Capítulo 98: El final de una era…
El valeroso Shiryu de Dragón sacrificó su vida para vencer a Aquiles, el más poderoso de los ángeles, usando como medio kamikaze el último dragón, la técnica secreta y suicida que le enseñara su maestro Dohko de Libra. Seiya de Pegaso e Ikki de Fénix se encontraban acongojados por la partida de su amigo y continuaban su periplo a la batalla final, contra el omnipotente Zeus.
Atenea ascendía por los cielos, sumergida en una profunda tristeza por la muerte de Shiryu, derramando nuevamente lágrimas de sangre en el camino, como lo hiciera con las precedentes muertes de Shun de Andrómeda y Hyoga de Cisne.
Monte Olimpo.
Ruinas de la Bóveda Celeste.
Pegaso y Fénix recorrían un enorme sendero de anchas e imponentes escaleras, bajo una oscurecida mañana que parecía prolongar la noche, los truenos aturdían pero no amainaba el ferviente valor de los jóvenes santos, los rayos irradiaban en toda la Bóveda Celeste y los relámpagos iluminaban el sendero infinito.
La furia de Zeus se descargaba desde la cima del Olimpo hasta el profundo y terrorífico Tártaro, pasando por el Mar y la Tierra, debido a la inminente llegada de Atenea y de dos de sus guerreros. El dios supremo sabía que aunque derrotara a su hija y a sus santos, ganando así la guerra, en realidad el Santuario había vencido al Olimpo y esa derrota lo enfurecía. Los santos llegaron al final de la Bóveda, los cielos celestes, las nubes y las ráfagas de viento quedaban atrás, el frío y el profundo universo se extendía en el horizonte, enfrente una gigantesca tormenta roja se avizoraba en la lejanía del cenital del cielo.
—¡Qué gran tormenta, eso tal vez sea…! —exclamó Seiya recordando las enseñanzas de Marín. —¡La gran mancha roja!
—El Patriarca nos señaló que es la última barrera del Olimpo, una gran tormenta similar a la que se extiende bajo el sur ecuatorial de Júpiter, solo aquellos bendecidos por los dioses pueden atravesarla… —dijo Ikki encendiendo su cosmos al tiempo que la armadura divina del Fénix resurgía de sus cenizas.
Seiya e Ikki se miraron, asintieron con la cabeza y se impulsaron en un gran vuelo ascendente, así un Pegaso y un Fénix volaban juntos hacia Júpiter.
Ciclones y tornados colisionaban por doquier, al compás de furiosos rayos que surcaban entre los rojos nubarrones, extendidos a la totalidad de la circunferencia observable.
Tras terminar de atravesar la tormenta roja, el Fénix y el Pegaso descendían a las tierras del hogar de Zeus.
Espacio Exterior, a cientos de kilómetros de la Tierra.
Shiryu sujetaba con fuerza a Aquiles, aunque estaba semiconsciente, la fuerza de voluntad de su espíritu era férrea.
—Eres un estúpido, yo estoy protegido por mi gloria que es casi tan poderosa como la kamui de Zeus… —dijo Aquiles confiado, aun sin poder liberarse de la presión del último dragón. —Veo que ya estás inconsciente, es hora de regresar…
El ángel eleva su cosmos y con gran esfuerzo logra zafarse de los brazos del dragón, una vez libre volteó rápidamente con su pierna más cómoda y soltó una patada contra Shiryu, para impulsarse de regreso al Olimpo.
Monte Olimpo.
Bóveda Celeste.
Atenea avanzaba con rumbo firme, cuando cayó un rayo celeste a pocos metros de ella, de la luz emergió la silueta del último ángel.
—¡Aquiles! —dijo la divinidad asombrada.
—Atenea… ¿no habrá pensado que sus santos podrían vencerme? —contestó con altanería el ángel, la diosa sonríe. —¿Te estás burlando de mi Atenea?
—No te has dado cuenta de que la muerte de Shiryu no ha sido en vano, tú ya no eres oponente alguno para nosotros, en poco tiempo morirás desangrado.
—¡Deliras Atenea, el dragón es polvo de estrellas y yo no tengo ni una sola herida, si te derroto ahora me quedaré con la mayor gloria del reino celestial, y luego iré tras los otros dos santos para convertirme en el campeón del Olimpo!
—¿Campeón de que serás? Si tu reino está en ruinas…
—Quizá Zeus me convierta en dios para fundar el nuevo Olimpo, seré inmortal y todo poderoso, fundaremos una nueva era, levantaremos el mundo celestial, tú y Poseidón serán excluidos como lo fue Ares, yo tomaré un lugar entre los doce dioses olímpicos, convirtiéndome en el dios de la guerra.
—Son ideas muy ambiciosas para un moribundo, mírate talón dios de la guerra y explícame en que momento has perdido la batalla…
El ángel observa su talón, contemplando sorprendido un inmenso charco de sangre que inundaba sus pies, el fluido vital era producto de una herida de un corte profundo.
—¿En qué momento?
—Cuando llegabas aquí, Shiryu, que se encontraba a millones de kilómetros de distancia sacó la hoja del Olimpo de su pecho y con todo lo que le quedaba de cosmos lanzó la espada hacia tu talón, ya que no es ningún secreto tu punto débil...
Aquiles recuerda las palabras que Shiryu le expresara a sus camaradas, donde dijo que conocía su mito y sabía cómo derrotarlo. Entonces comprendió que se dejó clavar la espada a propósito, para tener un arma inmejorable para poder herir de forma letal al guerrero perfecto. El último dragón resultó ser tan solo un señuelo, una trampa para generar una excelsa oportunidad para poder encertarle un único y certero golpe, todo mientras Aquiles se vanagloriaba a sí mismo.
—Sabes bien que la hoja del Olimpo provoca heridas que no dejan de sangrar jamás, hasta que haya drenado toda la sangre del cuerpo de la víctima. Aquiles, en algunas horas estarás muerto, sin embargo puedo ofrecerte la eutanasia indolora del paso al país de los muertos, dando reconociendo a tu gran poder y a tu constante esfuerzo, recuerda para tu próxima vida pulir un poco la bondad de tu corazón, el florecer de la humildad y la generosidad en tu ser. ¿Aceptas este regalo?
Aquiles estaba absorto, sabía que Atenea tenía razón, las heridas causadas por la hoja del Olimpo eran incurables, ni siquiera con la ayuda del vellocino de oro podría sanarla, su vida estaba condenada, lágrimas caían de su rostro, no por temor a la muerte, sino por la impotencia para protegerse de un destino inevitable. El ángel cambia su semblante repentinamente, mirando desafiante a la diosa y expandiendo su cosmos, lleno de ira.
—Si aún tengo unas horas todavía puedo convertirme en el héroe del Olimpo y vivir eternamente en el pensamiento del mundo. ¡Como el más poderoso héroe de la leyenda…si muero te llevaré conmigo a la muerte, iremos juntos al Tártaro!
—Adiós Aquiles, reflexiona sobre lo que te he dicho cuando estés en el Tártaro… —susurra Atenea, mientras levanta a Nike.
La luz dorada emitida por la diosa de la victoria cubría el cuerpo de Aquiles, inmovilizando su ímpetu.
—¡El cosmos de Atenea está fluyendo a través de mi herida por todo mi cuerpo! Siento que las fuerzas me abandonan, realmente no hay nada que pueda hacer… —murmuró Aquiles mientras sus ojos se cerraban, al instante se desplomó sobre el suelo, exhalando su último aliento.
Entrada al Templo de Júpiter.
Un imponente arco con dos águilas enfrentadas señalizaba la entrada al último palacio, un hermoso jardín decoraba el frente del salón de reunión más importante que había en el Olimpo, aquel donde los dioses se juntaban a establecer y debatir las leyes y condenas del Universo entero.
—¡Ikki! El último palacio del mundo celestial… ¡puedo sentir el ilimitado cosmos de Zeus en su interior! Su gran ira hace temblar los cielos, parece que la muerte de sus ángeles y de los otros dioses lo terminó por enfurecer… —manifestó Seiya mientras veía como repiqueteaban truenos en los alrededores.
—Zeus es el más poderoso de todos los enemigos al que nos hallamos enfrentado alguna vez. Pero venceremos, sin importar los medios…tal vez su ira lo haga ser menos sensato y cometa algún error.
—¡Aunque partamos al Hades ésta noche obtendremos la victoria por Atenea! ¡Lo haremos también por nuestros hermanos, Shun, Hyoga y Shiryu! Por ellos, y por los santos de oro que resplandecen en las estrellas de la elíptica zodiacal, por todos los jóvenes santos de bronce y plata que murieran en todo este infinito periplo, también lo haremos por los santos legendarios que tanto sacrificaron por Atenea. ¡Vamos Ikki, que nada nos detenga!
Sin más, los santos se preparaban para atravesar el jardín, cuando repentinamente una lluvia de agua dorada se desató sobre el vasto pastizal, la única planta que crece entre las nubes eternas.
—Qué extraña esta lluvia dorada… —musita Ikki. —Tal parece que es el desprecio de Zeus que cae sobre nosotros.
Mientras la lluvia azotaba los pastizales del jardín, los santos bajaron la cabeza y notaron que las gotas de la lluvia creaban pequeños y profundos agujeros entre las nubes que sostenían a las plantas, algo en las profundidades de las mismas parecía moverse, enseguida Seiya e Ikki sienten terribles ardores en sus piernas y perciben como cientos de hormigas salían de donde habían caído las gotas doradas, trepando ahora por sus cuerpos.
Los insectos poseían un veneno en su mordida que paralizaron los cuerpos de los japoneses, que fueron cubiertos por millones de hormigas que brotaban en el jardín, una marea roja es en lo que había convertido el lugar que antecedía al Salón Ecuménico.
La marea roja, que eran pastizales cubiertos de hormigas, comienzan a resplandecer con luces celestes y naranjas, entonces un abrasador fuego y una energía fulminante acaban con todos los insectos que tenían encima y en los alrededores.
Los santos con gran esfuerzo se disponían a avanzar cuando observaron que bajo las cenizas de lo que alguna vez fue un gran pastizal había cientos de hormigueros. Un temblor sacudió el suelo y de los hormigueros se extendieron grietas que pulverizaron el piso, dando paso a los mirmidones, unos guerreros humanos, todos exactamente iguales entre ellos, vestían corazas que asemejaban a una hormiga.
—Acaso estos serán… —murmura Seiya. —¿Los legendarios mirmidones?
—¡Debe ser! Se decía que Zeus era capaz de convertir los hormigueros en un ejército poderoso e interminable para que lucharan por él. No hemos llegado hasta aquí para ser detenidos por unas hormigas mutantes… —contestó Ikki en forma burlona.
Los mirmidones plantaban batalla mano a mano a los santos, que los combatían sin usar sus cosmos, los extraños guerreros se caracterizaban por una coordinación absoluta, sincronizados los unos con los otros para defenderse entre todos y atacar al unísono. Por si fuera poco, los que iban cayendo eran rápidamente reemplazados por los que estaban detrás, en lo que parecía ser un ejército interminable.
—¡Zeus nos subestima! —manifestó Ikki. —Es un manotazo de ahogado.
—¡Tienes razón, es ridículo…METEORO DE PEGASO!
—¡ALAS LLAMEANTES!
Los meteoros por un flanco y el fénix ardiente por el otro, limpiaron la escena de todo mirmidón, de los cuales no quedo un solo rastro. Repentinamente el piso comenzó a moverse.
—¡Zeus solo pretende quitando energías, vamos antes de que aparezcan de nuevo!
En una carrera cósmica atraviesan al lugar y llegan al próximo escenario.
Salón del Ecuménico.
Se trataba de un recinto hecho de mármol blanco y detalles de oro. A medida que avanzaron una luz blanca de divina pureza brilló, entre la luminosidad podía verse a Zeus erguido de forma imponente, vestía un elegante atuendo de hermosas sedas, su rostro reflejaba autoridad y una confianza infinita, sus ojos brillaban al compás de los truenos y sus cabellos blancos caían por debajo de sus hombros.
—¡Zeus! —exclamó Seiya apretando su puño, su espíritu se tensó de repente, pero su valor era inquebrantable. —¡Esperaba con ansias este momento…de usar mis puños en la batalla final!
—¡Impetuoso como siempre Pegaso! Tu esencia es auténtica… ¡auténtica y despreciable! —responde Zeus con fastidio, mirando con desdén a los mortales. —¡Mucho has alardeado tú y los otros, pero no será la primera vez que caigan ante mi infinito poder, miserables!
—¡No esperaba menos de un dios, que arrogancia y vanidad! —contestó enojado Seiya, Ikki también mostraba un rostro furioso. —¡Has causado miles de desgracias en los pueblos de la Tierra, muere desgraciado, METEOROS DE PEGASO!
—¡Pagarás todos tus terribles crímenes Zeus…ALAS LLAMEANTES!
Un cometa descomunal con cola de fuego era arrastrado por el vuelo de un Fénix de rojiza energía, pero todo el furor de las portentosas técnicas se diluye de repente, generándose una onda expansiva, al disiparse la radiante luz puede observarse el tótem de la kamui de Zeus, que tenía la forma del dios, la misma se separa en partes y visten el cuerpo del supremo, que sostenía en su brazo un cetro que era similar a un rayo.
—¡Esta es mi kamui, la más poderosa entre los doce olímpicos, ni siquiera podrán dañarla y lo que sostengo en mi mano derecha es la égida! —proclama Zeus. —¡El mundo y sus habitantes están podridos, por eso debo crear un nuevo mundo, purificado! Con seres que no quieran matarse los unos a los otros, que no se rebelen contra el orden cósmico de las jerarquías divinas, que acepten su papel en el Universo y vivan entregados a su destino.
—¡Dirás al destino caprichoso que escogen los dioses para los mortales, con cual derecho se creen para someter nuestras vidas a su voluntad! —dijo Ikki colérico, su cosmos hervía infinitamente.
—El derecho divino de mi ser como heredero de los seres creadores, Urano y Gea, y legítimo rey del Universo conquistado en sagrada batalla contra mi padre, el titán Cronos.
—¡Ningún linaje ni título te da derechos sobre la vida de los demás seres! —manifestó Seiya.
—¡Insolente! ¿Quiénes son unos inmundos mortales para cuestionarme? —contestó Zeus iracundo. —Desaparezcan como el error de la creación que representan. —al levantar la égida y apuntar a los santos, una hermosa danza de rayos se precipitó sobre sus enemigos, volteándolos duramente al lujoso piso.
—Así como Poseidón se vale del tridente y Hades de su espada, la égida es el arma de Zeus… —susurra Seiya mientras se reincorpora con cierta dificultad.
—Ese ha sido solo el reflejo de la égida. ¡Arrebataré sus miserables vidas, seres despreciables del sucio mundo! —exclama Zeus con soberbia. —Ustedes han causado gran oprobio en los dioses. Los santos y mi indomable hija Atenea…pero ya sólo quedáis dos de ustedes, los demás han caído mordiendo el polvo, ahora tendrán la gloria de perecer a manos del dios más grande…
—Te has salvado gracias a tu kamui Zeus, pero juro que… ¡salvaré el planeta de las manos de los dioses malignos como tú, METEOROS DE PEGASO!
Los potentes y temibles meteoros de Seiya eran desviados a medida que se acercaban a Zeus, su solo cosmos detenía todo su poder.
Ikki salta de repente y lanza su ilusión fantasma con la intención de sorprender al dios, pero Zeus enciende su cosmos y la técnica se diluye, luego la divinidad apunta con el índice de su mano zurda y unos relámpagos vigorosos estremecieron los cuerpos de los mortales, que cayeron al suelo duramente, las armaduras divinas protegieron sus cuerpos, no obstante sufrieron algunos daños de consideración.
—Que fuerza tiene…siento que ha quemado mis entrañas con ese rayo, nuestras mejores técnicas al unísono no dieron resultado… —musita Seiya, que abría sus ojos con dificultad, pues estaba aturdido después de ser alcanzado por los furiosos truenos del dios.
—Ustedes son la última resistencia de la humanidad y ahora…van a desaparecer.
—Todos los santos caídos en combate han dado sus vidas para que derrotemos a Zeus, no podemos morder el polvo… —exclamó Seiya encendiendo su enorme cosmos, logrando con dificultad ponerse en pie, Ikki lo miraba desde el suelo, tratando de reincorporarse.
—Valiente Pegaso, admiro tu gran tenacidad… —musita el dios con los ojos brillando. —Pero tus nervios están quemados y tus fuerzas pronto te abandonarán ante la impotencia del fracaso humano.
—¡Atenea, dame tu poder para vencer…METEOROS DE PEGASO!
El cosmos de Pegaso se eleva de forma superlativa, las estrellas fugaces que superaban la velocidad de la luz eran cada vez mayores, repentinamente la pared invisible que protegía al dios se resquebrajó y los meteoros se filtraron amenazantes contra Zeus, sin embargo cuando estaban a punto de rozarlo se quedan suspendidos en el aire abruptamente.
—¡Su poder es mucho mayor al de todos los dioses que he conocido…! —reflexiona en silencio Seiya. —¡No puede ser! —exclamó abrumado.
Sin responder, el emperador celestial señala a su enemigo con su égida y los incontables meteoros regresan inesperadamente sobre Seiya, que es golpeado incesantemente en todo su cuerpo, hasta chocar duramente contra una de las paredes, su armadura divina presenta grietas por doquier.
El dios concentra un potente rayo en su mano, dispuesto a lanzarlo para fulminar a Seiya, pero mientras el rayo surcaba su trayectoria letal, Ikki reacciona y consigue interponerse entre el ataque y Seiya, siendo alcanzado de lleno por el temible ataque de Zeus, que lo fulmina hasta carbonizarlo junto a su armadura divina.
—¡Ikki! —grita desesperado Seiya.
—No te preocupes, pronto te unirás a él… —susurra Zeus.
El cosmos de Seiya se eleva al infinito, en los ojos del humano había tan solo ira y odio, la impotencia lo abrazaba con fervor.
—¡Esa es la mirada de la corrupción humana, los humanos son solo capaces de sentir odio, disfrazándolo en ocasiones de amor, pero en realidad son criaturas perversas!
—¡Calla mentiroso…METEORO DE PEGASO!
El cosmos de Pegaso sigue elevándose cada segundo un poco más, nunca había ardido tan poderosamente, las estrellas fugaces avanzaban superando la velocidad de la luz, se trataba de meteoritos que superaba la cifra de los decallones.
Zeus atrajo inesperadamente cada uno de los decallones de meteoros, los cuales fueron absorbidos en la palma de su mano, todo resplandor se apagó abruptamente, para luego explotar el Salón Ecuménico, tras la polvareda se divisaba al rey de los cielos acercándose a un inconsciente Seiya, que estaba semienterrado en unos escombros, en dicho momento el dios intenta apuntar la égida contra su enemigo, pero unas plumas anaranjadas aparecen clavadas en su mano, lastimándolo ínfimamente.
—¡Zeus, jamás pensé que sería tan fácil engañarte! —manifestó Ikki encendiendo su cosmos al infinito.
—Así que se trató solo de una ilusión, ya me parecía un poco extraño que una armadura divina fuera calcinada tan fácilmente. —contestó el dios.
—¡Mis puños arden como el fuego, te haré sentir las alas divinas del Fénix!
—¡Las alas divinas del Fénix eh! —responde Zeus con ironía. —Tu armadura inmortal siempre fracasará, su poder no se compara con mi kamui, como tu cosmos no se compara con el mío.
—¡Tu soberbia no amedrentará mi furia Zeus! ¡ALAS LLAMEANTES DEL FÉNIX!
Dando un paso al frente, el dios supremo, estiró su mano y el divino Fénix que superaba la velocidad de la luz se detuvo abruptamente, extinguiéndose entre sus dedos, ante la atónita mirada del santo.
Tras un silencio atroz, la deidad elevó su infinito cosmos y el cuerpo de Ikki era recorrido por una cantidad sobrenatural de volteos, sus entrañas eran calcinadas furiosamente y su armadura divina fue destruida completamente, pero a último momento el santo lanza su puño fantasma, luego todo su ser desapareció por completo.
—Ese es tu fin, Ikki de Fénix… —susurró Zeus calmando un poco su ira, luego observa a Seiya, quien yacía inconsciente, se dispone a ejecutarlo pero repentinamente queda paralizado y sus ojos se pierden en sus pensamientos.
Inconsciente de Zeus.
Era la final de la Titanomaquia, Zeus acababa de vencer a Cronos, la égida era el nuevo símbolo de poder en el Universo, entonces el derrocado amo del tiempo pronuncia sus últimas palabras.
—Lo mismo te pasará a ti…está escrito en el oráculo, la maldición de Urano, ahora será la maldición de Cronos y algún día será la maldición de Zeus… —dijo riendo por el horrible destino que auguraba al nuevo rey de los dioses, su cuerpo estaba letalmente dañado por tremendos rayos y su soma había sido destruida por completo, una última carcajada precedió a su último aliento.
Sueño de la profecía.
Zeus se encontraba vencido, su égida destruida y su kamui rasgada por doquier, su cuerpo estaba lleno de heridas y ya no podía mantenerse en pie, Atenea se acercó y atravesó de forma implacable el corazón del rey de dioses.
Presente. Ruinas del Salón ecuménico.
El soberano de los cielos tenía los ojos desorbitados, siempre supo que se trataba de una ilusión, no obstante aquel miedo que siempre trató de eliminar en lo más profundo de su ser se hizo presente nuevamente, la profecía del oráculo, la maldición de Urano, la maldición de Cronos, ahora la maldición de ¿Zeus?
En dicho momento la bronca comenzó a apoderarse de él, cuando atinó a levantar la vista pudo ver como Seiya recuperaba poco a poco la consciencia, al sentir como se apagó bruscamente el cosmos de Ikki, gruesas lágrimas caían de su rostro, el último de sus amigos también había muerto, sentía que cargaba con sus vidas a sus espaldas.
—¡Muere tirano, COMETA DE PEGASO!
Un brillante y descomunal cometa avanzaba superando la velocidad de la luz, generando un enorme estruendo, Zeus atinó a interponer la égida, con el objetivo de extinguir la violenta técnica, pero la luz de Seiya era inextinguible, el rey de dioses estaba a punto de ser golpeado, pero una nube celestial lo rodeó y lo protegió del terrible ataque.
—¡Tu cosmos ha crecido, pero soy el supremo entre los dioses! —expresó iracundo Zeus. —¡Es tu final pecador…!
El universo aparece repentinamente modificando el escenario, al tiempo que pulsos eléctricos infinitos cubrían todo el espacio, en una especie de mapa del universo eléctrico, aquel que apuesta por las teorías del multiverso, donde cada chispa eléctrica es un universo que contiene infinitas galaxias de incontables estrellas, la estructura de la creación.
Seiya estaba en medio de aquel terrorífico y hostil sitio, encendiendo su cosmos al infinito para resistir la muerte, su cuerpo recibía heridas hasta que su energía comenzó rebalsarse infinitamente, a sus espaldas resplandecía la imagen cósmica de un hermoso e imponente caballo alado.
—¡Con ese enorme poder me has derrotado en el pasado! —dijo Seiya exhibiendo múltiples heridas. —¡No volverá a funcionar Zeus!
—¡Tu tenacidad es digna de un dios, jamás imaginé que un humano pudiera oponer tanta resistencia, incluso Cronos pereció con ese ataque! Pero tu cuerpo no resistirá todo mi poder…
El dios acumula una potente descarga de energía en sus manos y súbitamente un rayo atacó de forma voraz, Seiya intenta evitarlo pero repentinamente siente como su cuerpo se entumece, una nube oscura cubre su cuerpo, sintiendo a continuación una fuerte descarga de rayos, los truenos destrozaba los tímpanos y los relámpagos diseminaban una poderosa luz, capaz de cegar a quienes la observaran, el ropaje sagrado de Pegaso es destruido por completo, su hombro había sido herido dolorosamente, finalmente cae al suelo devastado.
—Es el fin, jamás hubiera imaginado que los humanos pudieran llegar tan lejos, los hijos de aquellas figuras de barro que alguna vez hizo Prometeo, devastaron al Olimpo…
Al cabo de unos segundos, Seiya mueve su mano con su inquebrantable fuerza de voluntad, su mente se fortalece hasta ponerse de pie, tambaleante pero con su mirada fija en Zeus.
—¿Hasta cuando quieres insistir Seiya de Pegaso? —preguntó Zeus dando la espalda a su enemigo. —¡Ya ha caído Fénix rendido tras intentar lo imposible ferozmente, es cuestión de tiempo vuestro fracaso!
—He resistido todas mis heridas pensando en que tenía que llegar hasta aquí para salvar a los sobrevivientes y que la humanidad siga existiendo, ¡con todos los sacrificios de mis amigos a cuestas, Shun, Shiryu, Hyoga e Ikki…esto es por ustedes…METEOROS DE PEGASO!
Las estrellas fugaces superaban fácilmente la velocidad de la luz, decallones de golpes mortales embestían, el dios supremo abre sus ojos con gran atención, pronto supo que ese no era cualquier ataque ni siquiera para él, era muy distinto a los anteriores. Los puñetazos de luz comienzan a sorprender inauditamente al mismísimo Zeus, quién recibe varios golpes en varias zonas de su cuerpo, pero pronto hace estallar su cosmos deshaciendo los meteoros que seguían siendo enviados por el puño justiciero del santo.
—¡Tampoco pude…! —se lamenta Seiya. —¿Acaso de verdad es invencible?
—¡Has conseguido golpearme, tu blasfemia merece un castigo ejemplar, el Tártaro te quedará chico, tu destino es desaparecer en el olvido por mis propias manos!
El cosmos infinito de Zeus empieza a expandirse por todo el Universo, que crujía con los terribles truenos, el cuerpo de Seiya estaba paralizado y el dios se disponía a asesinar al último santo con vida.
