CAPÍTULO DOS – PESADILLA

Salí de mi casa apresuradamente, como si corriendo quisiera dejar atrás la sensación extraña que tuve cuando Morinaga tomó mi muñeca y me miró con esos hermosos ojos verdes de carnero degollado. ¿Era posible aquello? Nunca, jamás, sentí nada igual. A pesar de salir con chicas (cada vez con menor frecuencia), siempre evadía la intimidad con ellas y, si se daba, terminaba jugando a videojuegos o mirando películas de acción con las más tolerantes, o abandonado entre palabras despectivas por las que habían tenido algún tipo de expectativa de sexo conmigo. Más de una vez me lo habían dicho, «debes de ser marica», hasta el punto de venir algunas veces a mi despacho a contarme que su novio las había despechado, o de qué color debían comprarse la blusa para que les combinara con esta o aquella falda. Yo las mandaba invariablemente a paseo, recordándoles que era su superior y que mi vida no era asunto suyo, y entonces iban a coquetear con Masaki. Estaba convencido de que algo malo pasaba conmigo, pero no le daba la menor importancia. ¿Miedo? Seguramente; demasiado horror en mi cabeza, desde que me quedé solo de niño al perder a mi madre, y después al elegir este trabajo y ver todos los días tantas atrocidades. Imaginaba que mi líbido se había ido detrás de Ise y su cuerpo maltratado, no podía imaginar una escena con desnudos sin que esa imagen viniera a mi cabeza, y relacionaba ese hecho con mi falta de reacción ante cualquier estímulo físico. Una reacción que, por otro lado, acababa de sentir bajo el tacto de Morinaga, de su mirada bovina. Un cosquilleo extraño que me subió por el brazo y me ahogó la garganta por un segundo. Sacudí la cabeza para despojarme de aquello; era necesario centrarse en el caso, ahora que aquel actor tontorrón estaba en mi casa, a buen recaudo.

–¡Eh! ¿Todavía aquí? –La voz de Masaki me sacó de pronto de mis cábalas. Miré hacia la calzada y le vi en el coche policial de camuflaje, sin pinturas distintivas ni luces sobre el techo– Qué pasa, ¿te has dormido?

–Más o menos. Me vienes bien, llévame a la comisaría.

–No me digas que has dormido con una chica, por fin... –me dijo en tono burlón, mientras me subía a su izquierda.

–Déjame en paz, anda, que tenemos un caso importante. Vamos a tratar de llevarnos bien mientras te aguante, así que no me apures.

–Venga, Sou, reconócelo: sólo yo te gusto, por eso no te acuestas con las chicas...

Le di un empujón en el brazo que estaba empezando a rodear mi cuello, lo que causó que diera un golpe de volante que nos sacó del carril.

–¡Eh, no seas tan bruto, que nos matamos!

–Pues no vuelvas a tocarme si no quieres ser el primero en morir.

Entramos a la comisaría y fuimos directos a mi despacho. Se sentó en la butaca del otro lado de mi mesa.

–Y bien, ¿qué tienes?

–Un caso anterior con la misma carta –le dije, y le mostré en mi ordenador el caso de Shinichi Tachibana. Un largo silbido salió de sus labios. Después me miró con fijeza.

–¿Hay algo más?

–Isogai no me ha dicho nada más, pero sigue buscando –No tenía la menor intención de informarle sobre la llamada que recibí, ni sobre el nuevo anónimo que le habían dejado a Morinaga bajo la puerta de su habitación en el hotel. Sabía que es delito ocultar información, pero sentía la necesidad de manejar todo el caso, sin intromisiones de otros. Aparte, no me fiaba de nadie.

–¿Has informado a la comisaria Hiroka?

–Acabamos de llegar, ¿no? Además, si no me pregunta, prefiero darle el plato terminado, y no mostrarle el resultado de cada ingrediente.

–¿Y Morinaga? –Una mariposa voló desde mi estómago hacia mi garganta al oir ese nombre, tan de improviso.

–Él está bien, no te preocupes.

–Esperemos que no salga, las estrellas son caprichosas.

–No lo hará, descuida –me miró, entrecerrando los ojos.

–Espero que no le hayas pasado información confidencial de la policía, ¿eh?

Tragué fuerte, tratando de poner cara de póker.

–Claro que no, sólo le he dicho que me haga caso.

–Bueno, si se lo has dicho con esa cara de tirano que pones, seguro que te lo hará –me dijo, sonriendo socarronamente. Le miré con fastidio.

–Vamos a ver a Sato, tiene que pasarme un informe de grafología.

–¡Guau! ¡Un placer verla de buena mañana! –me dijo con entusiasmo.

–El informe de grafología es claro en algunas cosas y ambiguo en otras –nos dijo la inspectora Sato, mirándonos alternativamente a Masaki y a mí al pronunciar la palabra «ambiguo». Me pregunté qué estaba pensando, pero preferí centrarme en su plática–. Por ejemplo, parece un individuo controlador y muy organizado. Su letra no indica su sexo, pero sí su gran capacidad intelectual. Parece una persona manipuladora, retorcida y llena de amargura. Sus trazos indican ausencia de modelo paterno, cosa que substituyó con su propia personalidad dominante. Desde luego, es una persona psicopática.

–Eso es deducible por el contenido de la carta.

–No es una deducción, inspector jefe, es una certeza. Los picos superiores de las letras no son constantes e indican un esfuerzo por parecer lo que no es. Es como si estuviera controlando constantemente a la bestia que lleva dentro.

–Muy bien, pues yo la controlaré definitivamente cuando la encierre entre rejas. Gracias, Sato –le dije, mientras nos giramos para irnos.

–Masaki san –dijo ella. Mi compañero se giró– ¿Tienes algo que hacer esta noche?

–Bueno –dijo él, con una sonrisa ladeada– eso depende del inspector jefe –añadió, pasando de nuevo un brazo sobre mi hombro, que yo me saqué inmediatamente de encima.

–¿Eres idiota? ¡No le hagas caso, Sato, sólo quiere marearnos! –Me dirigí a mi desinhibido compañero– Déjate de tonterías, que tenemos un caso importante, ¿vale? Y tú, Sato, te digo lo mismo. ¡No coqueteen en el trabajo, esto no es un burdel, es una maldita comisaría!

Me di la vuelta y me dirigí a la escalera sin mirar atrás. Llegando el invierno, y ellos actuaban como si fuese primavera. Qué asco de gente. Salí a por un café, necesitaba tomar el aire.

Sentado en un bar, con un cigarrillo en la mano, tomé mi teléfono móvil y marqué el número que Morinaga me había facilitado.

–¿Inspector Tatsumi?

–Morinaga, ¿todo bien?

–De momento sí, inspector. He puesto el televisor, pero estoy utilizando sus auriculares para no hacer ruído.

–Bien hecho –vaya, parecía más listo de lo que aparentaba.

–Ah, también comí algo de la nevera, no había gran cosa. Hice cacao y comí galletas.

–No te preocupes, a la vuelta compraré algo.

–Inspector.

–Dime –su voz era hermosa y sonaba muy bien en mi oído.

–Gracias, de verdad, lamento profundamente las molestias.

–No digas tonterías. Sigue igual, no te preocupes y haz lo que quieras, siempre que no hagas ruído. Nos vemos en casa.

Y colgué el teléfono, pensando que ese «nos vemos en casa» había sonado reconfortante. Mientras aquel caso durase, no iba a volver a un piso vacío. Era absurdo, pero la sensación grata me inundó durante todo el día.

Masaki me acompañó con el coche de nuevo. Aparcó mal ante mi puerta, ya que no había sitio para estacionar correctamente.

–Es un fastidio que Isogai no haya dado con más datos.

–Es que no los hay. El muchacho de Hokaido simplemente desapareció, sólo tenemos la carta. Sin cuerpo no hay nada. Y en cuanto a Ise, ya estudiamos todos los indicios, y todo era horriblemente impersonal. Ahora solo tenemos la carta de Morinaga –me callé un momento; también teníamos mi llamada, aunque era de número oculto. Yo había pedido que la rastrearan a la compañía telefónica y estaba esperando su contestación. Y la nueva carta de Morinaga, sin duda sin huellas. No gran cosa– Desgraciadamente, poco podemos hacer salvo esperar su siguiente movimiento.

–Si eso se da en el hotel Marriott, nos enteraremos. Casi todo el personal de limpieza son ahora agentes camuflados, alerta ante cualquier acercamiento sospechoso a la habitación de Morinaga. Oye, Tatsumi –me dijo Masaki, con un tono algo sombrío– ¿no tienes miedo?

No entendí su pregunta. No sabía a qué se refería exactamente, si a mis fantasmas o a los innegables riesgos del caso.

–Nosotros no tenemos derecho a tener miedo –le contesté–. Mucha gente depende de nosotros, nuestra misión es hacer que ellos no tengan miedo.

–Precioso, Tatsumi. Pero no me has contestado, ¿tienes miedo?

Le miré a los ojos.

–Supongo, es inevitable.

–Aquel caso... –prosiguió– te hizo daño, ¿verdad? Mucho daño... –puso su mano tras mi nuca. Me aparté bruscamente.

–¿A qué estás jugando? ¡Déjame en paz, Masaki!

–Bueno, no te enfades, sólo quería reconfortarte... –me dijo, con una linda sonrisa.

–Pues no lo necesito, gracias –le contesté, bajando del coche abruptamente–. Mañana no vengas a buscarme, yo vendré a la comisaría.

Me encaminé al supermercado de al lado de mi casa, sin mirar atrás. Pude oír el motor ponerse en marcha y el coche alejarse. ¿Qué le pasaba a Masaki? ¿Era posible que tuviera ganas de tener una aventura conmigo? Dios mío, qué locura. Y su tono... «¿tienes miedo?», me erizaba los pelos de la nuca. Él estaba a mi lado cuando encontramos el cadáver de Ise. Recuerdo su aplomo, a pesar de mi impresión... Tenía que pensar despacio en todo ello.

Subí a la casa con algunos alimentos en una bolsa y abrí la puerta. Todo parecía normal. Al entrar, me di cuenta enseguida del orden y la limpieza que me rodeaban: los suelos, la ausencia de polvo y de desorden. Gratamente asombrado, entré en el salón y encontré a Morinaga con mis auriculares, ante el televisor, viendo una película en blanco y negro. Pensé que, si ponía una mano en su hombro, podía darle un infarto, de manera que encendí la luz de la lámpara del techo para llamar su atención de forma menos contundente. Se giró con un grito ahogado y me miró con fijeza, apretando su pecho junto a su corazón con fuerza.

–¡Uf, Tatsumi san, qué susto!

Sonreí.

–No podía hacer otra cosa, no me has oído entrar. Por cierto, pon el sonido más bajo, imagina que no hubiera sido yo.

Me miró con horror.

–Es cierto, no lo había pensado. Prometo ser más cauto.

–No te preocupes, en principio no tienes por qué –le mentí. Estaba claro que el asesino de Ise nos estaba siguiendo de cerca, yo solo esperaba que no descubriera que tenía a Morinaga conmigo.

Me encaminé a la cocina y saqué de las bolsas la comida que había traído, lista para calentar en el microondas.

–Gracias por recoger la casa, parece otra. Pero no tenías por qué molestarte.

–No podía estar todo el día sin hacer nada, Tatsumi san. Ha sido un placer, al menos te puedo ayudar de algún modo con todo esto –Entró en la cocina y se quedó mirando la comida preparada–. Si mañana me traes ingredientes, puedo cocinarte algo. Será mejor que las comidas preparadas.

–No me tientes...A veces voy a comer a casa de mi tía Matsuda, y siempre me traigo fiambreras llenas de comida. Si fuera cada día, me pondría muy gordo –dije divertido. Vi como Morinaga se alejaba un paso de mí y me miraba de arriba abajo.

–Bueno, no te sentarían mal un par de kilos, aunque creo que así estás perfecto –dijo, con un tono sensual que me hizo girarme a mirarle. Lo que vi en sus ojos me hizo enrojecer hasta la raiz de los cabellos.

–Vaya, hoy debe de ser el día del Orgullo Gay...

–¿Cómo? –dijo, sin entender mi susurro, cosa de la que me alegré. Que yo no fuera gay no quería decir que tuviera que menospreciar a ese hombre amable por el hecho de serlo.

–Nada, mi compañero, que me ha estado haciendo insinuaciones deshonestas.

Abrió los ojos de par en par.

–¡Vaya! No me sorprende, eres muy atractivo –mi mirada le congeló–. Lo siento, quiero decir...

–No importa, gracias por el cumplido –dije, sin comprender exactamente qué me estaba pasando, dónde estaba la diferencia entre la repulsa que me había provocado Masaki con sus gestos hacia mí y el agrado que sentía ahora, ante los cumplidos de Morinaga. Sacudí la cabeza–. No es malo que los demás te consideren atractivo, eso tú lo sabrás bien.

Bajó la vista, con amargura.

–No estoy tan seguro. A veces, preferiría pasar desapercibido. Mira en qué situación estamos, por culpa de esos tontos atractivos de los que hablas.

–Oye, eso no es culpa tuya. Si un psicópata se encapricha de ti, no tiene que ver con lo atractivo que seas, sino con lo loco que está él –me miró agradecido.

–Gracias, Tatsumi san –me dijo, con una radiante sonrisa.

Cenamos con calma, bebimos lo justo, hablamos durante horas sin hacer caso de la televisión. Me contó el rechazo que había recibido de sus padres al conocer y confesarles su homosexualidad, su necesidad de hacerse famoso para que estuvieran orgullosos de él, su decepción al ver que le rechazaron todavía más por ello, llamándole «payaso de la farándula», declarando que, de ese modo, sería el mundo entero quien les avergonzaría, porque sin duda su fama traería de la mano que todos supieran de su torcida sexualidad. El abandono que sintió, la absoluta soledad, a pesar de su fama y popularidad.

–Ya ves, Tatsumi san, soy una estrella solitaria.

–Pero tenía entendido que tu manager era tu hermano...

–Lo es –me contestó–. Estuvo tiempo sin hablarme, pero después él mismo se sintió ahogado por mis padres y la presión que ejercían sobre todos los aspectos de su vida, así que se fue. Se casó, pero se divorció al poco tiempo. Imagino que tenía la necesidad de sentirse libre. Entonces se me ocurrió ofrecerle ser mi manager; él no sabía cómo hacer para estar más cerca de mí, y pensé que esa sería una buena forma. Y acerté; desde entonces está conmigo.

–Bueno, entonces eres una estrella un poco menos solitaria.

–No creas, en realidad su vida personal transcurre separada de la mía, ignoro qué hace en su tiempo libre. Pero le tengo lo bastante cerca para que recurra a mí si me necesita en lo personal, ya que en lo profesional soy yo quien descansa en él.

–¿Y dónde está ahora?

–En Tokyo, le dije que se tomara un descanso. Te hago caso y no contacto con él, nadie conoce mi ubicación.

En ese momento, el teléfono de Morinaga sonó. El número era desconocido. Nos miramos a los ojos.

–Contesta –le dije, tajante. Con manos temblorosas, activó el altavoz.

–Diga...

Tu cabello...como el anochecer... –Me miró con los ojos fuera de las órbitas– Tus ojos como esmeraldas... –Hizo ademán de colgar, pero se lo impedí con la mirada– Tus caramelitos de fresa...Morinaga...Morinaga...pronto vas a ser mío, amor, pronto voy a tenerte, estoy cerca, muy cerca... –La llamada se cortó. Morinaga intentó hablarme, pero no le salía la voz. Por mi parte, tomé mi teléfono.

–¿Central de llamadas? Inspector Jefe Tatsumi Souichi. Necesito saber todo lo que puedan decirme de la última llamada del número... –les di su número– Y, de paso, estoy esperando el informe de otra, así que, ¡dense prisa, que esto es para ayer! –A continuación, llamé a Isogai, que se puso al teléfono en el acto– Isogai, averigua los rastreos que se hayan hecho del teléfono de Morinaga en las últimas 24 horas. Necesito un informe lo antes posible.

–¿No puedes esperar a mañana?

–No –le dije, y colgué el teléfono. Miré a Morinaga, estaba amarillo.

–Ta...atsu... –Su voz salía a golpes, el pánico le impedía articular palabra. La voz desfigurada y susurrante del otro lado de la línea le había quitado la energía que había estado mostrando en las últimas horas. Me acerqué a él y le miré de cerca.

–Escucha, esto es bueno. Que de señales de vida nos sirve para rastrearle. Pronto sabremos dónde estaba cuando llamó, y quien ha buscado tu teléfono desde ayer. Todo eso nos conducirá a él, y podremos apresarle.

–Pe...ro...yo... –su voz seguía saliendo a golpes. Estaba aterrado. Recordé las fotos de Ise que le había mostrado y me sentí un ser deleznable por haberlo hecho. No pude sino estrecharle entre mis brazos con afecto, para tratar de calmarle.

–Oye, no intentes hablar. Es mejor que te vayas a la cama, nosotros seguimos investigando.

–No...voy a...poder dormir...

–Bueno, lee entonces. Pero descansa lo que puedas. Anda, acuéstate. Y cierra la persiana, si es que quieres dejar alguna luz encendida.

A regañadientes, Morinaga se fue a la cama del cuarto de invitados. Cuando noté que ya se había acostado, llamé de nuevo a la central de llamadas.

–¿Saben algo ya? –dije, bajando la voz.

–La zona es Nagoya, el parque frente al Museo de la Ciencia –me quedé paralizado. Justo delante de mi casa. ¿Sabría el asesino que Morinaga estaba conmigo?

–¿Algo sobre el número o la identidad del interlocutor?

–Nada, inspector, es una tarjeta de un solo uso. No podemos saber dónde la compró sin la referencia, en su zona hay muchos comercios que las venden, pero puede tenerla desde hace tiempo.

Un bufido de impotencia salió de mi boca.

–Gracias, señorita –dije sin mucha convicción.

Un asesino que anda cerca, justo en mi barrio; una persona dominante, con una personalidad psicótica, que ha asesinado ya a alguien antes, posiblemente a dos chicos más, ambos guapos y populares; alguien con carencias afectivas paternas, organizado y metódico... Seguía mis movimientos, sabía dónde estaba yo, creía a Morinaga en el Marriott, cuyo interior vigilábamos desde que supe que le habían metido una nota bajo la puerta... Miré hacia la habitación de invitados. La mortecina luz de la lamparita de noche pasaba bajo la puerta donde, sin duda, Morinaga no podía conciliar el sueño. Morinaga, sus ojos, su tacto. Su amabilidad, sus insinuaciones inocentes y tan, tan sexys... El rechazo que había sufrido, a pesar de lo cual decidió aceptar con él a su hermano, ser una persona amable y limpia. No, no iba a dejar que le hicieran daño. No mientras me quedasen fuerzas. Lleno de seguridad en mí mismo, sin duda falsa seguridad, me metí en mi cuarto sin apartar los ojos del haz de luz que salía bajo la puerta de esa atemorizada estrella solitaria.

Un ratón...otros dos...los ves correr...ciegos los tres... –La voz suave sonaba apenas a la luz de la luna menguante en la desierta calle, en dirección al parque– Corren tras la mujer del granjero...cortó sus colas con una navaja de carnicero... –Se detuvo, mirando un banco de madera, algo humedecido por la incipiente lluvia de Noviembre. Se sentó y, con sus manos enguantadas, sacó el teléfono de su bolsillo y lo miró.

Eres un idiota, Tatsumi. No sabías nada. Nada de nada. ¿Has aprendido algo? –pensó, mirando la pantalla fijamente– Uno, dos...tres. Chicos guapos, populares, que se ríen de los demás, de los chicos, de las chicas...Se ríen de los correctores en los dientes, de las gafas gruesas, del sobrepeso...Fiestas Sorpresa para poner en ridículo a los pobres parias que se alejan de sus ideales vacuos... Tres chicos guapos, populares... –La lluvia comenzó a arreciar, pero no se movió del banco– Debí haber firmado las cartas...Pesadilla. Sí, me gusta ese sobrenombre. Pero no podía, demasiado histriónico...odio llamar la atención, a la gente que la llama...ellos la llaman...y también los chicos populares del instituto, todos la llaman...si se callaran...si dejaran en paz a los demás...Populares, malditos críos idiotas... –Miró hacia arriba y su cara se empapó con la lluvia. Se levantó del banco y emprendió el camino a través del parque– Te lo has llevado del Marriott,¿ pero adónde? No está, lo sé, y tanta policía...Es tan fácil reconocerles... –Cruzó la calle y se encaminó hacia el Museo de la Ciencia–. Tatsumi, no seas idiota, no me decepciones esta vez...detenme, acaba conmigo...confío en ti.

La comisaria Hiroka miró frente a sí; ante ella, en las sillas que ocupaban la parte frontal de su mesa, nos hallábamos yo, el inspector Masaki, la inspectora de la científica Sato y el agente Isogai, del departamento informático. La comisaria carraspeó, paseando su mirada de uno a otro de nosotros.

–Les he llamado para que contrastemos nuestras diferentes informaciones. Necesito saber exactamente en qué punto se halla este caso, porque me están empezando a presionar. Por un lado, la prensa no hace más que preguntar por el actor Morinaga, que aunque está de año sabático no tiene presencia alguna en las redes sociales, imagino que por instrucciones de usted, Tatsumi.

–Imagina usted bien. No quiero que nadie pueda localizarle.

–Estupendo. Por otro lado, en la Jefatura Superior parece molestarles que estemos desplegando medios por un simple anónimo. Les he hablado de sus sospechas –dijo, dirigiéndose a mí–, pero ya sabe cómo son estas cosas: quien no ve, no cree. De manera que tengo que darles algún hueso que puedan roer mientras esto se resuelve, con la única finalidad de que nos dejen trabajar. ¿Qué pueden ofrecerme? –y alzó la vista de nuevo, mirando a todos los presentes.

–Grafología me ha enviado un informe sobre la personalidad del individuo que ha escrito esos anónimos, así como la confirmación de que los tres son de la misma persona –dijo Sato. Yo tragué saliva.

–¿Los tres? –dijo la comisaria Hiroka, levantando las cejas.

–Sí –añadió Isogai–. Por petición del Inspector Jefe, busqué casos similares y encontré una desaparición hace cuatro años. Entre las pruebas que la policía halló en la habitación del chico, se encontraba un anónimo con la misma letra y la misma estructura textual –Hiroka clavó sus ojos en mí.

–¿Por qué no sabía nada de esto?

–Son indicios. Quería tener algo más sólido antes de venir a molestarla con cada hallazgo –dije, deseándole la muerte a Isogai pero sin apartar la mirada de Hiroka y tratando de aguantar el tipo.

–¿Indicios? ¡Inspector Jefe, no sea usted niño! ¿Indicios, una carta de puño y letra del asesino, de dos años antes? ¿Me está usted tomando el pelo?

–En absoluto, señora. Nada más lejos. Sólo quería...

–Quería presentarme el caso resuelto en bandeja, porque es usted demasiado orgulloso como para pasar cuentas con nadie. Pues le diré algo, Tatsumi: si me vuelvo a enterar de que me está ocultando información, ¡le mando a dirigir el tráfico al cruce de Shibuya! –Eso no sería bueno, pensé. El cruce de Shibuya, en Tokyo, es el cruce más transitado del mundo; no, no sería nada divertido. Hiroka tosió un par de veces, respirando hondo para recobrar su habitual tono monocorde y tranquilo– ¿Alguna cosa más que no me hayan contado?

–Pues...

–¿Sí, Masaki?

–No, nada...sólo que se me había ocurrido que podríamos tratar de encontrar el cuerpo del chico que desapareció hace cuatro años.

–Eso supondría un despliegue de tiempo y medios que no podemos permitirnos ahora en modo alguno, inspector Masaki. Tanto más cuanto que ni siquiera sabemos si el chico murió o si simplemente se largó de su casa. Así que centrémonos en lo que tenemos. Sigan vigilando a Morinaga e infórmenme de cualquier cosa –añadió, clavando de nuevo sus pupilas en las mías; esta vez no pude por menos que bajar la mirada –y quiero un detalladísimo informe completo sobre mi mesa en media hora, con todos los datos que han ido encontrando y ese caso de hace cuatro años, ¿está claro?

Salimos del despacho algo abatidos.

–Ufff, menudo cabreo lleva, ¿eh? –dijo Isogai, con una sonrisa. Le paralicé con una mirada gélida.

–¿Por qué le has dicho lo de Shinichi, capullo?

–¿Estás de coña? ¿Cómo iba a ocultárselo? ¡Es la comisaria, ¿no?! Si me pregunta, yo no le puedo ocultar información. ¡Es más, nos puede caer un puro a todos por tu culpa, por no decírselo tú hace ya días! ¿En qué estás pensando, Tatsumi?

Eso mismo quería saber yo. ¿En qué estaba pensando? En atrapar con mis manos a ese cabrón, en detenerle, en evitar que le hiciese daño a Morinaga, que la luz de esos ojos se apagase...Pero, ¿por qué esa obsesión en ocultar la información? ¿Por qué no me fiaba de nadie?

–Iso –dijo Sato– déjale tranquilo, anda. Él tiene este caso como algo personal, necesita resolverlo solo. No está bien, pero yo le entiendo. Tatsumi –me dijo– cuenta conmigo para lo que sea. Yo te pasaré lo que me llegue antes de decirle nada a la bruja.

Le sonreí.

–Gracias, eres un sol.

–Lo sé. Y más podría serlo, si tú quisieras...

–¡Eh! –dijo Isogai–. ¿No decías que no ligásemos?

–No estamos ligando, celoso. Por cierto, ¿me invitas a un café? –Isogai la miró con los ojos muy abiertos.

–Hecho, ¿capuccino?

–Un momento, Isogai –le detuve–, ¿buscaste lo que te pedí ayer?

–Ah, sí, toma –me dijo, alargándome una lista repleta de números y datos–. Hay tres mil quinientas veinticinco personas que, en la última semana, han buscado el teléfono de Morinaga Tetsuhiro. Si das con nuestro asesino entre todos ellos, enhorabuena.

Y se fue con Sato hacia la puerta, tomados del brazo. Masaki me miró profundamente.

–Y a ti, ¿qué te pasa? –le pregunté.

–Que no lo has dicho todo, y que nos vas a meter en líos.

Me quedé blanco.

–¿De qué estás hablando?

–Esta mañana, los agentes que custodian el interior del Marriott han llamado. Morinaga no está en su habitación, y no es de hoy. ¿Cuánto tiempo creías que pasaría antes de que se dieran cuenta?

Uno de mis peores defectos es que no sé mentir. Cuando me pillan en un renuncio, soy malo para rehacerme. De modo que bajé la vista.

–No lo pensé, Masaki. Sólo sé que el hotel no era seguro para Morinaga.

–Muy bien, ¿y dónde le tienes?

No me atreví a mirarle a los ojos.

–Está a buen recaudo. Recuerda que no es de aquí, tiene amigos y familia en diferentes puntos del país.

–Pero tú no le tendrías muy lejos...necesitas controlarlo todo. ¿Dónde le has llevado?

–¡Te digo que a ningún sitio! –le dije, desafiante–. Está seguro, eso es todo. Cuando todo termine volverá, lo de menos es dónde esté.

Masaki me miró con una sonrisa socarrona.

–No confías ni siquiera en mí, ¿verdad?

–Lo siento, Junya –le contesté, bajando la voz–. No confío ni en mi sombra.

Y me fui al despacho, por alejarme de él. Pero solo llevaba un par de minutos sentado cuando abrió mi puerta.

–No es que no pueda vivir sin ti –dijo en tono jocoso, como si no hubiera pasado nada–. Es que no sé qué piensas hacer hoy.

–¿Podrías hacer una vigilancia?

–¿Yo solo? ¡Qué rollo! ¿Dónde?

–En casa de Morinaga. Es posible que el asesino ronde por ahí, a la espera de que él vaya para algo o salga de la casa, incluso puede haber allanado la morada. Echa un vistazo y dime lo que sea.

–Perfecto. ¿Y tú?

–Yo voy a intentar encontrar un algoritmo. Una constante entre los dos casos y lo que podría ser este tercero, para adelantarme a los movimientos del asesino. Creo que Isogai tiene razón y no estaría de más hallar el cuerpo de Shinichi.

Masaki afirmó con la cabeza y se levantó, en dirección a la puerta. En el umbral, se giró a mirarme.

–No fue culpa tuya.

–¿Cómo dices?

–Lo de Ise. Pasó y punto. Y no le encontramos porque es un cabrón muy listo. No es tu culpa, Tatsumi, no te tortures más, si lo haces perderás los papeles, como me temo que te está pasando en este caso. No hagas tonterías y aléjate dos pasos, míralo con perspectiva, o se te escapará de nuevo –y salió, cerrando la puerta tras él.

Me sacudí la cabeza. Ni mucho menos tenía ganas de pensar ahora en sutilezas mentales; la comisaria Hiroka tenía razón, había trabajo y quien nos presionaba por terminarlo. De modo que hice a un lado mis inquietudes personales y me puse, como le había dicho a Masaki, manos a la obra. Lo primero que hice fue abrir un mapa regional de Japón.

Shinichi Tachibana vivía en Sapporo, la capital de Hokaido. Ise era de la región de Nagoya, en Kansai, como nosotros. Morinaga, de Fukuoka, en la región de Kyushu. Marqué los tres puntos en el mapa. El resultado fue un ángulo de 125 grados que unía el mapa entero, de Norte a Sur, parando justo en medio. El dibujo no me dijo nada como kanji, así que me centré en el número: 125. Sumé los números: daban ocho. Los resté: daban dos. Esas cifras tampoco me decían nada. Me puse a dar vueltas por la habitación; alguna razón debía haber para que el asesino hubiera elegido a las víctimas de esas tres zonas en concreto, totalmente equidistantes y con un punto intermedio. Idols, cantantes, actores...había jóvenes de todos tipos esparcidos por toda nuestra geografía, ¿porqué elegir a esos tres, de esas tres zonas? Cuando mi cabeza empezó a sacar humo, salí a tomar un poco el aire.

Al salir de la comisaría encontré en la puerta a Sato, dándome la espalda y hablando bajo por teléfono. Su gesto adusto era algo que nunca le había visto antes. Parecía enfadada, o mejor contrariada. Preferí alejarme, no fuera a pegarse a mí con la excusa de haber discutido con alguno de sus novietes. Me pregunté dónde andaría Isogai, pero no le vi por allí. Entré en el bar y pedí un café, llamando de nuevo a Morinaga para asegurarme de que todo seguía bien.

–He preparado makis, Tatsumi san. Espero que te gusten –me dijo al otro lado de la línea, con su eterna voz amable.

–Vaya, no era necesario que te molestaras tanto...

–Lo mismo podría decir. Pasa un buen día, te espero por la noche.

Me asombraba que conservase su buen humor, encerrado sin salir de mi casa. Pero si se distraía haciéndome deliciosos platos para la cena, no iba a ser yo el que le llevase la contraria. Me vinieron a la cabeza las palabras de Masaki sobre el hecho de que yo tuviese a Morinaga escondido; debía ser cauto si no quería, como había dicho la comisaria Hiroka, acabar dirigiendo el tráfico en el cruce de Shibuya. De pronto, sonó el teléfono y era justamente Masaki el que me llamaba.

–Tatsumi, hay alguien.

–¿Quién, dónde?

–¿Estás empanado? ¿Dónde va a ser? ¡En casa de Morinaga! Un tipo anda por aquí, a cierta distancia. Ha picado un par de veces, ha subido y bajado.

–¿Estás seguro de que no es un mensajero, ni nada por el estilo?

–No tiene pinta. Voy a acercarme.

–¡Masaki, ten cuidado! –le dije, con la voz alterada, Escuché una risita apagada.

–No te preocupes, amor, me cuidaré.

–Vete al diablo... –le dije, sosteniendo con avidez el teléfono, sin bajar la guardia. Entonces escuché del otro lado la voz de Masaki: «¿Quién es usted?», seguida de un largo silencio– ¡Masaki! –grité. Ante la falta de respuesta, salí corriendo en dirección a la comisaría, tomando del brazo al primer agente motorizado que vi, indicándole que me llevase con toda urgencia a casa de Morinaga, con el alma en un hilo.