Capítulo 37: Los mártires del Jardín del Edén.

El momento crucial de la última guerra santa había llegado, la batalla en el Olimpo había comenzado, un grupo de santos fueron enviados al territorio de los dioses. Luego de llegar al Jardín del Edén de la diosa Afrodita, los santos tuvieron que separarse. Aioria de Leo se enfrentaba a Narciso, uno de los querubines, mientras que Shun había salvado a su maestro Daidalos de Cefeo de su enemigo, Paris, quién había tomado ventaja en su combate. Seiya seguía su camino hacia el templo de Venus, dispuesto a enfrentarse a la diosa del amor.

Costas cercanas a la Mansión Solo.

La mañana estaba en su esplendor, Sorrento y Julián se encontraban mirando el horizonte del Mar Mediterráneo.

—Anoche parecía que nunca iba a parar la lluvia… —dijo Sorrento contemplando el hermoso día.

—Puede ser que Atenea tenga alguna oportunidad después de todo… —susurró Julián.

—¿Ya ha decidido qué hacer con el ánfora?

—Me gustaría poder ayudar a la humanidad, pero temo que la decisión de Poseidón sea otra…

—Señor Julián, nosotros servimos a la voluntad de Poseidón…

—Lo sé, mi familia siempre ha servido a Poseidón y no pretendo traicionarlo, pero temo por la raza humana…

—Poseidón escogerá lo mejor para todo, no tengo dudas de ello…

—¿Qué es todo?

—¡La voluntad de Poseidón traerá el progreso, no importa cuál sea el medio!

—Es verdad, debo entregarme totalmente a Poseidón… ¿quién soy yo, un mortal para tenerlo como prisionero en un momento como éste?

—¡Que se haga su voluntad!

El magnate griego saca de entre sus ropas el ánfora que contenía el espíritu de Poseidón. Suavemente retira la tapa en forma casi reverencial y un destello cósmico emerge de lo profundo del recipiente, cubriéndolo por completo en un destello cegador.

Cuando la luminosidad regresó a la normalidad Julián permanecía de pie aún con el ánfora, pero sus ojos estaban perdidos en la inmensidad del mar, parecía estar en shock. Súbitamente el ánfora cayó de sus manos, rodó en la arena, entonces Sorrento se arrodilló frente a él, en forma reverencial y una armadura de color dorado emergió del interior de la mansión. Eran las escamas de la bruja del mar.

—¡Finalmente el dios del mar ha sido liberado! —expresó con devoción Sorrento.

Jardín del Edén.

Templo de Narciso.

En el recinto del querubín, el santo de Leo, Aioria, seguía combatiendo contra el guardián de la diosa Afrodita.

—No podrás detenerme Narciso, mi plasma relámpago ha causado graves heridas en tu cuerpo…

—Te venceré, no deberías subestimarme ni darte por victorioso…siempre tengo un as en la manga…

—¡Clavaré este colmillo de león en tu corazón! —dice Aioria mirando su puño. —¡PLASMA RELÁMPAGO!

—Guarda silencio… —contestó Narciso.

El santo dorado de Leo extendió su puño al frente, desprendiendo millones de golpes a la velocidad de la luz, los cuales forman una enorme red de rayos dorados, pero Narciso desaparece en el panorama, apareciendo a diez metros de distancia, los golpes destrozan una gran parte del recinto, pero no son efectivos en su objetivo.

—¡Has evitado el ángulo de mi golpe mortal! —exclama Aioria.

—Es prácticamente imposible evitar tus golpes una vez que estás en el ángulo de disparo del plasma relámpago, te lo dije antes, soy un querubín, uno de los poderosos guardianes del Olimpo… ¡no confundas la belleza de mi ser con debilidad, por el contrario, mi fuerza es comparable a mi belleza!

—¡Con tus espejos no podrás vencerme! —dice Aioria encendiendo su cosmos con determinación.

El querubín se agacha, apoyando su mano en el suelo, sorpresivamente cae del cielo unas hermosas flores con pétalos blancos y amarillos, el santo de oro evita velozmente que la inmensa cantidad de narcisos caigan sobre él.

—¡No conseguirás evitar mi técnica…FLORES FÚNEBRES DE LOS CIELOS!

El panorama es completamente teñido con una inmensa cantidad de incontables flores narcisos, los cuales emanan una brisa extraña, las cuales entumecen levemente el cuerpo de Aioria, quién de todos modos puede moverse.

—¡Estas flores están adhiriéndose a mi cuerpo! —profiere Aioria mientras mira como los narcisos caen en su dorado ropaje.

—¡Ahora ríndete Aioria…afronta tu derrota ante el máximo guerrero de la belleza y del amor, afronta una hermosa muerte…FLORES FÚNEBRES DE LOS CIELOS!

Una gran cantidad de flores crecían en el suelo, alrededor del santo de oro, repentinamente estas se aprehenden a su armadura dorada.

—Siento como mi cosmos disminuye… —dijo Aioria tambaleando.

—¡Mis hermosos narcisos son capaces de apropiarse del cosmos del enemigo y no solo eso, también puede transferirlo al mío!

Repentinamente las flores de narcisos desprenden sus esporas, las cuales son absorbidas por el querubín, quien enciende su cosmos a un nivel inmenso.

—¡Tengo que evitar que éstas flores me quiten mi cosmos!

Aioria enciende su cosmos tratando de incinerar con su aura dorada las flores que se prendían a su armadura, pero el querubín aparece frente a centímetros del león dorado, en un instante con su palma hacia adelante dispara una gran energía rosácea que imprime varias heridas en su oponente, quién cae con muchos golpes, su armadura dorada está agrietada en varias partes.

—¡Estás derrotado Leo, he vencido! —espetó Narciso riéndose.

—Eres un ser muy tonto Narciso… —murmura Aioria en el suelo, al tiempo que se levanta. —¡Ahora verás lo equivocado que estás al creerte victorioso!

—¿Cómo puedes ponerte de pie? —dice Narciso frunciendo su ceño.

—¡Esta vez no huirás!

El santo dorado de Leo se abalanza sobre el querubín y lanza un puñetazo de luz que es evitado milagrosamente, pero ágilmente prepara un segundo ataque con un gancho, aunque también logra huir, pero con mucha dificultad.

—¡Es tu fin…PLASMA RELÁMPAGO!

El santo de oro alcanza en su ángulo de impacto a su enemigo, incontables rayos dorados que alcanzan la velocidad de la luz golpean en el cuerpo del querubín, quién queda en el aire.

—No puede ser… —se lamentaba Narciso al tiempo que caía.

—¡RAYO RELAMPAGUEANTE!

El santo de oro salta, poniéndose de frente al querubín que estaba en el aire, luego lanza una poderosa bola de luz que sale desprendida de su puño, la cual atraviesa el corazón del rival, quién luego cae al suelo acabado.

—No puede ser…ha salido victorioso…alguien tan bello y poderoso como yo, vencido… —expresa Narciso en su último aliento.

—Narciso, mis objetivos en ésta guerra santa son más importantes que los tuyos, eso torció la batalla en mi favor…

El santo de oro sigue su camino, atravesando el templo.

Templo de Paris.

El santo de Andrómeda tomaba con su cadena cuadrada la mano de Paris, el querubín.

—¡Shun, has llegado! —dice Daidalos tambaleante, sumido en el veneno de la flecha bendecida por Apolo.

—Maestro, tomaré su lugar, no dejaré que muera…

—Shun, veré cuál es tu poder… —pensaba Daidalos. —Está bien Shun…

—¡Te venceré al igual que a tu maestro!

—Shun, no te confíes, el poder de éste hombre es muy alto, la defensa rodante no será suficiente para detener su flecha. —advierte Daidalos.

—¡Andrómeda, no tengo deseos de luchar inútilmente, así que te acabaré de una sola flecha! ¡FLECHA DE LA BENDICIÓN DE LA LUZ!

—¡La flecha es capaz de curvar su trayectoria, ten cuidado Shun!

—¡Esa flecha fue capaz vencer al mismísimo Aquiles, puesto que tiene el veneno de Apolo!

Seguidamente el querubín Paris suelta la cuerda cósmica y dispara.

—¡Tengo que evitarla a como dé lugar…RED DE ANDRÓMEDA!

El santo de bronce extiende sus grandiosa arma defensiva, formando una extensa red de cadenas, las cuales entrelazadas las unas de las otras intentan aprisionar a la flecha, la cual se escabulle entre los orificios, sin responder a la física de su trayectoria, sin embargo, cuando estaba a punto de alcanzar a Shun, éste explota su cosmos.

—¡TORMENTA NEBULAR!

Una poderosa ráfaga de viento terminan por desviar totalmente a la flecha, dirigiéndola en dirección opuesta a su objetivo.

—¡No puede ser…jamás pensé que Andrómeda sería capaz de tanto! —dijo Paris e intentó moverse pero pronto se da cuenta que está paralizado. —¿Qué es esto? ¡Es la misma corriente que ha desviado mi ataque!

—Mi tormenta nebular ha detenido tu cuerpo, la presión de aire que se ejerce en éste lugar no te permitirá dar un paso…

En ese momento, el santo de bronce nota que su maestro está sangrando por los ojos, la nariz y los oídos, Cefeo, quien había sido herido antes de la llegada de Shun, por la misma técnica que ahora Andrómeda había logrado repeler, dicho veneno se había propagado, provocándole ahora una tremenda hemorragia.

—¡Maestro, resista!

—Shun, mi única posibilidad es que perfores los puntos estelares de mi constelación, sobre mi cuerpo…solo así tendré una oportunidad… —dice Daidalos con esfuerzo.

El santo de bronce extiende su puño y estira dos dedos, pero duda, no se atreve a infringir una herida como esa, entonces recuerda cuando vio a Shiryu, cuando perforó los puntos de Pegaso, en Seiya, para curarlo del meteoro negro en la batalla contra los santos negros. El recuerdo aparta las dudas del discípulo, que con fuerza y precisión, entierra sus dedos en distintas partes del cuerpo de Cefeo, trazando su constelación, al marcar el último punto, chorros de sangre salen por los orificios abiertos por Andrómeda.

—Has perdido la cabeza Andrómeda, acabas de asesinar a tu maestro, el veneno le hubiera dado unos minutos más de vida…

—¡Ríndete Paris! Ya no puedes moverte, me gustaría evitar acabar contigo, ríndete y permítenos avanzar, y perdonaré tu vida… —manifestó Shun.

—Mi actuar condenó una vez a mi pueblo, si me diera por vencido nuevamente daría la espalda a los míos, a lo únicos que me quedan, a mi señora Afrodita, quién acogió mi espíritu después de caer en las ardientes ruinas de Troya…además no deberías de subestimarme tanto, debo admitir que tu técnica es algo fantástica, pero no es lo suficientemente poderosa para detenerme…

Paris hace explotar su cosmos y libera su cuerpo de las corrientes de aire que lo aprisionaban.

—No puede ser, ha escapado de mi tormenta…

Daidalos de Cefeo se pone de pie y mira a su discípulo.

—¡Shun, tu debes continuar, eres una de las pocas esperanzas verdadera que tenemos en contra de los dioses, yo me encargaré de Paris, prometo vencerle y alcanzarte!

—¡Maestro, usted está muy débil…!

—¡Que ridiculez, apenas puedes ponerte en pie y quieres enfrentarme! En este momento podría detenerlos a los dos juntos…

El querubín junta sus manos y las estira, como sosteniendo un arco, que tensa una flecha, súbitamente una energía cósmica materializa el arma, la energía que había tomado la flecha era de color rojo.

—Ahora conocerán la flecha que traerá las llamas, las que ardieron a mi ciudad…y sufrirán las mismas consecuencias que sufrimos nosotros, en aquella guerra contra los griegos…

—¡COLAPSO GRAVITACIONAL!

El santo de plata extiende sus manos a los costados, con sus palmas abiertas, una energía extraña sale de ellas y lo envuelve por completo, generando con su cosmos un campo magnético que se expande por todo el ambiente. El querubín intenta soltar su arco, pero se da cuenta que la fuerza de gravedad que había a su alrededor lo habían paralizado por completo.

—Shun, vete ahora…espero que esto sea prueba suficiente de que puedo culminar el combate y que cumpliré mi promesa…

—Maestro, es la primera vez que lo veo combatir, realmente sus habilidades son comparables con la de un santo dorado…

—¡Ya vete!

El santo de Andrómeda asiente y continúa el camino, alejándose del campo de batalla. El guerrero del amor eleva su cosmos al máximo y luego logra soltar la flecha, la cual cae de su arco al piso, debido a la gravedad que aún lo envuelve.

—¡Maldito, no voy a permitir que me superes!

El querubín eleva su cosmos, proyectándolo hacia las flores que había en el templo, las cuales parecen reaccionar y liberan su polen por todo el lugar, repentinamente la gravedad que afectaba a Paris vuelve a la normalidad.

—¿Será acaso que las flores han normalizado el campo gravitacional…?

—Eres muy perspicaz, pocos se habrían dado cuenta de lo que acaba de ocurrir…el Jardín del Edén está protegido por la gracia de nuestra diosa Afrodita, toda la hermosa vegetación que aquí crece nos protege…y reacciona a nuestro cosmos para evitar que el ambiente no se nos vuelva desfavorable, si quieres vencerme tendrás que atacarme de forma directa.

—¿Qué te hace pensar que no podría hacerlo? ¡CORONA DE ESTRELLAS!

El santo de plata levanta sus brazos, extendiendo los dedos de su mano al cielo, de la punta de sus dedos emergen pequeños brillos similares a estrellas, que comienzan a girar sobre un eje formando un anillo luminoso, una especie de corona de luz, violentamente baja sus brazos y la corona es despedida hacia su adversario.

El querubín crea su arco cósmico y dispara una flecha de energía blanca, sin color alguno, la cual impacta en la corona, generando una explosión, que arroja a ambos contrincantes al piso, las técnicas se anulado mutuamente.

—Mi flecha blanca es tan solo una defensa, que es capaz de interceptar y anular cualquier ataque que venga hacia mí, este combate se ha extendido demasiado, es hora de que mueras en las llamas que devoraron a Troya… ¡FLECHA ARDIENTE DE LA CONDENA!

Paris nuevamente genera su arco de cosmos, materializa esta vez una flecha de energía roja, como la que quiso disparar para exterminar a Andrómeda, luego lanza la flecha al cielo, la cual parece explotar en el cielo lejano, pero al extinguirse el brillo de la explosión, cientos de flechas ardientes en fuego caen sobre el santo de plata, el cual es gravemente herido por todo su cuerpo, mientras el fuego se propaga en él y sus alrededores.

—Este combate ha terminado, las llamas te condenarán… —dijo Paris con su rostro serio.

Daidalos hace explotar su cosmos y ejecuta su técnica colapso gravitacional sobre sí mismo, inmediatamente genera un campo gravitacional tan grande, que incluso las ligeras y livianas llamas que lo aprisionaban fueron extinguidas por la presión, entonces Daidalos concluye su técnica, mostrándose gravemente herido, pero de pie y dispuesto a concluir la pelea.

—¡Tienes agallas Cefeo! Pero esto terminará ahora, no sobrevivirás a otro impacto de mi flecha ardiente de la perdición…

El querubín nuevamente genera su arco de cosmos, materializando esta vez una flecha de energía roja, luego lanza la flecha al cielo, la cual explota y al extinguirse deja llover flechas prendidas en llamas, sobre el santo de plata.

—¡Los verdaderos santos se caracterizan por detener cualquier ataque que ya han visto una vez! ¡PRECIPITACIÓN DE ESTRELLAS!

Daidalos explotó su cosmos, abriendo sus brazos a los costados y hacia arriba, liberando un flujo de energía que toma la forma de una galaxia espiral en el cielo, luego bajó sus brazos con violencia y las diminutas partículas de energía que reposaban emulando un cúmulo de estrellas se precipitan a la velocidad de la luz contra las flechas que amenazaban impactarlo, destruyéndolas a todas.

—¡Increíble, exterminó todas las flechas ardientes!

—Te lo dije, ya presencie tus técnicas… ¡PRECIPITACIÓN DE ESTRELLAS!

El argentino repite su ataque, pero ésta vez enviándolo contra el guerrero de la diosa Afrodita, el cual intenta disparar sus flechas blancas contras las estrellas, logrando detener unas pocas, antes de ser alcanzado por millones de estrellas que lo arrojan contra una pared del templo, con su armadura severamente agrietada.

—¡Es increíble, has logrado dañar la túnica de la belleza, armaduras tan fuertes como las glorias! —exclama sorprendido el querubín.

—Es tu fin Paris, no puedes usar tus flechas ardientes y si intentas usar tu flecha venenosa fallarás irremediablemente…

—¡Eso quiero verlo, no evitarás el poder de Apolo, FLECHA DE LA BENDICIÓN DE LA LUZ!

El súbdito de la diosa del amor junta sus manos y las estira, como sosteniendo un arco, que tensa una flecha, repentinamente una energía cósmica recrea el arco, la energía que había tomado la flecha era de color amarilla, finalmente la dispara. El ateniense consciente de que la flecha se movería cuanto sea necesaria para darle alcance, se teletransportó frente a su rival y en el momento que se curvo para darle alcance, volvió a teletrasportarse, quedando a espaldas del querubín y dejándolo a éste último entre el medio del recorrido de su propia flecha, sin embargo ésta última se desvanece antes de incrustarse en su ejecutante.

—¡Es increíble el manejo que tienes del cosmos! —manifiesta Daidalos.

—Ninguna de mis flechas servirían en mi contra, puesto que todas nacen de mis cosmos y todas son controladas por éste…

—De todas maneras ya te he demostrado que tus flechas son inútiles, no tienes oportunidad.

—Aún tengo una flecha que no has visto, y con ella perecerás… ¡FLECHA DE LA PERDICIÓN!

El querubín Paris sostiene nuevamente su arco de cosmos, tensa la flecha, la energía que había tomado la flecha era de color azul. Finalmente, la flecha es disparada, la cual desaparece inmediatamente al salir del arco, el santo de plata comienza a ver como repentinamente se distorsiona el campo de batalla, luego observa tres estatuas, las cuales representan a Atenea, Afrodita y Hera. Entonces se escucha la voz del querubín resonar en el lugar.

—Si quieres escapar de ésta ilusión deberás escoger a una de las tres diosas, lo cual significará la ira de las otras dos, si sobrevives tendrás la oportunidad de vencerme, pero nunca nadie ha escapado de esta ilusión con vida…si escoges a Atenea, la ira de Hera y Afrodita caerán sobre ti…Afrodita te castigará con la vejez tempranera, en cambio Hera significará el infortunio que te llevarán al suicidio…si escoges a una de las restantes, de todas maneras sufrirás el castigo de la marginada y también el castigo de Atenea, la cual te arrojará a la muerte en combate…

El santo de plata sonríe, el querubín lo observa sin entender el porqué de su sonrisa.

—Tu técnica podría servir contra grandes adversarios, pero sería totalmente ineficaz contra cualquier santo ateniense…

El santo de Cefeo toca la estatua de Atenea y las otras dos comienzan a brillar, de los ojos de la estatua de Afrodita empieza a brillar una intensa luz roja, que inmediatamente comienza a envejecer el cuerpo de Daidalos. Mientras que de la boca de la estatua de Hera emite un grito que comienza a resonar en el cuerpo del santo de plata, distorsionando sus recuerdos y su percepción del mundo.

—¿Qué puede hacer un hombre en un cuerpo decrépito como el que tienes? —continúa Paris. —Si ni siquiera puedes percibirme…

Daidalos eleva su cosmos y se dispone a atacar.

—Y así llega tu final, ataca al vacío y tu ataque se volverá en tu contra…te suicidarás y si vacilas perdiendo el tiempo tu cuerpo se marchitará y también morirá…

Cefeo no comprendía que había ocurrido, no sabía ni siquiera quién era ni donde estaba, solamente emitía su cosmos como la única certeza que tenía que hacerlo por algún motivo, aferrado a la estatua de Atenea, sin saber qué hacer, viendo su cuerpo envejecer y debilitarse, solo atinaba a arder su cosmos. Repentinamente la estatua de Atenea se movió y lo abrazó, acomodando un poco sus ideas y dándoles fuerzas a esos avejentados músculos. Pronto recuerda quién es y donde está, entre la luz que lo encandila de la estatua de Afrodita y el agudo grito proveniente de la estatua de Hera, logra percibir el cosmos de Paris.

—¡FUSIÓN DE NOVA!

El santo de plata explota su cosmos, junta sus manos al centro de su pecho, las cuales empiezan a brillar como soles, repentinamente entre sus palmas se genera una esfera de energía que brilla con la intensidad de una estrella, la arroja con su mano derecha a la velocidad de la luz, en dirección al querubín.

La esfera generada por Cefeo impacta en el pecho de Paris, desintegrándolo por completo, su túnica del amor se arma en su tótem, tomando la forma de un manzana, con una manzana dorada que cuelga de la rama principal.

—Atenea ha manifestado su cosmos a través de la ilusión de la flecha de la perdición…

El mentor de Andrómeda se observa y nota que solamente posee las heridas anteriores a la ilusión de Paris, su cuerpo está joven y su mente sana, sin embargo los efectos del veneno aún se propagan por su sistema inmunológico, aunque en forma considerablemente lenta, el desgaste cósmico que le exige su máxima técnica le han dejado agotado y aunque intenta mantenerse en pie, termina cayendo pesadamente al suelo.

Sendero del templo de Paris, cercanías de Venus.

El santo de Andrómeda se detiene abruptamente y da media vuelta, mirando en dirección a donde se encontraba su maestro.

—Maestro, he sentido su cosmos explotar y ahora se está desvaneciendo… —dijo Shun mientras sus ojos se llenan de lágrimas, pero toma determinación y emprende nuevamente carrera en busca del templo de Venus.

Entrada al Jardín del Edén.

Saga había alcanzado a Mu y juntos acababan de llegar a las puertas del jardín de Afrodita, pronto sienten un cosmos familiar y entre las flores sale Dohko, con la caja de Pandora de Libra a sus espaldas.

—Dohko, ¿que te ocurrió amigo? Tus heridas se ven terribles… —expresa Mu.

—He conocido un infierno en vida en estas últimas horas, un ángel llamado Belerofonte me ha torturado hasta el cansancio… —contestó Dohko.

—¿Y que obtuvo de ti? —pregunta Saga, preocupado porque haya revelado algún secreto del Santuario.

—Buscaban información, querían llegar a los secretos más profundos del Santuario…pero no podía decir nada, pues no habría vuelto de la muerte para ayudar al enemigo…

—Bueno, nuestras oportunidades son mejores… —murmura Mu.

—¡He sentido el cosmos de los otros arder más adelante! —acotó Saga.

—¡Es cierto, no es hora de perder el tiempo! —completó Dohko.

Los tres caballeros de oro marchan en busca del templo de Venus…