Bueno, aquí está su regalo de Navidad(?) lamento la tardanza y todo eso pero ya está listo, y ya se nos viene el salseo 7u7
Espero les guste y disfruten la lectura /o/
Recuerden que Kuroko no Basket no me pertenece~
Manchester, Inglaterra, 1820
Kuroko se encontraba de nueva cuenta en la habitación de su hermano mayor, o mejor dicho, en la ex-habitación de su hermano mayor. Kagami partió hace dos días, y según lo que ha escuchado, ya debería estar en Londres.
En sus pálidas manos sostenía la carta que encontró en la mesa junto a la cama en esa habitación. Kagami la escribió, fue una carta de despedida, con las palabras más profundas que jamás hubiera leído. Cuando despertó aquella mañana, el no ver a Kagami con él lo alteró, despertó también a Himuro, y entre los dos entraron en pánico. Hasta que vieron aquella carta.
Ahora, la carta estaba algo arrugada, con algunas partes de las letras con la tinta corrida, ya que al leerla, no pudo evitar soltar las lágrimas y estas terminaron manchando el papel. No era algo que le gustaba recordar, pero sin saber por qué, leer esa carta le tranquilizaba, lograba calmar su agitado corazón.
Tatsuya pasó por la habitación y abrió la puerta, se encontró con el peliceleste leyendo aquella carta de nuevo y no pudo evitar soltar un suspiro. Él también extrañaba a Taiga, y mucho; aquella carta no hizo más que apaciguar su dolor, pero este seguía ahí, y no parecía irse con cualquier cosa.
Entró al lugar, y se sentó en el borde de la cama, justo a un lado de Tetsuya. El menor seguía absorto en aquella carta, sus ojos no parecían despegarse de las líneas ahí escritas pero al mismo tiempo, estos se cristalizaban en señal de que lloraría. El pelinegro pasó un brazo por el hombro de su hermano menor, mientras lo consolaba brindándole un buen abrazo.
Kuroko se acurrucó más contra él, llorando en silencio pero sin querer dejar de leer la carta. Himuro no necesitaba leerla, él la había memorizado como un recuerdo precioso, por lo que sabía cada reglón escrito, pero de alguna manera, él sabía que a su peliceleste hermano, le hacía falta.
– Tetsu, ¿Quieres leerla en voz alta? – Preguntó a manera de sugerencia, notando como su hermanito asentía lentamente, y aun con los labios temblorosos iniciaba la lectura en voz alta.
"Para mis queridos hermanos…
Sé que lo que está pasando no es algo precisamente agradable, créanme, no estoy mucho mejor que ustedes. Sin embargo, es mi deber, y aunque los voy a extrañar mucho, sé que los veré el día de mi boda, y después de eso, pueden ir a verme todos los días que quieran, he incluso pueden quedarse a vivir conmigo, solo si ustedes lo quieren.
Hoy en la mañana, antes de irme, los vi a ambos durmiendo en paz en mi cama; no quise despertarlos, no tuve el corazón suficiente para hacerlo. Por eso les escribo esta carta, donde quiero expresar todas aquellas palabras que quise decirles, pero me contuve, y ahora quiero escribírselas.
Kuroko Tetsuya, mi lindo hermanito, tú sabes que te quiero mucho, y siempre serás mi favorito. Sé que tú y Tatsuya siempre se peleaban por ese tema, pero es algo que no puede tomarse a la ligera. Tatsuya, no te enojes, pero hasta yo sé que Tetsu es el favorito de ambos, incluso de Mamá, aunque ahora que lo escribo, me doy cuenta de que eso es algo cruel para ambos, ja ja ja.
Tetsu, tu eres alguien fuerte, me atrevo a decir que incluso más fuerte que yo. Si yo puedo salir adelante ante este desafío, sé que tú podrás; tengo fe en que lo vas a lograr junto con Tatsuya, en que cuando me veas de nuevo dirás: 'Taiga-kun, lo he logrado, lo hemos logrado' y entonces, estaré aún más orgulloso de ti de lo que ya estoy, si es que tenerte aún más orgullo es posible.
Himuro Tatsuya, tu quedas ahora a cargo de la familia, de todos. Cuida a Tetsu por los dos, que no se meta en problemas, y que deje de traer animales a la casa, aunque sé que eso es inevitable, pero inténtalo ¿Sí? Siempre pensé en ti como el ejemplo a seguir, tan calmado y responsable, todo lo opuesto a mí, así que si hay algo de lo que estoy seguro es que en definitiva serás mejor hermano mayor de lo que yo lo fui.
Hermanos, quiero que ya no lloren por mí, no quiero ser la razón de sus lágrimas, eso solo me partiría el corazón. Cuiden a Mamá, a Papá y por supuesto, cuídense entre ustedes. Si quieren mi habitación son libres de tomarla, tienen mi palabra. Los voy a extrañar mucho, pero sé que esto no es un adiós, es un hasta pronto, porque confío en verlos cuanto antes.
Con amor, Kagami Taiga."
De nueva cuenta grandes gotas de agua caían sobre el papel, manchando aún más de ser posible toda la carta. Tetsuya la apretó fuerte entre sus manos, estrujándola y llevándosela al pecho sollozando desconsoladamente. Himuro abrazó aún más fuerte a su hermano, mientras que de igual manera lloraba a mares, pero en silencio. Debía ser fuerte, justo como su hermano pelirrojo les había dicho siempre.
El corazón de ambos chicos estaba destrozado, pero ellos debían seguir, lo harían por él, por su hermano mayor quien ahora se encontraba en Londres. Ellos harían que las últimas palabras de la carta se hicieran realidad, no importaba cuanto les cueste.
– Nos veremos pronto Taiga… – Murmuró el pelinegro entre sus labios temblorosos, y aunque Kuroko no dijo nada pese a que lo escuchó, estuvo totalmente de acuerdo con esas palabras.
Se verían muy pronto, promesa de Collingwood.
Londres, Inglaterra, 1820
– Parece que se acerca una tormenta… – Pensó en voz alta, mientras miraba el cielo a través de una de las grandes ventanas de la casa – Oh bueno, pero parece que será hasta en unos días, así que no hay de que alarmarse por ahora.
– Mibuchi, deja de hacer tus estúpidas predicciones climáticas.
– ¡Yu-chan que grosero! – Se quejó el pelinegro mayor haciendo un gran berrinche – Pero digas lo que digas, siempre tengo la razón en cuanto al clima se trata, tonto – Comentó de manera orgullosa haciendo que al mayordomo se le botara una venita en la frente.
– ¿Mibuchi-san es adivino? – Preguntó el pelirrojo, sentado en una gran y cómoda silla del vestíbulo mientras observaba al dúo pelearse.
– Algo así, le gusta jugar con el clima como si fuera cualquier cosa – Respondió el mayordomo, recibiendo una mirada de molestia por parte de su compañero.
– Lo que Yu-chan quiso decir – Corrigió el mayor – Es que mi instinto me hace predecir el clima, además, son muchos los factores que me ayudan para saberlo. La brisa del día de hoy es fuerte y a lo lejos se ven algunas nubes que conforme avancen estarán más grandes y cargadas de lluvia. No son adivinanzas, solo uso la cabeza, pero eso es algo que Yu-chan no comprendería.
– ¡Hey! ¡¿Qué estás insinuando?! – Replicó enfadado Kasamatsu, fulminando con la mirada a la doncella del hijo del duque, quien ni se inmutó ante su penetrante mirada.
– No insinúo nada Yu-chan, solo digo la verdad.
– ¡Eres un…!
Pero antes de que Yukio pudiera soltar cualquier comentario ofensivo a la figura de Reo, algo llamó la atención de ambos. Algo que aligeró el ambiente, y que de cierta manera era una especie de aviso de que se estaba acercando la hora de la merienda.
Si, lo que detuvo la pelea fue el gruñido del estómago de Taiga, quien en estos momentos tenía la cara roja al ser el centro de atención de las miradas de los pelinegros sobre sí, al no saber controlar su cuerpo cuando pedía comida.
– Lo siento – Se disculpó avergonzado el menor, implorando porque se lo tragara la tierra en esos momentos.
– No te disculpes Tai-chan, igual ya es hora de la merienda – Dijo como si nada Rowling mientras daba media vuelta yéndose a quién sabe dónde murmurando cosas que los otros dos no alcanzaron a escuchar.
– Lamento su actitud – Dijo Kasamatsu haciendo referencia a los malos modales de Reo sobre dejarlos ahí maleducadamente sin decir nada. Y eso que según el ayudante era tan fino y delicado como el cristal – Sígame por favor – Pidió el mayordomo cortésmente al menor mientras comenzaba a caminar a la misma dirección en la que Mibuchi se estaba yendo. Kagami lo siguió de cerca.
Mientras Taiga caminaba hacia donde sea que esos dos lo estuviesen llevando, su mente no dejaba de divagar en lo que pasó hace unas cuantas horas. Eran como las 9 de la mañana cuando su padre se marchó, si bien llegaron por ahí de las 7 o 7:30, el tiempo que tomó el baño de ambos, y cargar nuevas provisiones para el viaje del duque duró un poco más de lo esperado.
El corazón de Kagami nunca había estado tan destrozado, quizá la única sensación que hacía competencia a ese sentir era cuando se despidió de su familia antes de llegar a Londres; esta era casi la misma situación, pero con su padre, y lo vería marchar en lugar de ir con él. Si bien el duque prometió ir por el mismo camino por el que vinieron, eso no dejaba la mente en paz del pelirrojo pensando preocupado lo que podría pasarle a su progenitor.
Después de la despedida en la que luchó internamente por no llorar pero fracasó débilmente, El chico decidió meterse de nueva cuenta en la gran casa, donde Rowling lo esperaba con una gran sonrisa, que hizo que él embozara una de igual forma. La positividad del pelinegro mayor era algo que se le contagiaba a cualquiera, y él no era la excepción.
Claro que después siguió la tonta y divertida pelea del clima y luego su estómago le jugó una muy mala broma pero, eso era lo de menos.
– Este es el comedor – Las palabras del joven Coleman le trajeron de vuelta a la realidad, y enseguida se dio cuenta de que habían ingresado a una gran habitación con una mesa en medio, no era tan grande como la de su hogar, o más bien, su antiguo hogar, pero era espaciosa, de eso no había duda.
– Siéntate Tai-chan, mientras Yu-chan va por la comida como buen mayordomo – Dijo el pelinegro con mofa bien escondida mientras él mismo se sentaba en uno de los asientos vacíos y veía a Kasamatsu irse a regañadientes hacia donde se suponía estaba la cocina.
Kagami no sabía dónde sentarse, es decir, en su hogar podía estar en dónde él quisiera, pero ya no estaba en su hogar. La idea de preguntarle a Mibuchi era tentadora, pero al mismo tiempo vergonzosa, se supone que él ya debía saber en dónde sentarse siendo hijo de un duque, pero Taiga estaba por completo ajeno a eso.
– ¿Tai-chan? – La voz de Rowling volvió a escucharse en sus oídos, así que suspirando resignado, solo dijo lo que debía decir.
– ¿En dónde debo sentarme? – Dijo el pelirrojo con el rostro como una fresa, esperando alguna reprimenda del ayudante sobre aquella pregunta, misma reprimenda que nunca salió. Lo único que escuchó fue una suave risa casi melodiosa proveniente del mayor.
– Donde quieras Tai-chan, cerca de mí es mejor – Reo palpó el asiento a su derecha mientras le sonreía enormemente. Collingwood se permitió soltar un suspiro cuando escuchó la respuesta del de hebras azabaches, sentándose justo en donde le dijo.
– Creí que eran estrictos en este tema – Se excusó el de orbes escarlata.
– La verdad es que nos da igual, pese a que somos del palacio real siempre hemos dicho que es mejor que cada quien se siente en donde quiera sentarse, así de simple – Explicó el cabello largo mientras jugaba con uno de los cubiertos en la mesa.
– Menos mal…
– Pero eso no quiere decir que no sepamos en donde sentarnos – Terminó de hablar el mayor con una gran sonrisa en su rostro y sus ojos fijos en Kagami, quien estaba seguro de que lo último lo había dicho a propósito con la intención de burlarse de él, pero bueno, también era gracioso.
– De acuerdo, yo no sé, nunca me acostumbré a esto – Respondió el chico riendo levemente sintiendo las mejillas sumamente calientes.
– Bueno, pero de eso me encargo yo – Fueron las palabras de Mibuchi antes de que Yukio apareciera por donde salió con una gran bandeja y dejaba los bocadillos en el plato de Taiga, ignorando olímpicamente al ayudante.
– El día de hoy tenemos unos deliciosos pastelillos de frutas rojas, y tenemos té blanco para acompañar, ¿O acaso prefieres alguna otra bebida? – Preguntó el mayordomo mirando con sus ojos azules a los rojos del chico. Kagami negó con la cabeza, haciéndole saber que estaba conforme con el té.
– ¿Y para mí, Yu-chan?
– Las sobras de ayer.
– ¡Eres un grosero, maleducado, tonto y malvado! ¡Te odio Yu-chan! – Lloriqueó el mayor mientras pequeñas lágrimas asomaban en las comisuras de sus ojos. Podía parecer que lo había lastimado, pero Kasamatsu sabía que solo estaba fingiendo. Soltó un suspiro antes de dejar en el plato de Rowling sus bocadillos.
– No seas paranoico, aquí están los tuyos, ahora cállate y come.
– Gracias Yu-chan, por eso te quiero mucho – Dijo el ayudante con una gran sonrisa sin señal alguna de haber estado triste en ningún momento. Coleman lo confirmó, su compañero de trabajo solo mentía, pero bueno, no era como que a él le molestara en verdad.
Kagami se llevó a la boca uno de los bocadillos que estaban en su plato, comerlos con cubiertos sería una tontería ya que solo eran pastelillos y podía hacerlo perfectamente con una de sus manos, aunque teniendo cuidado de no mancharse, así que no lo pensó más y eso fue justo lo que hizo.
El sabor no era malo, era incluso miles de veces mejor que los pastelillos que los cocineros de su antigua casa preparaban. Estos tenían un sabor único, el pan horneado en su punto, la crema blanca de decoración sobre el alimento y para darle un sabor aún más dulce, además de las pequeñas cerezas que adornaban junto con la crema, y que aparte venían en pedazos dentro del pan, un perfecto manjar. Pudo sentir el sabor de la fresa, la cereza, las frambuesas e incluso de alguna otra baya que no supo identificar.
El té blanco estaba mejor, siempre supo que este era el más exquisito de todos, con las hojas de la planta Camellia Sinensis, aquellos capullosllamados "agujas de plata" que le daban ese sabor singular, si bien Taiga no era un gran fanático del Té, mentiría si dijera que el té blanco no figuraba entre sus bebidas favoritas, después de la leche, el café y por supuesto, el champagne.
Terminó sus cuatro pastelillos de su plato en tiempo récord, y se tomó su tiempo mientras bebía el té, disfrutándolo lo más posible que se podía. Las miradas de ambos pelinegros estaban fijas en él, viéndolo con una sonrisa mientras se terminaba su té. Los orbes rojos de Kagami se posaron en ellos una vez acabó.
– Estuvo delicioso – Halagó el pelirrojo con una mirada soñadora. Rowling y Coleman le sonrieron ante sus gestos angelicales, porque se notaba a leguas que lo había disfrutado – Me gustaría conocer al cocinero – Dijo de pronto y a manera de suspiro, haciendo a ambos pelinegros abrir los ojos con sorpresa mientras con una gran sonrisa lo tomaban para llevárselo lejos del comedor.
Kagami no sabía a donde lo estaban llevando, pero las expresiones de los dos mayores le dejaban en claro que era a algún lugar que fuera a decepcionarle. Entraron a lo que parecía ser la cocina, con montones de ingredientes esparcidos por toda la mesa, el horno de la época se encontraba a media apagar y en el fondo se encontraba un chico con ropa de cocinero.
– ¡Ryo-chan! – Fue el grito que salió de los labios de su doncella, mientras agitaba la mano efusivamente hacia el chico bajo que era el único en la cocina.
– ¡M-Mibuchi-san! – Respondió entre titubeos el chico temblando como las hojas en otoño. Se notaba que de su aura que le rodeaba estaba llena de inseguridad.
Collingwood vio al cocinero, ya que al ser el único ahí, eso debía ser. Era bajo, mucho más bajo que él y los otros dos, tenía el cabello castaño claro, y los ojos chocolates, era muy lindo si se lo preguntaban; debería tener mínimo su misma edad, o tal vez más, pero no es que se viera muy mayor en sí. Es más, le sorprendió ver a un cocinero tan joven.
Pero se notaba ansioso, nervioso, inseguro y otros más que Taiga ya no supo identificar. En sus orbes chocolates se podía apreciar el miedo y la confusión, como si la figura del pelirrojo fuera algo intimidante para él, y vaya que lo era. El pobre chico parecía que se haría en los pantalones en cualquier momento.
– ¡Ryo-chan! ¿Adivina qué? ¡Tai-chan quiere conocerte! – Kagami vio como el chico temblaba más de ser posible y se ponía tan pálido que le hacía competencia a la harina esparcida.
– ¿Ka-Kagami-sama? – Preguntó el pobre castaño, mirando como robot la figura del prometido del príncipe. Si bien le contaron de él, no pensó que lo vería tan de cerca.
– Así es… y tú… ¿Me podrías decir tu nombre por favor? – Pidió Kagami, mirando con una sonrisa al de menor estatura, animándolo a no temerle, bastante tenía con el hecho de haberlo escuchado decirle su nombre con el sufijo "Sama" como para saber que le tenía miedo.
– Harrison Sakurai Ryo – Fue la única oración que le salió sin titubeos, su nombre. Él sabía cómo se llamaba el otro, pero no debía referirse a él sin honoríficos, es más, Sakurai ni siquiera tenía porque dirigirle la mirada y/o la palabra al chico porque aquello era una gran ofensa para el futuro esposo del futuro rey.
– Bueno, Sakurai, yo estoy aquí por tu comida…
– ¡¿Qué?! – La mente del pequeño Ryo no podía estar más revuelta, probablemente el pelirrojo vendría a quejarse de su comida y a decirle lo asqueroso que sabía; ¡Sí! ¡Debe ser eso! – ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡En verdad lo siento! – Se disculpó repetidas veces haciendo reverencias.
– ¿Eh? – Taiga no podía estar más confundido.
– ¡Prometo no volver a intentarle darle de comer de mis repugnancias! ¡Me iré ahora mismo de la casa! ¡Lo siento! – Un aterrorizado Harrison estaba por salir huyendo despavorido, de no ser porque los pelinegros le sujetaron mientras se reían a carcajadas. ¿Se estarían burlando de su desdicha?
– ¡Tranquilo Sakurai, que Kagami no te viene a despedir! – Dijo el mayordomo, mientras pasaba un brazo por el cuello del castaño y le revolvía el cabello. Honestamente, Kasamatsu mentiría si dijera que no se esperaba una reacción así. Ryo solía ser muy asustadizo.
– Sakurai no era mi intención asustarte, solo quería decirte que tu comida es exquisita, me encantaron esos pastelillos de frutillas rojas y el té blanco lo preparas de una manera única – Expresó Collingwood con una gran sonrisa que hizo que al pequeño Harrison le temblaran las piernas y se sonrojara.
Acaso estaba… ¡¿Halagando su comida?!
– ¿E-En verdad le g-gustó? – Preguntó recuperando de poco en poco su seguridad, Kagami solo asentía a sus palabras.
– Por supuesto, yo adoro cocinar, y según los que han probado de mi comida, dicen que tengo un don para eso, un talento especial; peo creo que tú también lo tienes, palabra de cocinero a cocinero – El joven de ojos rojos le revolvió amistosamente el cabello castaño para terminar de una vez con esa tonta inseguridad que aun emanaba del chico – Definitivamente me tienes que enseñar a preparar aquellos pastelillos – Los ojos café chocolate de Ryo se abrieron con sorpresa, pero un brillo de emoción se encontraba en ellos.
– ¡Lo prometo Kagami-sama! – Contestó animado Harrison, con una enorme sonrisa y los ojos brillándole de emoción y felicidad pura. Y aunque no era correcto que prometido del príncipe estuviese cocinando porque sí, el castaño haría una pequeña excepción por el momento. El corazón de Kagami pudo estar tranquilo ante esa mirada.
– Ha sido un enorme placer conocerte Sakurai, tu y yo nos llevaremos de maravilla – Se despidió el pelirrojo. El cocinero le caía bien, muy bien, estaba seguro de sus palabras, además, sería lindo hablar con alguien que entendiera la cocina como aquel castaño, sería agradable.
– Así lo espero Kagami-sama, y el placer ha sido todo mío – Dijo Sakurai mientras hacía una reverencia, quería despedirse con un apretón de manos, pero no se atrevía con las suyas llenas de harina y otros ingredientes. No era correcto.
– ¡Wau! ¡Nunca había visto a Ryo-chan tan feliz! ¡Tai-chan es alguien extraordinario! – Gritó el pelinegro mayor, mientras fantaseaba felizmente con la reciente actitud del cocinero que Mibuchi nunca había visto, y eso que lo conocía desde hace dos años. Sakurai podía parecer muy joven, pero ya tenía los 20 años, incluso le tenía envidia de su apariencia adolescente mientras que seguramente él terminaría como pasa antes de tiempo.
– ¡¿Eh?! ¡Lo siento! ¡Lo siento! – Se disculpó el castaño justo como era su costumbre; Rowling suspiró cuando se dio cuenta de que no importara que pasara, el chico no iba a cambiar.
Los tres de mayor estatura rieron ante la actitud del más bajo, era muy agradable tratar con alguien así, por más asustadizo e inseguro que fuera. Kagami notó como es que aquellos tres se llevaban de manera perfecta, y no pudo evitar embozar una sonrisa al verlos así. Era obvio que al trabajar en la misma casa, tal vez tengan una muy buena amistad.
– Yo, me voy para explorar la casa… – Fueron sus palabras, y aunque no las dijo precisamente bajas, pareciera que ninguno de los sirvientes de la casa lo escucharon, ya que Harrison aún seguía disculpándose de quién sabe qué mientras los otros dos estallaban en carcajadas y hablaban de cosas que no entendía.
Se dio media vuelta para salir despacio de ahí, asegurándose de que ninguno de los tres se percatara de que huyó, no es como que fuera a escaparse de la casa aunque la idea sonaba bastante tentadora, pero no era muy cómodo tener a alguien cuidándote siempre si querías husmear en una casa desconocida. Esas cosas se hacen solo.
Al llegar al vestíbulo, subió por las escaleras para ver lo que se encontraba arriba. Caminó lentamente, viendo cada cosa que había en la casa, memorizándoselas o al menos haciendo el intento. Se encontró con una puerta, la primera del gran y largo pasillo; la abrió y se encontró dentro una habitación.
Solo le bastó ver la gran cantidad de productos y maquillajes para saber que era la de Mibuchi, y enseguida cerró la puerta rápidamente como si nunca la hubiera abierto. Siguió su camino con la mente en blanco tratando de no pensar en las cosas que vio ahí dentro.
La segunda puerta se abrió para dar paso a otra habitación de igual tamaño. Kagami no entró al recinto porque se veía claramente que ya estaba ocupado, y había que respetar la privacidad ajena. A nadie le gusta que entren a su habitación. Vio desde la puerta algunas ropas que supo identificar perfectamente, debía ser la habitación de Kasamatsu.
Cerró la puerta, y siguió su camino, encontró una más, la abrió como había hecho las anteriores. Era una simple bodega con algunas cosas antiguas. Al ser un pasillo enorme, había puertas de la pared izquierda y la pared derecha, tres en el lado izquierdo, donde había estado investigando, solo le faltaba las tres puertas del lado derecho.
Abrió la primera del lado derecho, y se encontró con otra habitación igual a las anteriores que había visto, pudo distinguir fácilmente que era la del cocinero, ya que había algunas bolsas con nombres de ingredientes, como cocoa, agujas de plata, harina y quién sabe qué otras cosas más. Si, en definitiva era la habitación de Sakurai.
La segunda puerta era diferente, con algunos adornos dorados, la abrió y enseguida se dio cuenta de que era diferente a las anteriores, no solo por el tamaño absurdamente grande en comparación a las otras, sino porque incluso los muebles, la cama y los roperos parecían más refinados. Incluso la cama con el colchón enorme y que parecía ser extremadamente suave, tenía las más finas sábanas incluyendo las almohadas, y claro, el dosel con cortinas finas rojas que tenía sobre esta.
Supo que era su habitación en cuanto vio sus maletas acomodadas perfectamente en un rincón, y era solo eso, las maletas. Se adentró en lo que debía ser su habitación y abrió el gran ropero de roble para encontrarse con sus ropas perfectamente acomodadas, sin mencionar otras más que Kagami nunca en su vida vio, pero al igual que la ropa que tenía en esos momentos, era de ahí, como un obsequio para él.
Salió de su habitación pese a que acostarse en la cama y dormir le pareció muy tentador, pero su curiosidad podía más, impaciente de ver el último cuarto. En realidad, Kagami no había conocido a su anfitrión, y se preguntaba en donde estaba, pero al menos eso le dejaba tiempo libre para investigar más a fondo el lugar.
En el camino se encontró con un retrato de quien se suponía era la reina de Inglaterra, su retrato daba indicios de que fue pintado hace poco tiempo, pues se podía apreciar su edad avanzada. Además, el nombre y apellido Elizabeth Willianshire le dejaba en claro quién era la anciana.
Kagami pensó enseguida en el dichoso príncipe en cuanto leyó el apellido real en el retrato, y entonces entendió que en realidad su suerte no era tan mala, casarse con un príncipe de 18 años que no conocía no sonaba muy tentador, pero podría ser peor.
Podría estar comprometido con un viejo decrepito de 80 años.
Frenó de golpe ante ese pensamiento y negó la cabeza mientras apretaba los ojos tratando de deshacerse de esos pensamientos. Ugh, no, que horrible. Enseguida llegó frente a la última puerta, la cual era muy parecida a la suya. La abrió y se encontró casi exactamente con lo mismo que la suya, salvo por los colores púrpura y lila que contrastaban en la habitación. Había algunos platos de bocadillos vacíos, ropa tirada sobre la cama y las cortinas ni siquiera estaban abiertas. Probablemente se trataba de aquel guardia que lo cuidaría, ya que no conocía a alguien más con título en aquella casona.
Sin saber por qué, Taiga ya había ingresado en esa habitación, pese a que en las anteriores no lo había hecho, realmente le surgió una especie de sensación indescriptible que obligó a sus pies a moverse solos, hasta que se dio cuenta de que ya estaba dentro de ella. Dio una vuelta lentamente de manera que pudiera apreciar toda la habitación.
Sus ojos se quedaron fijos en un pedazo de papel cerca del escritorio de ahí. Con pasos cuidadosos y lentos caminó hasta ahí, y pudo ver que tenía la característica firma real, la de los Willianshire. No era correcto que él estuviera ahí, pero su curiosidad no se iba, y lo qué sea que dijese es carta era algo que se moría por saber.
Pero cuando sus dedos estaban a solo unos milímetros de tomar la carta entre sus manos, una voz grave a sus espaldas, que supuso era la de su anfitrión, le hizo frenar cualquier otro movimiento, dejándolo inmóvil y completamente paralizado.
– Oye, ¿Qué es lo que haces aquí? – Y cuando su cuerpo reaccionó y pudo voltearse de manera rápida para decir cualquier tontería que pudiera escaparle de sus labios, sus palabras murieron en su garganta al ver mejor al dueño de aquella grave y sensual voz.
Joven y alto, más alto que él, le llevaba mínimo una cabeza; de cabellos largos hasta el cuello y de color púrpura del mismo tono que esos orbes que te invitaban a fundirte en ellos y no salir jamás; con un físico increíble que cualquiera envidiaría, y lo podía saber gracias a que el chico venía con literalmente una fina toalla atada a su cintura que gracias a dios era medio larga, y gotas de agua que recorrían lentamente esa pecaminosa piel hasta perderse en la tela.
El rostro de Taiga quedó de los mil colores, mientras el contrario acercaba su rostro a escasos centímetros del rostro del pelirrojo de manera que sus narices casi rozaran, para volver a repetir la misma pregunta con aquella voz que era tan jodidamente sensual para el joven Collingwood.
– ¿Qué es lo que haces aquí?
Y Kagami pudo asegurar, que por poco y cae desmayado…
Ya se nos viene lo bueno, y vaya manera de presentarse tienen esos dos(?) ewe
Pobre de los hermanos de Taiga, pero lo verán de nuevo, en su boda ;u;
Pues como pueden ver, hay alguien que cocina no tan rico como Kagami, pero casi c:
Yo escribo porque me gusta, pero no olviden dejar un comentario si les gustó, eso da a entender que apoyan el trabajo del escritor y lo animan a seguir, recuerden que esto no es tan fácil(?).
Hasta la próxima.
