Capítulo 61: Las diosas de la vegetación.

Los tres fuegos sagrados han sido apagados y con ello la barrera de la cúpula alta del Olimpo terminó destruida. Asclepios de Ofiuco despertó su armadura divina y consiguió vencer a Hestia, diosa del fuego, su vida se extinguió tras lanzar su última técnica, la serpiente alada del Apocalipsis.

La sorpresiva visita de la reina del Inframundo en la selva de Deméter deparó en la separación de los santos divinos. La diosa les ofreció un trato, el cuál consistía en que Andrómeda se quedase con ella a cambio de que los demás pudieran continuar al próximo templo olímpico, un nuevo combate se avecinaba.

Selva de Deméter.

Tras el vuelo de los santos de Pegaso, Dragón, Cisne y Fénix, la diosa Perséfone estaba frente a frente con Shun de Andrómeda.

—Andrómeda, tú has sido el recipiente de mi rey Hades, es asombroso que lo hayan podido vencer en los mismísimos Campos Elíseos…

—Cómo podría olvidar aquel momento, Hades…él controló mi cuerpo y mi alma, no permitiré jamás que vuelva a suceder…

—Lo primero que haremos será regresar al Inframundo…

Repentinamente se abre una grieta bajo los pies del santo, la tierra comienza a temblar, una hendedura se abre y se ensancha, tragándose al humano, que cae al vacío infinito de las profundidades del suelo.

Inframundo.

Tumba de Hades en los Campos Elíseos.

Shun de Andrómeda abre sus ojos y se encuentra en el mausoleo donde Hades guardaba su cuerpo mitológico, antes de morir en manos de Atenea.

—Los Campos Elíseos, ¿dónde está Perséfone?

Tras un súbito brillo la diosa aparece frente al santo.

—¡Estás en el lugar de la posesión, aquí donde murió Hades! —dijo Perséfone al tiempo que enciende su poderoso y tenebroso cosmos.

—Mi destino es ser un santo de Atenea, no ser el amo de los infiernos…la batalla contra Hades ya ha terminado, hemos salido victoriosos, a un lado Perséfone, no quiero lastimar a nadie, menos a una mujer…

—Yo no soy una simple mujer, soy una diosa y tu destino es albergar al glorioso Hades…nadie escapa a su destino, los Hados ya tienen decidido un destino a cada ser humano, no sólo eso…incluso a cada dios... ¡ningún ser puede impedir que el destino se cumpla!

—Hades ya lo intentó, no lo conseguirá…

—No cuestiones el destino, ¡FRUTOS DEL INFRAMUNDO!

—¡DEFENSA RODANTE!

La diosa de la primavera enciende su cosmos y al instante desencadena una embestida de misteriosos frutos oscuros, cada uno emanaba un tétrico poder, el santo divino levanta su cadena, la cual rodea su cuerpo y gira a una velocidad inaudita, los ataques eran rechazados uno tras otro, incluso el último ataque resulta ineficaz.

—¡Es increíble el poder de las armaduras divinas…este mortal tiene en éstos momentos el mismo poder que un dios, es un milagro!

—¡Debes rendirte, mi defensa es impenetrables hasta para un dios…!

—Llevaré a cabo mi misión… ¡ENREDADERAS DEL INFIERNO!

—¡BUMERAM DE ANDROMEDA!

Desde el suelo del templo aparecen fieras enredaderas, las cuales tenían espinas temibles, todas se abalanzan contra el ateniense, pero éste mueve la cadena en forma zigzaguearte, golpeando a cada enredadera, cada vez que las golpeaba, éstas caían inofensivas al suelo.

—¡Increíble…su cadena toma la forma que necesita para una defensa eficaz!

—Mi maravillosa cadena de Andrómeda adoptará la defensa según el ataque del enemigo… ¡CADENA NEBULAR!

Shun agarra el brazo de la diosa con una de sus cadenas, obligándola a abrir su guardia y la golpea con la otra cadena, la deidad cae al suelo violentamente.

—¡No puede ser que un humano tenga éste poder! —dice Perséfone levemente herida.

Selva de Deméter.

Los generales marinos entablaban un violento combate contra los sacerdotes eleusinos, Io de Escila había dado un paso al frente buscando rival.

—Tendrás el honor de enfrentarte a mí, aquel que maneja la voluntad de las plantas… —dijo Políxeno.

—¡Tú conocerás ahora la furia de las seis bestias de Escila! —contestó Io señalando a su enemigo con su dedo índice.

—Las bestias de Escila eran conocidas por los navíos que cruzaban los estrechos de las costas italianas. Sin embargo, el espíritu de las plantas es indomable…ahora te mostraré el espíritu de los árboles. ¡CULTO SECRETO DE LOS ELEUSINOS!

Repentinamente las plantas del lugar parecen cobrar movimientos acorde a los deseos del guerrero de Deméter, así sujetan inesperadamente de los brazos y de las piernas al marino, tras unos segundos bajo los pies del general de Poseidón surgen dos pétalos curvos gigantes, uno delante suyo y el otro detrás, los pétalos parecían tener unas espinas en forma de garras que salían desde las púas que cruzaban a la prenda en su contorno.

—¡Io! Resiste… —expresó Baian.

—Una planta no detendrá a todas las bestias de Escila… —murmura Krishna con plena confianza en su camarada.

—La batalla ha terminado, una vez que mis plantas aprisionan a su víctima consumen su energía vital y secan los fluidos de su cuerpo…por lo que su compañero no tiene posibilidad… —dijo victorioso Políxeno.

—Hay una de entre las bestias de Escila que puede romper tu planta como un papel… —expresa Krishna.

Dentro del capullo formado por la técnica del eleusino comienza a emerger un cosmos, al tiempo que la prisión vegetal del marino comienza a rasgarse y una energía cósmica crece, tomando la forma de un enorme oso que golpea fuertemente al guerrero de Deméter, lanzándolo por los aires y rasgando su armadura sagrada.

—¡No solamente ha escapado de la trampa de Políxeno, también ha rasgado su coraza sagrada de la madre tierra! —sisea Diocles.

—¡Es suficiente! Los acabaré a los siete… ¡ARENAS DE LA DESESPERANZA!

Céleo interviene en el combate y eleva su poderoso cosmos, el cuál emite un brillo marrón y levanta su rodilla a la altura del pecho, soltando un poderoso puntapié en el suelo, que hace temblar todo el lugar, modificando el suelo en donde se encontraban los generales marinos, haciendo que cambie la consistencia de éste, volviéndolo blando y arenoso, generando una presión que succionaba a sus enemigos poco a poco hacia las profundidades, imposibilitando que puedan liberarse. Isaac de Kraken eleva su cosmos y libera de sus palmas poderosas ráfagas de aire congelado, el lodo se congela, volviéndose sólido, entonces Krishna clava su lanza en el helado piso y lo despedaza, liberando a sus compañeros.

—¡Céleo, no te confíes, estos sujetos han demostrado ser dignos guerreros de uno de los reyes del Olimpo! —advierte Diocles.

El combate entre marinos y eleusinos permanece abierto, ambos ejércitos comienzan a estudiarse para poder dar un cierre a la batalla.

Monasterio de Fuego, capilla vestal.

Kiki de Buril había conseguido apagar el fuego sagrado tras alcanzar el séptimo sentido, pero después de usar la extinción estelar cayó al suelo sin sus cinco sentidos, Astrea fue castigada por su propio manto al no haber protegido el fuego sagrado, su hábito religioso se convirtió en llamas, al tiempo que el santo femenino del Águila observó el desplome del pequeño santo y salió corriendo en su ayuda.

—¡Kiki! —dice Marín sosteniendo al pequeño.

—Ese niño es un muerto viviente, pues sus sentidos se han apagado, aunque aún respire…muera o sobreviva su participación en éste guerra ha terminado, nosotros debemos continuar… —agrega Touma.

—Gracias Kiki… —susurra Marín al tiempo que una lágrima recorre su rostro por debajo de su máscara. —¡Complementaremos la misión por la que arriesgaste tu vida Kiki…Touma, hay que llevar a Nike con Atenea!

—Si la única forma de estar contigo es combatiendo al Olimpo…es una guerra suicida, pero estoy dispuesto a hacerlo, prefiero intentar mi venganza y morir junto a ti.

Los hermanos emprenden su camino hacia la alta cúpula del Olimpo.

Templo de Ceres.

Los santos de la esperanza arriban a un majestuoso templo antiguo hecho por un blanco mármol, en dicho templo podía verse diversas raíces de lo que parecía ser un gran árbol.

—Al fin hemos llegado, el templo de Deméter…la diosa de la naturaleza y madre de Perséfone… —murmura Shiryu.

Un tranquilo pero inmenso cosmos empieza a emanar desde el fondo del templo, los invasores llegan hasta el final después de emprender una carrera cósmica, un imponente trono se alzaba, en él podía verse a una diosa que portaba en su mano derecha un cetro, llevaba puesta una elegante kamui de color oro blanco que protegía casi todo su cuerpo, sus cabellos rubios cenizas surgían desde su casco, tenía un rostro apacible y unos tranquilos ojos color miel.

—Humanos, sean bienvenidos al templo de Ceres, así que son ustedes aquellos que están en boca de los dioses del Olimpo…

—Zeus desea la muerte de la humanidad, no podemos permitir tal atrocidad… —exclama Shiryu.

—¿Tú también defiendes los actos de Zeus? —pregunta Hyoga.

—Zeus quiere un borrón y cuenta nueva para la humanidad, considera que la corrupción ha cumplido su ciclo, no es por simple maldad como ustedes lo ven.

—¡Zeus es la reencarnación de la maldad, mata a niños inocentes y mujeres, a personas de bien, no sólo a corruptos! —dice Seiya enfadado.

—Nosotros creemos que el fin no justifica los medios, lo del Olimpo es un acto maquiavélico… —agrega Shiryu.

—Pese a tener razón en tus dichos debes ver con objetividad lo que viene sucediendo a través de milenios, la humanidad no muestra indicios de mejorar, la maldad no será purgada, quizá sea más fácil si se hace todo de nuevo…se acerca la hora del cambio… —responde con calma Deméter.

—¡Ustedes quieren justificarlo todo! —reprende Hyoga con fastidio.

—¡Hyoga, las discusiones de este tipo son inútiles, esto es una guerra! —tercia Ikki. —¡Ellos tienen su opinión y nosotros la nuestra, quién tenga mayor convicción vencerá, el cosmos definirá todo…ALAS LLAMEANTES DEL AVE FÉNIX!

—Humanos violentos como tú han condenado su especie, te arrepentirás de levantar tu mano contra los dioses…

Ikki salta y mueve sus manos en forma de aleteo, tras impulsar su brazo derecho al frente, una figura cósmica de un Fénix ardiente sale disparada contra la diosa, cuando esta última estaba a punto de ser golpeada, su cuerpo es cubierto por enormes y firmes ramas.

Tras unos segundos una luz blanca comienza a cegar a los atenienses, cuando la luz disminuye su intensidad, puede verse un ambiente completamente distinto, el templo ya no existía, en su lugar se levantaban un imponente y gigantesco árbol, con una gran cantidad de hojas de distintos colores, que caían al tiempo que brillaban en distintas tonalidades.

—¡¿Qué sucedió?! —se pregunta perplejo Seiya.

—Están ustedes dentro del árbol de la vida, aquel que brinda el conocimiento del bien y del mal…estamos sobre las raíces del árbol, el reino físico…más allá el camino se separa en tres, en la izquierda se encuentra el resplandor astral, al centro la belleza del alma y a la derecha la victoria…

—¿De qué estamos hablando? —dice Seiya, rezongando sin entender bien que dice la diosa. —No importa dónde estemos, esta pelea terminará ahora… ¡METEOROS DE PEGASO!

La diosa olímpica cubre su cuerpo de gruesas y abundantes ramas, los incontables meteoros que superaba la velocidad de la luz embisten una y otra vez, al tiempo que eran bloqueados, pero Pegaso continuaba en su empeño.

—¡POLVO DE DIAMANTES! —grita Hyoga.

Las gruesas ramas se congelaban, pero permanecían estáticas y firmes.

—¡ALAS LLAMEANTES!

El calor de la técnica del Fénix comienza a evaporar levemente las gruesas ramas congeladas, Shiryu aprovecha la ocasión para lanzar su excálibur y partir en pedazos las ya débiles ramas, en ese momento Seiya vuelve a lanzar sus meteoros de Pegaso, golpeando a Deméter vorazmente en todo su cuerpo, tras unos segundos la diosa cae herida al suelo con su kamui agrietada.

—¡Lo logramos! —exclama Seiya con emoción.

—Deméter, te perdonaremos la vida si nos dejas pasar… —dice Hyoga con compasión.

—Después de todo no eres insolente como otros olímpicos… —tercia Shiryu.

La diosa se levanta con gran dificultad y sonríe, al instante suelta una carcajada y enciende su cosmos, el árbol de la vida y su cosmos comienzan a retroalimentarse, al cabo de unos segundos la diosa comienza recuperarse del daño sufrido.

—¡Todo fue inservible, se ha recuperado del golpe! —expresa Seiya fastidiado.

—Sus daños han desaparecido por completo… —susurra Hyoga.

—El árbol de la vida y yo somos uno, soy la diosa de la vida después de todo, no es tan fácil matarme…

La diosa de la naturaleza aumenta el caudal de su cosmos y repentinamente del suelo brotan unas ramas que sujetan las extremidades de los santos, una energía multicolor sale despedida de la palma de Deméter, golpeando con gran violencia a sus enemigos, las ramas sueltan finalmente sus cuerpos y éstos caen al suelo con grandes heridas internas.

—No los subestimaré como los otros dioses, usaré todo mi poder…

Los santos que yacían en el suelo encienden lentamente sus cosmos y con dificultades se ponen de pie, tratando de aferrarse a sus esperanzas.

—¡Pasaremos por sobre tu cadáver si es necesario! —manifestó Ikki.

—¡No nos daremos vencidos ni aún vencidos, así somos los santos de Atenea! —tercia Seiya.

—¡En vez de subestimarlos los enaltezco, por eso mi cosmos se elevará cubriendo todo el Universo!

La diosa aumenta su cosmos de forma atroz, los santos se ponen en guardia, cuando acumula en su palma un gran caudal de energía algo golpea su mano, haciendo que la energía se diluya.

—¿Quién ha intervenido?

Una luz dorada invade el árbol de la vida, la luz cósmica desaparece súbitamente, mostrando a la diosa que protege la Tierra.

—¡Saori! —dijo Seiya con felicidad.

—Mis valientes santos, agradezco su valor en esta terrible guerra santa…

—Atenea, es una lástima que hayas decidido buscar la guerra conmigo…a mí realmente no me interesaba participar en éstas cruzadas, nunca hubiera imaginado en la era mitológica que te rebelarías contra tu propio Olimpo, pese a los combates que has desatado contra Ares, Poseidón y Hades, eran conflictos importantes pero esto es demasiado, ir contra el Olimpo entero…

—La situación es desesperante, la Tierra ha sorteado grandes juicios y en cada uno de ellos lamentamos la vida de incontables personas, te suplico que entiendas la situación y nos dejes pasar…

—Es muy pronto para tomar una decisión así, además, yo soy una de las diosas olímpicas.

—Pero… ¿qué papel juegas tú en este conflicto?

—Estoy siguiendo con atención el desarrollo de esta guerra santa…sabía que algún día el Olimpo iba a enfrentar una nueva amenaza, pero jamás pensé que iba a ser contigo…

—Te suplico de nuevo que nos dejes pasar por tu templo sin la necesidad de luchar… —dijo Atenea mientras se arrodilla y agacha su cabeza en son de paz.

—Tú me conoces, jamás traicionaría al Olimpo. —susurra Deméter.

—¡Quería evitar una luchar contigo…pero si no me dejas otra opción te venceré! —responde Atenea frunciendo el ceño.

—¡Aguarda Saori, es peligroso, deja que yo me haga cargo de ella! —interviene Seiya.

—Un humano no debería entrometerse en los asuntos de los dioses… —musitó Deméter.

—¡Seiya! Mantente alejado…yo lucharé por ustedes ahora… —contestó Atenea con firmeza.

—¡Muéstrame el poder de tus convicciones…!

La diosa de la agricultura levanta su cetro al tiempo que gruesas ramas embisten con gran peligrosidad contra la protectora de la Tierra.

—¡No te será tan sencillo…!

Atenea enciende su cosmos y libera una portentosa luz dorada que destruye todas las ramas en un instante, pero lamentablemente se queda sin fuerza para realizar el contraataque, quedando exhausta.

—¡Qué poder inconmensurable tienen! —pensaba Shiryu asombrado por el despliegue de las diosas.

—Deméter, tú eres vida, sé que detestas la muerte y la maldad…eres una de las diosas más bondadosas… ¿acaso estas a favor de los actos que comete Zeus?

—No estoy de acuerdo con los métodos de Zeus, pero tampoco me agradan tus métodos, has matado a Artemisa con tus propias manos, has permitido que tus santos levanten las manos con tu propia familia…Dionisio, Hermes, Hefesto, Eros, Anteros, en fin, tantos dioses han muerto, tu conflicto llevó la guerra a una escala sin precedentes, Poseidón y Apolo también han muerto culpa de todo esto… —dice Deméter soltando unas lágrimas.

—Todas las vidas son iguales de valiosas, los dioses han despreciado la vida de los humanos, ellos tienen el derecho a defenderse, con el objetivo de prevalecer lograron milagros y los seguirán logrando…

Deméter se fastidia tras los dichos de quién sería su sobrina mitológica y enciende un cosmos que irradia gran odio, luego balancea su cetro poniéndolo de frente a su enemiga y lanza del mismo una esfera de energía, pero Atenea interpone por delante de su cuerpo su escudo, la energía sale dispersada por los costados, sin surtir efecto alguno.

—Escucha Atenea…ignoro porque estas a favor de los humanos, me parece que todo debe ser evaluado. ¿Es Zeus purificación o maldad…? Las mismas dudas que sobre él tengo las tengo de ti… ¿es realmente justicia lo que predicas?

—¿Qué quieres decir?

—¿Cuántas vidas han tomado los atenienses para llegar a ésta batalla? Las vidas de muchos enemigos y de muchos soldados propios te ha deparado la guerra… pero…me pregunto… ¿qué sentido tuvo? ¡Después de todo eres hija de Zeus!

—Aunque me compares con Zeus mi único objetivo es evitar las muertes de los inocentes, mis soldados han dado su vida para salvar la vida de muchas personas…

—Zeus ha erradicado también la maldad del mundo destruyendo los maléficos actos de los titanes, no debes olvidarlo…

—¡Es cierto, pero terminó suplantando la maldad de Cronos por la suya!

—No lo entiendo…tú has luchado siempre para este monte Olimpo…como es que ahora eres una acérrima enemiga nuestra… —susurra Deméter, lamentándose desde lo profundo de su corazón.

El Santuario.

El Coliseo.

A mitad de la mañana se encontraban los santos de bronce sobrevivientes que no habían ido al Olimpo, observaban en la grada un combate de entrenamiento entre Retsu de Lince y Arquímedes del Reloj.

—¡Que comience el combate, muéstrame que tienes Arquímedes! —espeta Retsu.

—Creo que no podrías apreciar mis talentos, puesto que te serán imperceptibles, no sabrás ni que te pasó… —contesta Arquímedes.

—¡Eso está por verse!

El santo del Lince se abalanza con toda la velocidad y agilidad que lo caracterizaban como uno de los santos de bronce más poderosos de la nueva orden, no obstante notó que su velocidad disminuía drásticamente y Arquímedes podía evitar, esquivar y bloquear sus golpes, aunque no contraatacaba.

—¿Qué sucede? —se pregunta Jabu.

—Arquímedes no es un santo ordinario, Retsu no la tendrá sencilla… —susurra June.

—Me pregunto cómo les estará yendo a nuestros compañeros que combaten en la batalla de los cielos… —murmura Rotanev del Delfín mientras miraba el cielo que estaba cubierto por densas nubes.