Nota: Amarán a Palmon ;), subiré este cap ahora ya que fuertes réplicas están moviendo mi casa y antes de quedar aislada otra vez prefiero salvarlo D:
Capítulo dos
Mi relación con Michael había avanzado, lenta y tortuosamente, sólo consistía en abrazos y pequeños besos en la frente. Según él, quería tomar las cosas con calma y vivir cada momento especial en File, aprovechando que acá todo pasaba más lento y que teníamos una oportunidad única de conocernos mejor. Según yo, él tenía miedo. En fin, lo respeté como una buena niña y dejé que el tiempo decidiera si iba a regalarme algo más de él.
Esta noche iba a llevarme al último nivel del Centro de Comandos para poder observar las estrellas y paisaje una vez más, y a mí me urgía que la estrella principal del sistema se ocultara, pero al ser los días más largos y estar atrapada en la cocina preparando el almuerzo a los líderes del proyecto File, no tenía más remedio que esperar.
— ¡Davis! Te necesito, quiero de la cosa azul. —exclamé algo atareada, estaba rebanando el enorme tubérculo sobre el mesón. Mi asistente, en cambio, estaba pegado en la ventanilla de la puerta de la cocina, mirando con detención a la gente que todavía se encontraba merodeando el comedor desde el desayuno. —Davis. —lo llamé nuevamente pero el no parecía estar en este mundo y como último recurso, me acerqué y le toqué el hombro. Él se sobresaltó.
— ¡Mimí! —gritó muy exaltado y echándose para atrás intentó cubrir con su cuerpo la pequeña ventana con la cual espiaba. — ¿Qué pasa?
—Déjame pasar. —dije de forma burlona y traté de apoderarme de aquella ventanilla, pero mi asistente no quiso cederla en ningún momento, tapando una y otra vez el cristal con su espalda o con sus brazos. Mi risa juguetona contagió el lugar al mismo tiempo en que las campanillas de la puerta comenzaron a sonar estrepitosamente, me pidió varias veces que me callara. —A quién estás espiando.
—A nadie. —mintió instantáneamente y volvió a usar su cuerpo como barrera. —Y deja de gritar que nos van a escuchar.
— ¿Y quién nos va a escuchar? —y lo desafié con la mirada, jalando su brazo enérgicamente mientras se sonrojaba.
— ¡Está bien! Pero me tienes que prometer que no le dirás a nadie. —dijo él, apuntándome con el dedo índice, tanta seriedad en el asunto que no pude evitar dejar escapar un poco de risa contenida en mi boca. Entrecerró los ojos disgustando, no confiando en mi persona. —Tomaré eso como un sí. —exclamó dudoso y se apoderó de la ventanita una vez más sólo para cerciorarse de que su objetivo seguía allí. Me miró de reojo y luego se retiro del cristal para que viera, en ese instante me pegué al vidrio. — ¿Ves a esa chica?
Busqué y busqué por todo el comedor, intentando dar con una chica y más fue mi sorpresa ver al rostro del holograma en persona, se encontraba de pie a un lado de la mesa que había ocupado para desayunar, con un tipo alto y rubio y otro moreno. Reconocí a éste último como Taichi Yagami, el que me recomendó inscribirme para el proyecto.
—Es la chica del holograma. —comenté en silencio, siempre había pensado que alguien había inventado sus facciones en un programa de computador y, sin embargo, allí estaba como una persona común y corriente.
—Sí, la eligieron para ser el rostro de todos los mensajes de File. —sonrió mi asistente mientras la contemplaba a través del vidrio una vez que yo me alejé un poco. —Por ser muy bonita.
—Yo también podría haberlo hecho. —murmuré para mí pero él se molestó.
—Pero ella es simétrica.
— ¿Qué tratas de decir? —dije yo, con la idea de volarle la cabeza con mi poder mental.
—Nada, es que es su voz o algo. —habló como si suspirara cada letra entonadamente. Tuve la sensación de que pronto iba a empañar el vidrio y con la punta de su dedo iba a escribir las iniciales de su nombre y el de la chica encerrados en un enorme corazón.
—Cierra la boca que vas a empezar a babear. —dije con picardía. — ¿Y por qué no le hablas? Está a un par de metros detrás de esta puerta, no sería tan difícil.
—Si lo es, está ese maldito escritor. —y con esto último, se retiró a la huerta.
—No es como si estuviese casada. —repliqué alzando la voz, pero él no me escuchó. Lo seguí, estaba apilando los frutos que de un día para otro estaban rebosantes de jugo. — ¿Y quién es ese escritor?
—Es el hermano del capitán de la fuerza militar en File, vino al planeta a… escribir, supongo. —dijo con evidente disgusto. —Pero no hace nada más que seguir a Kari a todos lados.
— ¿Kari Yagami? —repliqué, había recordado el nombre de la puerta a un lado de mi habitación, en la cual jamás había oído a alguien entrar o salir. Llegué a pensar que aquella Kari se había ido de File unos días antes de mi llegada. Él asintió, respondiendo mi pregunta. —Yo creo que deberías hablar con ella. —al terminar me devolví al mesón y seguí hablando. —Y necesito esa cosa azul, urgente.
—Ya voy. —exclamó desanimado y volvió con el pedido. Acto seguido se sacó el delantal y se dirigió a la puerta —Voy a ir a la plataforma, el transbordador de provisiones debe estar por llegar.
Lo vi alejarse, evitando mirar al escritor que tanto odiaba y me pregunté si alguien se encontraba así por mí, pero al no conocer mucha gente en el Centro de Comandos lo veía difícil. Fue en esos momentos cuando recordé que Taichi se encontraba en el comedor y decidí ir a saludarlo, después de todo, mi idea antes de llegar fue toparme con él. Limpié mis manos y me dirigí a la salida, con dirección a la única mesa ocupada a estas horas.
— ¡Buen día! —saludé con la típica frase que se usaba en este planeta. —Falta poco para el almuerzo, les sugiero que se sienten por que en unos minutos estará todo listo.
—Buen día. —devolvió el escritor con serenidad. No entendí cómo mi asistente lo odiaba tanto, tratándose de una persona que no mataría ni una mosca. Kari sonreía también, poseyendo la misma serenidad del rubio, como si se trataran de almas gemelas, y recién ahí pude comprender el enojo de Davis.
—Mimí Tachikawa, no puedo creer que hayas aceptado mi propuesta. —comentó Taichi, el jefe administrativo de todo el complejo. Sonreía con ambas manos posadas detrás, en la espalda, como si se tratara del Mayor.
— ¿Qué puedo decir? Soy una mujer intrépida. —le guiñé un ojo y me preparé para despedirme, mi nuevo objetivo era que me viera caminando por las instalaciones.
—Eso no me lo imaginé jamás. —rió y cambió de tema. Indicó a la pareja sonriente. —Ella es mi hermana, Kari y él es su amigo, Tk, él se encarga de documentar todo lo que ocurre acá en File, es escritor.
—Mucho gusto. —hablé con sinceridad y suspiré, alarmada por que tenía que volver a la cocina. —Debo irme, mi asistente, Davis, se fue a la plataforma así que estoy totalmente sola a cargo de la comida. —dije recargando el nombre de mi ayudante mientras miraba a la chica del holograma, como un vago intento de hacerle un favor.
— ¿Davis Motomiya? —indagó el jefe administrativo.
—Exacto, es un buen chico. —dije como último comentario antes de irme.
Me vi atrapada en un gran problema con el almuerzo al estar mi asistente en la plataforma, tenía que ir a la huerta por más frutos y cocinar al mismo tiempo. Cada vez que escuchaba que las campanillas sonaban, llamaba a Davis, pero sólo sonaban por tener la puerta hacia la huerta abierta. La situación era bastante molesta, no podía dividirme a la mitad para cocinar y cosechar, y tampoco me gustaba ensuciarme con tierra por lo que era evidente el por qué mi asistente siempre estaba allí.
Salí a la huerta con un cajón de madera bajo un brazo y admiré la huerta, era amplia, tanto que no podía ver el final de ella. Comencé a leer los garabatos de las notas que Davis había puesto para diferenciar cada fruto al ser todas las hojas igualmente azulinas. Cosa roja, cosa verde, cosa rosa con espinas… ¡No podía encontrar la cosa azul! Maldecí a los cuatro vientos mientras veía la hora, faltaban unos quince minutos terrestres para que comenzara oficialmente el almuerzo y todavía me faltaba el plato de entrada.
Arranqué de la raíz de todo tipo de plantas sin etiqueta, y una en especial no quería salir. Pensé en que esa planta de hojas rosas, toques amarillos y una curiosa antena terminada en gancho era la proveedora del dichoso fruto azul, ya que ser tan difícil de sacar le atribuiría su famoso rol en la cocina de File. Seguí jalando hasta que de la tierra salió parte de lo que parecía ser un tubérculo verde, suspiré por la decepción precedida por el color del fruto de la planta y caí sentada en el suelo.
—Esto no me puede estar pasando. —lloriqueé con la esperanza de que mi asistente corriera en mi ayuda, pero nada pasó. Ahora Taichi sabría lo poco eficiente que era en la cocina y se desencantaría de mi puesto como jefe de cocina.
—Esto no me puede estar pasando. —escuché de pronto, no era una voz que conociera, ni tampoco sabía de donde venía. Era una voz gangosa y algo torpe en la modulación de las palabras.
— ¿Quién anda ahí?—dije alarmada, se sentía cerca pero no veía a nadie en la huerta conmigo. Entonces lo supe, era alguien que me estaba espiando, Taichi no me dejó sola en la cocina y había puesto un equipo de vigilancia para que no estropeara su famosa cocina en su ridícula instalación. Quizás el Mayor Ken estaba incluido. — No es de buena educación tener vigilada a la gente ¿sabes?
—No es de buena educación tener vigilada a la gente.
— ¡No es gracioso! —grité abrumada y ofendida, no podía imaginar la clase de gente enferma que estaba detrás de todo esto.
—No es gracioso. —volvió a pronunciar la voz gangosa y pude notar que salía desde la tierra, allí debía estar oculta la cámara y el radio-comunicador, supieron de mi aversión de ensuciarme por lo que sabían que jamás me metería ahí, y mi asistente debe haberles dado la información, sé que él y Ken eran muy buenos amigos.
Comencé a cavar a un lado del tubérculo verde, de donde provenía la voz y vi que aquella planta tenía dos grandes cosas cristalinas de color verde oscuro y me reí, parecían un par de ojos. Ante el estímulo auditivo, las hojas comenzaron a vibrar, algún fenómeno de este tubérculo que Yolei podría explicarme después. Segundos después la planta rió. Sí, rió de forma gangosa y todo mi corazón se detuvo.
—Es una broma. —murmuré para mi misma, viendo cómo este tubérculo se desenterraba y repetía una vez más mis dichos. Parpadeaba, su pecho parecía inflarse luego de una inhalación y tenía extremidades como las mías. —Qué demonios eres. —la planta volvió a imitarme, colocando sus pequeños brazos sobre su cintura al igual que yo, quedé anonadada ¡Uno de los animales me había elegido para que lo observara!, corrijo, una de las plantas. —Cómo te llamas.
—Cómo te llamas.
— ¡No!
—No. —exclamó la plantita, gesticulando la negativa con sus manos imitando a la perfección cada uno de mis movimientos. Era gracioso y desesperante.
—Me llamo Mimí ¿y tú?
—Me llamo Mimí. —me siguió hablando la planta de hojas rosas.
— ¡Yo soy Mimí! —le dije, puntándola con el dedo índice y ¡Sorpresa! La planta me apuntó también, diciendo que ella era Mimí. Me reí junto a ella, no tenía remedio, y posé mi mano en mi pecho pronunciando mi nombre y luego la posé en su pequeño cuerpo, esperando a que me respondiera. Tardó unos minutos para que comprendiera, cerrando un poco sus ojitos brillosos repetidas veces, y respondió dificultosamente.
—Paaaalmooon. —pronunció ella, con torpeza al retrocer su lengua en un intento de llevar la palabra a modulación mejor, pensé en que le costaba desarrollar palabras por si sola ya que no había ninguna fuente para desarrollar una buena imitación.
Finalmente, pude escuchar las campanillas de la puerta sonar estrepitosamente, indicando que alguien había entrado a la cocina. Me paré del suelo para fijar todos mis sentidos en el recién llegado y para mi alivio era mi querido asistente, venía con cara de espanto mientras se abotonaba su delantal al salir a la huerta.
— ¡Davis! Palmon…—dije yo, volteándome hacia la pequeña planta animada para que mi asistente pudiese verla pero, como los dichos de Yolei, sólo se muestran a quien quieren que los vean y Davis no era parte del plan de Palmon.
— ¿Palmon? Ya te estás a aprendiendo los nombres de los frutos. Te felicito. —sonrió y me tomó de los hombros para guiarme de vuelta a la cocina. —Ahora anda a terminar el plato principal para los jefes, yo te traigo las cosas azules…digo, palmons.
—Está bien.
Toqué la puerta con cuidado, no estaba segura si había alguien detrás y realmente no me gustaba la idea de ir a visitar al médico. De alguna forma deseaba que la habitación de la enfermería de la instalación estuviese vacía, por alguna emergencia afuera que sacó a todos los médicos y enfermeras de su puesto de trabajo, o algo por el estilo. Sentí movimiento del otro lado y fue mi perdición, quise correr, pero temía que el Mayor me tomara presa por no acatar, nuevamente, las reglas.
El médico sudoroso apareció detrás de la puerta, aspirando un inhalador al verse agitado por algo, sus miedos eran infinitamente numerosos o, al menos, eso creo.
—Hola. —saludé cantadamente. Él enderezó sus lentes y me enfocó como analizándome, sacó un historial medico de un escritorio a un lado de la puerta y leyó apresuradamente. —Si está muy ocupado puedo volver en otro momento.
— ¿Mimí Tachikawa? —indagó el médico, yo asentí. —Llegas tarde, acá dice que el análisis urinario marcó un decrecimiento en el conteo de calcio, ¿estás haciendo tus ejercicios rutinarios?
—Casi…—dije algo apenada, no podía mentirle, como odiaba esos análisis que se llevaban a cabo en el baño al momento de orinar.
—Entonces debes estar perdiendo masa muscular. —me miró de pies a cabeza, y sonrió. —No te preocupes, haremos un par de exámenes y llegaremos al problema, pero tienes que hacer tus ejercicios ¿de acuerdo?
— ¿Podría preguntar qué significa eso de perder masa muscular? —indagué preocupada, si perdía músculos, por muy pequeños que sean, imaginaba que llegaría a los huesos y me vería horrenda.
—Significa que te pondrás blanda, el ejercicio prevendrá eso, además de contrarrestar tu pérdida ósea. —dijo sin mucha preocupación en sus palabras, sólo se preocupó de guiarme a una especie de silla y me indicó que tomara asiento. Tomó una bandeja con miles de instrumentos metálicos y revolvió el interior hasta sacar con una jeringa igual al de las azafatas en la nave. —Esto no debería doler. —habló pausadamente y se dirigió a mi cuello.
— ¡Si duele! —exclamé, apartándome de la jeringa ágilmente.
—No puedes saberlo si no te he hecho algo, soy tu médico, confía en mí. Sólo necesito un poco de sangre para ver tu conteo de hierro. —explicó calmadamente. —Trataré con una jeringa de pediatría, son las agujas más pequeñas que puedo encontrar. Mientras tanto, cuéntame algo para que de distraigas.
—Está bien. —respondí dudosa y preferí mirar hacia la pared. —Entonces le preguntaré algo, las pérdidas que menciona ¿puede conducir a pequeñas alucinaciones, como ver plantas que hablan? —él sonrió y negó con la cabeza.
—No tiene nada que ver eso con tus pérdidas normales, la gravedad en este planeta es muy distinta a la de la Tierra, por eso pierdes. Ahora, que te hablen las plantas debe ser otra razón muy distinta. —se pausó al sacarme la jeringa de mi cuello y juntó las botellitas con mi sangre en un mesón, no sentí pinchazo alguno. —Listo, y ni siquiera tuve que usar la aguja de pediatría.
Michael me llevó al último nivel del Centro cuando mi reloj marcaba la media noche, guiándome por pasillos restringidos con mi mano en la suya. Se mantuvo en silencio casi todo el tiempo desde que el ascensor se detuvo en el último nivel permitido por los colonos y tuvimos que seguir subiendo por unas escaleras metálicas, siempre había pensado que el edificio terminaba cuando el ascensor dejaba de subir. Quise preguntar el por qué pero mi concentración se dirigió a un símbolo que se encontrada en cada puerta que miraba, una estrella encerrada en un semicírculo con puntas adosadas a él. Jamás lo había visto.
—Michael, ¿qué es esto? —hablé, deteniéndome frente a una puerta adornada con la estrella. Él sonrió y siguió halándome la mano, indicando que debíamos seguir.
—La antigua fachada de las instalaciones. —respondió sin tomarle mucha importancia al asunto, él sólo pensaba en subir las escaleras hasta el punto más alto del edificio.
— ¿Por qué el ascensor no llega al final? —Michael se detuvo de pronto y se volteó a verme, preguntándome si estaba cansada de subir las escaleras. —No me refiero a eso ¿por qué nadie sabe de este lugar?
—No saben por que no preguntan. —dijo él. —No les interesa subir y ver las estrellas más de cerca. Ni tú quisiste saber qué nivel es el último. —sonrió una vez más y siguió escalando más niveles, me quedé silenciosa mientras lo seguía, su argumento parecía ser lógico.
— ¿Cuánto falta? —murmuré después de un rato, su mano tuvo que sujetarme con más fuerza ya que me estaba volviendo un peso muerto.
— ¿Ahora estas cansada? —rió al verme con una cara de evidente disgusto, mis cejas se contrajeron y mi labio interior sobresalía en un gesto infantil, me opuse cuando me jaló levemente en un intento de analizarme al no obtener una respuesta de mí. —Faltan doce niveles, es mucho menos de lo que hemos subido.
—Ya me aburrí de subir, quiero volver. —sentencié y me zafé de su agarre para tomar asiento en uno de los escalones metálicos del lugar. —Podríamos haber ido a la huerta o a algún otro lugar, las estrellas no se van a ir ¡Hasta a la copa de un árbol!
—Vamos, Mimí, son sólo doce niveles. —se hincó hasta la altura de mi rostro, el cual desvié para no tener que verlo. — ¿Te cargo? —me preguntó de pronto y yo volví a la realidad.
— ¡Está bien! Pero no me hagas volver a subir tanto. —le dije yo, y comencé a subir los niveles, uno por uno. —Apúrate, no quiero llegar al amanecer. —hablé con gracia, no quería ser tan berrinchuda.
Él me siguió de cerca, ahora era yo la que guiaba por las instalaciones oscuras y desconocidas, al menos para mí. La única iluminación que había, eran unos puntos brillantes a los lados de la señalización de los niveles, tan rústico que parecía que hubiese sido pensado para un asentamiento militar nada más, no para los habitantes de una colonia. Me detuve cuando una puerta apareció al final de las escaleras, estaba como sellada por fuera ya que no se movió aunque la hubiese pateado un par de veces.
—No se abre. —dije con el disgusto de vuelta. Michael se acercó y usó su pase para abrir el seguro de la puerta metálica, un punto verde se encendió en lo que parecía ser el cerrojo digital.
—Es por que necesitabas una llave. —comentó él con calma y empujó el metal para descubrir el techo del Centro de Comandos, tan desolado como las escaleras que recorrimos. No respondí y me dediqué a inspeccionar el lugar, todo era de un metal con óxido en las uniones con todo lo que estaba adosado allí, ventiladores y paneles solares.
Michael siguió caminando hasta un borde, con ambas manos en los bolsillos del pantalón, y me dio la impresión de que no era la primera vez que venía a este lugar, sino que venía siempre. Me uní a él en el borde y aguanté la respiración cuando vi que todo lo de abajo era difuso y que sus detalles se habían perdido por lo lejos que se encontraba, por lo que traté de reconocer algo allá abajo, a la lejanía podía ver una pequeña estela de humo negro proveniente de lo que probablemente era el campamento de Yolei.
—Así supe en dónde estaba la novia de Ken. —comentó cuando supo lo que estaba mirando. —No la conocía y tampoco se sabe muy bien en donde se encuentra, siempre está cambiándose de posición.
—Entiendo. —dije yo, sólo por responder, ya que seguía buscando puntos de pequeña civilización, y di con otro montículo metálico más al este en donde el campamento de la chica estaba. — ¿Qué es eso?
—Es el Centro de Investigación, y donde están las fuerzas armadas. Todavía se estudia donde se puede poner un centro militar. —explicó el rubio, añadiendo esta última información como un dato curioso y yo me sorprendí de cuánto sabía.
— ¿Cuánto tiempo has estado acá?
—Lo suficiente, ya no recuerdo cómo es vivir en la Tierra. —dijo con un poco de nostalgia en la voz. No seguí con mis cuestionamientos y guardé silencio.
Pasado un tiempo, mis piernas se entumecieron y decidí ir a sentarme sobre algo sobresaliente en el suelo para descansar los pies, busqué un rato algo errática y sentí un zumbido pequeño en mis oídos. Michael se volteó a verme, segundos después una luz giratoria naranja se encendió, era muda pero revelaba una alarma.
—Entra al edificio. —me ordenó de pronto, no lo escuché con claridad ya que el zumbido en mis oídos comenzó a intensificarse. Él reiteró la orden y pude comprender. —Entra ahora.
— ¿Qué pasa? —susurré invadida por el miedo, sentí una ráfaga de viento golpearme la cara acompañada por los granos de arena levantada arañándomela. Me cubrí rostro instintivamente con brazos y manos, y sentí el zumbido como si un aleteó rápido. Él me jaló hasta el interior y cerró la puerta dificultosamente, al ser lanzada hacia fuera por la ventisca, por un segundo pensé ver un enorme insecto bajo el cielo estrellado. — ¿Qué fue eso?
—Una tormenta de arena. —jadeó él, sacudiéndome la ropa y guiándome escaleras abajo.
—No era eso. —dije yo con cierta inquietud que agitaba mi voz, sabía que tenía que correr pero no lograba entender de qué. Un remezón en el edificio me hizo gritar, había cortado la poca iluminación en el lugar, no podía creer que tanto desastre lo podía ocasionar una ráfaga de viento.
—Espera. —dijo él, apoyándose sobre la pared metálica con expectación, era obvia la razón, ya que no podíamos seguir corriendo en absoluta oscuridad. Hubo otro remezón y luego la luz volvió. —Ya pasó todo, sigamos.
— ¿Tormenta de arena? Es imposible, todo el centro está rodeado de árboles. —comentó Yolei desde su posición sobre una raíz callosa y sobresaliente del suelo selvático, estaba tratando de captar algún movimiento con un censor digital que emitía un sonido pulsante y molesto. — ¿Y cuándo pasó esto?
—Anoche. Kari dio un informe de lo que había pasado por el altavoz, decía que todo estaba bajo control y que nos mantuviéramos dentro de las instalaciones. —dije yo desde una silla en su campamento. —Vine por que te vi desde el techo y si hubo una tormenta habrías estado en ella. —terminé con un suspiro, hasta Michael creía en esa estupidez.
—Te diré lo que vi yo anoche. —dijo ella al momento de saltar de la raíz al no encontrar movimiento, apagando el aparato se dirigió hacia la tienda. —Un enorme animal sobrevolando, era como un insecto.
— ¡Si! Eso vi yo. —exclamé aliviada, como no había vuelto a ver a Palmon y Michael negaba la existencia del insecto gigante, había comenzado a creer que estaba entregándome a la demencia por ingerir comida extraterrestre.
—Si, lo cual me confunde. Nunca había visto a uno acercase tanto a la civilización.
—Tal vez era malo. —opiné de pronto y ella me observó con detención. —No es sólo parte de la naturaleza humana ¿no crees? Quizás quería atacarnos.
—Quizás, pero sería la primera vez que veo esa conducta. —expresó la bióloga. —Pero ¿por qué no me atacó a mí?
—Eso es por que ellos saben que tú no tienes malas intenciones y los del Centro de Comandos son los malos. —guiñé un ojo y me paré del asiento. —Debo irme, Michael me regañará cuando vea su transbordador abollado.
—No creo, no se ve como una persona que le importen ese tipo de cosas. —opinó ella al pararse a observar las marcas en la nave. —Además, es tiempo de cambiar estas cosas. Oye, ¿tenías permiso para venir a la selva sola?
—No realmente, pero te traje comida y eso es lo que cuenta. Le diré eso cuando Ken trate de reprenderme. —sonreí cuando terminé de hablar y comprobé que Yolei se reía a carcajadas recordando a su novio.
Al volver a la plataforma del Centro de Comandos, Michael estaba esperándome allí, en su rostro no se veía ni una gota de enojo, sólo había preocupación, por lo que corrió hasta el hangar en donde me estacioné y enseguida extendió las manos para ayudarme a bajar. No esperaba verlo al momento de llegar, había pensado en irlo a ver yo misma cuando imaginara alguna razón del por qué me había ausentado en la tarde sin decirle a nadie, pero él no reparó en eso, sólo se dedicó a palpar mi rostro en busca de cualquier signo que le indicara que mi estado físico haya sido dañado.
— ¿Estás bien? —dijo el rubio, tomándome de los hombros una vez que comprobó que exteriormente todo estaba bien.
—Excelente, sólo fui donde Yolei a dejarle comida.
—Pero Mimí, ¿qué hubiese pasado si la tormenta de arena se hubiese levantado otra vez? —expresó él con preocupación.
—No fue una tormenta de arena ¿cuántas veces te lo tengo que decir? —exclamé disgustada. —Era un insecto gigante, no puedo creer que estés tan ciego.
—Escuchaste a Kari, todos los informes dicen lo mismo.
—Y Yolei no vio ni un grano de arena, vio un insecto. —dije tratando de tranquilizarme.
—Mimí. —me llamó una voz femenina, volteé a verla y me encontré con una linda chica en un uniforme, con falda y tacón. Se llevó las manos detrás de la espalda y me contempló totalmente enderezada, en una posición de evidente disciplina militar.
—Sora, ¿qué haces aquí? —indagué sorprendida, por su vestimenta y por su llegada al centro. —Te ves bonita.
—Gracias. —me sonrió y se encaminó hasta donde estábamos Michael y yo. Todavía me costaba reconocerla al no estar con su casco y sus lentes de piloto. —Vine por la alarma que se activó anoche y me quedaré un tiempo para estudiar el asunto.
— ¿De veras? —exclamé alegre, por lo que la abracé y la guié por los pasillos. —Ven, te diré todo lo que vi. Debes tener hambre.
Dicho esto, la uniformada me siguió caminando con la misma posición adoptada antes. Michael también emprendió el viaje hasta la cocina, en silencio y cabizbajo, realmente no quería que siguiera con el tema y comenzara con la histeria. Era como si todos los colonos se hubiesen vuelto androides de las instalaciones de File, acatando todo lo que se les decía.
—Estábamos en el último nivel con Michael, es tedioso subir por las escaleras. —comencé a explicar con normalidad, Sora pareció extrañarse por la información y se volteó a ver al rubio como si quisiera una explicación.
— ¿Último nivel? —habló la pelirroja.
—Sí, pero ese no es el punto. —continué yo con visible disgusto, todas estas personas se desviaban con temas poco importantes. —El punto es que había un insecto sobrevolando, y esa supuesta tormenta de arena fue la suciedad que levantó con sus alas.
—Entiendo. —siguió la piloto y se volteó a Michael cuando llegamos al comedor de las instalaciones. —Hablaré a solas con Mimí, órdenes de Taichi. —se expresó con total naturalidad y volvió a mirarme con detención, el rubio no pareció molestarse por el comentario, como si ya estuviera acostumbrado a ese tipo de tratos y se fue.
—¿Por qué hiciste eso? No es algo que él no haya visto. —indagué ofendida.
—Por que debo hablar contigo de lo que ocurrió. —silenció y aclaró la garganta. —No existe ese tipo de cosas, y si lo hubiese, el capitán Matt ya se habría ocupado de la situación. —terminó su discurso y yo me alteré.
—No puedes hacerme esto, Sora, yo sé que ni tú misma te lo crees. Ellos existen, cuando piloteas el pájaro gigante está a tu lado. —dije exasperada y ella se mantuvo estoica, hermética a todo comentario. —Mira, ven conmigo. —y la alé por la cocina hasta llegar a la huerta, ella sólo suspiró por la pérdida de tiempo. —Espera aquí. ¡Palmon!
—Mimí, es suficiente. Debes dejar esta idea del insecto gigante y de ir lugares restringidos, estás poniendo tu vida en peligro cada vez que vas a lugares prohibidos, eso incluye el último nivel e ir sola la selva.
—No estaba sola, fui con Yolei, y ella siempre está sola en la selva. —me defendí yo y ella se cruzó de brazos mientras yo seguía llamando a Palmon. Entre la hierba los pétalos rosas aparecieron ocultos entre el follaje, siempre estaba observándome desde la huerta. —Palmon, ven aquí, Sora no te va a lastimar.
—Mimí. —pronunció la voz gangosa de ella y desenterró sus pequeños pies de la tierra para acomodarse a un lado de mí, le tomé la mano y la encaminé hasta donde la piloto se encontraba. La pelirroja no pudo más que abrir sus ojos como platos sólo para liberar un pequeño grito de sorpresa antes de verme para encontrar una respuesta.
—Se llama Palmon, todavía no le enseño a hablar pero imita todo lo que le dices a la perfección. —dije orgullosa de la planta que empezó a mirar a Sora con detención. —Así que dime la verdad.
—Mimí, todo lo que dices…—dijo ella con un tono dudoso en la voz, había callado como reprendiéndose de lo que diría después. —Es cierto, pero no puedes decirle a nadie, eso provocaría histeria colectiva en todo File.
—Me lo imaginaba, pero aún así me ocultas algo. —opiné yo mientras tomaba en brazos a Palmon. —Cómo está Izzy.
—Sigue en el Centro de Investigación.
—Excelente, me llevarás con él mañana. —ella frunció sus cejas.
Gracias por leer, espero volver pronto.
