Capítulo 62: ¡El furor de los siete mares!
El desenlace de la guerra entre el Santuario y el Olimpo era inminente, en el camino fueron derrotado varios dioses: Artemisa, Apolo, Dionisio, Hermes, Hefesto, Hestia y sus respectivos guerreros sagrados.
Seiya de Pegaso, Shiryu de Dragón, Hyoga de Cisne e Ikki de Fénix se encontraban combatiendo contra Deméter. Más atrás se encontraban los generales marinos que habían escapado del Infierno tras despertar el octavo sentido. Los súbditos de Poseidón luchaban una batalla sin cuartel contra los sacerdotes eleusinos, los guerreros sagrados de Deméter.
Unos minutos antes, Perséfone había salido al cruce de los santos divinos, la diosa de la vegetación estaba sólo interesada en Shun de Andrómeda, quién se hizo cargo de enfrentarla, permitiendo así el paso de sus compañeros, inesperadamente bajo los pies del santo se abrió un vacío infinito, al cabo de unos segundos el mortal y la diosa se encontraban en los Infiernos, más precisamente en la Tumba de Hades, en los mismísimos Campos Elíseos.
Infiernos.
Campos Elíseos, Tumba de Hades.
Para sorpresa de la deidad, Andrómeda mantenía la ventaja en el combate, pudiendo protegerse de sus ataques mediante la defensa rodante.
—¡Ya te lo dije Perséfone, no podrás penetrar mi defensa rodante, tras innumerables batallas he despertado el noveno sentido!
—No seas tan optimista mortal, te equivocas al subestimar mi condición de diosa.
—Eres una diosa menor para nosotros que portamos mantos divinos, recuerda que hemos vencido a algunos de doce dioses olímpicos…
—¡Iluso, soy hija de Deméter y Zeus, lamentarás tu ingenuidad!
—Prometí a mi hermano Ikki que usaría todo mi poder, lo siento… ¡ONDA DEL TRUENO!
Shun levanta la cadena de Andrómeda al tiempo que ésta se precipita de forma zigzagueante, arrastrando viento por detrás al superar la velocidad de la luz, la diosa desaparece súbitamente mientras la cadena golpea a un sitio vacío.
—No escaparás, debes rendirte… ¡ONDA DEL TRUENO!
La cadena cuadrada del santo apunta hacia una dirección determinada y sale volando, precipitándose contra la diosa que no se visualizaba, tras un gran ruido ensordecedor puede apreciarse un enorme cráter en el suelo.
—Te adjudicaste erróneamente una victoria que no llegaría… —dice Perséfone apareciendo entre la polvareda sin heridas.
—¡Ha sido capaz de ver la trayectoria de la onda del trueno, pese a que la cadena de Andrómeda tiene la habilidad de localizar al enemigo!
El cosmos de la diosa se eleva bruscamente, bajo los pies del mortal surgen incontables manos de esqueletos, como si fueran ramas que surgen de la tierra.
—¡Su cosmos no es el mismo que al comienzo! —exclama Shun sorprendido.
—¡ENCADENAMIENTOS DEL AVERNO!
—¡DEFENSA RODANTE!
—Que tonto, tu defensa no servirá contra mi ataque…
Cientos de manos diabólicas comienzan a sujetar los pies de Shun y terminan aprisionando todo su cuerpo al instante, para estrangularlo poco a poco, una luz violeta recorre el cuerpo del mortal, dando una sacudida eléctrica.
—Que poder tiene, pero me liberaré… —susurra Shun entre quejidos de dolor.
—¡Volverás a ser el recipiente del rey Hades, ese es tu destino!
—¿Cuántas veces te lo diré? ¡No vencerás, TORMENTA NEBULAR!
Shun de Andrómeda extiende sus brazos y destruye todas las manos diabólicas, el potente torbellino arrasa con fuerza contra la diosa, quién cae duramente al suelo.
—Ya no podrás levantarte, te he vencido, es hora de que regrese al Olimpo…
—No te apresures, el combate recién comienza… —expresa Perséfone mientras se levanta.
—Acabo de demostrarte que no podrás conmigo, ríndete y te perdonaré la vida…
—Mortal, lo único que demostraste es que no tienes el valor de atacarme de forma letal, pude apreciar que has disminuido el poder de tu técnica antes de que me golpeara…sin embargo no me sorprende, puesto que el señor Hades siempre ha escogido a las personas de corazón más puro sobre la Tierra para reencarnar, lo que significa que tu corazón es tan bondadoso que serías incapaz de matarme, por lo que esta pelea, tarde el tiempo que tarde, ya tiene el resultado decidido…
—Es verdad que no quiero hacerte daño, no me gusta la violencia y odio provocar dolor y sufrimiento en otro ser, sin embargo entiendo completamente la situación en la que me encuentro y sé que si pierdo este combate el dolor y el sufrimiento se expandirá por todo el mundo…
—Mortal, has olvidado algo…
—¿Ah? ¿A qué te refieres?
—Yo tampoco estoy usando todo mi poder ya que es necesario que te conserve con vida, si te mato fracasaría en mi misión, pero sé que es cuestión de tiempo antes de que logre vencerte y entregarte a Hades para que vuelva a tomar posesión de tu ser…
—Entonces en realidad la que está en desventaja eres tú.
—¿Por qué lo dices?
—Porque si no puedo vencerte, siempre puedo optar por el suicidio, así que sin importar que rumbo tome este combate y cuanto dure, al final de una forma u otra, tú fracasarás…
—Supe que cuando Hades albergó tu cuerpo cometiste la infamia de intentar suicidarte y hasta quisiste convencer a tu hermano de que te asesinara, por lo que sé que eres capaz de intentar una estupidez como esa…sin embargo yo no te daré tal oportunidad.
—Perséfone, ¿por qué en la guerra contra Hades no tomaste parte en el conflicto?
—La guerra sucedió durante el fin del verano, mientras yo pasaba mis últimos días en el Olimpo junto con mi madre, al llegar el otoño debía ir al Hades, yo jamás he participado en la guerra santa excepto esta vez, ya que ustedes han roto el equilibrio cósmico entre el mundos de los vivos y el de los muertos, como la reina del Inframundo tengo el deber de restaurarlo…
—No es la primera vez que escucho eso del equilibrio cósmico, pero la verdad que no lo comprendo…
—Cuando los humanos mueren van al Infierno donde son juzgados y luego condenados, transcurren ahí cientos de años hasta que sus almas son purgadas y le son otorgadas las posibilidades de regresar al mundo de los vivos en un nuevo cuerpo tras beber de las aguas del río Lete, llamado también el río del olvido. Para reencarnar las almas deben beber de este río y así olvidar todos los recuerdos de su vida pasada y así estar listos para comenzar una nueva vida…
—¿Y qué tiene que ver esto con el equilibrio cósmico?
—Las almas que ahora llegan al Inframundo vagan sin sentido, sin juicio y sin castigo, por lo que, no pueden purgar sus pecados y no pueden entonces estar listas para beber del río Lete, por lo tanto no reencarnarán jamás…de esa forma el Infierno seguirá colmados de espíritus en pena, sin darle la posibilidad a los hombres del ciclo de la trasmigración, frustrando la búsqueda de la iluminación absoluta, que los una con la creación…
—Entonces… ¿significa que nosotros hemos frenado la evolución del alma humana?
—Hasta que por fin lo comprendiste mortal, sus pecados de guerra han afectado a toda su especie de una forma mucha más amplia de la que pueden percibirlo…
Tras las palabras de la diosa, el santo cae de rodillas apesadumbrado y un tanto confundido.
—¿Realmente luchamos por la justicia? —susurra Shun entre lágrimas.
Selva de Deméter.
Una batalla campal se desarrollaba entre los siete generales marinos y los cinco sacerdotes eleusinos, la batalla era pareja pero ambos bandos encontraban la forma de evitar daños mortales de sus rivales.
—Estamos perdiendo demasiado tiempo, este combate debe terminar ahora, ¡NAUFRAGIO EN EL GRAN CHARCO!
Najash de Dragón Marino expande un misterioso cosmos de color turquesa que se disemina por toda la selva, la cual parecía que empezaba a desaparecer para dar lugar a una masa incontenible de agua que rodeaba a todos de forma repentina, las plantas y el suelo habían desaparecido, en el horizonte solo avizoraba un gran océano que se extendía en todas las direcciones.
—¿Dónde diablos estamos? —piensa Diocles mientras mantiene la respiración.
Los sacerdotes eleusinos sufren de un agudo dolor en sus oídos, debido a la presión del agua que los envolvía, sobreviviendo gracias a los mantos sagrados de la madre tierra.
—Esto recién comienza, ha llegado la hora de su final… ¡CORRIENTE DEL DRAGÓN DE LOS MARES!
Un ensordecedor sonido comenzó a ser captado por los heridos oídos de los sacerdotes eleusinos, momentos antes de ser arrastrado por una feroz corriente que amenazaba con destruir sus cuerpos por la fricción ejercida, tras la corriente puede verse la figura cósmica de un antiguo dragón mitológico de un cuello extremadamente largo y aletas en lugar de piernas.
—¡CAPULLO DE LA CONTENCIÓN! —gritó Políxeno.
Repentinamente el recorrido de la corriente es desviada por la súbita aparición de unos enormes pétalos que forman un capullo alrededor de los guerreros de Deméter, provocando que la técnica del Dragón Marino se escurra por los alrededores.
—Haré desaparecer estas ilusiones… ¡GOLPE DE REALIDAD!
Triptólemo enciende su cosmos y unas luces relucen de sus ojos, primero en color violeta, luego en rojo y finalmente en dorado, tras unos segundos y al disiparse el brillo, la ilusión generada por Najash de Dragón Marino había desaparecido, nuevamente podía verse la selva.
—¡Diocles, combinemos nuestros ataque y terminemos esta batalla de una buena vez! ¡ARENAS DE LA DESESPERANZA!
Céleo eleva su poderoso cosmos, el cuál emite un brillo marrón y levanta su rodilla a la altura del pecho, soltando un poderoso puntapié en el suelo, que hace temblar todo el lugar, modificando el suelo en donde se encontraban los generales marinos, haciendo que cambie la consistencia de éste, volviéndolo blando y arenoso, generando así una presión que succionaba a sus enemigos poco a poco hacia las profundidades, imposibilitando que puedan liberarse.
—¡Mueran invasores del mar…ALIENTO DEL DIABLO!
Diocles abre su boca y escupe fuego repentinamente, generando un remolino de llamas alrededor de los marinos que amenaza con incinerarlos, pero en ese momento Kaza de Leumnades enciende su cosmos y muta su apariencia, siendo ésta idéntica a la Diocles, para luego lanzar el aliento del diablo, terminando la secuencia en una colisión de llamas, que luego se elevan por los aires.
Isaac de Kraken aprovecha la ocasión para congelar el suelo movedizo con el polvo de diamantes, haciendo de este modo pie los siete marinos.
—¡Ese maldito no solo ha tomado mi apariencia sino que ha usado mi propia técnica! —dice Diocles anonadado.
—¡Tras sentir el cosmos de una persona puedo leer sus pensamientos y su corazón! —dijo Kaza mientras se ríe de forma estridente y esbozando una sonrisa maligna.
—Esta batalla se está extendiendo demasiado, es hora de que avancemos, existe una forma en la que podríamos asegurar nuestra victoria sin ninguna baja… —susurra Sorrento.
—La única forma de asegurarnos nuestra victoria sin muertes en tan sólo un instante sería usando aquella técnica, que combina el poder de los siete generales… —contesta Krishna.
—¡Dejen de balbucear estupideces! —expresa Triptólemo.
Los siete generales marinos se ubican en una extraña posición, agachados de izquierda a derecha se posicionan Sorrento de Sirena, Kaza de Leumnades y Eo de Escila, mientras que parados detrás de ellos, ubicados en el mismo orden Najash de Dragón Marino, Isaac de Kraken y Baian de Hipocampo, semiagachado entre el medio de todos ellos se encontraba Krishna de Crisaor. Los siete generales comienzan a elevar sus cosmos de forma abrumadora.
—¿Qué es esta posición? —se pregunta Céleo.
—¡Sus cosmos están creciendo infinitamente, sino actuamos rápido pereceremos! —advierte Triptólemo.
Los cinco sacerdotes eleusinos lanzan sus mejores técnicas al mismo tiempo para evitar la ejecución de la técnica conjunta de los generales marinos, pero dichos ataques no surten efecto al ser absorbidos por la inmensa fuerza cósmica que han generado la elite guerrera de Poseidón.
—¡FUROR DE LOS SIETE MARES! —gritan al unísono los siete generales.
Siete corrientes cósmicas provenientes de los mares del mundo convergen en un instante sobre los sacerdotes eleusinos, quienes sufren la presión y la fricción de todo el mar en su conjunto sobre sus cuerpos, tras unos segundos, infinitas toneladas de aguas arrasan con los súbditos de Deméter y con toda la selva, dejando un inmenso desastre completamente desolador.
—¡Lo hemos conseguido…fueron grandes rivales! —exclamó Isaac.
—Ahora el templo de Neptuno está más cerca… —murmura Sorrento.
Los siete generales juntan sus puños en el centro y gritan "por Poseidón".
Templo de Ceres.
Deméter se encontraba custodiando su templo sagrado, mientras que Atenea le hacía frente.
—¡He sentido un poderoso cosmos similar al gran Océano! Los cosmos de mis sacerdotes eleusinos han desaparecido…Atenea, esto es culpa tuya, ellos no habrían muerto si no fuera por tu insolencia de atacar al Olimpo.
—¡Sorrento y los demás lo han logrado! —manifiesta Seiya esperanzado.
—Jamás pensé que los generales marinos serían capaces de generar un poder comparable a la exclamación de Athena… —dijo Shiryu sorprendido.
—¡Si no eran capaces de vencer a esos sujetos entonces no tenían nada que hacer aquí…! —dice Ikki con frialdad.
—¡Isaac…por fin estamos combatiendo por un mismo ideal! —piensa Hyoga mientras se le escapa una lágrima.
—Deméter, la insolencia la ha cometido el Olimpo al alzarse en contra de la humanidad, la caída de los dioses y ahora de tus guerreros no es más que las consecuencias que siempre trae la guerra, muchos de mis leales santos han perdido la vida en ésta cruel batalla y es por su memoria que estoy dispuesta a llegar a las últimas consecuencias, salvaré a la humanidad del infame castigo que Zeus quiere imponer…
—Aunque has logrado verdaderos milagros al llegar hasta aquí, no tienes posibilidad de vencer a Zeus, él ha sido capaz de derrotar a Cronos y a Tifón…
—Bien sabes que el oráculo ha profetizado que un hijo de Zeus terminaría por derrocarlo, me aferro a la esperanza de que aquella profecía trate sobre mi persona y sobre ésta guerra.
—El único que tal vez sería capaz de tal proeza es Apolo, pero él ha caído junto con Poseidón…
—¡Saori, déjame intervenir, no puedo quedarme quieto y sólo verte combatir! —solicitó Seiya.
—¿Es que acaso no tienes fe en mí Pegaso?
—¡Athena! No, no es eso… ¡es sólo que quiero ayudar!
—Mis leales santos, ustedes me han ayudado tantas veces, ahora me toca a mí cuidarlos a ustedes, pero sé paciente Seiya, pronto será necesario que levantes nuevamente tus puños en mi nombre…
—¡Ya que yo he perdido a mis guerreros, ahora tú Atenea perderás a los tuyos!
Deméter genera en la palma de su mano derecha una esfera cósmica de color verde, la cual brilla con gran intensidad y seguidamente la arroja en dirección a los santos divinos, pero Atenea se interpone en la trayectoria del ataque, cubriéndose del mismo con su escudo, una gran explosión se genera y tras aplacarse la polvareda puede verse a la diosa de la sabiduría y a sus santos sin ninguna herida nueva.
—¡Ahora es mi turno!
La diosa de la sabiduría aparta su escudo y extiende su brazo en dirección a Deméter, de su mano emergen incontables brillos dorados que amenazan a la protectora del templo.
—¡Quieres derrotar a Zeus y ni siquiera podrías conmigo con ese nivel de poder!
La deidad de la naturaleza lanza un resplandor verdoso que colisiona con los destellos dorados de su rival, al chocar ambos ataques el templo comienza a resquebrajarse, los santos se cubren y son arrastrados levemente hacia atrás, pero Atenea no puede resistir a la presión del poder de Deméter y es arrojada violentamente contra un pilar, el cual se desmorona por el impacto.
—¡Athena! —grita Seiya.
De entre los escombros la diosa se levanta con dificultades, pero encendiendo su cosmos con gran determinación.
—Tranquilo Seiya, aún puedo luchar…
La batalla entre las diosas todavía no había llegado a su punto culmine, sin embargo Deméter parecía tener una leve ventaja, la diosa guardiana era uno de los tres últimos olímpicos, el final de la guerra se avizoraba cada vez más cerca.
Templo de Júpiter.
En el grandioso y hermoso palacio del rey de dioses, éste se encontraba junto a su esposa Hera, cuando irrumpen los últimos tres ángeles sobrevivientes, quiénes se hincan ante las deidades.
—Mi señor, hemos derrotado a los últimos santos dorados, puede estar tranquilo, las únicas amenazas son Atenea y sus cinco santos divinos… —dijo Belerofonte.
—Han hecho un gran trabajo, no esperaba menos de ustedes. —contesta Zeus.
—¡Solicito permiso para acabar con los llamados santos divinos! —expresa Aquiles.
—¡Permiso denegado! Si te enfrentas a los santos divinos solo encontrarás la muerte… —responde Zeus a cortapisas.
—¡Eso es imposible, yo soy el más poderoso de los guerreros olímpicos! —contesta Aquiles con arrogancia.
—Los santos divinos cuentan con la protección de la sangre de un dios, por más fuerte que seas no puedes compararte a ellos, a menos que estés en igualdad de condiciones… —dijo el dios de dioses.
—Los generales marinos de Poseidón también representan una amenaza. —manifiesta Pólux.
—De ello se encargarán mis serafines, comandados por el dios Eolo… —responde Hera.
—Señora, ¿por qué pedirle intervención a ellos cuando nosotros tres seríamos capaces de derrotar a los generales marinos? —interviene Aquiles
—¿Acaso cuestionas nuestras decisiones Aquiles? —preguntó con fastidio Zeus.
—¡No es eso mi señor, es tan sólo que no quiero aburrirme esperando como fracasan los demás, así como lo hicieron los sacerdotes eleusinos!
—Mis serafines son guerreros sumamente aptos y han esperado pacientemente su momento de participar de ésta guerra, además Aquiles, no creas que eres el único que puede traerle victorias al Olimpo, entre mis guerreros hay uno cuyo poder quizá sea superior al tuyo…
—¡No creo que sea así! Con su permiso me retiro… —un ofuscado Aquiles da media vuelta y sale del recinto, mientras susurra un nombre. —Bóreas…
—La debilidad más importante de Aquiles no es su talón sino su soberbia… —sentenció Zeus.
