Capítulo 81: ¡El resurgir de los titanes!
La Guerra Olímpica presentaba circunstancias inesperadas, se trataba de las palabras del oráculo de Olimpia, reveladas a Ikki de Fénix, en albores de esta guerra: "Esta guerra podría terminar solo con perdedores. El Cielo, el Infierno, el Mar y la Tierra podrían ser destruidos si el enemigo de antaño del Olimpo escapa del Tártaro. El sello de los olímpicos terminará por romperse y cuando esto pase, una segunda Titanomaquia terminará por destruirlo todo…"
Océano convenció a Atlas de destruir los sellos del Tártaro, para así liberar a los demás titanes. Pero los santos dorados descendieron hasta el Jardín de las Hespérides, antes de que Atlas pudiese abandonar los territorios de Hera. Un nuevo combate se desencadenó, los santos de oro parecían no tener oportunidad, sus sapuris habían sido destruidas y cuando su enemigo se disponía a exterminarlos, se unieron y lograron detener el violento ataque del titán, la esperanza brillaba en sus corazones.
Jardín de las Hespérides.
Los cosmos de los doce santos de oro ardían al infinito, sin perder el tiempo todos lanzaron al unísono sus técnicas más poderosas, las cuales se fusionaron en gigantesco haz de luz, que se abalanzó contra el corazón del titán, pero este pone su mano de frente y el ataque se frena antes de tocarlo.
—¡Su poder es superior al de Hefesto! —exclamó Dohko asombrado.
—¡Puedo oler su miedo, por fin se están dando cuenta que nunca tuvieron oportunidad, creyeron tener la victoria solo porque evitaron un pequeño golpe! —responde Atlas. —Ahora les demostraré que mi poder está más allá de su comprensión…
La tierra comienza a temblar y las rocas a elevarse, el titán zapatea, generando el desprendimiento del suelo en un violento terremoto, el cual dividió el Jardín de las Hespérides.
El piso donde los santos estaban parados comenzó a colapsarse, un cosmos sumamente poderoso destruyó el suelo bajo sus pies, haciéndolos caer del Jardín de las Hespérides…del Olimpo…de la Tierra…directamente al Infierno.
Nube de Oort.
Seiya de Pegaso había intentado en repetidas oportunidades destruir el astro de la corona solar, creado por Helios, pero no había tenido éxito.
—¡Maldición! Es como si estuviera intentando destruir el Sol, siento como los cosmos de los santos de oro han explotado de repente… ¡un poderoso cosmos parece haberlos derrotado!
. . .
Ikki de Fénix intentaba atravesar el Sol creado por Helios, convertido en un ave de fuego.
—¡Nada impedirá que llegue con Zeus, no dejaré que el sacrificio de Shun haya sido en vano!
Una luz naranja golpeó el centro del astro de la corona solar, penetrando hasta perderse en el brillo de la luminosa corona.
. . .
Shiryu de Dragón y Hyoga de Cisne observaban como el astro de la corona solar devoraba todos sus ataques. Se habían propuesto juntos apagar a ese Sol artificial, sin embargo nada de lo que habían intentado funcionó.
—¡EJECUCION AURORA!
El frío que superaba el cero absoluto inundaba el lugar y fluía a través del Cisne, ascendiendo y descendiendo según las ráfagas del viento.
—¡LOS CIEN DRAGONES DE LUSHAN!
Unos verdosos y brillante dragones cósmicos se abalanzaban en dirección al Sol, atravesando la corriente helada del Cisne, generando así que los dragones verdosos se convirtieran en dragones de hielo. Pero el Sol resplandeció mientras tragaba a los dragones unos tras otros.
Playa del Olimpo.
En la blanca arena de los territorios olímpicos del caído Poseidón, su último guerrero, Sorrento de Sirena, enfrentaba al ángel Belerofonte en una terrible batalla.
—No voy a desperdiciar el sacrificio de los generales…estoy muy cerca, no puedo quedarme aquí...
—Ya sé cómo contrarrestar tu técnica, si tocas tu flauta morirás…
Los contrincantes cruzan miradas, Sorrento lentamente lleva la flauta a su boca y comienza a soplar, la música resuena en el lugar.
Belerofonte levanta su rostro al cielo junto con sus manos, haciendo arder su cosmos invoca un extraño espíritu, el cual se convierte en una gigantesca quimera, aquel ser mitológico que poseía tres cabezas, una de león, otra de cabra y una tercera que surgía de su cola como una serpiente, Sorrento toca su bella melodía intentando multiplicar su imagen pero la cabeza del león evoca un poderoso rugido que hizo tronar todo la playa, destruyendo la melodía de la flauta. El mismo instrumento comenzó a agrietarse hasta romperse, las escamas de Sirena se rasgaron por doquier.
El general que custodia el pilar del Océano Atlántico Sur se encontraba anonadado, asimilando los motivos por los cuales el rugido de la quimera había destruido su instrumento musical.
—Has perdido en las puertas de tu objetivo, aquel que te encomendó Poseidón, llegar a su templo olímpico, el único motivo por el cual voy a lamentar asesinarte es porque nunca sabré para que quería Poseidón que uno de ustedes llegue a Neptuno. Voy a tener que vivir con esa duda… —susurra el ángel burlonamente. —¡RAYOS COSMICOS!
—¡Debo evadir su técnica! —pensaba el general absorto en sus pensamientos.
El ángel mueve sus brazos y repentinamente aparece una pequeña estrella en su mano, la cual aplasta, liberando así un potente rayo radioactivo disparado a la velocidad a la luz, comparable con los rayos cósmicos emitidos al explotar una supernova, capaces de arrasar con planetas enteros, el marino recibe el ataque en toda su intensidad, las escamas de Sirena estallan en pedazos.
—Has estado muy cerca, pero el poder de los ángeles está por encima del de cualquier casta…
Sorrento cae sobre sus rodillas y luego contra el piso, su cuerpo humeaba, en sus pensamientos pedía perdón a sus compañeros y a su dios.
Puertas del Tártaro.
Atlas observaba detenidamente el enorme y oscuro muro, el cual tenía dimensiones gigantescas, hasta donde la vista alcanzaba a ver, el muro seguía sin importar la dirección a la que se miraba, en aquella imponente muralla podía apreciarse unos sellos, los cuales irradiaban un majestuoso y magnánimo cosmos.
—¡El tiempo de la venganza ha llegado! ¡Hemos de reclamar lo que es nuestro, seréis libres titanes, yo destruiré el sello olímpico! —proclamó mientras su cosmos se elevó inconmensurablemente y lanzó un puñetazo contra el muro.
Cuando el golpe impacta, el sello comienza a absorber su energía hasta que termina por colapsar, generando una explosión que afecta seriamente al titán y que rasga el infinito muro.
Tras unos segundos el muro se desmoronó por completo, provocando que muchos espíritus escaparan con frenesí. Repentinamente un cosmos cálido e infinito desbordó el lugar, era la diosa de la guerra, quien era escoltada por los doce santos de oro.
—Atlas… —murmura Athena.
—Llegaron tarde, el sello ha desparecido y con ello el resurgir de los titanes, los ganadores de la guerra santa somos nosotros, los titanes… —dijo Atlas.
—No permitiré que los sacrificios de todos mis santos hayan sido en vano… —susurra Atenea. —No entregaremos nuestra causa a tiranos tan crueles como los titanes.
—¿Por qué has traído a tus soldados heridos y desarmados a un combate imposible? —preguntó el titán.
—Yo seré quien combata contigo… —manifiesta Atenea.
—¡Mi señora, es nuestro deber protegerla! —expresa Aioros. —Usted debe reservar sus fuerzas para enfrentar a Zeus.
—Los titanes ahora son una amenaza más grande que el mismo Zeus… —responde Atenea. —Y ustedes sin sus armaduras no podrán hacerle frente, morirán en vano. Me toca a mí enfrentarme a él…
—¡Pero Atenea! —espeta Aioria.
—¡Silencio Aioria! —tercia Aioros. —La voluntad de Atenea es incuestionable, ella es la diosa de la sabiduría…
—¡Athena, tu poder no se compara con el mío! —manifestó Atlas. —Los titanes ya han escapado del Tártaro, pronto Zeus será sentenciado y a ti te debemos gran parte de nuestra victoria, pero eres también nuestra enemiga, eres una olímpica y defensora de los humanos…
—Los titanes y los olímpicos ya han tenido su tiempo para regir el Universo, ahora les toca a los hombres hacerse cargo de sus acciones y su destino, si han de equivocarse… —continúa Atenea. —Que aprendan de sus errores y paguen las consecuencias de sus fallos, pero a través de su propio destino y nunca por la imposición arbitraria de seres que se creen superiores.
Atlas se fastidia tras las palabras de la diosa y ataca a su enemiga de frente, lanzando un terrible manotazo descendente, Atenea se protege con su escudo, el ataque es contrarrestado, aunque la hizo retroceder unos pasos.
—Mi escudo es capaz de protegerme de cualquier ataque del mal, y Nike me dará la victoria… —susurró la diosa mientras levantó su báculo y una excelsa luz dorada abrazó el cuerpo del titán.
—Su poder es terrible… —murmura Atlas mientras elevó su mano apuntando con su dedo al cielo. Un manto de color beige apareció repentinamente, la soma tenía la forma de la representación de su castigo, donde podía verse así mismo sosteniendo el mundo, finalmente el destello de la diosa desaparece por completo y la vestimenta sagrada cubre su cuerpo.
—Tu armadura te ha protegido de la muerte… —murmura la diosa.
—¡Estamos en las mismas condiciones Athena!
—Tomaré la iniciativa, venceré. —dijo la diosa al tiempo que arremetió contra el titán, lanzando ataques con Nike.
—¡No me sorprenderás! —responde Atlas mientras esquivaba los golpes de la diosa, pero para su sorpresa resulta herido en un brazo, aunque su armadura termina protegiéndolo y en un ágil movimiento logra aprisionar con su brazo lastimado y su pecho el báculo, haciendo un gran esfuerzo jala del cetro, atrayendo a la diosa hacia él y soltando un poderoso golpe con todo su cosmos, con su brazo bueno, la deidad intercepta el golpe con su escudo, pero este comienza a rasgarse por la tremenda potencia de aquel puñetazo y termina por despedazarse a los pocos segundos.
—No puede ser… —se lamenta Atenea desconcertada.
—¡Mi fuerza es superior a la de Zeus! —exclama Atlas. —Es por eso que he podido romper el sello olímpico del Tártaro y no hay nada que sea más duro que eso, ni siquiera tu escudo…
—En realidad no puedes comparar tu poder con el de Zeus, él es nuestro más terrible enemigo y lo enfrentaré luego de derrotarte… —contestó Atenea.
—¡Zeus no está por encima de mi poder ni el de Cronos, lo demostraremos, dentro de unos minutos tantos tú como Zeus estarán vencidos!
Atlas se abalanza para encestar un golpe tan fuerte como el que fue capaz de destruir el escudo de Athena, pero ella atina a esquivarlo con gran agilidad. Repentinamente el titán aparece frente a su enemiga y embiste con su hombro, golpeándola en la cabeza, su casco sale volando.
—¡Athena! —gritan los santos dorados.
El titán aprovecha que su enemiga estaba aturdida y da un fuerte pisotón al suelo, este comienza a resquebrajarse, generando que las rocas se levanten y embistan contra la diosa, pero a último momento un capullo de luz blanca generado por Nike cubre su cuerpo, evitando así que la tierra bajo sus pies se abriera.
Atlas se dispone a tomar a Atenea por la fuerza y arrancarle la cabeza con sus manos, pero la diosa levanta a Nike y lanza unas luces doradas que brillaban como estrellas incandescente que impactan fuertemente en su rival, sin embargo el titán que representa a la fuerza recibe los impactos y se queja, pero no detiene su paso, está dispuesto a golpear a la divinidad hasta matarla, sabe que necesita un solo golpe. Por lo que de un rápido movimiento le lanza un puñetazo directo a la cabeza, la diosa se cubre con su brazo derecho, logrando desviar el ataque mortal, pero sufriendo como consecuencia la fractura de su brazo, lo cual fue acompañado de un terrible grito de dolor.
Atenea intenta concentrar su cosmos al infinito, quiere despejar el dolor de su mente, mientras la sangre brota de la extremidad derecha, con su brazo izquierdo sostiene a Nike en lo alto y la suelta, dejándola levitar en el aire, esta comienza a girar, poniéndose justo frente a Atlas, entonces convertida en una lanza de luz sale disparada contra el titán, atravesando su pecho de par en par, la sangre salpicaba a borbotones.
—A pesar de mi derrota los titanes ganarán la guerra, ya he cumplido con mi papel…pronto el tiempo dejará de correr y ese será el momento de la caída definitiva de los olímpicos… —balbuceó Atlas en su último aliento.
La diosa de la sabiduría y la guerra flaqueó y tambaleó levemente sobre su báculo, los caballeros de oro salieron a su encuentro, la deidad mantenía su equilibrio, pero tenía una gran hemorragia en su brazo roto.
—Atenea, permita que sane sus heridas… —dijo Mu extendiendo sus brazos y encendiendo su cosmos, pero Atenea se rehusó inesperadamente.
—Espera Mu, mi sangre nos dará esperanzas, podrán enfrentar a los titanes en condiciones más parejas… —expresó la diosa agitada, mientras encendió su magnánimo cosmos, trayendo consigo los fragmentos de las destruidas armaduras doradas, extendiendo su brazo herido bañó con su sangre los restos de los mantos sagrados, los cuales de inmediato renacieron en todo su esplendor, mostrando un nuevo diseño.
—Compañeros, ahora todos poseemos un secreto tan poderoso que nos permite superar nuestros límites mortales e igualarnos con los seres divinos… —continúa Aioros. —Ahora la esperanza brilla más alto que nunca… ¡el noveno sentido, el último cosmos! Despierten la divinidad de las armaduras, la bendición de Atenea.
Los doce santos de oro elevaron sus cosmos al infinito, sus armaduras comenzaron a brillar con más intensidad, reaccionando a la energía cósmicas de sus portadoras, para evolucionar en armaduras divinas.
—Athena, agradezco su incalculable gesto, no la dejaré morir… —susurra Mu mientras observa la armadura divina de Aries, rápidamente una luz dorada emergía de sus manos y cerraba la hemorragia de su diosa.
—¡Debemos encontrar a los titanes antes de que ellos intervengan en el camino de Seiya y los demás! —dijo Saga mientras movió sus manos y comprobó que el tiempo se estaba desvirtuando. —¿Qué diablos…?
Templo de Júpiter.
En el majestuoso recinto del rey supremo, Belerofonte regresaba y se reencontraba con Aquiles y Pólux.
—El general marino te ha causado más problemas de lo que esperabas… —dijo Aquiles.
—Debo admitir que era un guerrero formidable… —expresa Belerofonte.
—¡Concéntrense, estén atentos a la llegada de los titanes, Athena ha pasado a ser el menor de nuestros problemas! —manifiesta Pólux. —Hay que detener la venganza de nuestros antecesores, aquellos que gobernaron el Universo hace miles de años…
Una majestuosa y divina luz blanca iluminó la escena y pudo verse a Zeus, el emperador celestial.
—¡Mi señor! —exclama Belerofonte haciendo una reverencia.
—Los titanes han regresado en busca de su venganza….me temo que incluso con Helios, Selene y Eos no será suficiente para igualar las fuerzas del Santuario y los titanes. Por lo tanto es necesario que ustedes adquieran el noveno sentido, por ello les brindaré mi poder… —dijo Zeus al tiempo que con una uña lastima la yema de uno de sus dedos, haciendo brotar una pequeñas gotas de sangre y luego las lanza sobre sus súbditos.
Los ángeles elevan sus cosmos a su máximo, en ese momento las glorias comienzan a emitir un gran brillo y se convierten en glorias divinas.
—Me he convertido en un dios… —pensaba Aquiles mirando su gloria divina.
—¡Con este poder lo defenderemos de cualquier amenaza! —exclama Belerofonte.
