Capítulo 78: La misteriosa propuesta…
Una épica y sanguinaria batalla se había librado en la Nube de Oort, el oscuro e infinito territorio de Hades, en aquel sitio ubicado en el Monte Olimpo los santos de bronce, plata y oro, quienes visten las sapuris de sus constelaciones, luchaban sin cuartel contra los espectros, arriba de enormes asteroides.
Seiya de Pegaso volaba por la zona más alta de la Nube de Oort, cuando una radiante luz solar se interpuso en su camino, revelando a Helios, el titán del Sol.
Nube de Oort.
La deidad solar se encontraba arriba de un hermoso carruaje, que era impulsado por cuatro caballos de fuego, una luz irradiaba de forma majestuosa, mostrando con claridad cada uno de los asteroides y cometas que volaban en el cielo olímpico. Helios tenía como armadura una soma, las vestimentas de los titanes, su brillo encandilaba la vista con destellos blancos, mirarla era tan difícil y dañino como mirar al Sol de forma directa.
—Pegaso, debo enaltecer tu fuerza de voluntad, te has ganado mis respetos…yo lo he visto todo, cada paso de tu vida, te conozco tanto como te conoces tú…mientras que tú a mí no me conoces, mi ventaja sobre ti es absoluta…
—¡Nosotros los santos de Athena salvaremos a nuestra diosa y al mundo…no importa a quien nos enfrentemos, saldremos victoriosos…METEOROS DE PEGASO!
Seiya se impulsó con sus alas atacando al dios de frente, quien movió las riendas del carruaje y los caballos de fuego corrieron en el aire, expandiendo luz y calcinando los meteoros que eran certeros.
—Mi carruaje solar me hacen invencible y además, soy capaz de predecir cada una de tus acciones… —manifestó Helios desde el carruaje mientras sus ojos resplandecieron.
—¿Qué? —se preguntó Seiya mientras una luz excelsa lo encandiló, obligándolo a taparse la cara. —¡Su poder es generado a través de sus ojos!
—Mis ojos me hacen insuperable. Con ellos puedo emitir la misma luz del Sol.
. . .
Lune de Balrog había logrado vencer a Asterión de Lebreles sin dificultades, luego de que este último venciera a varios espectros, leyendo su mente y evitando así los golpes de los espectros, finiquitando la contienda con su técnica, la legión de fantasmas. Sin embargo, el poder de un espectro celeste fue inalcanzable para el santo de plata, que lo venció mostrando gran superioridad, enviándolo al infierno ardiente tras abatirlo con su látigo de fuego.
—Seguiré enjuiciando a los santos corruptos…
. . .
Algethi de Heracles y Rock de Golem habían sobrevivido a varios combates gracias a algo que los caracterizaba, la fuerza bruta, un duelo de gigantes estaba por comenzar.
—¡Recibe toda mi fuerza…KORNEPHOROS!
—¡Muere santo de Athena…BOMBARDEO DE ROCAS ARROLLADORAS!
El ateniense genera un poderoso torbellino mientras mueve sus brazos, mientras que el espectro levanta sus extremidades y una gran cantidad de rocas atacan, tras colisionar ambas técnicas, el viento del santo de Heracles repele las rocas y levanta por los aires a Rock, quien luego se precipita al suelo, pero antes de que toque el mismo recibe un monstruoso golpe de puño de Algethi, destrozando el cráneo de su enemigo.
. . .
Una nueva contienda se había abierto. Orfeo de Lira tocaba su hermosa melodía frente a Lune de Balrog, quien no encontraba la forma de atacarlo, cada vez que estaba por darle con el látigo de fuego este lo esquivaba. La ventaja del ateniense era haber servido a Hades en el pasado, lo que le daba un conocimiento acerca de los poderes de los espectros.
—¡Te castigaré…REENCARNACION!
Lune levanto su mano arriba y una luz violeta rodeó el cuerpo de Orfeo, a su mente vinieron algunos recuerdos de sus pecados, en particular su egoísmo al querer traer a la vida a Eurídice a costa de su lealtad con Atenea, una traición de la que nunca se ha arrepentido…tras cerrar sus ojos Orfeo toca unas notas melancólicas.
—¿Acaso no te arrepientes de jugar a dos bandos en una guerra santa?
—Yo no veo tal traición, simplemente le soy fiel a mi corazón, por lo cual estoy orgulloso y no arrepentido de mí sentir… ¡MELODIA FINAL!
La hermosa melodía de Orfeo comenzó a debilitar bruscamente a Lune, quien cayó al suelo dormido.
. . .
Pharao de la Esfinge tocaba su elegante arpa, su música era oscura y lúgubre, los santos plateados de Cerbero, Auriga y Cuervo sufrían todo el poder del espectro celeste, repentinamente sus corazones comienza a salir de sus pechos.
—¡Demonios, que está pasando! —gritó Dante.
—Sus corazones irán a la balanza de maat…la pluma de la verdad, si vuestros corazones no se equilibran es porque sois tan solo una farsa… ¡LA BALANZA DE LA MALDICION!
Los corazones de los tres santos de plata salen de sus pechos y caen sobre la balanza cósmica creada por el cosmos del espectro celeste, provocándoles una muerte inmediata.
—Sois una farsa santos atenienses…sus corazones están tan desalineados como los de cualquier pecador. —susurra Pharao con una sonrisa mientras observa a otro ateniense que estaba frente suyo, que acababa de aparecer.
—¡Voy a cobrar venganza por lo que acabas de hacer…!
—¿Quién crees que eres para cobrar venganza? —pregunta el espectro de Esfinge en tono sarcástico.
—¡Soy Daidalos de Cefeo!
—Veamos qué suerte tienes en el juicio final… ¡LA MALDICION DE LA BALANZA!
Pharao tocó su clásica melodía, repentinamente el cuerpo de Daidalos se entumece, su corazón comienza a ser expulsado poco a poco, pero antes de que ello ocurra el mentor de Shun se perfora los tímpanos, alrededor suyo desaparece la oscura energía.
—¡Se ha quitado el sentido del oído para no ser afectado por mi música! —exclamó anonadado Pharao.
—¡CORONA DE ESTRELLAS!
Con dolor aún, Daidalos levanta sus manos y de la punta de sus dedos salen pequeños destellos, los cuales repentinamente comienzan a girar, dejando una estela en su trayecto, formando una tiara de luz, Pharao no puede evitar el ataque que iba a la velocidad de la luz, su cuerpo comienza a ser afectado por la luz, poco a poco su sapuris se resquebraja por doquier, luego cae al suelo con mortales heridas.
—Este hombre es increíble…no dudo un instante en herir su propio cuerpo para obtener la victoria… —murmura Pharao y cierra sus ojos.
—Vaya que a los espectros les gusta enjuiciar a los mortales, humanos malignos condenando por pecados a sus semejantes me resulta algo absurdo.
—Algunos de nosotros tenemos dicha potestad, otorgada directamente por Hades… —dijo Minos caminando cadenciosamente a su enemigo. —Aunque es cierto que Pharao de Esfinge no estaba autorizado a hacer tal cosa…
—Su cosmos es tremendo. —pensó Daidalos. —Entonces tú eres un…
—Soy un juez del Infierno, aquellos quienes tenemos la obligación de decidir a qué círculo del Infierno irán los humanos…tú irás al Tártaro… ¡al igual que todos los santos que se han atrevido a desafiar la voluntad de los dioses!
—¡Con gusto iré al Tártaro, pero antes me llevaré conmigo a uno de los tres jueces!
Daidalos se abalanza contra el espectro a la velocidad de la luz y lanza un fuerte puñetazo de luz, Minos esquiva el ataque con agilidad.
—¡MARIONETA COSMICA!
Tras mover sus manos el juez del Infierno comenzó a manipular el cuerpo del santo ateniense, quien intentaba acomodar sus extremidades de forma desesperante.
—¡Debo soltarme…sino moriré!
—Tienes un cosmos igual de poderoso al de un santo de oro, por lo que no demoraré esto…
Minos hizo un movimiento rápido con sus manos y luego jaló con sus dedos sus hilos, quebrando el brazo derecho de Daidalos, que gritó con desesperación, luego volvió a jalar y quebró su cuello, finalmente camina con cadencia hacia adelante, dejando el cuerpo de Cefeo tendido en el suelo, en un baño de sangre.
. . .
Los once santos dorados, a excepción de Sagitario que había emprendido vuelo, avanzaban de brinco en brinco, cayendo con gran agilidad en distintos asteroides, hasta que tres espectros se interponen en el trayecto de los atenienses. Se trataba de Aiacos de Garuda, quien era secundado por dos espectros celestes, Atón de Bennu y Nefilim de Mefistófeles.
—Los castigaré por usar esas sapuris que no les pertenece… ¡Se arrepentirán de aprovecharse de la voluntad del señor Hades! —recriminó Aiacos.
—¡Patrañas! —contestó Saga con seriedad. —Seguiremos engañando a los dioses, avanzaremos hasta que Zeus caiga vencido…
—¡Tu coraje será tu condena! —gruñó Aioria dando un paso al frente.
—¡Serás el primero en morir por tu arrogancia! —exclama Aiacos encendiendo su cosmos, dispuesto a dar inicio a la contienda.
—¡Clavaré los colmillos del león en tu piel maldito espectro! ¡PLASMA RELAMPAGO!
—¡ILUSION GALACTICA!
El juez cruzó los brazos y el escenario se transformó en una imponente galaxia, donde aparecen unos enormes ojos, en un veloz movimiento de su hombro, Aioria despidió una red de rayos dorados que se entremezclaban y atacaban la enorme ilusión, en ese momento los ojos cósmicos emiten una luz destellante que afecta la cabeza del ateniense, su rostro se retuerce. Tras colisionar ambos ataques, los dos contendientes caen duramente al suelo, una gran cantidad de rayos golpearon a Aiacos, mientras que Aioria estaba tendido en el suelo, sufriendo con gran dolor.
—¡Aioria! —murmura Milo al tiempo que lo asistía.
—Ha sido una gran técnica… —susurra Mu.
—Yo tomaré este duelo… —vociferó Milo dando un paso al frente, Aiacos ya estaba de pie.
—Espera Milo… —susurra Aioria, mientras intenta levantarse pero Mu lo detiene. —Yo estoy luchando…
—Calla Aioria, morirás si sigues hablando… ¡AGUJA ESCARLATA!
Milo avanzó de frente con una gran corrida, mostrando toda su agilidad y extendió su uña venenosa para atacar a su enemigo.
—¡ALETAZO DE GARUDA!
Aiacos levanta sus dos manos y atrás aparece el aura de un temible Garuda, el cuerpo del santo de oro es elevado por los cielos, hasta perderse en la visión de los presentes.
—¡Maldición! —se queja Aiacos mientras se toma el cuerpo y observa que tiene catorce perforaciones en su sapuris, inmediatamente las heridas se dilatan y su sangre comienza a salir con mucha presión, por cada una de sus catorce heridas. —Es un dolor agudo, pero esto no puede detener a un juez del Infierno…
Tras unos segundos Milo cae duramente al suelo, su casco explotó junto con una de sus hombreras.
—¡Milo! —gritan sus camaradas al unísono.
Pese a la terrible caída, Milo reacciona lentamente, poniéndose de pie con dificultad, aunque todavía estaba aturdido.
—¡Voy a terminar con tu vida infeliz…ILUSION GALACTICA!
Aiacos cruza sus brazos y genera una horda de luces violetas que se cruzan entre sí, arriba puede apreciarse varios ojos que observan al ateniense, en un escenario de espiral galáctica, los ojos de la galaxia emiten una fuerte luz que termina dañando gravemente a Milo, que cae de espaldas al suelo. Sus compañeros veían preocupados al santo de Escorpio, pero este encendía su cosmos levemente, mientras se ponía de pie con gran esfuerzo.
—Entonces tú sigues… —manifestó Aiacos sorprendido.
—Tu técnica es grandiosa, pero tu energía ha disminuido gracias a mi aguja escarlata…
Jardín de las Hespérides.
En las afueras del templo de Hera, se encontraba un hermoso jardín de manzanas doradas, tres hermosas ninfas de firmes y jóvenes curvas cuidaban de los manzanos, cuyo fruto dorado otorgaba la inmortalidad a quien la probase.
En la profundidad del jardín un gigantesco ser con apariencia de un hombre, sostenía sobre sus brazos y sus hombros una esfera gigante, cuya apariencia emulaba al planeta Tierra, los pies de éste ser tenía plantas enredadas, producto de no haber sido movidos en miles de años. Repentinamente la humedad del lugar comenzó a incrementarse, frente al gigante que sostenía el peso del mundo a sus hombros, se comenzaba a formar un espejo de agua, de un tamaño similar al suyo.
—Tú que has sido condenado a sostener con tu inmensa fuerza el peso completo del planeta, desde hace varios milenios, vengo a ofrecerte la libertad…a cambio de un favor tan grande como riesgoso… —manifestó una voz desde el espejo de agua que se había formado.
—La única forma de que yo sea libre es que alguien sostenga el peso del mundo por mí. —responde el gigante.
—Yo estoy dispuesto a hacerme cargo de tu castigo por toda la eternidad si cumples con mi deseo…
—¿Qué deseo puede ser aquel que para cumplirlo te lleve a condenarte?
—El deseo de ver nuevamente a mi señor, a nuestro señor, gobernar lo que por derecho nos pertenece…
Casa de Aries, un futuro lejano.
Un puñado de berserkers se disponían a entrar a las doce casas, un joven adolescente que portaba la armadura de bronce del Buril alerta la presencia de los intrusos.
—¡Maestro Kiki! ¡Nos invaden!
Un santo dorado aparece elevando su cosmos desde lo profundo de su casa, al tiempo que los berserkers chocaban contra una pared invisible en la entrada del templo, al querer entrar en él.
—¿Qué es esto? —dijo uno de los sirvientes de Ares.
—¡Esta es la técnica de mi maestro, el muro de cristal! —manifiesta Buril.
—Voy a darles una sola oportunidad… —dijo Kiki de Aries, quien lucía un rostro envejecido y sus cabellos eran blanco por el paso del tiempo. —Lárguense y no regresen jamás, o de lo contrario morirán.
—¡Quienes somos leales a Ares jamás damos la vuelta, combatiremos hasta el final!
Kiki eleva su cosmos y los berserkers comienzan a levitar, sin tener control sobre sus cuerpos, al tiempo que poderosas rocas sobrevuelan sobre sus enemigos, para luego colisionar contra ellos en un impacto mortal.
—¡Maestro, usted es el hombre más fuerte del mundo!
—Solo del mundo que tú conoces…
Repentinamente todo se vuelve oscuro y un poco confuso, Kiki abre sus ojos y nota que todo ha sido un sueño.
Torre de Jamir.
El discípulo de Mu que acaba de despertar de un extraño sueño premonitorio, estaba sumamente confundido, no entendía que hacía en ese lugar en Jamir, tan lejos del Olimpo donde él había batallado contra Astrea. Tampoco era capaz de entender el extraño sueño del que acababa de despertar.
—Amigos… ¿cómo estarán?
Nube de Oort.
Los santos de oro estaban luchando contra el conjunto de espectros liderados por Aiacos, que había salido al paso, este último ya había entablado un duro combate con Milo, a lo que se sumó Minos de Grifo, quien había encontrado adversario en Aldebarán de Tauro, que estaba de brazos cruzados.
—Después de la última batalla en la casa de Tauro he podido experimentar todo el potencial de mis habilidades… —expresó Aldebarán recordando el épico combate contra el ángel Egeo. —¡Y ahora estoy dispuesto a liberarlas nuevamente…GRAN CUERNO!
Tras pronunciar el nombre de su técnica con su potente voz, una energía dorada era despedida la velocidad de la luz, tomando la forma de un toro. La avasalladora embestida titánica pasó por encima de la cabeza de Minos, quien estaba ileso. Aldebarán no comprendía lo que había ocurrido.
—Pese a tu gran velocidad, he podido jalar de mis hilos para levantar tus brazos y así lograr interferir en la trayectoria de tu ataque… ¡MARIONETA COSMICA!
—¡No permitiré que nunca más tenga control sobre mi cuerpo!
Unos hilos de energía cósmica sujetaban el cuerpo de Aldebarán desde distintos lugares, pero pese a que Minos se esforzaba en obtener el control de los movimientos de su enemigo, no lograba que este mueva un solo músculo.
—¡No es posible que un humano tenga tanta fuerza! —dijo anonadado Minos.
El santo de Tauro logró mover sus brazos pese a los ajustados hilos que lo aprisionaban, tomó las cuerdas y jaló de ellas, tirando a Minos contra sí y encestándole un tremendo golpe en la cara.
El casco de la sapuris de Grifo salió arrojado a varios metros, la nariz de Minos estaba rota y ensangrentada, sin embargo el juez del Infierno se levantó sin mayores dificultades.
—Es la primera vez que me golpean con tanta brutalidad, pero a partir de ahora no dejaré que vuelvas a moverte… ¡MARIONETA COSMICA!
Cientos de hilos cósmicos vuelven a atrapar el cuerpo de Aldebarán en diversas partes del mismo.
—¡Ya he visto esta técnica y la he neutralizado, volveré a golpearte el rostro hasta romperte el cráneo!
El santo brasileño intenta mover sus brazos sin éxito, los hilos esta vez están ajustados a su cuerpo, sin intentar controlarlo, simplemente se trataba de la presión para aprisionarlo, ajustando la intensidad al límite con el objetivo de destruir la sapuris de Tauro y destrozar todo su cuerpo. Aldebarán se veía imposibilitado de moverse y su sapuris comenzaba a rasgarse, de un momento a otro ésta se resquebrajó hasta destruirse por completo y los hilos se incrustaron en su piel, cortándolo por doquier. El inmenso dolor que experimentaba lo canalizó para aumentar su cosmos y haciendo uso de toda su fuerza comenzó a mover su cuerpo, mientras los hilos de Grifo se enterraban más profundamente en sus carnes.
—¡GRAN CUERNO!
La embestida cósmica de Tauro iba directo hacia el juez del Infierno, quien no podía desviar los brazos de su rival, ni tampoco podía esquivar la embestida, pues los hilos con los que sujetaba a su contrincante en cierta medida lo aprisionaban a él, convirtiéndolo en un blanco seguro. Dadas estas circunstancias el gran cuerno impactó de lleno en Minos, destruyendo su cuerpo por completo.
Mu de Aries sale a socorrer a Aldebarán, que estaba completamente ensangrentado, producto de los múltiples golpes que había sufrido para derrotar a Minos.
—Aldebarán… ¡resiste!
. . .
A pocos metros de allí, Aiacos mantenía su duelo con Milo, el cuerpo del juez del Infierno seguía perdiendo sangre y el veneno del escorpión entumecía sus músculos, un maltrecho santo se mantenía de pie con dificultades, intentando hacerle frente, ambos sabían que el mínimo error los llevaría a la derrota y le costaría la vida.
Sorpresivamente Aioria sacó un ataque casi a traición contra Aiacos, quien logró reaccionar a tiempo y colocó las alas de su sapuris para bloquear el ataque, tarea que pudo realizar a costa de perder sus alas, que fueron destruidas por los veloces golpes de Leo, en ese momento Milo se infiltró en la estéril defensa del juez, para clavar su decimoquinta aguja.
—¡ANTARES!
