Por una tormenta
Escribiendo en su computadora pasaron las horas, tecla tras tecla, con prisa, sin errores. Debía acabar el trabajo y entregarlo antes de que fuera tarde. Encerrado en su mundo, no oyó el timbre ni las relajadas conversaciones que mantenía su madre, al otro lado de la puerta. No fue hasta sentirse satisfecho con su obra que se levantó. Estiró los brazos, acabó su vaso de jugo de un sorbo y tomó una muda de ropa limpia.
Salió de su habitación, dispuesto a tomar la más merecida y larga ducha de toda su vida. No llegó a dar dos pasos, pues las risas de su madre le llamaron la atención.
— ¿Mamá?
La señora Izumi se puso de pie de inmediato, aún con la sonrisa pintada en el rostro y una risa flotando a su alrededor.
—Kou, cielo, acércate, ¡tienes que ver las maravillas que Hikari-chan ha impreso!
Arrugando un poco el entrecejo, Koushiro miró hacia el sillón que le daba la espalda. De la nada, la figura de Hikari Yagami, que había estado inclinada, se irguió, sosteniendo algo en sus manos, y lo miró sonriente. Lo primero que él atinó a hacer fue esconder sus calzoncillos tras su espalda.
— ¡Hikari-san! —Exclamó con las mejillas encendidas —, no sabía que… no oí que…
Las mejillas de Hikari también se colorearon.
—Lo siento, debí haber avisado antes de venir. Es que al fin pude imprimir esas fotos del primero de agosto. Hice varias copias, y pensé que, tal vez, a tus padres y a ti les gustaría tenerlas.
Koushiro recordaba muy bien aquel día, y estaba seguro de que nunca lo olvidaría. Le sonrió a Hikari con ternura y olvidando todo lo demás, se acercó a ella, se sentó a su lado en el sillón. Entendió que lo que llevaba en sus manos eran fotografías que habían caído al suelo. Ella se las tendió, devolviéndole la sonrisa y sus dedos se rosaron suavemente cuando Koushiro las tomó.
Él la felicitó por su trabajo, eran tan únicas como la misma Hikari. Y así, rememoró cada escena del aniversario digital con cada fotografía. Todos estaban allí. Taichi, luciendo su nuevo peinado de adulto. Mimi con sus anteojos oscuros, tomando sol con Palmon. Sora y Yamato, con su anillo de compromiso. Iori, enseñando a sus camaradas a utilizar correctamente su shinai*. Daisuke, alzando con toda la alegría su boleto a Estados Unidos. Joe, ejerciendo su trabajo de médico de ambos mundos. Miyako y Ken, siendo felices juntos. Takeru, leyendo a Patamon y Tailmon su primer libro publicado. Y estaban ellos, Hikari y Koushiro, o mejor dicho, sus pies.
Se sorprendió al ver aquello, porque no lo esperaba; esa fotografía había sido sacada sin su consentimiento, después de haber caído dormido, junto a Hikari, a la sombra de un gran árbol.
Hikari le sonrió tan dulcemente que él no pudo resistirse al sonrojo, una vez más.
—No pude evitarlo, lo siento.
Koushiro agitó levemente la fotografía.
—Me quedaré con esta —declaró.
Se miraron con las mejillas tan coloreadas que debieron apartar los ojos. Y en un intento de cambiar los aires acalorados, Koushiro miró a donde estaba su madre, pero ella ya no se encontraba allí. Entendieron, sin tener que pensarlo, que se había marchado a propósito.
—Emmm
—…
—Sí.
—Claro, emm
—…
—Yo… voy a… a volver a casa. Se está haciendo tarde.
—Oh. Claro, sí. Este… de acuerdo.
Con el corazón acelerado, Koushiro la acompañó hasta la puerta. Hikari le sonrió y volvió a calzarse.
—Yo…
—Gracias —soltó él —, por pasar y traer las fotografías.
La sonrisa de Hikari se intensificó, y, sin pensarlo, se puso en puntas de pie, sellando la mejilla coloreada de Koushiro con un suave beso. Y la sorpresa atenuó el sonrojo.
El muchacho abrió con cuidado la puerta de entrada, el viento les azotó el rostro con fuerza y varias gotas de lluvia que viajaban en él salpicaron sus ropas. Koushiro, de inmediato, cerró la puerta y la trabó con llave.
—No te irás con esa tormenta.
—Sólo es agua y algo de viento, además, traje mi paraguas —siguió ella, siempre sonriente, alzando en su hombro un paraguas rosado.
Sin previo aviso, el resplandor de un relámpago iluminó el lugar, y un imponente trueno, como un fogonazo, retumbó en las paredes, haciendo flaquear la sonrisa de la niña.
—Yo haré la cena —decidió Koushiro, quitándole el paraguas rosado de las manos.
Hikari esperó un momento, buscando cómo replicar, pero viendo que no ganaría, volvió a reírse. Koushiro le dio la espalda, con una sonrisa, para dirigirse a la cocina.
—Bien, tú ganas. Pero la próxima vez cocinaré yo.
Ella caminó tras él. Pero Koushiro la sorprendió al voltearse e inclinarse para plantar un beso en su mejilla.
—La próxima vez.
*Shinai: Sable de bambú que utilizan en el kendo.
¡Miles de gracias por leer!
