Capítulo 52: Un milagro de oro.
Tras violentos combates, los cíclopes alquimistas fueron derrotados por los santos de oro, Mu, Aioria y Shaka se desplazaban a gran velocidad para prestar apoyo a Saga y Dohko, quienes ya se encontraban enfrentando a Hefesto, el dios de la metalurgia y de los volcanes, el cual portaba su kamui y su arma sagrada, su martillo de herrero. El santo de Géminis logra causarle una pequeña herida en su cuello, pero para el forjador de las armas olímpicas significó un imperdonable sacrilegio.
Entrada a la ciudad del Sol.
En los confines del tiempo espacio, viajando a través de diversas dimensiones, el Patriarca Shion, Kanon, Marín, Shaina y Kiki lograron llegar a una ciudadela de enormes murallas de oro, el Sol ardía con gran intensidad, dando una luz sobrenatural.
—¡El brillo solar que se extiende sobre esta ciudad es algo increíble! —expresó Kiki preso del asombro.
—Es una ciudad de verdad imponente… —manifiesta Marín.
—Esta es la mítica ciudad del Olimpo, el Sol se muestra vigoroso, eso significa que estamos en los dominios de Apolo… —explica Shion.
—¿Dónde se encuentra Seiya? —pregunta Shaina.
—Estamos cerca de donde se encuentra Seiya… —murmura Kanon.
—Este atajo me fue revelado por Cástor, el ángel que tras la máscara del Patriarca escondió su verdadera identidad… —dijo Shion.
—¿Estás diciendo que el Patriarca era un ángel? —pregunta perpleja Shaina.
—Ese es el secreto guardado por Athena y los cinco santos de bronce, el cual me fue revelado tras elegirme como el sucesor del Patriarca nuevamente… —explicó Shion.
—¡No lo entiendo! —exclamó Kiki agarrándose la cabeza.
—Gracias a él sabemos muchos secretos del Olimpo… —susurra Marín. —Ha sido un gran Patriarca y ha dado su vida por Athena…y ahora Shion tú nos guiarás a la victoria en esta última guerra santa…
—Nos encontramos a varios metros arriba del Templo de Atenea en el Olimpo… —espeta Shion.
—¿El templo de Athena en el Olimpo? —interroga Kiki.
—Como miembro de los doce dioses del Olimpo, nuestra diosa tiene un imponente y majestuoso templo… —continúa Shion. —Luego descenderemos a lo que se llama la Fragua de Hefesto, los santos de oro se están enfrentando a Hefesto, seguramente lo habrán vencido cuando lleguemos, luego debemos descender a la salida del templo de Mercurio, que es donde fueron derrotados los santos de bronce…
Templo de la Fragua de Hefesto.
El guardián del templo encendía su cosmos a un nivel inconmensurable, Géminis y Libra trataban de resistir, en el suelo poco a poco la tierra se agrietaba, provocando que se formen ríos de lava, los cuales tenían una temperatura que superaba cualquier límite.
—¡Que inmenso es su cosmos! —dice Saga mientras se quita el sudor de su rostro.
—¡Por algo es uno de los doce dioses del Olimpo, pero debemos vencer y conseguir el milagro…! —acota Dohko.
—¡Insolentes, les mostraré la diferencia abismal entre sus límites y los míos!
El dios se teletransporta, situándose delante del santo de Géminis, en un instante la mitad de la armadura de oro estalla en un atronador sonido, lo cual fue acompañado por un horrible grito de dolor.
—¡Saga! ¡No hemos venido tan lejos para ser vencidos, LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!
Con sus dos manos hacia adelante, el santo de Libra desencadena una fuerte embestida de dragones que atacaban con sus colmillos, la barrera generada por los dioses podía sentirse perturbada.
—¡Son realmente humanos poderosos, pero es imposible para quiénes manejamos largamente el noveno sentido…!
Tras varios segundos todos los dragones del ateniense regresaron, después de una fuerte caída al suelo, su armadura se encuentra destruida en todo su hombro y parte del peto.
—¡Es increíble el daño que puede causar a nuestras armaduras doradas! —expresa Saga.
—Este martillo que llevo no es cualquier martillo, es el martillo de herrero divino, capaz de restaurar o destruir cualquier armadura, antes de dar el impacto localiza las zonas endebles de las armaduras, sería capaz de destruir incluso las propias kamui…
Hefesto levanta su martillo y lo baja bruscamente, tras dicho movimiento sale una ráfaga de cosmos que expulsaba hacia adelante lava arremolinada del suelo, los santos dorados se cubren con sus brazos, pero en ese momento algo parece haber evitado que sean heridos.
—¡MURO DE CRISTAL!
Pese a la defensa que desplegaba Mu, el muro de cristal se resquebrajaba siendo derretido al mismo tiempo por la lava, pero otra defensa nueva se despliega extrañamente.
—¡KHAN!
El santo de Virgo se situaba delante de los camaradas, en posición de flor de loto, con sus ojos cerrados.
—¡Es inútil, dos humanos o cinco es igual!
La poderosa defensa de Virgo estalla en un segundo de forma brusca, los cinco santos dorados caen al suelo con sus corazas dañadas en forma atroz.
Inframundo.
Sexta Prisión, tercer valle.
Los cinco generales marinos de Crisaor, Leumnades, Kraken, Hipocampo y Escila miraban asombrados sus nuevos cuerpos mortales, los cuales en un místico movimiento habían sido creados con barro.
—Tal como lo dice la mitología griega, tú eres quién ha dado vida a los humanos… —susurra Krishna.
—Así es, soy de la segunda generación de titanes, hijo de titán Japeto…
—¡Debemos regresar con el señor Poseidón! —dijo Baian.
Repentinamente un sol parece acercarse al oscuro Inframundo, los presentes se cubren la vista tras el enceguecedor resplandor, al instante puede apreciarse en el cielo un carruaje que era guiado por imponentes caballos de fuego, el corcel era conducido por un hombre de corto cabello castaño claro, de ojos amarillos y brillantes, tenía el disco solar coronado por una aureola.
—Helios, titán del sol… ¿qué haces en este sitio? —preguntó Prometeo.
—Prometeo, tus movimientos en esta guerra serán castigados si sigues ayudando a los humanos…
—Ya he sido castigado en la era mitológica por ayudar a los humanos, pero aún así ayudaré, Hades, Artemisa, Dionisio y Hermes han caído bajo los puños de los humanos, pronto seguirá Hefesto y Apolo, la tiranía de Zeus pronto acabará.
—Ingenuo, Zeus es desde que venció a Cronos el dios del universo, los humanos pronto morirán…
—¡No sé a qué has venido después de todo Helios!
—Me trae aquí solo la paz, tú eres uno de los nuestros, somos titanes de la segunda generación, como sabes ahora soy leal a Zeus, pero eso no significa que quiera tu mal, por eso vengo a persuadirte de que abandones la idea de llevar a los humanos a la victoria, recuerda que todo lo que suceda soy capaz de ver, he visto que has ayudado a volver a la vida a los santos dorados, solo yo sé tal secreto, pero pronto no podré protegerte más…
—Dile a Zeus lo que sabes si te pesa…
Los dos titanes se enfrentan con la mirada, los generales marinos escuchan atentamente la conversación, pronto Prometeo y Helios parecen sentir un cosmos cubriendo todo el ambiente.
—¿Qué es este mal presentimiento que tengo? —se pregunta Sorrento con miedo.
Repentinamente un rayo cae directo a Prometeo, su cuerpo es recorrido por una cantidad infinita de volteos, detrás del titán aparece Zeus, quién portaba su imponente kamui, el cuerpo del creador de la humanidad cae devastado al suelo, con sus órganos quemados.
—¡Zeus! —manifestó Helios.
—¡El señor del Olimpo, Zeus! —piensa Io paralizado.
—Helios, lo he escuchado todo, me ocultas secretos…tú también conspiras contra mí…
—Señor del cielo, apelo a su gran sabiduría para que entienda mis lazos con los míos… —dice Helios haciendo una reverencia, su frente transpira de temor.
—Solo pido saberlo todo, ¿qué más me has escondido?
—No soy un traidor, intentaba razonar con mi primo, hacerle entrar en razón, ¿ese es un pecado? ¿No es acaso esta guerra un teatro para extinguir a la raza humana?
—Espero que nunca más vuelvas a esconderme nada, no me gusta desconfiar de ti y espero que me traigas noticias importantes del Santuario en prueba de tu fidelidad…
Templo de la Fragua de Hefesto.
Los caballeros dorados se habían puesto de pie luego de recibir un imponente impacto, sus armaduras estaban en deplorables condiciones.
—¡Hefesto, seguiremos combatiendo aunque nuestras extremidades sean cortadas una por una! —expresó Saga.
—¡Es primordial liberar la esperanza, Elpis, confinada en la caja de Pandora que se encuentra escondida en tu templo…! —dijo Dohko.
—Claro, fueron a los oráculos y saben de una de las reliquias más importantes del monte sagrado… —continúa Hefesto. —Pero eso no representa nada en definitiva, porque nunca me vencerán santos dorados.
—¡Nuestra determinación nos llevará a la victoria…! —dice Shaka elevando su cosmos mientras levita y toma una posición de flor de loto.
—La determinación de un insecto es igual a nada, solo quiénes tenemos el poder podemos imponernos, incluso sin determinación… —insulta Hefesto.
—Es hora de unir nuestros cosmos… ¡REVOLUCIÓN DE POLVO ESTELAR!
—¡CAZADOR DE FANTASMAS!
—¡PLASMA RELÁMPAGO!
—¡EXPLOSIÓN DE GALAXIAS!
—¡LOS CIEN DRAGONES SUPREMOS DE LUSHAN!
Las cinco técnicas se fusionan en un temible ataque que combinaban sus efectos brutales, la terrible amenaza se detiene justo a un centímetro de Hefesto, y tras un instante las técnicas son reflejadas en los cinco caballeros, que se son arrojados varios metros atrás, sus mantos resultan hechos añicos.
—¡Están acabados, es hora de que cabe sus fosas, tendrán el honor de ser enterrados en uno de los palacios del Olimpo!
—¡No nos subestimes!
Los cinco santos se ponen de pie con muchas dificultades, encendiendo sus cosmos con gran esplendor, a pesar de sus terribles heridas.
—¡Elevaré mi cosmos más alto que nunca!
Shaka de Virgo enciende su cosmos, sus compañeros miran sorprendidos.
—¿Este es el hombre que dicen se encuentra más cerca de dios? —pregunta Hefesto recordando algún rumor.
—Shaka, acaso tú… —susurra Mu.
—¡EL TESORO DEL CIELO!
El santo de Virgo abre sus ojos, elevando su cosmos más allá de sus límites, más allá de lo que resiste su cuerpo.
—¿Qué? —dice Hefesto mientras siente su cuerpo ralentizado.
—¡Privación del sentido del tacto!
—¡Lo ha conseguido! —expresa Saga.
—¡Hefesto ha caído en el tesoro del cielo! —espeta Aioria.
—¡Continuaré con el siguiente sentido…el sentido de la vista!
—¿Qué quieres decir con eso de privación de sentidos? —el dios se ríe confiadamente y mueve sus manos sin dificultad.
—¿Qué pasa? —se preguntó con nerviosismo Shaka.
—No dio resultado… ¿Cómo pueden los humanos privarnos de los sentidos a nosotros los dioses…? Estamos en dimensiones completamente distintas…pero todavía tu técnica no regresa, ahora es el momento… —Hefesto chasquea sus dedos y pronto el caballero de Virgo grita.
—¡No puede ser…! —piensa Shaka intentando mover sus manos, descubriendo la parálisis de su cuerpo.
—¡Shaka ha sido encerrado en su propio tesoro del cielo! —exclamó Saga.
—En efecto, Virgo ha perdido los cinco sentidos y es apenas un cadáver viviente… —sisea Hefesto bajando la cabeza y cerrando los ojos.
—¡Shaka, no puede ser! ¡La pagarás, PLASMA RELÁMPAGO!
—¡Eres temerario humano!
El león dorado desencadena una violenta horda de rayos dorados que formaban una red de relámpagos, pero el dios desaparece, derritiéndose su imagen en la visión de los santos dorados, repentinamente aparece a espaldas del atacante, en un movimiento descendente golpea con su martillo en la espalda, el humano cae duramente al suelo, aparentemente muerto.
—Solo quedan tres gusanos… —dice Hefesto con una risa estridente.
—¡Aioria…! —gritó Mu.
—¡Sean cuidadosos! —advirtió Saga apretando sus dientes.
—¡Así es, una acción temeraria podría llevarnos al lecho de muerte! —manifestó Dohko mientras se mantenía atento y en guardia.
—No tiene caso que usemos nuestras mejores técnicas… —murmura Saga.
—¡Es hora de intentarlo los tres juntos! —sentencia Dohko.
—¿Te refieres a la técnica prohibida? —pregunta Mu.
—Tenemos que hace estallar nuestros cosmos hasta crear un enorme Big Bang… —exclama Saga.
—¡Hefesto…te mostraremos la mejor técnica de los santos dorados, la técnica prohibida por Atenea por su devastador poder! —intercede Dohko.
—Tontos, ustedes ya han atacado en grupo y nada pudieron hacer… ¿piensan seguir intentándolo? —expresó Hefesto fastidiado.
—Esta vez será diferente… —susurró Mu mirando al dios a los ojos.
Los tres santos se agrupan, Dohko se ubica en el centro, Mu lo hace a su izquierda y Saga a la derecha, sus cosmos empiezan a arder, el dios estaba asombrado del poder que se estaba generando.
—¡El ataque que combina el poder combativo de los santos de oro! Entonces es aquella técnica prohibida por la misma Atenea…
—Así es, los que la usan son tachados de cobardes, va en contra de la caballería, sin embargo nosotros estamos dispuestos a todo… —explica Dohko.
—¡Que determinación tienen! —manifestó Hefesto sorprendido por el cosmos desplegado de los santos dorados.
—¡La técnica prohibida desde la era de mito…EXCLAMACIÓN DE ATHENA!—gritan los atenienses al unísono.
El dios levanta su mano hacia adelante expulsando un remolino de fuego, mientras que de los humanos surge una radiante luz dorada que se expandía al infinito. Ambos poderes quedan colisionados, suspendidos en el aire, generando que el templo comience a resquebrajarse, provocando desmanes en todo el palacio.
—¡Maldición…aún la exclamación es igualada…su poder…los dioses son algo increíble! —exclama Saga mientras seguía encendiendo su cosmos al infinito.
—¡Si cometemos un error moriremos al ser alcanzado por nuestro propio ataque! —dijo Mu sin perder un segundo la concentración de su exuberante cosmos.
—¡Ahora entiendo porque ésta técnica fue sellada por Atenea, es un poder sumamente destructivo…! —manifestó Hefesto mientras su cuerpo retrocede unos centímetros.
—¡Lo lograremos, hagan arder su cosmos…! —proclama Saga.
—¡Tontos no estoy usando todo mi poder!
El dios hace un ligero movimiento con su martillo y lo levanta, la exclamación de Atenea es desviada al cielo, haciendo una terrible perforación en el palacio de la fragua, los santos de oro se encuentran perplejos.
—¡Malditas seas…! —maldijo Saga mientras retrocede.
—Ni siquiera la exclamación ha funcionado… —murmura un abrumado Mu.
Mientras el miedo se apoderaba de los santos de oro, dos camaradas hacen aparición en el campo de batalla, Daidalos de Cefeo y Gliese que portaba la armadura de Cáncer.
—¡Daidalos, Gliese, han llegado! —expresó Mu.
—¡Aries! No podemos permitir que Hefesto venza, la Tierra será sumergida en la catástrofe absoluta… —manifestó Gliese. —Debemos liberar la esperanza que se encuentra en ésta sitio…
—¡Es cierto…la caja de Pandora será liberada, la esperanza abrazará a los que vengan después de nosotros! —proclama Saga.
—Otros dos caballeros más…no importa, morirán todos juntos… —amenazó Hefesto.
Los santos se ponen en guardia, el dios hace un veloz movimiento con su martillo, una ráfaga de fuego impacta en sus adversarios, sus armaduras se derriten en instantes, quedando desarmados, luego de caer violentamente al suelo.
—¡No podemos caer así, sin cumplir nuestra misión…el mundo perecerá…!
Gliese se pone de pie, encendiendo su cosmos, el dios lo mira fijamente, los santos dorados se ponen de pie, incluso Aioria y Shaka, quiénes habían reaccionado, estos se miran buscando una estrategia.
—¡Somos seis, no tenemos que dudarlo! —expresó Saga con determinación.
—¡Es hora de crear un verdadero Big Bang! —asintió Dohko.
Los santos dorados hacen dos equipos de tres, en uno Dohko se posiciona en el medio, Aioria a su derecha y Mu a la izquierda, en el otro grupo Saga se sitúa en el medio, a su derecha se coloca Shaka, mientras que a su izquierda lo hace Gliese.
—¡Malditos obstinados, hasta cuando quieren insistir con eso! —exclama Hefesto.
—¡EXCLAMACIÓN DE ATHENA! —gritan los seis santos de oro al unísono.
Una radiante luz dorada se propaga por todo los alrededores, una onda de choque avanzaba de manera brutal sobre el dios, que extiende sus dos manos hacia delante y libera una potente luz cósmica que desencadenaba lava, los santos dorados encendían sus cosmos, Hefesto elevaba su cosmos cada vez más, hasta que la colisión empieza a ceder contra los humanos.
—¡Es hora de conseguir el milagro y hacer brillar nuestros cosmos al unísono! —manifestó Shaka.
—¡Y de esa manera alcanzar el noveno sentido! —expresa Dohko.
—¡Que sea nuestra última voluntad! —proclamó Aioria.
La majestuosa energía del dios hacía retroceder la exclamación de Atenea, los santos seguían elevando sus cosmos aún a riesgos de extinguir sus vidas, repentinamente el aura dorada de los atenienses comienza a tener un brillo más puro, el estupor se apodera del dios de los volcanes, Daidalos de Cefeo que estaba inconsciente abre sus ojos, producto del increíble despliegue de cosmos, tras unos segundos la exclamación comienza a hacer retroceder al perplejo Hefesto.
—¡A este paso lo conseguiremos! —exclamó Aioria.
—¿Acaso sus cosmos combinados han alcanzado el noveno sentido? —se preguntaba así mismo el dios.
Finalmente la exclamación de Atenea atrapa en todo su fulgor a Hefesto, a continuación se desencadena una enorme explosión que genera una onda de choque nuclear, la cual alcanza a los santos dorados, Daidalos reacciona rápidamente poniendo su cuerpo entre la explosión y Gliese, quién estaba a punto de sufrir el fatal desenlace.
—¡Sobrevive, eres el enlace con el futuro! —gritó Daidalos antes de sucumbir.
—¡Daidalos, no! —manifestó desconcertado Gliese.
Tras un ensordecedor estallido toda la Fragua se encuentra en ruinas, Gliese se encuentra postrado en el suelo, tras unos segundos abre sus ojos y mira a su alrededor, no hay rastros de ninguno de sus compañeros, ni siquiera de Daidalos, después de un gran esfuerzo consigue ponerse en pie, muy aturdido, contemplando el desolador panorama, es el único sobreviviente del fatal desenlace, cuando el caballero hace unos tambaleantes pasos advierte algo frente suyo, se trataba de una pequeña caja, la cual estaba hecha de oro, plata y bronce, en el suelo hay unos papeles tirados, tenían una inscripción apenas perceptible.
—¡Esto es…no hay ninguna duda, la caja de Pandora, tras ser vencido Hefesto sus sellos han sido removidos!
El asistente del extinto Patriarca Cástor, abre la caja con cuidado, pronto una luz verde hermosa comienza a irradiarse en toda la Fragua, poco a poco la luz se expande también por todo el resto del Olimpo. Durante largos minutos Gliese estuvo incurso en sus más profundos pensamientos, las lágrimas cubrían su rostro, Mu, Saga, Aioria, Shaka y Dohko habían renunciado a su vida con tal de otorgar esperanzas al mundo, pero sobre todo recordaba a Daidalos, quién sacrificó su vida para salvarlo de la inconmensurable explosión de las dos exclamaciones de Atenea. El joven retoma fuerzas y se seca las lágrimas que bordeaban su rostro cuando llegan otros caballeros.
—¡Gliese! —dijo Marín sorprendida por el terrible escenario.
—Esta es la imagen de la catástrofe… —susurró entristecido Gliese.
—¡La vida de un santo de Atenea es así joven Gliese! —dice Shion entre lágrimas, mientras pensaba en su discípulo Mu y en los demás santos dorados.
—¡Saga! —Kanon se arrodilla con gran tristeza. —Juro que completaré la causa hermano, nos reuniremos en el Tártaro tras la victoria de Atenea…
—Esta luz verde que parece estar diseminándose por la Fragua…la luz de la esperanza llegó para los santos… —expresó Shion con una sonrisa.
—Nuestra esperanza es más grande que nunca, es hora de rescatar a quiénes son la gran esperanza de la humanidad… —sentenció Marín.
Los caballeros se miran con sentimientos profundos de tristeza y dolor, pero también de esperanza.
Templo de Atenea.
La diosa de la sabiduría percibe la muerte de Hefesto y que el feroz sismo que intentaba generar la erupción de toda la corteza terrestre había cesado.
—¡Lo han logrado…! Los santos de oro han vencido a un dios olímpico, mi presencia en este lugar cada vez carece más de sentido…ha llegado la hora de encontrarme con los míos en el campo de batalla…
La Atlántida.
Templo de Poseidón.
Un rato más tarde en los dominios del dios del mar se encontraban los siete generales marinos hincados frente al emperador Poseidón, los mismos que habían sido testigos del poder de Zeus.
—Mi señor Poseidón finalmente nos hemos reunido los siete generales marinos…hemos conocido el poder de Zeus y su frialdad, ¿Zeus es justicia? —preguntó Sorrento.
—Nunca lo fue, solo yo el dios del mar puede hacer justicia, pero no sé en este momento que es lo justo…el corazón de Julián me dicta ayudar a Atenea, el cosmos de mi linaje que ayude a mis hermanos olímpicos a destruir la humanidad y purificar la corrupción del mundo…
El tablero se había modificado mucho en los últimos momentos de esta guerra santa, la última horda ateniense había llegado en plan de rescate, para intentar salvar a Seiya y los otros santos de bronce.
Los santos de oro y plata de las primeras dos hordas atenienses habían muerto. Cuatro dioses habían sido vencidos: Afrodita, Dionisio, Hermes y Hefesto.
