Capítulo siete.


Kari lloró toda la noche y toda la mañana, se deshidrató de tal modo que una fiebre la atacó y hubo que recostarla en el mullido sillón de piloto en lo que quedaba del campamento. Me mordía el labio cada vez que, de lo que quedaba de la nave del rubio mayor, salía Joe, buscando agua o aire para seguir tratando a la paciente. Todo era mi culpa, y como si estuviese completamente resignada a desparecer en el bosque, me dediqué a buscar todos los cuencos rústicos que habíamos hecho a partir de las cáscaras de distintos frutos; en ellos recolectamos todo el rocío que cayó en la mañana temprana y se escurrió por las hojas gruesas de algunas plantas. Idea que salió de la mente del físico.

Me mantuve sigilosa, como si no quisiese molestar a ninguno de los presentes, y tomé dos cáscaras para entregárselos al anteojudo. Al voltearme, me encontré al pelirrojo en el otro extremo alejado del perímetro del campamento y sentí la necesidad de buscar cualquier tipo de información que manejase en ese momento; quizás diría que en unas horas volverían los pilotos y Tai, que vendrían con ayuda y al final del día estaríamos llegando al Centro de Investigación.

—Qué sucede. —pregunté cuando llegué, él me miró sobresaltado y volvió enseguida a su estado estoico que lo caracterizaba.

—Analizo. —respondió, me sonrió y me despojó de la carga emocional que residía en el agua que cargaba. No quería ver a la enferma a los ojos. —Kari debe necesitar más agua, vamos.

—Espera. —lo detuve. —Necesito que me digas lo que piensas.

—No hay mucho que decir. —expresó cansado, no era la única que estaba cansada de ver tanto verde y azul en nuestro camino. Ni hablar de las criaturas que nos rodeaban que tenían el tamaño de un edificio, como el reptil de la noche anterior.

—¿Estaremos bien? Sólo debemos ir al otro centro y hablar con las personas allí, seguro nos prestarán ayuda y podremos volver a la Tierra. —hablé entrecortada, casi como esperanzada puesto a que ni yo creía en mis palabras. Algo le molestó a Izzy, arrugó la nariz y me miró con cierta apatía.

—Es un centro abandonado, con suerte encontraremos comunicación por radio. —susurró como si la verdad fuera pecado en ese planeta, no me sorprendió mucho dicha información. Cuando quiso seguir con su idea de entregar el agua, lo detuve tomándolo de un brazo con mis manos.

—Entonces vamos, debemos irnos. —dije, con la idea que fuéramos solo los dos y así él captó mi idea. —Tenemos el mapa y piernas, ¿qué nos detiene?

—Mimí, estamos en grupo, no podemos abandonar a la gente. —resopló contrariado y posiblemente espantado con mi actitud.

—Volveremos por ellos, Kari no puede moverse, Tk está cojo y Joe debe cuidarlos, somos los únicos que podemos llamar por radio. —supliqué colgándome de su brazo cuando me abandonaban las fuerzas. —Necesito salir de aquí, cada vez que nos detenemos sale una cosa más grande que la anterior.

—Sabes que Tai y los demás volverán. —trató de afirmar, pero fue la primera vez que lo oí dudar de uno de sus dichos. —Tenemos que esperarlos.

—¡Izzy, trae más agua! —llamó el médico desde su estación, ambos nos quedamos mirando por largos segundos antes de que atendiera el llamado. Sé que también analizó mi idea


Tai fue el primero a quién contactaron; era audaz y con una invitación tan extraña como la que le había planteado hacía que sus entrañas se revolvieran de emoción, con su título recién ganado de Ciencias políticas era el candidato perfecto para aquella tarea. Comandaría el centro principal de File y estaría en contacto continuo con un área que siempre lo cautivó: las fuerzas militares.

Era su primer día en aquel mundo y se topó con una linda chica en el hangar, era delgada y pelirroja.

Buen día. —expresó el moreno cuando hubo llamado su atención. Ella no pareció muy interesada en él puesto que toda su concentración estaba volcada en las nuevas naves adquiridas por la organización. —Bonitas.

Es verdad. —expresó por primera vez la pelirroja, se echó el bolso al hombro y continuó. —Algún día seré la piloto de alguna de ellas. —Tai se sobresaltó, ahora, la chica lo había vuelto loco. Sonrió.

¿Eres piloto? —indagó, era obvia la respuesta pero con suerte ella le revelaría más información.

Entreno para eso, en unos meses podré. —dijo simplemente y fue cuando lo miró de pies a cabeza. —¿Cuál es tu puesto aquí?

Jefe administrativo del Centro de Comandos, bueno, cuando termine de construirse. —respondió inflando el pecho de orgullo a lo que ella sólo rió por lo bajo. —Al parecer todavía nos quedan unos meses para lograr lo que vinimos a hacer.

Soy la teniente Takenouchi. —se presentó finalmente y le extendió la mano en forma de saludo, al moreno le pareció tierna la forma en la que se expresó como una militar feminizada. Le respondió el saludo de igual manera.

Lindo nombre. —bromeó. —Jamás había oído Teniente. —ella no respondió y siguió contemplando las naves. —Soy Taichi Yagami, pero puedes decirme Tai.

Claro, Tai, nos vemos. —y dicho esto la chica se retiró.

Poco tiempo después, Tai se enteró que la chica había entrado al programa porque su padre era uno de los físicos que lo habían traído al planeta. Uno de los más respetados, y pronto los vio interactuar en los pasillos del Centro de Investigación, a la hora del almuerzo. Se notaba que no tenían mucha relación porque sus tratos eran más bien formalidades.

Un día, tomó una bandeja con comida y se dirigió a la mesa en donde el físico y su hija se encontraban, dejándose caer sobre una silla junto a la última.

Lindo día. —expresó el moreno. Miró a la pelirroja que tenía los ojos desorbitados del asombro y el joven se adelantó y extendió su mano para estrechar a la del hombre mayor. —Soy Tai, mucho gusto.

El gusto es mío. —expresó el científico. Miró a su hija, lo cual no gustó a la pelirroja —Sora, no seas mal educada, saluda.

No es problema, nos saludamos todo el tiempo. —dijo Tai, previendo que la chica lo odiaría si dejara que el científico le hablara así, como si de una chica de cuatro años se tratara. —¿No es verdad, Teniente?

Claro. —respondió la chica, y se llevó un poco de comida a la boca.

¿Cómo va lo de tu nave? —volvió a hablar, y Sora pensó en lo enfriada que estaría la comida del castaño si seguía hablando como lo estaba haciendo. Tragó con dificultad y buscó en su cabeza la respuesta a esa interrogante, intentando dar con algo que a su progenitor si le gustara puesto que todavía no le agradaba la idea de que su única hija se uniera a las fuerzas militares. Algo demasiado opuesto a la línea de investigación que había elegido él para su vida.

Sigue en proceso, falta sólo un mes para completar el entrenamiento. —indicó algo muda, y miró a su padre que la miraba atentamente. Sora sintió que jamás podría impresionarlo.

Me alegro, espero verte volar pronto. —expresó el moreno, sonrió y se echó una cucharada de comida a la boca, mientras seguía observándola. Se sintió cohibida y bajó la vista hacia su propia bandeja.

Bien, chicos, debo ir a trabajar. —dijo el padre y se levantó de su asiento con la bandeja en las manos, la pelirroja lo miró aterrorizada; no quería quedarse sola con el futuro jefe administrativo del Centro de Comandos. El físico le dio una palmada en los hombros y se fue del lugar, lo que hizo que Tai sonriera visiblemente por la ayuda del viejo.

¿Me dirás tu nombre? —preguntó él cuando al fin estuvieron solos, ella rió por lo bajo y se echó comida a la boca para evitar responder. —No seas así, muero por saberlo.

Sora. —respondió y se levantó rápidamente al dar terminado su almuerzo, Tai se sobresaltó y trató de detener su caminar al tomarle un brazo con una mano; al ver su atrevimiento, la soltó y se volvió a sentar en la silla.

Lo siento, pero quédate unos minutos. —suplicó avergonzado. —Hace meses que he tratado conversar contigo.

Lo lamento, no tengo tiempo. —expresó y dejó solo al moreno.

Semanas después, se sentó en el hangar principal a la espera de la escurridiza chica; era el último lunes y debían presentarse, sin demora, todos los aspirantes a piloto. Eran bastantes y ella era como una especie en extinción puesto a que eran pocas las aspirantes de sexo femenino, Tai imaginaba que ella tenía todo el derecho de estar ahí y que jamás se había colgado del apellido de su padre para entrar al programa de File.


Oí que susurraron por largo rato detrás de la destruida nave, la noche había caído hace horas y una espesa llovizna comenzaba a hacerse presente; yo estaba hincada en el mullido sillón a un lado de la enferma de pena mientras que remojaba tu piel con agua de lluvia.

—Debemos movernos. —concluyó el científico con pesar en su voz. —Cada momento que pasa la probabilidad de que sobrevivamos se hace nula.

—Kari no debe levantarse, está empeorando. —replicó, diagnosticando a la chica de hermosa voz. Izzy suspiró cansado, como si se esperase esa respuesta pero aun así se decepcionaba. El escritor llegó con dos cuencos de agua y se adentró en el sillón de piloto, dispuesto a sacar todo rastro de sudor en el rostro de la castaña, le murmuró algo respecto a su salud que iba en mejora y dio con mi rostro descompuesto al otro lado del sillón.

—Qué sucede. —susurró en pregunta, y yo dejé de mirarlo instantáneamente, dispuesta a mantener la temperatura de Kari en ópticas condiciones para su recuperación. —Mimi.

—Planeamos irnos. —repliqué asustada, a lo que el rubio escritor rompió su serenidad y me miró enojado. Me hizo una seña que me dio a entender que debía salir del cuarto provisorio de la enferma y que guardara silencio. Así lo hice.

—Estás loca. —me susurró contrariado, pero fue lo suficientemente fuerte como para que pudiese captar la atención del físico y del médico al instante. Joe se asomó primero y dio dos pasos certeros para llegar al lado del rubio y quedarse ahí, prefiriendo la posición que había tomado el susodicho, como médico no podía descuidar la suerte de sus pacientes. —Debemos quedarnos hasta que mejore.

—Esto está más que claro. —siguió el anteojudo, reacomodando los vidrios en lo más alto del tabique de su nariz, completamente determinado a seguir con su punto. Por mi parte, miré al miserable pelirrojo, estaba solo a un lado de lo que quedaba de la nave; suspiré y di mi opinión sobre el tema en cuestión: me fui a parar a un lado de Izzy.

—Lo sabemos, pero no ya apareció un animal grande, y sólo nosotros sabemos que existen de tamaños peores. Miren lo que le sucedió al Centro. —expliqué tratando de mantener la calma. —Es cuestión de tiempo para que sigan apareciendo.

—Pero Kari…—interrumpió Tk, agobiado.

—Kari estará bien. —aseguró Izzy. —Esperaremos un día o dos y seguiremos el camino hacia el centro abandonado. Si Tai y los demás están bien, lo más probable es que vayan hacia allá, será nuestro punto de encuentro. Es allá donde nos recogerán.

Escritor y médico se miraron resignados, el primero entró a la nave y se sentó a un lado de su amada, mientras que el segundo nos miró resignado y fue a buscar más cuencas con agua de lluvia, aunque yo sabía que se habían agotado hace horas.

Me senté en el suelo y apoyé la cabeza entre mis manos cansadas, suspiré para luego dar una visión panorámica al campamento, los restos de la comida anterior seguían allí y eran el recordatorio de los tres que desaparecieron en el bosque y que ningún rastro se tenía de ellos. Daba miedo acercarse al perímetro en donde fueron vistos por última vez, el reptil anaranjado era enorme, y seguirlos hacia dentro del frondoso bosque había dejado marcadas secuelas en el paisaje: las ramas y troncos del camino improvisado que siguió eran horribles, era como hubieses roto un pequeño fósforo con tus dedos y lo hubieses desechado inmediatamente tirándolo al suelo.

Izzy suspiró y desapareció enseguida, nadie quería verse las caras.


Yamatto era el capitán más joven en todo File, poseía un buen rango y era el encargado de elegir al último puñado de aspirantes de piloto. Se habían inscrito muchos y para su sorpresa, el colador que habían creado sus superiores no había tenido mucho efecto; leyó con detención cada nombre en la interminable lista de aspirantes y suspiró cansado, había sido difícil la elección y más era leer en voz alta a los pocos que quedaban con sus naves asignadas, y daba gracias por no ser el encargado de dicha tarea. Otro puñado quedaría como piloto suplente y eso era todavía más desagradable, puesto a que más de uno de los aspirantes llegaría a molestarlo para que cambiara de opinión e hiciera un cupo extraordinario.

Miró a todos los que se formaron delante de él y evitó mirar a la chica con llamativo color rojizo en la cabeza.

Soy el capitán Yamatto y pronto la teniente leerá los nombres de los seleccionados, buena suerte. —extendió la lista digital a la uniformada que tenía a su lado y escapó rápidamente del lugar.

Lista de asignados. —leyó la susodicha y Sora escuchó atentamente. Pasó una infinidad de nombres en los cuales no reconocía el suyo, con sorpresa visible, la pelirroja notó que la teniente dejó de leer y ahora buscaba la otra lista digital. —Lista de suplentes.

¿Escuchaste mi nombre? —indagó incrédula a otro aspirante, el cual estaba tan airoso de haber salido en la lista de asignados que sólo negó con la cabeza. Sora temió que todo había terminado.

—…y Takenouchi. Los demás, deben retirarse. Gracias por presentarse. —expresó la teniente y se retiró tan rauda como el capitán lo había hecho.

Oye, no es tan malo ser suplente. —expresó el asignado, tratando de ocultar la sonrisa que tenía plantada en los labios, posó una mano sobre el hombro de la chica a modo de despedida y se retiró.

Claro que no. —respondió ella al aire y se encaminó hacia el capitán a diferencia de los demás suplentes, que se dirigieron hacia la teniente a transmitir sus molestias contra la supuesta mala elección de los superiores.

Encontró al más joven y apuesto capitán en un panel de control, con una lista digital en las manos. No ocultó su visible enfado e hizo nula la distancia que la separaba del responsable de su rango de suplente.

Capitán, permiso para hablar. —recitó la chica al pararse a su lado, él no despegó su mirada de la lista digital.

Permiso concedido.

¿Acaso no fui su mejor aprendiz? —el capitán finalmente la miró, con la ceja alzada, le pidió con un gesto que siguiera puesto a que estaba en lo correcto. —Usted mismo dijo que tenía una excelente habilidad para volar en terrenos inhóspitos, además de una mente despierta para resolver cualquier tipo de problema.

Claro que lo hice. —afirmó.

Y pese a todo esto, ¿soy suplente? Soy mejor que muchos de la primera lista. —Sora calló, no tenía más que decir y se cruzó de brazos a la espera de que el rubio joven se dignara a hablar.

Era un intento para evitar que pensaran en favoritismos. —susurró incómodo el capitán, refiriéndose al especial trato que recibía la chica por él.

No, soy una piloto asignada, no una suplente. —resolvió algo furiosa. Yamatto volvió a la lista, movió unos nombres y terminó por decir:

Claro que sí.

Gracias. —y ambos caminaron en direcciones opuestas.


Tai vio desaparecer a la chica del hangar, se veía molesta y temió que la hayan dejado fuera del programa, así, desaparecería rápidamente del planeta. Con o sin padre a su lado. Se dirigió a las instalaciones de las fuerzas militares y se sorprendió de toda la gente que se encontraba en el lugar, siendo tan chico el lugar para tanto militar en el recinto, aunque sabía a ciencia cierta que al menos un cuarto desaparecería en breve al haberse asignado los pilotos a sus naves. Se subió a un desnivel en el suelo metálico y buscó una cabeza roja entre toda la gente. Sora se encaminaba en su dirección y Tai no sabía si estaba feliz o muy enojada.

¡Sora! —la llamó enseguida por lo que ella se sobresaltó.

¿Qué haces aquí? —resolvió sorprendida y él se unió a su lado.

¿Recibiste tu nave? —indagó, obviando que alguna vez existió la pregunta de la pelirroja; ella, por su parte, entró en un debate mental, no estaba muy segura de lo que acababa de hacer, puesto que sí parecía un tipo de favoritismo si ella le exigía a su capitán que le asignara una nave a pesar de ser suplente.

Creo que sí. —respondió casi muda, Tai se echó a reir y posó sus manos sobre los hombros de ella tan contento como si él mismo fuese el seleccionado para volar una nave de los asignados.

Todavía estas en shock, no lo puedes creer. —dijo el moreno. —Tenemos que ir a celebrar.

Gracias, Tai, pero debo hacer otra cosa hoy. —se disculpó la nueva piloto asignada, miró hacia atrás y comprobó que su querido capitán se aproximaba. —Debo irme.

Y así lo hizo, se escurrió por entre la gente como siempre lo hacía. El jefe administrativo quedó con las palabras en la boca y notó una cara conocida entre tanto militar uniformado.

¡Matt! Qué haces por aquí. —saludó contento y le extendió una mano en forma de saludo, lo que el aludido respondió enseguida.

Ajustando las listas, ¿tú? Sabes que estás bastante alejado de tu terreno. —expresó el rubio, posando las manos detrás de la espalda como cualquier militar haría. El castaño rió.

Veía a una amiga, parece que quedó seleccionada.

¿Amiga? Olvidaba que eras sociable. —señaló y miró la lista digital que tenía en sus manos. —Dime su nombre y te diré si está o no seleccionada.

Sora Takenouchi. —y se encaramó en la lista para verificarlo él mismo, pero Matt se enderezó y dejó la lista a un lado. —¿Por qué no ves?

Porque sí quedó seleccionada.

¿Seguro? Puede haber más de una Sora en este planeta. —dedujo el moreno.

Pero no más de una Sora Takenouchi. La conozco bien y es una de las mejores que hay. —explicó el rubio para luego excusarse. —Debo irme, cuídate, Tai.

Adiós. —expresó incrédulo, todos los militares tenían poco tiempo. El rubio se esfumó, y no le quedó más remedio que irse también. Resguardó sus manos en los bolsillos del pantalón para emprender lentamente la salida del hangar, quién sabe, quizás se encontraría con el físico pelirrojo por ahí, era la única persona conocida que le quedaba ver en ese hangar, pero recordó que él había ido a la Tierra por unos asuntos y que Matt y él tendrían que ir a su planeta natal por el físico y más colonos.

En la salida, respiró hondo, aspirando el aire enrarecido de la atmosfera de File pero que se había acostumbrado con el tiempo. El pelo rojizo de Sora era bastante reconocible y la vio pasearse en la lejanía, como si estuviese perdida por el resto de los hangares del Centro de Investigación. A los segundos, el capitán rubio se le unió; lo cual no le pareció para nada extraño, Matt había dicho que la conocía bien y simplemente podía haberla visto caminar hacia el mismo lugar e interesarse por la comunicación por alguna vez por su vida.

En un momento, Sora se sentó en un desnivel y permanecía cabizbaja por lo que Matt se hincó y pareció reconfortarla como si se trataran de amigos muy cercanos. Finalmente, Tai odió tener esa vista de halcón que poseía, puesto que reconoció que Sora y Matt compartían más que una simple amistad al juntar sus labios en un fugaz beso.


Desperté de pronto con un fuerte ruido que me dejó temblando, enseguida visualicé al enorme reptil anaranjado observándonos desde el bosque, pero pronto concluí que todavía seguía dormida cuando lo vi. Suspiré y me aseguré que todo estuviese en perfecto estado: todo seguía intacto, incluso la bella chica estaba en su lugar de descanso, dormía plácidamente.

Me levanté del suelo sin ninguna queja, era increíble como un par de días al borde del colapso y en medio de la nada podían hacer conmigo, era como un espectro deprimido y poco cuerdo. Me di cuenta que, por la luminosidad del día, era muy temprano y mis compañeros del campamento destrozado seguían durmiendo; me espanté un poco, ya que de estar cualquiera de los tres desaparecidos, habrían dividido al grupo en parejas y habrían establecido tiempos para hacer guardias durante la noche. Era evidente la poca experiencia que teníamos aquí.

—Mimi. —me llamó el pelirrojo, con la cantidad justa de decibeles para que lo oyera sólo yo. Me volví sobre mis talones y lo vi sentado a un lado de la nave. —Kari ha amanecido mejor, los delirios desaparecieron.

—Me alegro. —comenté inmediatamente después, pero el cansancio no logró sacarme una sonrisa ante tal buena noticia. Empezaríamos a movernos muy pronto.

—Aunque no estoy seguro de en cuánto tiempo podrá moverse. —dijo resignado, miró hacia un lado y luego al otro para asegurarse de que ni el médico y ni el escritor lo escuchase. —Quiero irme de aquí, no me gusta este lugar.

—También yo. —repliqué, susceptible a sus palabras. Quise llorar al verme reflejada en él, hice nula la distancia entre la nave y yo, y me senté a su lado como si quisiera oír algo que estuviese a punto de proponerme. —Necesitaba que me dijeras eso, podemos irnos ahora.

—No estaría bien dejar al resto. —repuso, como siempre lo hacía. Suspiró largamente y apoyó su mentón sobre sus manos. —No sé qué hacer.

—Ellos quieren quedarse, no es el caso de nosotros. —respondí alterada, cansada de que el resto tomara decisiones que me involucraban. —Eres el científico del grupo, eres el más lógico y aun así no te escuchan.

—Están velando por Kari, no es lógico dejarla tampoco.

—¡Dame el mapa holográfico! —demandé de pronto, sin importar que el resto o que incluso el reptil gigantesco me escucharan. —Palmon me cuidará, si no eres lo suficientemente valiente como para hacerlo.

—Pero, Mimi.

—Todos piensan que estaremos bien, que incluso Tai, Sora y Matt están bien. Lo que ellos hicieron no vale nada si nos quedamos aquí murmurando. Si ellos están ahí afuera, nosotros dos también podemos hacerlo, tenemos a Palmon y a tu bicho. —concluí, finalizando más amigable de lo que había comenzado, le sonreí y me paré para encaminarme hasta el perímetro del bosque.

Con cada paso que daba, mi velocidad iba disminuyendo. Miraba de reojo a cada segundo sólo para ver si mi discurso le había servido al pelirrojo para que me acompañara, cuando posé una mano sobre las callosidades del primer árbol que se topó en mi camino ya estaba resignada a volver derrotada y todavía más cobarde que el día en que Tai me salvó. La imagen del castaño se mantuvo congelada en mi cabeza, y en la tontería que me había atrevido a decirle el día que lo vi en el comedor: —Soy una mujer intrépida. —murmuré animándome.

Mimi. —oí la voz gangosa y me alegré de que siempre estaba merodeando en los alrededores. Como una loca, me puse a correr hacia dentro de la vegetación sin importar si algo más estuviese escondido entre tanto azul, tampoco me llamó la atención que Palmon todavía no se mostrara ante mí.

—¡Palmon! —la llamé empezando a trotar por el bosque, una rama a un costado se rompió y supe que algo se acercaba, quizás mi verdosa amiga por lo que me quedé quieta en la espera de que apareciera entre las hojas, pero un proyectil amenazó con golpearme la cara y pronto me hinqué con los brazos sobre mi cabeza a modo defensivo. —Qué fue eso.

Busqué el objeto que quiso golpearme y lo analicé una vez que di con él: era de un tinte rosado y olía horrible. Me alejé de él al instante gateando por el piso. Si el proyectil lo lanzaron porque corría amenazante por el bosque, entonces me iría de allí lo más sigilosa que podía llegar a ser.

—¡Mimi! —gritó el científico, cuando se dio cuenta de que mi idea de abandonar el campamento era cierta y que no planeaba en acobardarme. Lo vi adentrándose en el bosque y me alegré de mi infortunio, al menos no estaría sola si otro proyectil era lanzado a mi rostro. Estaba segura de que vomitaría si eso sucediese.

—¡Izzy! —me enderecé y levanté el brazo como si estuviesen pasando la lista de asistencia y yo decía presente. Fue un terrible error, puesto a que sentí otra rama quebrándose a mis espaldas y otro proyectil fue lanzado hacia mi dirección, imaginé que era una criatura ciega que sólo se guiaba por el sonido que emitían sus posibles depredadores.

Esta vez, con mi suposición en mente, me eché a correr hasta el campamento para que ningún deshecho me tocara la piel, no había suficiente agua en reserva para malgastarla en lavarme la porquería.

—Qué asco. —exclamé cuando una de las porquerías rosadas cayó a un lado de mi cuerpo, su repugnante olor rápidamente llegó a mi nariz. Bastó ese comentario para que un montón de ramas frágiles se rompieran a mi alrededor. Izzy llegó a los segundos hasta donde me encontraba y me levantó de los codos para que me parara sobre mis pies.

—Qué sucede. —volvió a decir y el ejército de ramas rotas resonó en todo el bosque, miró hacia atrás, en donde se encontraba el perímetro del campamento, y miles de animales, que podrían tener el equivalente de babosas gigantes, aparecieron amenazando nuestra higiene.

—No te muevas ni hagas ruido. —supliqué susurrando, esperando a que esos animalitos verduzcos desaparecieran cuando fuésemos invisibles a su pobre visión, según mi teoría. Cuando un par comenzó a lanzar porquería que cayó sobre nuestros pies, deduje que mi suposición era completamente falsa. —¡Corre!

—Pero el campamento está en la otra dirección. —replicó el científico, carente de lógica alguna.

—Báñate en porquería si quieres. —contesté molesta, preocupada de no perder el aliento mientras corríamos sin rumbo fijo. En cada dirección que veía, todo era completamente igual, tenía las mismas tonalidades en azul que comenzaban a molestarme.

—Mimi, por aquí. —expresó el pelirrojo, tomándome de la mano y jalándome con todas sus fuerzas para guiarme al lugar que había escogido para ocultarnos, o eso creía yo. Por primera vez fui capaz de recordar algo en el paisaje invariable de File, y era nada más que el barranco que hace días había sido víctima.

—Es muy alto. —me quejé, pero no me oyó, se lanzó por el barranco hacia abajo conmigo enlazada a su mano. Con un escalofrío supe que un misil asqueroso me había rosado el hombro antes de desaparecer en ese enorme desnivel de tierra.

Allá abajo, vi una amigable planta esperando junto con ese escarabajo que poseía un molesto zumbido proveniente de su aleteo imparable.

—¡Palmon! —expresé lanzándome a sus bracitos verdes y fibrosos. Me sentí a salvo del mar de porquería pero no fue por mucho, Izzy me jaló de los hombros y me obligó a ver lo que acontecía: temerosas, las babosas se agolparon en el borde del barranco y se iban empujando unas a otras hasta que un par cayó y comprobó que no había peligro con lanzarse, acto seguido, la marea de porquería se aproximaba lenta pero certeramente. Todas las formas de vida presentaban cierto tipo de inteligencia, aquí había un poco. —Yolei se alegrará cuando le cuente de esto.

—Hay que seguir corriendo. —explicó el científico, y nos echamos a correr quizás por cuánto, hasta que mis pies tocaron humedad y caí en cuenta que habíamos llegado a un río; presa del poco aire que ingresaba a mi cuerpo, me detuve. Las babosas terrestres no se toleraban mucha agua que yo sepa, ¿qué tenían de distinto estas de File? —Mimi, no te detengas. —habló entrecortado.

—Ya me cansé, no podemos correr por todo el planeta. —indiqué, los proyectiles de porquería comenzaron a alcanzarnos, y tomé un par de piedritas que era arrastradas por el caudal del pequeño río y empecé a arrojarlas con violencia. —¡Aléjense, inmundicias!

—Mimi, sólo los harás enojar. —replicó el científico, más pasivo de lo que me hubiese gustado.

—¡Tomen! —tiré piedritas y pateé el agua más como si estuviese experimentando una niñería más que la guerrillera en mi estuviese floreciendo. Palmon, quien me imitaba en todo lo que hacía, replicó mis movimientos y más proyectiles en nuestra defensa aparecieron. —¡Váyanse!

Grité con más fuerza, siendo lo que mejor resultado trajo, puesto a que las babosas corrían despavoridas del miedo. Reí ante tal descubrimiento, y perseguí a gritos cada una de las criaturas verdes que osaron ensuciarme con porquería asquerosa. Me pregunté por qué mi umbral de rabietas era tan alto para estas situaciones, me habría evitado correr por todo el planeta.

—Eres fantástica.—dijo incrédulo el pelirrojo.

—Soy intrépida. —indiqué como si lo estuviese corrigiendo, cada vez me estaba convenciendo de que era apta para la tarea que me había auto-encomendado. —¿Dónde estamos?

—No lo sé. —resolvió y de su bolsillo sacó el mapa holográfico que Sora le había dado. Encendió el artefacto y pronto aparecieron tres puntos luminosos que indicaban el Centro de Investigación, el de Comandos y el abandonado, además de la ubicación exacta de las naves destrozadas, me arrimé para ver lo que mostraba el aparato y me contenté con lo que vi, no estábamos tan lejos de la nave que contenía a la hermana enferma de Tai. —Es muy peligroso volver, queda demasiado lejos.

—Yo lo veo bastante cerca. —expresé optimista e inocente, pronto me di cuenta que los mapas están hechos a escala y pedacitos de ellos podían significar kilómetros. Izzy rió ante mi comentario y comenzó a mirar a nuestro alrededor.

—Descansaremos alto por unas horas, no estamos seguros si esas babosas volverán o no. —comentó calmadamente y se dirigió a los árboles más cercanos. Una duda me asaltó de pronto:

—¿Descansaremos para volver al campamento o ir al centro abandonado a pedir ayuda? —Izzy se encogió de brazos ante mi pregunta, con el tacto buscó fisuras en un árbol para ayudarnos a trepar y aclaró la garganta.

—Ya estamos lo suficientemente alejados como para volver, lo más lógico es ir a pedir ayuda al centro. No sabemos si Tai y el resto estará bien por mucho más tiempo. —concluyó y me sonreí porque al fin estábamos haciendo algo bien.


...

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¡Lo siento! Realmente me sequé después de las otras entregas, además de ser demasiado seguidas, absorbieron todo lo que alguna vez había pensado para esta historia en tiempos de terremoto. Tuve que juntar todas mis fuerzas para recolectar creatividad, cosa que me costó meses, y logré recordar algo que me pareció bastante entretenido de la serie: las babosas; no recuerdo cómo era que se llamaban pero espero que mis lectoras hayan reconocido a algo en mis párrafos (:

Este fin de semana me dedicaré a ver episodios para seguir recolectando imaginación. Las quiero, SoraTakenouchii, nOcK-nOcK y CieloCriss, byes.