Capítulo 44: ¡La última cacería de estrellas!
La guerra santa entre el Santuario y el Olimpo continuaba su marcha, Hyoga y Shiryu habían llegado al templo de Adonis, encontrándose allí con Shaka de Virgo, quién estuvo en un estado intermedio entre la vida y la muerte, todo para evitar la hemorragia, luego de un lapso de tiempo formó un capullo y como si de una oruga se tratara, salió con su cuerpo regenerado.
Templo de Adonis.
El santo de Virgo lucía radiante, una luz intensa lo rodeaba, los santos de bronce se encontraban anonadados por el renaciente cosmos del santo de oro, en contraste con la escena que se montaba en su contexto.
—Shaka… ¿quién ha sido capaz de llevarte a estas condiciones? —pregunta Hyoga.
—El enemigo es muy poderoso, los guerreros del Olimpo son realmente terribles, yo combatí con un querubín, llamado Adonis…un súbito de Afrodita, un humano que no era diferente a mí…
—Somos conscientes con quién nos enfrentamos… —expresa Shiryu.
—Déjenme ilustrarles que les depara en el camino…mucho antes de que el Santuario fuese purgado por Athena y ustedes, en aquellos tiempos yo exploraba los diferentes mundos y tuve la oportunidad de visitar el Olimpo…
—Entonces, ¿qué sabes del Olimpo…? —susurra Hyoga.
—Al atravesar el Jardín del Edén, el florido mundo en el que nos encontramos, culmina en el templo de Venus, más allá encontrarán el Viñedo Sagrado, territorio de Dionisio, el alegre lugar donde se regocijan las deidades, luego sigue el Desierto de Hierro, un vasto y extenso lugar, donde nada crece, sus elevadas temperaturas durante el día hacen al hierro maleable y a la vida imposible, durante las noches el frío alcanza temperaturas cercanas al cero absoluto…en el medio del desierto se encuentra el templo de Mercurio y detrás de él está el volcán de la Fragua Divina, donde Hefesto y sus ayudantes se dedican a la metalurgia, tras el volcán se encuentra el antiguo Santuario de Atenea, allí terminó mi recorrido, sé que más allá están los dominios de Apolo…
—Bien, atravesemos el Jardín del Edén, siento que los cosmos de Shun y Seiya están cerca…aunque débiles puedo percibirlos, quizá se encuentren en el Viñedos Sagrado… —murmura Shiryu.
—¡Vamos!
—Adelántense, yo debo esperar a alguien… —dijo Shaka.
—De acuerdo, nos veremos más adelante Shaka…
Los santos de bronce siguen su camino. Cuando Shaka se encontró solo, su cosmos se elevó y entro en telepatía con un guerrero que se encontraba en el Santuario.
El Santuario.
Colina de las Estrellas.
Shion y Kanon estaban observando las estrellas, analizando la guerra, el destino y el cosmos.
—Quién diría que veinte años más tardes aquel niño que encontré violando las leyes del Santuario en éste lugar prohibido, autorizado solo para el gran Patriarca, se encontraría haciéndome compañía, en la última guerra santa…
—Que me encuentres aquel día significó perder la oportunidad de convertirme en el santo de Géminis…me perdonaste la vida pero me desterraste de la posibilidad de ser un santo de oro…
—Solo retrase lo inevitable, el destino quería que seas un santo dorado…
Repentinamente Shion se queda en silencio al escuchar en su mente una voz que le llamaba.
—Shion, Shion…
—¡Esa voz, Shaka!
—Shion, necesito que vengas al Olimpo, al Jardín del Edén, al templo de Adonis, por el sendero del centro…
—¿Para qué Shaka?
—Necesito que repares mi armadura de Virgo…
Inframundo.
Los generales marinos de Sirena y Dragón de los Mares se encontraron con Prometeo, el titán creador de la humanidad, quién los había salvado del temible Río Aqueronte.
—¿Por qué nos has salvado? —preguntó Sorrento.
—¿A que han venido? ¿Qué interés tienes Poseidón en el mundo de los muertos? —Prometeo responde con otra pregunta.
—Hemos venido en busca de las almas de los generales caídos… —explica Najash.
—Los muertos pertenecen al mundo de los muertos…
—Su dios Poseidón los llama, no pueden desobedecerle, incluso después de muertos. —manifiesta Sorrento.
—Que encuentren las almas que buscan es una tarea difícil, vagarán en las prisiones donde tengan que cumplir condena, entre millones de almas…y si las encontraran puede que ni siquiera los escuchen…por lo que todo lo que hagáis será en vano…
—Prometeo, tú acabas de plantear la duda…dijiste puede, lo que significa que también puede que no, que no sea todo en vano… —contesta Sorrento.
—Su única posibilidad es que las almas que buscan alcancen el octavo sentido, después de muertos, cosa en extrema dificultosa, aunque algunos santos de Atenea lo han logrado…
—Si los santos lo lograron los generales también podrán… —afirma Najash.
Monte Olimpo.
Desierto de Hierro.
Los santos de plata se adelantaron, dejando a Pegaso, Andrómeda y a los santos de oro en el Viñedo Sagrado, en su periplo se cruzaron a un nuevo enemigo, una nueva casta de guerrero hacía presencia, los heraldos de Hermes, Pléyade de Orión se quedó a dar combate singular con el heraldo Céfalo, permitiendo que Gliese de Altar y Daidalos de Cefeo sigan su trayecto. El mortal combate de Orión estaba llegando a su momento culmine…
Los rivales que se habían estado estudiando y habían elevado su cosmos al máximo, estaban listos para atacarse.
—Es hora de romper este silencio… ¡CACERIA DE ESTRELLAS!
Pléyade de Orión eleva su cosmos, su brazo izquierdo hace un movimiento, agitándolo como estuviera cazando estrellas, luego las sostiene en su puño cerrado, para soltarlas suavemente hacia arriba, entonces de su palma emergen diminutas estrellas que brillaban como un poderoso astro y se ubican en los cielos, como formando parte del firmamento.
Céfalo se dispone a volver a invocar la materia negra para absorber la técnica de su enemigo, pero cuando este estaba juntando sus brazos a la altura de su vientre, Pléyade apareció súbitamente a sus espaldas y lo tomó por los hombros, entonces el ataque que había liberado el santo de plata, que se encontraba estático en el firmamento se abalanzó sobre el heraldo, quien resulta seriamente lastimado en los puntos de la constelación de Orión.
—¿Que son estas heridas? —se pregunta Céfalo observándose las marcas sobre su cuerpo.
El heraldo tiene tres quemaduras serias en su cinturón y una en cada uno de sus hombros.
—Ahora llevas en tu cuerpo la constelación más famosa de la humanidad, las distintas culturas le atribuyen distintos significado, y tienen distintas relaciones con este grupo de estrellas, que conforman a Orión, el legendario cazador…ya estás marcado, ahora eres mi presa…
—Que ridiculez, apenas son unas pequeñas heridas…
—Esas heridas irán sellando tu cosmos conforme avance el combate, hasta que finalmente quedarás sin fuerza, ni voluntad, tu derrota está garantizada…
—Eres un iluso si crees que con esto te alcanzará para vencerme…antes de matarte voy a darte una lección, ¡CAMPO ANTIMATERIA!
Céfalo levanta sus manos en ángulos de cuarenta y cinco grados hacia arriba, sus brazos comienzan a oscurecerse y cientos de sombras negras parecen emerger, cubriendo el lugar, de un momento a otro el desierto completo a desaparecido, solo había oscuridad, como en el profundo universo.
El santo de plata no comprendía que estaba pasando, su enemigo había desaparecido, así como el campo de batalla mismo, entonces escuchó la voz de su enemigo haciendo eco.
—He modificado el campo de batalla, ahora no existe la fricción ni la gravedad, no hay arriba ni abajo, no hay límite…y tampoco hay luz…esto es la representación pura del caos…sin embargo, a diferencia de cualquier otro ser yo puedo moverme con plena libertad en este ambiente y tú ni siquiera podrás defenderte…
Pléyade se encontraba muy confundido, sin poder dominar su propio cuerpo, al estar flotando sin dirección alguna, repentinamente el heraldo aparece unos metros sobre él, atacando con una poderosa patada, para luego encestar una seguidilla de combinaciones de golpes de puño y de pie, en una desenfrenada y desmedida golpiza, la armadura de plata es agrietada golpe a golpe, hasta que termina destruida por completo, y su portador ensangrentado, no estaba lejos de la muerte.
—Suplica por tu vida y puede que sea piadoso… —susurra Céfalo.
—¿Qué diferencia hay entre piedad y lástima? —pregunta Pléyade.
—Sin tu armadura y con tu cuerpo en esas deplorables condiciones ya no tienes oportunidad…
—Hace rato te dije que estabas condenado, puedo sentir tu cosmos disminuir…dentro de poco éste lugar que has invocado colapsará, te quedarás sin energía para sostenerla, lo único que tengo que hacer es aguantar el tiempo necesario… ¡NUBE ESTELAR!
Orión crea una nebulosa desde sus manos, las cuales están formadas de forma abierta, mostrando sus palmas, sostenidas desde la posición de su vientre, dentro de la nebulosa comienza a generarse materia cósmica, rocas de piedras incandescentes son despedidas en todas las direcciones sin rumbo fijo.
—Mientras estés en este campo de antimateria no podrás coordinar tus ataques para golpearme, ahora voy a exterminarte.
El heraldo se arroja sobre el santo de plata, desencadenando un nuevo torbellino de puños y patadas.
Mientras era golpeado, el ateniense escapaba de la sensación del dolor pensando en los recuerdos que había obtenido de su vida pasada, al comienzo de este combate, recordó quien había sido cuando le llamaban Theron, recordó que alguna vez escuchó decir a un santo dorado que un verdadero santo es aquel que es capaz de golpear con su brazo fracturado o con su pierna rota. Su cosmos se encendió repentinamente y a pesar de su pierna quebrada tomó sus rodillas con su brazo abrazándolas y metiendo la cabeza entre las rodillas, comenzando a girar a extremas velocidades.
—¡CHOQUE MEGATONICO DE METEORO!
El ateniense gira despidiendo una luz violeta, lo que le da la forma de un cometa, el cual encaja a quemarropa sobre su adversario, desencadenando en una tremenda patada que atraviesa su pecho, al punto de llegar a ver gran parte de su pie saliendo de la espalda de su rival, instantáneamente el lugar vuelve a su estado original, estando el desierto en su forma normal, el cuerpo sin vida del heraldo yace en un costado, tiñendo el suelo de sangre.
—Gliese, Daidalos, les dejo el resto a ustedes…y a los que vendrán tras de mí… —susurra Pléyade al tiempo que se desploma al suelo, cubierto de sangre, golpes y cortes.
Templo de Adonis.
El santo de Virgo estaba levitando, justo en ese momento irrumpe el santo de Copa.
—Shaka que bueno verte bien… —susurra Alkes cuando de pronto siente el cosmos de su amigo dando su último adiós. —¡Pléyade, entonces tú…! —una lágrima se escapa del rabillo de sus ojos.
—No sientas tristeza, la muerte es solo una transformación, el final que anuncia un inicio, el despertar en otra dimensión para seguir creciendo… —manifiesta Shaka.
—¡Pléyade se convirtió en mi amigo y es un ejemplo a seguir, un guerrero que peleó extraordinariamente en la batalla de las órbitas y que sin dudas ha hecho un gran aporte en esta batalla también!
—Pléyade de Orión demostró ser tan poderoso como lo somos los santos dorados…
—¡Juro que su muerte no será en vano!
—Joven santo de plata, sigue tu camino, alcanza a los demás, yo estoy esperando a alguien, me uniré a ustedes más adelante…
El santo de plata asiente y sigue su camino.
Templo de Venus.
Los santos del Dragón y el Cisne llegan imponente recinto de la diosa del amor.
—¡Una feroz batalla sucedió en este sitio! —dice Hyoga.
—Vamos Hyoga, no perdamos el tiempo…
Desierto de Hierro.
Los santos de Altar y Cefeo sienten que el cosmos de Orión se consume.
—No puede ser, Orión, quien era el más fuerte de los santos de plata ha caído…—susurra Gliese con una lágrima en su rostro.
—Se ha llevado consigo al heraldo, ambos cosmos desaparecieron…
Los ateniense siguen su camino con lágrimas en sus ojos, pronto sus oídos pueden apreciar una delicada y tranquila melodía, lo cual hace que los invasores detengan su paso, la melodía trasmitía una enorme paz, relajaba sus músculos y sus mentes.
—¿De dónde proviene esa música? Es música pastoral… —dijo Daidalos.
—Es la música iniciada por los pastores y llevada más tarde a las iglesias, precursora de la ópera moderna… —murmura Gliese.
—Hay que estar alerta… —musita Daidalos volteando hacia todas las direcciones.
Los sonidos de unos cadenciosos pasos se oyen, un hombre se asoma tocando una siringa, tenía el pelo ondulado, de color castaño claro y ojos turquesas, portaba una imponente armaduras de color blanco con tonos dorados
—Soy Dafnis, un heraldo de Hermes…
—Esa flauta irradia un gran misticismo…tiene un enigmático cosmos… —pensaba Gliese.
—Nosotros somos santos de Athena y nos dirigimos a encontrarnos con Zeus… —expresó Daidalos.
—No me hagan reír, que les hace creer que gusanos como ustedes pueden presentarse ante el altísimo…
—¡Con que gusanos…! ¡ONDAS INFERNALES! —gritó Gliese.
El heraldo toca su flauta, instantáneamente el ambiente se transformaba, convirtiéndose en un bosque majestuoso, Dafnis desaparece repentinamente, las ondas infernales derriban varios árboles pero no son efectivas.
—Que ha sucedido… ¿una ilusión? —se pregunta Daidalos.
—Ha escondido su cuerpo… ¿dónde se encuentra? —murmura Daidalos.
—Nunca podrán herirme… —la voz de Dafnis suena como eco.
—Irás a las puertas del averno… ¡ONDAS INFERNALES!
Gliese de Altar levanta su índice casi imperceptiblemente y atina a golpear hacia un lugar vacío, justo en ese lugar se hace visible el heraldo, que recibe las ondas infernales y su cuerpo cae inerte al suelo.
—¡Lo has conseguido! —felicita Daidalos a su compañero.
El cuerpo inerte del heraldo desaparece, los santos de plata miran sorprendidos con sus ojos desorbitados, una risa se siente detrás de los árboles y arriba de una de sus ramas aparece Dafnis, quién continuaba tocando su melodía.
—¡No ha sido herido después de todo! Es mi turno de intentarlo… ¡CORONA DE ESTRELLAS!
La técnica de Cefeo ataca de forma amenazante, sin embargo una espesa neblina de disemina por todo el ambiente, los atenienses no ven absolutamente nada.
—¡Desgraciado…!
Repentinamente una gran cantidad de golpes de luz salen desde la neblina, golpeando en repetidas oportunidades al santo de Cefeo, que cae al suelo con varias heridas.
—¡Daidalos! —grita Gliese.
—No deberías confiarte, fue una ingenuidad pensar que sería tan fácil derrotarme…y en cuanto a ti Altar, mejor preocúpate por ti mismo…
Una serie de golpes a la velocidad de la luz salen desde la niebla y tumban al santo de Altar.
—¡Gliese!
—¡Seré tu rival! —Gliese mira desafiante, frunciendo el entrecejo. —Daidalos, esta vez me toca combatir a mí, adelántate…
El santo de Altar lanza incontables golpes de puño a la velocidad de la luz, el heraldo los esquiva a todos, pero en ese momento el santo de Cefeo aprovecha la oportunidad de escabullirse en la profundidad de desierto.
—¡Diablos, han logrado escapar! —Dafnis aprieta su puño con fuerza.
—Las batallas de los santos son uno contra uno…
—¡Te asesinaré y luego me haré cargo de los demás…SINFONIA CAMPESTRE!
El heraldo toca su siringa, montándose una enorme ilusión, ésta vez miles de espíritus de los bosques arremeten contra el santo de Altar.
—Eso no me afectará… ¡SEPULTURA DE ALMAS!
El santo de Altar levanta su dedo índice generando en él fuego fatuo, las almas que lo atacaban son quemadas por la llama del fuego azul de los infiernos.
—¿Cómo? Ha logrado protegerse de mi ataque… —exclama Dafnis.
—Unas pobres almas errantes no serán enemigo para mí…
—Eres un rival interesante, pero mi deber es acabarte…
El ateniense y el olímpico se disponían a comenzar una larga batalla al darse cuenta que sus cosmos estaban bastantes equilibrados.
