¡Hola mi querido público! ¿Me extrañaron?
Bueno, supongo que ya era hora de actualizar. Las vacaciones de Semana Santa aquí en México (y no sé si en otros países) me han dado algo de tiempo, por lo que aprovecharé para continuar las historias que he tenido pausadas.
Londres, Inglaterra, 1820.
Cuando la comida del almuerzo estuvo lista, Kagami se fue con dirección hacia su habitación. Aún quedaba algo de tiempo antes de que bajara nuevamente para comer, pues Sakurai junto con unas dos chicas que parecían ser sirvientas, le indicaron que pondrían la mesa. Y aunque él quisiera ayudar, se lo prohibieron.
Se acostó en su enorme cama durante un rato. Pensaba en esos momentos algo bochornosos pero a la vez divertidos con ese guardia de cabellera morada. Le agradaba, porque pese a ser un tipo que tuviera una gran altura y aura amenazante, lo cierto es que era distraído y amable, por no decir que fue dulce cuando trató con él. Era como un niño pequeño, y a Kagami le encantaban los niños.
Luego pensó en su postre. Aquella tarta de manzana le había quedado bien, pues se había memorizado cada uno de los pasos a seguir que su madre le había enseñado; además, el postre también lucía bien y comestible, por lo que debía serlo, ¿Verdad? ¡Claro! Taiga confiaba plenamente en su instinto. Nunca le había fallado, y no lo haría ahora.
Esperó unos cuantos minutos más, procurando no dormirse. El tiempo parecía pasar lento aun cuando en realidad pasara más rápido de lo que creía. Solo fue cuestión de tiempo para que el mayordomo Coleman tocara a su puerta, salvándolo así de quedarse dormido sin querer.
– ¿Kagami? ¿Estás ahí? – Se escuchó la singular voz del pelinegro desde el otro lado de la puerta, asegurándose de que Taiga estaba ahí y no pareciera tonto hablándole a la nada. El sonido del rechinar del mueble de la cama le confirmó a Yukio que el chico estaba ahí. Por respeto, Kasamatsu no entró.
– Sí, aquí estoy – Aceptó el pelirrojo, bostezando después de sus palabras, mientras se incorporaba de la cómoda cama. Se acomodó un poco la ropa, pues al estar acostado se le había arrugado.
– Solo quería decirte que la mesa ya está lista, puedes bajar a comer – Fueron las palabras que Kagami necesitaba para subir su buen humor aún más. Escuchó los pasos del pelinegro alejarse de su puerta, y eso le confirmó que solamente fue hasta su habitación para eso.
Salió de su habitación con toda la calma posible. Bajó las escaleras de una en una procurando no caerse, y cuando estuvo en el vestíbulo enseguida las voces y el aroma delicioso de la comida le llegaron. Sin perder tiempo, caminó hasta donde se encontraba el comedor, notando como en la gran mesa, se encontraban sentados Mibuchi, Kasamatsu y Murasakibara, y parecía que Sakurai estaba ahí pero se negaba a sentarse.
– ¡Tai-chan! ¡Siéntate junto a mí! – La alegre voz de Reo llamó su atención, viendo como el pelinegro mayor movía la mano en forma de saludo para que lo viera, palpando con efusividad el asiento que tenía a su derecha. Kagami tragó duro y se puso nervioso.
Si se sentaba ahí, quedaría exactamente frente a Atsushi. No es que le disgustara el caballero, pero la mirada que le estaba dedicando le daba algo de miedo. Si bien, el momento que pasaron juntos ayudó a aliviar la tensión inicial eso no significaba que esta se hubiera esfumado. El pelimorado le seguía mirando con la misma intensidad con la que antes lo había hecho.
– S-Sí – Terminó por aceptar. No se veía suficientemente capaz de negarle eso a su doncella. Siempre le decían que su buen corazón algún día le ocasionaría problemas, y aunque Taiga lo negara, sabía que efectivamente así era.
Respirando pausadamente y tratando de calmarse por dentro, Kagami caminó hasta quedar a un lado de la mesa, justo a una silla de donde se supone debía sentarse. Las risas y conversaciones de aquellos pelinegros tratando de hacer al cocinero a comer con ellos seguían su curso natural, pero el pelirrojo seguía estando inquieto por esa mirada penetrante de aquellos ojos púrpura, incluso después de sentarse.
– ¡Kagami-sama! – La voz temblorosa del castaño atrajo la atención de Collingwood, haciendo que se destensara de aquel ambiente, no obstante, sabía que el guardia le seguía observando. La mirada del hijo del duque le informó a Harrison que podía proseguir – ¿S-Se le ofrece primero la sopa o la carne? – Taiga lo pensó unos segundos, pero supuso que era mejor empezar por lo más ligero.
– La sopa por favor – Pidió amable y cortésmente, entregándole una sonrisa. El castaño asintió e hizo una reverencia, se dio media vuelta y se fue rápido, aunque se veía que estaban temblando. El mayordomo se levantó de su lugar, y siguió al cocinero.
– Buena decisión Tai-chan, siempre es primero comer lo ligero, sino puedes quedar gordo – Habló Reo, haciendo que la atención de Kagami se fijara en este. Se dio cuenta de que él ya tenía su sopa, y la comía de forma elegante, pero algo exagerada – Eso es lo que siempre le digo a Atsu-chan pero se reúsa a escucharme, ¡Quedarás gordo!
– Cállate Mibu-chin – Se defendió el chico de cabellera color morada, pero sin llegar a tal modo de ser grosero. Más bien parecía una petición sin verdadera intención, pues la había dicho con un tono de voz perezoso que no afectaría a cualquiera. El pelirrojo se dio cuenta entonces, de que Murasakibara no estaba comiendo la sopa, si no el asado que seguiría después.
– Bueno, supongo que cada quien empieza con lo que quiere ¿No? – Comentó Kagami, tratando de calmar al pelinegro y al pelimorado, aunque más bien parecía que el primero estaba más enfurruñado que el otro. Fue entonces cuando la vista de Taiga se fijó en que ahora Atsushi tenía el largo cabello púrpura amarado en una coleta baja, y no suelto como antes.
– Basta de discutir que el mal ambiente llega hasta la cocina – Kasamatsu apareció con una gran bandeja por donde minutos antes había salido, y detrás de él venía aquel castaño, que seguía temblando como hoja. Unos lo siento se escuchaban apenas en el aire, pero todos decidieron ignorarlos – La sopa está servida – Dijo el pelinegro mientras servía el plato frente al pelirrojo.
– Gracias – Dijo Collingwood, notando con más atención la dichosa sopa. Tenía un aspecto algo espeso, era verde claro con unos pedazos de pan en el centro como alguna clase de toque especial, estos no se hundían debido a la espeses de la sopa. El olor a espinaca le llegó rápidamente, y supuso que esta no era de ahí, pero era traída desde Francia.
Tomó la cuchara a un lado suyo y la hundió en la sopa. Se dio cuenta entonces de que finalmente el pequeño Ryo había sido convencido de sentarse con ellos y comer, mientras Rowling, Coleman y el guardia proseguían a seguir comiendo como si nada. Kagami casi agradeció el que los orbes violetas de Murasakibara se alejaran de su persona.
Notó como es que los únicos que comían la sopa eran Mibuchi, Sakurai y él, mientras que Yukio y Atsushi estaban más concentrados en cortar la carne del asado que seguramente era de alguna desdichada gallina a la que le dieron muerte. Kagami sabía que aunque las comiera casi a diario, les seguía dando pena el que las mataran así como así.
El sabor de la sopa le distrajo de sus profundos pensamientos. Realmente estaba buena, ese pequeño castaño tenía un don para la cocina que se merecía algo más que estar encerrado en esta casona para cuidar de él. El sabor a espinaca no era tan intenso, y los pedazos de pan en la sopa daban un toque que hacía que el sabor supiera aún más exquisito de lo que era. Pese a que el color verde de la sopa le daba un aspecto algo grotesco, el sabor compensaba su rara apariencia.
El tiempo pasó rápido en lo que estuvo degustando la sopa, cuando se percató, ya la había terminado y los demás estaban terminándola también. Kasamatsu terminó por fin con la carne pero también terminó diciendo que esta le había llenado por completo, por lo que pasaba de la sopa. Esto ocasionó que Reo volviera a llenar el ambiente con sus quejas en forma de gritos, reprochándole al mayordomo.
Pronto, el pelinegro se fue de nuevo con Sakurai pisándole los talones, dejando de nueva cuenta a aquellos tres en la gran mesa. Rowling seguía con sus reproches sobre lo mal que hacían al comer primero la carne, pero aparte de Kagami, nadie más parecía escucharlo, y por nadie se refería a Murasakibara, el cual jugaba con el tenedor como si fuera más entretenido.
Kagami tampoco era que escuchara, porque sí, le oía, pero no le escuchaba. El pelirrojo oía perfectamente las palabras que salían de la boca de su doncella, pero pese a esto, no les prestaba la más mínima atención. Taiga se había quedado mirando a Atsushi jugar con el tenedor, ya que tampoco es como si quisiera estar prestándole demasiada atención a Reo –sin ser grosero, claro–.
Collingwood se sentía ligeramente más cómodo desde que el caballero dejó de mirarle tan intensamente como cuando estaba entrando apenas a la cocina. Es decir, sentía cierto aire extraño en esa mirada, como si el pelimorado le estuviera... ¿Escaneando? O tal vez solo estaba algo paranoico, pero lo cierto era, que se mantenía ligeramente nervioso.
Tan concentrado estaba que no se dio cuenta cuando el mayordomo y el cocinero entraron otra vez al comedor. Solo regresó a la realidad cuando Coleman dejó frente a él el plato del asado, el cual olía delicioso. Agradeció de nuevo, y con el cuchillo y el tenedor cortó la carne y se la fue comiendo de poco en poco. El vino que habían servido para acompañar a las comidas también estaba muy bueno, incluso le dejó con la necesidad de beber más.
Así pues, Kagami siguió degustando el asado, Kasamatsu solo se sentó ahí mientras esperaba a que los demás terminaran, Mibuchi comió elegante como siempre la carne, Sakurai parecía que cada vez que llevaba un bocado a su boca debido a su temblor se le cayera al plato, y por último, Murasakibara también siguió comiendo del asado, pues le habían dado una porción demasiado grande.
– Eso estuvo delicioso... – Halagó Reo, una vez hubo terminado con la carne. Taiga también había acabado, y solamente quedaba esperar a que el pequeño Ryo y Atsushi terminaran. Si bien, el segundo pudo haberlo hecho desde hace un rato, pero comía con la misma velocidad con la que hablaba y hacía las cosas.
– Yo solo quiero el postre – Comentó Yukio, consiguiendo enseguida una mirada de reproche de su compañero de trabajo. Pero no es que a él le importara mucho las quejas de Mibuchi. Si bien, Kasamatsu se había llenado anteriormente con el asado, mientras esperaba a que los demás terminaran la comida terminó por bajársele, y nuevamente tenía hambre.
– Y-Yo, voy por el p-postre... – Tartamudeó Harrison, mientras se levantaba estrepitosamente de su mesa. La vista de todos fue a dar al plato del castaño, el cual ahora estaba vacío.
– No te adelantes Sakurai, voy contigo – Habló el mayordomo, consiguiendo que la atención de Ryo se centrara en su persona, mientras comenzaba a disculparse por haber hecho que Coleman se levantara de su lugar. Yukio se estaba impacientando cada vez más – Cierra la boca, vamos ya – Exigió, pero como siempre, el cocinero le ignoró y pasó a disculparse por disculparse.
– Escuché que tú hiciste el postre, ¿Verdad Tai-chan? – Comentó como si nada el pelinegro, mirando a Kagami quien tenía las mejillas un poco rojas. Taiga, de nuevo sintió la penetrante mirada de Murasakibara sobre su persona. ¿Acaso Reo había metido la pata? No lo sabía, pero su espalda comenzó a temblar. No le gustaba ser el centro de atención.
– A-Ah sí – Confirmó pero sin dar detalles. Sabía que Rowling probablemente seguiría hostigándolo por lo que tomó la copa de su vino y bebió lentamente de ella, haciendo así que el pelinegro no insistiera en preguntarle nada más, pues estaba muy concentrado tomando su bebida y sería de mala educación interrumpir. Sin embargo, la mirada violeta no se alejaba de su persona.
– ¡Aquí está el postre! ¡Y huele delicioso! – De nuevo y por tercera vez, el mayordomo entró hacia el comedor con la tarta de manzana que Kagami había preparado. El aroma le llegó al mismo pelirrojo conforme más se acercaba Kasamatsu a la mesa, dejó la tarta en esta, para que todos pudieran observarla mejor – ¡Espero sepa mejor de lo que luce! – Comentó con una sonrisa, mirando de reojo a Collingwood.
De inmediato, Sakurai comenzó a cortar pedazos de la tarta de manzana. Ni muy pequeños ni muy grandes, lo justo. El castaño se sentía un tanto nervioso, pese a que el postre no era hecho por él, podría decirse que sentía más nervios que el propio autor de la tarta. Kagami le miró con una sonrisa adornando su rostro, para así calmar a Harrison, y que dejara de temblar. Enseguida hubo un poco de la tarta en cada plato.
Con calma y más que nada curiosidad, cada uno –con ayuda de un pequeño tenedor especial para postres– tomaron una pequeña porción del pedazo de la tarta de manzana que estaba en sus platos. En cuanto Kagami sintió el dulce sabor del postre pudo estar tranquilo, porque recordaba todo lo que su madre le había enseñado, y por eso, la tarta le había salido bien.
No obstante, para los otros individuos, no era así. La tarta no sabía solo bien, ¡Estaba riquísima! Tanto así que Kasamatsu no había terminado de comer el primer bocado y ya había llevado otro pedazo del postre a su boca. Reo miraba maravillado la comida frente a él, mientras degustaba todo lo elegantemente posible aquella tarta hecho por los dioses que estaba degustando. Incluso olvidó que estaba tratando de cuidar su figura al no comer muchos postres.
Sakurai también quedó atónito con el buen sabor que tenía la tarta de manzana. ¡Ni en sus más locos sueños se vio a sí mismo cocinando tal maravilla! Pero, no esperaba menos de quien pronto sería el esposo del príncipe, como tal, debía estar preparado en todo, y en la cocina se veía que era su mayor fuerte. Murasakibara también estaba ensimismado con el dulzor de la tarta, era algo estricto con los sabores si le hablaban de postres, pero este cumplía todos los requisitos que se necesitaban para que él lo catalogara como un rico postre.
– ¡Está delicioso Tai-chan! – La alegre y cantarina voz de Rowling se escuchó por todo el comedor. Taiga sintió que las mejillas se le calentaban solo por ese simple halago.
– E-Eso no es verdad... sabe normal... – Pero otro cumplido interrumpió a Kagami en su discusión de modestia. Sabía que el postre no le había salido mal, pero tampoco es que le saliera perfecto.
– ¡Lo más rico que probé en mi vida! – Esta vez fue la exclamación del mayordomo, quien estaba a pocos bocados de terminar su porción de la tarta. Segundos después, el pequeño Ryo siguió con la cadena de halagos.
– ¡E-Es increíble! – Articuló, aunque seguía ese ligero temblor en su voz, pero sumándolo a su cara de asombro y su gran sonrisa, el chico se veía adorable – ¡T-Tiene que enseñarme a hacerlo! ¡Ka-Kagami-sama! – Pidió el castaño, enseguida recuperando su compostura, y al ver que le había gritado a su superior, empezó a disculparse.
– No te disculpes Sakurai, prometo enseñarte a hacerlo – Comentó el pelirrojo, logrando que por fin el cocinero dejara de hostigarlo con sus disculpas, para volver a ver esos ojos color chocolate brillar. Kagami se sentía plenamente feliz al ver que todos habían disfrutado su tarta.
– Sabe muy bien, Kaga-chin – Y aunque Murasakibara fue quien le halagó de forma sutil, sin exclamar nada, sin exagerar sus palabras y sin mucha emoción en el rostro, Taiga sintió como su rostro se avergonzaba ante ese cumplido, y su cara de seguro se ponía completamente roja.
– M-Muchas gracias... – Agradeció casi en un susurro, pero fue escuchado por el pelimorado. El joven de orbes escarlata formó una pequeña sonrisa en su rostro. Aquellas palabras, le habían producido miles de cosas.
Pero... ¡¿Qué estoy pensando?! ¡Se supone que estoy comprometido con otra persona! ¡¿Qué hago coqueteando con este caballero?! ¡Pero eso no puede tomarse siquiera como coqueteo! ¡Solo halagó mi comida, no es que quiera que huya con él! Supongo que el vino que he bebido me ha de estar afectando... Sí, eso debe ser.
Los pensamientos del pobre chico pelirrojo se vieron interrumpidos cuando la voz del mismo guardia de cabellera morada atada en una coleta baja pedía una porción más de la tarta de manzana. Kagami enseguida notó que, aquella simple tarta que había hecho con un ingrediente de más, –especial según su madre– había hecho que todos disfrutaran la comida.
Sonrió discretamente. El amor como ingrediente nunca debía faltar.
Pronto, ya habían pasado tres días desde que Kagami llegó a esa casona.
Se llevaba mejor de lo que esperaba con todos los habitantes de ese lugar. Mibuchi seguía intentando bañarlo con leche, pero el pelirrojo se reusaba; al final llegaron al acuerdo de que el hijo del duque se bañaría con leche solo tres veces a la semana, a pesar de que el pelinegro se veía recio a que fuera todos los días, no tuvo más opción que aceptar.
Kasamatsu era un buen tipo que a pesar de ser el mayordomo de la casona, se divertía dentro de ella y pasaba ratos agradables con el chico de Manchester, y este, también disfrutaba de la compañía de Coleman, porque su papel de mayordomo no le quitaba el hecho de que a veces también perdía la etiqueta.
Con el cocinero la relación era más notoria, pues fluía naturalmente gracias a la cocina. Sakurai y Kagami se divertían preparando comida, e incluso al castaño se le fue desapareciendo esa extraña preocupación por que el otro cocinara. Hacían postres, sopas, cremas, carne, pescado y algunas veces preparaban té para la merienda.
Pero definitivamente, con quien Kagami pasaba más tiempo era con Murasakibara. Aunque este le siguiera mirando intensamente cada vez que estaban con alguien más, cuando estaban solos, o lejos de la presencia de otras personas, hablaban tranquilamente, a veces en los paseos que Venus hacía al pelirrojo, pues cada día salían. Atsushi también era alguien que –tal y como Taiga imaginó– no daba la sensación de ser amenazante, pues era muy gentil con él.
En uno de esos paseos a caballo, a Kagami se le ocurrió preguntarle sobre el largo cabello púrpura que el guardia tenía, ya que desde hace un tiempo le llegó la duda cuando lo conoció, pero por respeto no le había preguntado. Si bien aún tenía sus dudas sobre la pregunta, quería hacerla. Recordó cada palabra que el pelimorado de le explicó cuando le dijo su duda.
– Murasakibara, no sé si este bien que yo pregunte pero... ¿Por qué tienes el cabello muy largo? – El pelirrojo cuestionó mientras tomaba uno de los mechones púrpura del guardia. Habían dado un paseo a caballo y terminaron descansando bajo la sombra de un gran árbol. Kagami se sentó en el pasto junto al tronco, y Atsushi junto a él.
– Me hace sentir libre... – Fueron las palabras de Murasakibara, acomodándose hasta quedar acostado en el césped, con la cabeza apoyada en las piernas del menor. Taiga ni se inmutó por la acción, más sí se sonrojó un poco.
– ¿Qué quieres decir exactamente? – Volvió a preguntar, pasando sus dedos entre los mechones de cabello color morado, produciendo un efecto relajador al cuerpo del guardia, a la vez que adormecedor. El más alto cerró los párpados para disfrutar más del tacto.
– Que no me gusta estar atado; en el castillo todo eran reglas, pero... no sé, simplemente, el tener el cabello largo me daba una sensación de libertad, aunque siempre tenía muchas cosas por hacer – Intentó explicarse, pues sabía que aunque tenía las palabras perfectas para expresarse, estas se negaban a salir por sus labios, como si estuvieran bloqueadas. Atsushi solo esperó que el hijo del duque entendiera.
– Algo así como... ¿Rebeldía? – Dudó el pelirrojo, haciendo que los párpados del mayor se abrieran apenas, para mirarlo a él. Soltó una leve risa que contagió a Collingwood.
– Sí... supongo que algo así – Confirmó, aunque ni él estaba seguro de eso. Volvió a cerrar los ojos mientras disfrutaba las caricias que Kagami le daba en el cabello y algunas partes de la cara. La brisa agradable le producía aún más sueño – Kaga-chin...
– ¿Sí? – Dijo, aclarando que tenía toda la atención puesta en lo que sea que el pelimorado fuera a decir. Atsushi sonrió más no abrió los ojos.
– ¿Podrías preparar alguna tarta hoy? – Preguntó entusiasmado pero al mismo tiempo adormilado. Kagami se sorprendió por la petición pero no se negó. Sabía de una u otra forma, que a Murasakibara le gustaban los postres que hacía.
– Por supuesto – Aceptó – ¿De qué te gustaría que fuera la tarta? – Preguntó, notando como los labios de guardia se fruncían al igual que su entrecejo. Seguro estaba meditando lo que diría.
– De arándanos estaría bien...– Dijo por fin. Kagami sonrió aún más. Él también tenía antojo de arándanos.
– Pues de arándanos será... – Y con eso, dio por finalizada la conversación. Murasakibara se durmió en las piernas de Taiga, mientras este le acariciaba los cabellos y estaba pendiente de que Venus no se escapara.
Después de eso, al regresar de nuevo a la casona, Kagami preparó la tarta de arándanos justo como el pelimorado quería. Cuando cenaron, no faltaron los cumplidos y halagos hacia el chico de cabellera rojiza sobre lo delicioso que estaba esa tarta; no era por ser descortés pero, para Collingwood, solo había una opinión que era la que le importaba.
En cuanto Murasakibara dio el primer bocado sus orbes violetas brillaban hermosamente, cuando terminó de comer su porción de tarta de arándanos enseguida miró a los ojos escarlata haciendo que este se sonrojara, esperando su respuesta. Claro que aunque el mayor no dijo nada exagerado, la sonrisa en su rostro y el "está delicioso Kaga-chin" le dieron a Taiga la respuesta que quería.
Después de esa cena bochornosa pero linda, el pelirrojo se despidió de todos y se fue a su habitación, pero acompañado de ese chico de gran altura, pues ambos se iban hacía ahí juntos ya que los demás tenían unas cosas pendientes que hacer antes de irse a la cama. El corazón del hijo del duque golpeaba fuerte su pecho, pero él se negaba a escuchar lo que este tenía que decirle.
– Buenas noches, Kaga-chin – Se despidió el caballero en cuanto dejó a Kagami frente a la puerta de la habitación. La suya quedaba más atrás justo como recordaba el pelirrojo.
– Buenas noches, Murasakibara... – También se despidió el de Manchester, haciendo una seña de despedida con su mano izquierda. Vio como el mayor se alejaba para irse, y él entró a su habitación.
En cuanto cerró la puerta se dejó caer al suelo lentamente apoyando su espalda en esta. Se abrazó a sí mismo mientras trataba de ordenar sus pensamientos. Es decir, ¿Qué estaba pasando con él? Era cierto que veía al pelimorado como un buen amigo, pero entonces ¿Por qué su corazón no paraba de golpearle el pecho? A veces lo hacía tanto que dolía.
– Debe ser por la presión de la boda... – Se intentó auto convencer, pero eso solo ocasionó que sin querer terminara perdido en un lío peor.
Con todo esto que estaba viviendo, incluso hasta había olvidado el porqué estaba ahí en primer lugar. La realidad le cayó como balde de agua helada. Se levantó del suelo, se cambió de ropa con un ritmo lento y desanimado, y cuando estuvo vestido para dormir se tiró a su cama, quedando boca abajo mientras abrazaba una de las almohadas de plumas suaves.
Recordar todo eso, solo hizo que el corazón que antes golpeaba feliz en su pecho, ahora se hubiera hecho pedazos. Entonces lloró, abrazándose más a su almohada se deshizo de todas esas lágrimas que estaban haciendo destrozos en su interior. La poca felicidad que estaba teniendo se había esfumado por completo.
En cuanto Murasakibara entró por la puerta de su habitación enseguida apoyó su espalda en esta. Se pasó una mano por la cara y posteriormente los cabellos violáceos, mientras trataba de serenarse. Vaya que estaba llevándose mejor con su prometido de lo que pensó. Si bien eso era bueno, aún tenía sus dudas al respecto. Ya había mandado la carta de respuesta a su abuela, ahora solo le quedaba esperar a que ella le volviera a enviar otra carta.
El chico resultó no solo ser lindo y buena persona, sino también un gran cocinero y con instinto maternal. Había escuchado de su propia abuela que aquel pelirrojo era un doncel, o sea, un chico que podía tener bebés. No es que no quisiera casarse, ahora la idea no sonaba tan escandalosa como la pensó en un principio, pero seguía pensativo.
Todos se llevaban de manera perfecta con el hermoso adolescente de adorable sonrisa, incluso Venus quien a pesar de que le dijo que no le haría daño se mostraba a veces un poco arisco con las personas desconocidas; pero con aquel chico, con aquel chico su caballo se había encariñado muy rápido, al igual que el resto de las personas en la casona.
– Y yo no soy la excepción... – Habló para sí mismo, mientras iba con dirección al armario para cambiarse de ropa y poder dormir.
Cuando estuvo listo se acomodó en la cama para descansar, teniendo una última visión en su mente de aquellos ojos escarlata que estaban empezando a gustarles. Sonrió de forma tonta solo para cerrar los párpados y poder dormir plácidamente. Casarse con Kagami ya no era tan horrible como en un principio le pareció.
Y mientras un corazón sonreía porque comenzaba a experimentar la felicidad del amor, otro lloraba a mares porque estaba rompiéndose en miles de pedazos por la absoluta tristeza...
No me odien, pero recuerden que Kagami no sabe que Murasakibara es el príncipe ;u;
En fin, paso por aquí a promocionar mi... ¿libro? ¡100 razones para shippear MuraKaga! /o/ Esta en wattpad por si quieren leerlo.
¡El amor a esta shipp debe ser eterno! *corazón* Nos leemos~
