CAPÍTULO TRES – MI IDENTIDAD SEXUAL

Me bajé de la moto del agente casi en marcha, escuchando cómo me gritaba de lejos «¡Inspector Tatsumi!», a lo que me limité a responderle que se quedase ahí quieto, mientras yo corría hacia Masaki, que se hallaba en el suelo, sentado sobre la espalda de un tipo al que estaba esposando, ante las protestas de este. Llegué junto a ellos y saqué la mano de mi arma; no iba a ser necesario dispararle a un maniatado. En cambio, le mostré mi placa al vociferante tipo.

–Inspector Jefe Tatsumi, de homicidios. Masaki, ¿qué ha pasado?

–Este tipo llevaba más de diez minutos parado ante la puerta de Morinaga, mirando las ventanas, acercándose al portal y alejándose de nuevo. Entonces, le vi abrir la puerta y le di el alto. Como no me hizo ni caso, lo reduje.

–¡Inspector, no es lo que se imagina! –dijo aquel tipo, de bruces en el suelo y con el peso de Masaki todavía sobre él–. Yo sólo quería saber si él estaba bien, y...

–Perdone –le interrumpí– ¿qué es lo que se supone que me imagino?

–No sé, que he venido a robarle, o a acosarle, supongo... ¡Pero no es nada de eso!

–Bien, ¿y qué es entonces? –El tipo levantó la cara hacia mí y pude ver, a la luz que ya comenzaba a ser escasa a aquellas horas de la tarde, una cara del mismo corte perfecto que la de Morinaga, a no ser por los ojos oscuros.

–Sólo que estoy preocupado. Soy su manager, Kunihiro Morinaga. Y su hermano, naturalmente –Me quedé blanco, sin poder parar de mirar a Kunihiro.

–Masaki –dije, tras sacudir violentamente la cabeza para que la sangre volviera a correr de nuevo– desátale. Y usted, señor Morinaga, si es tan amable, va a venir con nosotros un momento.

–¿¡A comisaría!?

–No, sólo a tomar un café.

El bar olía a madera aromática. En los grandes asientos de sus esquinas, hombres relajados tras la jornada laboral tomaban una copa antes de irse a casa; grupos de compañeros de trabajo bromeaban y reían; una pareja joven se miraba embelesada, sin atreverse siquiera a tocarse las manos. Nos sentamos en uno de los grandes sofás. Instintivamente, Masaki dejó a Kunihiro sentado entre él y la pared, para taparle la huida. Yo me senté delante de ambos y le miré a los ojos con fijeza.

–Y bien, cuéntenos. ¿Qué andaba buscando en casa de su hermano?

–¡Qué iba a ser! ¡Pues a mi hermano!

–Y ¿por qué?

–Oiga, inspector, esto es absurdo, ¿no cree? He ido a casa de mi hermano, al que además hago de manager, porque necesito hablar con él, y me encuentro a este loco que se me hecha encima, y ahora usted me interroga sobre mis motivos. ¡Esto no tiene ningún sentido!

Miré a Masaki. Ciertamente, si Kunihiro no tenía nada que ver en el asunto, era obvio que estaría alucinando al verse detenido e interrogado por la policía al ir a visitar a su propio hermano. Giré un poco la cabeza sin dejar de mirar a Masaki; él alzó las cejas y asintió en silencio. Miré de nuevo a Kunihiro Morinaga.

–Bueno, supongo que merece usted una explicación...

–¡Gracias! –me contestó, mirando de reojo y con gesto de enfado a Masaki, que se hallaba demasiado cerca de él e invadía su espacio personal.

–Verá, su hermano vino a verme. Había recibido una nota amenazante y se asustó. Por eso vigilamos su casa y claro, al verle a usted rondar por allí, hemos tenido que detenerle para interrogarle.

Por primera vez, Kunihiro pareció relajarse.

–Parece razonable. Pero, ¿tan preocupante es la cosa como para que la policía se esté tomando esto tan a pecho? Mi hermano ha recibido siempre muchas notas de todos tipos, y...

Le miré. No podía decirle todo, ni mucho menos. Así que me limité a cerrarme en mí mismo, cosa que siempre se me ha dado bastante bien.

–Bueno, Morinaga san, no queremos correr riesgos. Hemos obrado como creíamos oportuno.

–Pero mi hermano no parecía estar en casa... ¿Dónde está? Ahora estoy más preocupado; me llamó y me dijo que estaría ausente unos días, y si no puedo verle, y después de que me dice usted eso...

–No se preocupe –intervino Masaki–. Él está tan solo cumpliendo con los protocolos en estos casos. No sufra por él, está bien. Contactará con usted en unos días, tan pronto lo creamos oportuno.

–Y sobre todo –añadí– no lo comente con nadie. Piense en la seguridad de su hermano.

–De acuerdo, pero por favor, manténganme informado de todo, estoy francamente preocupado con todo este despliegue –Hizo ademán de levantarse, pero Masaki no se movió.

–Espere un momento, sería bueno que nos explicara todo lo posible sobre esas cartas que dice que su hermano ha recibido en otras ocasiones, cualquier cosa puede ser útil... –dijo Masaki. Le miré de hito en hito; de hecho, la única carta que nos importaba era la nuestra, la que ya teníamos. Si Morinaga hubiera recibido otras iguales, las habría traído todas. Así que, su reacción me extrañó, hasta que vi sus ojos, mirando con cara de tonto a Kunihiro. Me aguanté la risa y miré mi reloj.

–Oh, se me hace tarde. Masaki, habla tú con el señor Morinaga, yo me voy a terminar unas cosas. Buenas noches y disculpe el susto, Morinaga san.

Viendo en la actitud de mi pervertido compañero una excusa maravillosa para irme sin que me sometiera al tercer grado sobre el paradero de Morinaga Tetsuhiro, salí del bar a la fría noche de Noviembre, deseando llegar a casa y probar ese maki sushi que me había preparado mi invitado, mientras una sonrisa se pintaba en mi cara al ver la animada conversación que, dentro del bar, mantenía mi compañero Masaki con Kunihiro.

–Ya estoy en casa –dije, bajando el tono. Encontré a Morinaga en el comedor, preparando la mesa con unas maravillosas bandejas de sushi, con sus respectivos boles de salsa de soja y wasabi. Sin poder evitarlo, me puse a salivar.

–Si me cuidas tanto, no te voy a dejar marchar nunca de aquí.

Me miró, y sus ojos se agrandaron enormemente.

–Bueno, a lo mejor no me importaría –respondió, con su cantarina voz. Le miré.

–Oh, vamos, seguro que estás deseando salir a la calle, después de tantos días encerrado.

–Tengo ganas, sí, pero qué quiere que le diga; un asesino anda tras de mí, así que eso me desanima bastante cada vez que se me ocurre salir, si usted me entiende.

–Claro que te entiendo –le dije, recordando una vez más la terrible situación en la que se encontraba.

La cena fue maravillosa; comí hasta hartarme, tomamos un te rojo delicioso en el sofá y sentí que podría dormirme sin darme apenas cuenta, con aquella paz a mi alrededor que me hacía olvidar lo terrible de todo aquello. Miré a Morinaga; sentado a mi lado, bebía despacio de su taza de te. Una pequeña gota se formó en su labio inferior y se deslizó hasta el borde de este. Instintivamente, la tomé con uno de mis dedos para que no cayera. Morinaga paró de beber de golpe y me miró con asombro. Yo enrojecí hasta las plantas de los pies.

–Yo...perdona...ha sido un impulso...

Sin apartar la vista de mí, dejó la taza en la mesa y, con la boca ligeramente entreabierta, se acercó despacio y yo comencé a sentir cosas que nunca antes había sentido: una bola ardiendo dentro de mi estómago, que ascendía hasta mi garganta, mientras mi cabeza parecía marearse. Mi nariz, llena de su aroma, contribuía en gran medida a maximizar todas aquellas sensaciones. Me desplacé hacia atrás con las manos, pero no tardó en acorralarme en el extremo del sofá. Y, ante lo inevitable, mi boca se abrió ligeramente para recibir su beso, sus labios gruesos que encontraron los míos y parecieron medir su textura, su volumen, presionándolos, devorándolos. Creí que iba a morirme. Sí, tuve la absoluta certeza de que no podría sobrevivir a una sensación tan intensa como esa. Pasaron por mi cabeza todas las veces que alguna chica había intentado besarme, mi angustia ante la idea, mi paso atrás, mi sensación de desagrado. Y ahora, un chico estaba consiguiendo una enorme y contundente erección tan solo saboreando mis labios con los suyos. Entonces, sentí su lengua mojarlos y creí que iba a desmayarme. Abrí más la boca para darle acceso, con un absoluto sentimiento de extrañeza ante mis propias reacciones, y sentí que me recostaba en el sofá, dejándome tumbado, rendido, con la boca abierta, pidiéndole a gritos que entrara en mi vida. Y su lengua encontró la mía y la sensación me galvanizó, me dejó inmóvil, recibiendo, sintiendo, cada vez más y más caliente. Entonces, sus manos tiraron de mi camisa hasta sacarla de dentro de mis pantalones, entrando después debajo y subiendo por mi abdomen, por mi pecho. Tatsumi, ¿qué es esto? En mi mente, vi a mi hermano, diciéndome que era gay. Me vi a mí mismo, reprochándoselo, por todos los problemas que eso le iba a traer. Y ahora, yo...¿era gay? No, seguro. Nunca me había fijado en nadie, ni en hombres ni en mujeres. Y ese chico...Dios, ¿qué estaba haciendo?

–Espera... –le dije, separándole de mí con las manos en sus hombros. Tantas cosas que he visto, tantos horrores...Permanecer frío ante todo había sido bueno, no implicarme...Y ahora...No podía...no debía...

–¿Qué pasa, Souichi? –me dijo dulcemente, mirándome con su preciosa sonrisa, su torso desnudo, sus brazos fuertes, bien torneados, sosteniendo su cuerpo casi sobre mí. Le miré un segundo y esquivé después sus ojos ardientes, tratando de apartarme sin éxito. Sin darse por vencido,Tetsuhiro volvió a comerme la boca despacito, mientras sus dedos desabrochaban los botones de mi camisa. La separó y se apartó un poco de mí, mirando mi pecho desde arriba.

–Dios, tengo que comerte los pezones hasta matarte de gusto.

Un fuerte latigazo me recorrió ante sus palabras y cerré los ojos. Sentí entonces los labios de Tetsuhiro recorrer mi pecho, ceñir mis pezones y atraparlos, pasando después su lengua despacio por ellos. Mis gemidos se hicieron cada vez más incontrolables, mi erección amenazaba con salir sola de mis pantalones, mientras Tetsuhiro bajaba sus manos hasta ellos y me susurraba porquerías al oído.

–Mmm...mira cómo la tienes...está tan dura, Souichi...déjame comprobar si la punta se ha mojado –El ruido de la cremallera fue el sonido más erótico que recordaba haber oído nunca, mientras mi pene saltaba a las manos amables de aquel ángel hermoso– Guau, está empapado...será mejor que le de un beso, ¿me dejas?

¿Un beso? Dios, ¿un beso en mi pene? Sentí de pronto caer sobre mí toneladas de vergüenza y le empujé fuertemente hacia atrás.

–No...no, para, ¡en serio, para ya con esto!

Me miró, sin entender nada. Traté de levantarme del sofá, pero me agarró la cintura y volví a quedarme sentado junto a él.

–¿Pero, qué te pasa? Oh, me dijiste que eres virgen, ¿verdad? Oye, en serio, ¿no eres un poco mayor para eso?

–¿Qué dices? No es eso, es que yo...que yo no... yo no soy gay, ¡demonios! ¿Cómo iba a mirarme al espejo si tú...si tú y yo...? ¡Que no, que no puedo, déjame!

Me tomó de la cintura con suavidad, pero con firmeza, y me obligó a mirarle.

–Souichi, yo no he dicho que seas gay. No sé si lo eres, pero no me importa. Estoy...me siento tan feliz de estar así contigo ahora...Tus besos son maravillosos, tu piel...su olor tan dulce...y su sabor –me decía, bajando con su boca por mi cuello nuevamente.

–Oye, oye... –Le separé y le miré a los ojos de nuevo– Morinaga, yo no puedo, de verdad. Eres un chico...maravilloso, pero yo no he tenido sexo con un chico nunca, ¿entiendes? Esto es raro, no me siento a gusto, no me parece normal –le dije, recuperando algo de aplomo.

–Pero...Sou, ¡me paso el día aquí solo, hago todo lo que me dices, soy obediente! –me contestó, en tono suplicante–. No he salido de casa ni una sola vez desde hace días; no soy un flojo, podría a lo mejor enfrentar a ese loco, pero te he hecho caso y no he salido porque no quiero que te preocupes innecesariamente. Además –acentuó su carita de pena– te limpio el departamento, cocino para ti...y sólo quiero tocarte...

–¡Eh! ¿Me estás haciendo chantaje? ¿Me pides que te pague con sexo a cambio de tu ayuda en casa? ¿De qué vas? –le pregunté, totalmente indignado.

–¡Oh, no, yo jamás haría eso! Es solo que las cosas han venido así, y tú estabas tan excitado... Porque lo estabas, eso puedo jurarlo...Dios, tus gemidos me han puesto muy caliente –me susurró al oído, y su aliento tibio me erizó los pelos de la nuca–. Souichi...eres tan, pero tan sexy...sabes, me estoy volviendo loco por ti...

–No digas...ton...terías... –le contesté, mientras comencé a sentir de nuevo la punta de su lengua en mi cuello–. Estás solo aquí, te aburres y yo soy lo único que tienes a mano...

Ahora fue él quien se separó, mirándome con alarma.

–¿Eso crees? ¡Pues te equivocas! Te aseguro que me haces sentir cosas que yo nunca antes... –se detuvo, al verme entornar los ojos, esperando de nuevo sus besos en mi cuello. Y estos llegaron en cadena descendente, y comencé a dejarme caer de nuevo. Sabía bien, por mi profesión, que la vida es demasiado corta, que pasan demasiadas cosas malas y muy pocas buenas. Y aquel ángel, besándome así... De manera que le eché los brazos al cuello y le atraje hacia mí.No me moví, no dije nada. Tetsuhiro bajó su boca más y más abajo, acarició mis pantalones y mi dureza alcanzó de nuevo su punto álgido en un segundo. Lo demás vino solo; apenas me hallé dentro de la boca de Tetsuhiro y sentí su lengua recorrer mi miembro, me corrí sin poder evitarlo. Jamás en toda mi vida había sentido nada como aquello...hasta que sus dedos entraron en mí despacio, húmedos de mi esperma, mientras él me besaba sin cesar y me susurraba al oído.

–Eres lo más hermoso que he tocado en mi vida...necesito hacerte sentir bien, reconfortarte...necesito volver a oírte gemir así... –y justo en ese momento, tocó un punto que me hizo arquear la espalda y, con mucho esfuerzo, contuve un grito de placer. Le miré; quería más– Espera, cariño... –dijo, y sentí otro dedo moverse dentro de mí, primero despacio; luego, cada vez más deprisa, hasta que sentí que iba a correrme de nuevo. Entonces retiró sus dedos y me sentí decepcionado.

–¡Espera! ¿Por qué...paras...?

En respuesta, sentí su erección presionar mi entrada despacio y penetrarme sin mucho esfuerzo, gracias a la estimulación previa, mientras mis piernas se colgaban de sus hombros. Y se quedó así, mirándome desde arriba, ambos unidos en lo más íntimo. Me sonrió y me acarició el pelo.

–Creo que te quiero.

Abrí mucho los ojos. Dios, ¿qué estaba pasando? ¿Qué era todo ese baile de hormonas, de emociones, que no eran solo mías, sino de los dos? ¿Acaso estas cosas se retroalimentan? ¿O era solo el capricho de un actor que está viviendo una inquietante aventura? No pude decir nada, sobre todo porque Tetsuhiro empezó a moverse, tocando aquel mismo punto que había alcanzado antes con sus dedos, pero esta vez de forma más contundente, con pequeños empujones que se iban intensificando. Y sentí que iba a reventar de placer cuando agarró mis muslos, los separó ligeramente y besó la cara interior de uno de ellos, para embestirme después cada vez con mayor pasión, aumentando sus gemidos, que hasta ese momento habían sido inaudibles. Escucharle gemir con los ojos cerrados mientras me penetraba una y otra vez me volvió loco y, en un momento, nos corrimos juntos.

Me quedé tumbado a su lado, mirando el techo. Tomó mi cabeza y la puso sobre su pecho. Los latidos de su corazón me devolvieron una paz que necesitaba con toda mi alma. ¿Qué había pasado? Que un chico hermoso me había hecho sentir cosas maravillosas, que me había dicho que creía que me quería. Que yo no sabía qué sentía, ni cómo me sentía al respecto de aquello, sólo que, en ese momento, no me habría importado morirme, sin más. Me daba miedo haber hecho algo así con un chico, haberme dejado llevar. No es que me importase la gente; de sobras sabía que nunca están cuando los necesitas, de modo que se pueden ir al diablo cuando no los necesitas. Pero no dejaba de ser algo muy fuera de lo que yo era; pasiones, sensaciones, sentimientos, algo tan lejano de un hombre cerebral y metódico como yo. Y, sobre todo, estaba confundido porque sabía que aquello no tenía vuelta atrás. Cuando has vivido algo así, nada vuelve a ser igual. Así que decidí esperar a ver qué pasaba. Mientras, tenía un caso que resolver. Alcé la cabeza para mirar a Tetsuhiro, y vi que se había quedado dormido. No importaba si era un capricho para él, o una confusión para mí. Lo único importante es que me había sentido vivo por primera vez en toda mi vida. Y, al ver su cara plácida, supe que no iba a consentirle a nadie hacerle el menor daño.

Me desperté horas mas tarde, tirado en el suelo. Tetsuhiro dormía sobre el sofá, y su complexión, mayor que la mía, me había hecho caer. Algo dolorido y con bastante trabajo, me levanté para irme a mi cama. Entonces sentí con alarma unos brazos que me tomaban en vilo.

–¿Qué...qué haces? –le pregunté, mientras me llevaba en volandas.

–Vamos a la cama –me dijo adormecido.

–A eso iba...

–No, vamos juntos.

Estaba demasiado cansado y tenía demasiado sueño como para discutir con él, de modo que me dejé llevar y me recosté a su lado. Antes de que mi cabeza cayera en la almohada, Tetsuhiro ya respiraba a mi lado acompasadamente, perdido en un plácido sueño.

La mañana me despertó en el cuarto de invitados. Me levanté despacio, temiendo que Tetsuhiro se despertase también y me requiriera de nuevo sexualmente; todavía me sentía muy confuso sobre los echos de la noche anterior. Pero él no estaba; lo noté al mismo tiempo que un agradable olor a comida deliciosa invadió mi nariz. Salí y le encontré preparando el desayuno.

–Buenos días –me dijo, dedicándome una gran sonrisa. Algo incómodo, le contesté y me metí en el baño para darme una ducha.

Vestido y preparado para irme, me senté a desayunar delante de él, que comía como si no hubiera un mañana.

–Oye, Souichi –me dijo, pensativo– ¿qué es 125?

Le miré con los ojos muy abiertos.

–¿Por qué me haces esa pregunta?

–Porque no has parado de repetir ese número en toda la noche –me dijo mirándome a los ojos. Sentí cosquillas correr por mi espalda ante su mirada. Y decidí que no había nada de malo en contarle mis avances. Así que me levanté y tomé mi laptop, mostrándole el mapa de Japón que yo había estado estudiando.

–Lo ves; Sapporo, Fukuoka, Nagoya. Tres ciudades en las tres puntas, que forman un ángulo de 125 grados. ¿Le ves algún sentido?

Morinaga se paró a pensar, sin apartar su vista del mapa.

–Dos años...seis años.

–¿Cómo dices?

–Un crimen cada dos años, y justo ahora hace seis años. Divide 125 entre seis.

Abrí la aplicación de la calculadora y llevé a cabo la división.

–Uno coma tres periódico.

–Tres periódico...

Me quedé pasmado. Tres periódico. Una vez, otra, otra...Una vez tras otra, el número tres, infinito. El tres obsesionaba a aquel asesino. Tres ciudades, tres víctimas. Un periodo de tiempo que se repetía de forma regular tres veces...

–¡Eres un genio! –le dije, mirándole con una sonrisa– Va a repetir el patrón tres veces, y después puede iniciar otro periodo dentro de dos años, matando de nuevo tres veces más...¡Esa es su obsesión! –Me levanté de pronto, mientras él me miraba con las mejillas arreboladas–. ¡Voy a trabajar, se lo diré a Isogai y verás como él me dará algún algoritmo que nos ayude!

Se levantó y me siguió hasta la puerta.

–Bueno, ¿y no hay un premio para este genio?

Me quedé mirándole, sin comprender. Acercó sus labios y me dio un pequeño beso en los míos, sin que yo pudiera moverme.

–Pasa un buen día, Souichi, te esperaré con muchas ganas...

–Yo...eh, es...yo...¡adiós! –le contesté, nervioso y alterado, pero feliz.

Masaki llegó casi a la vez que yo, con una sonrisa de oreja a oreja.

–¡Buenos días, Tatsumi! Hermosa mañana, ¿no?

–Sí, para morir –le contesté, con ganas de borrarle de la cara ese estúpido gesto, pensando que yo debía de llevar uno parecido y haciendo lo posible por ocultarlo– ¿Cómo te fue con el mayor de los Morinaga? –Su sonrisa se acentuó.

–Uf, genial. Sabes, creo que te voy a cambiar por él, es mucho más mi tipo. ¿Te enfadas?

–Por mí, como si te tiras por un puente, idiota.

No se podía decir que nuestras conversaciones fueran muy amigables, pero a nosotros nos destensaban. En cambio, a los demás parecían ponerles nerviosos. Una voz firme y contundente detuvo nuestra plática en medio del pasillo, cortando el aire como un cuchillo de hielo.

–Tatsumi.

Miré hacia arriba y la vi en lo alto de la escalera, mirándome severamente.

–Comisaria Hiroka, buenos días, ¿qué se le ofrece?

–Tu cabeza, si no tienes una buena explicación. Sube a mi despacho. Ahora.

Miré a Masaki, que tragó saliva mientras sus ojos me transmitían un claro «te lo dije». Subí las escaleras con la impresión de que mis zapatos pesaban una tonelada.

–Pasa. –Me senté ante ella, respiré hondo y la miré a los ojos. Tenía fama de tirano, por lo que no podía portarme como un cobarde–. Esta mañana me han llamado del Marriott. Me han dicho que Morinaga no está ahí. ¿Qué sabes de eso?

Respiré hondo y le sostuve la mirada.

–Morinaga recibió otro anónimo –Hiroka abrió mucho los ojos–. Se lo metieron bajo la puerta de su habitación. Estaba claro que sabían que se hallaba ahí, de manera que no me pareció seguro y le dije que se marchara.

–De acuerdo, me has ocultado pruebas y has trasladado a una posible víctima sin mi permiso. ¿Algo más que necesite saber antes de pedirte tu arma y tu placa? –Noté que me sonrojaba, pero no bajé la mirada.

–No, señora. Mi cargo está a su disposición, por supuesto. Pero he obrado como creía oportuno.

–¿Cómo creías oportuno? –bramó la comisaria–. La policía internacional ha pasado décadas haciendo sus normas, sus protocolos de seguridad de protección a las víctimas y de respeto a la jerarquía y a los métodos para que nada se nos escape, ¿y tú obras como estimas oportuno? –Callé, pero seguí mirándola a los ojos–. ¿Es que tu maldito orgullo te funde las neuronas, Tatsumi?

Se puso de pie, paseó por el despacho. Cuando perdí sus ojos de vista, traté de decir algo coherente.

–Sólo pienso en resolver este caso y en la seguridad de Morinaga. Nada más me importa –puso las dos manos en los brazos de mi silla y me miró a cinco centímetros de mi cara.

–Eso está claro, que nada ni nadie más te importa que rescatar tu jodida reputación. Pero esto es una comisaría, Inspector Jefe. Somos un equipo y trabajamos juntos. Si no eres capaz de entender eso, entonces no sirves para este trabajo.

Me quedé mudo. No había nada que pudiese decir en mi defensa, así que me callé para conservar la poca dignidad que me quedaba.

–Por otro lado, tu confianza en tus capacidades es digna de encomio. De modo que voy a darte la oportunidad de terminar de resolver esto. Después hablaremos de tu futuro. Y ahora dime, ¿dónde está Morinaga?

Dios mío. Si se lo decía, mi expulsión del cuerpo sería inminente. No podía hacerlo, en modo alguno.

–Regresó a Fukuoka. Me dijo que iría a casa de un buen amigo –La comisaria sonrió.

–E imagino que no puedes darme los datos de ese amigo, ¿no es cierto?

–Es que yo mismo los desconozco, señora. Le dije que se desconectara del mundo y lo ha hecho.

–¿Pretendes que me crea que has perdido de vista a Morinaga, que le has dejado a su suerte? ¿Sin saber si el asesino ha dado o no con él? ¿Tengo cara de idiota, Tatsumi?

–No señora. Yo le llamo periódicamente, hablo con él todos los días varias veces para saber si está bien. Lo que no sé es su emplazamiento exacto.

Dio de nuevo un par de vueltas al despacho, con la mano en el mentón.

–Muy bien. Te doy cuarenta y ocho horas para resolver este caso. Cuarenta y ocho, Tatsumi. Vete ahora y no te asomes por aquí en todo el día.

Al final de la escalera, Masaki me esperaba con cara compasiva.

–Qué, ¿ha sido muy dura?

–No quieras saberlo –A duras penas podía contenerme. Me sentía triste y herido, pero también seguía teniendo la impresión de estar haciendo lo correcto. Era una impresión muy extraña, dadas las circunstancias, pero no me abandonaba; era como si las musas de la investigación me estuvieran guiando, diciéndome a cada paso lo que debía hacer. Las desoí una vez, en el caso Ise. Y no iba a hacerlo ahora, costase lo que costase. Aunque el precio fueran mi placa y mi arma.

–¿Le has dicho dónde tienes a Morinaga?

Le miré con fijeza.

–Yo no le tengo en ningún lado, Masaki.

–Eso se lo dices a ella. Eres muy obvio, Tatsumi. Se te nota demasiado. –Sentí que enrojecía ante la inquisitiva mirada de Masaki.

–Está en su ciudad, piensa lo que quieras –dije, caminando deprisa hacia mi despacho, seguido de Masaki.

–Sabes, creo que los Morinaga tienen algo especial. El aura, los ojos profundos...Me estoy enamorando.

Me paré de golpe ante él.

–¿Te estás enamorando de Kunihiro Morinaga? Eres el tío más raro que conozco.

–¿Por qué? Tú deberías entenderme, ¿no, cuñado? –Ahora me sentí más avergonzado que en toda mi vida.

–¡No seas idiota!

–Mira, Tatsumi, tú puedes negarlo, pero es difícil resistirse. Anoche hablé con Kunihiro durante horas, me contó muchas cosas de su familia, tan dura; me recordó a la mía, que no quiso saber nada de mí cuando supieron que me gustaban los chicos... Y él me dijo que también rechazó a su hermano, pero que es un chico maravilloso y se arrepintió de haberlo hecho, y está ayudándole con su carrera desde entonces. Es tan dulce, Tatsumi... Y tan guapo...

–Masaki, me estás revolviendo el estómago. Vamos a trabajar.

Repasamos todo el caso desde el principio, comparando las cartas, mostrándole a Masaki mi mapa. Le conté lo del uno coma tres periódico, sin decirle que me lo había hecho notar Tetsuhiro. Le dimos vueltas a todas las informaciones, pero no llegamos a ninguna conclusión.

Cerca ya del mediodía, la cabeza de Isogai se asomó al interior de mi despacho.

–¡Ah, estáis aquí! Subid conmigo, hay algo que quiero mostraros.

Por la escalera, no pude dejar de hacer preguntas a Isogai.

–Oye, ¿es muy difícil encontrar el número de móvil de alguien?

–Oh, sí. Tan dificil como encontrar a una adolescente enamorada de su profesor.

–Vaya. Entonces, fácil, ¿no?

–Facilísimo. Basta con saber el nombre de la persona. Casi todas las páginas los dan directamente, no hay ni que hackear a nadie.

Osea, que nuestro psicópata podía haber encontrado mi número fácilmente, y el de Morinaga. No tenía, pues, porqué ser de mi entorno. En cuanto a la nota, podía haberle seguido. Si era un stalker, es bastante posible que le estuviera siguiendo y diera así con su paradero en el hotel, poniendo la nota bajo su puerta. Pero para ir a mi casa, salimos por la puerta trasera y tomamos un taxi. Eso sería casi imposible de detectar. Y yo no se lo había dicho a nadie, aunque Masaki sospechaba la verdad, y la comisaria no se fiaba de mí... Pero la sensación de que se trataba de alguien cercano no me abandonaba. Alguien que me había visto fracasar en el caso Ise y pretendía burlarse de mí, alguien que seguía mis evoluciones, que de alguna forma me admiraba o, por el contrario, me odiaba...Esa era la sensación que tuve ante el cuerpo de Ise, que era algo personal, o casi personal. Y esa sensación no me había abandonado.

Llegamos al departamento informático e Isogai se sentó ante la pantalla. Nos situamos tras él.

–Mirad esto –nos dijo–. Esto ya lo habéis visto, es la casa de Shinichi Tachibana, el chico de Sapporo, la primera víctima, o al menos presunta víctima de nuestro asesino. He estado mirando bien con el ojo de halcón de google y no he encontrado ningún parecido con la casa de Ise, en Nagoya –abrió una nueva foto aérea, esta vez de una pequeña casa de dos plantas, sin jardín–. Pero, mirad esto –Isogai abrió una tercera foto, de una especie de cabaña de verano en medio de un bosque, a las afueras de Sapporo–. Esta pequeña vivienda era una especie de residencia de verano de los Tachibana.

–Y eso, ¿qué? –dijo Masaki. Yo le miré fijamente.

–¿No lo ves? –dije, alzando la voz ligeramente–. A Ise lo mató en su casa, pero a Shinichi no le podía matar en la suya porque era muy joven y vivía todavía con sus padres. Pero, ¿qué hay de una residencia que sólo se ocupa en verano?

–No seas capullo, Tatsumi; los padres le hubieran encontrado, a más tardar, el siguiente verano, ¿no?

–No –dijo Isogai– porque un par de años antes de la desaparición de Shinichi, los Tachibana decidieron veranear en hoteles y dejaron la casita abandonada. Nunca la vendieron, porque a Shinichi le gustaba ir ahí de vez en cuando con sus amigos.

–Osea –dije– que esa podría considerarse «la casa de Shinichi»... ¡Que alguien vaya a la casa y peinen esa zona! ¡Isogai, tío, te quiero! ¡Manténme informado de lo que sea, ¿vale?! ¡No dejes de llamarme! ¡Voy a avisar a Sato para que se comunique con la científica de Hokaido!

–No te molestes, Tatsumi –dijo Isogai con tristeza–. Lleva dos días sin aparecer.

–¿Y eso? –pregunté extrañado.

–Eso, desde que salí con ella la otra noche. Parecía tener buenas vibraciones conmigo, y de pronto...desaparece.

–Vaya...lo siento, tío. Ya sabes, es muy cerebral y metódica, si siente algo que no puede controlar lo desecha inmediatamente.

–No sé a quién me recuerda... –dijo Masaki.

–Eres idiota, Masaki. No te desanimes, Isogai, ya vendrá. Yo voy a salir un momento, ahora vengo.

–¿Dónde vas?

–No te preocupes, Masaki, vengo enseguida, espérame.

Tenía que decírselo; una pista de verdad. Podría ser que encontrásemos el cuerpo de Shinichi, y eso nos ayudaría a dar con el asesino. En un lugar como el que Isogai nos había enseñado, una cabaña abandonada, era mucho más fácil que hubiera huellas de ADN. Si se lo decía, él se sentiría más tranquilo. Y para mí, era muy importante que se sintiese bien. De pronto, recordé de manera vívida sus besos, sus caricias...dejé de sentir el frío y sonreí como un colegial. El camino a mi casa se me hizo muy corto y abrí la puerta con ansiedad.

–Tetsuhiro, ¿sabes? Isogai ha encontrado... –Me quedé parado de pronto. Morinaga no estaba en el salón, no estaba en la cocina. Abrí la puerta del baño: no estaba. Las habitaciones también estaban vacías. Y el pequeño balcón. Se me revolvió el estómago–. Tetsuhiro... –dije con un hilo de voz–. ¡Tetsuhiro! –grité. Pero nadie me contestó. Tetsuhiro no estaba. Miré a mi alrededor, tratando de encontrar una razón para no empezar a gritar, para no dejarme caer de rodillas arrancándome la melena. Y mi memoria fotográfica empezó a trabajar: Todo estaba en su lugar, como él lo tenía últimamente. Absoluto orden, absoluta limpieza. Mis ojos recorrieron la estancia despacio, sin registrar el menor cambio. Y finalmente, en un rincón del salón, un papel arrugado en el suelo. No se había caído, estaba arrugado. Tenía que ser una señal; Tetsuhiro nunca tiraría un papel al suelo. Me estaba diciendo que se lo habían llevado contra su voluntad. Respiré hondo, caminé hacia atrás sin tocar nada y cerré la puerta. Después, bajé las escaleras y salí a la calle. Tenía que dar con él, y no disponía ya de tiempo.

«Daré contigo. No lo dudes un momento. Porque fue duro lo de Ise, no escucharle, no dar con su asesino. Pero si te toca un pelo a ti, Tetsuhiro, entonces juro por Dios que le abriré las tripas a ese cabrón en canal y escupiré en ellas. Porque nadie va a hacerte daño, nadie va a separarte de mí. Eso sí que no se lo voy a consentir a nadie, Tetsuhiro. A nadie. Lo juro por mi sangre».