Capítulo 79: El astro de la corona solar.

La batalla en la Nube de Oort estaba llegando a su fin, muchos santos y espectros habían caído, mientras Athena y los santos divinos avanzaban a gran velocidad por el extenso territorio olímpico de Hades, pero Seiya se topó con Helios y comenzaron un combate.

Los ojos del titán irradiaba la luz del Sol, pero Pegaso no tenía nunca como opción rendirse.

Entre las sombras del Jardín de las Hespérides, una nueva amenaza se cierne misteriosamente.

Monte Olimpo.

Templo de Júpiter.

En el majestuoso recinto que se ubica en la cúspide del reino celestial, Zeus mostraba un rostro de sorpresa, sus ojos celestes estaban bien abiertos, sus ángeles miraban a su rey preocupados.

—Gran señor, disculpe el atrevimiento pero lo veo preocupado… —balbucea Belerofonte temeroso, tras sus dichos, los ojos de Zeus vuelven a recuperar la tranquilidad.

—Una tercera voluntad está germinándose en las sombras…para intervenir en esta Guerra Olímpica, aprovechando así la rebelión de Atenea. —contesta Zeus enigmáticamente.

—Entonces algo ocurrió en el Jardín de las Hespérides… —continúa Pólux. —¿Se trata acaso de aquel hombre que se ha mantenido neutral en aquella guerra santa de la era del mito?

—En efecto, pero me tiene sin cuidado, desde el principio esta guerra no ha sido más que un desfile de alardes de egos y Athena ha demostrado estar a la altura de los más poderosos olímpicos, pero aun así su cosmos dista mucho de ser comparable al mío… —contesta Zeus relajado y confiado.

Los tres ángeles agachan sus cabezas.

—Los cosmos de los espectros están desapareciendo uno tras otro… —piensa Belerofonte.

Nube de Oort.

Aldebarán había logrado vencer al temible Minos de Grifo, pero la sapuris de Tauro había sido cortada por los hilos de la marioneta cósmica, su cuerpo había sido herido y sangraba de manera copiosa, Mu de Aries lo asistía.

—Que enorme poder tiene el gran cuerno con tu cosmos al máximo Aldebarán… —murmura Mu. —Has desintegrado por completo el cuerpo de Minos…

—El poder de los jueces del Infierno es algo increíble, pero nosotros hemos vencido a los ángeles en la batalla del Santuario… —musita Aldebarán y repentinamente tambalea, hasta caer arrodillado al suelo, sus heridas eran peores de lo que él imaginaba.

—Amigo, no dejaré que mueras como aquella vez… —susurra Mu recordando la invasión de los espectros al Santuario, cuando Aldebarán le advirtió de la fragancia profunda de Niobe de Deep y sin perder tiempo extendió sus manos, usando su cosmos para guiar y nutrir las células heridas de su camarada, conteniendo la hemorragia. —Ha perdido la consciencia…ahora dependerá de ti Aldebarán, estoy seguro que solamente tomarás una siesta, pero recuerda que solo tenemos doce horas…

Jardín de las Hespérides.

En el territorio secreto de los dominios de Hera, un radiante jardín de manzanas de oro mostraba lo que era uno de los lugares más hermosos del Olimpo, allí unas hermosas ninfas hablaban por lo bajo.

—¡Esto es terrible, incluso la reina Hera a muerto! —dijo la bella Egle, quien tenía largos cabellos rojizos. —Con la liberación de aquel ser, solo puede esperarse lo peor…

—Pero yo confío en Zeus… —contestó la ninfa Aretusa y sus demás compañeras la miraron asombradas. —Él nos ha protegido siempre, ha vencido al mismo Cronos…

Nube de Oort.

La decimoquinta aguja escarlata, Antares, había sido clavada en el pecho de Aiacos de Garuda, otro de los jueces del Infierno, tras un ataque combinado de Aioria y Milo, quien finalmente lo remató con su técnica mortal.

Escorpio retira su aguja y el cuerpo de Aiacos cae pesadamente al suelo, en un charco de sangre.

—¡Lo has conseguido Milo! Antares acabó finalmente con Aiacos… —dijo Aioria mientras miraba desafiante a los dos espectros que habían secundado al juez caído.

—Aiacos, tenía un gran poder, trajo complicaciones a dos santos de oro al mismo tiempo, todavía siento sus técnicas en mi cuerpo… —susurra Milo con la respiración agitada.

—Han vencido a Aiacos, merecen nuestras felicitaciones… —murmura Nefilim de Mefistófeles, dando un paso al frente al tiempo que aplaude y esboza una sonrisa macabra, mostrando sus colmillos, tenía una sapuris aterradora, con un casco con cuernos, tenía cabellos negros que llegaban hasta los hombros, su test era blanca y sus ojos marrones con una pisca de rojo.

—¡Ya hemos acabado con un juez ante tus ojos espectro! —contestó Milo apuntando con su aguja. —Ustedes son inferiores, no tiene sentido que lo intenten…

—¡Lamentarás menospreciar nuestro cosmos! —manifestó iracundo Atón de Bennu, quien tenía un alborotado y largo cabello negro, su sapuris tenía unas imponentes alas y observaba a sus enemigos con sus fríos ojos grises. —¡Mueran santos de Athena!

—¡Su cosmos es poderoso y hostil! —exclamó sorprendido Milo, mientras miraba como unas llamas negras bailaban ante sus ojos y los de Aioria.

—¡EXPLOSION DE LA CORONA!

Atón de Bennu cierra sus puños, su cosmos comienza a desbordar descontroladamente, a sus espaldas aparece una imponente ave oscura, al extender sus dos brazos hacia adelante, las llamas negras se avivan y atacan con violencia, Aioria y Milo son alcanzados y arrastrados violentamente contra el suelo, las sapuris de Leo y Escorpio estaban resquebrajándose por las llamas.

—No puedo creer que el cosmos de este espectro esté a nuestro nivel… —dijo Aioria mientras se ponía de pie con suma dificultad, Milo todavía no había podido pararse y estaba apenas consciente.

—Nuestro cosmos es el más cercano a los jueces entre los espectros… —murmura el espectro de Mefistófeles.

—¡Nunca debieron subestimarnos, solo me queda rematarte Leo, tu amigo tiene un pie en el otro mundo, el combate contra Aiacos lo dejó al borde de la muerte! —dijo Atón mirando al inconsciente Milo.

—Yo me encargaré de él… ¡CAPTURA DE ALMA!

Los ojos de Nefilim de Mefistófeles brillan en rojo intenso, se ríe y luego levanta su mano derecha, generando un vórtice oscuro, el cual empieza a dañar espiritualmente a Milo, que ya se encontraba fuera de combate.

—¡Milo! No dejaré que te salgas con la tuya… ¡PLASMA RELAMPAGO! —gritó Aioria atacando a Nefilim de Mefistófeles.

—¡EXPLOSION DE LA CORONA! —exclama Atón, atacando contra el plasma relámpago.

Una incontable cantidad de rayos dorados a la velocidad de la luz se abalanzan sobre el espectro de Mefistófeles, pero un descomunal ataque de llamas negras choca con los rayos, produciendo una terrible colisión.

Aprovechando el resquicio, Nefilim jala hacia atrás con su mano, el alma de Milo empieza a ser extirpada, hasta ingresar al cuerpo del espectro.

—¡Milo! —gritó Aioria mientras la desazón y el odio comenzaban a apoderarse de él. —¡PLASMA RELAMPAGO!

Millones de rayos dorados se entremezclan, alcanzando los cuerpos de ambos espectros, quienes eran golpeados de forma repetida, parte de sus sapuris caían al suelo, tras finalizar su técnica, Aioria cae arrodillado, la ilusión galáctica de Aiacos todavía afectaba su sistema nervioso. Los dos espectros se ponen de pie, a pesar de sus heridas todavía estaban en condiciones de luchar.

—No puede ser, deberían estar muertos…

Los espectros se acercan al santo de Leo, dispuestos a atacarlo los dos al mismo tiempo, pero repentinamente un fuego fatuo rodea sus cuerpos.

—¡No tan rápido espectros! —dijo una voz mientras una macabra risa se escuchaba.

—Máscara de la Muerte… —susurra Aioria mirando a quien portaba la sapuris de Cáncer.

—¡Qué vergüenza Aioria verte arrodillado, un león rendido! —dice Máscara de la Muerte bufándose.

—El alma de Milo… —contesta Aioria.

—¡No me interesa Milo…ONDAS INFERNALES!

Máscara de la Muerte señaló con el dedo índice de su mano derecha a sus rivales, cuando unas ondas de color morado atacan a Nefilim de Mefistófeles y a Atón de Bennu, quienes permanecían parados, inmutables ante las ondas infernales, al concluir la técnica ésta no había surtido efecto alguno.

—¡¿Qué pasó?! —se preguntó Máscara de la Muerte perplejo.

—Las ondas infernales no funcionan contra quienes portamos sapuris, ellas nos protegen y nos permite viajar libremente al Infierno… —explica Nefilim. —Ahora deberías rezar a Atenea, puesto que perderás la vida.

—Entonces a los espectros no les afecta las ondas infernales… —susurra el santo italiano pensando en su combate contra Radamanthys de Wyvern, cuando el juez logró vencerle junto con Afrodita de Piscis. —Ahora comprendo…

—¡CAPTURA DE ALMA!

Los ojos de Nefilim de Mefistófeles brillan en rojo intenso, luego levanta su mano derecha generando un vórtice oscuro, que empieza a dañar espiritualmente a Máscara de la Muerte, su cuerpo se entumece rápidamente y sus ojos se desorbitan.

—¡Máscara de la Muerte! —grita Aioria preocupado.

—No te preocupes por mí, idiota… —contestó Máscara de la Muerte recuperando su compostura sorpresivamente, ante la atenta mirada de los espectros.

—¿Qué está sucediendo? —pregunta abrumado Nefilim.

—¡Un ataque espiritual tan berreta no puede vencer al santo de Cáncer! —contestó con una sonrisa macabra Máscara de la Muerte y con la palma de su mano generó un fuego fatuo. —¡FUEGO DEMONIACO!

Unas llamas azules comenzaron a rodear el cuerpo de Mefistófeles, quien gritó ante el terrible dolor que lo oprimía.

—Estás acabado, pero todavía no terminaré contigo, puedo sentir tu aura… —murmura Máscara de la Muerte y apunta con su palma el cuerpo del espectro, extirpando algo de su cuerpo, se trataba de un aura dorada, que regresa a su cuerpo, repentinamente Milo abre sus ojos. —¡Ahora sí sufrirás! ¡FUEGO DEMONIACO!

El cuerpo del espectro comenzó a ser rodeado por las llamas azules, hasta que en un segundo se extinguió su alma, su humanidad cayó inerte al suelo. Atón de Bennu miraba sorprendido la escena, pero sin dudar encendió su cosmos, dispuesto a luchar hasta el final, Aioria también enciende su cosmos, midiendo sus fuerzas, pero inesperadamente un torrente de sangre cae del pecho del espectro, quien cae al suelo envuelto en un charco de sangre, irrumpiendo de este modo Saga de Géminis de forma imponente, quien había atacado a traición con total determinación.

—Eres tú Saga… —murmura Aioria.

—Este era el último de los espectros…solo han pasado dos horas desde que hemos sido resucitados por Shun, y solo tengo un objetivo en mente, ¡la victoria! —exclamó Saga.

Terraza del Templo de Júpiter.

Aquiles, Pólux y Belerofonte se encontraban observando el horizonte, la batalla de los últimos ángeles estaba aproximándose. Cuatro santos con armaduras divinas levantaban vuelo y los doce santos de oro no tardarían mucho en llegar.

—Los santos de oro han derrotado con contundencia a los espectros. —susurra Belerofonte. —Sus cosmos han crecido significativamente tras la batalla que sostuvimos con ellos en el Santuario…

—No me preocupan en absoluto… —contestó con una mirada de seguridad absoluta Aquiles, mientras levantó la vista a sus compañeros. —He destrozado a dos santos de oro, Aries y Libra, ustedes también lo hicieron…

—¡No quiero que lo tomes a la ligera Aquiles! —continuó Pólux. —Incluso los dioses han caído…

—Los dioses no son guerreros. —manifestó Aquiles. —Yo he perfeccionado mis técnicas a mi máximo para conseguir elevar mi cosmos al infinito, los dioses tienen más poder, pero les falta el alma del guerrero…

—Nuestros verdaderos enemigos son Pegaso, Dragón, Cisne y Fénix…solo ellos… —susurra Pólux mientras el viento revolotea sus largos cabellos negros.

—Sorrento de Sirena también representa un riesgo serio… —expresó Belerofonte. —Sospecho que su misión no es un capricho sin sentido del dios de los mares, iré a detenerlo a los mares olímpicos…

Jardín de las Hespérides.

Tan solo los santos dorados y tres santos de plata habían sobrevivido a la batalla de la Nube de Oort, estos últimos habían llegado a los ocultos territorios de Hera, se trataba de Orfeo de Lira, Shaina de Ofiuco y Pléyade de Orión.

—Ese enorme cosmos se siente con mayor intensidad ahora… —murmura Shaina.

—¿Acaso será el cosmos de Zeus? —preguntó Pléyade.

—¡Un terremoto! No, más bien son las pisadas de un gigante… —exclama Orfeo.

Repentinamente los santos divisan a la lejanía a un hombre de grandes proporciones y se ponen en guardia, comprendiendo que el cosmos gigantesco que sentían desde la Nube de Oort era de ese sujeto.

Territorios olímpicos de Poseidón.

El llamado Mar de los Cielos, también llamado el octavo océano, el océano olímpico. Era un mar de nubes condensadas, donde el agua se mezclaba en sus tres estados, y se movía con agitación, a lo lejos podía verse las playas de los dominios olímpicos del dios del Mar.

Sorrento nadaba entre las aguas de los cielos, buscando llegar a aquel lugar, repentinamente una luz desciende de las alturas, se trataba de un ángel.

—Me nombre es Belerofonte…enhorabuena Sorrento de Sirena, has conseguido una proeza al llegar tan lejos, pero yo detendré la voluntad de Poseidón, su traición no será perdonada…

—Ni siquiera un ángel de Zeus impedirá que lleve a cabo los designios de mi dios, sucumbe ante la magia de las sirenas… ¡MELODÍA DE LA MUERTE! —contestó Sorrento y entonó su bella melodía, pronto su enemigo quedó paralizado.

—¡Su melodía…es tan temible como dicen! —dijo el ángel mientras sus ojos comenzaron a ver el aura de pequeñas hadas, que volaban a su alrededor. —¡La melodía de la muerte! —sus ojos estaban bien abiertos producto del dolor y la desesperación, se tomaba su cabeza mientras se retorcía aun parado.

—¡Tocaré las últimas notas y tu vida se habrá esfumado!

—¡Lucharé hasta vencerte, no debes subestimar mi cosmos ni mi tenacidad! ¡RAYOS CÓSMICOS!

Belerofonte genera una pequeña estrella en su mano, aplastándola luego, para liberar un potente rayo radioactivo disparado a la velocidad a la luz, comparable con los rayos cósmicos emitidos al explotar una supernova, pese a semejante demostración de poder, Sorrento tocaba su flauta y su imagen se multiplicaba, todos los terribles ataques terminan sin causar efecto.

—Estás acabado Belerofonte… ¡CLIMAX FINAL!

Cuando Sorrento estaba a punto de entonar su técnica final el cosmos de Belerofonte explotó inesperadamente, entumeciendo el cuerpo del marino, que dejó de tocar.

—¡TERROR DEL ASIA MENOR!

Nube de Oort.

El caballero de Pegaso buscaba alguna estrategia que pudiera permitirle superar la defensa de su adversario, los ojos de Helios brillaban como el Sol, haciendo imposible ver cualquier ataque que este lanzare, por si fuera poco los daños de este ataque eran atroces, el único motivo por el cual ya no se hallaba calcinado era por la protección de su armadura divina.

—El poder de este hombre es impresionante…no puedo avanzar… —murmura Seiya.

—¡ASTRO DE LA CORONA SOLAR! —exclama Helios al tiempo que genera con su cosmos un astro sumamente brillante y denso, una fusión nuclear en cadena contenida por la gravedad misma de su masa y su densidad, lo cual formaba una luz tan grande y un calor tan abrazador como los del mismo Sol. —Ahora hay una nueva estrella, hay un Sol que custodia la entrada a la Playa de Neptuno, mientras más se acerquen a ella más experimentarán los peligros de acercarse al Sol…la radiación, el calor terrible y la potencia de las llamas incandescentes, sin olvidar el plasma ardiente. Una trampa mortal…que les hará perder la guerra pero les permitirá salvar su vida, soy un dios benévolo… —seguidamente tiró de las riendas de su carruaje y cruzó los cielos a donde se encontraba la nueva estrella.