Parte III: La batalla en el Olimpo, parte uno.
Capítulo 33: Despedidas, el ascenso al Olimpo.
La sangrienta batalla en el Santuario había terminado abruptamente cuando Zeus interrumpió el combate entre Apolo y Seiya, Aioros e Ikki, las bajas habían sido notorias y significativas para ambos bandos, siete ángeles habían perecido y seis santos de oro también habían muerto. Cuando la batalla terminó llegaron al templo Gliese, Saga, Marín, Shaina, Alkes, Shun, Shiryu y Hyoga. El resto de los santos se encontraban en el Santuario en situación de espera, mientras el Patriarca había sido encerrado por su propia técnica, en el laberinto de los dioses.
Templo de Atenea.
El caballero de Andrómeda se sorprende al ver a su hermano y corre hacia él, tomándolo de sus manos, tras haber pensado lo peor después de su combate contra Faetón en el oráculo de Olimpia.
—¡Ikki! ¡Hermano! —dice Shun emocionado con lágrimas en los ojos.
—¡Que alegría verte Shun! —dijo Ikki sonriendo.
En el momento del reencuentro, Aioros cae de rodillas al suelo, la sangre brotaba por sus heridas, Seiya se afirmaba sobre un pedazo de columna, pero Ikki se mantenía en pie, aunque tenía varias heridas a la vista, entonces Alkes abrió su caja de Pandora.
—¡Sus heridas pronto se recuperarán con el agua de la copa! —expresa Shiryu.
—El hilo de Ariadna… —dice Atenea pensativa mientras Alkes daba de beber de Crateris a los guerreros heridos.
—¿Qué es el hilo de Ariadna? —pregunta Hyoga a su diosa.
—Es el hilo que te permite salir de cualquier dimensión o laberinto… —responde la deidad al tiempo que levanta su mano y su cosmos empieza a brillar, atrayendo un haz de luz proveniente del salón del Patriarca.
—La única forma de sacar al Patriarca del laberinto es que uno de nosotros vaya y lo encuentre, pero eso sería casi imposible… —explica Saga.
—¡Yo podría hallarlo rápidamente! —contesta Atenea.
—¡De acuerdo Atenea, yo que he sido Patriarca, conozco la manera de ejecutar aquella técnica! —replica Saga.
—Entonces vamos al templo del Patriarca… —dice Atenea y luego voltea para mirar a sus santos. —Ustedes reúnan a todos los santos en el Coliseo, nos veremos allí en una hora…
La diosa de la sabiduría y el santo de Géminis se retiran del templo.
Templo del Sol.
Zeus y Apolo llegan a las puertas de la cámara principal del templo solar, el cuál tenía una entrada imponente, las paredes brillaban intercalando adornos de oro y plata, estaba revestidos de diamantes, tenía un símbolo del sol en parte de arriba de la puerta.
—¿Por qué has interferido? —pregunta Apolo fastidiado. —¿Por qué ayudas a Atenea…porque esta tregua?
—Porque es mi hija, una olímpica, no quiero que se derrame más sangre de mis hijos… yo también estoy dolido por la muerte de Artemisa, pero no quiero perder a Atenea…o a ti. —contesta Zeus tratando de hacer entrar en razón a su hijo.
—¿Insinúas que podría haber sido derrotado? ¿O es solo una excusa para proteger a la traidora de tu hija?
—Apolo, tú que eres el dios de la luz y de la verdad estás cegado por una densa y oscura nube de venganza…
—¿Acaso no me corresponde tomar venganza por lo que le ocurrió a mi hermana gemela?
—¡Ambas combatieron en una lucha justa a muerte! Es una triste baja de guerra, pero no puedo juzgar a Atenea por defenderse…
—¡Ella fue a atacarla, ella fue al templo de la Luna!
Templo del Patriarca.
El santo dorado de Géminis y su diosa estaban a puntos de ir en busca del Patriarca, quién se encontraba encerrado en el laberinto de los dioses.
—¡Saga…! Éste es el mejor lugar… —dice Atenea posicionándose cerca de donde había desaparecido el Patriarca.
—Me apena volver a desaparecer mi cosmos en contra tuya… —dice entre lamentos Saga.
—Saga…ya has pagado tu pecado…sabes que esto es necesario, además tengo el hilo de Ariadna…
—¡LABERINTO DE LOS DIOSES!
El santo de Géminis mueve sus brazos, los cuales se balancean despidiendo una extraña energía que distorsionaba el lugar en donde se encontraba la diosa.
Laberinto de los dioses.
Tras la ejecución de la técnica misteriosa por parte de Saga, la diosa se encontraba en el extraño lugar en donde el tiempo y el espacio se distorsionaban.
—¡Puedo percibir el cosmos del Patriarca!
La diosa se desliza ágilmente, hasta toparse con quién buscaba.
—Mi señora… ¿qué hace aquí? —expresa sorprendido el Patriarca.
—¡He venido con el hilo de Ariadna! Ha salvarte…
El sacerdote se acerca a la diosa, se arrodilla y toma su mano.
—No imaginaba que un dios olímpico pudiera preocuparse tanto por un guerrero, cada vez estoy convencido de la decisión que he tomado…
La diosa sonríe y toma de la mano al líder de los ochenta y ocho santos de la orden, juntos desaparecen por uno de los pasillos.
El Coliseo.
Había pasado una hora desde que la diosa de la sabiduría había ido a rescatar al Patriarca, todos los santos de bronce, plata y oro sobrevivientes se encontraban en lo que era el campo de batalla del lugar, repentinamente sobre un atril aparece el sacerdote y un grito de júbilo se escucha en el lugar. Tras unos segundos en los que tardó en apaciguarse el jolgorio, el silencio se hizo presente y fue quebrado por quién está encima de los ochenta y ocho santos, quién estaba por dar unas palabras a sus subordinados.
—¡Santos atenienses! El Olimpo nos ha otorgado una tregua de veinticuatro horas, por lo que hemos decidido con Atenea que ha llegado el momento de llevar la pelea hasta ellos, esta noche despídanse de quienes quieren, puesto que la batalla final está por comenzar, hemos seleccionado tareas para todos ustedes, dividiremos nuestro ejército en tres partes, una de las cuales invadirá el Olimpo al amanecer, otra que custodiará a nuestra diosa, el último grupo defenderá al Santuario…
La diosa de la guerra toma el lugar del Patriarca en el atrio.
—Mis queridos santos, estoy orgullosa de todos ustedes, que siempre han peleado a mi lado para defender a los débiles de los caprichos de los dioses…no tengo más que agradecimiento que expresarle, pero si quiero disculparme por el enorme sacrificio que han hecho por mí y la humanidad…me apena convocarlos a una última batalla…quizás ninguno de nosotros pueda volver y vivir el mañana de un mundo para los hombres…pero yo estoy lista para darlo todo para que los hombres tengan ese mañana…ahora les pido que renueven su esperanza, su fe y su valor…visitando a quienes quieren, para fortalecer el compromiso de salvarlos a ellos y a todos de un destino fatal…por eso les pido que me sigan a la victoria…al mundo del mañana….
Un nuevo grito se impone en el lugar vitoreando a la diosa. El Patriarca nuevamente toma el lugar en el atrio y un nuevo silencio se produce.
—A las siete de la mañana nos reuniremos aquí…disfruten esta noche…porque mañana pelearán en el Olimpo…
Una ovación final se escucha en el Coliseo, al tiempo que el Patriarca y la diosa se retiran del lugar.
. . .
Un rato después…en otro lugar del Santuario.
—¡Hermano! Te has convertido en todo un santo dorado, estoy orgulloso de ti… — expresó Aioros.
—La pena me aqueja… —susurra Aioria entre lamentos. —No he podido detener a ninguno de los ángeles, caí preso de esa maldita ilusión de Edipo…
—No importa eso, el campo de batalla siempre te da otra oportunidad mientras sobrevivas…
—Tu presencia me reconforta hermano, ¡me siento tan orgulloso de ti que te prometo no voy a defraudarte!
—¡Lucharemos juntos, codo a codo!
—Ese será para mí el mayor de los privilegios…
Una hora después…
China, los cinco picos de Rozan.
Un cosmos de color verde aparece repentinamente en un sector de la cascada, entonces el agua se abre y de allí emerge el santo del Dragón, con su vestimenta habitual y la armadura a sus espaldas.
Shunrei sale de la cabaña con un bebé en sus brazos y mira a la persona que más quería en el mundo, sus ojos brillaban en una lágrima contenida, hasta que estalló en un gemido agónico el nombre de "Shiryu" corriendo a sus brazos mientras una lágrima escapaba de la comisura de sus ojos.
—¡Shunrei! —dijo Shiryu mientras la toma del rostro, llevándola hacia él para fundirse en un beso.
Tras terminar la demostración de afecto, Shiryu observó al bebé que Shunrei traía en sus brazos.
—¡Shoryu, hijo! El mañana será para ti…
Grecia.
El Santuario.
Saga de Géminis se encontraba mirando el cielo, cuando de repente su hermano aparece.
—¡Saga! No quiero morir sin antes haberme disculpado contigo por haber implantado en ti la semilla de la maldad… —manifiesta Kanon.
—Ya has pagado tu pecado y yo no tengo derecho a juzgarte, pues cargo con una cruz tan pesada como la tuya, si Atenea te ha perdonado como no podría hacerlo yo…
Saga le extiende la mano y ambos se saludan afectuosamente.
Japón.
Orfanato de Tokio.
Seiya se escabulle entre los pasillos del orfanato y golpea una puerta, una muchacha de cabellos castaños rojizo lo atiende.
—¡Seiya, sabía mi corazón que estabas bien! —dijo Seika abrazándolo.
—Seika, he venido a despedirme… —susurra Seiya.
—¿La guerra continúa? ¿A dónde irás?
—¡Iremos al Olimpo a derrotar a Zeus!
—Seiya Prométeme que volverás…
—¡Te lo prometo! Seika, quiero despedirme de Miho…
—De acuerdo vamos a verla…
Ambos jóvenes van a la habitación de Miho, mientras Seiya toca la puerta, Seika se acomoda su alborotado cabello. Entonces cuando la puerta se abre, Seiya pega un pequeño salto con un grito, asustando a recién despierta Miho, la cual deja escapar un grito que es silenciado inmediatamente por Seika.
—¡Seiya, vas a despertar todos los niños del orfanato! —dice Miho mientras se acerca con cara de enojada a Seiya y lo abraza. —Pero que bueno verte por aquí…
—Miho, en realidad he venido a despedirme, en la mañana invadiremos el Olimpo…
—¡Oigan Seiya está aquí! —grita un niño que asomaba la cabeza por la puerta.
Inmediatamente empiezan a escucharse ruidos y muchos chicos aparecen en el dormitorio de Miho, tirándose sobre Seiya.
Afueras del Santuario.
Shun de Andrómeda se encontraba buscando a su hermano, a quién no había visto en el discurso del Coliseo, finalmente lo divisa a la distancia y corre hacia él.
—¡Hermano, espera! ¿A dónde vas?
—Sabes que las reuniones no son lo mío… —responde Ikki a cortapisas.
—¿Entonces no pelearás con nosotros?
—Estaré ahí cuando llegue el momento, ¿y tu Shun? ¿Estás dispuesto a pelear con toda tu convicción en el Olimpo?
—Si hermano, lo haré para que nuestras próximas vidas podamos disfrutarla juntos y en paz…
—¡No quiero que flaquees en el campo de batalla! ¡Que no te asalten las dudas! El destino de la humanidad estará en tus manos cada vez que estés combatiendo…adiós hermano, ¡suerte!
El santo del Fénix se pierde en la oscuridad de la noche. Tras unos momentos en los que Shun se encontraba contemplando el horizonte, en donde la figura de su hermano había desaparecido en la lejanía, llega al lugar Daidalos, quien fuera su maestro en la Isla Andrómeda.
—¡Shun! ¿Qué haces tan lejos del Santuario…?
—Estaba despidiéndome de una persona muy querida maestro…
—June ha estado buscándote…y yo quiero hablar contigo…
—Por supuesto maestro, lo escucho…
—Quiero expresarte el orgullo y la admiración que tengo por ti Shun, lo mucho que has crecido y todo lo que has progresado, sin perder la humildad y la bondad de tu corazón…
—Usted creyó en mí cuando ya nadie lo hacía, siempre he sentido su apoyo y estoy muy agradecido por todo lo que me ha enseñado…
—Tus logros son solo tuyos Shun, yo fui solo un guía y ese ha sido para mi el mayor de los honores que he tenido… ¡vamos con June!
—¡Si maestro!
Maestro y alumno regresan al interior del Santuario juntos.
Casa de Aries.
Mu de Aries se encontraba con su discípulo y con los restos de la armadura de Pegaso y Sagitario.
—Me temo que estas armaduras han muerto Kiki…
—¡Pero entonces Seiya y Aioros tendrán una desventaja abismal en el campo de batalla! —esgrime Kiki.
Repentinamente alguien se tele transporta.
—¡Pero si es…! —dijo Kiki pensando en el recién llegado.
—¡Mi maestro, Shion! — expresó Mu.
—Se me ha ocurrido una alternativa para devolverle la vida a éstas armaduras… —agregó Shion.
—Pero la única alternativa sería que alguien esté dispuesto a sacrificar la mayor parte de su sangre… —contestó apenado Mu.
—Yo no porto armadura… —continuó Shion. —Por lo que creo que sería más útil que vierta mi sangre sobre éstos mantos, que perderla inútilmente en el campo de batalla…
—Pero maestro…
—No está a discusión…
Shion se provocó de repente heridas en sus muñecas, derramando la sangre sobre los inutilizados mantos, dispuesto a restaurarlos.
Rusia, Siberia.
Hyoga llega hasta una cabaña en el medio de lo que parecía ser un desierto de hielo, de pronto se enciende la luz de la habitación de una cabaña y un niño sale a la puerta sorprendido por algo, mira en la lejanía, entre la nevada en donde se divisaba una silueta.
—¿Acaso podrá ser? —se preguntaba Jacob.
Minutos después distingue la inconfundible cabellera rubia de Hyoga y corre hacia él, saltándole encima, prendiéndose a su pecho en un abrazo de brazos y piernas.
—¡Hyoga, Hyoga! —dice Jacob emocionado.
—Pequeño amigo, te debía una visita…
—Pensé que te habías olvidado de mí…
—Eso jamás… —dijo Hyoga bajándolo al suelo y alborotándole sus cabellos castaños.
—¡Vamos a la cabaña, hace mucho frío aquí!
Japón.
Orfanato.
Una vez que Miho y Seika lograron que los niños volvieran a dormir, salieron al patio del orfanato, para continuar la charla con Seiya mientras caminaban mirando las estrellas de la noche.
—¡No vayas Seiya! Por lo que dices es una batalla imposible… —expresó Miho con los ojos llorosos.
—Si no voy y los demás fracasan de todas maneras moriría y ustedes también… — explica Seiya.
—¡Yo creo en los milagros y creo en Seiya! —tercio Seika. —Él ha prometido que volverá y estoy seguro que así va a ser…
Casa de Aries.
Mientras Shion estaba entregando gran parte de su sangre y se encontraba sumamente débil, repentinamente aparece la figura de un hombre alto, de largos cabellos.
—¡Detente Shion! —manifestó Kanon. —Ni con toda tu sangre podrías devolverles la vida a dos armaduras si una es de oro…
—Kanon…no desprecies el sacrificio de mi maestro… —dijo Mu.
—¡No lo desprecio, lo admiro, pero su pérdida sería una baja muy sensible en ésta guerra! —contesta Kanon y luego se auto infringe heridas en sus muñecas, similares a las de Shion.
Entonces Shion se desmaya y Mu evita su caída, para luego detener su hemorragia con su cosmos, al tiempo que Kanon vertía su sangre sobre las armaduras en lugar del antiguo santo de Aries.
Coliseo.
Al amanecer todos los santos se encontraban reunidos en la misma forma en la que habían estado la noche anterior, entonces la figura del Patriarca emerge en el atrio.
—¡Santos atenienses! Ha llegado el momento de infiltrarnos en el Olimpo, en ésta primera cruzada enviaremos tan solo un grupo, conformado por cuatro de los cinco santos de oro que se encuentran con nosotros…ellos serán Mu de Aries, Saga de Géminis, Aioria de Leo, Shaka de Virgo, quiénes serán acompañados por Seiya de Pegaso, Shun de Andrómeda y Daidalos de Cefeo…los demás permanecerán en el Santuario hasta que se les asigne otra función…quiénes he mencionado se reunirán conmigo de forma inmediata en la Colina de las Estrellas…
Un murmuro se escucha en el Coliseo mientras el Patriarca abandona el lugar.
Colina de las estrellas.
Momentos después los santos seleccionados y el Patriarca se encontraron en el sitio previsto, el momento de la invasión había llegado.
—Así que este es el lugar dónde el Sumo Pontífice predice el avenimiento de las guerras santas. —pensó Aioria contemplando un lugar del que solo había escuchado cosas.
—Nuestra diosa Atenea os entrego unas pulseras de flores que les permitirá subir al monte Olimpo sin perecer en el intento… —enseña el Patriarca.
—En esta pulsera puede sentirse la esencia del poder de Atenea… —murmura Saga.
—Vayan a la morada de los dioses, luchen por el amor y la justicia, nosotros llegaremos sin falta…no mueran… —ordena el misterioso Patriarca.
Los santos se introducen en el espacio y el poder de la dimensión los envuelve y los transporta a la morada de los dioses.
Salón Ecuménico.
Los dioses olímpicos habían sido convocados por Zeus y se encontraban reunidos en el radiante palacio, el techo, el suelo y las paredes era semitransparente, lo cual dejaba ver las nubes que se condensaban en las afueras del recinto. Las deidades supremas observaban atentamente al dios de dioses, quién estaba por dar unas palabras.
—Atenea ha roto la tregua, varios de sus santos han entrado al Olimpo, en estos momentos se encuentran atravesando el bosque de la Luna…
—¿Qué acciones tomarás al respecto? —pregunta Apolo con fastidio.
—Los ángeles custodiarán puntos claves del Olimpo…mientras que les corresponderá a cada uno de ustedes utilizar a sus guerreros sagrados para cerrarles el paso a los santos de Atenea… —contesta Zeus.
—¿Los santos tienen el paso libre por el templo de la Luna? —interrogó Afrodita, diosa de la belleza.
—El templo de la Luna está siendo protegido por Eneas, lo asigné a él porque sé que es de tu confianza, imagino que se empleará a fondo para evitar que los santos puedan pisar tu Jardín del Edén… —explicó Zeus.
—Sin dudas que Eneas se deshará de todos los intrusos, y aunque no fuera así mis querubines terminarían el trabajo… —susurró la más bella de las diosas.
—No deberías subestimar a los santos, he sido testigo del poder de su convicción y los siete ángeles caídos en el Santuario son prueba más que suficiente para ellos… —tercio Apolo.
—Apolo, tú eres el que subestimas a mis querubines, incluso al poderoso ángel Eneas, una batalla no se gana solo con fuerza, existen muchas artimañas para romper las convicciones de los mortales… —dijo Afrodita con una hermosa sonrisa.
Pie del Monte Olimpo.
Los guerreros atenienses llegan a la base de la montaña de los dioses, en donde una brisa delicada recorría sus cuerpos, los mortales miraban asombrados el enorme rascacielos.
—¡Con Artemisa vencida, el templo debe estar deshabitado…! —expresó Seiya.
—No perdamos el tiempo, es hora de la batalla decisiva... —acotó Aioria apretando su puño con fuerza.
Los santos comenzaron a desplazarse con su enorme velocidad mientras intercambiaban palabras.
—Que enorme bosque… —susurró Mu.
—¡Hay que atravesar las órbitas deshabitadas de las satélites derrotadas! — dice Seiya.
—¿Orbitas? —pregunta Aioria.
—Así como hay satélites en el espacio que giran alrededor de las órbitas planetarias, en el bosque de la Luna sucede lo mismo, eso significa que ahora estamos en la órbita de Neptuno… —explica Daidalos, mientras a su mente viene la titánica batalla que sostuvo con Io, satélite de Europa.
Los protectores del planeta Tierra atraviesan la órbita de Marte, la última instancia del enorme bosque. Un enorme templo se avizora sobre sus ojos.
Templo de la Luna.
Los jóvenes santos entran al palacio lunar y logran ver grietas por doquier, vestigios de una terrible batalla.
—Esto es el resultado de la mortal batalla entre Atenea y Artemisa… —dijo Seiya, quién presenció dicho enfrentamiento.
—¡Siento un cosmos! Éste templo no está deshabitado al parecer… —advierte Saga.
En instantes pudieron escucharse unos pasos, un hombre de cabellos castaños claros hasta el cuello aparece, tenía ojos verdes, y una belleza angelical, vestía una imponente gloria.
—Se me ha asignado custodiar éste templo de la Luna…
—¿Cuál es tu nombre olímpico? —preguntó Saga.
—Soy Eneas… ¡uno de los ángeles del cielo!
—¿Podrá ser que se trate del semidiós fundador de imperios? El fundador del imperio Romano de occidente… —pensaba Saga. —El Olimpo ha dejado de ser justo hace mucho tiempo…los humanos forjaremos una nueva era sin los dioses… — se pone el casco dispuesto a entablar combate.
—¡Blasfemo! derrotaré a cualquiera que se oponga a las providencias olímpicas… —contestó Eneas.
—¡Caballeros, dejen que yo me haga cargo de éste ángel! — dijo Saga dando un paso al frente. —En la batalla en los doce templos no pude luchar, es mi hora de hacerlo…
—De acuerdo Saga, sé que lo vencerás… —dice Aioria mirando al ángel.
—Te veremos más adelante… —murmura Shun intentando irse pero el ángel bloquea el paso.
—¡Esperen, ninguno abandonará este palacio! —espetó el guerrero celestial.
—¿Piensas combatir tú solo a tantos santos? —terció Daidalos.
—No seas insensato ángel… —acoto Aioria.
—Así es… ¡ninguno pasará…!
Eneas desenfunda una espada, la cual irradia una poderosa luz, para luego hacer un corte en la tierra.
—Su espada irradia una luz deslumbrante… —murmura Saga.
—Esa espada, es muy poderosa…no perderemos nuestro valioso tiempo… ¡COMETA DE PEGASO!
El ángel levanta su espada y la baja verticalmente despidiendo un gran haz de luz que divide en dos el poderoso cometa de Pegaso, las cuales terminan por causar dos enormes cráteres en las paredes del templo.
—¡Imposible! —dijo perplejo Seiya.
—No podrás detenernos… —susurró Saga frunciendo el seño.
—¡Sientan la luz sagrada de mi hoja, hechas personalmente por Hefesto…!
Eneas clava su espada en el suelo, liberando una radiante luz amarilla, sus colores se hacían intensos y de pronto se hacían tenues, los atenienses se cubren los ojos de la poderosa luz. El guardián del templo de la Luna saca la espada enterrada para luego sostenerla apuntando a los caballeros, el resplandor aumenta, la luz tirita en la atmósfera, dañando los ojos de los presentes. Los únicos que no se veían afectados eran Eneas y Shaka.
—Esta luz, yo me encargaré… ¡OTRA DIMENSIÓN!
La luz es succionada por un agujero tempo espacial abierto por Saga de Géminis, los otros santos aprovechan la ocasión para escapar con gran velocidad.
—Como lo suponía…puede distorsionar el tiempo y el espacio como Cástor y Pólux… ¿cuál es tu nombre? —pegunta Eneas intrigado y luego se percata de que solo está Saga con él. —Los santos han escapado…
—Soy Saga de Géminis, como verás mi otra dimensión no solo extinguió tu luz, sino que al distorsionarse el tiempo y el espacio perdiste la noción de la realidad a tu alrededor, ahora somos tú y yo Eneas, por fin voy a poner a prueba el poder de los ángeles…
—No hay guerreros tan poderosos como los ángeles, reunidos para defender a los dioses del Olimpo…
Ambos combatientes alzaron sus guardias y sus cosmos se elevaban, una tremenda batalla estaba a punto de iniciar…
