Hola:

Sin mediar muchas palabras, les dejo el nuevo capítulo de esta historia.

Saludos.

Yaem Weasley.

Capítulo 7: Ignorante dueño de un gran poder, pero sin poder ser dueño de sí mismo.

Cuando lo escuchó llegar sintió que los bellos se le erizaban y la piel se le enfriaba rápidamente. Quiso mantenerse lo más lejos posible del señor Tenebroso, pero una extraña curiosidad lo arrastró por los pasillos hasta llegar a la profunda mazmorra en donde el "invitado" temblaba descontroladamente aferrado al muro más lejano. Draco obligó a sus ojos a acostumbrarse a la oscuridad y, pegado a la puerta de fierro sintió retumbar el aire con la voz del Amo.

-¡Me aseguraste que el problema se solucionaría si se empleaba la varita de otro!

Un grito prolongado y lleno de un dolor tormentoso inundó la humedad estancia.

-¡No! ¡No! Se lo suplico, se lo suplico…-

-¡Mentiste a Lord Voldemort, Ollivander!

-No, yo no… juro que no…

-¡Quieres ayudar a Potter, ayudarlo a huir de mí!

-Juro que yo no… creí que si utilizaba otra varita…

-¡Mientes!

-Por favor… se lo suplico…

Ollivander se revolvió en el suelo con fuertes estertores que en un cuerpo viejo y ya terriblemente atormentado proporcionaba un lamentable espectáculo. Draco no quería mirar la escena, pero estaba poseído por una extraña obsesión.

-¡El chico me rompió la varita en las manos!- Alegaba Voldemort mirando sus manos con una expresión de odio- ¡Su varita lanzó un rayo dorado! ¡Dorado!

Un nuevo movimiento de Voldemort provocó otro estremecimiento en el viejo.

-Señor… por favor…- gemía Ollivander.

-¡Explícame porque Potter lanza rayos dorados!

-No sé… de verdad, no sé…-

-¡DEJA… DE… MENTIRME!

-¡AAAHHhhhh!

Draco no podía controlar el temblor del cuerpo mientras en sus oídos repercutían los gritos del hacedor de varitas. Voldemort en tanto, caminaba de un extremo a otro invadido por la furia. Sus ojos relampagueaban, su manto se agitaba con violencia.

-"Si sigue maltratando así lo matará"- pensaba el joven- "Pobre viejo"- se compadeció.

-Sentí que su varita se imponía a la de Lucius, sentí como la doblegaba… ¡Me doblegaba! ¡Explica eso Viejo idiota!- continuó el Señor tenebroso mirando con repulsión al prisionero.

-El poder del chico tal vez sea superior al del Señor Malfoy…

-¡Era yo quien blandía la varita! ¡Potter no puede ser más poderoso que Yo!

-Mi Señor… No tengo respuesta para sus preguntas… nunca había sucedido algo así… jamás oí hablar de rayos dorados…

Rayos dorados. El cara rajada lanzaba rayos dorados. Draco trataba de asimilar todo lo que escuchaba mientras en su cerebro se formaba la imagen de la varita de su padre rota en mil pedazos por un rayo dorado venido de la varita de Potter. La visión era increíble.

-"Vaya Potter, me estás sorprendiendo. Volviste a escapar y dejaste a este Maldito como un imbécil una vez más"

-Te daré una última oportunidad de que me expliques todo. Solo una más. Me estoy hastiando de ti-

-Señor… yo… yo sé que existe otra varita…

-¿Otra varita? ¿Qué varita?

-La varita más poderosa de todas… la varita inmortal…

-No me estés tomando el pelo Ollivander

-Le hablo en serio…La varita del Destino se la llamó una vez… Pero se la conoce más como la varita de Sauco.

Draco pestañeo varias veces. La varita de Sauco. ¿Dónde había oído hablar de ella? Le sonaba demasiado conocida.

-¿De qué me hablas viejo estúpido? La varita de Sauco. Eso es un mito, un cuento de viejas.

¿Cuento? Cuento… ¡Sí! ¡La fábula de los Tres Hermanos! Pero, Ollivander era idiota ¿Cómo podía pensar que Voldemort se dejaría embaucar con un cuento de niños.

-No lo es mi señor… La varita existe… He seguido su rastro desde que tengo memoria… es la varita más poderosa, el mago que la pos…

-Sé de qué varita me hablas. La varita del destino, la vara Letal… ¡Está perdida, viejo infeliz!

-Sí, está perdida mi señor… pero… yo sé quién podría ser su último dueño…

-¿Cómo?- Dijo Voldemort sorprendido

-¿Cómo?- repitió en su mente el rubio. ¿Sería posible que la varita de Sauco si existiera? Trató de escanear su mente pues los términos varita del destino y vara Letal también le parecían conocidos. Se rumoreaba que eran varas poderosas que derrotaban a todas las demás. ¿Acaso se trataba de la misma? Si era así y si Voldemort la encontrara y se apoderaba de ella, entonces nadie en el mundo mágico podría salvarse de su crueldad.

-Habla de una vez.

-Gregorovitch, el hacedor de varitas búlgaro. Según mis investigaciones… él debería ser el último dueño… Si Usted le arrebata la varita, esta le pertenecerá…

-La varita de sauco… la más poderosa. Capaz de aniquilar al mismísimo Harry Potter… No hay varita como esa. Leí mucho sobre ella en mis años en Hogwarts.

-Con esa varita… Usted…

-Me haría invencible… Solo basta con matar al último dueño… solo eso…- Voldemort pensaba en voz alta fascinado con la idea de poseer el máximo poder.

Draco miró la expresión de su rostro y al solo imaginarlo con ese ilimitado poder se le revolvió el estómago. Solo bastaba matar al último dueño de la varita. Merlín… ese Gregorovitch estaba perdido.

-"Si yo fuera el dueño de esa varita… ya habría escapado… Con Voldemort detrás de mi cabeza no tendría salvación. Huiría sabiendo que cada minuto podría ser el último"- Pensó y se imaginó corriendo por todos los rincones del mundo con Voldemort siempre detrás… Esa visión le hizo entender como debería vivir Harry en estos momentos.

-Así que la varita la tiene el búlgaro… entonces tendré que viajar lo más rápido posible. Y una vez que tenga esa vara en mi poder… el mundo será mío.

Las últimas palabras del mago le retumbaron a Draco en el cerebro. Ya no quiso quedarse en ese lugar por más tiempo. Se fue alejando sigilosamente y una vez a distancia prudente salió corriendo y no se detuvo hasta llegar a su habitación. Allí se cambió rápidamente y se metió entre las finas mantas pues aún sentía frío.

-Así que la varita de sauco no es cuento… existe en realidad. ¿Existirán los otros objetos? ¿Por qué no podrían existir?- Se arrebujó en las sábanas- La piedra de la resurrección y la capa de invisibilidad. Los tres juntos, le darían la inmortalidad a su dueño. Si Voldemort le da crédito a toda esa fábula, entonces todos estamos perdidos.

Se quedó meditando acerca de la varita e imaginando el mundo de terror y crueldad que Voldemort forjaría una vez se apropiara de ella.

-No habrá piedad… no habrá compasión… todo se derrumbará… y ella no podrá sobrevivir… ni Harry ni Ron ni yo juntos podríamos protegerla.

Tembló. Por una parte esperaba que las palabras de Ollivander fueran ciertas ya que así salvaría su vida, pero por otra deseaba que estuviera terriblemente equivocado, deseaba que todo fuera mentira y Voldemort se diera un tremendo fiasco y el mundo mágico no tuviera un destino más macabro del que ya tenía.

-Si ese maldito se volviera inmortal, entonces preferiría no tener hijos. No quisiera que ellos pasaran el mismo tormento que vivo yo. Ni mis hijos, ni mis nietos, ni ningún otro de mi sangre.

El día siguiente lo encontró escondido entre las mantas y las almohadas. Había dormido poco y lamentaba la salida del sol. No quería salir de su habitación y enfrentar otro día de infierno, pero si no aparecía, pronto le buscarían y podría ser peor. Esto le hacía desear el retorno a Hogwarts para por fin librarse de su condena, pero el volver le daba más miedo.

Ella estaría allí. Ella… ella y su cabello castaño que enmarcaba su belleza. Ella y sus ojos de chocolate que le encandilaban. Ella y su voz que le hacían perder la cabeza.

-Hermione- susurró- ¿Me odiarás? ¿Me volverías a atacar?

El solo pensar que la volvería a ver le estremeció. Necesitaba verla, sentirla, vivir otra vez en los ojos de la castaña, pero ahora las cosas eran muy distintas. Ahora la oscuridad se cerniría en el viejo colegio y Draco se sabía responsable de todo ello.

-No me perdonará… nunca me perdonará… Si ella supiera… si ella supiera lo que pasó en la torre- se hundió otro poco en la almohada- Se lo diría, pero ella jamás va a creerme. Solo Snape y yo sabemos ese secreto y ella no nos creería a ninguno de los dos.

El señor tenebroso desató su ira en la bella mansión todo ese día. Las paredes retumbaban y todos buscaban la manera de mantenerse lejos de él. Draco no dudó mucho y se escondió en la pequeña casita para así no ser víctima de los iracundos impulsos del amo. Un elfo, mandado por su madre, le trajo alimentos y el chico se sumergió toda la tarde en sus bellos recuerdos de una vida pasada y más feliz.

Recordaba las mañanas de Hogwarts en donde el olor del desayuno le atraía fuertemente. Recordó las clases en las mazmorras en donde Snape ridiculizaba a Harry, haciéndolo reír casi a carcajadas. Recordó a Ron sumergido en la comida del almuerzo y como esto le repugnaba y divertía al mismo tiempo. Recordó las travesuras que realizaba en donde Harry era la víctima principal. Recordó a Crabbe y Goyle, ese par de gordos idiotas que en verdad habían sido los únicos intentos reales de amigos que hubo tenido jamás.

-Bueno… Nott tampoco era tan mala persona, pero son esos dos idiotas a los que más aprecio aunque no se los diré nunca- sonrió un momento- Que tontos eran… siempre haciendo mi voluntad.

Luego su mente flotó hacia los pasillos, para luego pasearse por las aulas que tantos momentos guardaban tras sus puertas y que le mostraban su vida estudiantil desde su más tierna niñez.

Su sala común llegó a su mente y con ella Pansy con su figura bonita pero más fría que la piel de una serpiente, siempre bella pero dispuesta a morder. No se negó a si mismo que una vez ella le atrajo fuertemente pero su carácter dominante y obsesivo terminó por aburrirlo. Pansy nunca pudo con él, no tenía el don de tenerlo en sus manos.

Y siempre donde estaba Pansy, estaba Zabini. La maldita víbora envidiosa que pavimentó el camino al infierno en el cual ahora Draco se encontraba. Zabini y su deseo de ser Draco, mejor que Draco, pero nunca con la estampa y gallardía que el rubio ostentaba.

-Condenada culebra envidiosa… cuando vuelva te haré tragar tu varita- rezongó recordando las palabras de Bella cuando le dijo que había sido Zabini quién le advirtiera a Voldemort que él flaqueaba en el cometido de la misión y precipitó los terribles acontecimientos.

Los recuerdos de los últimos meses pasaron a abarrotar los rincones de su cerebro. Recordó sus angustiosas tardes frente ese armario que no se reparaba y como le proporcionaba sentimientos encontrados. Recordó la b ella torre de Astronomía y ese encanto mágico que lo arrastraba a sus balcones en donde un gorrión de cabellos castaños le sosegaba el corazón.

Recordó sus enfrentamientos con Harry en el viejo baño en donde su felicidad se fraguaba entre hechizos y sangre, y con Ron en el camino hacia el estadio de Quidditch en donde casi se mataron. Nunca se había peleado y ensuciado tanto en su vida como esa tarde. Nunca su ropa había estado tan llena de tierra y su cuerpo tan magullado que hasta respirar le dolía, pero había sido lejos, la mejor pelea de su vida. La comadreja era el contendiente perfecto.

Y fue el recordar el rostro del pelirrojo que su mente le arrastró a los brazos del gorrión. La recordó apoyada en el balcón con los cabellos danzando con el viento; Los ojos reflejando los colores de los atardeceres compartidos; su perfume que le hacía perder la voluntad y le encadenaba a sus deseos. Su risa invadiendo los rincones y su voz maravillosa que hechizaba sus sentidos. Y sus besos, Oh Merlín, sus besos con sabor a vida y libertad que nunca más volvería a probar.

Sumergido en esos recuerdos que lo tenían muy lejos de la casita que en ese momento lo albergaba, no escuchó los pasos que se acercaban al lugar. Dio un fuerte respingo cuando la puerta se abrió de golpe y su semblante palideció cuando Bellatrix Lestrange cruzó el umbral.

-¿Así que aún te escondes en esta casita querido?-Dijo la mujer con su ya bella y fantasmagórica sonrisa- ¿temes los arrebatos de Señor tenebroso?

-Solo buscaba un lugar donde pensar.

-Ya veo- susurró su tía- Deja de pensar… quiero habar contigo.

El muchacho intentó incorporarse del cómodo silloncito pero Bella le detuvo sentándose a su lado. Al sentir la fría mano de su tía en el hombro, creyó que las venas se le congelaban.

-Eres mi único sobrino. El favorito- dijo de pronto la mujer mirándolo ansiosa. Si era el favorito, ¿que otros tormentos hubiera vivido si no lo fuera?

-Eres el último orgullo que me queda. ¿Por qué me miras así? ¿No crees mis palabras?

-No pensé que tuvieras consideraciones conmigo- le dijo el chico midiendo cada palabra que salía de su boca.

-He sido fría algo fría, lo reconozco-dijo ella

-"Más bien loca"- pensó en muchacho.

-… Pero eres la única descendencia que reconozco- Y para terror del joven, Bellatrix le abrazó de golpe con todas sus fuerzas, casi enterrándole las uñas en la espalda- Eres un Malfoy. ¡Eres un Black! Un verdadero sangre pura. Mi orgullo… mi heredero; No como esa asquerosa mestiza, cuya sangre está mancillada- su voz denotaba los desquiciados pensamientos de su mente. Luego le tomó del rostro y con los ojos desorbitados le miró acariciando descontroladamente su tez- Tú… Tú eres distinto… Tú no me defraudarías… tú no… Tú no.

Draco se asustó ante el peligroso comportamiento de su tía. Tener a Bellatrix tan cerca era como tener pegada al cuerpo una bomba de tiempo que podría explotar en cualquier minuto.

-Tía… creo que debes tranquilizarte.

-No…- dijo ella con su aterradora sonrisa- No podré estar tranquila hasta que esa escoria ya no exista. Entonces el noble apellido de los Black será restaurado.

-"Está completamente loca… desquiciada"- pensó el joven.

-Esa mestiza está manchando nuestra estirpe. Se ha unido al asqueroso lobo y se revuelcan como animales. No quiero pensar que resultado podría traer esta abominación- su rostro reflejaba asco y odio- Tú no… Tú nunca harías algo así ¿cierto?- le apretó el rostro- Tú no corromperías nuestro linaje. Tú eres alto, bello, orgulloso… un sangre Pura… un digno descendiente de los Black.

Draco le miraba contenido por el miedo y la rabia. Le odiaba, le odiaba por ser tan extremista. Odiaba esa doctrina que ella prodigaba y que su padre le enseñara envenenando sus venas. Bella no sabía. Bella no tenía idea de que él ya estaba corrompido… corrompido por unos ojos marrones y una boca de fruta. Corrompido pero feliz de amar a una preciosa hija de muggles.

-Yo no tuve descendencia, pero en ti veo al hijo que siempre deseé. Es por eso que odio la crianza superflua que tu madre te ha dado. Ella es demasiado débil, tú padre demasiado inútil. Debí reclamarte cuando aún eras un bebé, pero las cosas no salieron como yo deseaba cuando el mocoso de Potter perturbó el futuro de nuestro señor. Fui tomada prisionera y perdí esos años de una fructífera crianza. Si hubieras estado a mi cuidado ahora serías grandioso. Estarías a la derecha de nuestro amo y él te tendría en gran estima. Pero no fue así y tus padres te arruinaron, provocando el desprecio de Lord Voldemort.

De pronto Bella se levantó y caminó por la habitación agitando las manos en movimientos enloquecidos. Draco la seguía con la vista mientras apretaba la varita que llevaba bajo la chaqueta en caso de cualquier imprevisto.

-Pero aún puedo remediar todo esto. Eres el último de los Black, el más joven. Eres el futuro de nuestra familia. Tú jamás cometerías la aberración de mezclar tú valiosa sangre con la de una sangre sucia… no… tu eres el sobrino de Bellatrix Lestrage… Eres casi mi hijo… mi hijo.

Draco sintió el terrible deseo de escapar. La locura de la mortifaga le estaba aterrando. Si había algo que jamás hubiera deseado ser era ser el hijo de esa loca. Esa mujer no sabía lo que era el amor de verdad. Ella amaba lo maldito y lo despiadado. Ella no sabría jamás lo que era ser madre. Le hubiera tiranizado desde pequeño y pulido a su imagen y semejanza. Si Draco hubiera sido criado por Bellatrix, no tendría corazón, no tendría amor… no hubiera podido amar a Hermione.

Y daba gracias de ser el hijo de Narcissa y haber sido criado por ella. Porque su madre era todo lo contrario de Bella, Narcissa era dulce, era bella, suave, tierna. Era su madre y le amaba.

-Ahora tengo la respuesta… remediaré el nefasto error de tus padres… son tan sosos y bandos… yo te daré grandeza.

-¿Qué?- dijo Draco palideciendo.

-Exigiré tu tutela. El Señor entenderá mis razones. Corregiré los errores de Cissy y te daré fortaleza y poder. Bajo mi cuidado aprenderás a ser un verdadero mago… aún no es tarde… te enseñaré a tratar a los sangre sucias y a limpiar el nombre de tu linaje.

-¿Cómo? Pero… ya no tengo 10 años tía. Tengo 17. Ya tengo la mayoría de edad.

-No importa… reclamaré mi derecho… eres mío y te enseñaré a ser implacable… y serás mi razón de vivir- le tomó de las manos agachándose a la altura del muchacho.

-No Bella… no usarás a mi hijo para tus revanchas. Él ya es un hombre y no puedes obligarlo- Dijo desde la puerta Narcissa con la mirada llameante- No permitiré que me lo arrebates.

-No me contradigas Cissy. Tú solo le has hecho daño al muchacho. Yo incrementaré su saber, Le daré mi poder, mi herencia, todo- Se levantó la morena desafiante.

-Tu desesperación por la vida de Nynphadora no la puedes descargar en mi hijo. Es tanto tu odio por la hija de una hermana que quieres quitarle el hijo a la otra y enseñarle a matar a su propia sangre- Narcissa atropelló a su hermana y llegó hasta su hijo protegiéndolo con el cuerpo- Draco es mío… yo lo parí… no me lo quitarás.

-Eso lo veremos… él también lleva mi sangre y mi Lord pondrá mis derechos por sobre los tuyos. Draco será mío y le daré el mundo- la risa de la mujer retumbó en la casita- Ya verás Draco mío que a mi lado serás poderoso.

Se marchó dejando a los Malfoy encogidos, uno al lado del otro. Se tomaron de las manos y Narcissa le acarició el rostro a su príncipe con devoción.

-Tantos problemas que caen sobre tus hombros pequeño mío. Antes disputé con tu padre tu cuidado. Ahora deberé pelear con Bella tu paz. Ella no tendrá piedad si caes en su regazo.

-No pueden obligarme. Soy un hombre. Al único lugar que iré será Hogwarts y allí aprenderé lo que necesite. No aceptaré a Bella como mi nueva madre. No quiero su herencia. Solo te quiero a ti, a mi padre y a mi amada. Ni él maldito hechicero me doblegará.

-No podrás enfrentarlo si lo decide… sería tu muerte- sollozó la madre- Buscaré otra solución. Debe haber otra.

Una lechuza voló rauda a un destino que los Malfoy desconocían. Narcissa tenía en sus alas todas las esperanzas que le quedaban.

Al día siguiente la figura alta y misteriosa de un mago recorrió los jardines de la mansión y Draco al verlo sintió rabia y expectación.

Luego de tres horas de una fuerte discusión entre Bella, Narcissa y el recién llegado, Lord Voldemort entregó la tutela del Draco Malfoy a las manos de Severus Snape, quien alegaba que en esos cruciales momentos, solo la disciplina impartida en Hogwarts podría madurar el carácter y el talento del joven Sytherin mucho mejor que el tenso ambiente que rodeaba a las hermanas Black.

-Haré de él un gran mago mi señor- Dijo Severus altivo- le bajo mi férreo control se convertirá en un digno y grandioso sangre pura.

-Creo tus palabras Severus… No sé porque me han molestado con estas cuestiones domésticas entre hermanas. Ambas peleando al muchacho. Él ya es un hombre-siseó- Pero creo en el adoctrinamiento correcto y sé que solo tú Severus podrás entregarme a un gran servidor en Draco Malfoy. Él chico quedará bajo tu cuidado una vez comenzado el último curso. Espero grandes resultados.

-Como usted ordené mi Señor- Dijo Snape caminando hasta la puerta en donde encontró al joven escuchando.

-Eres mío ahora Malfoy. Y haré de ti un gran mago- La dijo antes de marcharse.

Draco se alejó maldiciéndose a sí mismo.

-¿Nadie respeta mi opinión? ¿Acaso no soy ya un hombre? Como odio estar aquí… como odio estar bajo el mando de Snape.

Pero al menos le quedaba el consuelo de que no sería atormentado por la mortífaga. Y estaría lejos si alguna vez se revelaba su secreto. Pues, no duraría ni cinco minutos si ella se enteraba que su "amado sobrino" estaba perdido por el amor de una sangre sucia.