DESENLACE – LA ESTRELLA MÁS BRILLANTE

No podía parar de sonreír; la noche había sido hermosa. ¿Se había sentido de verdad enamorado alguna vez? Eso creía, en su adolescencia, aunque fueron cosas que se pasaron como llegaron. Mucha pasión al principio, humo después. Y más tarde, ya en la cúspide de la fama, tantas personas suspirando por él, de suerte que jamás sabía cuando alguien se le acercaba por interés real o simplemente porque era una estrella de cine. Nunca lo supo, ni le importó demasiado. No tenía familia, no tenía verdaderos amigos o así lo creía. Sólo confiaba en su hermano. Y ahora, en aquella tensa y extraña situación, parecía haberse encendido la luz en su vida. Tatsumi era, simplemente, perfecto. Guapo como un ángel, con un cuerpo delgado y bien formado, fuerte y delicado a la vez; muy poco impresionable, no parecía haberse quedado omnubilado por el hecho de que él fuera famoso, era como si sólo le interesase como alguien a quien proteger; tímido y vergonzoso, con esa manera tan linda suya de ponerse colorado solo por un roce, por un beso... Morinaga sonrió. Sí, sin duda estaba completamente enamorado. Y no sabía cómo había sucedido ni dónde les llevaría todo eso, pero estaba dispuesto a comprobarlo, a rendir despacio a aquel hombre que parecía resistirse a él, para luego abandonarse y entregarse de la más dulce de las maneras. Tomó en sus manos la lista de la compra que Souichi se había llevado ayer para no olvidarse nada; hasta su letra le parecía hermosa y la leyó varias veces. Así, soñando despierto, Morinaga escuchó la puerta al abrirse. Se levantó de golpe; ¿había venido su Souichi a decirle algo? Pero se quedó helado de pronto al mirar hacia la entrada y ver una figura desconocida para él. El miedo y la extrañeza se turnaron en su mente.

–Disculpe, ¿quién es usted?

–Tu peor pesadilla –dijo Pesadilla, con una sonrisa. Y a Morinaga le vinieron de golpe a la mente las cartas, las amenazas, aquellos versos («tus caramelitos de fresa»), las fotos de Ise. Pero, a pesar del susto y de lo raro de la situación, no pudo por menos que sentirse extrañado. No había esperado algo así.

–¿Tú? –le sonrió–. Y, ¿qué se supone que quieres de mí?

–Que vengas conmigo –Morinaga soltó una risa cantarina.

–¿Por qué iba a hacerlo?

Pesadilla alzó su teléfono móvil. Una videoconferencia estaba abierta. En la pantalla, su hermano Kunihiro, atado y amordazado, trataba sin éxito de moverse y emitía sordos sonidos, en una habitación umbría con un aspecto sórdido y muy poco confortable.

–Porque sólo yo sé dónde está tu hermano. Porque si no vienes, no voy a sacarlo de ahí. Y ahí se morirá.

–Y si voy, ¿qué pruebas tengo de que le liberarás?

Ahora fue Pesadilla quien se rió a gusto.

–Tendrás que correr el riesgo. Lo que es seguro es que, si no me acompañas, estáis muertos los dos –dijo, sacando un tasser del bolsillo interior de su abrigo–. Camina hacia la puerta.

No tuvo tiempo de pensar. Debía dejarle alguna señal a Souichi, lo que fuera. Pero Pesadilla vigilaba todos sus movimientos. De modo que le aguantó la mirada para atrapar sus ojos mientras, con su mano derecha, arrugaba y arrojaba al suelo la nota de Souichi. «Se dará cuenta de que no hay lucha, de que he salido por mi pie. Pero no pensará que me he ido cuando vea un papel por el suelo, sabe que yo no haría eso. Así entenderá que me han obligado a irme. La cuestión es, ¿a dónde? ¿Me encontrará, allí donde me lleve?».

Pasó junto a Pesadilla, que le aplicó el tasser al cuello.

–Ahora camina. Un falso movimiento y te la descargo.

–No me matarás.

–No es mi intención hacerlo ahora y aquí, pero no dudes que lo haré si es necesario.

–Eso estropearía el ritual.

Pesadilla sonrió.

–Vaya, veo que Tatsumi y tú habéis hecho una cátedra sobre mí...Enhorabuena.

–Pero, ¿qué es lo que...?

–Cállate. Y baja la escalera.

Pesadilla abrió la puerta de atrás del coche, sin apartar el tasser del cuello de Morinaga. Este entró y, una vez en el asiento, Pesadilla le descargó la suficiente energía como para dejarlo sin sentido. Se lo había llevado de su casa limpiamente y sin esfuerzo. Ahora, todo sería más fácil. Se sentó en el asiento del piloto y condujo por la ciudad.

En tres zancadas, Tatsumi entró de nuevo en la comisaría. La agente de guardia le miró con extrañeza.

–¿Dónde está Masaki? –le dijo deprisa.

–Se fue cuando usted salió, señor. Le vi tomar su coche.

Sin darle las gracias, Tatsumi voló escaleras arriba, al departamento informático.

–¡Isogai! –Pero Isogai tampoco se hallaba en su puesto. Algo en la pantalla le llamó la atención. La casa de Shinichi Tachibana, la pequeña cabaña, seguía en un lado. En el otro, una foto: un cadáver totalmente estropeado por los años, que mostraba casi todos sus huesos. Delante, una nota a mano de Isogai: «Cuerpo sótano cabaña Shinichi. Comprobaciones policía científica para averiguar identidad».

Con una enorme sensación de mareo, Tatsumi bajó las escaleras hasta su planta y prosiguió hasta la inferior, donde se hallaba la policía científica.

–¡¿Alguien sabe dónde infiernos está Sato?! –bramó. Los dos agentes de bata blanca se giraron a mirarle con extrañeza.

–Hace unos días que no viene, Señor, parece que no se encuentra bien...

–¿Y han visto a Isogai? ¿Ha bajado por aquí?

–No Señor, esta tarde no.

Tatsumi subió de nuevo en un vuelo y salió a la puerta. Ahí se detuvo, respiró hondo y recapacitó. «Morinaga no está. Isogai no está, Sato no está. Masaki no está. Morinaga ha salido por su pie, no hay señales de lucha. No se lo ha llevado a la fuerza, pero se lo ha llevado. Todo en su sitio, todo menos aquel papel. Aquel papel. Todo en su sitio. Por su pie. ¿Por su pie? ¿Cómo es posible?». Tatsumi reflexionó. Pesadilla había averiguado que él tenía a Morinaga en casa. Podía haberle seguido al saberle al cargo del caso y haber llegado a esa conclusión. Y decidir probar suerte, ir a su casa mientras él no estaba para comprobar si Morinaga estaba de verdad ahí. Y entonces, sacarlo de la casa. ¿Cómo? Si Pesadilla le hubiera amenazado con un arma, Morinaga, en algún momento, se habría intentado defender. Eso habría ocasionado lucha. Pero no lucharon, él se fue sin luchar. No era un pusilánime, no se iría sin tratar siquiera de defenderse. De modo que tuvo que haber algo más. ¿Chantaje? Tatsumi abrió mucho los ojos. ¡Chantaje! Y sólo había una persona en el mundo con quien alguien pudiera hacerle chantaje a Morinaga: su hermano. Y Masaki había salido con él la noche anterior...Masaki...

–¡Tatsumi!

–¡Masaki! –dijo aliviado–. ¿Dónde diablos estabas?

–Salí a tomar un café, ¿pasa algo?

–¿Has visto a Isogai?

–No, me fui cuando te fuiste...¿no está?

–No, no está...oye, parece que ha aparecido el cuerpo de Shinichi.

Masaki soltó un largo silbido.

–¿En serio? ¿Dónde?

–En su casa...Masaki...

–Tatsumi...¿Qué te pasa? ¿Te estás mareando?

Souichi Tatsumi le miró a los ojos, y Masaki vio en ellos un universo de angustia infinita.

–Se lo ha llevado.

–¿Quién? ¿A quién se han llevado?

–A Morinaga. De mi casa.

Masaki se golpeó la frente.

–Entonces, ¿estaba en tu casa? Joder, qué torpe eres, ¿cómo se te ocurre?

–Eso no importa ahora, no está, ¿no lo entiendes? –Tatsumi caminaba compulsivamente, mirando al suelo– Se lo ha llevado, no sé a dónde...

–Eh, Tatsumi –dijo Masaki, deteniéndole y tomando sus hombros–no te vengas abajo ahora, eh.

Souichi levantó la vista hacia él, y lo que Masaki vió no fue miedo.

–¿Estás de broma? No es momento de lloriquéos, tengo que encontrarle. Y voy a hacerlo. ¿Me ayudas?

Morinaga despertó con un terrible dolor de cabeza. Instintivamente, trató de llevarse a ella las manos, pero no lo consiguió; estaban atadas. Intentó moverse, pero fue en vano. Entonces trató de hablar, pero había algo dentro de su boca que se lo impedía. Poco a poco, se dio cuenta de su situación. Estaba tumbado en algo muy duro y frío, en un lugar oscuro y húmedo, en el que se oía algo gotear. Su cuerpo se hallaba atado, los brazos a ambos lados, algo en su cuello le impedía levantar la cabeza, sus piernas estaban sujetas también. Recordó a su hermano: Pesadilla le había mostrado una imagen diferente, con su Kunihiro sentado en el suelo y las manos atadas a la espalda, igualmente amordazado. El lugar bien podía ser el mismo, pero Morinaga no podía girar la cabeza para ver si había alguien más ahí. Y de pronto, una voz, la misma voz suave y aplomada que le había hablado en casa de Tatsumi.

–¿Ya despierto?

La angustia que sintió le llenó completamente y se reflejó en su mirada, hasta tener la impresión de que iba a orinarse. Le vinieron a la cabeza escenas como aquella, incluso algo parecido que había interpretado hacía años, en el teatro, cuando era amateur y su trabajo era, sobre todo, algo que adoraba por sí mismo, lejos de las candilejas y los admiradores. También pensó en las películas de misterio que le gustaba ver y se dio cuenta de algo: las víctimas, igual que él, siempre perdían la cabeza. Era fácil; estaba uno a merced de un psicópata que no tenía ninguna buena intención. Y recordó otra cosa: los psicópatas se alimentaban de esa angustia, del mismo modo que los violadores se sienten excitados ante el terror de sus víctimas. Una amiga actriz le dijo una vez que, si una mujer que fuera a ser violada tenía el aplomo de hacer creer al violador que estaba deseando tener sexo con él, este se iría decepcionado sin tocarle un pelo. De manera que Morinaga se sobrepuso al miedo, recordó quien era, respiró hondo con los ojos cerrados y volvió a abrirlos, encarando a Pesadilla con serenidad. Y Pesadilla le miró con asombro. Bajó violentamente la mordaza de su boca.

–Pareces bastante tranquilo.

–Lo estoy.

–Es curioso...

–¿Te molesta? –y sonrió ligeramente.

–¿Sabes que voy a matarte, verdad? –le dijo, acercándose a él despacio.

–Claro que lo sé. Por eso, ¿de qué me serviría preocuparme?

Pesadilla abrió los ojos con asombro.

–Sabes, Shinichi sí que se preocupó. Lloriqueaba como una niñita. Tan tierno, tan dulce. Y tan divo, tan famoso y pagado de sí mismo...ay. Famosos. Populares.

–Son bastante idiotas, sí.

Pesadilla abrió todavía más los ojos.

–¿Idiotas? ¿Acaso no eres tú uno de ellos?

–Claro. Y posiblemente me veas idiota también, pero no es eso lo que quiero decir.

Pesadilla no podía parar de mirarle. Se acercó despacio y se sentó junto a él, en el duro y metálico camastro, con su cuchillo en la mano.

–¿Y qué es lo que quieres decir entonces, eh? ¿Que tú eres diferente? ¿Qué no mereces morir?

–Oh, no. De hecho, no me importa demasiado. Soy actor para huir de mí mismo. Pero es difícil, sabes. Uno siempre va con uno mismo a todas partes, no te puedes dejar atrás.

Pesadilla sonrió.

–Eso es cierto. Lo arrastras, te arrastra. Todo lo que te hizo ser quien eres.

–Los chicos –dijo Morinaga– no paraban de reírse de mí por mi condición sexual –apartó la mirada de los ojos de Pesadilla y la fijó en el techo de la oscura sala–. Pero lo peor fue cuando me pillaron en el vestuario del gimnasio –Una lágrima pesada salió de sus ojos, luego otra– Me pusieron contra una pared, sabes, me violaron todos... Me quedé vacío, siento como si desde entonces tuviera el corazón de corcho. Estoy vivo por inercia. Por eso no tengo miedo, puede que tú me hagas sentir alguna cosa.

Pesadilla le miró de hito en hito mientras Morinaga no apartaba la mirada del techo y dejaba caer sus lágrimas con serenidad, sin un gimoteo ni un gesto.

–Veamos, Masaki, ¿dónde puede haberle llevado?

–¡Ni idea! ¿A ti no se te ocurre nada?

–Sólo que puede haberle de mi casa haciéndole chantaje con su hermano.

Masaki miró a Tatsumi con los ojos como platos.

–¡¿Con su hermano?! ¡¿Tiene a mi Kunihiro?!

–Es sólo una suposición, y... –miró a Masaki, que de pronto parecía perdido y nervioso– Lo que es seguro es que tiene al menos un Morinaga, y que yo voy a salvarle, así que no hagamos el tonto ahora. ¿Dónde pueden estar?

–Shinichi...Ise...

–Parezco idiota. Es obvio, los mata en sus propias casas. Tienen que estar ahí.

–Pero a Shinichi lo llevó a una cabaña de las afueras, e Ise tenía una casa grande... Morinaga vive en un bloque de apartamentos, ¡si le hace daño ahí lo sabrán todos los vecinos!

–Algo habrá pensado, ¡vamos a ese bloque!

Y tomaron el coche oficial con las sirenas puestas, en dirección a la casa de Morinaga.

–Los malditos hijos de puta se creen superiores, ¿verdad? –le dijo Pesadilla

a Morinaga–. Porque no cumplas cualquiera de sus malditos estándares sacrosantos, porque seas diferente de una u otra forma. Sabes, tienes un hermoso cuerpo... –Pesadilla pasó su cuchillo de hoja curva bajo el botón medio de la camisa de Morinaga y lo hizo saltar. Después hizo lo mismo con el botón superior y con el siguiente, dejando su pecho al descubierto. Deslizó su mano desde la base del cuello hasta el abdomen, recorriendo su pecho despacio. Después, realizó el recorrido con la hoja plana del cuchillo–. Si eres gay, si tienes gafas, si tienes correctores... Cualquier cosa que te haga diferente les vale. Yo les servía de bufón. Se reían de mí, a todas horas, bromeaban constantemente. Y un día me ataron. Los tres chicos populares de la clase, sabes. Tres chicos guapos, ricos, perfectos, inteligentes. Me ataron a mí, me rompieron la ropa. Me pusieron tiras de esparadrapo en los ojos para que no pudiera cerrarlos –la mano de pesadilla se apoyó en medio de las piernas de Morinaga–. Mis ojos, atados con tiras. Me pusieron en la boca uno de esos aparatos de los dentistas para que no pudiera cerrarla. Mi boca abierta a la prendieron pinzas de tender la ropa en mis pezones, mis pequeños caramelos. Se masturbaron –la voz de Pesadilla se quebró mientras apretaba la entrepierna de Morinaga– y los tres terminaron en mi boca, que no pude cerrar. Y les vi, porque no podía cerrar los ojos. ¡Y mis pezones me dolían mucho...!

Se le quebró la voz, cerró los ojos. Morinaga no podía apartar su vista de su expresión rota, que cambió de pronto radicalmente. Le aguantó la mirada y le sonrió.

–Tus pezones son preciosos –dijo, pasando sobre ellos el filo del cuchillo. Morinaga sintió que se le erizaba el bello y se asustó terriblemente, pero conservó la calma.

–Mírame –le dijo Morinaga–. Tómame despacio, acariciame –su voz, insinuante, en un susurro–. Tócame, mi piel es suave y cálida. Olvida conmigo a los malnacidos que te hicieron daño...

Pesadilla se puso de pie de un salto.

–¡No pude vengarme! ¡No pude...devolverles la humillación, el miedo, la angustia! Desaparecieron, no les pude encontrar... Traté de olvidarme –los ojos de Pesadilla estaban llenos de lágrimas– pero no podía. No daba ni un paso adelante. Mi cuerpo cambió, adelgacé, las gafas y los correctores desaparecieron. Pero cada vez que pensaba que iba a enamorarme, cada vez que unas manos me tocaban, ¡venía aquel recuerdo...! Fui al psicólogo, pero era un charlatán. No sirvió de nada. Yo necesitaba vengarme. De los tres. Tres niños populares, guapos, famosos, ricos...Despacio, sin prisas...

–Shinichi Tachibana no cantaba bien.

–¿Verdad? A mí tampoco me gustaba. En cambio, tenía miles de fans por todo Japón. ¡Inmerecida fama, como siempre!

–Y era de Sapporo...

–Sí, quería abarcar todo el mapa. Tres chicos en tres puntos. Me di cuenta de que sólo con ese ángulo, Sapporo-Nagoya-Fukuoka, lograba un ángulo de 125 grados...

–Por eso necesitabas que pasaban dos años cada vez –dijo Morinaga con admiración– Para lograr un seis que dividir por 125 y obtener el fatídico tres periodico...

–¡Eres un genio!

Morinaga sonrió ampliamente.

–Gracias, no es para tanto. Ya te dije, también fui un niño al que maltrataron, me gusta estar solo y pensar, y pienso en números casi siempre. Ah...duele todo.

–Es aquí, aparca!

La escalera era lujosa y bien iluminada. Masaki se dirigió al ascensor, y ya iba a picar cuando la voz de Tatsumi le detuvo.

–Espera...

–¿Qué pasa? –preguntó Masaki. Al hacerlo, vio a su compañero mirando con fijeza una puerta metálica.

–¿La puerta del sótano? –Ambos hombres intercambiaron una mirada.

–¿Crees que es coherente?

–Creo que es lo único coherente.

Fue a abrir, pero la mano de Masaki le detuvo.

–¿Otro sótano, Tatsumi? ¿Podrás...tú podrás con ello si llegamos tarde?

Tatsumi le sonrió.

–Con lo que no podría es con irme sin hacer nada –contestó, y con un golpe seco de su muñeca abrió la puerta.

Las escaleras descendentes llevaban hasta un oscuro pasillo. No se veía apenas nada. Sin respirar, los dos compañeros bajaron despacio y comenzaron a avanzar por el pasillo, con sus armas en la mano. De pronto, en un recodo, un bulto se movió. Masaki lo iluminó con la pantalla de su móvil.

–¡Kunihiro! –corrió hacia él y le abrazó. Estaba atado y amordazado– Voy a desatarte –dijo con voz muy baja, susurrándole al oído– pero no grites ni hables alto, ¿vale?

Kunihiro asintió con la mirada, que era estrábica y de pura desesperación. Masaki le desató las muñecas mientras Tatsumi se encargaba de los pies. Entonces, Masaki le quitó la mordaza. Kunihiro tomó una gran bocanada de aire y habló en voz baja.

–Se lo ha llevado por allí...¡Por favor, salvadle!

–Tú te vienes con nosotros –dijo Tatsumi.

Entre los dos le pusieron de pie con esfuerzo; le costaba moverse después de haber estado atado durante horas. Al poco, los tres comenzaron a avanzar por el pasillo.

–¿Qué ocurre? –preguntó Pesadilla a Morinaga ante su pequeño grito.

–La tira de mi cuello, que me hace daño. Pero no te preocupes, me acostumbraré.

–Espera, si la quito seguirás atado. Nada cambia.

Pesadilla desató el cuello de Morinaga y este movió la cabeza con libertad. Respiró con alivio y le dedicó a Pesadilla la sonrisa más encantadora de todo su repertorio.

–Gracias –le dijo, sin apartar la mirada. El magnetismo atrajo a Pesadilla hacia esos ojos, esos labios carnosos como mango maduro. «Como pétalos...»

Deseo besarlos y acercó su rostro al de Morinaga, quien cerró los ojos. Y cuando ya estaba muy, muy cerca, levantó de pronto su cabeza propinándole tal golpe que Pesadilla cayó al suelo, sin sentido. El cuchillo seguía sobre la mesa y, al intentar tomarlo para desatar sus ligaduras, cayó al suelo.

–Joder –dijo, para sí mismo–. Dios, he ganado tiempo, pero que no se despierte aún...

Movió su mano, pero era inútil; no lograría alcanzar el cuchillo.¿De cuánto tiempo disponía? ¿Estaría por ahí su hermano? Y entonces, del recodo del pasillo vio aparecer a Kunihiro, que corrió hacia él.

–¡Onichan!

Kunihiro trató de abrazarle, pero tan atado como estaba apenas pudo.

–¡Yo le desataré! –La voz de Tatsumi sonó como música en los oídos de Morinaga.

–¡Souichi! –Y los ojos se le llenaron de lágrimas, cada vez más copiosas, más angustiadas, sacando de su pecho todo el miedo, el terror que había sentido. Y Souichi le desató y el abrazo les unió como si hubiese soldado sus cuerpos.

–Souichi, te has perdido la mejor actuación de toda mi vida.

–Estaba muerto de angustia, te lo aseguro.

La voz de Masaki les sacó de aquel ensalmo.

–¡Joder! –dijo, mirando al suelo. Y Tatsumi miró en la misma dirección, donde Pesadilla yacía aún inconsciente. Sus ojos se abrieron con desmesura.

–¡Comisaria Hiroka!

El interrogatorio en comisaría fue la cosa más surrealista que recuerdo haber vivido nunca. En la sala fría, de paredes grises, la comisaria Hiroka miraba la nada. Yo no estaba seguro de querer encontrar sus ojos, pero aún así los busqué sin éxito una y otra vez. Al otro lado del espejo, Masaki e Isogai me dejaban percibir su presencia invisible, pero que me acompañaba en un momento tan difícil como aquel.

–No sé si preguntarle por qué, comisaria.

–No me llames así, ya no soy comisaria.

–Todavía lo es, hasta que un juez lo decida.

–La justicia es absurda.

–La justicia sirve para defendernos de nosotros mismos.

Di unos pasos por la sala. Ella me seguía con la vista y sus ojos me ponían nervioso. Ise, Shinichi. Tetsuhiro.

–¿Por qué lo hizo?

–Venganza, angustia. No sé. A lo mejor, aburrimiento.

–Y ¿por qué me animaba a seguir, a encontrar al culpable?

–Quizás –dijo Hiroka con la mirada clara por un instante– porque necesitaba con todas mis fuerzas que me detuvieras.

–Pero me mandó anónimos, ¿por qué yo?

La comisaria soltó una risita.

–A lo mejor, porque eres todo lo contrario a un chico popular. Guapo pero ceñudo, arrogante, solitario. Me enterneció tu impotencia al no hallar al culpable en el caso Ise y decidí ver qué pasaba contigo. Quise estar cerca y sí, tenía la esperanza de que me detuvieras.

Seguí dando vueltas, esquivando su mirada.

–¿Cómo supo que Morinaga estaba en mi casa?

–Porque no sabes mentir. Eres claro como la mañana, Tatsumi. Cuando te preguntaba por su paradero, te azorabas y contestabas cosas absurdas. Un par de comprobaciones y lo supe a ciencia cierta –sonrió–. Morinaga es dulce y limpio también. Su pasado es desgraciado, como el mío. Ten cuidado, no se vaya a convertir en un asesino en serie...

Salí de la sala con el estómago al revés. No podía creer que mi comisaria hubiera cometido esos terribles crímenes, a sangre fría. Masaki e Isogai me esperaban.

–Es increíble –dijo Isogai–. Parecía tan...no sé, tan cuerda.

–De eso se trata –añadió Masaki–. Si lo llevaran escrito en la cara, nosotros no tendríamos trabajo.

Salí a la calle, necesitaba tomar el aire. Y al traspasar el umbral, un sonriente Tetsuhiro me esperaba. Su sonrisa borró de un golpe todas las malas vibraciones que acababa de sentir en el interrogatorio.

–¿Qué le harán?

–Un juicio, una condena. Ese no es ya mi trabajo. Era descubrirla, y lo hemos hecho.

–Lo has hecho.

–No, lo hemos hecho entre todos. Tú también has ayudado.

–Sólo entendí que debía ganar tiempo y le conté un montón de mentiras para que empatizase conmigo, aunque un asesino así no puede empatizar con nadie. Necesitaba que se creyera que había pasado por traumas que, sin duda, ella había también sufrido, esos o algunos parecidos, y acerté. Simplemente, hice mi trabajo: interpreté.

–Ella te creyó de verdad, piensa que te violaron de adolescente tal como le contaste –le miré a los ojos. Dios mío, creo que me mareé. Todas las emociones, toda la tensión llegaron de golpe a mí y me vine abajo. Tetsuhiro me sostuvo y le abracé con todas mis fuerzas. Me miró a los ojos, muy cerca, sorprendido. Y me habló con asombro.

–Vaya...no me digas que voy a poder besarte.

–Todos los días de tu vida.

Abrió mucho los ojos.

–¿Vas a decirme al fin que eres homosexual? –me preguntó, divertido.

–No. Los hombres no me ponen. Claro que, las mujeres tampoco. Sólo me pones tú. Creo que soy Morinagasexual.

Soltó una carcajada y me abrazó más fuerte.

–Oye, ¿acabas de decir que voy a poder besarte todos los días de mi vida?

–Eso he dicho.

–¿Y puedo empezar hoy? –dijo, acercándose a mí. Y el mundo se me borró. No me importó estar en la calle, no me habría importado estar en el maldito cruce de Shibuya. Cerré los ojos y ofrecí mi boca a Tetsuhiro. Y justo al sentir sus labios tocar los míos, un silbido fuerte nos sacó del encantamiento.

–¡Eh, qué hacéis en plena calle, pervertidos! –dijo la voz de Sato. No solté a Morinaga, pero me aparté un poco de él y la miré.

–¿Dónde diablos te habías metido?

–Perdona, Tatsumi, estaba bastante perdida. Todo por culpa de Isogai.

–¡Sí, claro! –dijo Isogai, que estaba junto a ella– Ahora será culpa mía, ¿no?

–¿Qué me estoy perdiendo aquí? –preguntó mi Tetsuhiro.

–Oh, nada, chico guapo; sólo que este caballero salió conmigo y...en fin, que algo se me movió dentro de la caja torácica, me quedé echa un lío...

–¡Vamos, que se enamoró de mí!

–Eh, yo no he dicho eso. Sólo...estaba confundida y no quería verte. Pero creo que podré dar un paso adelante ahora; después de lo que habéis hecho, no es momento de ser cobarde.

Isogai pareció crecer medio metro.

–Entonces, ¿sales conmigo esta noche?

–Claro...

–¡Esta noche salimos todos! –dijo Masaki, que venía hacia nosotros con Kunihiro junto a él. Tetsuhiro le sonrió y los dos hermanos se dieron un fuerte abrazo. Fue bonito, pero eché de menos sus brazos a mi alrededor, su calor.

–¿Y a dónde se supone que vamos?

–¡A celebrarlo, claro! Es el fin de tu pesadilla, Tatsumi...¡Una larga pesadilla que por fin terminó!

Le sonreí. Seis años con aquel caso atravesado y sí, por fin había acabado. Pero, ¿era el fin? Sin duda vendrían otros asesinos, otros psicópatas dispuestos a dañar inocentes, haciendo cargar a otros con sus propios dolores. Pero yo iba a estar ahí para hacer justicia. Una voz suave acarició mi oído.

–Un yen por tus pensamientos –me dijo Tetsuhiro, abrazando mi cintura de nuevo.

–Pensaba...bueno, en todo esto. Necesitaré tiempo para asimilarlo. Y caminemos deprisa, que perderemos a los demás –dije, señalando varios metros ante mí a Isogai riendo con Sato, a Masaki y Kunihiro sonriéndose como dos bobos. Traté de acelerar mi paso, pero Tetsuhiro me detuvo en un recodo solitario de la calle.

–Ahora los alcanzamos, pero me debes un beso, y no podré ser feliz esta noche si no me lo das –dijo, y acercó su boca a mí de nuevo. La calidez de sus labios me invadió, el latigazo de su lengua entrando en mi boca, recorriéndola despacio, deleitándose en cada giro, me llevó al nirvana. Y me trajo una incontrolable erección.

–Tetsu...que vamos con ellos, y mira...

Sonrió de nuevo.

–Eso, lo tuyo y lo mío, lo arreglamos más tarde en casa, ¿vale?

–Claro...

–Souichi –me dijo, mirándome de pronto muy serio.

–¿Qué ocurre? –le contesté frunciendo el ceño.

–Te quiero.

Sonreí. Claro que me quería. Mi estrella solitaria, que había resplandecido para aclarar este caso, me amaba. Aunque fuera actor, cuando no estaba actuando tampoco sabía mentir. Y supe que era cierto.

–Yo también te quiero –le dije, y en una pequeña carrera alcanzamos a los demás, sin soltarnos de la mano.

Gemma Minguillón – Marzo 2017

FIN