Capítulo 74: Justicia, el verdadero propósito de la batalla…
La batalla en el Olimpo ya se estaba desarrollando muy cerca de la cima, los guerreros atenienses estaban en las tierras celestiales de Hades, el tenebroso territorio que tenía como uno de los doce olímpicos. Pegaso, Dragón, Cisne y Fénix se habían separado, pero en estos momentos todos avanzaban rumbo al templo de Plutón, para reunirse con su diosa Atenea, mientras Shun, quien había sido poseído nuevamente por Hades, aguardaba junto a Perséfone.
Otros combates se desarrollaban mientras los anteriormente mencionados avanzaban, Radamanthys se había enfrentado a Ícaro, pero cuando el juez había tomado ventaja fue interrumpido por Sorrento, el único sobreviviente de los generales marinos, quién tomó ventaja desde un inicio.
Aprovechando esta situación, Ícaro y Marín avanzaron, mientras el juez del Infierno no encontraba la forma de combatir a su enemigo apareció Minos, otro de los jueces, quien usando su marioneta cósmica manipuló a Sorrento, quebrando su mano y evitando así que pudiese tocar su melodía mortal, luego se dispuso a cortar su cabeza pero su cuerpo se congeló abruptamente, obra de un recién llegado, Ganimedes, quién había sido derrotado por Mu de Aries. El ángel inmovilizó a Minos y a Radamanthys, permitiendo el escape de Sorrento, quien avanzó para completar su misión, llegar al templo de Neptuno, que se encuentra después del templo de Plutón. Radamanthys se hizo cargo del ángel que se reveló finalmente al Olimpo, mientras Minos buscaba a Sorrento para detenerlo.
Territorios olímpicos de Hades.
El combate entre Ganimedes y Radamanthys llegaba a su momento clímax, el ángel había tomado la ventaja al congelar gran parte del cuerpo de su rival y se disponía a rematarlo mientras este le daba la espalda.
—¡No puedo volver a fracasar como lo hice contra Kanon de Géminis...tengo que redimirme! —dijo el juez recordando aquel mortal combate que terminara con la vida de ambos, en ese momento su cosmos comenzó a elevarse milagrosamente.
—¡Descansa en paz Radamanthys...EJECUCIÓN AURORA!
Ganimedes levanto sus dos brazos y entrelazó sus manos, luego bajo abruptamente dichas extremidades, una extraordinaria ráfaga de aire congelante se precipitó sobre su enemigo, que fue rodeado por un cosmos negro, el aura de un dragón oscuro comenzó a surgir entre el hielo que aprisionaba sus extremidades y terminó por rechazar sorprendentemente el aire congelante, que pasó por su cuerpo sin dañarlo, luego volteó, sus ojos brillaban en color rojo.
—¡Su cosmos creció de un modo insuperable! —dijo el ángel entre la sorpresa y el desconcierto.
—¡Muere Ganimedes...CASTIGO SUPREMO!
Radamanthys extendió sus brazos al frente y un cúmulo de incontables esferas violáceas golpearon repetidamente a su adversario en todo su cuerpo, elevándolo por los aires, mientras se divisaba el aura de un dragón sombrío, al instante cayó al suelo pesadamente, un gran cantidad de sangre se acumulaba a su alrededor, producto de las heridas en sus órganos internos.
—Ahora sí que estás acabado, has sido buen rival, no por nada era un ángel, Ganimedes…
Un conjunto de espectros liderados por Myu de Papillón, Niobe de Deep y Raimi de Gusano llegan a donde se encontraba su líder Radamanthys, luego de haber destruido el Santuario habían regresado al Olimpo.
—¡Señor Radamanthys, ha salido victorioso! —dijo Myu mientras observaba el cuerpo de Ganimedes. —El Santuario está bajo llamas en estos momentos…
—¡Hemos sufrido algunas bajas! —tercia Niobe. —Pero lo extraño ha sido las muertes de Giganto de Cíclope y Cube de Dullahan, sus cuerpos no han dejado ningún rastro.
—Es extraño que espectros como ellos hayan muerto por santos de bronce y no se hayan encontrado sus cuerpos… —pensaba Radamanthys. —Acaso será esto obra de… —meditaba cuando un hombre se le vino a la cabeza. —No…eso no sería posible…ustedes vuelvan a sus posiciones.
—¡A sus órdenes señor Radamanthys! —dijo Raimi mientras todos los espectros se retiraban.
Edad del Mito.
Mientras Ganimedes se debatía entre la vida y la muerte, en sus pensamientos recordaba aquellos lejanos años perdidos, a milenios de distancia, cuando los dioses entraron en sus primeras disputas, una batalla en particular se le vino a la mente, una que lo había marcado para siempre.
El cruel dios Ares había diseminado guerras por todo el orbe, sus guerreros eran llamados los bersekers, se decía que cuando entraban en combate eran poseídos por el demonio, despiadados y sanguinarios, atacaron a los humanos e invadieron el Santuario. El combate se había tornado muy violento, los santos atenienses comenzaron a ser derrotados por sus poderosos enemigos, pero no iban a aceptar la derrota fácilmente. Ganimedes de Acuario se enfrentaba a uno de los comandantes de los cuatro batallones, Tereo, comandante del terror, quien tenía una imponente e intimidante armadura de color rojo sangre, las hombreras de sus corazas eran puntiagudas y largas, con una especie de espinas que la adornaban, tenía un largo y alborotado cabello color castaño, sus ojos eran color rojo, parecía estar fuera de sí.
El comandante del terror había derrotado sorprendentemente al poderoso santo de Sagitario, el poder de dichos guerreros era tal que Atenea había autorizado al santo de Libra a usar y ceder las armas de su armadura, por esto Ganimedes contaba con la lanza de Libra. El santo de Acuario estaba tirado, recientemente golpeado por un poderoso ataque de Tereo, sin embargo este último también se encontraba con una pierna herida, tras el combate contra Sagitario.
—¡Voy arrancarte las entrañas como lo hice con Sagitario!
—Mi compañero me mostró como vencerte y ahora que puedo usar la lanza de Libra estoy seguro que no fallaré…
—¡Basta de palabras, ahora conocerás la crueldad de mis puños…!
Tereo se abalanza sobre Ganimedes y lo embiste con feroces golpes de puño, de una fuerza descomunal, pero Acuario congela con su energía la pierna herida del comandante de Ares y se escabulle entre los golpes de este último y termina atravesando su lanza en el pecho de su rival, tras imperceptible movimiento.
Presente.
Mientras Radamanthys elucubraba en su mente sobre los sucesos del Santuario y las extrañas muertes de Giganto y Cube, un aire frío comenzó a rondar por el ambiente, inesperadamente Ganimedes se encontraba de pie.
—¡No es posible...su cuerpo ha sido destrozado, ya está a punto de morir...!
—Tienes razón, estoy a punto de morir... —murmura Ganímedes mientras la sangre se corroe por su rasgada gloria. —Recordé cual fue la última vez que combatí por mis ideales, cuando combatí por una causa que me parecía que estaba por encima de todo…fue en la era del mito, desde entonces hasta hoy no había vuelto a sentir eso. —sonríe. —Si he de morir lo haré pelando por la justicia, acabaré con uno de los tres jueces del Infierno, Atenea, santos...lo dejaré en sus manos...espero que algún día puedan perdonarme.
—¡Esta vez no fallaré, muere!
Radamanthys se lanza a toda velocidad contra el ángel y atraviesa su pecho con un golpe de puño, un chorro de sangre mancha la sapuris del juez del Infierno. No obstante, el malherido Ganimedes se las ingenia para sostener con fuerza el brazo del espectro, que aún permanecía dentro de su pecho. Un intenso frío comenzó a congelar la extremidad del magnate, instintivamente Radamanthys usando su otro brazo dispara a quemarropa con rayo cósmico violeta sobre el rostro del bello ángel, lanzándolo de cabeza contra el suelo que estaba a las espaldas de este último.
—¡No puedo moverme! —dijo desesperado Radamanthys, mientras trataba de reacciona, viendo como su cuerpo comienza a congelarse.
—No tienes salvación, tú también perecerás, has sido víctima de mi ataúd de hielo, por lo que mi muerte no ha sido en vano… —dice con su último aliento el copero de los dioses, desde el suelo.
Todo el escenario estaba nevando por la increíble energía congelante, al finalizar la ejecución de la técnica podía verse a Radamanthys convertido en una estatua de hielo con su puño extendido, en ese momento la muerte abraza a Ganimedes, con la reconfortante sensación de haber cumplido con su propio anhelo de la justicia y confiando en la diosa que alguna vez supo proteger en la edad del mito.
. . .
Minos avanzaba a toda velocidad en busca del general de Atlántico Sur, en un momento observa un detalle importante, en el camino había rastros de sangre.
—¡Detente intruso...!
En ese momento se divisó la silueta del súbdito de Poseidón, quien se detuvo y volteó frente a Minos.
—Parece que no podré huir...
—Claro que no, pagarás la traición de Poseidón contra el Olimpo... ¡MARIONETA CÓSMICA!
Repentinamente las extremidades de Sorrento se mueven solas, manipuladas por la poderosa cosmoenergía de Minos, quién usaba sus hilos invisibles.
—¡No puedo moverme! —se quejaba Sorrento con desazón.
—¡Muere...!
La cabeza del general del mar cae rodando al suelo, Minos levanta su cabeza en signo de victoria.
. . .
Ícaro y Marín avanzaban por el trayecto final del tenebroso territorio, cuando advierten la presencia de unas amapolas en el lugar, la presencia de estas flores perturban a los hermanos, que se detienen.
—¿Qué significa esto? —se pregunta el ángel.
—Siento la presencia de un ser…es una energía muy poderosa… —dijo Marín.
Un portal oscuro se abre y de él emerge un ser que portaba una imponente sapuris de grandes alas.
—Yo soy Morfeo, dios del sueño…he venido por ustedes, para detener su acto temerario.
—Ni siquiera un dios me detendrá… ¡ALTITUD MÁXIMA!
El guerrero celeste se levanta en el aire apareciendo el aura de un ángel de una sola ala a sus espaldas y se lanza hacia abajo, expulsando de su puño derecho una gran cantidad de rayos a una abrumadora velocidad, pero la técnica es detenida por el dios con una sola mano.
—¿Qué? Ha detenido semejante golpea con una sola mano… —susurra sorprendida Marín.
El dios lanza una descarga de cosmos que voltea al ángel hacia atrás, cayendo este de espaldas.
—¡Sin dudas que es un dios, que increíble poder! —manifiesta Ícaro.
—Es de estúpidos asombrarse por la diferencia entre el poder de los dioses y los humanos, me decepciona su pequeño cerebro…
—¡Su cosmos está creciendo! Mis músculos de pronto se relaja. —musita la muchacha.
—¿Estamos cayendo en el sueño de Morfeo…? —dijo el ángel mientras sus ojos se cerraban lentamente.
—¡AMAPOLAS DE LOS SUEÑOS!
Los humanos de pronto se arrodillan por el efecto narcótico de las flores, estas crecen con sus enredaderas, cubriendo el cuerpo de los humanos, que empiezan a sentirse pesados.
—¿Cómo pueden estas flores ser tan pesadas? —dice el ángel mientras miraba a su hermana caerse desplomada al suelo. —Apenas puedo estar en pie…
—El peso de las flores es proporcional al peso de sus sentimientos, puedo ver que sus almas traen una pesada angustia… —explica Morfeo. —Estas flores los conducirán rápidamente a un eterno sueño…
—¡Maldición, Marín ha sucumbido al sueño…! —Ícaro estaba arrodillado, tratando de resistir el poderoso influjo mágico de las amapolas que se posaban en su cuerpo.
—Es inútil que te resistas, tus sentimientos se irán desvaneciendo poco a poco…por importantes que sean, será tu final, irás con tu hermana al Mundo de los Sueños…allí no habrá más sufrimiento…
El ángel cierra sus ojos pero sigue arrodillado, a su mente vienen recuerdos de la infancia, batallas bajo las órdenes de los olímpicos, la separación de su hermana, el tiempo que ha pasado lejos de ella y todas las cicatrices que guardaba de su vida, repentinamente recuerda la muerte de sus padres a manos de delincuentes del pueblo cuando apenas era un niño. Las flores seguían actuando sobre su cuerpo, pero el cosmos del mortal comenzaba a crecer.
—¿Cuántos sentimientos tiene en su interior este hombre para encender su cosmos bajo mi encanto? —exclama Morfeo asombrado por la resistencia del ángel.
—No moriré…rescataré a mi hermana de tu conjuro… —dijo Ícaro con la voz cansada, encendiendo su cosmos mientras algunas amapolas caían al suelo.
—¡Deja de intentarlo, las amapolas están absorbiendo toda tu energía…!
—¡ALTITUD MÁXIMA!
Ícaro se eleva con sus alas a gran altura y baja lanzando un enorme poder que desencadena muchos rayos y relámpagos, destruyendo todas las amapolas y destruyendo al mismo tiempo el casco del dios, que sufre una pequeña herida en su rostro.
—¡Es increíble! —dijo Morfeo.
—¡Todavía puedo luchar!
—¡Maldito, has herido mi rostro, te arrepentirás humano…no me sorprende, pues Ícaro en el mito siempre ha querido acercarse a los dioses, pero fracasarás nuevamente como en la edad mitológica, te llevaré en honor a tu hazaña al mundo de héroes y los reyes… ¡MUNDO DE MORPHIA!
Una luz violeta emerge de las manos de Morfeo y adormece completamente al ángel irremediablemente, quien cae al suelo pesadamente.
—Ya están durmiendo, debo aniquilarlos de inmediato...ya otros santos han escapado del Mundo de los Sueños, no debo confiarme... —susurró Morfeo mientras encendió su cosmos, dispuesto a destruir a los humanos, pero en ese momento sintió una poderosa energía en su cuerpo, que impedía su libre movimiento, luego observó que alguien acababa de llegar.
—No permitiré que lo hagas...Morfeo...
—¡Atenea!
Puertas del Templo de Plutón.
Hyoga de Cisne cae frente al imponente templo, tras descender con las alas de su armadura divina, el recinto era de un brillante color negro, guardaba detalles armónicos y elegantes, el invasor camina lentamente mirando a los costados y se detiene al sentir un cosmos enemigo, una mujer de negros cabellos, blanca piel y ojos verdes aparece, que portaba una sapuris alada.
—Perséfone, la reina del Inframundo…
—Has venido por tu amigo, pero ya es demasiado tarde, Hades ha poseído su cuerpo, ¡vete de este sitio!
—Traeré de vuelta a Shun, su destino no es ser Hades, ya deberías saberlo…derrotaré al mal con estas alas divinas… —dijo Hyoga mientras movía sus brazos como si fueran las alas de un Cisne. —¡POLVO DE DIAMANTES!
—¡ENREDADERAS DEL INFRAMUNDO!
El Cisne extendió su puño derecho, pero antes de lanzar su ráfaga congelante unas enredaderas sujetaron su puño, el aire congelante se desvió al techo, Perséfone sonríe, luego las enredaderas comenzaron a apretar el cuerpo del enemigo, pero este las congela con su energía y las destruye extendiendo sus brazos, no obstante se encontraba algo herido, en ese momento un imponente ave de fuego vuela en el lugar y tras chocar contra el suelo puede verse otro santo de armadura divina.
—Ikki… —susurra Hyoga con una sonrisa en sus labios.
—Hyoga, he escapado del Mundo de los Sueños para salvar a mi hermano… —murmura Ikki. —¡Otra vez tú...Perséfone! —gruño con cólera.
—Olvida a tu hermano, él ya no existe…la posesión se ha llevado a cabo por completo, tu presencia en este sitio carece de sentido…
—¡Jamás te perdonaré Perséfone, no tienes derecho arrebatarme a mi hermano! ¡ALAS LLAMEANTES!
—¡Estúpido mortal!
Perséfone desaparece en un halo de oscuridad, el imponente ataque choca contra las paredes, provocando algunas grietas en la fortaleza.
—¿Con qué derecho te crees para reclamar a los dioses? —preguntó Perséfone.
—Yo no creo en los dioses… —responde un apático Ikki.
—La voluntad de los dioses es irrefutable…ahora desaparece mortal… ¡ENREDADERAS DEL INFIERNO!
Inesperadamente del suelo emerge una enredadera de espinas oscuras que atrapan las piernas del santo, enredándose luego en todo su cuerpo.
—¿Piensas que me vas a frenar con tus plantitas?
—Las enredaderas del infierno son indestructibles y ya te han atrapado, no podrás escapar, las espinas absorberán tu cosmos y te matarán…
—¡Voy a incendiar esta mierda! —Ikki hace arder su cosmos, pero la enredadera no se ve afectada. —¡Imposible!
—Poco a poco tus fuerzas te abandonarán, ya está firmado tu pasaje al infierno. —dijo la diosa mientras voltea.
—¡Maldición! Siento mi cuerpo anestesiarse, si no logro escapar no podré ayudar a Shun…
En ese instante brilla un resplandor a espaldas de Perséfone, provocando que la diosa voltee a ver, para su sorpresa la enredadera que tenía atrapada al Fénix está separada en su parte más alta y vacía, ya no podía verse a Ikki.
—¿Es imposible como ha podido escapar?
—¡Nadie puede atrapar al Fénix!
—¡No te escondas, aparece desgraciado humano!
Un Fénix volador gigante baja desde el cielo precipitándose sobre la diosa, la cual es derribada duramente al suelo. El ave llameante se esfuma mientras aparece Ikki.
—Yo no veo que los que se autoproclaman dioses tengan algo diferente a nosotros, ahora conocerás la muerte… ¡ALAS LLAMEANTES!
La diosa intenta frenar al ataque, pero el poderoso viento de llamas la envuelve por completo, arrojándola contra un pilar. El hombro, el casco y el brazo de la sapuris de Perséfone estallan.
—Su cosmos es increíblemente poderoso…
—Perséfone, libera a mi hermano y te perdonaré la vida…
—¡Jamás, de ninguna manera haré lo que me pides!
—Conozco muchas formas de quebrar tu espíritu… ¡PUÑO FANTASMA DEL FÉNIX!
Ikki extiende su dedo índice señalando la frente de la hija de Deméter, un fino y brillante rayo de color naranja golpea su mente. Sus ojos se dilatan y su mirada parece abstraerse.
