Capítulo 63: Los serafines, vientos celestes de los puntos cardinales.

La conclusión de la guerra santa entre el Santuario y el Olimpo era inminente, Shun de Andrómeda y la diosa Perséfone entablaban un enfrentamiento en la Tumba de Hades, en los mismísimos Campos Elíseos, dicho enfrentamiento parecía tener un resultado incierto, dado que el corazón bondadoso del humano le impedía atacarla de un modo letal y la divinidad tenía que mantener vivo al avatar, debido a que era el cuerpo elegido por Hades para reencarnar en esta época.

Por otro lado los generales marinos combinaron sus cosmos para lanzar el "furor de los siete mares", una técnica que podía compararse con la exclamación de Athena, con lo que lograron derrotar a los sacerdotes eleusinos y ahora se dirigían con fe al templo de Neptuno.

Al mismo tiempo, en el templo de Ceres, Atenea y Deméter se enfrentaban a muerte, ante la atenta mirada de Seiya, Hyoga, Shiryu e Ikki.

Templo de Júpiter.

Los reyes del Olimpo se encontraban sentados en el trono del último de los doce palacios olímpicos, cuando un viento tranquilo acaricia sus rostros, tras unos segundos puede verse la silueta de un hombre de un enorme cosmos, el cuál portaba una imponente armadura alada, de color celeste, tenía cabellos blancos y ojos celestes.

—Eolo, dios del viento. Gracias por acudir a mi llamado, como sabes está llegando el último tramo de esta guerra santa… —manifestó Hera.

—Entiendo la situación… —contestó Eolo al tiempo que se hinca ante los dioses supremos. —He posicionado a los serafines en el paso del Archipiélago Celestial, son poseedores de un gran poder, los generales de Poseidón no tendrán oportunidad…

—Los generales marinos han demostrado que no debemos menospreciarles bajo ningún concepto. De todos modos confío en que los Archipiélagos Celestiales serán inexpugnables… —advierte Zeus.

—Los generales del mar se han ganado mi respeto, han liberado una técnica que emuló a toda la inmensidad del gran Océano, pero mi señor, no olvide que el poder de los ocho vientos podrá detenerlos, también se aproximan los santos divinos, pero yo como dios del viento los derrotaré… —responde Eolo.

—No subestimes a los santos divinos de Atenea, han sido capaces de vencer a Thanatos, Hipnos, Eros y Anteros por sí solos, inclusive Sagitario y Ofiuco pudieron vencer a Dionisio y a Hestia… —expresa Hera.

—Lo sé, además tengo entendido que entre dos de ellos lograron derrotar a Hermes, no voy a subestimarlos, ese fue el error de todos los dioses mencionados… —susurra Eolo mientras gira y se dispone a salir del recinto.

Selva de Deméter.

Los generales marinos se acercaban al templo de Ceres, con sus esperanzas renovadas en la empresa de llegar al templo de Neptuno.

—Siento que el cosmos de Atenea se eleva poco a poco… —dice Sorrento mientras hace una carrera cósmica junto a sus camaradas.

—¡De todas maneras el cosmos de su enemigo es igual de poderoso al de Atenea! —acota Io.

—¡Esto significa que falta poco para salir de ésta selva…! —expresa Baian.

Los siete generales siguen su veloz marcha despidiendo ráfagas de cosmos tras sus pasos.

Templo de Ceres.

El colosal duelo de diosas estaba llegando a su clímax, los santos divinos miraban el combate esperanzados en la implacable determinación de su diosa.

—Estamos en una situación crítica, eso significa una sola cosa… ¡mi cosmos tiene que cubrir el Universo! —exclama Deméter, que levanta su cetro apuntando hacia arriba.

El templo comienza a desaparecer en la visión de los presentes, siendo reemplazado por ramas y troncos que formaban el suelo, las paredes y el techo, estando todos en el interior de un gigante árbol, detrás de Deméter podía verse ramas que sujetaban frutos y muchas hojas que caían, emanando una misteriosa energía.

—El árbol de la vida, aquel que se decía en le época de mito que podía determinar el bien y el mal, Deméter, mi victoria te demostrará que estamos del lado del bien… —dijo Atenea encendiendo su cosmos al tiempo que muchas hojas desaparecían al entrar en contacto con su luz dorada.

—No trates de persuadirme con discursos reduccionistas de una realidad más compleja, tendrás que demostrar tus dichos con hechos…

El suelo comienza a agrietarse bajo los pies de Atenea, unas gruesas ramas sujetan su cuerpo al tiempo que unos enigmáticos frutos crecen de repente, la diosa de la sabiduría siente diezmada la energía de su cuerpo súbitamente.

—¡Saori! —grita Seiya.

—Seiya, debemos confiar en Atenea. —susurra Shiryu.

—¡Sí! —responde Seiya apretando su puño.

—Parece que el bien no estaba contigo después de todo… —dijo Deméter.

Mientras una gran tensión se vivía en el recinto, los generales marinos irrumpen en el recinto.

—¡Sorrento, ustedes…lo han conseguido, vencieron a los guerreros de Deméter! —manifiesta Seiya.

—Atenea… —murmura Sorrento mientras observa a la diosa apresada por gruesas ramas que irradiaban una abrumadora energía.

—Generales marinos, son ustedes los que mataron a mis sacerdotes eleusinos, por eso pagarán ante mí dicho delito… —dice Deméter endureciendo la mirada ante los súbditos de Poseidón.

—Espera, Deméter… —dice Atenea entrecortada, intentando moverse.

—Deméter, nosotros sólo cumplimos la voluntad de nuestro señor…y así será hasta el final… —contesta Sorrento con tono afable.

El general del Atlántico Sur recita su hermosa melodía y una incontable cantidad de sirenas ilusorias arremeten contra la diosa, en ese momento los siete generales intentan avanzar, pero unas enredaderas con espinas agarran sus cuerpos, el sonido de unos desgarradores gritos puede escucharse.

—¡Deméter, no dejaré que lo hagas!

La diosa de la sabiduría enciende su cosmos al infinito y una luz dorada resplandeciente quema las ramas que la sujetaban, liberándose de ese modo, al tiempo que también quema las enredaderas que sujetaban a los generales del mar.

—¡Atenea, tu tenacidad es…! —expresa sorprendida Deméter.

Los generales marinos aprovechan el desconcierto de la diosa para emprender una veloz corrida, la guardiana del templo lanza una esfera de color verde que arremete contra los marinos, pero en ese momento una luz dorada proveniente de Atenea rechaza el ataque, permitiendo el exitoso escape, mientras que los santos divinos prefieren quedarse, para proteger a su diosa de cualquier eventualidad.

—¡Malditas sean marinos! Han logrado escapar… —dice Deméter mostrando ofuscación en su rostro.

Inframundo.

Campos Elíseos. Tumba de Hades.

Perséfone se encontraba con Shun de Andrómeda, que se encontraba de rodillas, finalmente parecía haber comprendido que lo más noble y loable para los seres humanos era que Hades resurja, para así regresarles la posibilidad de la transmigración.

—Me alegra que lo hayas aceptado, te mostraré cómo es el Universo en realidad… ¡REVELACIONES DEL ÁRBOL DE LA VIDA!

La deidad extiende sus brazos a los costados con sus palmas al cielo, elevando su cosmos, el cuál comienza a develar cientos de raíces cósmicas provenientes del horizonte y del firmamento, atravesaban todo cuanto sus ojos veían de los Campos Elíseos.

—Tienes la posibilidad de contemplar los caminos del Universo, el tejido del cosmos, puedes ver el Árbol de la Vida, en este caso sus raíces que atraviesan todos los infiernos, los vivos pueden apreciar las ramas más bajas del árbol, que son las que conectan su mundo con el Universo, el Olimpo está conectado por las ramas superiores, las partes más alta de la copa del árbol…todos los mundos, todos los planos, conectados a través de una misma y única fuerza cósmica.

—Perdóname hermano, Seiya, Hyoga, Shiryu, tal vez ustedes ahora no lo entiendan, pero forjamos entre todos mi destino el día que asesinamos a Hades y sí mi destino es Andrómeda…el sacrificarme por los demás, para que la humanidad pueda evolucionar a través de la reencarnación, a través de una vida eterna…

La diosa de la primavera y reina de los infiernos abre su mano y entre sus dedos se forma repentinamente una fruta.

—Esta fruta se llama granada del Inframundo y es la que Hades me ofreció en la era del mito, engañándome, desde que la comí he creado un lazo con el Infierno, no puedo permanecer lejos del Infierno por mucho tiempo, sólo puedo estar seis meses junto a mi madre en el Olimpo…cuando la pruebes sellarás tu destino…

El santo de Andrómeda comprende, se acerca y toma la fruta prohibida, pero en el momento que estaba por morderla se detiene y piensa en el sentido de la guerra actual, si el Olimpo vencía no sólo no habría más humanos y la especie se habría extinguido, sino que las almas de las víctimas no tendrían un mundo al cuál regresar en una nueva vida.

¿Qué decisión tomará Shun?

Salida del templo de Ceres.

Los siete generales marinos avanzan por el último tramo del templo olímpico, hasta que a la salida se encuentran con un imponente escenario, a la lejanía podían apreciarse unas islas que mágicamente flotaban en un mar de nubes.

—Esto es maravilloso… —dice Krishna mirando al horizonte sin despegar sus pies del suelo de la salida del templo de Ceres. —Debemos brincar hasta la primera isla.

—¡Debemos ser cuidadosos, si nos precipitamos en un abismo desde el Olimpo moriremos de seguro! —comenta Baian.

—Sorrento y yo poseemos las alas de nuestras escamas, tal vez podríamos llevar a los demás… —tercia Io.

—Eso olvídalo Io, mi señor Poseidón me ha indicado que esta zona es custodiadas por los serafines, por lo que fuertes vientos podían precipitarnos a una mortal caída.

—¿Los serafines? —pregunta Baian.

—Los serafines son los guerreros de Hera, también conocidos como los vientos celestes… —ilustra Krishna. —Tendremos que dar un fuerte impulso tras una carrera cósmica, esa es la única manera de llegar hasta ése sitio que se vislumbra a la lejanía…

—¡Nos lanzaremos cómo si fuéramos siete estrellas fugaces! —exclama Najash.

Los siete generales marinos regresan unos metros atrás para buscar impulso y se lanzan en una vertiginosa carrera cósmica hasta que llegan al último punto del suelo, en el cuál saltan con una extraordinaria habilidad, unos vientos potentes tratan de desestabilizar la marcha de las marinas, pero la velocidad de la luz de éstos últimos terminó anulando la onda de choque producidas por las ráfagas ventosas. Finalmente los súbditos de Poseidón aterrizan en tierra firme.

Archipiélagos Celestiales.

Isla del Sur.

La isla era pequeña, de escasa vegetación y pocos aunque grandes árboles, la arena cubría gran parte del territorio y soplaba una brisa cálida, proveniente del sur, el Sol no dejaba espacio a las sombras de los árboles. Repentinamente la cálida brisa se convierte en una molesta ventisca cargada de arena y tierra que dificultaban la visión, el viento aumentaba su velocidad e intensidad minuto a minuto.

—¿Acaso este viento será natural…? —se pregunta Io.

—¡Este no es un viento ordinario, seguramente el cosmos de alguien está generando este viento! —dice Baian cubriendo sus ojos con sus brazos.

—¡Sal y muestra la cara! —reta Isaac.

Repentinamente aparece una sombra que evidenciaba el vuelo de algo o alguien, protegida por la espesa polvareda generada por la tierra y la arena, un nuevo enemigo les cerraba el paso a los generales marinos, dicho individuo tenía piel trigueña y cabello negro corto, cejas anchas, grandes y saltones ojos negros, estaba protegido por una imponente armadura alada de color rojizo.

—Soy Noto, uno de los serafines, el viento del sur, protector de la isla más austral del Archipiélago Celestial…

—¿El viento del sur? —interroga Baian.

—Por cada punto cardinal hay un viento, soy quien protege la Isla Sur de éste archipiélago, conformadas por nueve islas, una en el centro y ocho provenientes de cada punto cardinal…

—No perdamos el tiempo, yo me enfrentaré a Noto, ustedes atraviesen al resto de las islas, hay que llegar cuanto antes al templo de Neptuno… —dijo Io.

—De acuerdo, hay que seguir los puntos cardinales… —responde Isaac.

Las marinas corren rápidamente para escapar de la isla, el terrateniente deja pasar a los otros seis marinos sin hacer nada.

—¡Las seis bestias de Escila te devorarán, aquellas que hundían barcos en la era mito! —manifestó Io elevando su cosmos.

—Ataca con toda tu fuerza… —susurra el serafín.

—¡PRESA DEL ÁGUILA!

El general marino del Pacífico Sur levanta sus dos manos hacia arriba, ensaya un movimiento volador y expulsa un potente ataque que se transforma en un águila cósmica, el serafines intenta evadir el ataque pero es alcanzado de frente, tras un potente impacto es arrojado por los aires, fuera de los perímetros de la isla, haciéndolo caer al vacío casi infinito del precipicio.

—¡No puedo creer lo sencillo que resultó, quizá subestimo mi propia fuerza…! —dice Io lleno de orgullo y sintiéndose sumamente poderoso.

De repente se alza un potente y voraz viento, cargado de tierra y arena.

—¡Maldición, has vuelto!

—Nosotros los serafines somos seres alados, somos capaces de volar en cada ráfaga de viento, ¿pensaste me caería del cielo?

—¿Caer del cielo?

—Quiénes pasean en el Olimpo deben tener cuidado de no caer por el vacío que separan a estas islas, puesto que desde aquí se puede caer hasta el mundo humano…aunque alguien fuese capaz de sobrevivir a una caída de millones de kilómetros, de todas maneras le costaría muchísimo trabajo regresar hasta este lugar, por lo que estarías virtualmente fuera de esta guerra…

—Por eso mismo no debo caer, te venceré en esta batalla y cruzaré el archipiélago para llegar al templo de Neptuno…

—¿Por qué tienes tanto interés en llegar al templo de Neptuno?

—Eso no es de tu incumbencia, son las órdenes de Poseidón las que sigo…

—¡Poseidón está muerto!

—¡Blasfemo! Los dioses no mueren…

—Tienes razón, pero su avatar ha sido destruido, ya no tiene un cuerpo para luchar…

—El hecho de que no esté presente su cuerpo no significa que nuestro señor no nos esté acompañando con su espíritu…

—Tú que cumples las órdenes del dios caído como pretendes superar a quién sigue los designios de la reina del Olimpo, te mostraré ahora mi poder, soy aquel que trae las tormentas del verano, conocido como el destructor de cosechas… ¡muere! ¡TEMPESTAD VERANIEGA!

—¡Conoce otra de las bestias de Escila! ¡COLMILLOS DE LOBO!

Noto junta sus manos, un viento caliente se arremolina en ellas, luego apunta su mano contra su adversario, en ese instante un viento desecador se desencadena, el marino corre a la velocidad de la luz transformándose en un lobo cósmico que se infiltra entre los espacios del poderoso viento, mordiendo el brazo de su enemigo, quién se resiente del dolor, el poderoso viento desecador sigue avanzando hasta que atrapa al marino, quién es arrastrado varios metros hacia atrás, terminando desplomado en el suelo, con numerosas heridas.

—No puede ser…otro ataque, esta vez ha burlado mi defensa… ¿cómo lo ha hecho?

—¡Soy un general marino…no me subestimes, soy Eo de Escila y tengo seis bestias! —contestó Io mientras se levanta y se agarra la cabeza del dolor. —¿Qué es esto? —observa que su piel se encuentra reseca y herida.

—Tu piel se irá calcinando poco a poco por mi ardiente viento, no dejaré que avances…

—Avanzaré, es el deseo de mi señor Poseidón… ¡PRESA DEL ÁGUILA!

—¡Ese ataque no funcionará en segundas ocasiones…!

El serafín bloquea el ataque con una brisa cálida que lo protege, la cual rodea su cuerpo en forma de anillos.

—¡Algo lo ha protegido del ataque…es cómo una barrera de aire caliente!

—Ese ataque no era gran cosa, el viento que gira a mí alrededor me protege.

—¡No por nada es un guerrero de Hera, quien es reina de los dioses!

—¡Tomaré tu vida en nombre de Hera y Eolo…TEMPESTAD VERANIEGA!

Noto lanza varias ráfagas de vientos en distintas direcciones, confundiendo al enemigo que retrocede hasta que finalmente dirige un gran golpe cósmico a las piernas traseras de la escama dónde se escondía la bestia del águila, estallando del impacto.

—¡Cómo ha podido…ha sido capaz de destruir una parte de mis escamas!

—Es muy inocente de tu parte creer que no puedo darme cuenta de que las bestias se esconden en tus escamas, ahora tienes cinco bestias…pero ahora es el turno del lobo…

El serafín señala al marino con su índice y de éste sale un potente torbellino a su rostro, el casco estalla a los segundos, saliendo un chorro de sangre de su cabeza, el lobo ha sido eliminado.

—Sólo te quedan tres bestias…no eres rival para mí, uno de los serafines…

—Debo lanzar mis técnicas con todo mi poder, no debo repetir el mismo error que cometí cuando me enfrenté a Andrómeda… —recordaba Io. —¡Debo aniquilarte, Poseidón debe reinar el Universo…entonces prueba mi tercera bestia, AGUIJÓN DE LA ABEJA REINA!

Noto eleva su cosmos y la abeja se desvanece envuelta en un remolino. La batalla entre el serafín y el general marino se mantenía igualada.

Isla del Suroeste.

El guardián de la zona se llamaba Libis, serafín del suroeste, tenía una joven apariencia, sus cabellos eran semilargos de color castaño claro, ojos marrones claros y una armadura alada de color gris opaco, estaba decorada en sus espaldas con lo que parecía ser el timón de una nave griega antigua. La isla que protegía este sujeto estaba cubierta por una gran cantidad de polvo que circulaba en las ráfagas de aires, lo que no permitía apreciar el tipo de vegetación del lugar.

—El cosmos de Noto se está expandiendo y está chocando contra otro poderoso cosmos, el combate de la isla del sur ha de ser tremendo… —escucha un ruido extraño y voltea en dirección al sonido. —¿Quién anda ahí?

Tras el polvo aparece una silueta, se trataba de un sujeto que Libis conocía muy bien, el sujeto portaba una armadura blanca con detalles celestes, cuya forma simulaba cristales o hielo, tenía el cabello largo y alborotados de color rubio.

—¿Acaso no me reconoces?

—Eres tú Bóreas… ¿qué haces aquí? Tú debes custodiar la isla del norte…

—Jamás llegarán hasta la isla del norte y no tengo ganas de esperar, me enteré de que alguno de ellos se habían introducido en tus territorios y pensé en venir para tener algo de acción…

—Propio de ti, siempre queriendo terminar de inmediato la misión asignada…

—Yo soy de esas personas que no se preocupan, se ocupan…

—¡Toda la frialdad que expresas en batalla no se condice con tu ansiedad!

—Da igual, de todas maneras parece que ninguno de los marinos ha llegado a éste sitio después de todo…

—Quizá fueron por el camino de la isla del sureste.

El visitante se acerca extrañamente a Libis.

—Tienes razón, casi todos fueron al sureste…

—¿Casi todos? —pregunta Libis sorprendido.

Bóreas aprovecha el desconcierto que sus palabras causaron en Libis y al estar lo suficientemente cerca le fue sencillo atravesar su pecho, tomando así su corazón, entonces el asesino empieza a mutar su apariencia, mostrando que en realidad era uno de sus enemigos.

—¡Casi todos, menos yo! —dijo Kaza con una macabra sonrisa.

El general marino había tomado por sorpresa y a traición la vida del joven serafín.

El rumbo de la guerra santa era incierto… ¿en que terminará la batalla entre los serafines y los generales marinos? ¿Qué decisión tomará finalmente Shun? El desenlace entre Atenea y Deméter es inminente…