Miento descaradamente. ¡Penúltimo cap!
Capítulo Doce
Me transportaron al inicio de las tropas humanas, donde un camión esperaba a los heridos con todos los insumos médicos para huir de vuelta al Centro de Investigación. Me dieron barras energéticas e ignoraron mis súplicas de hablar con el jefe de operaciones. Cerraron las puertas blindadas del vehículo médico y busqué allí dentro algo con que abrirlas, pero todo era inútil. Solo era una cocinera en medio de una guerra. Suspiré, no alcanzaba a oír muchas cosas allí dentro, el hermetismo era impresionante, y el blanco estaba friéndome las corneas. Debía salir de ahí a como daba lugar, Palmon a esas alturas ya debía haber encontrado al científico y al médico y probablemente ya los habría sanado. Grité y golpeé repetidas veces la pequeña ventana que daba a la cabina del piloto y copiloto.
De pronto, oí como la puerta estaba siendo abierta desde el exterior.
Sora estaba ante mí.
Grité de emoción y salté a sus brazos, ella se aferró a mí ante la muestra de afecto.
—¿Cómo…? —empecé confundida, la última vez que la había visto se había perdido en el bosque siguiendo a Tai, volví a verlo a él pero no supe nada de ella ni el piloto.
—¿Sobreviví? —rió como una niña—. Es una larga historia.
—¿Te salvó tu «delfín» alado?
La mujer guardó un silencio incómodo.
—¿Cómo lo supiste?
—Todos los que sobrevivimos en el Centro de Comandos tenemos a un animal cuidándonos. Yolei, una bióloga lo dijo. Una larga historia.
—Tenemos mucho que contarnos pero es hora que me digas dónde está el resto.
—Mandé a Palmon a buscar a Izzy y a Joe. El resto, no lo sé. Perdí de vista a Tai en la bruma, tenía esa mala costumbre de dejarnos a mí y a Izzy.
—Escucha, Mimi. Vine por ti porque necesitaba saber si estabas bien, ahora debo ir a hablar con los comandantes para decirles que cambien de objetivo. Luego, subiré a un avión y me uniré al ataque. Quédate aquí, nadie te hará daño.
—No, debo ir contigo.
—No puedes hacer nada.
Y tenía razón, no podía hacer nada más que esperar. Sora me tomó de los hombros firmemente para darme ánimos. Su sonrisa era cálida como la de una madre. Finalmente, se separó de mí para enguantarse las manos y sacar de su riñonera una especie de radio de señal privada.
—Estaremos comunicadas en todo momento.
Asentí y lo tomé en mis manos para verla desaparecer entre la jungla de hierba y metal. No tuve más opción que sentarme en el camión en que estuve reclusa por no mantener la calma. O mejor dicho, no dejar de gritar. El soldado ya no me parecía hermoso. Apreté los labios intentando convencerme que ese era mi lugar, a un lado del camión, dentro del camión o bajo el camión, si debía ocultarme del demonio gigante ya que había un gran espacio allá abajo. Me levanté del borde del camión y cerré las puertas que Sora había abierto para liberarme.
Por el rabillo del ojo vi que las tropas rezagadas comenzaban a moverse. Comencé a llorar, desde allí no podía ver lo que estaba sucediendo. Por muy alto que fuese el Destructor, no podía ver nada por las frondosas copas de los árboles. A veces temblaba la tierra, otras veces los ruidos ensordecedores y las luces brillantes se hacían presentes, pero no había más indicio de qué podía estar pasando allá. ¿Quién estaba ganando? No tenía idea, tampoco sabía si había derribado a sus aliados. Apreté el radio con mis manos y escuché si había movimiento pero solo oía interferencia. Me sentí asfixiada, si Palmon intentaba venir por mí la matarían por todo el arsenal que estaba viendo. Muchos soldados con una variedad de trajes, exoesqueletos y diversos armamentos, tanques y vehículos de gran envergadura.
—Sora… —sollocé apretando el botón para iniciar la comunicación. Al cabo de unos momentos, no hubo respuesta—. Sora…
Solo era una cocinera en este mundo extraño. Había llegado engatusada por Tai, pensando que serían las mejores vacaciones que podría tomar; viajado con Izzy por el agujero de gusano fingiendo ser una científica simplemente para satisfacer un capricho y terminar conociendo a Sora por ese motivo… Joe me había quitado esas ideas de locura espacial. Había ayudado a Davis, mi asistente, con Kari, el holograma andante, pero fracasado porque ella estaba presuntamente enamorada del escritor, hermano del piloto y novio de la pelirroja. Todos estaban allá y yo ahí, lloriqueando a un lado del camión de enfermería.
Guardé la radio en mi bolsillo y caminé en línea recta hacia un grupo de soldados listos para avanzar.
—¡Oigan!
—Los civiles deben estar en contención, déjeme llevarla a un lugar seguro —dijo uno con un exoesqueleto que lo hacía ver el doble de mi altura.
—No necesito eso. —Me zafé como pude de su agarre robótico. No debió apretar demasiado ya que me habría quebrado como un mondadientes—. Necesito saber su objetivo.
El grupo de soldados soltó una risa cuando me vio decir aquellas palabras. Todos medían mucho más que yo en sus trajes y exoesqueletos. Fruncí el ceño y puse mis manos en la cintura.
—Es clasificado —dijo el hombre que quiso escoltarme desde un principio—. Ven, te llevo.
—No necesito escolta. Además, sé que están equivocados. Apuntan al objetivo equivocado. Derriben al más grande, ese es el Destructor de Centros. El resto es apoyo.
Volvieron a reírse.
El hombre del exoesqueleto miró el delantal que llevaba aún puesto, si bien se distinguía muy poco el color, él logró identificar mi labor en ese planeta.
—No es mi intención ofender, pero solo eres una cocinera. Déjanos la planificación y el ataque a nosotros.
Tuve suficiente y me marché por donde vine. El resto de los soldados se rió mientras me alejaba. Volví al camión y me senté en el asiento frente al volante, el que era enorme, y me quité el delantal. No era solo una cocinera, había sobrevivido allí más de lo que sobrevivirían algunos de ellos. Suspiré, no, eso estaba mal. No quería que nadie muriera…, pero estaban haciendo todo pésimo.
Un objetivo, no nueve.
Tomé la radio y apreté el botón, lo primero que escuché fue interferencia. Fruncí la boca, dejé la radio en el asiento del copiloto con la línea abierta y usé el cinturón de seguridad para afirmarlo. Del delantal de cocinera rasgué el puño de la manga y con él amarré mi cabello. Estaba lista, tomé el manubrio y miré dónde podían estar las llaves.
—¡Bingo! —dije homenajeando a la bióloga cuando las encontré en la visera.
Encendí el motor y seguí a las tropas.
—Allá voy, Palmon, resiste.
El terreno era irregular y me vi saltando dentro del vehículo mientras me esforzaba en mantener el manubrio en mis manos.
La densidad de soldados comenzó a aumentar por lo que me vi en la necesidad de empezar a esquivar hombres y pronto estuve manejando en paralelo al avance de las tropas, atrayendo las miradas extrañadas de la fuerza militar.
—Mimi, dime que no eres el camión de suplementos médicos errante —Sora apareció en la línea.
—Claro que sí.
—Más rápido, irán a detenerte.
—Lo haré.
Pasé el cambio y pisé el acelerador, los saltos eran más fuertes y varias veces estuve a punto de golpear mi cabeza con el techo del vehículo. Deseaba con tantas ansias unos buenos amortiguadores.
Oí un motor aproximarse y dos golpes en mi ventana lo confirmaron. Un uniformado motorizado venía a detenerme y, como si fuese obra del destino, mi sorpresa fue grande al Mayor Ichijouji estaba detrás del vidrio.
—¿Tachikawa?
—Hola… —dije como si estuviera disculpándome por mi último atrevimiento en ese planeta. Luego, esperaba irme por el agujero de gusano.
Ichijouji perdió el control del vehículo personal y tuvo que maniobrar para no volcar. Mientras tanto, volví a acelerar. Debía perder a todos estos militares cuanto antes. Y gracias a los aminoácidos de Yolei, sabía por dónde ir. No en vano había recorrido esta selva por días, sabía que estaba acercándome al lago. Podía olerlo, ¿cierto?
—Sora, lo perdí.
—Lo vi.
Sonreí.
—¿Estás en el aire?
—Donde siempre debo estar.
—Dime si me estoy acercando al lago, por favor.
—A unos ochocientos metros. —¿Qué diablos significaba eso?—. Estás por llegar.
—Copiado —bromeé intentando usar su jerga de militar. La oí riéndose y eso trajo alegría a mi cuerpo.
Detuve el camión cuando reconocí el lugar donde los murciélagos me separaron del grupo. Abrí la ventana y me senté allí, todo en ese camión de insumos médicos era enorme, por lo que podía salir por la ventana como si nada. Llené mis pulmones y usé mis manos para proyectar mi voz.
—¡Palmon! —nada allí se movió—. ¡Izzy, Joe!
—Avanza, están a tus nueve. —Una voz masculina irrumpió en la radio. Miré al cielo y vi cómo un avión de guerra aparecía surcando rápidamente las ráfagas de aire.
Sonreí, realmente estaba en una misión de rescate.
—¡Gracias, Matt!
¿Cuáles eran mis nueve? Sabía que debía imaginarme un reloj de pulsera y buscar las nueve. Bien, concéntrate. Encendí el motor y retrocedí un tanto para poder girar el enorme vehículo, me reí al escuchar ese titilar de sonido molesto característico de los camiones de la tierra. Sin embargo, todos estos vehículos eran terrestres traídos a este mundo extraño.
Viré y conduje lentamente, buscando a los dos humanos y al hada filenense.
—¡Ayuda! —oí de pronto y me detuve, por el espejo retrovisor divisé al médico agitando los brazos sobre su cabeza. Seguramente habían decidido ocultarse entre la maleza para no ser atacados por un nativo.
Giré un poco el espejo y vi a la enorme criatura peleando contra los demás. Apreté los ojos antes de salir del camión y prestarles ayuda.
—¡Joe!
El médico se acomodó los anteojos en el tabique de la nariz al verme saltar del camión de insumos médicos. Palmon apareció luego en el aire, seguramente había estado cuidando de Izzy junto al médico.
—¡Estás viva!
—¿Dónde está Izzy?
—Está aquí, ven, ayúdame a cargarlo. Perdió mucha sangre pero está bien. ¿Viniste en ese camión? No pudiste tener una mejor elección. —Parecía que estaba felicitándome, pero a su manera pesimista de ser. Sonreí.
—¿Palmon usó su magia?
—¿Ma-magia? —resolvió un poco escéptico a medida que nos adentrábamos en su guarida. Izzy ya no tenía esa enorme rama en su rodilla y parecía que se había cerrado por arte de magia. ¡La de Palmon!—. Debe tener la capacidad de regenerar células o algo así, no es magia.
—Ven aquí, Izzy —dije amorosamente y pasé mis brazos bajo su cuerpo para abrazarlo y llevármelo de allí. Joe me ayudó y casi no hice fuerza.
Luego, simplemente abría camino para que él pasara con el paciente. Lo llevamos a la parte trasera del camión y Joe pareció vibrar de emoción con todo lo que tenía allí para su disposición. Mientras, acaricié el rostro pálido del científico con mis dedos, vi que el médico tomaba un tubo alargado de uno de los cientos de botiquines allá dentro para luego arremangarse la camisa hasta el antebrazo.
—Para su suerte, tenemos el mismo tipo de sangre. Tiendo a memorizar los pacientes con los que tengo afinidad. Por ejemplo, contigo no la tengo.
Era bueno saberlo.
Vi cómo en el pequeño tubo comenzaba a reptar la sangre y sentí que me desvanecería, por lo que decidí que estaría mejor afuera.
Palmon estaba esperándome con una sonrisa y los pies en la tierra.
—Palmon, gracias por curarlo. —Ella simplemente movió la cabeza—. Debes estar exhausta. Yo también lo estoy…, pero, debemos seguir. ¿Puedes encontrar al resto? A Tai, Kari y Tk.
Asintió y emprendió vuelo.
Me apresuré a volver al camión, cerré las puertas de atrás y volví al frente. Ajusté el cinturón de seguridad y miré por la pequeña ventanilla. Joe estaba sentado a un lado de Izzy.
—¿Está bien si nos ponemos en marcha?
—Sí, estaremos bien.
Conduje el camión hacia donde Palmon se dirigía, revoloteaba hacia una dirección, mirando por todos lados dónde se podrían encontrar los demás humanos. Mi vista se mantenía hacia el cielo para no perderla, así que varias veces estuve a punto de estrellar el vehículo médico contra un árbol o una roca, íbamos hacia terrenos más altos por lo que la vegetación disminuía a medida que nos alejábamos del lago. Y teniendo menos ramas y hojas bloqueando vista panorámica, mejor podía ver al Destructor a través de la ventana del copiloto.
La cantidad de murciélagos había bajado drásticamente y parecía que la criatura peleara con moscas. ¿Dónde estaba la fuerza militar? Solo veía dos aviones sobrevolando más allá del perímetro formado por los humanos y ellos estaban buscando, al parecer, al igual que yo a los tres desaparecidos del grupo de sobrevivientes.
Las rocas se apoderaron del terreno y me vi en la necesidad de cerrar las ventanas para que el polvo que se levantaba no entrara dentro. La que estaba a mi lado fue fácil de cerrar, la del copiloto fue lo complicado. Intentaba alcanzar la perilla manual con la punta de mis dedos de una mano, mientras que con la otra intentaba aferrarme bien del manubrio.
—¿Qué haces? —preguntó Joe desde la ventanilla, asustándome de sobremanera.
Volví a poner ambas manos en el volante.
—Nada.
—No hagas tonterías si estás conduciendo.
—No quería que el polvo entrara.
—Harás que choquemos.
—Tú lo harás si sigues distrayéndome.
Joe cerró la ventanilla y suspiré. Tenía razón, haría que nos mataran por una estúpida ventana abierta. Estaba tan nerviosa que no estaba pensando con claridad.
—Sigue derecho, veo humo. Debe ser alguno de ellos —dijo Sora por el radio.
Joe volvió a abrir la ventanilla.
—¿Qué fue eso?
—Sora —dije concentrada en el camino y con la cabeza indiqué el aparato que estaba sentado en el asiento de copiloto.
En el cielo, Palmon se había detenido y estaba esperando a que llegáramos al lugar. Efectivamente, había una pequeña estela de humo levantándose por sobre los pocos árboles del lugar.
Detuve el camión y me bajé casi con miedo. Joe dijo algo a través de la ventanilla pero no lo oí. Volteé a ver a Destructor cuando un torpedo explotó en uno de sus brazos e iluminó todo el lugar, haciendo que las pequeñas piedras del suelo temblaran al igual que yo en esos momentos. El monstruo era tan grande que por más que me alejara, seguía viéndolo con claridad. Di un paso mientras anclaba mis ojos a la nativa, confiaba en ella pero no podía dejar de tener miedo. Suspiré, detrás oía cómo Joe golpeaba el interior del vehículo al no obtener una respuesta y enfrente Palmon me invitaba a seguir con una seña silenciosa.
Di otro paso, luego el otro y cerré los ojos a medida que me echaba a andar.
—¿Anda alguien ahí? —pude oír entre la maleza.
—¡Tai!
—¿Mimi?
Apareció entre el follaje escaso más sucio de lo que lo recordaba y salté a sus brazos. Me apretó fuerte entre sus brazos y lloré como nunca pensé que lloraría al ver al hombre que me engatusó para llegar a File. Viajar con él había bastado para que olvidara toda su manipulación con el Arte Culinario. Nos había guiado y salvado más de una vez al científico y a mí. Al recordar al pelirrojo, no pude evitar mirar el camión de insumos médicos con dejo de preocupación. Tai también lo hizo y sonrió ampliamente.
—Genial, bien hecho —me felicitó y palmeó mi hombro como si fuese un camarada. Se sintió bien—. ¡Está despejado!
Había usado ambas manos en cada lado de su boca para potenciar el sonido. No había habido más sobrevivientes en el Centro de Comandos el día del ataque. Así que, ¿podía ser posible?
—¿Hermano?
El holograma y el escritor salieron del mismo lugar que previamente había salido Tai. Mis ojos se abrieron como platos ante la impresión.
—Lo logré, sabía que podía seguir la señal y encontrarla —explicó quedamente—. Lástima que Joe no se quedara para…
—No, él está bien.
—¿Qué quieres decir?
No dije nada más, solo les hice una seña a los tres humanos para que me siguieran hasta el camión y a sus espaldas vi que Palmon por fin ponía sus delicados pies sobre la tierra. Me sentí extrañada pero simplemente seguí con lo que me había propuesto.
Con un esfuerzo enorme logré abrir una de las puertas del camión para descubrir al médico y al científico. Con alegría pude notar que a Izzy le habían vuelto un tanto los colores al cuerpo, aunque no podría jamás poder competir con el color de su cabello. Tai rió con ganas, sin prestar atención al gran demonio que se erguía detrás de nosotros como fondo. Entró en el vehículo de un salto y su hermana lo siguió. Ambos fueron a saludar, él al enfermo y ella al médico que se le perdió en el acantilado. Solo el escritor se quedó allí y reparé en su pierna que en el primer día se había puesto morada como un arándano y que ahora parecía bastante sana.
—Gracias —susurró y yo solo sonreí.
De no haber sido por mí, si me hubiese movido cuando Agumon crecido había ido al campamento a olisquear la comida, nunca no habríamos separado. Pero eso, a él, no parecía importarle.
Tk finalmente entró en el camión y yo miré hacia donde Palmon había aterrizado, asomándome desde el camión.
—Mimi —llamó su voz gangosa.
Asentí y caminé hacia ella, dudosa, con un nudo en el estómago que no podía explicar. Una vez junto a ella, le tomé las manos y las acaricié. Sin ella, Izzy estaría muerto y probablemente yo también. Ella sonrió por un segundo para luego volver la vista hacia Destructor con un semblante más oscuro.
—¿Tienes que irte? —No respondió, solo apretó los pequeños labios que tenía en su rostro—. Es peligroso.
—Mimi.
—Entiendo, ya me ayudaste en lo que te pedí —dije y ella asintió—. Anda.
Batió sus alas lentamente hasta que dejaron de verse y comenzó a levantar polvo fino. Fruncí el ceño mirando cómo sus manos tomaban altura hasta que se soltaron de las mías. Ahora estaba a unos cuantos metros de distancia, observándome desde lo alto con una sonrisa.
Luego, emprendió vuelo al Destructor.
Gracias a Ragdoll Physics, Cielo Criss, wakamaniac y HnW por sus reviews :D
Decidí alargarlo para que este cap no fuese tan largo pero quedó corto... Gajes del oficio jajaja
Nos leemos en el próximo :D
