¿Me recuerdan?


Capítulo Once


Oí un gruñido y desperté despavorida con un grito ahogado. Sudaba en la bruma que todavía cubría los al rededores y me pregunté si el gruñido era parte de mi sueño o si era real. Izzy dormía a mi lado pero Tai no se veía en ninguna parte. Siempre nos dejada dormir una media hora cuando los pies ya no nos acompañaban y él seguía con su imperturbable ímpetu.

La bruma cubría de blanco todo lo que mis ojos tocaban, quería correr pero ya estaba cansada, quería gritar pero ya tenía las cuerdas vocales inflamadas. Toqué a Izzy en la pierna y él abrió los ojos de golpe para incorporarse, aún somnoliento. Me miró para saber si debíamos seguir caminando pero yo no respondí. Si venían los dientes, pues que llegaran enseguida. Nunca había esperado que mi estadía en File terminara así, solo quería conocer otro lugar y dejarme llevar por un romance de otro mundo, pero aquí estaba, muriendo de hambre, de cansancio y de frío. Sentía que con tanto miedo iría a caérseme el pelo y las uñas, que me daría un infarto de lo agotada que estaba. Izzy tomó mi hombro con delicadeza y dijo algo de que debíamos seguir, que estábamos cerca, pero eso ya lo había escuchado muchas veces.

Palmon dormía a mí lado y estaba sorda a lo que pasaba entre los humanos, la bruma tapaba el sol y no parecía estar haciendo la suficiente fotosíntesis como para presionarme a abrazarla todo el tiempo. Miré al bicho y quise que comiera energía otra vez del cable roto para que nos llevara volando a un lugar seguro, al Centro de Investigación quizás, pero seguramente encontrarían que sería una amenaza y lo llenarían de misiles.

De todas formas iba a morir.

Miré finalmente a Izzy y él se quedó mudo cuando vio la expresión en mi rostro.

—Todo mejorará —me dijo y dejó mi pelo detrás de una oreja. Estaba tan sucio que lo trenzaba para olvidarme del jabón. Pensé en lo linda que estaba ese día en las cocinas del Centro de Comandos y que el científico ya no podía verme peor. El sudor del presente se mezclaba con el sudor de los días anteriores; la tela de la ropa estaba linda y perfumada aquel día del incidente pero ya solo eran trapos sucios. Nunca estaría más sucia que ahora y él todavía me veía como ese día en el comedor, cuando estaba con Joe, minutos antes del ataque. Sonreí, él respondió de la misma forma.

—No mientas —le dije y me acerqué a él para acurrucarme sobre su pecho.

—Sé que llegaremos pronto —volvió a decir sin mucho convencimiento en su voz. Era gracioso estar así con el científico, ya no recordaba cómo era Michael, ni su voz ni su estatura, y llegué a pensar que el rubio lo había conocido años atrás. Reemplacé todos sus recuerdos con el pelirrojo que me abrazaba torpemente cada vez que perdía la esperanza de llegar alguna vez al Centro de Investigación. Era con Izzy con el que salí a la azotea el día que atacó la «tormenta de arena», con él fui a dejarle comida a la bióloga loca en medio del bosque y con él había compartido un día en los balcones metálicos del complejo.

—Deja de mentirme, no eres bueno en ello.

Izzy no respondió, frunció la boca y sonrió cansado. Miré a mí alrededor y me levanté de la tierra húmeda, Tai no se veía por ningún lado y no sabía por dónde empezar a buscar. Él tenía en sus manos el mapa holográfico y un impresionante sentido de la orientación, por lo que siempre era mejor quedarse donde él nos había dejado. No me parecía justo pero el cansancio era mayor. El científico me imitó, haciendo que el bicho gigante cobrara vida y zumbara sobre nuestras cabezas. Palmon por su parte, no despertó.

—¿Dónde estará?

—No lo sé. —Se encogió de hombros, mientras más rápido nos pusiéramos en marcha, más rápido podríamos llegar al Centro de Investigación… Si es que lo lográbamos, ya que siempre se me olvidaba que a Tai solo le importaba encontrar a su hermana y fácilmente podríamos estar alejándonos del camino. Si tan solo hubiese obedecido cuando Agumon gigante atacó nuestra tienda…, seguramente ya estaríamos en el Centro—. ¡Tai!

—¡Cállate! Atraerás algo.

—Tranquila, está con Agumon, ¿recuerdas?

—Sí y aún así no me gusta. ¿Recuerdas esos dos dinosaurios que atraje cuando arrojé esa piedra?

—Sí. —Estaba tan cansado como yo y el cansancio lo volvía irracional. Qué daría para que volviera a tener tecnología bajo sus dedos para que el pelirrojo no perdiera la cabeza. Volví a fruncir la boca y me crucé de brazos simplemente para entrar en calor. Si bien con Izzy habíamos pasado los últimos días acurrucándonos a la hora de dormir y así mantener la temperatura, todavía no se sentía en confianza de abrazarme o besarme, como yo creía que moría de ganas. Mi trasero sobre su entrepierna hacían que se endureciera de sobremanera.

El bicho se sintió perturbado de un momento a otro, hasta nosotros lo supimos, y desapareció volando entre los árboles y la bruma. Izzy hizo el ademán de seguirlo pero yo le tomé del brazo y evite que se perdiera en la bruma. No debíamos separarnos, aunque nuestros amigos nativos desaparecieran, y yo no me sentía lista para salir caminando por el bosque. Era egoísta, lo sé, pero Izzy supo que hacerme caso era lo más lógico que podía hacer. Pasó saliva y yo lo imité. Miré de soslayo a la plantita animada y comprobé que ella también se sentía inquieta, con menos energía que Tentomon claro, pero igual de perturbada. La llamé, ella me ignoró y se echó a correr en la misma dirección que el bicho gigante había desaparecido. Tan escurridiza como lo era ella, no logré tomarla.

—¡Palmon!

—Se fue —dijo Izzy. Su semblante serio me indicó que estaba pensando el millón de posibilidades de lo que estaba sucediendo en esas tierras extrañas y malditas.

Con la visión nublada a causa de la bruma de la mañana, no podíamos ver a más de un metro de distancia. Aguante la respiración y miré hacia mis pies, las hojas mojadas y las pequeñas piedras y las ramitas posadas en el suelo estaban vibrando al compás de algo que no podíamos ni oír ni sentir. El corazón lo sentí en mi garganta y me aferré del brazo del pelirrojo y él a su vez, tomó mis manos temerosas con una de las suyas.

Se hizo el silencio y cerré los ojos.

La tierra tembló y mi respiración se aceleró, Izzy dio un paso hacia atrás, luego otro y tuve que abrir los ojos para ver hacia dónde íbamos y no tropezar en el intento. Hacerlo fue una pésima idea, ya que lo que vi fue algo que me noqueó de tal forma que mis rodillas no aguantaron más mi peso y caí de bruces al suelo, como si fuera un saco de plomo. Izzy tiró de mí pero no pudo moverme. Desde mi posición, toda mi concentración estaba puesta sobre el enorme ser que se mostraba ante nosotros. No éramos más que unos insignificantes microbios a su lado y era una suerte que su gigantesca extremidad no hubiese aterrizado sobre nosotros.

—¿Qué… es… es-eso? —susurré estupefacta e Izzy simplemente se puso delante de mí.

—Es lo que destruyó el Centro. —¿Cómo era posible que algo tan grande fuese tan sigiloso? Habíamos visto la destrucción que había dejado al desplazarse y ahora ni siquiera habíamos previsto su llegada. Parecía que Izzy ya lo había visto porque no se veía particularmente asqueado por su aspecto: era más bien una criatura peluda, con garras y de la cara, no podía decir mucho, simplemente podía ver su nariz engarfiada y un ornamento color rojo sobre ella—. Ven, debemos seguir.

Tiró de mí y tuve que seguirlo, caminamos con la espalda recta por un sendero improvisado justo cuando la criatura levantaba su otra extremidad peluda para seguir avanzando. Su pie nos hizo sombra por unos segundos y temí morir aplastada. Este monstruo parecía vivir en un tiempo diferente al nuestro ya que su velocidad era demasiado lenta. Pasado el peligro, nos refugiamos en un árbol milenario caído y me eché a llorar.

—Tranquila, se fue —susurró, yo no le creí

—Sigue ahí —susurré de vuelta y traté de acallar los sollozos con las mangas del delantal. Izzy me abrazó y se dedicó a mirar cómo la larga cola del monstruo desfilaba ante nosotros. Una marcha tan silenciosa como el resto de su cuerpo.

—Debemos movernos.

—¿Dónde?

—No sé.

Unas pisadas ruidosas se acercaron al trote y vimos a Agumon crecido aparecerse ante nosotros. Quebraba las ramas y los árboles pequeños a su paso pero su tamaño no era para nada comparable al de la criatura. Saltó el árbol caído que nos resguardaba y cerró sus dientes en una de las extremidades enormes y peludas, haciendo que se detuviera en su proceder pesado para luego volverse a mirar a la única bestia en todo el planeta que osaba desafiarlo. Pude ver que los ojos del enorme ser eran amarillentos y con una mano extremadamente larga barrió con el pobre dinosaurio como si se tratara de una pulga. Tres segundos bastaron para que los orbes amarillentos cayeran en cuenta de los dos humanos indefensos que lo observaban.

Grité con toda la capacidad de mis pulmones, fue un acto reflejo que nos costó caro.

Izzy me tapó la boca y me obligó a correr lejos de la bestia peluda pero este simplemente cambio de dirección para seguirnos. Era lento pero era lo suficientemente grande para que eso no fuera un impedimento para engullirnos. Saltamos troncos podridos y aberturas en la tierra, cosa que jamás habríamos hecho sin tener toda la adrenalina que en estos momentos teníamos.

Sentí como una de sus garras barría el suelo a unos pocos metros de distancia y pensé que eran los últimos segundos de mi vida, pero cuando miré hacia arriba y vi un «delfín alado» supe que todavía me quedaba tiempo. El ave anaranjado lanzó fuego y así desvió la atención del monstruo hacia sí, mientras que yo y el científico saltábamos hacia un barranco que nos alejaría bastante de la batalla, pero no contábamos que fuese tan empinado, accidentado y alto. Los gritos de los dos armonizaron los sonidos de las otras bestias.

—¡Sora! Está cerca —dije cuando llegamos a tierra firme, totalmente embarrados y magullados, de mi cabello caían ramas y hojas e Izzy se llevó lo peor: de su rodilla salía un trozo de rama—. ¡Izzy!

—Esto no se ve bien.

—Claro que no.

¿Qué haría Joe en estos casos?

El ave anaranjada fue arrojada por el aire con un manotazo que sin duda la dejó aturdida por lo que se nos estaba acabando el tiempo de irnos de allí. Miré hacia todas las direcciones, completamente perdida con respecto a la ubicación del Centro…, si era caminando hacia la criatura gigante estábamos perdidos. Escuché un quejido del científico y volví a mirarlo, sangraba pero estaba segura de que sería peor si le quitaba la rama. Sin embargo, no podría caminar con eso ensartado. ¿Qué hacer?

—Escúchame, Mimi —empezó él pero yo negué con la cabeza, no quería hacerlo—. Si algo se acerca…

—Me quedaré, estaré muerta de todas formas. Este lugar no es para los humanos… Escucha, ¿sí? Aplicaré un torniquete como lo he visto varias veces en las películas e intentaremos caminar. —Él asintió y yo me quité el delantal que ya no tenía ninguna veta de rosa y amarré firmemente las mangas entorno a su pierna, unos dos o tres dedos sobre su rodilla. Izzy apretó los dientes y los párpados pero no gritó—. Listo, ahora, ¡arriba!

Lo tomé pasando mi brazo por su costado y avanzamos lentamente cada vez que él podía dar un salto. Insistentemente miraba hacia atrás, el ave todavía no regresaba pero en su lugar había otra bestia del mismo color masticándole los tobillos, Agumon había vuelto a crecer. Apuré el paso e Izzy comenzó a quejarse de dolor mientras dejábamos una estela de sangre que nos delataba. Todo iba de mal a peor.

El ave volvió a atacar desde el aire, lanzando fuego hacia la espalda de la criatura, Agumon lo hizo desde el suelo y una tercera bestia apareció entonces: un enorme insecto se aspecto terrorífico. Su zumbido característico me había hecho sonreír, era Tentomon pero esta vez era más grande y redondo que la única vez que lo había visto crecer, allá en el Centro Abandonado.

Una bengala roja apareció sobre nuestras cabezas, proporcionándonos una dirección que seguir.

—¡Mira! Llegó la ayuda —dije sonriendo y me volteé a ver al científico pero este estaba demasiado pálido como para responderme. Debía apurarme o no llegaría a tiempo, aunque tuviese que arrastrarlo por el bosque—. Ven..., ¡cielos! Pesas demasiado.

Intenté concentrarme en mi tarea y caminar un paso, luego otro, y así hasta poder llegar a la fuente de la bengala, la cual era de origen militar y podía provenir de la pelirroja piloto. Caminando lentamente conseguimos llegar a un lago y dejé al pelirrojo apoyado sobre un tronco para ver si podía hacer que bebiera un poco agua. Algo me decía que debía hacerlo para prolongar su vida. Me animé a mí misma y corrí al agua, limpié mis manos un poco restregándolas allí y luego las junté para llevarla hasta la boca del pelirrojo. Repetí el proceso dos veces sin problemas. Sin embargo, a la tercera, a lo lejos la superficie del agua se vio perturbada como si no le gustara que yo le robara más. La perturbación dio paso a pequeñas olas que rompían la superficie y las olas llevaron finalmente a una bestia acuática emergió lentamente: primero su cabeza con sus ojos brillosos y luego su cuerpo que se le asemejaba a una tortuga…, una con pelo y garras. Gruñó un tanto al vernos allí, pasó a nuestro lado con una lentitud majestuosa y se dirigió hasta la criatura. Cuando estuvo a unos metros de distancia pude volver a respirar y volver a Izumi y llevármelo de allí.

Su cabeza colgaba de su cuerpo y caí en cuenta que ya había perdido el conocimiento.

—¡Mimi! —identifiqué al médico y me volteé al llamado al borde de las lágrimas. Venía mojado y temblando.

—¡Joe! ¿Estabas en el agua?

—Me caí —reconoció pero eso no era lo importante—. Ponlo en el suelo.

—¿Dónde están Kari y Tk?

—Están bien según sé. Soy el único que se cayó del acantilado luego de lograr comunicarnos con el Centro Abandonado. Es una larga historia, ese monstruo evitó que me ahogara… ¿Puedes ayudarme? —Asentí y presioné donde me indicó que debía presionar—. Bien, necesito quitar la rama pero no aquí. Carguémoslo.

Asentí y cada uno se posó en uno de los costados del físico del agujero de gusano. Caminamos a tropezones a causa de la tierra mojada mientras veíamos cómo el Agumon crecido y el ave que había crecido en una aún más grande lograban derribar a la criatura y se veía electricidad por todas partes. Luego, aparecieron tres bestias pequeñas en el cielo y quise pensar que eran hadas. Un aullido cerró la formación de las bestias.

Una segunda bengala apareció en el cielo y nos iluminó de rojo las facciones una vez que cayó cerca de nosotros.

—Estamos llegando —dije optimista, pero el médico no se permitió sonreír ni una vez. Era bien conocido por mí que era un pesimista acérrimo, o tal vez solo era realista.

Oímos un millar de sonidos agudos provenientes del espeso bosque en el cual estábamos adentrándonos, los árboles eran enormes quizás por el enorme cuerpo de agua que lo alimentaba. Las ramas, las lianas y las hojas se movieron intranquilas, y de ellas brotaron cientos, no, miles de pequeños animales negros que se asemejaban a murciélagos terrestres. Me cubrí el cuerpo con ambos brazos y solté al científico solo para apartar a manotazos a los pequeños seres de mí. Joe se desequilibró pero aferró firmemente a Izzy y me llamó pero no lograba oírlo. Me aparté y corrí al lago.

—¡Mimi!

Me detuve de pronto y me llevé las manos a la cara, todavía confusa por los chillidos y los aletazos que recibí. Respiré hondo y rápido, y entre mis dedos observé que los bichos alados estaban por todo el cielo, oscureciéndolo todo a su paso, y se dirigían hacia donde el destructor de Centros se encontraba, iluminado por el fuego que las otras bestias habían lanzado y que bañaba lentamente la vegetación a su alrededor. El ave golpeaba al gigante peludo en el pecho, haciéndolo retroceder unos pasos pero no logró derribarlo, seguidamente, los dos pequeños voladores le lanzaban objetos luminosos pero nada parecía afectarle. Me angustié y troté hacia donde estaban el científico y el médico. No estaba a salvo, no lo estaba. Sentí que me faltaba el aire de pronto y luego mis pies se despegaron del suelo. Bajé la mirada y unas manos delicadas me sujetaban del tórax. Quise gritar pero enmudecí apenas supe que estaba sobre las copas de los árboles.

—Mimi —balbuceó el ser, no era gangosa su voz pero simplemente se me hacía familiar. Levanté la vista y entre la maraña que mi pelo formaba sobre mi cara, reconocí dos grandes orbes que me miraban expectantes—. Mimi.

—Palmon —afirmé casi sin voz, parecía un hada del jardín—. Eres bonita.

—Mimi.

El hada sonrió y fijó nuevamente su vista hacia lo que se extendía delante de nosotras y yo la imité. Se elevó unos cuantos metros más sobre el mar de árboles extraterrestres y con horror tuve al fin la vista panorámica de Destructor. Se me fue el aire de los pulmones ante tal envergadura, aunque lo atacaran entre dos o tres criaturas a la vez, infinitamente más pequeñas que él, podía repelerlos con el barrer de una de sus extremidades. Peor aún se hacía la situación al ver la funcionalidad de los murciélagos alienígenas del bosque, ya que estos simplemente formaban una especie de escudo viviente que protegían al destructor de Centros; cientos se quemaban o electrocutaban y caían, pero otros cientos de miles se reordenaban para reemplazarlos, haciendo cada intento de detenerlo un acto inútil.

Tentomon cargó contra el demonio gigante pero antes de poder lanzarlo, una bandada negra lo envolvió, se quemó y cayó. Intentó por segunda vez pero se detuvo abruptamente y abrió las alas para echarse a volar. Miré extrañada aquella acción y un silbido a unos kilómetros de distancia me entregó la respuesta: la caballería humana se había pronunciado. Un torpedo dirigido desde el mismísimo Centro de Investigación, sí, eso debía ser. Mi alegría había durado unos cuantos segundos, y luego de que la onda expansiva con su respectivo resplandor nos alcanzó, sentí la desesperanza caer nuevamente sobre nosotros. No estaban atacando a la criatura más grande, simplemente atacaban a todas las criaturas en cuestión. Un nuevo silbido captó mi atención, y luego un segundo y un tercero, hasta que perdí la cuenta y el cielo se tiñó de gris por el combustible quemado que ellos expelían. Palmon comenzó a esquivar los que se empezaban a aproximarse a nosotras a duras penas, y por fin pudimos ver con cuánta artillería habían partido del único Centro que aún se mantenía en pie. Las copas de los árboles vibraban y se caían con el paso de los tanques y soldados, y los aviones de guerra repletaban el cielo.

Una bala de alto calibre pasó silbando a mi lado como muchas otras cosas de mayor envergadura, y un escalofrío se tomó mi espalda cuando noté que perdíamos altitud abruptamente. Un avión de guerra le había dado a Palmon sin siquiera importarles que cargaba a una humana como el mismo piloto.

—¡Palmon! —grité.

Caímos de golpe cuando otras balas llegaron hasta ella y le agujereó las alas. Fue tanta la adrenalina que no noté que una me rasguñó levemente el costado.

Y pronto solo hubo ramas y hojas, estas nos arañaron y amortiguaron la caía dolorosamente. Golpeé mi espalda y mis piernas varias veces contra los troncos hasta que por fin tocamos tierra. Palmon me había envuelto en sus brazos segundos antes y utilizado su cuerpo como colchón.

—¡Palmon! —volví a gritar y me encaramé sobre ella para ver los daños—. Responde. No puedes morir aquí, no me dejes sola.

—Mimi…

La tierra tembló y los pocos charcos inundados de hojas podridas convulsionaron. Nunca antes le había tenido tanto miedo a los de mi propia especie. Cubrí a la nativa de aquel planeta con mi cuerpo y la abracé con la esperanza de poder protegerla y aguardé, con el sonido horroroso de los misiles y balas de fondo. Solo me concentraba en el aliento húmedo y floral de Palmon en mi hombro.

Doscientos metros… Ciento ochenta metros —se oyó una radio a la lejanía y simplemente apreté mi cuerpo contra el pálido de la nativa a medida que se acercaban—. Ciento cincuenta metros… —Entre el follaje resplandeció el metal de un traje de soldado materializarse ante nosotras—. Es solo una chica, traigan el equipo médico. Sí, probablemente otra sobreviviente del accidente.

—Por favor… —murmuré tan bajo que quizás el soldado no pudo oírme.

—Oye, chica —indicó cuando levantó la visera de policarbonato del yelmo metálico, su voz dejó de sonar amortiguada—. ¿Qué tienes aquí? Ven, ya estás a salvo.

—Palmon —le dije y me aparté un tanto para que pudiese verla.

El soldado inmediatamente bajó su visera y apuntó su arma contra la nativa.

Tenemos un objetivo.

—¡No dispare, por favor! —supliqué, dejé sola a Palmon y me abalancé al hombre para evitar lastimar aún más al hada. Él simplemente zamarreó un tanto la enorme arma para quitarme de encima y caí de bruces al suelo.

Oí un disparo y cerré los ojos, incapaz de creer lo que sucedía.

¿Qué…?

Un enorme enrejado de setos espinosos envolvía y protegía a Palmon del soldado. Esta capsula vegetal se iluminó desde el interior y un fuerte olor a polen apareció en el lugar. Los setos cedieron lentamente y de allí salió el hada renovada, sus alas habían sanado al igual que el resto de su cuerpo delgado. El soldado volvió a apuntar y un seto se apoderó de su arma, y pequeñas ramas, hojas y flores aparecieron por el cañón, expulsando la munición que había dentro.

—¡Palmon! —grité extasiada—. Puedes curarte, deberías habérmelo dicho.

Asintió con su mirada etérea y posó su mano delicada sobre mis costillas donde emanaba sangre de forma pausada, y con un cosquilleo la herida se cerró.

—Palmon, rápido. ¡Busca a Izzy y cúralo! —dije, la nativa asintió y se marchó al vuelo—. Yo te seguiré...

¡Chica! No dejes que se vaya.

—Diles a tus hombres que no sean idiotas y que ataquen al grande. ¿Me oíste? —le quité la visera yo misma y pude ver sus ojos por primera vez. Era guapo.

—¿A qué te refieres?

—Todos estamos contra él. Incluyendo al hada, al insecto y todos ellos.


Digific, May-chi, asondomar, mtzrael, CieloCriss, wakamaniac y NyVan, los amo por sus encantadores reviews :D

Ya se acerca el final luego de eras geológicas xD Queda un cap, espero subirlo dentro de estos meses T.T Lo dividí porque estaba quedando largo, según yo, en relación a los otros caps, y quería que el que le sigue fuese de la misma longitud.

No revisé mucho el fic antes de subir, perdonen si hay dedazos. De existir, espero que sean mínimos.

Besos, SS.