Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Advertencias: No.
Palabras: 1300.

Día 06.- Casa

Se detuvo frente a la verja desvencijada de la que tiempo atrás había sido su casa. Debía admitir que Jérémie tenía razón cuando le dijo que ir allí sólo la haría sentir peor, de repente se sentía sola, triste, vulnerable y pequeña. Pero en algún punto de su corazón sabía que necesitaba entrar y enfrentarse a lo que fuera que hubiese allí adentro. Y ésta vez tenía que hacerlo ella sola porque, si seguía apoyándose sobre sus amigos para controlar el pánico que le provocaba una vida perdida, jamás lograría ser libre para seguir adelante.

Inspiró hondo y estiró una mano, que temblaba descontrolada, para asir la puerta de madera o lo que quedaba de ella y la empujó con convicción. Se abrió, pero no ocurrió nada más, ninguna visión borrosa asaltando su memoria, ninguna imagen espantosa con lobos amenazándola. Nada. Se sorprendió y permaneció inmóvil con los labios entreabiertos. Entonces negó con la cabeza, parecía tonta allí de pie esperando a algo que no iba a pasar. Cargándose de valor avanzó por el senderito que llevaba a la entrada de la casa abandonada de pintura desconchada y grafittis horteras.

Subió los escalones a saltitos como si volviera a tener cinco años y aquél fuese el juego más divertido del mundo y se sonrió al estar de pie frente a la puerta. La suave brisa primaveral le alborotaba el pelo y hacía ondear los bajos de su vestido granate.

«Sólo hay que abrir» se recordó a sí misma. La puerta abierta desde 1994, que ni su padre ni ella habían tenido la oportunidad de cerrar con llave, había sido una invitación no escrita para todos los gamberros de la ciudad, pero por lo que le habían contado Jérémie y los demás no estaba tan mal como cabría esperar.

La hoja de madera cedió bajo su suave contacto y se deslizó hacia la penumbra interior de la casa levantando el polvo acumulado en el suelo, Aelita entró sin esperar a que el polvo volviera a asentarse dejando la puerta abierta tras ella.

Como la última vez que estuvo allí los muebles estaban cubiertos de una gruesa capa de suciedad, el paso del tiempo había causado estragos sobre la madera. Era triste compararla con la casa de sus recuerdos en la que siempre sonaba la música y todo estaba limpio y lleno de vida, con el aroma del café perfumándolo todo y el repiqueteo de la tiza sobre una de las muchas pizarras de su padre.

Se puso de cuclillas conteniendo las ganas de llorar porque llorar en ese momento no iba a servirle de nada. Había ido sabiendo cómo se sentiría, así que ahora le tocaba apechugar con las consecuencias.

—Venga, Aelita, no seas cría.

Se puso en pie de un salto con las energías renovadas. No era tan frágil como creían, podía con ello.

Cerró los ojos y enumeró las estancias de la planta baja; el salón, un cuarto de baño, el trastero, la cocina, la puerta que daba al jardín trasero y las escaleras.

Los abrió y subió la escalera arrastrando con los dedos el polvo de la barandilla. Una vez arriba miró hacia abajo, la luz del sol que se colaba por la puerta iluminaba el baile de las motas de polvo; Aelita sonrió.

—Cinco habitaciones y una biblioteca —le dijo al silencio reinante.

Alguna de las tablas de parqué estaban medio levantadas, otras presentaban marcas como si alguien las hubiese apuñalado, también habían gravado nombres en ellas. Entró en la que había sido su habitación y observó su vieja cama. Todo estaba hecho un desastre. Abrió un par de cajones que imaginaba que estarían vacíos, pero aún quedaba alguna pieza de ropa, un viejo jersey granate, una camiseta de tirantes rosa... sucios y apolillados. Reprimió un sollozo. Aquello era todo lo que quedaba de su vida antes de Lyoko, sólo pedazos de la persona que un día fue y que ya no existía.

Se sentó en el suelo con las piernas estiradas con el suéter granate entre las manos, ya no retenía su olor, tampoco el del suavizante, olía a polvo y a viejo, igual que su vida anterior. Lo dejó con mimo dentro del cajón y lo cerró con cuidado antes de bajar las escaleras. Saltó el último peldaño alzando una nube de polvo.

Se había colado una sombra en el recibidor, la de alguien sentado en la entrada, con sigilo Aelita se acercó a la puerta temiendo que fuese una de sus alucinaciones y que le atacase, sin embargo, al llegar vio la cabellera rubia de su amigo. Respiró tranquila.

—¿Qué haces aquí?

Jérémie le miró con el ceño fruncido y Aelita creyó que se había enfadado por haber ido sin él.

—¿Has encontrado algo dentro? —inquirió clavando la vista de algún punto perdido entre los árboles tenso como nunca antes le había visto.

—Lo siento, tendría que haberte avisado...

—No, no.

Los matorrales se movieron y ambos dieron un pequeño respingo del susto, un conejo pardo pasó a toda velocidad frente a la valla de madera. Los hombros de Jérémie temblaron cuando se echó a reír.

—Llevo una hora aquí sentado viendo los matorrales moverse —pronunció con tono divertido—, preguntándome quién se escondía detrás de los arbustos... y resulta que era un conejo inocente.

—Entonces... ¿no estás enfadado conmigo? —preguntó sentándose a su lado en los escalones.

—¿Por qué iba a estarlo? —Jérémie puso una mano en su hombro—. He visto que venías hacia aquí y he pensado que te esperaría afuera por si necesitabas apoyo.

—¿Apoyo?

Él la miró con sus intensos ojos azules como el cielo en un día despejado y le sonrió con franqueza. La camiseta gris de manga corta dejaba a plena vista los flacuchos brazos del muchacho, más interesado por los ordenadores que por el ejercicio físico, a Aelita siempre le hacía gracia.

Aelita se sentó a su lado con el sol calentando su piel.

—Jérémie ¿cómo es que nadie ha comprado el terreno de la casa?

—¿Por qué piensas que lo sé? —replicó.

—Porque fuiste tú quien investigó a mi padre y el que siguió la pista de la casa.

Jérémie se hurgó en los bolsillos nervioso hasta dar con la cartera que abrió tan rápido como le permitieron sus ágiles dedos. Aelita llena de curiosidad se pegó más a él para ver qué misterio fascinante ocultaba el billetero de Jérémie.

—Entre todos acordamos que debíamos esperar un tiempo antes de contarte esto, al menos hasta saber más del tema —declaró sacando un papel amarillento y desgastado—. Cuando investigué el registro de la propiedad de la casa di con una página web cifrada en un lenguaje similar al de Lyoko que, con el tiempo, me llevó hasta un apartado de correos y más tarde hasta una caja de seguridad en el banco...

Aelita hizo una mueca, no quería los detalles quería el porqué y, después si se terciaba, los pelos y las señales.

—En resumen, dentro de la caja de seguridad estaba este pagaré. Tu padre se aseguró una fuente de ingresos para poder pagar siempre por el terreno. Así que está casa será siempre propiedad de Franz Hopper y nadie podrá tocarla a excepción de su familia.

—Eso significa que yo tampoco podré tenerla —musitó desanimada.

—Te equivocas —replicó con suavidad.

Ella le miró intrigada.

—Tu padre era muy listo. —Sonrió—. Accedió a tus datos académicos y al registro civil obteniendo toda la información falsa que creé para ti cuando te materializamos. Existe un documento a nombre de Aelita Stones.

»Todas las propiedades de tus padres y el dinero de sus cuentas bancarias te serán entregados cuando cumplas los veintiún años.

—¿Có... cómo?

—Eres afortunada, Aelita.

Aelita sonrió, Jérémie tenía razón, aunque ella preferiría tener a sus padres con ella que ser afortunada.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Para el sexto ha tocado algo más largo. Me he levantado inspirada y la avería en el metro me ha regalado una maravillosa hora de espera en un andén abarrotado para escribir… Este shot me ha rondado mucho tiempo por la mente, pero nunca he encontrado el modo de materializarlo hasta hoy. Espero que os haya gustado.