Capítulo 49: Sacrificio de fe.
Los sucesos repentinos habían desestabilizado los logros conseguidos por los santos, la ira del rey de los dioses tras la muerte de Hermes lo habían llevado a descender de la cumbre hasta los dominios de su hijo asesinado, para enfrentar a los santos divinos, quienes no pudieron oponerle resistencia al glorioso dios de dioses.
Además tres ángeles se habían adentrado hasta lo más alto del Santuario ateniense, dos de ellos se encontraban intentando matar a Athena, se trataba de dos de los ángeles favoritos de Zeus, Belerofonte y Aquiles. Mientras un tercer ángel se había infiltrado, el cual tenía un lazo mitológico con el rey del Olimpo, pues alguna vez había sido un dios, el hijo de Zeus: Pólux. Este último, se encontraba en la alcoba del Sumo Pontífice y tras iniciar una contienda, la identidad del gran Patriarca había sido develada, se trataba de Cástor, el hermano gemelo de Pólux, contado como uno de los dieciséis ángeles del cielo.
La batalla se volvió intensa tras aclarar posiciones de ambos lados, pero Pólux, quien había cedido su inmortalidad en la era mitológica para salvar el alma de su hermano, logró encestar el puño satánico en su hermano, en reiteradas oportunidades, doblegando su voluntad y ordenándole matar a Athena, pero Cástor en un impulso de conciencia se arrojó de cabeza contra un pilar, intentándose quitar la vida, antes de obedecer la orden de la diabólica técnica.
Templo del Patriarca.
En el recinto se vivía un clima de tensión después de tan terrible y doloroso enfrentamiento entre ángeles gemelos.
—¿Qué debería hacer ahora? Perdonarte la vida o aprovechar y arrebatar la vida de quien es el Patriarca…
El ángel Pólux se arrodilla contra el cuerpo de Cástor y eleva su mano, tensando sus dedos totalmente estirados y juntos. En un rápido movimiento baja el brazo y puede apreciarse sangre que brota de su hermano, luego de esto el guerrero olímpico emprende su camino hacia el templo de Atenea para reunirse con sus camaradas.
Templo de Atenea.
Aquiles se encontraba herido por su propia técnica, en ese momento Marín quiso aprovechar la situación y asesinarlo por sorpresa.
—¡DESTELLO DEL AGUILA!
Marín de Águila ejecuta un salto sigiloso y luego se precipita de forma rapaz, con una poderosa patada que destellaba energía cósmica. El ángel pese a su condición supera la velocidad de su contrincante y esquiva la patada, para luego tomar la pierna que de quién buscaba agredirlo con una de sus manos, entonces hace girar a Marín en el aire, soltándola con violencia contra una pared, que tras el fuerte impacto se desmorona sobre ella.
—No sabía que Atenea tenía guerreras tan débiles e insensatas, los santos de plata no sirven para nada… —continúa Aquiles. —Me habían comentado que habían hecho una gran proeza en el Bosque de la Luna, que bajo han caído las satélites…no merecen a Artemisa, su muerte terminó siendo justa, sino son capaces de vencer a enemigos como éstos no son capaces de servir al Olimpo…
—¡Basta Aquiles! No tienes derecho alguno a lastimar y menospreciar a mis santos… —exclama Atenea.
—La que no tiene derecho a hablar eres tú Atenea, osas enfrentar a tu familia, a los dioses y faltándonos el respeto de iniciar una guerra con soldados como los que tienes… —reprende Aquiles con vehemencia.
—No subestimes a Atenea ni a sus santos Aquiles, no cometas el pecado de la arrogancia que han tenido los dioses que han caído contra ellos… —advierte Belerofonte.
—Belerofonte, el único verdadero guerrero que necesita el Olimpo soy yo…un guerrero que está verdaderamente capacitado para servir al Olimpo tiene que poseer la fuerza necesaria para matar a un dios, puesto que un dios es la única verdadera amenaza para el cielo…yo, Aquiles, soy el único de entre todos los guerreros capaz de cumplir con tal proeza…
El ángel arrogante desenfunda su espada, la cual era de considerable dimensiones, con empuñadura de color dorada y una hoja diamantada, el arma irradiaba una energía propia.
—Entonces la espada que siempre has llevado enfundada es la espada celestial del Olimpo, aquella que se dice usó Urano para dividir el firmamento y que usó después Cronos para castrar a Urano…
—Entonces el Olimpo había decretado que esa espada sería usada por el guerrero más fuerte al servicio de los olímpicos, recuerdo que en la era mitológica le perteneció a Heracles… —musita Atenea.
—¡Athena, ni siquiera tú puedes evitar el filo de esta espada, así que ahora escoge, defiéndete y deja que el mundo colapse en un sismo que provocará la erupción de todos los volcanes de la Tierra o muere sin más, protegiendo a los humanos unos segundos más…!
—¡No dejaré que te acerques a Athena! —dice Shaina mientras se coloca entre Aquiles y su diosa, con los brazos extendidos, adoptando la posición de un escudo humano.
—No molestes…
El ángel Aquiles mueve su brazo con violencia hacia un costado, generando una onda de choque que lanza a Shaina fuera del recinto de Atenea, haciendo que caiga por la montaña.
—¡Bien Atenea, se acabó tu tiempo y literalmente tus defensas también!
De pronto los pasos de una pesada armadura podían escucharse, los presentes voltean, pudiendo apreciar a Pólux, quien entraba en el recinto.
—¿Qué haces aquí Pólux? —pregunta Belerofonte.
—Aproveché su visita para saciar mis curiosidades…
—¿A qué te refieres con eso? —dijo Belerofonte sin entender los dichos de su camarada.
—Tenía mis sospechas sobre el Patriarca, pero el problema ha quedado resuelto, lo he eliminado… —expresó Pólux.
—¿No será que has venido a buscar a tu hermano? —interroga Aquiles con recelo.
—¿Qué tendría que hacer mi hermano en este Santuario?
—Se dice que después de la misión que le asignaron, Cástor había desaparecido, pero apareció en el obelisco de piedra para destruirlo y así liberar las almas de los santos de oro… —manifestó Belerofonte.
—En definitiva tu hermano es un traidor y creemos que puede estar oculto en el Santuario… —sentencia Aquiles.
—Si mi hermano es un traidor yo sería el primero en tomar su vida…
Los otros dos ángeles se miran con desconfianza.
—Ícaro también es un traidor, sin embargo no veo el báculo junto con Atenea, lo que significa que después de arrebatarlo lo ha conservado consigo… —manifiesta Belerofonte.
—Mataré a Atenea en este momento y luego iremos tras Ícaro y Cástor… —dice Aquiles mirando a Pólux con dureza.
El ángel que había sido escogido para portar una de las más poderosas armas del Olimpo y que se la atribuía al más poderoso guerrero levantó la espada por sobre su cabeza, detrás suyo puede verse el aura de Urano, el antiguo dios del cielo estrellado, el universo mismo parece reflejarse en la hoja. Tras unos segundos se abalanzó contra la diosa de la sabiduría y la guerra justa en una estrepitosa y violenta carrera.
Un chorro de sangre mancha el rostro de Aquiles y parte de su armadura, mientras los ángeles y la propia Atenea miran sorprendidos a un hombre que se ha interpuesto en la trayectoria de la espada y la diosa.
—¡Cástor! —grita Pólux.
El ángel que se había convertido en Patriarca y que había intentado suicidarse para evitar cumplir la diabólica orden de asesinarla, había aparecido sorpresivamente ahora para recibir en su lugar el golpe de la poderosa arma olímpica.
—¡Cástor! —exclama Atenea con lágrimas en sus ojos
El Patriarca toma la espada de su pecho y se la quita, arrojándola luego, su gloria y su pecho han sido atravesados por la afilada hoja de diamantes.
—Atenea…usted es la única esperanza, proteja a los hombres del castigo de Hefesto y de los que seguirán surgiendo desde el Olimpo…yo confío en los santos y confío en usted…
—¡No me equivocaba, eres un traidor Cástor! —reprende Aquiles con fastidio.
—Hermano hice todo para protegerte y sin embargo no podré evitar que acabes en el Tártaro… —se lamenta Pólux.
—Si ganamos la guerra estaré feliz en cualquier sitio… ¡OTRA DIMENSION!
El malherido Patriarca Cástor estalla su cosmos al infinito con el último suspiro de su vida, arrojando a los tres ángeles a una extraña dimensión, ninguno de los ángeles con sus alas, ni siquiera su hermano Pólux pudieron evitar ser arrastrado por la descomunal técnica que había ejecutado.
—¡Cástor! A pesar de ser un ángel lo has dejado todo por los humanos, has ido en contra de tus dioses, en contra de tu hermano y has dejado tu vida y condenado tu alma para darle una oportunidad a los hombres, ¡no me equivoqué en la era mitológica en escogerte como el primer Patriarca y has sido uno de mis mejores decisiones en esta era reinstituirte el puesto…! —dijo una conmovida Atenea, mientras sus lágrimas recorrían su rostro.
Inframundo.
Cuarta Prisión, el Pantano de la Oscuridad.
El general marino de la Sirena estaba tocando una hermosa melodía, que a pesar de su belleza no dejaba de ser lúgubre, trataba con ella de atraer el alma extraviada de Isaac de Kraken, comunicándose a través de la música.
—Vamos Isaac, debes despertar la octava conciencia, despierta consciente en el mundo de los muertos… —la voz de Sorrento era escuchada por el alma de Isaac, a través de su música.
En los alrededores del Pantano de la Oscuridad pronto comienza nevar, la nieve era extremadamente fina, formada por polvos de diamantes, después surgen los destellos de las auroras boreales en los cielos del Infierno, la figura espiritual de Isaac se divisa acercándose hacia los marinos.
—Sorrento, tu música me ha conducido a través del sueño eterno a un nuevo despertar… —manifestó Isaac, quién despierta finalmente su octavo sentido.
—Isaac acompáñanos en busca de las almas de los demás…
Monte Olimpo.
Fragua de Hefesto.
El santo de Libra se había hecho cargo del enfrentamiento con el cíclope Brontes, para que sus compañeros avanzaran, sin embargo, el gigante que forjaba armas junto a Hefesto, resultó tener un poder de tremendas dimensiones al ser capaz de anular los cien dragones de Rozan y al mismo tiempo reventarle los tímpanos a Dohko, provocándole unas pequeñas hemorragias en sus oídos y afectando su equilibrio, el santo dorado estaba aturdido y dolorido, aún no lograba ponerse en pie.
—¡Hasta ahora ninguno de los santos que he enfrentado han estado a mi altura, yo uno de los cíclopes alquimistas, nacidos del choque entre Urano y Gea! —exclama con su gruesa voz Brontes.
—Si es verdad lo que dices, significa que eres un dios… —musita Dohko poniéndose en pie.
—Si bien soy un ser inmortal no soy un dios, estoy tan lejos de ellos como tú lo estás de mí, ustedes son simples humanos…
—Simples humanos como yo han sido capaces de vencer a Dionisio y a Hermes, pronto sucederá lo mismo con Hefesto…
El cíclope estalla en una carcajada desagradable y atronadora.
—¡Eres gracioso, eso ha sido un capricho de Atenea, solamente un dios podría matar a otro dios!
El cíclope se acerca hacia Dohko y comienza un combate cuerpo a cuerpo, ambos contendientes estaban a un nivel similar, pero el primero tenía una ventaja, ésta radicaba en que sus golpes tenían una potencia atroz, capaces de agrietar la armadura de Libra y lastimar su cuerpo por dentro, mientras que los golpes del segundo no acusaban resentimiento en su adversario.
—¡No puedo dañarlo! —dice Libra saltando hacia atrás para salir del combate cuerpo a cuerpo. —¡Su fuerza es abrumadora!
—¡Ya te dije que nosotros somos diferentes a ustedes, los humanos, nuestra resistencia y nuestra fuerza no se comparan!
—¡Quemaré mi cosmos al infinito y te mostraré el espíritu de los humanos!
El caballero de Libra eleva su cosmos a un nivel muy superior con el que venía luchando.
—¡Hasta que al fin muestran algo interesante!
—¡LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!
El santo de oro extiende sus manos hacia adelante, impulsando centenar de dragones energéticos, los cuales salen direccionados hacia puntos específicos, el cíclope trata de contener el impacto, pero es golpeado estratégicamente en la articulación del codo y las clavículas, después de amortiguar la técnica, el gigante cae al suelo.
—¡He golpeado los puntos nerviosos de tus brazos, ya no podrás usar tu fuerza ni tu técnica!
El cíclope se pone de pie enfurecido, da fuerte pisotón en el suelo, saliendo del interior del magma un hacha, la cual estaba al rojo vivo, como si aún se encontrara en su etapa de elaboración.
—¡Te voy a aplastar la cabeza y morirás!
—Esto amerita que recurra a las armas de Libra, para equilibrar la justicia de este combate…
El santo de oro saca de sus corazas la lanza de Libra, dominado por la furia el cíclope se abalanza con el hacha, haciendo un movimiento de arriba hacia abajo, el primero esquiva el ataque, luego del impacto en el suelo, éste se resquebraja, dejando ver lava en la profundidad.
—Que arma tan destructiva…
—¡Nosotros junto con Hefesto creamos las armas del Olimpo, las más poderosas del universo!
—Desde que inutilicé tus brazos has perdido potencia y velocidad, tu arma es tu única posibilidad...
Dohko de Libra enciende su cosmos y pronto surge un dragón dorado que trata de cegar la mirada de su enemigo, pero este pone el hacha delante de sus ojos, bloqueando el cegador brillo del ateniense, logrando ver así la lanza dorada que secretamente le habían lanzado tras el señuelo del brillo, en consecuencia el cíclope intercepta el recorrido de la lanza con un golpe de su hacha, haciendo que se incruste en el suelo y muestre unas grietas.
—¡Que poderosa es esa hacha, no solo ha desviado mi ataque sino que ha dañado la lanza de oro de Libra!
—¡Estás perdido caballero de Atenea!
—¡Seguiré luchando hasta el fin…LOS CIEN DRAGONES DE LUSHAN!
—¡Muere de una vez…CLAMOR DEL TRUENO!
El cíclope grita con gran fuerza, liberando unas potentes ondas sonoras que arrasan con tremenda potencia a los cien dragones, en ese momento Dohko se mueve a la velocidad de la luz hasta llegar a la lanza, evitando de esa forma que las ondas sonoras lo alcancen al haber cambiado de posición.
—¡Me sorprende que hayas logrado evitar mi ataque, eres el primero que logra algo así!
—Presencie tu técnica detenidamente y la he comprendido, tu técnica es infalible en defensa, pero cuando ataca lo hace solo hacia adelante, las ondas sonoras a los costados son mucho más débiles.
—¡Aunque puedas escapar de mi técnica no tienes posibilidad de ganar, no puedes hacerme daño y yo tarde o temprano te alcanzaré con mi hacha y morirás…!
—¡Averigüémoslo ahora mismo!
El santo de oro hace surgir de sus espaldas una luz dorada en forma de dragón, que busca encandilar al cíclope alquimista del Trueno, este último usa su hacha para cubrir su rostro y con esto logra ver la trayectoria de la lanza, entonces tira un poderoso golpe con su hacha, destruyendo la lanza de Libra, pero en ese momento…
—¡DRAGON NACIENTE!
Dohko sale repentinamente debajo del cíclope, golpeando con su dragón el puño en el que sostenía el hacha, provocando que soltara el arma, la cual fue a parar a varios metros de distancia.
—¡Muy ingenioso caballero dorado! Pero no creas que has modificado en algo el resultado de esta batalla…tu lanza ha sido destruida….
—Pero tengo otra…
El santo de Libra saca de sus corazas la otra lanza dorada.
—¡Veremos si eres capaz de bloquear mi lanza sin tu arma!
El ateniense hace surgir una vez más un dragón dorado que ciega al cíclope, en ese momento el primero se mueve a su alrededor hasta quedar a espaldas de su contrincante y desde allí arroja la lanza de oro contra su enemigo, el cual estando enceguecido lanza su clamor del trueno hacia adelante, a la nada, inmediatamente después es atravesado por la lanza de Libra, saliendo ésta de su pecho, provocándole una muerte inmediata.
—El poder de este ser era inmenso…si hay otros como él mis compañeros no afrontarían una batalla justa, esa arma forjada en este sitio tenía un poder tremendo…
Tras unos segundos de reflexión el santo de Libra siente una presencia, era Mu de Aries, quién había auxiliado a Daidalos y Gliese.
—¡Antiguo maestro, se ha visto obligado a usar las armas de Libra!
—Los cíclopes alquimistas poseen una fuerza y una resistencia excepcional, sus cosmos son aterradores y están armados…
Los dos santos de oro se miran y siguen el camino, pronto se encuentran un mirador, en donde se podía ver a los autómatas de Hefesto, los cuales picaban el hierro del Desierto de Hierro y trasladaban el material a las profundidades del volcán.
. . .
Unos metros más adelante del inmenso volcán los santos de Géminis y Leo avanzaban sin perder el tiempo.
—¡Puedo sentir que Mu y Dohko están cerca…! —dijo Saga.
—¡Sin Seiya y los demás somos la última esperanza de la humanidad! —expresa Aioria.
El suelo extrañamente comienza a retumbar, los pasos de un gigante se aproxima.
—¡Otro de esos monstruos! —exclamó Saga.
Un hombre de aproximadamente cuatro metros aparece, portaba una armadura blanca, con brillos amarillos y una máscara con un ojo en el centro del casco.
—¡Soy Estéropes del Rayo!
—¡Saga, yo tomaré esta pelea, tú llega con Hefesto!
—¡De acuerdo Aioria! Cuídate de este hombre, lleva el nombre de uno de los hermanos mitológicos de los titanes, tal como Brontes…
—¡PLASMA RELAMPAGO!
El santo de Leo extiende su hombro hacia arriba y levanta su puño al frente, miles de rayos dorados de plasma se liberan en todas las direcciones y por todo el lugar, el cíclope se cubre contrarrestando los golpes, pero el santo de Géminis aprovecha para adelantarse.
—¡De todas maneras Arges se hará cargo de él!
Salón del Juicio Ecuménico.
En el imponente recinto donde los dioses se reunían a debatir el destino de la creación, estaban Zeus, Hera, Deméter, Hestia, Apolo y Afrodita sentados en la hermosa mesa circular, estaban discutiendo acaloradamente sobre los últimos sucesos.
—¡Afrodita, deberías sentir vergüenza de haber dejado pasar a los invasores!—gruñó Hera.
—Yo apoyo los ideales del Olimpo y su voluntad, pero la guerra no me interesa, solo ha traído desgracia y muerte en mi Jardín del Edén… —contestó Afrodita.
—¡La guerra nos ha alcanzado y ahí es cuando se ve la verdadera lealtad, lealtad como la que tuvo mi hermana! —recrimina Apolo.
—No tenía sentido que me quede a combatir… ¿por qué debía yo haberme ensuciado las manos después de haber perdido a todos mis seguidores? —contesta Afrodita.
—Si lo hubieras hecho quizás Hermes estaría vivo… —murmura Zeus.
—Quizás…o tal vez habría otra silla vacía en este lugar, la mía… —dijo Afrodita.
—Esta vez dejaré pasar este acto de desinterés Afrodita, dado que esta guerra se encuentra en sus momentos finales…nuestra victoria es inminente, aunque en realidad siempre lo fue…
—Tienes razón, sin santos divinos la victoria de Atenea es imposible… —susurra Hestia.
El Santuario.
Colina de las Estrellas.
La diosa de la sabiduría se encontraba en compañía de Shion y Kanon, quienes habían llegado poco después de que terminara el combate con los ángeles, en el centro del lugar había un mausoleo, en donde estaba el cuerpo de Cástor, quien había sido el último Patriarca.
—Shion, a partir de ahora retomarás las labores como Patriarca, tienes que iluminar a los santos con tu sabiduría, dirígenos a la victoria… —dijo Atenea.
—Empeñaré toda mi energía para cumplir las expectativas que recaen sobre mí…
El antiguo santo de Aries hace una reverencia, arrodillándose frente a Atenea y luego recibe la túnica y el casco papal.
Entrada al volcán del Olimpo
El santo dorado de Virgo se encontraba hablando con Prometeo, quien lo había guiado a través del Desierto de Hierro.
—Te agradezco Prometeo, prometo que venceremos a Hefesto, para poder así liberar la esperanza de la Caja de Pandora…
—El destino de la Tierra depende de eso, logren el milagro.
El titán desaparece y Shaka se adentra al interior de la Fragua de Hefesto.
Finalmente los ángeles invasores habían sido expulsados del Santuario, no obstante el Patriarca Cástor había perecido, mientras en el Olimpo Dohko había logrado vencer a un cíclope alquimista y ahora Aioria se disponía a enfrentarse a otro.
