Capítulo 60: ¡La venganza de la serpiente alada!

Los santos y los generales marinos marchaban juntos en una tregua momentánea hasta cumplir con sus objetivos, cuando de repente en su camino se cruzó un extraño sujeto que conducía un carruaje guiado por leones.

Aquiles, Belerofonte y Pólux habían derrotado a Shion, Kanon y Gliese respectivamente.

El santo divino de Ofiuco había conseguido derribar a la diosa Hestia, quién se reincorporó sin inconvenientes, aunque sorprendida por lo acontecido, dicho ataque permitió el paso de Atenea, quién había recuperado sus fuerzas gracias a Asclepio, quien la había curado y ahora la diosa se dirigía rumbo a Zeus, en busca de la batalla final.

Tras el sacrificio de Shaina y la sorprendente aparición de Ícaro que salvó a su hermana Marín, dos fuegos se habían extinguido, Kiki de Buril había caído en el purgatorio, enviado allí por Astrea, la última vestal.

Capilla vestal.

Kiki de Buril se encontraba cayendo en un abismo infinito, preso de un trance eterno, visiones y voces de seres retumbaban, el aura espiritual de una virgen le hablaba a su espíritu.

—Debido a las malas intenciones de mi padre podría estar dispuesta a ayudarte a regresar, deberías de seguir mi cosmos y teletransportarte a donde yo voy a llegar, sé que puedes hacerlo pequeño muviano…

Tras terminar sus palabras, el aura espiritual de la virgen ascendió hasta perderse en la vista del discípulo de Mu, el joven concentró su cosmos en detectar la presencia de aquella virgen que se alejaba, cuando percibió que se detuvo, simplemente se teletransportó hasta ella.

Repentinamente Kiki había regresado nuevamente hasta los dominios de Hestia, precisamente al lugar donde se encontraba con Astrea.

—¡Lo has hecho muy bien para salir del purgatorio, pero ahora tu esperanza se terminará! —continúa Astrea. —Te enseñaré porque me gané la inmortalidad entre las estrellas… ¡EL TESORO DEL CIELO!

La vestal levita en posición de loto, cierra sus ojos y concentra su energía al máximo, repentinamente los abre y cientos de imágenes de los dioses del Olimpo rodean al santo, quién pierde toda su motricidad en un instante.

—¡No me puedo mover! —dice Kiki casi sin mover su boca. —Es la técnica máxima de la constelación de Virgo, entonces aquella mujer que me mostró la salida del purgatoria era ella, Astrea…

—Ya has perdido el tacto pequeño, es tal cual lo piensas, como ves puedo leer tu mente, yo te he sacado del purgatorio…para poner a prueba tu ímpetu, ahora te despojaré del resto de tus sentido y tu única opción será despertar el último cosmos, si lo logras te reconoceré como un verdadero santo…

—Shiryu me ha contado que Ikki se dejó sacar los sentidos a propósito cuando luchó contra Shaka de Virgo, todo para despertar el séptimo sentido… —piensa Kiki.

—Estás en lo cierto, es más fácil despertar el séptimo sentido si te despojan de los demás… ¡pero solamente aquellos merecedores de ser considerados santos pueden lograrlo! —le responde telepáticamente.

—Entonces quítame de una vez los sentidos… —piensa.

—Como desees…el sentido del gusto… —Astrea abre su mano en dirección a su víctima y un pequeño destello se libera de su palma. —El sentido del olfato… —repite la acción. —El oído…y finalmente la vista… —tras un destello de sus ojos, la vestal hace una mueca de fastidio al ver que el ateniense no ha llegado a alcanzar el séptimo sentido.

—Pobre niño, no quería tomar su vida, de todas maneras hubiera muerto frente a cualquier adversario que le hubiera salido al paso…

Cuando la vestal estaba convencida de haber terminado con el enfrentamiento y la vida de su adversario, puede percibir el cosmos de Kiki, que comenzaba a crecer desde lo profundo de su cuerpo.

—¿Será acaso que está acercándose al séptimo sentido?

De repente se siente un trizar, como si fueran vidrios al estallar, se trataba de un cosmos que superaba al de cualquier mortal, la luz de Atenea emergía de Nike, que era sostenida por Ícaro, quién a su vez era acompañado por Marín, ambos se encontraban de pie en el umbral del salón. Touma utilizando a Nike había logrado destruir por completo el tesoro del cielo.

—¡Un ángel en compañía de un santo, salvando a otro santo!

—Lo siento Astrea, tu destino está marcado, morirás ahora… —amenaza Touma.

—¡Antes que nada hay que apagar el fuego sagrado, el último que aún no se ha extinguido! —dice Marín señalando a una acorcha que se encontraba colgada en una pared.

—Mi deber es mantener encendido el fuego sagrado aún costa de mi vida… —dijo Astrea.

Repentinamente una luz brilla, cegando a los presentes, momento en el cual, de la llama emerge una especie de plasma que cubre el cuerpo de la vestal, formando así su hábito religioso, el cual era una elegante y poderosa armadura de color blanca.

—¡Apagaré esa llama y la cúpula alta del Olimpo dejará de estar protegida!

El ángel levanta a Nike y emite una poderosa luz dorada que se abalanza sobre el fuego, la vestal se interpone en la dirección del ataque y cubre su cuerpo en una esfera protectora de energía, la cual no puede contener poderoso ataque de Nike, Astrea es herida, pero el fuego sagrado no ha sido alcanzado.

—Renuncia Astrea, no podrás evitar que lo apague si vuelvo a intentarlo… —dijo Touma.

—No me han dejado otra alternativa… ¡EL TESORO DEL CIELO!

Los dos hermanos resultan presos de la técnica de la vestal, sin poder hacer un solo movimiento al perder sus sentidos del tacto.

—Ahora Nike es mía, nunca te ha pertenecido Ícaro… —Astrea usa su telequinesia para levantar el báculo que ha caído al suelo y llevarlo a su mano.

—¡Como tampoco te pertenece a ti! —pensaba Marín.

La guerrera que podía leer la mente de su oponente mira al santo femenino del Águila.

—Yo tampoco la usaré, dejaré que esta guerra la gane quién la merezca…el que esté más cerca de la verdad saldrá victorioso, ahora extinguiré todos sus sentidos...

Un asombroso cosmos emerge del cuerpo de Kiki, la vestal voltea perpleja.

—¡Ha alcanzado el séptimo sentido, tenía razón cuando hablaba de su potencial!

—¡Astrea, ahora por fin podré vencerte…EXTINCIÓN DE LA LUZ DE LAS ESTRELLAS!

El joven santo de bronce extiende sus brazos a los costados y un átomo de luz gigante es liberado junto con un intenso brillo incandescente, que amenaza con terminar con la vestal, que se cubre con una esfera de energía, saliendo ilesa del ataque.

—¡Te felicito por ser un verdadero santo, pero ni aún con el séptimo sentido eres rival para mí!

—He cumplido mi objetivo… —dice Kiki y se derrumba, cayendo en la inconciencia.

—Kiki lo ha conseguido… —murmura Marín.

La vestal se queda pensando en las palabras de sus adversarios y voltea observando el fuego sagrado de la antorcha ya extinto, repentinamente una especie de polvillo de cristal aparece en el aire, proveniente de lo que alguna vez fuera la barrera protectora más importante del Olimpo.

—¡No, si el fuego se apaga entonces…!

La armadura de Astrea, llamadas hábito religioso, pronto se convierte en flamas ardientes de color blanco, que queman el cuerpo de la vestal, hasta convertirla en cenizas.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Marín presa de la sorpresa, al tiempo que es liberada del tesoro del cielo.

—Es el castigo de Hestia, las guardianas que no pueden proteger al fuego sagrado pagarán con sus vidas…han sido ejecutadas desde tiempos inmemoriales, el fuego sagrado representaba el bienestar del Olimpo… —explica Touma.

Monasterio de Fuego, salón principal.

El santo maldito y Hestia, estaban frente a frente, la diosa aún sorprendida y furiosa por haber sido alcanzada por un mortal y al mismo tiempo por la huida de Atenea, pero lo que más impotencia le provocaba era la destrucción de la barrera que protegía la alta cúpula del Olimpo.

—¡Insolente mortal, como te atreves, levantar el puño contra una diosa olímpica, has sido maldecido por el Olimpo, castigado por el rayo de Zeus, sellado por la caja de los truenos, es increíble que hayas logrado escapar, pero yo me encargaré de aprisionarte para siempre!

—Yo fui condenado por el temor de los dioses…los dioses les temen a las serpientes…

Las serpientes que rodeaban al lugar y que respondían al santo maldito se arrastran hacia la diosa del fuego.

—¡Qué estupidez pensar que les tenemos miedo a unos gusanos!

La diosa eleva su cosmos y una llamarada de color rojo envuelven a todas las serpientes, convirtiéndolas en cenizas en cuestión de segundos, pero para sorpresa de Hestia una gran serpiente surge de las cenizas más próximas a sus piernas, mordiéndola en su tobillo. Hestia emite un quejido doloroso y queda atónita cuando la serpiente comienza a hablar.

—Yo soy Samael, quién tiene el veneno de la perdición...quién sea envenado por esta poderosa infusión está condenado a morir, a no ser que sea curado por Asclepio...

—Mi cuerpo no me responde, siento entumecidos todos los músculos…

—Ya terminó Hestia, al haber despertado mi noveno sentido mi veneno también afecta a los dioses…y aunque seas inmortal tu cuerpo es de carne y hueso, sentirás como tu vista se nubla, tus oídos captarán cada vez menos frecuencia, tu olfato se apagará lentamente, el gusto será un recuerdo…pero no habrá dolor puesto que tu tacto desaparecerá…y una muerte silenciosa y oscura te cubrirá…

—Eres un engreído si crees que un veneno puede afectar a un dios…

—Es inútil resistirte, ya estás bajo los efectos del veneno de la perdición…

Templo de Júpiter.

Los reyes del Olimpo se encontraban en el mirador más alto del templo, contemplando la majestuosidad de su reinado.

—Algo raro está pasando en el monasterio de Hestia…tengo un mal presentimiento… —murmura Zeus.

La emperatriz de los cielos mira horrorizada la gran cantidad de serpientes que había aparecido en el mirador del templo.

—¡Esto es obra de aquel maldecido santo de la época mitológica! —expresó Hera.

—No va a durar mucho esta aborrecible plaga, Hestia pronto matará a Asclepio…

Una chispa eléctrica sale de los ojos del emperador del cielo, en ese momento todas las serpientes son calcinadas por furiosos rayos.

—¡Hestia ha castigado a Astrea, la barrera de la cúpula alta del Olimpo ha sido destruida! —comenta Hera.

—De todas maneras los humanos que realmente significan una amenaza podrían avanzar con o sin barrera, las ratas que aprovecharán la caída de la barrera protectora no son de cuidado…

Monasterio de Fuego.

Los momentos cruciales del combate entre Asclepio y Hestia se aproximaban.

—Ahora que tus energías han sido aplacadas no podrás defenderte… ¡DESTELLO DE LA SUPERNOVA!

El santo divino junta sus dos manos, la constelación del serpentario se traza de forma exuberante, la luz en sus extremidades empieza a aglutinarse, produciendo un gran fervor con el brillo, luego con la palma de su mano derecha lanza un poderoso resplandor, la diosa levanta su cetro y el ataque es detenido, pese a que es obligada a retroceder unos pasos.

—¡Mi técnica hubiera sido capaz de destrozar un planeta! ¿Cómo es posible que lo haya detenido?

—Cantaste victoria antes de tiempo, tu veneno no podrá detener tu muerte…

La diosa levanta su cetro y repentinamente surgen unas temibles llamas blancas que comienzan a bailar de forma atemorizante frente a Ofiuco, quién transpiraba y sentía una profunda fatiga, tanto físicamente como espiritualmente.

—¿Qué me sucede?

—Mis llamas se alimentan poco a poco del cosmos de mi víctima, en otras palabras mi sola presencia va debilitando a mis rivales poco a poco…

—¡Eso significa que tengo que matarte ahora mismo!

—¡Ya estás perdido, entrégate ahora y te mataré sin que agonices…ya te habrás dado cuenta que no tienes oportunidad!

Las llamas divinas se arremolinan sobre el cuerpo de Ofiuco, su armadura divina pronto comienza a derretirse hasta desaparecer por completo.

—¡No es posible…nadie arruinará mi venganza! Con o sin armadura me vengaré de Zeus…

El cosmos de Asclepio comienza a tornarse en tonalidades más oscuras, sus ojos brillaban con sed de sangre, sus glóbulos oculares enrojecidos hacían resaltar el violeta de su iris, una mueca de odio se dibuja en su cara, su cosmos es abrumador.

—Ahora comprendo porque Zeus lo encerró a un sufrimiento eterno en la caja de los truenos, su sed de venganza alimenta su odio y su cosmos se está nutriendo de ese odio, este es el poder del trece maldecido…

—¡Mi técnica definitiva, la que destruirá al Olimpo entero, SERPIENTE ALADA DEL APOCALIPSIS!

Repentinamente un temblor puede sentirse de un extremo a otro del Olimpo, la vibración se hace más fuertes y comienza a verse grietas en el monasterio, las paredes empiezan a crujir, el techo se desploma, pero tanto Hestia como Asclepio no sufren ningún daño, al ser protegidos por sus cosmos, tras disiparse el polvo ocasionado por el sismo puede verse una serpiente gigante con alas de dragón que ruge para lanzarse en un vuelo fulminante contra la diosa del fuego, tras el impacto se genera un estallido nuclear de grandes dimensiones que despedazan el monasterio completo, el santo dorado ha quemado todo su cosmos en ese ataque y su cuerpo se ha convertido en polvo de estrellas.

—Es inaudito…pensar que un humano es capaz de hacer tanto daño… —Hestia se toca sus heridas y cae al suelo, al tiempo que el aliento la abandona.

Territorios de Deméter.

Un carruaje antiguo que era tirado por leones había salido al paso de santos y generales marinos, el conductor del carro lucía rastas rubias y tenía un cosmos pacífico.

—Soy uno de los sacerdotes eleusinos, protectores de Deméter, mi nombre es Triptólemo. —hace un ademán en señal de presentación.

Del interior del carruaje salen otros cuatro hombres de cosmos poderosos, de derecha a izquierda se encontraban todos los sacerdotes, Diocles, de negros cabellos negros y ojos amarillos, tenía una test trigueña, Eumolpo, de largas trenzas de color rubio y ojos verdosos, su piel era rojiza, Céleo, de rojos cabellos y ojos turquesas, Políxeno, quién tenía un despeinado cabello negro con reflejos rubios y ojos negros, repentinamente los guardianes son investidos por unas armaduras de color verde con detalles amarillos, las cuales lucían imponentes.

—Andrómeda, nosotros los generales marinos nos haremos cargo de ellos, ustedes que portan esas armaduras divinas deben enfrentar a los dioses… —dijo Sorrento con amenidad.

Los santos divinos asienten ante las palabras de la Sorrento y emprenden un fugaz vuelo.

—¡Que velocidad, ya no son simples humanos…! —exclama Triptólemo

—Ellos fueron bendecidos por la sangre de los dioses… —murmura Diocles

—Perséfone está interesado en uno de ellos… —dijo Céleo.

—Que Perséfone se encargue entonces… —comentó Políxeno.

—Generales del mar, entonces seremos sus rivales… —desafía Triptólemo

—Yo seré su primer rival, soy el general del Pacífico Norte… ¡el indomable Hipocampo! —dice dando un paso al frente. —¡OLAS EMBRAVECIDAS!

Baian cruza sus brazos y luego los extiende hacia adelante, levanta la mano derecha hacia arriba, generando con ello que unas violentas olas cósmicas aparezcan detrás de él, vislumbrándose una imponente aura en forma de caballo marino. El sacerdote eleusino pega un pequeño brinco y pisa fuerte sobre el suelo, tras una milésima de segundo perfora el suelo y desaparece, las olas embravecidas arrasan con varios árboles y cultivos pero sin dar en su enemigo.

—¿Qué sucedió? —se pregunta Baian.

Repentinamente el suelo se resquebraja y aparece súbitamente el sacerdote eleusino, listo para atacar.

—¡Acá estoy Hipocampo…FÉRETRO ENCANTADO!

Triptólemo lanza un puñetazo al aire, en un segundo el cuerpo del general marino es cubierto por tierra, cayendo al suelo y siendo tapado por completo.

—¡Baian! —grita Io.

—Fue un ataque sorprendente… —susurra Sorrento.

El suelo pronto comienza a convertirse en lodo, todos miran sorprendidos como surge erguido por completo Baian, un remolino de agua remueve toda la tierra que lo cubría.

—Has resistido mi técnica…era de esperarse de un general marino, los guerreros más poderosos a las órdenes de Poseidón… —manifestó Triptólemo.

—¡Debo aceptar tu gran técnica, casi muero asfixiado, pero no funcionará…OLAS EMBRAVECIDAS!

El sacerdote eleusino intenta perforar el suelo para escapar pero repentinamente siente una vibración fuerte en su cuerpo que lo detiene, las olas avanzan arrasando contra todo, la víctima de la temible marea es levantado por los aires del cielo del Olimpo, tras unos segundos cae duramente al suelo, la hombrera y el casco de la armadura resultan destruidas, pero no obstante esto todavía vive.

—¡Triptólemo! —gritó Eumolpo preocupado por la suerte de su camarada.

—Es hora de finiquitar esto… —murmura Baian con confianza.

—Espera Hipocampo, yo seré tu enemigo… —dijo Eumolpo dando un paso al frente.

—Espera, yo me haré cargo… —dice Triptólemo poniéndose de pie.

—Manejas con gran destreza las mareas, pero ante mí eso no servirá… —dice Eumolpo tomando el lugar de Triptólemo en contra de su voluntad.

—¡Eso será materia de prueba…OLAS EMBRAVECIDAS!

Las potentes mareas desencadenadas por el general marino avanzan sobre Eumolpo, pero este enciende su cosmos sin moverse del lugar, las bravas olas pronto comienzan a disminuir su flujo, hasta adoptar el flujo de un calmo río que no dañaba al eleusino.

—Es increíble… —dijo Baian perplejo.

—He modificado el violento flujo de agua propia de un mar por el flujo de un tranquilo río, no me vencerás… ¡AGONÍA PACÍFICA!

Un tranquilo y reconfortante flujo de líquido es recorrido en los órganos internos del enemigo, quién cae sin fuerzas al suelo.

—No entiendo que sucedió… —dice Sorrento tocando el cuerpo de Baian, quién de repente escupe agua con sangre.

—He cambiado las violentas olas del mar por un caos interno…—continúa Eumolpo. —El agua de su cuerpo está siendo alterada, pero a pesar del dolor soy capaz de hacer que el enemigo disfrute antes de la agonía final, será una muerte placentera…

—No creas que lo permitiré…

Sorrento de Sirena toca dulcemente su flauta y alrededor de Eumolpo comienza a verse sirenas aladas que atormentan la mente del sacerdote eleusino, quien se tapa los oídos en vano, al cabo de unos segundos todos los sacerdotes eleusinos son alcanzados por el sonido aterrador pero hermoso.

—¡CLÍMAX FINAL!

Cuando el general marino estaba por comenzar su última tonada, unas redes cósmicas de color verde surgen del suelo, las cuales se convierten en una suerte de trampa que sujeta el cuerpo de Sorrento, impidiendo que este pueda tocar la flauta.

—¡Te tengo, ahora haré que no vuelvas a tocar más esa maldita flauta…ALIENTO DEL DIABLO!

Diocles que atrapó en su red a Sorrento abre su boca y escupe fuego repentinamente, pero en ese momento Baian lanza un puñetazo sobre su compañero que libera agua cósmica, apagando en un instante el fuego.

—Has salvado su vida… —musita Diocles.

—¡Los sacerdotes eleusinos entonces pueden manejar las fuerzas y los elementos de la naturaleza! —manifiesta Io.

—En efecto, nuestros poderes surgieron desde la era mitológica, aprendimos los ritos de Deméter y Perséfone, usamos los poderes que nos brinda la propia naturaleza a través de los misterios eleusinos… —responde Triptólemo.

El combate entre generales marinos y sacerdotes eleusinos se ponía cada vez más violento e intenso…

Zona más profunda de los territorios de Deméter.

Los santos que portaban armaduras divinas se desplazaban a una velocidad superior a la luz, hasta que se detienen al llegar a un enorme bosque. Un reconfortable clima otoñal se podía disfrutar en aquel lugar silvestre, un sendero lleno de tierra fértil mostraba un camino que no dejaba ver su final, a los costados del sendero unos hermosos y gigantes árboles se mostraban radiantes, predominaban el palo blanco con sus relucientes hojas amarillas y el chiche, con sus delicadas hojas de color violeta.

Tras recorrer varios metros una sensación tenebrosa recorrió las almas de los santos, un cosmos poderoso provenía desde un árbol, alguien se aproximaba caminando con unos pasos cadenciosos, se trataba de una hermosa mujer de negros cabellos y piel pálida, tenía ojos verdes tales como frondosas praderas, vestía un elegante y oscuro vestido.

—¿Quién eres? —pregunta Seiya.

—Yo soy la diosa de la vida y la vegetación, mi nombre es Perséfone… —dice con una voz suave.

—¡Perséfone, la diosa reina del Inframundo! —expresa Shiryu.

—Así que eras tú quién estuvo rigiendo sobre el mundo de los muertos tras le derrota de Hades… —dijo Hyoga.

—En efecto, la derrota de Hades fue un golpe al universo, ahora soy la diosa del Averno, por lo cual no permitiré el caos, el orden prevalecerá…

—¡No estamos buscando crear un caos, solo queremos proteger a nuestros semejantes! —se justificó Shiryu.

—No es mi intención celebrar un juicio para declarar su manifiesta culpabilidad de todos los desastres causados, sólo vengo por el santo de Andrómeda… —dijo Perséfone mientras observa a Shun fijamente con una penetrante e inquietante mirada.

—¿Por mí dices…? —pregunta Shun nervioso.

—Tu destino está marcado por los dioses…los Hados han decidido tu porvenir…

La diosa enciende su cosmos al tiempo que una oscura energía sale disparada en contra del santo divino de Andrómeda, mientras sus compañeros miran asombrados.

—¡DEFENSA RODANTE!

La oscura energía de la diosa es repelida, ante la sorpresa de la diosa.

—Quieras o no tomaré tu vida Andrómeda…

—¡Nadie tomará la vida de mi hermano! —expresó con furia Ikki.

—Les propongo un trato, la vida de Andrómeda a cambio del paso por estas tierras… —susurra Perséfone.

—¡Por supuesto que no, no te entregaremos a Shun! —exclama Seiya.

—Espera Seiya, si con mi vida puedo evitar una pelea inútil estaré contento de entregarla… —tercia Shun.

—¡Shun! No seas estúpido, si entregas tu vida a esta mujer habrás de sentenciar la guerra… —manifiesta Ikki.

—Ikki tiene razón, si esta mujer te está buscando con tanto empeño debe ser que tiene la forma de resucitar a Hades… —dijo Shiryu.

—Recuerdo muy bien las palabras del oráculo y sé que cuando un oráculo profetiza algo no hay forma de escapar, aunque intentase evitarlo, lo mismo terminaría cumpliéndose, por lo que tengo otra idea… —continúa Shun. —Voy a abrirles paso y enfrentaré a Perséfone, si logro derrotarla no habrá forma de resucitar a Hades…

—Shun, creo que le estás simplificando las cosas a los giros del destino… —espeta Hyoga.

—Confíen en mí compañeros de la esperanza… —susurra Shun dando unos pasos hacia Perséfone.

—De acuerdo Shun, yo tengo fe en ti… —contesta Seiya.

—¡Shun, recuerda usar todo cosmos desde un comienzo, ten presente que es una diosa hija de una reina olímpica! —aconseja Ikki.

Los santos divinos expanden sus alas y reanudan su vuelo, dejando que Shun se enfrente a Perséfone, en una batalla por el destino.