Londres, Inglaterra, 1820.

– ¿Tai-chan aun no sale? – La voz preocupada de Reo fue la que se escuchó en el pasillo del segundo piso, cerca de las habitaciones. Ahí estaban dos de las tres personas encargadas de la servidumbre que habitaban en esa casona, fuera de la habitación de su príncipe.

– Parece que no, ya le dije que podemos tomar turnos para cuidar a Murasakibara, pero se niega a escucharme – Respondió el mayordomo mientras se tallaba los ojos. Estos ya le dolían, puesto que en toda la noche no había pegado ojo – Dice que él solo puede cuidarlo, quiere que nos vayamos a dormir.

– No puedo dormir tranquilo sabiendo que ninguno de los dos se encuentra bien – Contradijo Rowling, frunciendo el ceño – La fiebre de Atsu-chan es demasiado alta, podría convulsionar de un momento a otro; además, Tai-chan ha estado despierto toda la noche mientras le cuida, debe de estar más cansado que todos nosotros – Comentó.

– Eso lo sé, pero me temo que si Kagami se niega a hablar dudo que siquiera que me abra la puerta. Desde que Murasakibara llegó y le llevamos a su habitación, él nos corrió y casi nos saca a patadas. Le dije que como Mayordomo debía ser yo el que lo cuidara, pero se negó a escucharme y me cerró la puerta en la cara – Habló Kasamatsu, mientras Mibuchi asentía ante la verdad de sus palabras.

– Lamento mucho interrumpir, pero he traído el desayuno para Kagami-sama, y también para Murasakibara-sama, por si ya despertó – Sakurai apareció junto a ellos con una bandeja plateada que tenía dos tazas de porcelana y una tetera del mismo material, el olor a café se sentía; además, en los platos también de porcelana habían unas cuantas galletas y pastelillos.

– Intenta hablar si puedes con él, Ryo-chan, pero a nosotros se niega a abrirnos la puerta – Fueron las palabras del pelinegro mayor, intentando hacer así que el menor también insistiera para ver si con eso el pelirrojo por fin abría la puerta y les dejaba entrar.

– ¿Kagami-sama no abre? – Preguntó el castaño.

– No – Fue la respuesta de Yukio – Hemos estado insistiendo toda la noche y también ahora, y te consta antes de que fueras a la cocina. Solo esperemos que el hambre sea suficiente para que Kagami nos abra la puerta – Dijo Coleman mientras que Harrison respiraba hondo antes de tocar la puerta de la habitación del pelimorado.

– ¿Quién es? – La voz de Kagami fue más como un murmullo cansado que como una pregunta. Fue suerte que sonara lo suficientemente alto como para que el castaño le oyera.

– Soy Sakurai – Respondió el cocinero – Como está ya amaneciendo, creí que podría tener hambre. También es para Murasakibara-sama, por si ya ha despertado, o si aún no, para que al menos tenga que comer cuando lo haga – Se excusó el de menor altura, y pasaron unas cuantos segundos sin ninguna respuesta, que a todos se les hicieron eternos, hasta que la puerta se abrió.

– Gracias – Fue la respuesta de Taiga, y mientras ninguno se componía de verlo, él tomó la bandeja rápidamente, y se apresuró en volver a cerrar la puerta. Los tres sirvientes intentaron detenerlo, pero Kagami ya había asegurado de nuevo para que nadie entrara.

– Demonios – Masculló Kasamatsu. Si tan solo hubiese reaccionado antes, hubiera podido empujar la puerta y así entrar el pelirrojo quisiera o no; pero, al ver la imagen del joven Collingwood, su mente quedó paralizada. El pelirrojo tenía unas ojeras horribles, sus ojos estaban rojos e hinchados, por no mencionar que su aspecto físico no era el mismo. Estaba completamente demacrado.

– Tai-chan se ve horrible – Fue lo que pudo salir de los labios de la doncella. Sakurai no comentó nada porque no lo creía necesario. Además, él no estaba acostumbrado a hablar sobre otras personas sin estar disculpándose cada segundo – Parece otra persona, como si no fuera él. Incluso sus ojos ya no brillan como antes – Opinó Rowling, preocupado.

– ¿Qué más nos queda hacer? – Preguntó el mayordomo en voz alta, aun sabiendo que esa pregunta no tenía ninguna respuesta útil – No podemos quedarnos aquí parados, ya hemos estado despiertos toda la noche y Kagami sigue sin abrirnos; lo único que nos queda por hacer es ir a descansar, regresaremos más tarde, para ver si los dos ya están mejor – Dijo aceptando que el prometido del príncipe tenía razón.

– Supongo que está bien – Fue Mibuchi el que habló por Ryo y también por él mismo, pues ya habían intentado de todo pero de ninguna forma habían conseguido que el chico abriera la puerta. Fue solo cuando Harrison trajo la comida, pero ninguno reaccionó a tiempo para empujar y poder entrar – ¿Tai-chan? – Se acercó a la habitación y golpeó la madera – Nos iremos por ahora, pero no dudes en que si necesitas algo, cualquier cosa, puedes pedírnoslo – Le pidió, y aunque no hubo contestación, un pequeño sollozo desde adentro le indicó que el pelirrojo le había escuchado.

– Vámonos – Fue la orden de Yukio, mientras comenzaba a irse hacia su habitación. Sakurai esperó a que Mibuchi también se fuera, para poder ir con él y no dejarle solo. Lo cierto era que aunque sus habitaciones estaban en el mismo pasillo, ninguno podía estar tranquilo, y dudaban mucho que fueran a dormir algo. Sin embargo, no estaba de más intentarlo.

Adentro de la habitación de Murasakibara, se encontraba este recostado en su gran cama mientras en su frente tenía un pequeño pañuelo color hueso que estaba mojado con agua fría. El pelimorado había llegado a la casona casi a rastras, y cuando la puerta de entrada fue abierta solo pudo caer desmayado. Estaba cansado, y se sentía horrible, por lo que no había despertado desde ayer en la noche.

Cuando Kagami reaccionó del pequeño shock al ver al guardia frente a él, enseguida pidió ayuda para que el pelimorado no quedase mojado. El agua de la lluvia era fría, por lo que Ryo se apresuró en calentar algo de agua para llenar la tina y que así, el chico de mayor altura pudiese darse un baño. Luego de eso, Kasamatsu literalmente arrancó de los brazos de Collingwood a su príncipe, para intentar ducharlo así inconsciente.

Sin embargo, después de que la ropa húmeda fuera retirada del cuerpo de Murasakibara, y luego de su baño con agua caliente para que su cuerpo entrara en calor, cuando Coleman llevó a Atsushi a su habitación para cambiarle de ropa y dijo que parecía que el chico se encontraba mejor, Taiga fue quien entró de inmediato, con un rostro lleno de preocupación.

Los tres sirvientes quedaron en que era mejor dejarlos solos por un momento, pero nunca esperaron que el pelirrojo cerrase la puerta con seguro y que luego les negara la entrada. Tocaron y llamaron, pero Kagami insistía en que él cuidaría bien del caballero. Cuando el chico acarició la mejilla del de cabellera púrpura, pudo darse cuenta de que Murasakibara, tenía fiebre.

Se sentía horriblemente culpable, después de todo, fue él quien le dijo todas esas cosas horribles a Atsushi, y él fue la razón por la cual el chico se molestó y salió cabalgando con Venus lejos de la casona. Si tan solo se hubiera percatado de la tormenta, ¿Por qué tenía que ser un completo estúpido? Desde un principio debió saber que la lluvia caería tan fuerte, y de ese modo, hubiese evitado discutir.

Así que, se prometió que cuidaría del pelimorado mientras estuviera en cama y con fiebre, era su culpa después de todo, y tenía que aceptar las consecuencias de sus errores. Por lo que, de esa manera, cerró la puerta para que nadie pudiese apartarlo de ahí. Estuvo despierto toda la noche cuidando de Atsushi, mientras cambiaba el paño húmedo constantemente de su frente.

El desayuno que Sakurai le trajo se veía y olía delicioso, por lo que, tomó una de las galletas y se la llevó a la boca. Su estómago rugía hambriento, pues desde ayer no había comido nada, ya que la preocupación de pensar en el caballero le había quitado por completo el apetito. Vertió un poco de café en una de las tazas, estaba caliente pero se podía beber sin quemarse la boca.

Además, tenía un pequeño asunto que le rondaba en la cabeza. A mitad de la noche, cuando estaba cambiando el paño, el pelimorado hizo un intento de despertar, y estuvo completamente nervioso por eso. No obstante, Atsushi solo movía la cabeza mientras apretaba los párpados y solo los abría un poquito, balbuceando algo que él no entendió.

*Flash Back*

Mientras Kagami cambiaba el paño húmedo de la frente de Atsushi por más agua fría y así controlar la temperatura del pelimorado, sintió como es que este se removía en la cama tratando de despertar. Enseguida, Taiga miró atento esperando con el corazón en la boca que el caballero despertara, sin embargo, Murasakibara solo apretó los párpados y los medio abrió.

– ¿Aka...chin? – Fue lo que salió del pequeño balbuceo del de cabellos morado. Mientras hacía en la cara un gesto confundido. El destello rojo producto del cabello de Kagami, produjo confusión en la mente de Willianshire, con aquel chico que conocía desde su infancia.

¿Q-Qué? – Preguntó Collingwood, demasiado confundido por las palabras que habían salido de la boca del caballero. Estaba completamente nervioso y sus manos estaban temblando. Pero aun con su pregunta, el contrario volvió a caer desmayado sin decir ninguna otra palabra – ¿Murasakibara? – Cuestionó moviéndole lentamente el hombro, para ver si así volvía a despertar por unos momentos, pero nada pasó. Nuevamente, Atsushi cayó completamente dormido.

El hombre que se encontraba en cama y con fiebre no volvió a despertar, y Kagami le cuidaba arropándolo y cambiándole el paño. Las velas que usaba para iluminarse en la noche se agotaban rápido, cerca de las tres de la mañana –cuando ocurrió el movimiento del príncipe– ya se habían agotado unas dos velas, puesto que estas no eran tan largas, y habían estado iluminando durante muchas horas.

Por la mente de Taiga aún estaba las palabras que el de cabellera larga y púrpura había balbuceado. ¿Qué o quién era ese tal...? ¿Aka-chin? –Si no recordaba mal– ¿Por qué Atsushi lo había mencionado así? ¿Qué es lo que era para que en ese grave estado de fiebre le hubiera mencionado? Y si era una persona... ¿Qué tan importante era en la vida de Murasakibara?

Todas esas preguntas atormentaban la mente del pelirrojo, y sin saber por qué, una molestia enorme le invadía cuando pensaba en eso.

*Fin del Flash Back*

Terminó de comer la segunda galleta y tomó un sorbo del café caliente. Realmente se sentía horrible al ver el estado en el cual se encontraba Atsushi. Sabía que era su culpa, y por lo mismo lo cuidaría él mismo hasta que se recuperara. Aunque lo peor de la tormenta ya había pasado, ese día también se encontraba nublado y de vez en cuando caía llovizna por periodos cortos de tiempo. De media a una hora, ya que ayer, la tormenta duró toda la noche.

Debían ser cerca de las 8 de la mañana, cuando mucho las nueve. De alguna manera, Taiga también se sentía culpable con respecto a los otros chicos que compartían la casona. Les había sacado de la habitación del pelimorado sin decirles ninguna razón o excusa, y les había mantenido despiertos de manera no intencional cuando les había cerrado la puerta. Por culpa suya, no habían conseguido conciliar el sueño.

Se golpeó la frente repetidas veces con la palma de su mano. Tonto, tonto, tonto, se repetía tratando de calmarse, y tomando uno de los pastelillos para poder comérselo. Solo esperaba que la fiebre de Murasakibara no empeorase. Como caballero, tal vez tendría cosas qué hacer y mientras estuviese en cama no podría llevarlas a cabo. Se sintió nuevamente mal, y bebió un poco más del café.

– Murasakibara, no sabes cuánto lo lamento; esto es culpa mía, lo siento – Susurró mientras que con la mano que no tenía agarrado la taza, la llevaba hacía el rostro del mencionado quitando algunos mechones del largo cabello púrpura de aquel atractivo rostro. Después, pasó esa misma mano por las mejillas de Atsushi, acariciándoles tiernamente mientras sonreía con tristeza.

– N-No es tu culpa, Kaga-chin – La voz del caballero se dejó escuchar en un susurro demasiado bajo. Kagami se quedó paralizado ante la idea de haber escuchado algo, puesto que el pelimorado no había abierto los ojos ni se había movido; quizá fue solo su imaginación.

Intentó apartar su mano del rostro del mayor, pero una gran mano tomándolo de su muñeca le alertó. No lo hacía con fuerza, pero estaba de más decir que aquel acto sí le sorprendió, sobre todo porque la mano era de Atsushi. ¿No se suponía que el chico estaba dormido? Entonces, como si el príncipe encubierto hubiese leído sus pensamientos, abrió perezosamente los párpados.

– Mura... – Dijo sorprendido pero más que todo estupefacto. Los orbes púrpura del pelimorado apenas y se veían ya que no había abierto los ojos del todo. La pequeña y casi imperceptible sonrisa que formaban los labios de Atsushi calmaron el agitado corazón de Kagami.

– Buenos días – Le dijo con la voz muy dificultosa, cuando se percató como es que el pelirrojo se había quedado atónito al verle. Taiga no podía creerlo... ¡Por fin había despertado!

– ¡Mura! – Le gritó con una gran sonrisa de oreja a oreja mientras los ojos se le cristalizaban. Estaba tan feliz de que despertara después de estar inconsciente toda la noche. Se acercó aún más a él para casi lanzársele encima, aunque midió su fuerza y no lo hizo. Pero le abrazó tan fuerte que Murasakibara creyó que volvería a caer en la inconsciencia.

– K-Kaga-chin... no puedo... r-respirar... – Le hizo saber hablando con dificultad. Sentía su garganta seca y por ese motivo casi ni se le escuchaba el habla, la cabeza le dolía horrores, y el grito de Kagami le había lastimado el oído; sentía su cuerpo completamente entumecido y sin fuerzas. En resumen, se encontraba fatal tanto física como mentalmente.

– Lo lamento – Se disculpó inmediatamente, separándose también para darle su propio espacio al caballero. Notó que aunque Atsushi había despertado, su piel seguía hirviendo, señal de que la fiebre no había bajado en lo absoluto. Tomó el paño húmedo de la frente del pelimorado para volver a remojarlo en el agua fría, y volverlo a colocar en la frente del mayor.

– ¿Qué es... lo que tengo...? – Preguntó Murasakibara cuando se percató de las acciones del pelirrojo y como este le dejaba sobre su frente un paño con agua fría.

– Tienes fiebre, muy alta debo decir – Le explicó Collingwood – Desde anoche cuando llegaste estás así, y no ha bajado para nada – Kagami le miró con preocupación. El que el guardia ya hubiera despertado significaba que la fiebre ya no era tan dañina como en el principio, donde Atsushi permaneció en cama dormido por horas.

– Me duele mi cabecita... – Se quejó cual niño haciendo un berrinche por un dolor pequeño. Taiga sonrió ante el gesto, aquel chico parecía que no iba a cambiar su actitud, al contrario, tal vez mientras más grande se volviera se volvería más infantil. El príncipe sintió un rico aroma colarse por sus fosas nasales, por lo que de inmediato comenzó a buscar hasta dar con el origen del olor.

– ¿Mura? – Preguntó un tanto extrañado el menor al ver como el pelimorado parecía olfatear por todos lados hasta que se vista se quedó clavada en el plato con los pastelillos y las galletas. Kagami rió un poco ante la mirada que el mayor le daba a los bocadillos – ¿Tienes hambre? – Le preguntó aunque era obvia la respuesta. El estómago de Murasakibara gruñó, respondiendo por él.

– Sí tengo~ – Canturreó lloriqueando como niño. Taiga sonrió ante esa respuesta tan adorable y linda, mientras tomaba una galleta y se la acercaba al joven de cabellera morada. Atsushi se sentía demasiado cansado incluso para incorporarse o levantar el brazo – Ah~ – Abrió la boca apenas, indicándole con ese gesto a su prometido que quería que le criara como un bebé.

– También hay café – Comentó mientras guiaba la galleta hacia la boca de Murasakibara – Pero tendrás que sentarte – Indicó el pelirrojo, cuando vio que el caballero masticaba la galleta acostado. La galleta sabía bien, pero en el estado en el que se encontraba no podía comer como normalmente hacía, tenía que masticar de forma lenta, moviendo la mandíbula para que esta se acostumbrara al movimiento, y así poder seguir comiendo

– Kaga-chin, ayúdame a sentarme~ – Le pidió infantilmente, haciendo que Kagami retirase el paño húmedo de su frente, para dejarlo junto al traste de agua donde lo remojaba. Entonces, con cuidado, comenzó a ayudarlo a incorporarse mientras él también hacía de su parte, no podía dejar al pelirrojo hacer todo el trabajo. Puede que para él, Taiga no pesara casi nada, pero para el chico, debía ser un reto ayudarle.

– Listo, ahora te daré tu café – Comentó Collingwood mientras le sonreía y tomaba la tetera para verter café en la taza que estaba vacía. Murasakibara se sentía un poco desorientado y débil, como si fuese a caer acostado en la cama de un segundo a otro, pero trato de permanecer fuerte para no hacerlo y quedarse sentado, mientras veía como su prometido le pasaba la taza con café caliente, y también le acercaba los bocadillos.

– Muchas gracias~ – Agradeció, mientras bebía un sorbo del café para poder seguir comiendo. El pelirrojo también lo hacía, puesto que los pastelillos y las galletas eran demasiadas para cualquier persona, pero no para ellos; había suficiente para que ambos desayunaran y que no les diera hambre hasta la merienda de las once.

Ambos comieron en silencio, y cuando por fin el plato y la tetera quedaron vacíos, el hijo del duque le pidió a Atsushi que se recostara nuevamente, mientras volvía a colocarle el paño con agua fría en su frente, pues aún estaba muy caliente, y se notaba que también estaba exhausto. Sin embargo, Murasakibara quería saber sobre los otros residentes de la casona, pero Kagami aún no estaba seguro de hablarle sobre eso, y le dijo que después de que descansara se lo contaría.

El de orbes escarlata quería que el pelimorado descansara más, por lo que le empezó a cantar una canción de cuna, que su madre les cantaba cuando vivía en Manchester. El príncipe Willianshire, no tardó en conciliar el sueño con esa dulce y melodiosa voz, más aquella canción tan linda y lenta, ideal para adormecer a cualquier persona. Lo último que recordó, fue a Kagami sonreírle de manera tierna, mientras su cuerpo se inclinaba hacia él. Luego, todo se volvió oscuro, y no pudo saber que el pelirrojo le había dado un beso en la frente.

Cambridge, Inglaterra, 1820.

Fue un presentimiento, o quizá una suposición. Tal vez fue un deja-vú pero también podría ser una señal. A lo mejor solo eran paranoias suyas, o simplemente su absolutismo le decía la verdad, como siempre lo había hecho. Dejó los papeles listos en un lado mientras bebía una taza de café, se levantó de su escritorio y caminó hasta quedar frente al gran ventanal que deba una vista impresionante desde el segundo piso de todo lo que estuviera afuera.

Se quedó mirando hacia ningún punto en específico de afuera del ventanal, pensando qué es lo que podría hacer. Él nunca se equivocaba, y ahora mismo, cada parte de su cuerpo estaba gritándole solo una cosa: Adelantar el viaje. Sabía que debía existir una razón para eso, algo estaba andando muy mal con respecto a su adorado novio de cabellos púrpura, y eso no podía pasarlo por alto. Tenía que ir a Londres cuanto antes.

– Anderson-sama – Su mayordomo abrió la puerta pero no entró a su despacho, solo se quedó parado ahí afuera, esperando que él voltease para verlo – Lamento mucho interrumpirlo – Se disculpó haciendo una reverencia, aunque no veía que su amo estuviese haciendo algo importante, pero más valía no hacer enojar al chico – Pero de nuevo, Anderson-kun está requiriendo su presencia – Explicó.

– Enseguida voy con él – Dijo, mientras volvía la vista hacia fuera del ventanal, esa llamada era cosa de todos los días, ya era hasta casi una rutina diaria. El hombre dio una reverencia, pero antes de irse y cerrar la puerta la voz de su amo volvió a hablar – Dile a los sirvientes que tengan listo el carruaje, mañana a primera hora partiré para irme a Londres – Dictaminó seguro de sus palabras.

– Como usted desee – Dijo el mayordomo recobrando su compostura elegante, aunque en un principio solo le hubiese mirado confundido, pero no dijo nada con respecto al repentino aviso, por lo que solo hizo otra reverencia y se fue a avisarle a sus compañeros de trabajo, y aprovechar también para decirle al hijo menor de los Anderson que su hermano mayor iría en poco tiempo donde él.

– ¿Hiroki-san? ¿Y Seijuurocchi Nii-san? – La voz del niño rubio se dejó escuchar cuando el mayordomo abrió la puerta de este, pero sin entrar realmente a la habitación.

– Anderson-sama vendrá en unos momentos – Fue lo único que le dijo mientras le hacía una reverencia, para luego retirarse e irse donde sus compañeros para decirles la noticia del carruaje, y ayudar en lo que podía para que todo estuviese listo cuando el amo se fuera mañana de viaje. Nadie quería hacer enojar a ese chico.

Aquel chico nombrado Seijuuro por su hermano menor, ahora caminaba con dirección a la habitación de este, después de haber cerrado su despacho con llave. El chico poseedor de una curiosa heterocromía, miraba atentamente como es que sus sirvientes estaba apresurados para que mañana pudiese irse sin ningún percance, solo faltarían sus maletas, que él haría luego de avisarle a su hermano sobre el asunto.

Cuando llegó a la puerta de madera de la habitación de este, tocó dos veces, y de inmediato se escuchó la chillona voz de su hermano rubio desde adentro, concediéndole el permiso de pasar. El hijo menor de los Anderson, miraba con cuidado a su hermano, ya que este solía ponerse de muy mal humor cuando interrumpía en sus labores; pero no encontró ningún signo de molestia, al contrario, su hermano pelirrojo venía con una sonrisa que hasta daba miedo.

– ¿Seijuurocchi Nii-san? – Preguntó extrañado, recibiendo la mirada de esos orbes de diferente color: rojo y dorado. El chico se quedó quieto, esperando cualquier palabra que pudiera salir de los labios de su hermano mayor.

– Ryouta – Habló el pelirrojo, logrando que la atención del adolescente se fijase en él – Te tengo buenas noticias – Le dijo, sin dejar de sonreír en ningún momento. El rubio arqueó una de sus cejas mientras ladeaba un poco la cabeza, en sus ojos color miel estaba impregnada la duda.

– ¿Cuáles son, Nii-san? – Se atrevió a cuestionar Ryouta, ya que después de mencionar lo de las buenas noticias, su hermano pareció haberse callado, por lo que él tuvo que hablar para que el otro también lo hiciera.

– El viaje se adelantó, partiremos mañana hacia Londres – Explicó sin perder la elegancia en sus palabras. Los ojos del menor se abrieron sorprendidos, mientras que Seijuuro sonreía aún más de ser posible. Los gritos de emoción del menor de la familia no se hicieron esperar.

Sabía que contaba con su hermano menor, porque en Londres estaba el hombre del cual el rubio estaba enamorado, y aunque fuese solo un sirviente y la relación no tuviese futuro –porque él nunca dejaría a su hermano de sangre real con alguna escoria como aquel mayordomo y que además el rubio se comprometería con alguna linda jovencita cuando tuviera mayor edad– utilizaba ese último recurso para manipular a Ryouta como quisiera.

– Empezaré a buscar mis cosas, Nii-san – Comentó entusiasmado mientras sacaba una gran maleta, y proseguía a tomar del armario las prendas que llevaría hasta Londres – Por cierto, Nii-san – Llamó a su hermano mayor cuando se dio cuenta de algo. Los ojos heterocromáticos le miraron, dando a entender que tenía su atención – ¿Cuánto tiempo nos quedaremos?

– Es una muy buena pregunta Ryouta – Dijo con una sonrisa que ahora era aún más escalofriante – Nos quedaremos hasta que Atsushi y yo nuevamente nos comprometamos, probablemente no será tan difícil, cuanto mucho quizá estaremos ahí unos días – Ryouta tuvo un mal presentimiento – Pero, dado que su actual prometido está ahí con él, tal vez haga sufrir un poco al chico por atreverse a quitarme a mi Atsushi – Dijo riendo de forma aterradora ante sus pensamientos.

– De acuerdo, buscaré mis cosas entonces – Habló intentando no hacerle caso a la última parte pero de cualquier forma le escuchó. Su hermano mayor era alguien que siempre obtenía lo que deseaba, y hacía sufrir a aquellos que estaban en su camino o añoraban las mismas metas, porque solamente él era quién podría tenerlas. Era muy vengativo, y el rubio sintió lástima hacia el chico que había causado la ira de su hermano.

– Ahora iré yo a buscar las mías – Comentó el pelirrojo, mientras daba media vuelta para salir de la habitación, pero antes, se dio la vuelta para volver a mirar a su hermano menor a los ojos, con sus orbes heterocromáticos que intimidaban a quien les viese – Mañana a primera hora partiremos, no quiero retrasos – Avisó de forma seria – Te veo en el almuerzo – Y después de decir eso, salió de la habitación, cerrándola en el proceso.

Ryouta dejó salir un gran suspiro cuando su hermano mayor se fue de su habitación. Podrían ser familia y todo, pero realmente el pelirrojo era alguien de temer. Él mismo le tenía miedo dado a su carácter, pero Seijuuro, no siempre fue así, sin embargo, cuando tuvo que hacerse responsable de él y la mansión a los 15 años, todo lo que conocía de su hermano desapareció, para convertirse en esa persona cruel y sádica, que solamente buscaba la perfección.

Pero lo que realmente preocupaba al menor era lo que pasaría en Londres. Su hermano obtenía siempre lo que quería, y estaba seguro de que si quería casarse con el príncipe Murasakibara, lo más probable es que lo lograría; pero si su hermano quería hacerle daño a quien era el actual prometido de Atsushi, él lo evitaría, no dejaría a su pelirrojo hermano hacer eso, porque nadie se merecía sufrir, y mucho menos por amor.

Así pues, decidió guardar sus cosas en su maleta, y pensar en una forma de hacer que el hombre que ama le acepte a pesar de su edad. Sabía que Seijuuro no aceptaba su enamoramiento de un simple plebeyo, pero para el amor no existen límites ni barreras, y con o sin la aceptación de su hermano mayor, él sería feliz con –en un futuro– Anderson Kasamatsu Yukio. Decidió dejar de soñar despierto, y siguió guardando sus cosas.

Londres, Inglaterra, 1820.

Kagami por fin decidió a salirse de la habitación de Atsushi cerca de las 10:30 de la mañana, llevando consigo la tetera vacía y demás trastos sucios hacia la cocina, donde seguramente se lavaban las cosas sucias. Dado que les dijo a los demás que podían descansar, no esperó verse a nadie ahí. Sin embargo, ahí estaba Mibuchi, saliendo de la cocina con lo que parecía ser un té de manzanilla, un calmante y adormecedor también.

– ¡Por dios, Tai-chan! – Dijo mientras se acercaba a él con la preocupación impregnada en el rostro. El pelirrojo se había visto en el espejo de la habitación del pelimorado, y sabía que debía estar horrible, se notaba que le faltaban días de descanso; pero si él estaba mal, Reo estaba aún peor, y para alguien como el pelinegro que se preocupa por la apariencia, debía ser horrible.

– Lamento haberte preocupado – Se disculpó, mientras caminaba al lado de Rowling para dejar los trastes sucios donde se lavaban, luego se giró de nuevo para encarar al pelinegro, y darle la mejor sonrisa que pudo hacer en su estado – Murasakibara despertó hace un par de horas, comió del desayuno, pero se ha vuelto a dormir, su fiebre no ha bajado – Explicó un poco preocupado.

– Puedo cuidarlo si quieres – Se ofreció Mibuchi, aunque ya sabía muy bien la respuesta.

– No, lo cuidaré yo – Respondió rápidamente el pelirrojo – Tú necesitas descansar.

– Tú también, Tai-chan – Contradijo – Le has visto toda la noche, debes estar exhausto – Le dijo, y aunque Taiga sabía que tenía razón, se siguió negando.

– No, yo... estaré bien – Habló con sinceridad. Vio que eso no dejó para nada satisfecho a su doncella por lo que de inmediato pensó en una solución – Mañana descansaré y dejaré que ustedes le cuiden, lo prometo.

– Está bien – Aceptó Reo, un poco dudoso con respecto a la promesa, pero era razonable y era lo mejor para que el pelirrojo también descanse – Hay té de manzanilla, por si gustas – Le informó.

– Gracias – Dijo, ya que realmente se le antojaba uno para calmarse un poco – Por cierto – Mencionó antes de que el pelinegro se fuera, y este se giró para verle de nuevo a la cara – ¿Sabes algo sobre un tal...? ¿Aka-chin? – Preguntó, curioso y muy en el fondo, celoso.

– ¿Aka-chin? – Cuestionó Rowling, solo para asegurarse de haber oído bien. El pelirrojo asintió – Ah, te refieres a Sei-chan – Dijo con una sonrisa que no le gustó para nada a Kagami – Su nombre es Anderson Akashi Seijuuro, es amigo de la infancia de Atsu-chan – Explicó.

– ¿A sí? – Dijo el chico de orbes escarlata, haciéndose el desentendido. Quería saber más de aquel chico que le erizaba la piel, y parecía que Mibuchi era la persona indicada para ello.

– Hace ya un par de años que no le veo, parecía estar enamorado de Atsu-chan cuando eran niños, aunque quizá ya se le pasó esa etapa – Y con esa información, con solo el: "parecía estar enamorado de Atsu-chan", a Taiga le recorrió una ira inexplicable por todo el cuerpo.

No, no y no. Ese tal Anderson Akashi Seijuuro, no le agradaba para nada. Y tampoco le hacía gracia que Murasakibara le hubiese mencionado mientras supuestamente estaba inconsciente.

– ¿Por qué preguntas por él? – Exigió saber el pelinegro, y Kagami solo le contó una parte de la verdad.

– Es solo que, Murasakibara lo mencionó entre sueños y quise saber quién era. Solo era curiosidad, nada más – Le respondió, con una sonrisa que destilaba inocencia, aunque por dentro estuviese furioso pero sin saber por qué.

– Oh, ya veo – Dijo el de mayor edad, mientras fingía no saber nada de los celos de Kagami que a decir verdad, eran bastante obvios – Nos vemos luego, Tai-chan – Se despidió, yéndose hacia donde estaba su habitación.

– Adiós – De igual forma, Collingwood también se despidió, mientras entraba a la cocina para servirse aquel té de manzanilla en una taza de porcelana e irse a la habitación de Atsushi con ella, tomándola tranquilamente y de a pequeños sorbos.

Llegó a la habitación del pelimorado y cambió el paño de la frente del mayor otra vez. Acercó una silla de madera que estaba en el lugar para sentarse pero estando cerca del caballero, y terminó de beberse el té de manzanilla. Pasaron minutos, y los párpados de Kagami comenzaron a cerrarse lentamente en contra de la voluntad de este, y cuando menos lo pensó, ya tenía recostada la cabeza y brazos en la suave cama del príncipe encubierto, durmiendo tranquilamente.

Atsushi... – Y cuando ese pequeño susurro se escapó de sus labios, una gran mano le acarició los cabellos rojizos con delicadeza. El dueño de sus suspiros hizo amago de su fuerza y resistencia como pudo, y sin saberlo, Kagami ya estaba durmiendo junto a su prometido en la gran cama y bajo las cómodas sábanas.

– Duerme bien, Tai-chin... – Le dijo Murasakibara mientras le pegaba a su pecho, abrazándolo con sus fuertes brazos. Un inocente roce de labios, casi un beso, fue lo que el chico de cabellera púrpura le dejó al menor por último, para también cerrar los párpados y poder descansar. La fiebre le estaba dando problemas.

Y ambos sonrieron inconscientes durante el sueño, cuando sus corazones comenzaron a latir a la par, tranquilizándolos...


Como ven, hoy les traigo preocupación, drama, celos, más drama, a la loca de Akashi(?) y... ¿Por qué no? También algo de romance porque ya les faltaba a estos dos su momento de un besito(?) aunque... quizá por la fiebre... nadie se acuerde de nada(?)

En fin, supuestamente debería estar escribiendo el fic AoKaga para el Hikari Month, pero la inspiración atacó en este fic y, pues no la quise dejar pasar. Recuerden que yo los amo mucho porque ustedes también aman el MuraKaga, por eso tienen un lugar especial en mi corazón(?)