Hola amigos:

Al fin pude escribir este largo capítulo. Quizás para muchos es innecesario pero para mí era un preludio de lo que se desatará muy pronto. Era una explicación que era imposible no establecer.

Espero les guste. Espero sus opiniones

Muchos saludos

Yaem (capítulo preludio) Gy

Capítulo 1: Seis años de intensa sensación

Era un Malfoy. Había nacido en cuna de oro. Su padre le había enseñado todo lo referido a su linaje y a su posición en esa sociedad mágica desde muy pequeño y Draco lo había aprendido todo9 con orgullo y altivez. Porque era un noble. Era un mago. Era… un sangre pura.

Pero su familia no solo le había enseñado la riqueza de su linaje sino también otra cosa que para ellos era primordial. Un odio acérrimo e inapelable hacia los sangres sucias.

Al principio, y dado que era pequeño, Draco no comprendía cual era el verdadero significado del término "Sangre Sucia". En su imaginación de niño, él pensaba que eran personas que tenían en sus venas alguna suciedad, alguna contaminación que los hacía contagiosos y repulsivos. Pero una tarde, a sus cortos ocho años, su padre le saco de su enorme error.

Un Impuro. Un sangre sucia, querido hijo, es aquel inmundo nacido de muggles–

¿Muggles?– preguntó entonces el niño.

Te lo mostraré. Ven conmigo–

Lucius Malfoy lo llevó en carruaje hasta los lindes del pueblo más cercano a la mansión en la que vivían. All;i caminaron un rato hasta llegar a una placita en la cual comulgaban varios niños.

¿ves a esos que están allí jugando como monos?– Le preguntó el padre mirando con desprecio a los niños que pululaban entre los juegos – pues, esos son muggles. Ellos, sus padres y los padres de sus padres, son gente sin magia, gente inferior. Parásitos molestos que algún día tendrán que ser sometidos.

'Bueno, a veces, y de una forma que no me logro explicar, uno de ellos nace con magia pero sin tener el más mínimo grado de ascendencia mágica. Ellos son los impuros. Hijos de padres no mágicos. Hijos de muggles. Seres asquerosos que no merecen ser llamados magos –

El niño escuchaba atento cada una de las palabras que el padre le dedicaba, pero sin dejar de mirar a esos niños que jugaban tan contentos ajenos a los horrores que Lucius Malfoy decía de ellos.

En sus venas corre sangre cien por ciento muggle, sin magia alguna. Ellos piensan que pueden educarse entre nosotros, confundirse entre nosotros. Establecerse en nuestra sociedad. Pero peor que eso, hijo mío, es que mezclan su repugnante sangre con la nuestra. Y eso es una aberración –

Entonces, ¿los hijos de muggles son malos, padre?– preguntó el pequeño mirando directamente a los ojos a su progenitor.

Si, Hijo. Ellos solo usurpan, roban, mancillan. No deben ser aceptados, ni amados, ni mucho menos valorados. Son inferiores, son una lacra, una escoria.

Jamás debes hacer amistad con alguno. Solo desprecio deben obtener de ti. Porque nosotros somos unos orgullosos y dignos sangre pura. Auténticos magos. Los verdaderos señores del mundo mágico –

Y Draco aprendió. Había escuchado detenidamente cada una de las enseñanzas de su padre y las había tomado como doctrina inapelable de vida. Él obedecería esa premisa con dignidad. Draco Malfoy se prometió nunca mirar con aprecio a un impuro, porque habían venido a robarles su magia.

Fue creciendo. Ganando centímetros de altura en su cuerpo y arrogancia en su espíritu. Era astuto, osado, de gran iniciativa y cada vez que se pavoneaba ante los amigos de su padre en los círculos de alta sociedad mágica, hacía que a Lucius y Narcissa se les hinchara el pecho de orgullo.

Es por eso que cuando la carta de Hogwarts llegó, en la mansión Malfoy hubo fiesta y Draco se sintió el ser más importante. Ahora iría a estudiar magia al más prestigioso colegio de magia de toda Gran Bretaña… quizás el mejor colegio del mundo y allí haría valer su apellido y su habilidad.

Pero a veces, cuando uno planea algo, no siempre sale como uno lo desea.

Desde que tenía memoria, hubo siempre un nombre que rondó a su alrededor y que se levantó en una de las mayores leyendas del mundo mágico. La historia increíble del misterioso niño mago que, siendo tan solo un bebé, había enfrentado al más poderoso mago tenebroso jamás conocido, y que había derrotado implacablemente. Algo verdaderamente incomprensible pues "El que no debe ser Nombrado" era el más poderoso, talentoso, grandioso y aterrador hechicero. Y Este niño lo había derribado de su pedestal soportando incluso el peor maleficio. El Avada Kedavra.

Draco desde muy pequeño aprendió la leyenda y secretamente albergó el deseo de tener todo ese poder y esa grandiosidad que él suponía debía tener ese enigmático niño. Y ese deseo no decayó cuando su padre le había dicho que "El niño que sobrevivió" no había sido en verdad una bendición, sino más bien una grave complicación para los planes de levantar un imperio en donde los Sangre Pura hubieran logrado un poder nunca antes imaginado. Es por eso que cuando el momento llegó, Draco Malfoy estaba expectante por conocer y estrechar la mano de Harry Potter y ofrecerle su amistad, pues así, juntos, podrían hacer grandes cosas.

Mas, cuando al fin estuvieron frente a frente en el tren rumbo a Hogwarts, Ese idealizado chico mago no era lo que Draco esperaba. Éste era un chico corriente, hasta vulgar ante sus ojos. Sus ropas eran viejas, grandes y mal cuidadas, tenía lentes y el pelo en un enredo negro. Y la cicatriz… esa famosa cicatriz en forma de rayo coronaba una frente sin gracia ni elegancia.

Por supuesto, Draco manifestó su deseo de hacerse amigo de Potter y llevarlo al lado correcto (según él) de la magia, pero ese Potter lo había humillado. Había rechazado su obviamente beneficiosa compañía para aceptar la de ese pobretón pelirrojo con ropas gastadas. Ese Weasley, el hijo del traidor a la sangre (Como su padre llamaba al padre de ese chico), desde el primer momento había llegado a usurparle su derecho. Había llegado para quitarle todo lo que deseaba. Weasley… condenado Weasley.

Ofendido, Draco Malfoy se hizo una nueva promesa. Atosigaría a Potter por el resto del tiempo que estuvieran en Hogwarts y le haría pagar por su desprecio. Lo mismo con Weasley. Ese muerto de hambre pagaría por interponerse y ser escogido como amigo de "El niño que sobrevivió" en vez de él, que era merecedor de todos los privilegios.

Pero siempre Potter parecía tener suerte. Cada vez que Draco le ponía una trampa, siempre había algo o alguien que lo salvaba.

Y Potter había hecho otros amigos. Claro que para el pequeño rubio estos "amigos" eran bichos insignificantes que poco podrían beneficiar al ya apodado por él "Cara rajada". Un mestizo irlandés que todo lo quemaba, un gordito sangre Pura demasiado idiota y torpe que nada hacía bien y dos sangres sucias a los cuales Draco despreció de inmediato. Pero de todos solo dos estaban al lado de Potter a cada minuto. Uno, el pobretón Weasley que parecía su sombra y, para disgusto de Draco, la otra, una niña castaña demasiado inteligente que le salvaba en los exámenes y deberes, y en toda situación en la cual la lógica y la inteligencia eran requeridas.

Pero no era la inteligencia de esa chica lo que enervaba la sangre del pequeño Slytherin. Lo que lo enfurecía era el origen de la niña. Ella era una hija de muggles. Una impura.

Asquerosa sangre sucia — murmuraba rabioso cada vez que ella obtenía un logro.

Pues para Draco era inconcebible que ella fuera tan perfecta, tan su mente adoctrinada no cabía la idea de que una sangre sucia pudiera obtener sus mismos logros o peor que eso, que lo superara.

Y la odiaba. Laq odiaba porque no era la típica Sangre sucia de la que siempre le hablaba su padre. Ella era distinta, ella era notoria.

¿Cómo Potter puede tener de amiga a semejante escoria?— preguntó una tarde a su padre durante sus primeras vacaciones de Navidad.

Fácil querido hijo. Ese Potter no es un sangre Pura como nosotros. Es un mestizo. Una mezcla absurda y ruin entre un traidor a la sangre y una asquerosa sangre sucia. El no comprende el valor del linaje pues es solo un simple mestizo hijo de una cualquiera.

Era una muy buena explicación y Draco comprendió que su impresión primera sobre Potter no era equivocada. Harry era corriente. Poca cosa. Un mestizo amigo de un pobretón traidor a la sangre y una nauseabunda sangre sucia.

Pero, padre…— continuó el chiquillo— es que no entiendo… ella… ella es talentosa, hace los encantamientos primero que todos nosotros. Sabe todas las respuestas a las preguntas… ella…—

¡Basta, Draco! ¡Desde que llegaste del colegio no has parado de hablar de la sangre sucia esa! ¡De que si sabe hacer bien esto, que si conoce bien aquello! ¡Es solo una sangre sucia! ¡Una impura ladrona que no merece ni tu atención!—

Lo… lo siento, padre— había dicho el niño ruborizado. No se había dado cuenta de todo lo pendiente que había estado de la niña Granger.

Bien… Espero no oír nada más de esa mocosa durante tus vacaciones—

Pero aunque el niño no mencionó más a la pequeña, su mente aun la tenía incrustada. Era irritante ver que ella hacía todo bien. Que lo dejaba en evidencia, que lo superara. Que la muy tonta dejara que Potter y Weasley le copiaran sus deberes.

Estaba celoso… estaba celoso de que una hija de muggles pudiera ser mejor que él.

El tiempo fue pasando y mientras más el joven Slytherin acumulaba odio y frustración en contra del singular trío, más destacados se hacían ellos en todo lo que realizaban. Potter había conseguido ser el Buscador de Quidditch más joven en cien años. Los tres habían emprendido una aventura que para él era poco creíble y nuevamente el "cara rajada" había evitado el retorno del Innombrable. Y mucho de aquello había sido gracias a la estrategia de Weasley y la Lógica de Granger.

Y el rencor fue creciendo.

En segundo ya era enemigo declarado del pelinegro y había descubierto que no solo él odiaba a un Weasley. Su padre, su elegante padre, se había agarrado a puñetazos con el padre ese muerto de hambre apestoso. Pero lo peor fue que quizás sin querer su padre lo había dejado en evidencia al decir que Él había hablado mucho de la castañita en sus vacaciones. Los colores se la habían subido al rostro y más repulsión sintió por la niña al ser la culpable de aquello.

Es por eso que disfrutó insultarla en delante de medio colegio. Le había gritado sangre sucia y deseaba que a ella le doliera. Y lo había conseguido. Pero disfrutó más cuando Weasley, en su intento de defender el honor de la chica, saltó lejos al lanzarle a él un hechizo con una varita vieja y rota.

Rió a carcajadas y vio la inquietud en los rostros de Potter y Granger cuando Weasley empezó a vomitar babosas sin remedio. Una batalla la había vencido. Weasley era el hazmerreir del colegio, Potter se quedaba sin entrenamiento de su equipo de Quidditch y Granger se iba llorando a causa de su insulto.

Pero secretamente… algo dentro le picó. Algo raro le había pasado. Algo muy raro.

Mas, Draco siempre encontró alguna manera para fastidiar a los muchachos. Cuando la cámara de los secretos se reabrió fue el primero en vaticinar que Granger sería una de las víctimas y se regocijó al ver a Ron angustiado cuando ella fue petrificada. Él en un extraño momento se sintió un poco inquieto, pero pronto sacó esa sensación de si mismo, pues si la chascona esa se moría, Potter estaría bastante indefenso.

Pero otra vez las cosas salían mal y Potter había vuelto a lograr sus propósitos. Había derrotado al monstruo que reinaba en la cámara y obtenido nuevamente privilegios de parte del director.

Que fastidio— había dicho cuando supo de la hazaña, pero un incomodo estrujón en el estómago lo asaltó cuando Granger despertó y volvió con sus amigos.

Para Tercero, Potter estaba en peligro y Draco quería que en verdad algo malo le pasara. El muy cobarde se había aterrado con los Dementores y era asechado por un asesino. Draco como nunca lo fastidió, pero pagó el precio por ello. Un pollo maldito lo había herido… herido casi de muerte según su propio análisis y cuando él quiso cobrar justicia por la agresión, Granger… esa estúpida hija de muggles le había golpeado. La asquerosa había tocado su preciosa nariz con el puño y le había dolido horrores. Esa… esa había ensuciado su piel con la suya.

Ahora sí que estaba furioso. Ahora sí que quería venganza. Ella tenía que pagar por semejante osadía. Lo había humillado en público, ¡Delante de Potter! ¡Delante de Weasley! El dolor en la cara no era tan terrible como el dolor en su orgullo, en su arrogancia.

Es por eso que la noche de las celebraciones del Campeonato Mundial de Quidditch, cuando los mortífagos (guiados por su propio padre) sembraron el terror en el amplio campamento, él se burló de ella. Pues sabía que ella sería una de las atacadas si era alcanzada. La ridiculizó con que los mortífagos la levitarían por los aires y con ello se le verían hasta los calzones. Y supo que por primera vez ella había sentido temor. Ella sabía que todo aquello no era un juego. Que era verdad. Draco sonrió sintiendo el dulce sabor de la venganza. Pero de todos modos cuando la vio correr hacia el bosque junto a su par de amigotes, no pudo reprimir el apretón en su propio corazón. Un corazón que estaba extraño… demasiado extraño. Lo peor… era que no sentía en verdad que se burlaba de ella, sino que la advertía, que la informaba del peligro que corría para así ella escapara a buen resguardo. Y esa idea tonta le corría por dentro.

Que estupidez, Draco— se dijo a sí mismo— Que te va a preocupar lo que le pase a esa. Esa no es nadie—

Y eso mismo se volvió a decir el día en que su hechizo dirigido a Potter rebotó y cayó sobre ella. Los dientes de Granger, que de por sí ya eran grandes en una carota fea según Draco, empezaron a crecer incontrolablemente mientras Pansy, la linda Pansy Parkinson reía a carcajadas. Granger lloraba, Weasley se angustiaba y Potter quería matarlo. Pero Granger se lo merecía. Ella había sido la tonta de estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Ella, la muy engreída que ahora ya ni siquiera le miraba. Le ignoraba. Y a Draco Malfoy no le ignoraba nadie.

Que se cree esa estúpida. Ahora parecerá castor. Será tan divertido verla…— Pero en el fondo ya no le parecía divertido.

Y apenas si se dio el tiempo de mirar a la gryffindor. Es por eso que no se dio cuenta que los dientes salientes que ella ostentaba no volvieron a aparecer nunca más.

Pero ya no tenía tiempo de pensar en tonterías como aquella. Potter otra vez se había erigido como el centro de atención y ahora era "El cuarto campeón", y eso lo irritaba más que nunca. Y por eso inventó lo de las chapitas con el lema "Potter Apesta". Era injusto que Potter se granjeara honores que no merecía. Y estuvo furioso cuando el cuatro ojos había logrado su primera prueba mientras el rogaba a Merlín que el Dragón se lo comiera.

Pero no solo esa preocupación lo alteraba. Su madre le había dejado en su baúl una elegante túnica que al principio no tenía la menor idea de para que la iba a necesitar. Y cuando lo supo… Demonios… era el fin del mundo.

Tenía que invitar a una niña al baile de Navidad. Tenía que ir esa noche ¡Con una chica! Eso era terrible, más terrible incluso que enfrentar otra vez al condenado Pollo. Y se dedicó a observar a las chicas.

Por supuesto, no demoró mucho en notar que no le sería taaan difícil conseguir una pareja. Él era el príncipe de Slytherin y muchas querían acompañarlo, pero el problema era… ¿Cuál merecía ir de su brazo?

Pansy Parkinson fue la escogida y cuando la vio aparecer en la sala común de su casa se felicitó a sí mismo por la acertada elección. Pansy estaba hermosa, era una verdadera princesa y junto a él destacaba mucho más. Así que como si fuera un pavo real, el muchacho se paseó por todos lados con la chica colgada a su brazo.

Claro que su sonrisa se ensanchó a niveles inimaginables cuando la comadreja (como había empezado a llamar a Weasley desde que éste comenzara a decirle hurón a causa de un incómodo incidente con el maestro de Defensa contra las Artes Oscuras) apareció en el gran salón hecho un mamarracho. Llevaba una especie de vestido apolillado y horrendo que por poco lo mata a carcajadas. Esa noche se divertiría mucho a costa de la comadreja.

Pero la sonrisa se congeló en sus labios cuando vio algo que los dejó perplejo. Un sueño vestido de rosa se hizo presente en el salón del brazo del campeón de Durmstrang Viktor Krum. Un sueño de cabello castaño atrapado en un moño hermoso. Draco quedó como aturdido. Dada su impresión no pudo mirar con detenimiento a la bella joven que acompañaba al búlgaro y, dejando a Pansy abandonada a su suerte, se abrió paso a codazos para verla. Un golpe fuerte le atropelló el pecho cuando descubrió la identidad de esa desconocida. Era Granger… Era Granger.

Granger— susurró con los ojos abiertos como platos— Granger—

No podía creerlo. No podía ser posible. Pero si ella… ella debería tener los dientes grandes, ser fea, no tener gracia. Era Granger, la sangre sucia Granger… ¡ella no tenía derecho a verse tan linda!

Estaba rabioso. Muy rabioso. Granger disfrutaba de la fiesta, llamaba la atención y las miradas de todos. Se creía una princesa.

Eso no lo puedo permitir— gruño en ese momento el rubio y buscando a su pareja hizo lo posible por aproximarse a Granger y Krum para poder fastidiarla.

Bailó cerca de ella. Se sentó a corta distancia de ella a la hora de la cena. La miró con una fuerza atronadora deseando quemarla con la mirada. Pero ella lo ignoraba. Parecía que para Granger él no existía.

En un momento determinado, cuando Granger bailaba toda risueña y "Tonta" en los brazos de Krum, la música hizo un giro y esto indicó un cambio en las parejas de baile. Krum quedó atrapado de inmediato por una chica de Ravencraw a la cual Draco no le importaba y él… él quedó frente a frente a Ella.

Era su momento.

¿Divertida noche, Granger? ¿Qué hechizo le aplicaste al pobre de Krum para que te invitara al baile?—

Pues, si. Ha sido una noche muy divertida— Dijo la chica petulante— Y no necesito hechizos para que alguien se fije en mí—

Sí, claro. Como ya te aburriste de tus conejillos de indias Weasley y Potter quisiste probar tus hechizos con Krum. A mí no me engañas Granger. No eres lo suficientemente bonita para hacer que un chico te invitara al baile sin hechizarlo—

No me importa lo que opines de mí. Y muévete para que yo pueda bailar con el chico que está detrás de ti—

El gesto de Granger lo enfureció más que cualquier palabra que ella dijera. Ella no iba a pasar sobre él e ignorarlo. No señor. Eso no.

Y la tomó de la cintura con fiereza. Y le atrapó la mano con determinación. La atrajo hasta él y la acorraló entre sus brazos. Ella quedó muy impresionada por ese repentino movimiento y quedó paralizada. Draco también. De pronto se dio cuenta que tenía a Hermione Granger en sus brazos. Eso era lo más increíble e inaudito que podría sucederle en la vida. Se miraron ambos con los ojos como platos y por un momento los oídos de Draco zumbaron. Pero tenía que recuperarse. Era su deber recuperarse.

No te ilusiones, Granger. Solo hago esto para no permitir que me dejes en ridículo delante de todos. Apenas pueda me liberaré de ti. Pero mientras… ¡bailarás conmigo aunque sea a la fuerza!—

Y bailaron. Hermione había quedado demasiado shokeada como para reaccionar. La música volvió a cambiar y otra vez cada uno quedó en los brazos de sus respectivas parejas. Pansy le miró el semblante pálido a su compañero y le preguntó si había sido tan horrible bailar con Granger, a lo cual Draco solo asintió con un movimiento de cabeza. Pues… había quedado sin habla.

Estaba agitado. Su corazón estaba latiendo como si corriera una maratón. Sus manos temblaban, su pecho apenas podía captar el oxígeno. Y le costó recuperarse.

Como había odiado esa sensación. Su nariz aun seguía atiborrada del suave perfume de la castaña y sus manos aun percibían el calor de su cuerpo.

Condenada sangre sucia— susurró— de seguro me lanzaste un hechizo para aturdirme—

Y aunque había planeado seguir fastidiando la noche de la Gryffindor, había quedado fuera de juego. Solo se conformó al ver que Weasley estaba tan furioso como él y que le hacía el trabajo de arruinarle la noche a la chica.

Para cuando se acostó esa madrugada, aún sentía el aroma a azucenas y la tibieza de esa cintura.

Trató de ignorar a la chica más que nunca desde entonces, pero fue imposible cuando descubrió que ella había sido el tesoro más preciado de Krum en la segunda prueba. Sonrió irónicamente y pensó que tal vez el búlgaro se había vuelto loco.

Pero la última prueba llegó y con ello el caos. Potter había ganado, pero Digory, el campeón legítimo de Hogwarts según Draco, había muerto en la competencia. Y el mundo se empezaba a tornar más oscuro e incierto.

Pero aun así el rubio no dejó de molestar, de fastidiar. Potter más que nunca tuvo que soportar sus burlas, sus comentarios insidiosos. Y ahora más encima ni siquiera el "Chiflado" como empezaban a llamar a Potter, tenía la posibilidad de atacarlo. Ahora Draco era Prefecto y eso le daba poder… mucho poder.

Pero para variar, el destino le jugaba una mala pasada al rubio. Weasley y Granger también eran prefectos y la chica cada vez que podía le recriminaba su proceder con los estudiantes menores.

¿Qué te metes, Granger? Yo hago lo que se me da la gana y ni tú ni nadie me va a decir que hacer— Le espetó una tarde en uno de los pasillos.

Pues te reclamaré tu proceder cada vez que sea necesario. No somos unos tiranos torturando a los más pequeños. Somos sus cuidadores—

Vete al demonio con tu discursito. Déjame… san…—

Pero esta vez no pudo terminar el insulto. Un tapón invisible había bloqueado su garganta y no pudo… no pudo insultarla.

¿Decías, Malfoy?— lo desafió la chica

Que me dejes— fue lo único que el muchacho respondió.

Y trató de dedicarse a otra cosa.

En todo caso, al fin las cosas estaban haciéndose bien en Hogwarts. Una nueva maestra había llegado y se había apoderado del poder en el colegio. Y su mayor propósito era perseguir a Potter. Eso alegraba y divertía enormemente al Slytherin. Y Granger y Weasley también caían en las manos de la mujer.

Tanto revuelo causó la señora que Potter y compañía habían apelado a la rebelión y él, Draco Malfoy, iba a ayudar a su maestra y ahora nueva Inquisidora en jefe a perseguir y a atraparlos.

Y lo lograron. Una noche Draco tuvo el placer de cazar a Potter y entregarlo a la Inquisidora. Fue una sensación deliciosa. Y ver que sus amigos también habían sido atrapados fue mucho mejor. Y le habían premiado por su captura. Ahora era un chico destacado. Con poder y privilegios. Tenían el poder de poner el pie encima de Granger cuando quisiera.

Pero todo lo bueno tiene un final. Potter y sus compinches burlaron Umbridge y se escaparon a Londres. Cuando Draco se enteró se sorprendió al máximo y no podía creer que ellos pudieran hacer algo semejante. Pero fue cuando se enteró que habían ido al ministerio que se habían enfrentado a los mismísimos mortifagos, y entre ellos a su propio padre. Todo su mundo ahora se desmembraba. Potter había desafiado al Innombrable y Dumbledore le había salvado el pescuezo. Su padre había sido tomado prisionero y llevado a Azkaban. Había fallado su misión… era… el fin.

Y Draco los odió a todos por lo que ahora le estaba pasando. Odiaba a Potter. Odiaba a Weasley. Odiaba a Granger.

Quería destruirlos.

Pero a pesar de su rencor, el miedo lo tomó de los cabellos cuando el Señor de las Tinieblas lo llamó a su presencia. Trataba de no temblar, pero la sensación era demasiado potente.

El amo le había dado una misión. Una terrible misión y él la había aceptado. No tenía opción de negarse y tuvo que extender su brazo izquierdo para que, a un fuego horrendamente infernal, se le tatuara la marca.

Ahora era uno de ellos… ahora estaba sentenciado.

Preparó su plan y al llegar al colegio trató de hacerse el invisible para poder cumplirlo. Pero era difícil. Potter sospechaba. Potter lo seguía.

Y un tormento más se agregó a sus pesares. Un tormento que le descolocó por completo.

Estaban en la primera clase de Pociones del año. Un profesor nuevo precedía el momento. Todos llegaron y se colocaron en sus puesto y a Draco le extrañó que Potter y Weasley también estuvieran allí.

Parece que Slughorn no hace una buena selección de sus alumnos— les gruño a Goyle y Crabbe mientras delante de ellos burbujeaba un caldero lleno de los que supo más tarde era Poción Multijugos.

Luego la sabelotodo Granger había hecho gala de su arrogante conocimiento y describió las pociones que llenaban los otros calderos. Una de ellas una tonta poción de Amor.

Según la descripción de la muchacha cada poción expelía un olor acorde a los gustos de quien la olfateara. O sea, que le había oler lo que amaba.

Lo extraño fue la reacción que había tenido la castaña cuando había olido la poción. Y eso no había pasado desapercibido para el rubio. Había nombrado varias cosas que le gustaban hasta que se detuvo antes de mencionar la última. Y se había sonrosado.

Draco sonrió irónicamente. Era una estupidez todo aquello. Más furioso quedó al final de la clase cuando Potter inexplicablemente había hecho una poción de Muertos vivientes totalmente perfecta siendo que él era un verdadero fracaso en la asignatura. Lo peor era que se había ganado una botellita de Felix Felicis , "Suerte Líquida". Una poción que en esos momentos Draco necesitaba desesperadamente.

Enojado, se quedó hasta todos se habían ido. El imbécil de Slughorn se había descuidado y el Slytherin hizo un magistral movimiento para robar tanta poción Multijugos como pudo. Le sería de gran ayuda. La guardó en su mochila y estaba a punto de irse cuando sin querer con el bolso pasó a llevar la tapa del caldero de la poción que había estado posada en el mesón que el trío insoportable había ocupado. De inmediato un humor denso y algo perlado subió y le atacó la nariz sin piedad.

Entonces unos aromas fueron sucediéndose y las imágenes se posaron en su conciencia. Olía a madera de roble quemándose suavemente, a tinta para plumas, a Hidromiel muy cara, a…

De pronto se puso pálido. El estómago se le apretó con fuerza. Pero no pudo evitarlo. Tomó a pulmones llenos una nueva bocanada.

Joven Malfoy ¿Le sucede algo?— preguntó Slughorn apareciendo repentinamente por una puerta.

Este… yo…— no podía hablar. Estaba aturdido.

Veo que sin querer pasó a llevar la poción de Amortentia. Si se viera ahora en un espejo. Su cara es un poema—

El profesor lo fue corriendo de la sala mientras Draco intentaba ordenar su mente totalmente desordenada. Al verse solo en el pasillo sintió que debía salir de allí, Que debía buscar un lugar seguro para pensar.

Fue a la Sala de menesteres y se sentó en el suelo junto al armario evanescente que había decidido reparar para cumplir su misión. Allí se quedó largo rato tratando de pensar. Pero no podía.

Azucenas… maldición… sentí aroma a azucenas— susurró.

No… no, no, no. La poción debía estar equivocada. Tenía que estar mal hecha. Él no podía oler el aroma de las azucenas. Eso era ilógico, sacado de toda cordura.

No azucenas… no su perfume… no su perfume—

Se abrazó a sí mismo y sintió como su corazón latía de esa manera tan extraña que siempre hacía cuando ella estaba cerca. Era el mismo latido que sintió esa noche en el baile de Navidad cuando la apretó en sus brazos para obligarla a bailar con él. Era el mismo latido que reclamó en su pecho cuando no pudo insultarla aquella tarde. El mismo latido… el mismo condenado latido.

Pero se negó a aceptar nada. Era imposible. Lughorn debió hacer mal la poción.

Pero el transcurso del tiempo le hizo ver que él que estaba mal era él.

Hasta que una tarde tuvo que admitir la evidente e irrefutable verdad.

Estaba enamorado de Granger.

La había visto salir llorando de la clase de Transformaciones luego que Weasley se burlara de ella. Y quiso triturar el cuello del pelirrojo.

Desde hacía un tiempo, cuando no estaba encerrado en la sala de Menesteres tratando de reparar el Armario y al mismo tiempo escapando de esa estúpida sensación que Granger le provocaba, había notado que las cosas entre la comadreja y ella había cambiado. Ya antes había sospechado que a Ron le gustaba un poco la castaña, pero ahora era totalmente evidente que el pelirrojo estaba loco por la chica. Y eso le hacía sentir un fuego que consumía y arruinaba todo dentro de su pecho. A la comadreja le gustaba Granger. Y parecía que ella también sentía lo mismo. Y eso le hizo sentir peor.

Se sentía inquieto, perseguido, desesperado.

Pero algo había pasado y Weasley había cambiado su actitud con ella. Y había empezado a maltratarla. Y no solo eso. Había empezado una relación con otra chica.

Pero Granger sufría. Y él lo notaba. Ella sufría por la comadreja.

Esa tarde después de Transformaciones. Draco se fue caminando al lago a mirar las aguas. Aun en su pecho rugía un dragón que deseaba lanzarle fuego al idiota de Ron. Arrastró cadenciosamente los pies casi sin hacer ruido y de pronto un sollozo le llegó a los oídos.

Miró agazapado tras un árbol y vio a la chica llorar sentada en un tronco tumbado. La cara estaba bañada en lágrimas. El cabello estaba arremolinado como una cortina al viento. Su semblante era dolorosamente bello.

Bello.

Bella. Draco la encontraba bella.

El condenado latido arreció en el pecho nuevamente. Pero ahora estaba más arrebatado que nunca. El aire se esfumó de sus pulmones.

Hermione— susurró involuntariamente.

Y entonces… lo comprendió.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre. Y la sensación en su boca no fue de asco ni repulsión. Ésta tenía un dulce pero doloroso sabor que le acarició los labios. El nombre de ella sonaba a música. Sonaba a melodía.

A melodía de piano.

Entonces, mientras se escondía entre la maleza al verla secar su rostro y volver al castillo, recordó esa hermosa melodía de piano que amaba tanto. Esa melodía que de entre todas las que había aprendido en su hobby de pianista, era su favorita. Esa que inexplicablemente parecía hablar por él.

Porque en ese instante preciso, esa melodía era él.

Hermione caminaba hacia el castillo y Draco la contemplaba tarareando en su mente las notas.

Era Tristesse. Tristeza. Porque todo entre ellos solo llevaría a la tristeza.

Porque él nunca debió descubrir que ella existía. Y maldición, lo había descubierto desde que era un niño. Porque nunca debió permitir que su corazón latiera con esa fuerza atronadora, pero latía sin que él pudiera impedirlo. Porque… ella nunca lo miraría, pues eran enemigos y él se había encargado de que ella lo odiara. Porque ella amaba a otro, aunque ese otro fuera un imbécil.

¿Por qué? ¿Por qué tenía que enamorarse justamente de ella?

Porque ella es mi tristeza… ella es mi Tristesse—

Llevó a su cuarto y no permitió ser molestado. Necesitaba asimilar, admitir, aceptar. Necesitaba entender que amaba algo que le era prohibido tener. Que deseaba un amor que era imposible.

Y deseó tener su piano y tocar a destajo para sacar esa tristeza que afloraba por su piel, por sus poros, por sus pulmones. Porque amaba a una mujer que nunca sería suya, que era un pecado intentar siquiera tocarla. Que era inútil tratar de conseguirla.

Y entonces Draco entendió por fin que su mundo de fantasía se había roto a su alrededor en mil pedazos.

Y calló, ya que de nada servía desnudar sus sentimientos.

Y ese tormento se hizo espacio en el cofre de torturas que había recolectado.

Estaba perdido, solo, perseguido. Y a pesar de todos sus esfuerzos todo salía mal.

Sus intentos por cumplir su misión fueron fallando uno a uno y para cuando Potter lo atacó ya parecía que todo estaba perdido.

Pero una noche, todo cambió.

El Armario por fin funcionó y como si cada movimiento hubiera sido sincronizado, Dumbledore no estaba en el colegio. Y así, Draco Malfoy dejó entrar a los mortífagos para invadir Hogwarts.

Todo se tornó en casos. Se produjo una descabellada pelea. Draco corría por los pasillos viendo como todos luchaban y lo único que lo consolaba era ver que ella no estaba en el lugar. Solo faltaba que Dumbledore cayera en la trampa. Pero cuando eso sucedió Draco no pudo matarlo como se lo habían ordenado. No pudo. El corazón, el vientre y la columna le temblaban. Él no era capaz de matar a Dumbledore y Dumbledore lo sabía.

Draco estaba perdido. El Innombrable lo iba a matar.

Fue Snape quien al final cumplió la orden, mas, ya todo se había ido al demonio.

Y ella… ella nunca olvidaría que él era el culpable de que todo el infierno se desatara.

Y Draco salió corriendo junto a Snape esquivando a todos los que los perseguían. Pero el dolor y la tristeza lo tomaron del cuello para ahogarlo sin piedad. Porque ya era demasiado tarde.

La guerra comenzaba

Y Hermione estaba ahora en peligro por su culpa.

Ahora empezaba el tormento de la horrible incertidumbre.

Mientras… el corazón de Draco se desangraba.

No había podido decirle adiós.