Advertencia: SLASH. LIME.


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Recuerdo I

Steve Rogers es el hombre del cual podrías enamorarte.

Segunda parte

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Anthony Edward Stark no era un hombre paciente.

Él no iba a esperar a que aquel idealista sobrevalorado entendiera su propios sentimientos. Él no iba a pretender que no se dió cuenta de las miradas del otro, mucho menos podía dejar pasar que entre ellos había surgido algo más que una amistad, que no podía ignorarse por rayar en la tensión sexual.

De alguna forma sus diferencias se habían vuelto atractivas, sus discusiones adictivas, sus discrepancias habituales se hicieron amenas, hasta deseables. Quería verlo por el sólo placer de contradecirlo. Hasta que sus pensamientos volaron en una dirección parcialmente desconocida.

- Si realmente quieres que me detenga, haz el favor de golpearme - lo retó cuando desabrochó su pantalón e introdujo ambas manos dentro de su ropa interior al tiempo que se sentaba en sus piernas.

Él no sabía andar con rodeos, él más que nadie sabía cuando era el momento de dar el siguiente paso, pero aunque no lo reconociera, en el momento en el que comenzó a deslizar ambas manos a lo largo de él, sintió como si sus latidos se detuviesen.

Cuando el órgano entre sus manos creció, perdió el dominio de aquella situación.

Sólo eso faltó para que el capitán se rindiera ante sus instintos. Él no sabía que era lo que quería pero sentir al súperhéroe tocándole de esa manera le hizo reaccionar, de alguna forma pensó que si alguna vez hubiera recibido el tacto de una mujer no se compararía a aquello. Las caricias eran firmes casi rudas. Deleitándose involuntariamente cada vez más en ellas.

Tras el letargo de la sorpresa, se dio cuenta de como una mano salió de su pantalón, el tipo frente a él se estaba masturbando al mismo tiempo. La morbosidad no era algo que el rubio conociera, pero ver aquello despertó en su interior la lujuria y un voraz anhelo dormidos por mas de noventa años. Necesitaba más.

Consciente de que haberle atacado torpemente, siguió adelante, desabrochó la camisa negra del empresario y le tomó de la cadera para sujetarlo. Necesitó de sólo dos segundos para escuchar aquella tentativa pregunta susurrada en su oído.

- ¿Lo hacemos?

Quizás el que ambos terminaran en el suelo podía interpretarse como una afirmación. No hubo vuelta atrás de aquel lúbrico delirio.

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