Code: Lyoko y sus personajes son propiedad de MoonScoop y France3.

Advertencias: No.
Palabras: 817.

Día 19.- Miércoles

Aquel día de bochorno asfixiante en la ciudad de Lucerna, de vestido blanco y vaporoso, de helado de fresa y banco a la sombra. Aquel miércoles extraño y pesado le conocí.

La única persona que había con la chaqueta puesta y un vaso humeante en la mano. Pensé que era demasiado extraño, demasiado excéntrico e, incluso, que no estaba bien de la cabeza. Allí plantado en la orilla del lago, bajo un sol de justicia, con sus gafas oscuras y la barba cubriéndole media cara. Como un trozo de fotografía recortada y pegada encima de otra sin cuidar los detalles.

Me hizo sonreír a pesar de no querer hacerlo; me hizo sentir bien pese a no sentirme así; me hizo feliz a pesar de la tristeza que se me comía por dentro.

Nuestras miradas se cruzaron tan solo un segundo, un único instante fugaz.

—¡Anthea, lo siento! —La voz de mi compañera de habitación en el internado. Siempre haciéndome llegar tarde a todos lados—. Me he entretenido en la biblioteca y…

—No pasa nada —dije para cortar la retahíla de excusas que siempre soltaba—. He aprovechado el tiempo para leer.

—Eres una rata de biblioteca.

—Sí, puede que un poco.

Dirigí la mirada hacia el hombre de la chaqueta y el vaso humeante, pero ya no estaba allí, se había marchado. Me sentí decepcionada, pero ¿por qué? No tenía sentido alguno. Me centré en mi amiga, Sonja, la similitud de nuestra situación había hecho que nos llevásemos bien de buen principio. Ambas éramos huérfanas, las dos vivíamos en el internado gracias a una beca de estudios, ambas exiliadas a la fuerza.

—¿Qué te pasa, Anthea?

—Nada, perdona.

—De acuerdo —dijo poniendo las manos sobre sus caderas—. Pues venga, arriba, que tenemos que aprovechar el último día de vacaciones.

—Pero Sonja… ¿piensas decirme qué se supone que vamos a hacer? Hace tanto calor que no me apetece hacer nada.

Sonja esbozó una sonrisa cargada de misterio y llena de felicidad.

—Ya lo verás.

La seguí por las calles, llena de curiosidad, mientras Sonja parloteaba sin parar. Estaba eufórica aunque no sabía por qué. Llegamos al centro, siempre abarrotado, las tiendas seguían abiertas, las familias paseaban y yo seguía a mi amiga.

—Es aquí —anunció Sonja deteniéndose a la puerta de un bar—. Nos esperan dentro.

—¿Quién?

—¡Chicos!

Sonja tomó mi mano y me arrastró adentro. Un bar… era la primera vez que pisaba uno, no quería estar allí. Vi a algunos chicos del ala masculina del internado sentados en una mesa al fondo, eran mayores que nosotras, tenían mala fama.

—Os presento a mi amiga Anthea.

—Hola, pelirroja —me saludó uno de ellos.

—No me llamo pelirroja.

—No seas borde, Anthea —me susurró Sonja al oído—. Siéntate conmigo, nos lo pasaremos bien.

Acepté a regañadientes, no quería estar allí, pero Sonja era mi amiga. Me senté junto a ella intentando no acercarme al chico que ocupaba la silla junto a la mía, no me sentía cómoda.

La conversación que empezó siendo de lo más normal poco a poco se fue torciendo, pasamos de hablar de la escuela y los exámenes al sexo. Sonja parecía la mar de desenvuelta en el tema, intentaba incluirme en la conversación, pero yo era incapaz de participar en aquello.

Elliot, el chico sentado a mi lado, puso su mano sobre la piel desnuda de mi pierna e intentó colarla bajo el vestido, yo la aparté procurando que nadie lo notase. Él volvió a intentarlo y yo, de nuevo, le aparté. Hizo un nuevo intento, esta vez me levanté, el refresco que estaba tomando se derramó sobre la mesa. Los chicos me miraron, Sonja me interrogó con la mirada.

—Tengo que irme —solté, me ardían las mejillas.

—¡Anthea! —exclamó Sonja, pero no me quedé para escucharla.

Salí corriendo a la calle. El calor asfixiante había dado paso a una tormenta de verano. El vestido blanco se iba empapando mientras corría. Quería huir cuanto más lejos mejor. Apenas podía ver nada, la lluvia se me metía en los ojos. Choqué con alguien, caí al suelo raspándome el muslo y la mano.

—Lo siento —me disculpé.

—Ha sido culpa mía, no miraba por dónde iba.

Abrí los ojos, frente a mí el hombre del lago me alargaba la mano para ayudar a levantarme. Se la tomé y el me alzó con un certero tirón.

—Soy Schaeffer, Waldo —dijo el hombre misterioso.

—Hopper, Anthea —repliqué por inercia.

La lluvia caía en gruesas gotas sobre los adoquines de la calle y sobre nosotros.

—¿Eres alumna del Sank Jakobus?

Asentí sin apartar la vista de él.

—Le he visto antes. En el parque. Con el abrigo puesto y el vaso humeante.

Me sentí completamente idiota después de decir aquello, él me sonrió y se ofreció a llevarme de vuelta al internado.

Esa fue la primera vez que le vi, pero no sería la única.

Fin

Notas de la autora:
¡Hola! Cuando decidí empezar a escribir Xanadu me imaginé el primer encuentro de Waldo y Anthea como algo muy normal, un encuentro en el internado, con el tiempo se me fueron ocurriendo otras ideas, aunque esta es la primera que escribo. No es mi preferida, ni de lejos, pero me hace sentir cómoda.
El mes que viene retomaré ADQST (al fin) y empezaré a subir también Xanadu que la tengo bastante avanzada.
Espero que os haya gustado.