Capítulo 92: El regreso del Emperador.
Tras una eterna batalla, los doce santos del zodíaco lograron lo imposible, venciendo al supremo Cronos, destruyendo al mismo tiempo su cuerpo, el Templo de Saturno y el Monte Otris, que era la montaña sagrada de los titanes.
El tiempo que se había detenido por el conjuro del dios primordial volvía a transcurrir normalmente, la ambición de los titanes había sido sepultada por los héroes del zodíaco. En el firmamento del Monte Olimpo todavía podía verse la energía de las constelaciones de la elíptica solar.
Inframundo.
Puertas del Tártaro.
La diosa Atenea se encontraba tendida en el suelo, pero recuperaba poco a poco la consciencia, el tiempo fluía nuevamente en su cuerpo, al ponerse en pie comienza a recordar su victoria ante el titán Atlas, su mente reflexionaba conmovida al percibir todo lo que había ocurrido a través de los últimos destellos cósmicos de la elíptica zodiacal que se había formado alrededor del Monte Otris.
—Los santos dorados lo han logrado… han vencido a Cronos, es algo maravilloso, sabía que eran capaces de adquirir el noveno sentido y resultaron ser vitales para la guerra santa, no sólo en vida sino incluso en la muerte se aferraron a Elpis, la verde esperanza y fueron capaces de detener la milenaria venganza de Cronos… —susurra la deidad mientras las lágrimas recorrían su rostro. —Ustedes que perdieron sus cuerpos, los cuerpos que les dio Hades y aun así siguieron combatiendo, exponiendo su ser espiritual, ahora están en un plano superior, forman parte de todo el universo, se han conectado con la fuerza creadora, el Nirvana, puesto que en la naturaleza nada desaparece, todo se transforma, sus almas viven en las estrellas de elíptica solar, puesto que ni siquiera destruyendo un espíritu se puede quitar la inmortalidad del alma… —luego guarda silencio recordando a sus leales santos y alimentándose de su recuerdo se dispone a enfrentar el final de la guerra santa. —Iré por última vez al Olimpo y cumpliré la profecía de Urano, mi padre Zeus caerá porque a la humanidad le pertenece esta era, el tiempo de los dioses terminará, los hombres deben ser quienes decidan sobre su destino, aprendiendo de sus errores para evolucionar, tengo ejemplos de sobra que me han demostrado lo capaces que son y que no tienen nada que envidiarles a los dioses. Seiya, pronto me uniré con ustedes…
Monte Olimpo.
Nube de Oort.
Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki se levantan aturdidos en el oscuro y vasto territorio olímpico del señor del Inframundo, habían caído allí luego de que combinaran sus mejores técnicas al unísono, atacando de ese modo el astro de la corona solar, creada por Helios, el antiguo dios del sol, el cual se había convertido en una muralla infranqueable.
La deidad solar que tenía linaje directo de Hyperión había desaparecido sin dejar rastro alguno.
—Que ha pasado…apenas recuerdo que pudimos destruir el sol de Helios… —murmura Seiya con la voz cansada, mientras se reincorporaba lentamente, mirando al cielo sorprendido.
Una deslumbrante luz irradiaba en los cielos olímpicos, los cuatro santos observan con completo sorpresa el firmamento, descubriendo en él un brillo especial sobre las constelaciones de la elíptica, que se extendía más allá de la cima del Olimpo.
—¡Anciano maestro, santos dorados…! —expresa Shiryu emocionado entre lágrimas, al igual que sus amigos.
—¡Shiryu! —resuena desde las estrellas la voz de Dohko. —Este es el adiós querido discípulo, ahora existiremos en un plano diferente…
—Formaremos parte de todo el universo y al mismo tiempo no seremos nada… —completó la voz de Shaka.
—¡Nuestras proyecciones cósmicas habitan efímeramente en los residuos del reloj astral…! —dijo Aioros.
—En cuanto las estrellas regresen a la normalidad habremos llegado al Nirvana… —susurra la voz de Mu.
—Este es el adiós jóvenes santos de los milagros… —tercia Aioria.
—¡Deben conducirse a la batalla final, al Templo de Júpiter, a derrotar al rey Zeus…! —exclama Saga.
—¿Pero qué es lo que ha pasado? —pregunta desconcertado Shiryu, al igual que sus amigos sentía que había despertado tras una larga batalla.
—¡Cronos ha intentado una última jugada maestra, detener el flujo del tiempo, pero nosotros hemos evitado que consuma su venganza…! —explica Dohko.
—¡Maestro Camus! —exclama Hyoga conmovido.
—Hyoga… —musita Camus desde el firmamento. —Hemos vencido a los titanes para abrirles el paso a Zeus. Debes combatir con frialdad en la batalla final, Cisne divino, no muestres clemencia con el enemigo y actúa con sangre fría…
—¡Maestro Camus, han logrado el milagro de vencer a Cronos, juro que conseguiremos la victoria, su milagro no será en vano…! —responde Hyoga.
—¡Ten en cuenta las palabras de Camus, Shiryu! Combatan con total frialdad hasta el final… —manifestó Dohko. —Ustedes son verdaderos santos que luchan por el amor y la justicia.
—¡Ustedes son los verdaderos santos de la esperanza! —exclamó Aioros.
—¡Aioros! Hicimos un juramento en la casa de Sagitario… —espetó Seiya con devoción y lágrimas a cuestas. —Protegeremos a Atenea hasta el final.
—¡Ikki! —resonó la voz de Shaka de Virgo. —Tú eres el ave inmortal, lucha por la memoria de tu hermano Shun. Su sacrificio es prueba de su enorme bondad…
—¡Shaka! Descuida que lo haré sin falta… —respondió Ikki con una lágrima que se escurría por su mejilla. —¡Shun, tu sacrificio es una ofrenda para salvar a la Tierra, daremos la vida por tu noble anhelo!
—Seiya… ¡Confío en ti, tú has sido el mejor guardián de Atenea, dejaremos el resto en sus manos…! —proclamó Aioria desde el Urano.
—¡Sé que llevarás orgullosamente esa espada sagrada para hacer el bien! —dijo Shura con firmeza. —¡Shiryu! Les encomendamos a Atenea…
—¡Shura! —responde Shiryu conmovido. —¡Venceremos en la batalla contra Zeus! Protegeremos los ideales de los santos como ustedes.
—¡Ustedes son verdaderos santos! —tronó el vozarrón de Aldebarán. —¡Sus cosmos han logrado numerosos milagros, tienen que hacerlo una vez más!
—¡No importa los medios, obtengan la victoria…! —resonó la bulliciosa voz de Máscara de la Muerte.
—Ya han cultivado la esencia del noveno sentido… —susurró la voz astral de Mu. —Sean prudentes, pero implacables. El enemigo es inconmensurablemente poderoso…
—¡Sus cosmos lograrán el milagro como cuando vencieron a Hades en los Campos Elíseos! —manifiesta Milo.
—Cuiden el hermoso planeta Tierra, son guardianes de la belleza del futuro… —murmuró Afrodita.
—¡Son garantes del orden cósmico…confío en ustedes valerosos santos! —exclamó con autoridad Saga. —¡El más grande de sus milagros será el próximo, vayan por Zeus!
Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki lloraban ante las palabras de los santos de oro y con ello recobraron el ímpetu de aferrarse a la esperanza y de traer la victoria de forma indubitable, estaban dispuestos a dar su vida por la victoria.
Templo de Júpiter.
El supremo Zeus recobraba nuevamente sus movimientos, el flujo del tiempo había vuelto para él y sus ángeles divinos. Aquiles, Belerofonte y Pólux miraban extrañados a su señor.
Los ángeles no podían comprender que les había pasado, sentían sus cuerpos adormecidos, como si el influjo de un poderoso hechizo hubiera afectado lo más profundo de su ser.
—¿Qué es lo que ha pasado? —se pregunta Aquiles con el rostro tenso. —¡No recuerdo con exactitud qué fue lo último que hice…!
—Cronos ha caído… —susurra Zeus y los ángeles lo miran confundido. —Es admirable, los doce santos divinos del zodíaco han vencido a Cronos y los titanes. El fluyo del tiempo fue detenido por un conjuro de Cronos, su caída nos ha despertado…
—Los doce santos de oro han cumplido una enorme proeza… —reflexiona Pólux sorprendido, en un profundo silencio.
—¿Por qué los santos de oro no se vieron afectados por el conjuro de Cronos entonces? —pregunta intrigado Aquiles.
—Ha de ser porque estaban muertos… —contesta Pólux pensativo. —El tiempo no corre entre los muertos…
—¡Exacto, es como dice Pólux…! —exclama Zeus con sus ojos llenos de determinación. —Ha llegado el momento del juicio final…aquel que decidirá el destino del cosmos. ¡Atenea pronto llegará con sus santos! La rebelión de Athena terminará pronto…
—Iremos a detenerlos de inmediato… —manifestó Belerofonte expandiendo las alas de su gloria divina. —¡Pegaso, Cisne, Dragón y Fénix, son los últimos que quedan en el ejército de Athena, ha llegado el momento de la batalla final!
—¡Alto! —manifestó Zeus con gran porte y los ángeles se detuvieron en seco. —Helios, Selene y Eos se encuentran cerca de ellos, ¡Belerofonte! Estarás a cargo del Templo de Neptuno…
Belerofonte asiente y emprende vuelo con su gloria divina hacia el templo de Neptuno.
Playa del Olimpo.
El valeroso y devoto Sorrento de Sirena caminaba con dificultad, tambaleaba al tiempo que encendía su cosmos para reponerse de sus grandes heridas tras su derrota con Belerofonte, uno de los ángeles de Zeus sobrevivientes de la terrible Guerra Olímpica.
Las escamas de Sirena estaban prácticamente destruidas, al igual que su flauta mágica.
—Señor Poseidón…llegaré al Templo de Neptuno, su voluntad reinará sobre el mar y el cielo, sobre la Atlántida y el Olimpo. Usted es el más indicado para dominar el cosmos…
Nube de Oort.
Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki emprendían un fugaz vuelo en la profunda oscuridad, cuando repentinamente una luz comenzó a brillar, las alas de las armaduras divinas de Pegaso, Dragón, Cisne y Fénix se congelaron, lo que obligó a los santos a caer a unos de los asteroides ubicados en los territorios olímpicos de Hades, cayeron con gran agilidad de puntapiés.
—¡Este cosmos, nunca lo había sentido antes, pero…! —exclama Hyoga. —¡Supera incluso el cero absoluto! ¡¿Quién eres?! ¡Muéstrate!
—Soy Eos… —dijo una voz que resonó suavemente, un aura blanca brilló y mostró a una hermosa mujer que tenía largos cabellos rubios, piel rosada y ojos celestes. —¡Soy Eos, la aurora!
—Eos, la diosa de la aurora… —murmura Shiryu pensativo.
—Eos. Es peligroso estar frente a nosotros sola, imagino que no querrás combatirnos a todos juntos… —retó Ikki desafiante.
—No soy idiota para pensar en enfrentar tal osadía, un plan suicida realmente, mi objetivo es otro… —responde Eos con una sonrisa, observando detenidamente al caballero de los hielos. —Solo me interesa el Cisne Hyoga…
—¡Avancen amigos! —ordenó Hyoga mientras encendía su cosmos y la nieve caía con hermosura, en dicho momento Seiya, Shiryu e Ikki emprendieron vuelo ante la parsimonia de la deidad. —¡Eos, diosa de la aurora, verás todo el poder de las alas divinas del Cisne, un vuelo de justicia! ¡POLVO DE DIAMANTES!
Incontables diamantes finos surgen acompañados por un terrible viento, que se diseminaba por todo el campo de batalla, la piel de la diosa se congela, pero ella mueve sus manos, mostrando que sus movimientos no se detuvieron, luego esboza una sonrisa, el ateniense mira sorprendido.
—Creo que me has subestimado Cisne, te diré algo…al obtener el noveno sentido han dejado de ser simples humanos…y sus puños pueden vencer a los dioses, por eso no pienso subestimarlos, te elegí porque sé cómo vencerte…
—Los dioses se vanaglorian de su eternidad, pero superaremos a los inmortales, a los eternos…superando efímeramente su poder, para proteger a los humanos que tanto han sufrido en nuestro planeta Tierra…
—Humanos, un nuevo mundo se avecina…la luz divina de los dioses bendecirá la Tierra y una era de justicia reinará por siempre, bajo el mando implacable del gran Zeus, rey de dioses y humanos… ¡LUZ SAGRADA DEL ALBA!
La silueta de la titánide olímpica comenzó emitir un enceguecedor brillo blanco e inmaculado, lleno de pureza y bondad, el Cisne Hyoga se cubre los ojos pero estaba totalmente encandilado, la divina luz finalmente termina por voltear al ruso-japonés, que cae de espaldas duramente.
—Valiente Cisne Hyoga…deja esta estéril lucha, que por muchos dioses que hayan vencido nunca podrán vencer a Zeus, el destino lo ha bañado de gloria eterna, ¡comprendan esto y abandonen su lucha!
—Nosotros cuatro somos los únicos santos con vida, cargamos en nuestros hombros la confianza encomendada… —murmura Hyoga, que se reincorporaba con algo de dolor. —¡Nunca claudicaremos en nuestros esfuerzos, somos los santos de la esperanza, hemos vencido a olímpicos y titanes, pronto Zeus caerá, vencido por la justicia!
—Os reconozco que sois un hombre puro y honrado, tenéis un espíritu irrefrenable, pero sois también un ser irreflexivo… ¡la caída del Olimpo sólo traerá caos en el Cosmos!
—El polvo de diamantes no ha funcionado, pero todavía tengo muchos recursos para vencerte Eos, tu frío y tu luz no podrán conmigo, hemos vencido a dioses más poderosos que ustedes, no estás en el mismo nivel de los dioses olímpicos, y eres tú quien debes reflexionar sobre tu cometido, abandona tu oposición a mis puños y no tendrás que afrontar la muerte…
Templo de Neptuno.
Sorrento llega con sus heridas a cuestas hasta la puerta del palacio de Poseidón, el cual tenía en la parte superior un tridente, que estaba hecho del más fino mármol, luego el general marino se introdujo a lo profundo del recinto, el cual brillaba con majestuosidad, mezclando colores como el blanco, el celeste y el azul, en el centro del palacio había una enorme fuente, la cual tenía la forma de un Tritón, siendo ésta una representación de las formas mitológicas del señor del mar, la fuente de gran tamaño tenía un agua cristalina y calma que daba la ilusión de un espejo.
—Llevaré a cabo mi juramento…crearemos la utopía del paraíso…
Un poderoso cosmos comenzó a manifestarse repentinamente, cuando una energía celeste y blanca se rebalsaba, mostrando a un hombre de alta estatura, que tenía negros cabellos que caían sobre sus hombros y observaba al marino con sus ojos marrones penetrantes mientras chispaba una luz roja en ellos.
—Te has recuperado, pensé que habías muerto, aunque tienes heridas mortales no te rendirás… —susurra Belerofonte. —¿Por qué sirves con tanta devoción a Poseidón?
—Sirvo con fidelidad a mi dios porque creo en su voluntad ciegamente… ¿acaso tú no crees ciegamente en Zeus?
—Zeus es quién ha derrotado al mal infinidad de veces, manteniendo siempre la paz en el universo…su importancia es tan grande como la existencia misma del universo, primero venció a los titanes guiados por Cronos y luego derrotó a Tifón, en la batalla contra los gigantes…ha salvado al mundo muchas veces, pero es hora de una nueva era, una era purificada…la justicia será el paradigma del progreso…
—Una nueva era comenzará, es cierto, pero…no es Zeus quien debe regir la nueva era, tu dios es parte de la pasada era, se ha convertido en un tirano tan corrupto como lo fue Urano primero y Cronos después…el nuevo mundo será purificado con la majestuosidad del mar, Poseidón regirá un mundo tan perfecto como lo fue la Atlántida…
—No me place combatir contra alguien desarmado Sorrento. No tienes ninguna oportunidad sin tu flauta, en cambio yo tengo esta gloria divina…no me parece un combate justo, vete y te perdonaré la vida…
—No seas presumido Belerofonte… —susurra Sorrento y el ángel lo mira malhumorado. —Mi vida no es importante, he venido a este sitio por mi señor, serviré la voluntad de mi señor Poseidón…
—¿Qué puedes hacer en tus condiciones…? —manifiesta Belerofonte a regañadientes. —Eres simplemente un moribundo que se arrastra en el polvo… ¡no tienes nada que hacer en este palacio!
—No he llegado tan lejos para perecer, cumpliré con mi misión así tenga que pasar sobre un ángel divino…
—Ven Sorrento… ¡te mataré de una vez…! —respondió el ángel esperando la arremetida del enemigo para contraatacar de forma fulminante, tenía una mirada de decepción. —Será tu final.
Sorrento finalmente se abalanza contra Belerofonte, convirtiendo su imagen en la ilusión de una sirena y cuando estaba por atacar al ángel, salta hábilmente hacia la fuente de Tritón, perdiéndose en las profundidades del espejo de agua.
Una espléndida luz brilló en los cielos, haciendo un agujero en el techo del palacio, el cielo estrellado alumbraba la fuente de Neptuno ante la anonadada mirada del ángel. La fuente de Neptuno comienza a fluir misteriosamente con mayor vigorosidad, desembocando misteriosamente en los mares olímpicos.
Profundidades de la Fuente de Neptuno.
El general marino del Atlántico Sur se encontró con lo que era un gran mausoleo, cuya majestuosidad no tenía parangón, en la sala principal se encontraba un sarcófago ostentoso, digno de un gran emperador. El marino austríaco tomó fuertemente la tapa y tiró con todas sus fuerzas, pero no había forma de moverlo, la presión del agua la mantenía sellada, en esos momento el general pensó que todo por lo que habían peleado él y sus compañeros había sido en vano, pues jamás podría cumplir su cometido, entonces escuchó las voces de las alma de sus compañeros.
—Qué débil eres Sorrento… —resonó la voz de Najash de Dragón Marino.
—¡Esa voz! —pensó Sorrento recordando a su camarada. —¡Najash de Dragón Marino!
—¿Cómo puedes abandonar la esperanza? —preguntó el espíritu de Baian de Hipocampo.
—Si haz de fracasar que por lo menos sea intentándolo… —susurra Io de Escila.
—Y si lo intentas que no sea para fracasar… —tercia Krishna de Crisaor.
—¡Estamos contigo, compañero Sorrento de Sirena! —dijo la voz de Isaac de Kraken.
—Eres la única esperanza de Poseidón… —manifestó el alma de Kaza de Leumnades.
Sorrento sujetó la tapa del féretro una vez más, incendió su cosmos al máximo y de repente pudo sentir el cosmos de los seis generales marinos caídos, otorgándole la fuerza para sobreponerse a la presión extrema que sellaba la tapa del descanso de Poseidón.
Finalmente, el austríaco logra su objetivo, la tapa cede y el agua ingresa dentro del féretro, cubriendo el inmaculado cuerpo que estaba en su interior, el cual al entrar en contacto con su medio, generó un gran cosmos, en la tierra, el cielo y el infierno. Generándose así cientos de temblores y terremotos de diversas intensidades.
Templo de Neptuno.
Belerofonte observaba perturbado, sin comprender lo sucedido. Era como si Sorrento hubiera desaparecido en el espejo y tras investigar por algunos minutos se había sorprendido por un fortísimo temblor.
Al cabo de unos segundos el temblor comenzó a aumentar su potencia y de la Fuente de Neptuno surgió un aura celeste de gran intensidad, que encandiló la visión del ángel, su cuerpo pronto se entumeció bruscamente ante la energía que invadía el recinto.
—¡No puede ser…! —exclama Belerofonte recuperando un poco el movimiento de su entumecido cuerpo. —¡Poseidón!
El dios estaba erguido de forma imponente, se trataba de su cuerpo mitológico, era alto y tenía largos cabellos negros que brillaba con reflejos azules, sus ojos eran azules como el profundo océano, tenía un rostro jovial y de gran belleza. Su cuerpo ya estaba cubierto por sus escamas divinas, de la cual habían emergido unas hermosas alas, en su mano derecha sostenía su imponente tridente.
—¡Soy Poseidón! Estorbas ángel de Zeus…
