Capítulo 93: ¡Revolución olímpica!

Tras una larga interrupción, la Guerra Olímpica se reanudaba en el Monte Olimpo, Atenea en el Tártaro se reincorporaba a la lucha y marchaba con su divino cosmos a la montaña de los dioses.

Seiya, Shiryu, Hyoga e Ikki emprendieron vuelo por la Nube de Oort, después de despedirse de los fallecidos santos de oro y en el trayecto se cruzaron a Eos, diosa de la aurora. El Cisne inició un combate singular contra la divinidad.

Finalmente, Sorrento de Sirena cumple la promesa que había hecho en el Templo del Sol, alcanzando el Templo de Neptuno tras un camino de mil penalidades. Ante la férrea oposición del ángel Belerofonte, saltó en la Fuente de Neptuno, y en su interior removió la tapa del féretro del señor del mar. El verdadero cuerpo de Poseidón era cubierto por su alma divina.

Monte Olimpo.

Templo de Neptuno.

Poseidón miraba con un imponente porte a Belerofonte, rápidamente endurece la mirada y da dos pasos al frente, Sorrento lo escoltaba, ya sin las escamas de Sirena, ni su flauta.

El ángel observaba al dios anonadado, Zeus nunca le había mencionado nada del verdadero cuerpo del rey de los mares. Aun bajo estas imprevistas circunstancias, Belerofonte se interpone en el camino de la deidad olímpica y enciende su cosmos.

—¡Dije que estorbas, ángel de Zeus! ¿Qué sucede…? —preguntó Poseidón con fastidio. —¿Acaso no le tienes apego a la vida…?

—Claro que le tengo apego a la vida, pero como ángel de Zeus estoy dispuesto a ofrecer la vida por mi dios… —contestó Belerofonte expandiendo las alas de su gloria divina. —Usted es uno de los doce olímpicos… ¿a qué se debe semejante revuelta…?

—¡No es una revuelta, es algo más grande…es una revolución! —contestó Poseidón levantando su tridente. —Zeus ha reinado mucho tiempo como un tirano, estoy seguro que muchos de los demás olímpicos le obedecían por temor. Su virtud no es superior a la mía, como nuevo rey del Olimpo dominaré la Tierra y el Cielo de forma implacable, la justicia reinará en el cosmos. La corrupción humana será bañada por mi justicia divina, que es muy distinta de la tiranía olímpica con la que ha venido gobernando Zeus…

—Zeus no es un tirano, señor Poseidón…deben zanjar sus diferencias como dioses hermano, si los de adentro se pelean los de afuera los devoran. —respondió Belerofonte con espíritu conciliador. —Todo esto sólo beneficia a Atenea y sus santos…a la gente de la Tierra, como uno de los ángeles de Zeus tengo que detenerlo…

—Un ángel nunca podrá detener a un dios olímpico como yo, estoy misericordioso en estos momentos…sólo me apetece enfrentar a Zeus…márchate ahora y salvarás tu vida…

—¡No puedo abandonar a Zeus y aunque enfrentarte sea una muerte segura, me servirá para conocer mis verdaderos límites, ahora que he despertado el noveno sentido, lucharé aunque el Tártaro sea el que me acoja después de la muerte!

—¡Que así sea entonces…!

Poseidón apuntó con su tridente al ángel y una luz azulada estremeció su cuerpo, finalmente la potencia de la divina energía lo hizo estrellarse contra la pared que se interponía con la salida, luego de volar cientos de metros.

Templo de Júpiter.

En el palacio más alto del hermoso Olimpo se encontraban Aquiles y Pólux, quienes tenían sus ojos desorbitados, tras haber sentido el inmenso cosmos de Poseidón, un temor profundo los poseyó repentinamente.

—No deben temer… —proclama Zeus con infinita calma. —Nada ha cambiado, vuestro temor no es fundado, conservaré mi trono.

—¿Entonces ya sabías de esto mi señor? —preguntó con el espíritu agobiado Aquiles. —¡¿Sabía de la resurrección de Poseidón!?

—Soy el dios supremo del universo, ¿crees que puedo ignorar algo así siendo el rey del Olimpo? —contestó Zeus y la confusión de Aquiles se calmó, reflejándose en su rostro. —Sé todos los secretos del reino celestial, Poseidón siempre ha esperado un momento así… ¡mucha es mi furia por su revuelta y por eso sufrirá mi incomparable poder!

Playa del Olimpo.

Seiya, Shiryu e Ikki sobrevolaban la hermosa ribera del Mar Olímpico, hasta que la luz de la Luna comenzó a brillar con un excelso esplendor, encegueciendo a los santos, que tuvieron que detenerse abruptamente.

De la majestuosa Luna brillaron repentinamente unas escaleras que descendían del mismo cielo, una hermosa mujer descendió lentamente por las mismas, se trataba de la antigua diosa lunar, de largos y brillantes cabellos negros, ojos color grises y piel blanca.

—Soy Selene, la diosa de la Luna, son una verdadera molestia para el Olimpo, han causado más de una penalidad en esta tierra santa…

—¿No es acaso una mirada sesgada de la realidad…? —preguntó con fastidio Ikki. —¡Ustedes han causado grandes pecados, dioses malignos…!

—¿Cómo te atreves a hablarle así a una diosa…? —repreguntó Selene, su rostro mostraba rabia.

—¡Ikki tiene razón, ustedes los dioses han causado grandes genocidios! —espetó Seiya con fervor.

—El Olimpo está cayendo y Zeus pronto caerá por no tener a la justicia de su lado… —manifestó Shiryu encendiendo su cosmos. —¡Yo seré quien te derrote Selene, después me uniré con ustedes, Seiya, Ikki, avanzad hasta Júpiter…!

—Sí Shiryu… —contestó Seiya. —¡Recuerda nuestro enfrentamiento contra Artemisa en el Templo de la Luna, nos veremos después, lo tomo como una promesa…!

—Sé cómo luchar contra una diosa lunar. Uniré mis fuerzas con la vuestras en el Templo de Júpiter, es una promesa Seiya… ¡DRAGON NACIENTE!

Un temible dragón de verdusca y blancuzca energía arremete contra Selene vorazmente, la diosa se pierde entre la luz que la escoltaba, Seiya e Ikki se habían adelantado de forma furtiva, cual rayos de luces.

La diosa volvía a aparecer en el campo de batalla, mostrando una elegante armadura plateada brillante como la luz de la Luna.

—Dragón, veamos cómo lidias con la magnífica luz de la Luna…

Templo de Neptuno.

Belerofonte se reincorpora con dolor tras haber recibido una terrible descarga cósmica del tridente de Poseidón, la voluntad del ángel no iba a ser fácilmente doblegada.

—¡Nunca podrás detener a mi señor Poseidón…! —murmura Sorrento, ya sin sus escamas mostraba heridas en todo su cuerpo. —Soy testigo de tu devoción a Zeus y al Olimpo, pero reflexiona Belerofonte…morirás en vano.

—¿La muerte…? —susurra con ironía Belerofonte. —Tú mejor que nadie entenderás mi sentir, eres un fiel devoto a tu dios como lo soy yo con Zeus. Esto es una traición gran Poseidón… ¡no seré impasible ante esta revuelta!

—¡Lamentarás interponerte a mi voluntad divina! —contesta Poseidón con una sonrisa. —¡No reconozco a nadie por encima de mí, por ello Zeus caerá, no hay lugar para los dos en esta nueva era…!

—Eres un traidor al Olimpo, lamento usar mis puños en contra de uno de los doce olímpicos, ¡pero no tengo otra alternativa Poseidón…! ¡RAYOS COSMICOS!

Belerofonte genera una pequeña estrella en su mano, aplastándola luego, liberando repentinamente un potente rayo radioactivo que supera la velocidad de la luz, comparable con los rayos cósmicos emitidos al explotar una supernova, Poseidón interpone su tridente en la trayectoria del ataque y la técnica regresa súbitamente, golpeando duramente al ángel, que cae al suelo herido.

—Mortal insensato, aléjate de mi camino, puesto que mi poder es infinito debéis comprender lo inútil de tu comportamiento…

Nube de Oort.

Hyoga de Cisne se enfrentaba a Eos, diosa de la aurora, una antigua titánide que había contrarrestado el polvo de diamantes sin ninguna dificultad.

—¡No perderé más el tiempo contigo, he superado todas las barreras que el hielo me ha puesto enfrente, incluso he derrotado a Eolo, dios del elemento con el cual yo ataco, el viento!

—Yo no soy sólo el frío del círculo polar, soy la luz divina que embellece los cielos nocturnos de las regiones más recónditas del planeta.

—Me da igual, a partir de ahora serás otra deidad que caiga ante el Cisne de hielo. ¡EJECUCION DE AURORA!

En el preciso momento que la helada corriente de hielo se dirigía a la diosa Eos, el magnetismo polar empezó a influir sobre el ataque del santo divino, al tiempo que una aurora de tonos verdes y azules se reflejaba en el cielo. La técnica finalmente se desvió lo suficiente para dejar ilesa a la diosa.

—¡Te he subestimado! —expresa asombrado Hyoga. —Que hayas podido evitar mi mejor ataque no significa que hayas obtenido alguna ventaja en contra mío…

—¡La soberbia que muestras te llevará a la perdición engreído mortal! Tu puño de hielo jamás me alcanzará…

Templo de Neptuno.

El ángel Belerofonte se reincorporaba con gran dificultad después de recibir su propia técnica, Poseidón se molesta ante la tenacidad del ángel de Zeus y voltea hacia Sorrento, acercándose ante su sorpresa, luego expulsa de su tridente divino una radiante luz azulada que hace una pequeña herida en su mano. Finalmente, con su cosmos divino el dios teletransporta los restos de las escamas de Sirena, la pequeña sangre que sale de su piel pronto baña la coraza sagrada del guardián del Atlántico Sur, la cual brilla esplendorosamente, cubriendo el cuerpo del general marino, la nuevas escamas tenían un renovado diseño.

—Mi más leal y devoto marino, Sorrento de Sirena… —musita Poseidón con una mirada de confianza. —No puedo perder el tiempo en mi palacio, mi objetivo es Zeus, si quieres luchar de igual a igual con tu enemigo debes encender la novena consciencia…

El general marino hace explotar su cosmos al infinito, repentinamente sus escamas resplandecían con un dorado blancuzco, las alas se habían extendido y ya sostenía una flauta que brillaba de forma deslumbrante. Se trataba de las escamas divinas de la Sirena.

—¡Sorrento de Sirena! Has alcanzado el noveno sentido…ahora puedo considerarte un rival… —exclama Belerofonte poniéndose en guardia. —¡Te venceré nuevamente…como lo hice en la Playa del Olimpo!

—No volverás a vencerme, esta vez la victoria será mía… ¡MELODÍA DE LA MUERTE!

Sorrento entonó su bella melodía, pronto su enemigo quedó paralizado. El ángel divino encendía su cosmos, sus miembros estaban entumecidos, aunque podía mover lentamente sus brazos.

Poseidón miraba complacido el enorme poder al que había alcanzado su súbdito después de alcanzar el noveno sentido. E intentó avanzar, pero Belerofonte con los movimientos todavía torpes se interponía en la salida, ante la sorpresa del dios.

—¡No me vencerás Sorrento…! —balbuceó Belerofonte. —¡No puedo dejar que Poseidón avance!

—Estás acabado Belerofonte… ¡CLIMAX FINAL!

En el preciso momento en que Sorrento estaba a punto de entonar su técnica final, el cosmos del ángel explotó inesperadamente, paralizando el cuerpo de su enemigo, que dejó de tocar abruptamente.

—¡TERROR DEL ASIA MENOR!

Belerofonte levanta su rostro al cielo junto con sus manos y haciendo arder su cosmos invoca un extraño espíritu, el cual se convierte en una gigantesca quimera, aquel ser mitológico que poseía tres cabezas, una de león, otra de cabra y una tercera que surgía de su cola como una serpiente, Sorrento toca su hermosa melodía intentando multiplicar su imagen, pero la cabeza del león evoca un poderoso rugido con el que intentó desbaratar la técnica del marino, como lo había hecho en el anterior combate que sostuvieron en la Playa del Olimpo, antes de que el tiempo fuera paralizado por Cronos.

Valiéndose de aquella experiencia, Sorrento siguió tocando su flauta divina, amainando al espíritu de la bestia y atrapando al ángel inesperadamente en su hechizo, quién ya se retorcía de dolor en el suelo en posición fetal, resistiendo con tenacidad.

Mares Olímpicos.

Sobrevolando los cielos del mar de los dioses, Seiya e Ikki avanzaban superando la velocidad de la luz, cuando repentinamente unos rayos solares brillaron y atacaron a los santos, quienes esquivaron el peligro por los bordes, arriba suyo pronto pudieron ver un carruaje que era guiado por cuatro caballos de fuego.

El hermoso carro se mantenía suspendido en el aire. Se trataba del antiguo dios solar, el cual tenía cortos cabellos castaño claro, ojos amarillos y brillantes como el sol, tenía el disco solar coronado por una aureola. Lo cubría una hermosa armadura de color dorada.

—¡Helios! —exclama Seiya reconociendo a la deidad de inmediato.

—¡Yo Helios, dios del sol, seré su enemigo, no podrán llegar hasta Zeus…!

—Seiya, yo me ocuparé de Helios… —expresó Ikki, elevando su enorme cosmos. —¡ALAS LLAMEANTES!

—¡Nos veremos en el Templo de Júpiter Ikki! —contestó Seiya cual cometa que se pierde en el firmamento.

Un Fénix energético arremete con una luz naranja y roja fulminante, esparciendo llamas por todo el cielo olímpico, en ese momento Helios tira de las riendas de los caballos de fuego y el carro solar sube miles de metros, evitando la temible técnica del japonés.

Templo de Neptuno.

Belerofonte yacía en el suelo con dolor, no había muerto gracias a su gloria divina, pero ya no podía oponer resistencia alguna.

Poseidón sonríe y se dispone a marcharse para enfrentar a su hermano divino, pero en dicho momento un trueno impresionante retumbó en todo el recinto, se trataba de Zeus, el rey de dioses, que portaba su armadura blanca de brillo celestial y pequeños detalles dorados, en su mano derecha sostenía un deslumbrante cetro que tenía la forma de un rayo. Se trataba de la égida.

—Supremo rey Zeus… —murmura Belerofonte con su voz cansada desde el suelo. —Es peligroso que usted esté aquí…

—¡Belerofonte, este es un asunto impostergable…! —contesta Zeus a su ángel con algo de decepción ante su derrota. —¡Hermano Poseidón, tu cegada ambición siempre fracasará…!

—¡¿Es que acaso ahora tienes poderes proféticos…?! —manifiesta Poseidón de forma socarrona. —¡Rey Zeus, has gobernado el cosmos desde hace eones y sólo has comandado a la humanidad a la mayor degradación del ser…! Primero degradaste a la humanidad a la edad de plata, abandonando de esta forma la edad de oro, aquella edad pura, donde había verdadera justicia… tus tiranas acciones han llevado al cosmos a la mayor degradación posible, la edad de hierro… ¡el trono del Monte Olimpo me pertenecerá después de que tome tu cabeza! Volveremos a la gloriosa edad dorada…

—Vanidoso como siempre Poseidón… —respondió Zeus soltando una risa, lo que generó una mirada de recelo en el señor del mar. —La edad de oro volverá después de que destruya la Tierra y la reconstruya nuevamente, cimentando con justicia una nueva edad de oro… ¡siempre has envidiado mi poder, pero por más ambición que tengáis, nunca podrás vencerme, soy el más poderoso de entre los doce dioses olímpicos!

Poseidón y Zeus encienden sus divinos cosmos iracundos, la energía que despedían los dioses expulsaban destellos luminosos, los cuales golpeaban a Sorrento y Belerofonte, sus cuerpos eran alejados de sus deidades.

—¡Tú lo sabes Zeus! —exclamó Poseidón. —¡Aunque te vanaglories de tu poder, sabes que mi jerarquía y la de Hades están a tu mismo nivel…puesto que somos hermanos y similar es nuestro poder!

—Mi poder es superior a todo, sabes que tu tridente no podrá con la égida… —manifestó con tranquilad Zeus. —Con ella vencí a Cronos, soy invencible…tú y Hades han caído siempre a manos de Atenea, ella es mi mayor preocupación… ¡morirás por culpa de tu envidia Poseidón!

El dios del cielo empuñó la égida, la cual se iluminó con luz divina, de ella emergió un fulminante relámpago que atacó a su enemigo. Poseidón apuntó con su tridente al frente y una luz azul giró de forma defensiva, mientras enorme charcos de agua rodeaban a Zeus, los rayos repentinamente se expanden de forma horizontal y los truenos hacían grietas en el piso del recinto, una infinita cantidad de rayos atacan vorazmente al emperador del mar, pero éste se movió de forma horizontal, cual tiburón que nada en la profundidad del Océano.

Al finalizar la terrible colisión podía verse a los dos dioses erguidos, sus kamuis mostraban algunos daños, pero sus cuerpos estaban intactos, sus súbitos miraban expectantes la divina contienda.

—Sé cómo combatir contra la égida, contra tus truenos y también contra tus puños. —manifestó con pasión Poseidón. —Incluso los peces pueden estar seguro de los rayos, en la profundidad del océano se encuentran más resguardados… —suelta una risa.

—No has visto mi verdadero poder hermano, mi cosmos es infinito… —susurra confiado Zeus.

—Entonces mi señor Poseidón pudo deslizarse con movimientos similares a los peces cuando nadan en la profundidad de las tormentas… —reflexiona en silencio Sorrento.

—Sus cosmos son exactamente iguales… —meditaba Belerofonte callado. —Pero el supremo Zeus vencerá, puedo sentirlo.

—¡Ahora te mataré Zeus! —amenazó Poseidón endureciendo su semblante. —¡Siempre te he odiado, siempre, a pesar de que somos hermanos…tu soberbia me causa repugnancia maldito! Pero te daré un digno entierro, en tu Templo de Júpiter, reinaré en la Atlántida, la Tierra y el Olimpo…

Sin contestar, Zeus enciende su deslumbrante cosmos, radiantes relámpagos danzaban por doquier, Poseidón también enciende su divino cosmos al tiempo que diversos flujos de agua surgen por todo el palacio.

Repentinamente los rayos se entrelazaron con los flujos de agua, la electricidad de se expandía por el remolino marino creciente, pero no podían alcanzar el cuerpo de Poseidón, a su vez Zeus retrocedía impulsado por la fuerte corriente, hasta estamparse duramente contra la pared.

—¡Zeus! —gritó Belerofonte acercándose a su dios.

—No te preocupes Belerofonte… —susurra Zeus poniéndose de pie, su semblante se llena de odio, en sus ojos podía verse la luz del relámpago. —¡No permitiré ninguna revuelta, te mataré hermano, sepultaré tu odio y envidia en este sitio sagrado…!

—¿Envidia dices? —contesta Poseidón con los ojos cerrados. —La envidia nunca nubla mi pensamiento, subestimas a los demás, como siempre. Me jactaba de tener el mismo poder que tú tienes, pero ahora descubro que mi poder es superior…

Los dos dioses encienden sus cosmos al infinito, el poder rebalsaba electricidad por todo el palacio, Poseidón y Zeus se apuntaron uno al otro, el primero con su tridente, el segundo con la égida, un tifón de agua y una tormenta de rayos, relámpagos y truenos chocaron, la colisión hacía retumbar desde los infiernos hasta el cielo.

Nube de Oort.

Eos se las ingeniaba para neutralizar los ataques del Cisne divino, cuando en dicho momentos sintieron un choque cósmico de magnitudes siderales, como jamás podrían haber imaginado que atestiguarían.

—¡No hay dudas, semejantes choque cósmico, Poseidón y Zeus están luchando! —exclama Hyoga con sus ojos desorbitados.

—¡Poseidón! A que traición tan grande te ha llevado tu vanidad y envidia… —susurra Eos. —Aprovechas la ocasión para causar más desgracias al Olimpo, pero no triunfarás, el mal nunca triunfa…

Cielos del Mar Olímpico.

Ikki perseguía enfurecido el carruaje de Helios, que se escapaba de un lado para el otro, el dios lucía divertido, mientras volteaba y escapaba con su carro, luego con la palma de su mano libera esferas de fuego, cual pequeños soles que explotaban, el Fénix termina esquivando los soles con habilidad, no obstante cuando ya había cesado el ataque, y ya se encontraba mantenido en el aire, advierte que una parte de su armadura tenía llamas.

—¡No me atraparás por una sencilla razón Fénix, no es por la velocidad, aunque ella supere la luz como los dioses, tampoco es mi cosmos aunque soy un dios…! —exclama Helios con expresividad. —Lo que me hace invencible son mis ojos, con ellos soy capaz de verlo todo, conozco los secretos tanto de dioses como de mortales…conozco la vida de los dioses olímpicos pero también sé de ti, Ikki de Fénix.

—¡Te diré una cosa Helios pude sentir el poder de Apolo en mi piel, estoy preparado para enfrentarte…no serás capaz de derrotar al Fénix, tu poder no se compara con el de Apolo!

—No caeré en tus estratégicas provocaciones, soy un dios, hijo de los titanes Hyperión y Febe, mi poder es muy grande para temer de un mortal…

—¡Voy a pulverizarte maldito Helios, me repugna tu vanidad…ALAS LLAMEANTES DEL FENIX!

Un Fénix glorioso y deslumbrante ataca de forma voraz al dios sol, pero en ese momento Helios tira de las riendas de sus caballos de fuego y el carro solar escapa a la fulminante técnica y luego regresa frente a Ikki, la divinidad sonríe mirando a su enemigo con gracia.

—¡Maldito, has sido capaz de escapar otra vez! —bramó Ikki apretando su puño. —¡Aunque conozcas mis secretos y por añadidura mis técnicas, cuando hayas de ser alcanzado, tu carro, tus caballos y tu divino cuerpo serán destruidos!

—¡Poseidón, termina con tu insolencia! —gritó Helios a los cielos.