Hola a todos, esta vez casi ni me he tardado nada, menos de un mes.
Bueno, la principal razón de mi regular actualización es porque le prometí a mi queridísima amiga Sao-chan que lo subiría como regalo de San Valentín. Ya saben, para todas quienes están solas y leer porno gay las hace felices(?) tengo que hacer algo con mi vida :'v Sin embargo, aunque aquí lo esté subiendo 4 días después, lo subí en San Valentín en mi cuenta de Wattpad, por lo tanto cuenta. XD
Sin más, disfrutes este capítulo traído con mucho amor para ustedes donde aparentemente hay una conexión entre los protagonistas. PEro no lo0 tendrán fácil, así que lean(?) ewe
Londres, Inglaterra, 1820
Murasakibara caminaba con calma rumbo hacia los establos, teniendo detrás de él a ese pelirrojo que aún le seguía mirando intensamente, no es que pudiera verlo de frente pero, sentía aquella mirada en su espalda de forma penetrante, incluso hasta le dieron escalofríos.
Aquella casona era donde él, su abuela y su abuelo –antes de que falleciera– disfrutaban pasar los días del verano para distraerse un tanto de aquel aire ambiental en el palacio, lejos de los deberes y los modales, puesto que a Atsushi nunca se le dio muy bien obedecer órdenes, y mucho menos comportarse.
Era grande y espaciosa, digna de la familia real; si hubiera sido como años anteriores, de seguro la casona estaría hasta reventar de mayordomos y servidumbres, sin embargo, ahora solo estaban los de más confianza entre la reina y el príncipe.
A las afueras del lugar había un prado verde y hermoso, libre de árboles para galopar más a gusto. Más allá, había un sendero cubierto de frondosas plantas, que conducían hacia un bello lago que únicamente, el joven de cabellos púrpura sabía que estaba ahí, pues en una de sus salidas en caballo se lo encontró de casualidad.
Había unos cuantos caballos y yeguas en el establo, cuatro o cinco como máximo. Para Murasakibara, no había corcel más noble y que disfrutara de su compañía que su caballo Venus, un Shire de color negro muy dócil y manejable. Nacido y criado en Inglaterra, Venus era uno de los caballos más potentes que ha habido en el reino, lo que le faltaba de velocidad lo compensaba con su fuerza y resistencia.
Y por supuesto que eso era lo que Atsushi necesitaba, un caballo fuerte que pudiera soportar la carga de una persona que mide más de dos metros. Venus medía casi lo mismo que él, por lo que no era problema montarlo. El único problema que el caballo pudiera dar era debido a su gran apetito por saciar y su enorme tamaño. A pesar de que el Shire es considerado como un caballo de trabajo agrícola, él prefería montarlo.
Luego había un caballo más, novato y de menor edad, de la misma raza solo que color castaño; y finalmente había 3 yeguas –dos Suffolk Punch y una Shire–, pero quitaría a una de la lista, porque estaba preñada. Cuando llegó a la gran puerta del establo se detuvo; Kagami –quien venía perdido en sus pensamientos– chocó inevitablemente de forma algo brusca con el gran cuerpo del guardia.
Aunque el pelirrojo por poco cae al piso, Murasakibara parecía ni siquiera haber sentido el golpe. Solo cuando este giró su cabeza en un ángulo de 90° para ver al chico detrás de él, fue que el otro le miró sonrojado, tratando de ocultar su vergüenza. No es que el caballero estuviera enfadado, sino que escuchó el quejido de Taiga al golpearse, y quiso saber si estaba bien.
– L-Lo siento… – Murmuró el Collingwood mientras apartaba la vista de esos ojos púrpura que le miraban confundidos. Atsushi no supo muy bien de qué se disculpaba.
Abrió la puerta dejando ver el interior, donde había mucho heno, las cosas para ensillar a los equinos, y también había el ligero olor a trabajo producto de los animales, que se veían amarrados de forma suelta, para poder descansar a gusto. Cuando el pelimorado siguió derecho, Kagami quiso seguirle, pero no pudo evitar ver a una yegua ligeramente más gorda que el resto.
¿Estará embarazada? Era lo que se preguntaba el hijo del duque, y aun cuando quisiera acercarse a la yegua, esta le daba señales de que no quería que se le acercara. Y Kagami lo sabía, nunca debes acercarte a un animal hembra que está esperando crías, podría ser muy peligroso para su cuerpo en caso de que la hembra se defendiera, o podría alterarla y afectaría el embarazo; por eso se mantuvo al margen y siguió caminando detrás del guardia.
– Bien, este es Venus – Habló la voz del mayor para hacer que la atención del pelirrojo estuviera puesta en su caballo. Taiga le miró inseguro sobre si acercarse o no al animal, por lo que él tuvo que calmarlo – Tranquilo Kaga-chin, no te hará daño – Le dijo para acercarse a su prometido y tomarle de la mano, para así guiarla hasta la cabeza del animal lentamente, pues el otro seguía tenso del miedo.
Aunque a Kagami le pareció algo repentino, no opuso resistencia cuando su mano fue tomada, y menos aun cuando fue puesta en el caballo. Acarició al corcel con delicadeza; primero con sus dedos, después con la palma, luego con las dos manos, y cuando se dio cuenta, ya casi estaba abrazando al hermoso caballo Shire color negruzco.
– ¿Es tuyo? – Se atrevió a preguntar el pelirrojo, mientras seguía mimando al enorme caballo que hacía que él se viera pequeño en ese gran lugar.
– Ah sí, me lo regalaron cuando cumplí los 10 años…
– ¿Te lo regalaron? – Preguntó confundido el de Manchester, mirando con curiosidad al pelimorado, que no entendía muy bien la razón del gesto ajeno – Vaya, no pensé que la realeza hiciera eso con los guardias y/o caballeros a los 10 años, que extraño pero debes ser muy bueno para que te hubieran dado uno a esa edad – La cara del príncipe había quedado más pálida de lo normal, y eso Kagami, lo notó – Murasakibara ¿Estás bien?
– S-Sí, estoy bien – Dijo mientras volvía la vista al caballo y le acariciaba la crin negro azulado. Había metido la pata, pero por suerte, no fue nada grave – ¿Q-Quieres pasear en él, Kaga-chin? – Fue lo único que se le ocurrió preguntar para dejar ese silencio incómodo que se había formado debido a su torpeza.
– ¿Está bien que yo lo monte? Es decir, es tuyo, no creo que quiera que alguien más… – Dijo el pelirrojo, pero fue interrumpido por Atsushi.
– No te preocupes Kaga-chin, Venus es gentil con las personas desconocidas a menos que quieran hacerle daño; te paseara con gusto – Habló para cortar aquella oración que el menor no pudo terminar, pero Murasakibara sabía a donde iba la cosa. Kagami aún le veía dudoso – ¿Qué dices, Kaga-chin?
– Supongo que si a Venus no le importa, está bien… – Aceptó el otro, mientras veía a su anfitrión ir por la silla para montar. Kagami aún tenía miedo sobre la idea de montar al caballo, pero lo superaría.
Mientras Murasakibara colocaba todo en su lugar y alistaba al corcel para que pudiera pasear al pelirrojo, Taiga no pudo evitar sentir mucho más miedo al ver como el gran animal y su jinete se veían casi iguales en estatura, y él, ahí se sentía un enano. Si en dado caso que –por la corona, no pasara– el caballo enloqueciera y le lanzara lejos, sería una fea y muy alta caída.
– Listo, vamos Venus, afuera – Ordenó el de cabellera púrpura tirando un poco de larienda, haciendo que de inmediato el animal le siguiera. Aunque el caballero no le hubiera llamado, Taiga sabía que debía ir, por lo que le siguió de inmediato para salir también, teniendo cuidado con el corcel, o podría darle una patada.
En cuanto salieron del establo, Kagami se dio cuenta de que el sol se veía en la cima, y aunque aquellas nubes grises que Mibuchi había mencionado que se acercarían como tormenta se veían, lo cierto era que aún se notaban lejos. El viento fresco y la luz cálida solar, le brindaban a Collingwood una sensación relajante y de paz.
– Kaga-chin, sube – Dijo el guardia, atrayendo de nuevo la atención del pelirrojo en cuanto palpó el asiento sobre el Shire, notando como el gesto en la cara de su prometido se volvía gracioso al inflar los mofletes y fruncir el ceño.
– ¿C-Cómo… cómo quieres que me suba? E-Está muy alto – Preguntó entre sarcástico e irritado, puesto que aunque Kagami era alto, tampoco era un gigante como Murasakibara o su caballo. El segundo rió de la misma forma en la que lo haría un niño, notando que en cuanto a altura, el de Manchester tenía razón.
– Te ayudaré a subir – Se ofreció, notando como el menor soltaba un suspiro para acercarse a ellos dos, aceptando la ayuda. En cuanto Taiga hizo el intento por subir, Atsushi le ayudó con sus grandes y fuertes brazos, logrando que el chico quedara sobre el caballo en un santiamén – ¿Prefieres que te deje solo con él o le guio? – Preguntó, haciendo que aquellos ojos rubí le mirasen con miedo.
– G-Guíale, por favor… – Pidió aun inseguro sobre estar sobre ese gran animal. Desde ahí en lo alto donde estaba sentado, Murasakibara parecía chiquito. Atsushi le sonrió mientras tomaba la rienda de Venus y comenzaba a caminar entre aquel enorme prado, con el animal avanzando lentamente detrás de sus pasos.
Kagami se sostenía fuerte de la montura, tenía miedo de que algo pudiera pasar estando sobre ese gran animal, pero el que el guardia mantuviera firme y sujeto al corcel hacia que al menos una parte de la tensión que surgía en él desapareciera. Se sorprendió al ver todo desde la altura en donde estaba sentado ahora, y pudo apreciar el enorme paisaje.
Si hubiera sido uno de los caballos de estatura media que habían criado ahí en Manchester, Taiga no hubiera dudado en montarlo solo, y cabalgar lejos y libre, pero aquel enorme equino le dejaba un tanto inseguro además de que era la primera vez en toda su vida que se subía en él. Tenía miedo de que el caballo le catalogara como una amenaza y le tirara lejos de su presencia.
En cuanto siguieron avanzando, el pelirrojo se dio cuenta de que ahora habían algunos árboles, no era como hasta el fondo donde apenas y se veía algo entre la naturaleza, eran solo uno o dos árboles, y eran manzanos. Murasakibara estiró su brazo hasta llegar a una rama del árbol donde había una gran manzana madura, y la tomó sin dificultades. Venus se emocionó ante eso y sin querer se movió algo brusco, asustando al hijo del duque.
– Quietecito – Ordenó mostrando la manzana frente al corcel, haciéndole saber que si cumplía las palabras que Willianshire decía, entonces tendría esa gran manzana en su estómago. Kagami aún seguía en ese pequeño shock que el equino había ocasionado – Buen chico – Felicitó el pelimorado, entregándole la fruta a Venus quien se la comió de inmediato. Después, los orbes púrpura se dirigieron hacia la figura sobre el Shire – ¿Kaga-chin, estás bien?
– S-Sí, es solo que, me ha asustado al moverse – Se sinceró Kagami, con la cara roja de la vergüenza al haber sido visto con el pánico en todo su cuerpo. De seguro el guardia pensaba que era un cobarde o debilucho. Desvió la mirada hacia la izquierda, lejos de la ajena.
– Lo siento Kaga-chin, es solo que a Venus le gustan mucho las manzanas – Se disculpó el mayor, logrando que de nueva cuenta aquellos ojos color sangre se posaran en él. El momento se estaba volviendo incómodo, así que decidió hablar sobre el tema más interesante del momento, las manzanas – Muchos dicen que si quieres ganarte la confianza de un caballo, debes darle manzanas, eso hace que ellos confíen en ti y no se pongan asustadizos o molestos.
– Ah sí, me lo decían mis padres a menudo ahí en Manchester – Comentó el pelirrojo, sintiéndose un poco más relajado. Al estar más alto debido a ir sobre el caballo, Kagami estiró también sus brazos de manera que tomó dos manzanas rojas y maduras. Las colocó en la silla buscando que no se caigan, y luego tomó otras dos más – Dáselo a Venus de mi parte – Dijo mientras le pasaba una de las cuatro manzanas al guardia.
El guardia atajó la fruta en sus manos mirando con un poco de sorpresa y curiosidad a Collingwood, pues no se había esperado eso de su parte. Tan solo asintió para volver a mostrarle el alimento a Venus, quien aunque emocionado no se movió, por lo que Atsushi le dio la otra manzana que el corcel devoró rápidamente.
Kagami, por otra parte, había levantado otra vez las manos tomando dos manzanas más para comerse una y dejar las otras cuatro en la silla. Aquella fruta madura era dulce y muy sabrosa, simplemente una delicia para el paladar. Murasakibara reanudó de nueva cuenta el paseo, dándole la vuelta al caballo para regresar al establo.
– ¿Quieres una manzana? – Ofreció el menor, pues creyó que sería muy egoísta que él estuviera comiendo una frente a las narices del otro sin si quiera haberle ofrecido. Willianshire le miró pero terminó negando con la cabeza y sonriendo al de cabellera rojiza.
– No gracias – Fue la pequeña respuesta para volver la vista al camino. No es que a Murasakibara le disgustasen las frutas, pero no se le apetecía una por el momento.
En cuanto llegaron por fin de nueva cuenta al establo, Kagami tuvo que esperar por un leve tiempo mientras el guardia colocaba las manzanas que él había bajado lejos de los caballos. Después de ese pequeño favor que le pidió a su anfitrión, tuvo que volver a llamarlo para pedirle que le ayudase a bajar, pues el Shire seguía siendo muy alto para que se bajase solo. Kagami se preguntó cómo le hará el pelimorado para subirse y bajarse.
– G-Gracias – Dijo el pelirrojo en un hilo de voz que de no ser porque Murasakibara estaba junto a él al bajarlo al suelo no lo hubiera oído – M-Me retiro, muchas g-gracias por el paseo – Agradeció el menor tomando las cuatro frutas. Taiga no le miró, ya que tenía el rostro tan rojo como las manzanas que había traído. Era vergonzoso que otro hombre le tocara así, aunque solo sea para ayudarle a bajar del caballo.
Kagami pasó de largo el cuerpo del de cabellera morada sin esperar siquiera su respuesta y aunque sintió la mirada púrpura sobre él no se la devolvió. Cuando cruzó de nuevo por aquel cubículo en donde la yegua preñada estaba, con cuidado, se acercó de poco en poco aunque al animal no le gustara, y cuando supuso que era suficiente distancia, Kagami dejó una de las manzanas, quedándose con tres para seguir su camino.
Murasakibara estuvo atento a los movimientos del pelirrojo. Cuando le vio acercarse donde estaba la yegua en gestación se alertó, pues sabía que esta era un tanto arisca al tener ahora un potro en el vientre. Pero las acciones de Taiga fueron cuidadosas, y se dio cuenta de que solo le dejó una de las cuatro frutas que tenía. Le sorprendió un poco esa acción y siguió con la mirada el cuerpo de su prometido hasta que se perdió de vista.
Sakurai estaba terminando algunas cosas que faltaban en la comida del almuerzo cuando escuchó como alguien entraba a la cocina. Se volteó lentamente para ver a la persona, intentando estarse tranquilo y sereno aunque su cuerpo temblase de miedo. Cuando distinguió la cabellera roja que había visto en la mañana, por poco le da un infarto.
– ¡¿Ka-Ka-Kagami-sama?! – Tartamudeó el pobre castaño, notando como el mencionado le miraba curioso y le dedicaba una sonrisa hermosa y sincera. Aun así, eso no logró calmar a Ryo, que se preguntaba mentalmente qué hacía el chico ahí.
– Hola de nuevo, Sakurai – Saludó Collingwood, mientras dejaba las tres manzanas en la mesa notando que ahí había más frutas y más verduras. El delicioso olor de la comida inundó las fosas nasales del de Manchester haciéndole cerrar los párpados disfrutando más a fondo aquel aroma. Cuando los orbes rubí aparecieron de nuevo, se clavaron en aquellos orbes chocolate – He traído manzanas.
– ¿A-Ah? – Preguntó aún más confundido el pequeño Harrison, notando como el cuerpo del prometido de su futuro rey se acercaba a él. Sin saber por qué, terminó disculpándose y sorprendiendo a Kagami – ¡Lo siento, lo siento mucho! – Dijo haciendo múltiples reverencias.
– No te disculpes – Pidió el otro, aunque el castaño lo escuchó más como una orden, por lo que se calló. Cuando de nueva cuenta Sakurai se incorporó, Kagami ya estaba con uno de las manzanas en la mano. Este sonrió con amabilidad – He traído manzanas para un postre – Dijo con simpleza.
– Oh, en e-ese caso, K-Kagami-sama puede dejarlas por a-ahí – Sugirió el cocinero, señalando con el dedo índice de la mano derecha un estante cerca de donde estaba lo que a Kagami le pareció el horno – Y-Yo me encargaré de ha-hacerlo antes d-de que… – Pero Harrison fue interrumpido por una risa del de mayor altura, quien negó con la cabeza.
– Las he traído porque yo quiero hacer el postre – Fueron las palabras que salieron de los labios de Taiga, y las cuales causaron un shock en el pobre Ryo dejándolo más pálido de lo normal – ¿Sakurai? – Preguntó preocupado, pues el otro no parecía en este reino. Luego de que el pelirrojo le llamara y despertara de su trance, Sakurai se alteró.
– ¡N-No Kagami-sama! ¡No puede! ¡Solo deje las manzanas ahí, es más, lo haré por usted! – Intentó razonar el castaño, tratando de arrebatar las frutas de las manos de Collingwood. Kagami tampoco cedió ante el comportamiento del cocinero, por lo que también intentó alejarlo – ¡Lo siento Kagami-sama! ¡Pero no puede cocinar! ¡Eso debo hacerlo yo!
– ¡Pero tú me habías dicho que podía cocinar contigo! – Le recordó el de orbes escarlata, y aunque Sakurai supo que tenía razón, siguió intentando quitarle las manzanas al otro. Taiga estaba a nada de correr por toda la cocina para escapar de ese raro pero amigable castaño disculpón. Ryo sabía que no era correcto que el prometido de príncipe cocinara. Imperdonable.
– ¡¿Qué está ocurriendo aquí?! – Coleman entró furioso abriendo la puerta de la cocina de par en par. Mibuchi estaba tomando un baño y él había sido atraído por todo ese griterío. Se encontró con Kagami y Sakurai, este último al verle enojado, empezó con su recital de disculpas.
– ¡Lo siento Kasamatsu-san! – Los ojos chocolate del pobre Harrison estaban empezando a llenarse de lágrimas. Yukio se talló el puente de la nariz intentando serenarse, pues sabía que aquel hombre de cabellera castaña tenía un colapso de emociones muy fuerte y que si seguía así de molesto le haría llorar.
– Me podrían explicar ¿Qué pasa aquí? – Demandó saber, que aunque seguía estando enojado, al menos ya no estaba tan cabreado como cuando entró por la puerta. Taiga y Ryo se miraron entre ellos y después a las manzanas, logrando que los ojos de Kasamatsu fueran a esa dirección; sin embargo, seguía sin entender – ¡Díganme! – Exigió.
– Bueno, yo traje unas manzanas porque quería hacer un postre, pero Sakurai no quiere dejarme hacerlo – Habló Kagami pues el castaño parecía que no tenía voz ni para hablar. El pelinegro se cruzó los brazos sobre su pecho adoptando una pose seria. Kagami siguió hablando – Él dice que no puedo cocinar, pero yo quiero hacerlo.
– P-Pero, Kagami-sama no p-puede… – Los ojos azules de Coleman se fijaron ahora en la pequeña figura del castaño. Harrison se puso aún más nervioso y comenzó a temblar, logrando que cualquier objeción que hubiera tenido desapareciera de su mente. Kasamatsu movió su nariz, olfateando algo.
– ¿Algo se quema? – Preguntó de la nada, logrando así que la atención del castaño fuese dirigida únicamente a la cocina, quien de inmediato guiado por esas palabras del pelinegro fue enseguida a ver el horno asegurándose de que todo estaba bien y en orden. Yukio se acercó más al cuerpo del pelirrojo – Escucha Sakurai, si Kagami quiere hacer un postre, déjalo hacerlo. Sabemos que no debería cocinar pero aquí no se enterará nadie más que tú y yo. ¿De acuerdo? – Sakurai miró aun inseguro a ambos, pero terminó asintiendo y pidiendo disculpas – Bien, entonces me voy.
– Gracias Kasamatsu – Habló el de Manchester mientras veía como el mayordomo le sonreía para después irse por la puerta dejándolos solos a ellos dos de nuevo. Kagami miró cautelosamente al castaño quien aunque seguía temblando, parecía que ya no le atacaría de nuevo – Sakurai, ¿Podrías ayudarme en lo que necesite? – Pidió logrando llamar la atención del cocinero.
– ¡P-Por supuesto K-Kagami-sama! – El mencionado sonrió al ver esa sonrisa iniciativa en el rostro de Ryo, tomando un cuchillo limpio para cortar las manzanas en finas rodajas, aunque primero las lavaría para que no hubiera nada malo en ellas.
Sakurai se asustó al ver el cuchillo en las manos del pelirrojo, pero este le dijo que debería estar revisando la comida del almuerzo cuidando que no se queme o algo, logrando así que la atención de Harrison volviera de nuevo a la comida y le dejase a él trabajar en paz. Era una técnica nueva para cocinar junto a Sakurai.
En cuanto Kagami se fue y estuvo nuevamente solo, Atsushi notó como la yegua caminaba hasta donde su prometido había dejado la manzana y la devoraba de forma rápida, aunque no tanto como lo hacía Venus. Enseguida regresó su atención a su caballo, quitándole la silla de montar para que no cansará a su corcel. Había algo en ese chico que le llamaba la atención, aunque aun no supiera qué era.
– Quiere que me ocupe de Venus, ¿Príncipe? – Una voz calmada apareció repentinamente ocasionando que por poco Willianshire diera un brinco debido al susto. Volteó la cabeza en dirección a esa voz para encontrar a un hombre de cabellos grises, que le miraba fijamente.
– Mayu-chin – Le nombró agobiado, intentando calmar el insesante latido de su corazón debido al susto que aquel hombre le había ocasionado – Me asustaste.
– Lo siento, creí que ya me había visto – Se disculpó pero sin cambiar su mirada carente de expresiones. Tomó la rienda de Venus para dirigirla de nueva cuenta a su cubículo, notando como aquellos ojos color púrpura le miraban, o más bien, al caballo.
– Mayu-chin, no está bien que me digas príncipe – Regañó el de mayor altura, frunciendo levemente el ceño mientras al mismo tiempo tambien fruncía los labios – Alguien te pudo haber oído – Aseguró, tratando de hacer ver al de cabellos grises que estaba mal.
– De nuevo lo siento, pero es la costumbre; además, no había nadie – Se defendió el otro. Murasakibara suspiró irritado y se pasó una mano por sus cabellos violetas, desordenándolos en el proceso – ¿Ese era su prometido? – Preguntó el peligris, mirando por el rabillo del ojo a su próximo heredero.
– Sí – Dijo Willianshire con simpleza. El contrario no volvió a decir nada referente al pelirrojo de Manchester, solo se dedicó a cepillar cuidadosamente al caballo color negro del príncipe. Atsushi tampoco le emocionaba mucho hablar con aquel tipo que, recordaba, se llamaba Mayuzumi; por lo que se retiró – Me voy, Mayu-chin – Dijo dándose la vuelta para salir de los establos.
– Hasta después – Fueron las palabras de Mayuzumi, sin mirar a Murasakibara y solo concentrandose en cepillar a Venus. No es que él y el príncipe fueran los mejores amigos. Solo eran, sirviente y amo.
Cambridge, Inglaterra, 1820
Con papeles en mano, revisaba cada carta cuidadosamente. Una taza de café estaba en uno de los extremos de su escritorio, para ayudarle a mantenerse despierto. Una carta tras otra, leyendo cuidadosamente cada línea escrita para enterarse del contenido sin olvidar ningún detalle. Bebió un sorbo del líquido algo amargo procurando no manchar nada. El sabor del café de produjo satisfacción.
– Anderson-sama – Uno de los mayordomos del lugar apareció por la puerta de su oficina. Lo vio ahí parado en la puerta sin señales de entrar, y con una solo mirada le dijo que prosiguiera en aquello que el hombre quería decirle. El mayordomo suspiró antes de hablar – Lamento volver a molestarlo mientras trabaja pero Anderson-kun está requiriendo de su presencia.
Suspiró mientras se tallaba la sien derecha. En sí el papeleo no era algo muy importante pero el que su hermano menor le estuviera llamando a cada momento para que pudiera pasar el tiempo con él era algo que le atrasaba, porque por más que le dijera que después estarían juntos, este seguía insistiendo en que lo quería ver.
– De acuerdo, dígale que estaré con él en un momento – Aceptó, juntando una pila de papeles para acomodarlos dándoles golpes suaves en la mesa. Bueno, ya había acabado la gran cantidad de todos los deberes lo que restaba lo podría hacer luego, además de que había algo importante que quería decirle a su hermano.
– Como usted ordene, Anderson-sama – Dijo el mayordomo mientras hacía una reverencia y cerraba la puerta de la habitación para retirarse. En cuanto el otro se fue, ordenó todo en su escritorio para poder irse con su hermano menor.
No tardó mucho y salió de su oficina cerrando la puerta por fuera con llave por si acaso alguien entraba ahí, donde estaban títulos y papeles importantes. Caminó por un gran pasillo para irse a la habitación de su pequeño hermano, la única familia cercana que tenía, pues sus padres aunque siguieran vivos, preferían viajar y dejarle todo a cargo, como si con el dinero fueran a comprarle su felicidad.
En cuanto estuvo frente a la puerta, tocó dos veces aunque sabía que no era necesario hacerlo. De inmediato escuchó la voz al otro lado diciéndole que pasara. Tomó el picaporte y lo abrió, para encontrarse con esa cabellera rubia tan característica que poseía su hermanito. Al verle, este sonrió para ir en su dirección a abrazarlo.
– Seijuurocchi Nii-san, eres muy malo al no pasar tiempo conmigo; no hay nadie con quien jugar y ya me cansé de estarme ocultando de las sirvientas; son muy molestas a veces – Su hermano era 5 años menor, pero estaba creciendo mucho más rápido que él, aun cuando el rubio estuviera en crecimiento, ya casi estaban de la misma estatura, y le faltaba crecer más.
– Ryouta, sabes que tengo trabajo que hacer mientras nuestros padres no están – Se excusó, notando como el mencionado inflaba los mofletes en un gesto berrinchudo. Le revolvió el cabello mientras se sentaba en un cómodo sillón de la habitación, su hermano le siguió y se sentó frente a él, en la cama – Además, tengo algo que decirte.
– ¿Qué cosa, Seijuurocchi Nii-san? – Preguntó entre una mezcla de curiosidad y ansiedad el de menor edad. Seijuuro sonrió ante el gesto.
– Dentro de una semana, viajaremos a Londres – Habló logrando que el rubio le mirara con asombro, pero también con una gran sonrisa en el rostro. Ya sabía que Ryouta reaccionaría así de entusiasta.
– ¡Por fin volveré a ver a Kasamatsucchi! ¡Ya verá que esta vez sí le conquistaré! ¡No me rendiré hasta conseguirlo aunque sea muchos años menor que él! – Se decidió el de cabellera dorada, haciendo reír a su hermano mayor con su emoción mal disimulada. Antes de que su hermano se distrajera de la alegría, el Anderson mayor prosiguió a hablar.
– Iremos con un único motivo Ryouta, o en tu caso, el segundo motivo – Los bellos ojos color miel de su hermano le miraban con ansiedad, como diciéndole por medio de esta que prosiguiera en la pequeña plática – Atsushi se casa en un mes con otra persona, tenemos que evitarlo, recuerda que tu hermano es quien debe casarse con él.
– ¿Por qué otra persona está comprometida con Atsushicchi, Nii-san? – Ryouta miró a su hermano encogerse de hombros, notándolo un poco inconforme ante la información y el cambió de decisiones sobre el príncipe y su reciente compromiso con alguien que no era Seijuuro. Algo no andaba bien, y eso era algo que presentía.
– No lo sé y no me interesa, lo único que debe importarnos, es romper ese compromiso y volver al anterior, en donde Atsushi y yo nos casaremos – El rubio miró como aquellos ojos con heterocromía de su hermano mayor se volvían amenazantes; uno rojo como la sangre, y el otro dorado como el oro – ¿Estás de acuerdo, Ryouta? – El pequeño asintió asustado ante la actitud que ahora demostraba el otro – Bien, me enteré que su prometido está en la casona de verano de la familia real, ahí es donde iremos.
– ¿Qué vas a hacer, Seijuurocchi Nii-san? – Preguntó el menor con un tono de terror en su voz. Seijuuro ni se inmutó, solo miró de nueva cuenta a su hermano; su miraba demostraba intimidación en todo el sentido de la palabra.
– Haré que aquel chico, se arrepienta de haberse metido con lo que es mío…
CHAN! CHAN! CHAAAAAN! XD
Bueno, sé que no se esperaban esto del final, pero las cosas iban demasiado bien entre Murasakibara y Kagami para una novela(?) había que traer la tormenta a la calma, o algo así dice el dicho.
Bueno, soy fan de las parejas clásicas por lo que me pareció algo adecuado escribir MuraAka vs MuraKaga para darle más sabor al asunto. Vamos que yo sé que quieren ver a dos ukes peleando por un mismo seme(?) (algo que las compañías yaoi aun no hacen ;-;)
Recuerden que adoro sus reviews, así que díganme cómo ven la historía c: Besos~
