Code: Lyoko y todos sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.
Advertencias: No.
Palabras: 839.
Día 11.- A primer olfateo
Llevaba tiempo rebuscando en la basura y moviéndose sin rumbo, sin recibir cariño real de nadie, sólo miradas de pena y alguna de asco. Pero no le importaba demasiado, podía correr y encontrar cosas deliciosas que otros no querían, también podía perseguir al camión de la basura.
No tenía a nadie, pero de algún modo era feliz.
Salió de entre sus mohosas cajas de cartón, moviendo la cola con energía, soltó un breve ladrido y corrió hacía su árbol preferido al que dio un par de vueltas antes de decidirse.
Un hormigueo en las patitas de delante le dijo que ese iba a ser un gran día, así que corrió hacia sus cubos de basura en busca que algo delicioso para desayunar. Un poco de fruta y pollo para empezar bien su gran día.
El pequeño perro recorrió sus lugares preferidos del pueblo, olfateándolo todo con energía y buen humor, su cola se movía con gracia al ritmo de sus saltitos. Entonces se detuvo. La primera gota de lluvia le cayó en la punta de la nariz, estornudó dos veces y se sacudió. Las gotas frías empezaron a caer a su alrededor. Corrió bajo la fina cortina de agua, saltando e intentando atrapar la lluvia con la boca.
La gente empezó a correr, buscando refugio bajo las cornisas, pero él no, lanzó un ladrido al cielo gris plomizo con alegría. Continuó su alegre y húmedo paseo hasta que un nuevo olor, uno que acababa de bajarse del autobús llamó su atención. Alzó las orejas y meneó la cola frenéticamente. Tenía que encontrarle, al dueño de aquel olor y saludarle.
El muchacho que acababa de bajar del bus pateó una lata, no estaba teniendo uno de los mejores días y encima se había puesto a llover, y no tenía paraguas. Arrastrando los pies fue hasta la esquina y se detuvo.
A sus pies había un perro pequeño, lleno de mugre, moviendo la cola con alegría. El animal soltó un ladrido con sus ojillos fijos en los de él. El muchacho sonrió.
—Vaya, amigo, ¿de dónde sales?
El can respondió levantándose sobre sus patas traseras y dio dos vueltas sobre sí mismo. El chico rió.
—¿Estás solo? ¿Vives en la calle? —preguntó acuclillándose—. ¿Te has escapado?
El animal se estiró panza arriba y él le rascó.
—Soy Odd. ¿Sabes una cosa? —inquirió abriendo su mochila para sacar un par de libretas y acomodarlas en la entrada seca de un local—. Vas a venirte conmigo, ya verás, vas a vivir a cuerpo de rey.
Odd le mostró la mochila abierta y el perro la olfateó, olía como el chico, con ese olor que le había guiado hasta allí. Miró la bolsa y luego al muchacho, ladeó la cabeza y volvió a olfatear. Movió nervioso sus patitas y de un salto, más eficaz que elegante, metió la mitad delantera de su mugriento cuerpo dentro de la mochila. Sacudió las patas de atrás intentando meterse entero, pero no lo estaba consiguiendo. Se sentía frustrado, hasta que, la mano del humano, le dio un suave empujón y todo él estuvo dentro de aquel trozo de tela saturado de aquel olor maravilloso.
Asomó la cabeza con la lengua fuera, feliz.
—Bien, amigo, ¿cómo podemos llamarte?
El perro ladró.
—Bueno "guau" es una sugerencia interesante, pero no creo que sea un buen nombre.
Odd se colgó la mochila a la espalda y caminó bajo las cornisas, esquivando a la gente, pensando un buen nombre para su nuevo amigo sin éxito.
En casa presentó al nuevo miembro de la familia, a nadie le molestó la idea de que se quedase, pero la condición indiscutible impuesta fue darle un buen baño y llevarle al veterinario, Odd no discutió.
Lavó al animal en el jardín llenándolo todo de espuma, parecía más un combate que un simple baño. Después lo secó, con el secador de su hermana, al perro no le gustó mucho aquello. Y finalmente llamó al veterinario para pedir hora y la apuntó en la libreta pegada en el refrigerador.
Finalmente, Odd rebuscó en los armarios algo que darle de comer, encontró latas de paté que apiló con cuidado sobre el mármol. Abrió una de ellas y vació el contenido en un platito de café.
—Ven aquí chico —llamó sin éxito.
Frunciendo el ceño buscó al perro por toda la cocina, estaba en un rincón, devorando algo como si le fuese la vida en ello. Odd se acercó a él.
—¿Te estás comiendo un kiwi? —preguntó sorprendido, no conocía a ningún perro que le gustase aquella fruta peluda.
—Kiwi… me gusta ese nombre —dijo su madre entrando en la cocina—. Le pega.
El muchacho miró a su madre y después a su perro y sonrió. Un perro raro merecía un nombre raro.
—¿Qué me dices Kiwi? ¿Te gusta su nuevo nombre?
Kiwi ladró en asentimiento. Le gustaba su nombre, le gustaba su nueva casa y sus nuevos humanos. Le gustaba el olor de su salvador humano.
Sí, Kiwi, amaba a su humano y su peculiar olor.
Fin
Notas de la autora:
¡Hola! Al final ayer llegué pasadas las 12 de la noche así que me metí en la cama directamente, por lo que hoy tocarán dos.
Hace tiempo escribí el shot "Olores" sobre Kiwi y me quedé con ganas de más. Esta es mi versión sobre cómo se conocieron Kiwi y Odd.
Espero que os haya gustado.
