Atenea con una sonrisa.
La diosa eleva su cosmos y lo brinda a sus dos guardianes.
—¡METEOROS DE PEGASO!
Seiya traza con el movimiento de sus dos brazos los quince puntos estelares de la constelación de Pegaso, con su puño cerrado lanza un movimiento frontal, las estrellas fugaces son disparadas con enorme violencia, se trataba de decallones de meteoros.
—¡RAYO ATÓMICO!
Aioros se eleva por los aires, abre los brazos a los costados, al tiempo que cientos de rayos eléctricos dorados se vislumbran, luego suelta un golpe al aire y de su puño emergen decallones de meteoros dorados.
Ambos ataques se mezclan entre sí y se disponen a embestir al dios Sol.
—Por más alto que eleven sus cosmos, por más avanzado que se encuentren en el noveno sentido, no pueden compararse conmigo…observen el poder de la creación, aquello que ha dado vida a este sistema solar, la fuerza de Sol…
El dios coloca sus manos al frente, juntando sus palmas y de ellas emergen una poderosa estrella brillante, que lo ciega todo, atrayendo todo a su núcleo, cada uno de los ataques, cada uno de los golpes soltados por las técnicas de los santos divinos, las cuales habían superado la velocidad de la luz.
La estrella empieza a cambiar su color, de ese dorado blancuzco empieza a tornarse roja y comienza a expandirse, tal como una estrella lo hace luego de haber quemado todo su hidrogeno, para ponerle fin a su etapa conocida como fase principal, donde absorbe a los cuerpos celestes más cercanos, para empezar a quemar su helio, convirtiéndose en una gigante roja. La mortal técnica del dios comienza a atraer a los santos a una muerte segura en el interior de la estrella.
—¡Una extraña fuerza me está jalando! —se queja Seiya.
—¡No puedo resistirla! —expresa Aioros.
—¡Seiya! ¡Aioros!
Repentinamente la diosa se interpone entre la fuerza de la gigante roja y sus santos, cubriéndolos con su escudo, el cual tras reflejar la luz de la estrella de Apolo contra sí misma, termina explotando, generando una violenta reacción en cadena que golpea duramente a Pegaso y Sagitario. Por el contrario los dioses, tanto Apolo como Atenea, no presentan daños por la explosión.
El santo divino de Pegaso se incorpora con algo de dificultad, con su firme determinación y su gran tenacidad.
—¡Apolo, éstas heridas no representan nada para mí…COMETA DE PEGASO!
—¡Seiya…cuanta tenacidad! —balbucea Aioros al tiempo que intenta levantarse.
El santo divino de Pegaso lanza un gran puñetazo, al tiempo que detrás de él emerge un enorme cometa de color blanco que se precipita contra Apolo, intentando avanzar sobre su enemigo.
—La tenacidad no es suficiente…. —contesta por lo bajo Apolo.
El dios detiene el ataque con una mano, pero el peso del ataque se incrementaba.
—¡No puede ser!
El dios pone su otra mano para contener al cometa. El ataque del Pegaso divino obligaba a Apolo a usar toda su fuerza para contenerlo, hasta que finalmente logra desviarlo, haciendo que se pierda en el horizonte.
—¡Que fuerte es…! —exclamó Seiya sorprendido.
—¡Es hora de que desaparezcas!
El dios del sol destella una luz con sus ojos, generando que el mortal no pueda moverse, pronto su nueva armadura divina es destruida por completo, pero aún éste último se mantiene en pie.
—¡Seiya! —grita Atenea.
—No estás calificado para vencerme Pegaso...
—Esto recién comienza… —replica Seiya. —Elevaré mi cosmos a su máximo nivel y crearé un milagro… ¡arde cosmos…METEOROS DE PEGASO!
El santo de Pegaso se lanza con su puño derecho al frente, liberando cada vez más estrellas fugaces, su cosmos se incrementa cada vez más, pero sucedía la misma secuencia, sus golpes se esfumaban ante la poderosa energía solar. Repentinamente el dios, que había derretido todas las poderosas estrellas fugaces, ejecuta una ráfaga de viento solar con la palma de su mano, el ataque golpea a Seiya y lo hace volar con violencia hacia atrás, pero es atrapado por Atenea, el santo tiene severas heridas.
—¡Seiya, resiste! —dijo la diosa preocupada.
—¡Saori! —contestó el santo de Pegaso antes de caer en la inconsciencia.
—Terminemos con esto de una vez Atenea… —sentenció Apolo.
—¡Espera!
Aioros de Sagitario logra ponerse de pie nuevamente, tambaleante pero aferrado a la esperanza.
—¡Ya no soportaré sus interrupciones, me cansé de jugar!
Nuevamente el dios lanza la ráfaga solar pero ésta vez sobre Sagitario, el cual es golpeado y su armadura divina es destruida, luego cae duramente contra una columna.
—¡Apolo! —exclamó Atenea. —Te ordeno que te retires de mi templo en éste momento o de lo contrario te mataré…
—¡A veces no pareces muy sabia Atenea!
La diosa muestra su báculo y se lanza en una carrera cósmica para atravesar a Apolo con Nike, la deidad solar intenta evadir la embestida pero es alcanzado en la hombrera de su kamui, separando una pieza de ésta y provocándole un profundo corte en su hombro, la sangre se derrama sobre su brazo. El dios toca su herida con brazo sano y luego mira la sangre en su palma, está sorprendido, nuevamente lleva su mano a su herida y elevando su cosmos sana la misma.
—Atenea, veo que estás decidida a darlo todo en éste combate, ha llegado el momento de saber si tu escudo, aquel que dicen que puede bloquear cualquier ataque del mal, es capaz de bloquear la flecha de la verdad…aquella que simboliza todo lo bueno y lo justo en el universo…
De las manos del dios surgen llamas, formando un arco, las cuales al apagarse muestran la imponente arma del regente del Sol, el cual destella brillos plateados, en su otra mano una llama similar materializa una flecha.
—Así que vas a usar la flecha por la que cayeron varios de los hijos de Gea…
—Y ahora caerás tú… —Apolo tensa la flecha y apunta a su enemiga.
—Tu flecha no superará a mi escudo, ya que no lleva la verdad en ella más que en su nombre…
La flecha es disparada sobre Atenea, la cual intenta bloquearla con su escudo, el impacto es violento, la flecha es repelida, clavándose en una roca, al costado. Pero el escudo de la diosa se ha escapado de su mano y ha rodado varios metros lejos de ella.
—¿Cómo interpretarías esto Atenea? —manifestó Apolo esbozando una sonrisa.
—La flecha no ha sido capaz de penetrar mi escudo, ni de herirme, como lo ves no tienes la verdad contigo…
—Yo creo que sí, pues veo que la flecha te ha quitado tu única protección…
El dios del Sol tensa su arco y dispara una nueva flecha, la diosa de la sabiduría intercepta la trayectoria con su báculo. La flecha se incrusta en el arma de la diosa, la cual se ve envuelta en llamaradas en un instante, haciendo que la hija de Zeus suelte su preciada arma. El báculo cae cerca de una columna. Detrás de ella emerge una sombra.
—¿Quién eres…? —pregunta Atenea al divisar una silueta entre la sombra.
—Soy Ícaro, un ángel del cielo.
—Ícaro… ¿qué haces aquí? —pregunta Apolo.
—Luego de mi combate con Pegaso fingí una retirada, pero me quedé en el templo de Capricornio…y empecé a subir detrás de Seiya, me he vuelto un experto en ocultar mi cosmos…y escabullirme sin ser visto, ahora pondré fin a ésta guerra…
—¿A que te refieres? —interroga Atenea.
El ángel toma a Nike del suelo.
—¡Se dice quién tenga a Nike saldrá victorioso, ese es tu secreto Atenea, pero ahora está en mis manos! —exclama Ícaro.
—Ahora que nosotros tenemos a Nike, la victoria será del Olimpo… —expresa Apolo.
—¿Del Olimpo dices? —pregunta Ícaro. —He estado encerrado en la Prisión de la Luna…ustedes son muy soberbios a mi modo de ver, no obedecerles es causal de castigo, ¡yo no creo en ustedes!
—¡Ruin! No podrás escapar a la furia de los dioses… —reprende el dios.
—¡Entonces me convertiré en un dios!
El ángel alza vuelo repentino e intenta escapar del templo, pero Apolo se dispone a evitarlo, entonces la diosa se interpuso, permitiendo el escape.
—¡Maldito! No me equivoque en desconfiar de él…ha pecado desde la era mitológica, tiene el atrevimiento de querer alcanzar a un dios…y tal como en la era del mito sus alas serán quemadas por el sol, pero eso será después, a pesar de todo nos ha hecho un favor, Nike en sus manos es menos peligrosa que en las tuyas Atenea, estás condenada…
Alrededor del campo de batalla comienzan a surgir ardientes llamas, las cuales rodean a la diosa de la guerra, rápidamente se crea una poderosa explosión de una enorme llamarada.
—¡Ahora morirán calcinados, no tienen forma de sobrevivir a eso…!
Templo de Piscis.
Los santos del Dragón, Cisne y Andrómeda entran al último templo zodiacal, los cuales aprecian una tumba rodeada de rosas, sin inscripción alguna, puesto que las rosas lo decían todo.
—Afrodita… —susurra Shun con enorme tristeza. —Algo en mi interior me dice que alcanzaste la máxima belleza en tu último combate, la belleza del honor…
—El cosmos del último ángel se extinguió en esta casa, aunque no veo su cuerpo estoy seguro que fue Afrodita quién le puso fin a su vida… —expresó Shiryu.
—Afrodita ha entrado al paraíso de Atenea… —acotó Hyoga.
Los santos de bronce hacen una pequeña reverencia a la tumba de Afrodita y se marchan.
Repentinamente Shun se detiene en seco.
—Este cosmos…acaso podría ser… —dijo Shun con la mirada desorbitada.
—¿Qué ocurre Shun? —interroga Hyoga.
—Nada…me pareció sentir un cosmos familiar… —susurra Shun.
Templo de Atenea.
Lo que quedaba del templo de Atenea estaba envuelto en llamas, Atenea con su cosmos intentaba proteger a sus santos y a ella misma del poderoso ataque de Apolo, sin embargo las llamas empiezan agobiarla y sus fuerzas la abandonan, su cosmos se desvanece, las llamas cubren todo el lugar. El dios da la media vuelta triunfante.
Sin embargo las llamas pronto comienzan a revolotear, de las mismas surge un aura, una figura que se alza.
—¿Qué demonios sucede?
Para sorpresa de la deidad la silueta de un hombre aparece, el aura muestra una enorme ave de fuego.
—Tú eres…
—Soy el ave Fénix…Ikki… —dice al tiempo que levanta a Atenea y a sus camaradas.
—¡Ikki! Eres tú… —masculla Seiya recuperando la consciencia.
—¡Apolo, tus ardientes llamas me han vuelto a la vida!
—Así que eres el Fénix…aquel que se llevó la vida de Faetón, el más poderoso de mis sacerdotes…
—¡Sí, las llamas del carruaje del fuego eran realmente terribles, pero el Fénix resurge de las cenizas! —dijo Ikki mientras se dispone a atacar. —¡ALAS LLAMEANTES!
El santo de bronce extiende su puño derecho desencadenando una poderosa ráfaga de viento con llamas, una prominente ave Fénix ataca, pero el dios regresa sin dificultad el ataque, su enemigo cae al suelo con varias heridas.
—Ni tus compañeros, aquellos que han llegado al noveno sentido pudieron golpearme, muchos menos lo harás tú, aunque hayas regresado de la muerte…—contesta con frialdad Apolo.
—¡Este es apenas el precalentamiento!
Repentinamente el santo de Fénix eleva su cosmos al infinito y su armadura comienza a mutar, volviéndose divina.
—Estoy sorprendido de que tres de los santos de Atenea puedan alcanzar la novena conciencia… —murmura Apolo.
—¡Las alas del Fénix destruirán el Sol…ALAS LLAMEANTES!
Ikki agita sus brazos envolviéndolos en llamas, para luego soltar sus dos puños al frente, liberando un torbellino de llamas, el ataque queda detenido de cara al dios, pero la técnica seguía en plena actividad.
—¡Esta técnica tiene todo el odio! —exclama Apolo.
El dios regresa las alas llameantes a su ejecutante, el cual se ve envuelto en una poderosa explosión, su armadura divina es completamente destruida.
—¡Ikki! —gritó Seiya.
—Quizá haya una forma de vencerlo… —tercia Atenea. —Los tres alguna vez han sido nombrados santos de oro, por lo tanto conocen el secreto de la técnica prohibida…
—¿Se refiere a…? —se preguntó Aioros comprendiendo a los segundos.
Los tres santos se ponen de pie tambaleantes.
—¡Santos de la esperanza! Los autorizo a ejecutar la técnica prohibida, no solo eso, les daré mi bendición y mi cosmos….
El cosmos de la diosa de la sabiduría envuelve a los santos, quienes se ponen en una peculiar formación, poniéndose en un tridente, con Seiya en el medio, Aioros a la derecha e Ikki a la izquierda.
—¡EXCLAMACIÓN DE ATHENA! —gritaron los tres santos al unísono.
Un brillo se genera entre los tres santos y se expande abrasadoramente, amenazando destruir al Santuario entero, el dios pone sus manos al frente e intenta contener el ataque, la energía latente se equilibraba entre las potencia de los santos divinos con la bendición de Atenea y el dios del Sol.
—¡Cuánto más puede resistir así! —se preguntaba Seiya.
—Si ésta tensión continúa la exclamación podría explotar… —explica Aioros.
—¡Es hora de acabar a todos de una vez, el nuevo mundo pronto surgirá…! —expresó Apolo.
El dios del Sol intenta devolver la exclamación hacia los santos, pero Atenea eleva su cosmos y los santos la siguen, rompiendo el equilibrio, concentrando el ataque en su enemigo, cuando parecía inminente que sería alcanzado, un rayo cayó sobre el ataque del trío, haciéndolo estallar y provocando que emerja un rayo de luz al cielo, creando una gran polvareda.
Cuando el polvo cedió, pudo verse un sujeto de cabellos blancos, rostro jovial y ojos celestes, que llevaba una armadura kamui, de color predominantemente blanca con detalles dorados.
—¡Zeus! —exclamó Apolo.
—¡Apolo…Atenea, es hora de detenerse! —ordenó Zeus.
—Padre, eres tú… —susurra la diosa perpleja.
El emperador de los dioses da unos pasos, los santos aún heridos se interponen entre él y Atenea.
—Me resultaría muy sencillo acabaros a todos acá mismo, pero he venido por otra cuestión… —adujo el emperador del cielo.
—¿Otra cuestión? —preguntó Atenea.
—Esta guerra santa que está iniciando es de una crueldad atroz, se ha cobrado incluso la vida de Artemisa. Atenea hasta donde quieres llegar, ¿es que no ha sido suficiente…? —pregunto el soberano del Olimpo.
—No hasta que los humanos sean salvados… —contestó la diosa sin vacilar.
—No comprendo porque luchas por esos humanos que ni siquiera conoces…—continuó Zeus. —Te hemos ofrecido incluso que vengas al Olimpo con tus amados santos y aún así has preferido el camino de la guerra…me apena tanto la muerte de Artemisa como también que la familia de los dioses se enfrenten de ésta forma, todo porque te opones a un castigo justo de la humanidad.
—Yo no veo justicia en tal cosa…no me importa a que me enfrente, protegeré la humanidad, los humanos me han demostrado que tienen un gran valor y un gran corazón…éste especie no es más pecadora que la nuestra, no han hecho más que heredar nuestros males…
—Cuan equivocada estás hija mía, los humanos no son comparables a los dioses, sin embargo no me gustaría que sufrieras a causa de tu necedad, sé que una vez te lo propuse, pero me gustaría que lo pienses nuevamente…a pesar de tus pecados sigues guardando conmigo ese lazo mitológico que nos convierte en padre e hija…
—Es innegociable para mí vender a la humanidad a la peor de las catástrofes…
—Hija, aunque te hayas negado tan rotundamente a mi ofrecimiento, mi corazón aún alberga la esperanza de que cambies de parecer, a pesar de que hayas detenido el diluvio de Deucalión, otras catástrofes azotarán la Tierra, es una decisión tomada y no está a discusión, comenzarán en veinticuatro horas, tómalas como una tregua, para que puedas entrar en razón, y ya no habrá nada que puedas hacer desde la Tierra para evitar la caída de la humanidad, si te quedas caerás con ella, pero si regresas al Olimpo serás perdonada…
—Acepto tu tregua, pero mi decisión también está tomada y no está a discusión.
—Tienes veinticuatro horas para reflexionar, Atenea, tú que siempre fuiste la diosa de la sabiduría, medita sobre tus actitudes… ¡Apolo! Es hora de partir…
—Volvamos al Olimpo… —contestó Apolo.
Los dos dioses miran a Atenea con una mirada penetrante y pronto desaparecen de la vista de ella y de sus santos. Repentinamente entran los santos de Andrómeda, Cisne, Dragón, Ofiuco, Águila, Altar, Copa y Géminis.
—¡Saga, ya te encuentras bien! —dijo Seiya.
—Alkes ha podido sanarnos… —explicó Gliese. —Atenea, el Patriarca se encuentra encerrado en el laberinto de los dioses…
—Tenemos veinticuatro horas para reagruparnos, empezaremos con encontrar la manera de liberar al Patriarca…aún somos muchos para hacerle frente al Olimpo… —explicó la diosa.
La batalla del Santuario llegó a su fin, pero la humanidad sigue en serio riesgo, ha llegado el momento de recuperar las fuerzas y a los heridos, para así encarar la manera vulnerar el Olimpo, la morada de los dioses…
