Capítulo 46: El dios que supera la física…
La batalla contra los heraldos culminó, Pléyade de Orión y Alkes de Copa se sacrificaron en post de la victoria, mientras que Gliese de Altar, después de perder su armadura de plata durante su combate contra el heraldo Cérix, fue investido con la armadura dorada de Cáncer, por la cual hace años había entrenado.
Seiya de Pegaso y Shun de Andrómeda se adelantaron dejando atrás a los santos de oro, emprendiendo un vuelo fugaz con sus armaduras divinas, a una velocidad superior a la luz.
Desierto de Hierro.
Los santos de Aries, Géminis, Leo y Libra se encontraban tratando de cruzar el extenso territorio desértico.
—Estamos en una trampa… —murmura Saga.
—Ya estuve en este sitio, solo hasta aquí puedo guiarlos, solo sé que este lugar es gigantesco… —continúa Dohko. —Incluso más de lo que se divisa en el horizonte…
—¡No siento los cosmos de ninguno de ustedes! —manifiesta Aioria.
—De eso se trata esta trampa, aparentemente Hermes, el dios de los caminos nos tiene atrapados corriendo sin dirección alguna… —expresa Saga pensativo.
—Ni siquiera puedo sentir el cosmos de Athena, inclusive no estoy seguro de percibir mi propio cosmos… —sisea Mu perplejo.
—Tengan cuidado, en este sitio fue donde me sorprendió un ángel, tremendamente poderoso…su nombre es Aquiles… —dice Dohko recordando aquella batalla que había tenido contra el ángel, cuando había sido enviado a inspeccionar el territorio enemigo, en los albores de esta guerra.
Jardín del Edén.
Templo de Adonis.
Shaka de Virgo se encontraba meditando, desde hace un momento que ya no podía percibir el cosmos de ninguno de los santos en el Olimpo, era como si hubieran sido tragados por el espacio tiempo.
—¿Qué ha sucedido? Primero los santos de plata de Cefeo y Orión, luego los santos divinos y el resto de los santos dorados, todos ellos parecen haber abandonado el Olimpo…
Repentinamente Shaka siente nuevamente el cosmos de un camarada, que aparece se teletransportándose, se trataba del antiguo maestro del Santuario, Shion.
—Shaka, he venido a reparar tu armadura, así para ello tenga que ofrecer mi vida…
—No es necesario Shion, hay suficiente sangre ya.
—¿A qué te refieras?
—He podido sanar mis heridas con las hojas de la mirra, con ella hice un capullo, donde mi cuerpo renació…entre en un estado de muerte provisorio, con el objetivo de evitar el sangrado detuve mi corazón mientras mi cosmos sanaba mi cuerpo, limpiando la sangre que aún me quedaba, eso me ha permitido sobrevivir, sin embargo, en ese capullo de hojas de mirra quedó más de la mitad de mi sangre…
—Comprendo… —susurra Shion mirando el capullo de mirra lleno de la sangre.
El antiguo Patriarca teletransportó el capullo y todos los fragmentos esparcidos en el lugar, juntándolo frente a él, allí extendió sus palmas sobre los desechos sangrientos de mirra y los diminutos pedazos de lo que quedaba de la armadura de Virgo.
Desierto de Hierro.
Daidalos de Cefeo se desplazaba velozmente hacia el próximo objetivo. Sabía que se encontraba perdido, no podía percibir el cosmos de absolutamente nadie. Pero seguía caminando hacia adelante con la esperanza de encontrar algo, cuando de repente divisa dos luces en la lejanía, una celeste y otra rosada, las cuales pasaron sobre el espacio aéreo a una velocidad infinita.
—¡Esos dos, Shun, Seiya! Ellos saben a dónde van, voy a ir en aquella dirección a donde se dirigían aquellas dos luces de la esperanza…
. . .
Los santos divinos de bronce del Pegaso y Andrómeda atravesaban el desierto con una dirección firme.
—¡No sé por qué, pero estoy seguro de que estamos en la dirección correcta, puedo sentirlo en mi armadura! —exclamó Seiya.
—¡Yo también lo siento Seiya, es como si las armaduras no estarían guiando a través de este infinito desierto!
Ambos jóvenes continuaban aquel intrépido vuelo que superaba la velocidad de la luz en dirección a un lugar remoto, dentro de la vastedad infinita del horizonte.
En algún lugar del Olimpo.
Dos de los ángeles realizaban un vuelo descendentes, atravesando el Olimpo en busca de la Tierra, más precisamente al Santuario de Athena.
—¡Hasta que por fin los dioses se decidieron a terminar esta guerra, parece que los aburrieron los santos…! —se quejó Aquiles.
—¡Hay temor en el Olimpo, vencieron a Dionisio! —expresa Belerofonte.
—¡Sin dudas deben estar asustados, de lo contrario no me habrían pedido que asesine a Atenea!
—Percibo tu dicha, finalmente vas a tener esa batalla que tanto anhelas para quedar en la inmortalidad de la historia…
—En efecto, la batalla perfecta, la gloria perfecta, la cabeza de Atenea… —dice Aquiles con una sonrisa dibujada en su rostro.
Los ángeles hablaban manteniendo su vuelo a increíbles velocidades, acercándose más a su objetivo.
Templo de Mercurio.
Seiya de Pegaso y Shun de Andrómeda se desplazaban volando cuando de repente aterrizan al ver las puertas de un palacio, la entrada tenía la inscripción en griego de Mercurio, estaba hecho de mármol y de numerosos detalles de piedras preciosas, los invasores se adentran en el recinto, observando su gran majestuosidad, propia del templo de uno de los doce dioses del Olimpo.
—Si en Venus fue donde enfrentamos a Afrodita, que hayamos llegado a Mercurio significa que nos enfrentaremos a… —dice Seiya buscando en su mente y luego rompe con una mirada de desazón hacia su amigo. —¡Shun! ¿Mercurio a que dios representa?
—A Hermes… —dice Shun sonriendo. —¡Pensé que habías vivido seis años en Grecia! —bromea.
—¡Hay cosas que se me olvidan de la historia! —se ríe Seiya. —¡Shun, el rival es uno de los doce olímpicos, tendremos que usar todo nuestro poder! —expresa poniéndose serio.
—¡Es primordial vencer! —dijo Shun cuando su cadena cuadrada apunta en dirección hacia lo profundo del templo. —El dios ya está aquí…
Desde las sombras emerge un poderoso cosmos que comienza a irradiar un aura descomunal, una silueta se aprecia, se trataba de un hombre de mediana estatura, con cuerpo atlético, de cabellos dorados y ojos miel, con un gran porte, portaba una hermosa armadura kamui de color dorado, cuya diadema estaba adornada con pequeñas alas a los costados, adornos que se repetían en los brazos, hombros y botas, aunque éstas últimas eran muchas mayores que las demás, por último sostenía un caduceo en su mano derecha, tenía la forma de una serpiente enroscada.
—Santos de Atenea, que sorpresa, jamás imaginé que unos simples humanos serían capaces de llegar hasta éste sitio…es algo que los deben llenar de orgullo, digno de alabanzas…
—Ustedes los dioses nos han subestimado desde el comienzo, ¡eso será su perdición! —gruñó Seiya.
—No los subestimaré como antes lo han hecho Afrodita y Dionisio, no penséis que dieron todo de sí…la diferencia entre uno de los olímpicos y un humano que apenas ha despertado el noveno sentido es atroz, si ellos habéis querido ustedes estarían sepultados en la tierra santa, o en última instancia estarían perdidos por siempre en el Desierto de Hierro…le deben su presencia en este sitio a las armaduras que portan, que tienen la sangre de un olímpico, con la cual nunca podrán perderse en los dominios de los dioses.
—Así que Athena nos ha guiado hasta aquí, por lo que nuestro objetivo es eliminarte, caerás tal cual le pasó a Dionisio… —espeta Seiya amenazante.
—Por favor, no habéis comprendido mis palabras…no podríais comparaos a un dios en toda la eternidad, perdón, no recordaba que ustedes no vivéis toda eternidad…
—Nosotros no queremos ser eternos, ni superar a los dioses, solo hemos venido a salvar a nuestros hermanos, a nuestra especie… —susurra Shun con amenidad.
—¿Cómo podría una hormiga convenceros a un humano de no arrasar su hormiguero si este se interpone en su paso? —insulta Hermes.
—¿Cómo que hormigas? —dice Seiya con su puño apretado.
—No lo toméis como un insulto, conozco sus logros, ustedes son sin dudas hormigas extraordinarias…
—¡Me saca de quicio tu soberbia…ustedes los dioses son unos engreídos, METEOROS DE PEGASO!
Seiya de Pegaso traza con sus manos los puntos estelares de su constelación, a sus espaldas se puede apreciarse el aura de un caballo alado, luego extiende violentamente su brazo derecho hacia adelante, liberando decallones de golpes que superan la velocidad de la luz.
—Es triste para ti, pero nunca me alcanzarán aunque lances decallones de golpes…
Hermes elude los meteoros moviéndose ágilmente de un lado hacia el otro, sus sandalias aladas de color dorado le permitían deslizarse con gran facilidad, haciendo piruetas inverosímiles, mostrando una gran habilidad física, los meteoros que lanzaba el Pegaso eran ineficaces, hasta que la técnica cesa, fracasando cada uno de sus golpe.
—¡Increíble, es muy ágil! —exclama Seiya perplejo.
La deidad se sitúa súbitamente frente a Seiya, extendiendo su dedo índice y liberando incontables golpes que superan la velocidad de la luz, el santo de Pegaso cae duramente al suelo.
—¡Seiya! —grita Shun.
—¡No alcanzo a ver sus movimientos!
—¡Soy el más veloz entre los dioses, nunca podréis atraparme! —exclamó Hermes riéndose a carcajadas.
—¡Es mi turno, CADENA NEBULAR!
Una nebulosa rodea el cuerpo de Andrómeda, luego extiende su cadena al frente, ésta ataca de forma directa a Hermes, a una velocidad superior a la luz, sin embargo el dios da un salto imperceptible al ojo humano y queda arriba de la cadena, haciendo equilibrio.
—¡No funcionó!
El mensajero de los dioses corre a gran velocidad arriba de la cadena y suelta una patada que impacta en la cara de Shun, quién cae al suelo duramente.
—¡Esas sandalias son especiales! Es como si las pequeñas alas que tienen lo pudieran hacer volar para traspasar cualquier velocidad… —manifiesta Seiya.
—Eres observador Pegaso, las sandalias de mi kamui son capaces de hacerme correr en el mar e incluso en las nubes, en otras palabras son capaces de vencer a la física… —dijo Hermes mientras se acerca encendiendo su cosmos.
—¡No nos vencerás…DEFENSA RODANTE!
—Pareces no entender…
El dios acelera con toda su velocidad, las sandalias despiden un viento que lo acompaña por superarse fácilmente la velocidad de la luz, en un instante Hermes estaba frente a Shun, habiendo traspasado las cadenas sin ser herido, dentro de la defensa rodante.
—¡No es posible!
—¡Es hora de la derrota santos divinos…!
El mensajero de los dioses expulsa de su caduceo una hermosa luz que irradia heridas en los cuerpos de los atenienses, hasta dejarlos fuera de combate en un instante.
—Sus espíritus ya estaban exhaustos, debido a la sucesión de batallas que han tenido…
El mensajero de los dioses se acerca a sus enemigos que yacían fuera de combate, se sienta al lado de Seiya, listo para tomar su cabeza.
—Tan preocupados que estaban todos en el Olimpo por éste mocoso… —Hermes sostiene de los cabellos a Seiya, levantándole la cabeza, mientras que con la otra mano se disponía a cortar su cuello.
Repentinamente la deidad percibe una brusca baja de temperatura en el lugar, siente que sus manos están entumecidas por el frío.
—Nos volvemos a ver mensajero de los dioses… —espeta Hyoga.
—Hermes, no permitiremos que mates a Seiya… —manifestó Shiryu.
El olímpico libera sus manos del congelamiento y suelta bruscamente a Pegaso sobre el suelo, para erguirse frente a los recién llegados.
—El hecho de que ustedes estén aquí significa que pese a que no despertaron la divinidad de su armadura han podido percibir la sangre de Athena que yace sobre ellas…
—¡Quemaremos todo nuestro cosmos para despertar la armadura divina y derrotarte…DRAGÓN VOLADOR!
Shiryu se abalanza contra el dios con su puño convertido en un dragón de energía verde, pero éste regresa sin complicaciones a su ejecutante que cae de espaldas, dejando ver enormes grietas en el suelo.
—¡POLVO DE DIAMANTES!
Hyoga ensaya la danza del Cisne, para luego extender su puño derecho al frente, un viento helado se abalanza, la atmósfera se trasforma en miles de cristales de polvo de diamantes, pese a la gran demostración, la técnica regresa sobre su ejecutante, quién cae duramente al suelo.
—Con ese nivel de poder nunca podréis inquietarme…mostréis su verdadero poder, el noveno sentido, solo así serán rivales de consideración…
—¡No es necesario que lo digas! —dice Hyoga en el suelo con dificultad.
—¡Hyoga, es hora de elevar nuestros cosmos al infinito! —murmura Shiryu a su amigo.
—Dejáis de hacerme perder el tiempo, voy a hacer que se retuerzas hasta la muerte…
La deidad extiende su brazo apuntando con su caduceo, una luz destellante paraliza los cuerpos de los santos.
—¡Ha sucedido lo mismo que en la Colina de las Estrellas! —expresa Shiryu.
—¡No puedo moverme! —dijo Hyoga.
—Y ahora haré que se retuercen como los insectos que son…
Hermes vuelve a apuntar con el caduceo a sus enemigos y hace que estos se tuerzan, los santos del Dragón y del Cisne comienzan a sufrir el dolor de la técnica enemiga, pero a pesar del inmenso dolor que les recorre por el cuerpo, sus cosmos comienzan a crecer cada vez más, sus límites naturales son superados, unas esferas de fuego rodean sus siluetas para mostrar finalmente sus imponentes armaduras divinas y romper la técnica que los atormentaba y los detenía.
—A partir de ahora recién los puedo considerar pretensos rivales… —musitó Hermes en tono burlón.
—¡Me cansan tus alardes! ¡TRUENO DE AURORA!
Hyoga danza, a su alrededor pueden verse capas de hielo levantarse en el templo, a sus espaldas puede apreciarse la constelación del Cisne, luego junta sus manos y expulsa un potente aire helado que supera la velocidad de la luz, el dios elude el peligroso ataque moviéndose velozmente hacia un costado, el santo divino insiste y vuelve a ensayar un nuevo movimiento de manos, para disparar otro ataque glacial pero Hermes vuelve a burlar su ataque, obstinado el ateniense lanza un tercer ataque, también en vano.
—¿Qué…? Es muy veloz… —dijo sorprendido Hyoga.
—Mi velocidad es la mayor entre los dioses, pero no solo eso, las sandalias de mi kamui potencian mi sagrada velocidad, nadie osará en darme alcance…
—¡No presumas tanto, DRAGÓN NACIENTE!
Detrás de Shiryu emerge un río que se arremolina, soltando de su puño un enorme dragón, el cual se abalanza sobre la deidad, pero este esquiva sin dificultad, cuando el ateniense está cerca lanza su dragón volador, pero Hermes lo salta, cayendo al instante en el brazo extendido del santo, finalmente lanza una fuerte patada que da en el mentón del adversario, que cae duramente al suelo.
—¡Shiryu! —exclama preocupado Hyoga.
—¡Es imposible atraparlo…! —expresa Shiryu poniéndose de pie.
—Esto resultará divertido… —Hermes se ríe a carcajadas.
—¡Hyoga, parece que por separados será imposible!
—¡Vamos…POLVO DE DIAMANTES!
—¡DRAGÓN NACIENTE!
—¡Aunque lancen sus técnicas al mismo tiempo es lo igual!
Los dos santos divinos lanzan sus técnicas fusionándolas, atacando con un dragón de hielo, pero la deidad esquiva la técnica y se sitúa atrás de sus adversarios.
—¡Tampoco funcionó! —manifestó Shiryu volteando.
El dios despide un haz de luz con su caduceo, los santos divinos reciben el impacto y caen de boca al suelo.
—No debemos rendirnos… —murmura Hyoga mientras se ponía de pie con dificultad.
—Se ve que sus ganas de batallar están intactas, a diferencia de sus compañeros, que con el mismo poder del caduceo quedaron inconscientes…
—Nosotros formamos parte de la segunda ofensiva de Athena… —continúa Shiryu. —Shun y Seiya habían venido a abrirnos el paso, si ellos llegaron hasta acá entonces nos corresponde a nosotros tomar su lugar y abrirles el paso para cuando estén recuperados….
—Sus cosmos están creciendo a pesar de los daños… —balbucea Hermes.
—¡Nosotros no desperdiciaremos la sagrada sangre de Atenea…ni siquiera un dios debe detenernos! —exclama el Dragón.
—¡Muchos compañeros se han sacrificado para abrirnos el paso, en honor a sus vidas venceremos al que se nos pongan en frente! —manifestó el Cisne.
—¡El Tártaro será el lugar de sus descansos eternos por levantar sus puños en contra de los dioses! —Hermes empuña su caduceo, que emite una poderosa parálisis en los santos.
—¡Tu caduceo no funcionará de nuevo contra nosotros! —dijo Shiryu tapándose el brillo del arma del dios con su escudo.
—A partir de ahora ya no necesitarás tu caduceo… —susurra Hyoga.
—¡Solo palabras…! —Hermes intenta atacar con su arma pero al usarla no surte efecto, pues estaba congelada, repentinamente estalla. —¡No es posible!
—¡No eres el único que puedes inmovilizar a tus enemigos!
—¿Y esto? —Hermes mira su cuerpo congelado, no puede salir de la perplejidad.
—Es el anillo de hielo, no podrás escapar…
—Tonto, eras demasiado optimista si crees haber sellado mis movimientos solo con eso…
El mensajero de los dioses eleva su cosmos y los anillos de hielo se resquebrajan.
—¡Ahora te mostraré mi verdadero poder, con las enseñanzas de Camus de Acuario…EJECUCIÓN AURORA!
El santo del Cisne junta sus manos al cielo y luego las baja abruptamente, despidiendo con estas un fuerte viento congelado y desprendiendo con él unos destellos de aurora, el dios detiene el ataque con una sola mano.
—¡No puede ser…incluso con la armadura más poderosa mi técnica no ha surtido efecto! —dice Hyoga anonadado.
—Ha quedado claro que el milagro esta vez no sucederá…
—¡Todavía no ves mi mejor técnica…LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!
El santo divino del Dragón extiende sus dos brazos al frente, incontables dragones surcan y se abalanzan con sus peligrosos colmillos sobre el dios, pero éste esquiva uno a uno cada dragón.
—No es posible… —expresó Shiryu con desazón.
—¡Pondré punto final a esto!
El dios Hermes junta las dos palmas de su mano y arriba suyo aparece un extraño cuerpo celeste, de apariencia rocosa y metálica, este brilla en tonos blancos y grises, que contrastan con sombras oscuras de su interior, pronto el cuerpo celeste embiste a los santos, que son arrasados y reciben numerosas heridas.
Pese a sus terribles heridas el Dragón y el Cisne con gran esfuerzo se levantan.
—¡Así que siguen! Les dije que sería inútil… ¿no quieren entenderlo? Esta armadura kamui que llevo puesta son las que nos permitieron derrotar a los titanes…
—No olvides que nosotros derrotamos a Poseidón en el reino marino… —dijo Hyoga.
—Y a Hades en los Campos Elíseos… —tercia Shiryu.
—¡Al fin puedo ver el espíritu combativo que ha doblegado a dos de los reyes olímpicos!
—Hermes, yo sé de qué forma podré alcanzarte, voy a congelar tus sandalias aladas… ¡RAYO DE AURORA!
El dios empieza a esquivar el ataque del Cisne pasando a los costados de cada rayo congelante, por el poder de sus botas aladas, sin embargo mientras este esquivaba los ataques, el ateniense se desliza acercándose a su enemigo, siempre manteniendo el envío constante de su ken helado. Cuando finalmente estuvo a un paso de su enemigo el santo venido de Siberia se abalanzó contra las piernas de su oponente y muy cerca estuvo de atraparlas, pero el olímpico logro escabullirse a último momento.
—¡Las divinas sandalias de mi sagrada kamui me hacen el dios más veloz de entre los olímpicos y por lo tanto atraparme es imposible!
—¡Nosotros hemos dañado el cuerpo de Hades con nuestros cosmos combinados…aún tu poder no se le compara! —expresó Shiryu.
—¿Dices que mi poder no se le compara? Está bien, te mostraré un poder digno de un dios del Inframundo…
—¿Qué es esta energía que siento emanando de su cuerpo? —se pregunta Hyoga.
—Está enfurecido, su cosmos es mucho más alto que el de recién… —murmura entre el nerviosismo Shiryu.
—Vengan a mí, almas de puras de los Elíseos…
Multitudes de almas empiezan a congregarse alrededor del dios, almas puras de color blanco.
—¡Según la mitología las almas de los recién fallecidos eran guiadas por Hermes hasta el mundo de los muertos y las de los dignos héroes del pasado eran agasajadas en los Campos Eliseo! —expresa Shiryu.
Las almas concentran toda su energía, generando un poder inmenso que se irradia sobre los santos, con el fin de eliminarlos. El santo del Dragón interpone su escudo, el cual es destruido amortiguando el feroz impacto de las almas convocadas por Hermes, quienes de igual manera logran embestir a los santos, arrojándolos con fuerza contra la pared del templo.
—El único motivo por el que no están muerto es porque el escudo de vuestra armadura divina les ha amortiguando el impacto…
—¡Crearé una atmósfera favorable, donde ya no podrás moverte con libertad!
—Los dioses somos capaces de tolerar el cero absoluto, no tienes posibilidades de congelarme…
—¡Entonces tendré que romper los límites del cero absoluto!
El santo del Cisne comienza a danzar, la temperatura baja y comienza a nevar, entonces el piso comienza a congelarse rápidamente, Hermes estaba percatado de la estrategia del santo divino, por eso da un salto y queda sobrevolando la zona.
—¡Así que pretendías congelar mis botas congelando el suelo!
—No, pretendo congelarlo todo…
—¡LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!
Shiryu ejecuta sus cien dragones y Hermes intenta esquivarlos, pero nota que su cuerpo esta entumecido por el frío y no puede moverse con la misma facilidad de antes, por lo cual es alcanzado por la técnica que lo arroja fuertemente contra una pared, para luego caer al suelo. El mensajero de los dioses se levanta sorprendido.
—¡La única forma de que hayas logrado entumecer mi cuerpo es que tu temperatura haya descendido mucho más allá del cero absoluto! Pero de ser así tu amigo debería estar congelado…
—Mi aire frío se concentraba solo en ti, dije que te detendría…y voy a hacerlo de nuevo para que Shiryu te acabe…
—¡No volverán a alcanzarme!
—Ya has tocado el suelo, mira tus pies…
—¡Mis sandalias divinas están congeladas!
—¡Conoce el poder de la espada sagrada que lo divide todo...EXCÁLIBUR!
El Dragón divino pone su brazo recto, luego de un afilado sonido un haz de luz es lanzado hacia su contrincante, logrando cortar al segundo las botas aladas, ante la sorpresa del dios, quien tenía una mirada de perplejidad absoluta.
—No puedo creerlo, he perdido mis botas divinas, no los perdonaré jamás…—Hermes se dispone a atacar condensando una energía infinita sobre sus manos, formando una brillante esfera de luz.
—¡Quizá podríamos combinar nuestros mejores ataques para conseguir la victoria!
—¡EJECUCION AURORA!
El Cisne en vez de lanzar su técnica al frente, la lanza en forma vertical a los cielos.
—¡LOS CIEN DRAGONES DE LUSHAN!
Los dragones surgidos de los brazos del santo atraviesan el chorro congelante de la ejecución aurora, surgiendo de estos incontables dragones de hielo, que destruyen la esfera energética que había creado el dios, arremetiendo en todo su cuerpo, destruyendo su armadura en cientos de pedazos.
—No puede ser que los humanos sean capaces de tanto... —balbucea Hermes y seguidamente cae muerto en el suelo.
En ese instante Shiryu y Hyoga corren al auxilio de Seiya y Shun, para hacerlos volver en sí, tras unos momentos los santos inconscientes recobran sus conciencias.
—¡Han vencido a Hermes! —expresa Seiya.
—Las esperanzas están más vivas que nunca… —murmura Shun.
—¡El camino aún es largo! —responde Shiryu.
—Entonces no perdamos el tiempo… —susurra Hyoga.
Los santos divinos emprenden vuelo a toda velocidad al siguiente destino.
