Londres, Inglaterra, 1820.
Era la tarde cuando Kagami por fin abrió los ojos. Tardó un poco en acostumbrar su vista, ya que de alguna manera había dormido bastante bien y no tenía ganas de levantarse. Pero su estómago tenía que fastidiarle justo cuando estaba en la parte más cómoda de su sueño. Miró por la ventana y pudo apreciar el tono rojizo-anaranjado que provocaba el sol al ocultarse. Demonios, se perdió las dos meriendas, el almuerzo y casi se pierde la cena.
Se incorporó hasta quedar sentado en su cama. Estiró sus brazos y se talló los ojos. Bostezó un par de veces antes de sentarse en la orilla de la cama para poder pararse. Se extrañó de tener ropa tan formal, por lo que decidió cambiarse antes de ir a cenar para luego tomar un relajante baño. Luchando por no caer adormilado, se quitó los zapatos y se dirigió hacia el ropero, que era bastante más grande de lo que recordaba. Igual, no le tomó mucha importancia.
Abrió las dos puertas y metió la mano para tomar alguna prenda, sus párpados a duras penas lograban mantener abiertos, por lo que le fue algo difícil encontrar alguna ropa. Cuando sus dedos por fin rozaron la tela de algo, tiró de ella para sacarla del ropero. Una camisa blanca de manga larga. Rápido se quitó su ropa, dejando la piel de su torso expuesta antes de cubrirse con la nueva camisa sin botones. Curioso, por más que estiraba el brazo, esta no salía de la manga.
Ignoró eso mientras volvía a meter la mano en el ropero listo para sacar algún pantalón, mientras que con la otra mano se bajaba el que tenía puesto, deslizándolo por sus piernas hasta que con ayuda de sus pies descalzos logró sacarlo. Se extrañó que por más que su mano intentara encontrar un pantalón, no encontró ninguno. Un aroma muy familiar inundó sus fosas nasales. De alguna forma, le gustaba ese olor, porque le hacía recordar a…
¡AY NO JODAN, MURASAKIBARA!
Los párpados de Kagami por fin se abrieron con sorpresa. Demonios, había olvidado todo lo que había ocurrido. Luego de que el guardia de cabellos violáceos llegara a la casona, empapado en agua de lluvia, le habían dado un baño y le habían recostado para descansar; por desgracia le dio fiebre y él le había estado cuidando. Lo último que recuerda fue que luego de preguntarle a Reo por ese tal Akashi se dirigió de nuevo junto al caballero, y luego se quedó dormido.
– Mi ropa te queda algo grande Kaga-chin, pero te ves muy bien~ – Aquella voz adormilada e infantil solo podría pertenecer a una persona. Taiga casi siente un paro cardíaco cuando la escuchó en la habitación. Se dio la vuelta y sus ojos rubí se toparon con la imagen de un Murasakibara sentado en la cama con el cabello revuelto. Sus mejillas se colorearon al instante.
– ¿Eh? – Desconcertado por el comentario, se miró el cuerpo. Sus mejillas se colorearon aún más en ese bello color escarlata casi como su cabello. ¿Cómo no sonrojarse? Si tenía puesta una de las camisas de Atsushi. Eso explicaba porque le quedaba tan grande, casi como una bata; además, se había quitado el pantalón por lo que sus piernas estaban desnudas – ¡N-No es lo que p-parece! ¡Lo juro! – Intentó justificarse, tartamudeando y moviendo sus manos como maniático.
– Pero te ves muy lindo~ – Canturreó el mayor, notando el bello rostro rojo y avergonzado de Kagami. Este se llevó una mano a la cara para que el otro no viera su bochorno, y la otra fue al borde de la camisa, intentando estirarla más para que cubriera aún más sus piernas. Igual fue demasiado tarde, el caballero ya le había visto. Lo que no sabía era si le vio desnudo o no – ¿Por qué te la pusiste? – Preguntó el de cabellera púrpura, ya que le daba curiosidad.
– Me he confundido de habitación – Habló en un casi susurro vergonzoso, mientras su vista no se despegaba del suelo. Quería que la tierra se lo tragara y que le escupiera de nuevo en Manchester. Al ver que Murasakibara no había entendido del todo decidió explicarse más – Me dormí mientras te cuidaba, y cuando desperté pensé que era mi habitación. No me di cuenta que eran tus ropas hasta que ya me las había puesto – Finalizó su relato, sin que el sonrojo bajase en lo absoluto.
– Ah, con que fue una confusión – Taiga asintió ante la oración – Pero te ves delicioso~ – De nuevo ese canturreo que al pelirrojo le provocaban nervios. Sin embargo se dio cuenta de algo, Atsushi aún no se veía recuperado del todo, incluso aquella última palabra la dijo como si estuviese delirando. Tenía que cuidarlo, era su responsabilidad, aunque… primero quería cambiarse, pero no podía hacerlo si el otro no le quitaba la vista de encima.
– M-Murasakibara – Llamó al de orbes color violeta – M-Me voy a cambiar de nuevo, así que… ¿Podrías cerrar los ojos? – Pidió una vez que el guardia le había puesto atención. Sorprendido miró como el mayor negaba rápidamente con la cabeza.
– No quiero – Fue su respuesta. El pelirrojo tragó seco. No quería cambiarse si el otro le veía. Ambos eran hombres ¿no? Pero él era doncel, aunque lo descubrió hace una semana, pero de cualquier manera le producía vergüenza que otra persona le mirara desnudo. Casi sale huyendo el día del baño de leche con Mibuchi.
– Pero… – Intentó hablar, pero antes de eso, el cuerpo del pelimorado cayó de nuevo al colchón de la cama – ¡MURASAKIBARA! – Olvidando todo bochorno y que solo tenía una camiseta por ropa, se acercó rápido y preocupado al caballero que de nuevo yacía inconsciente en la cama. Le tocó la frente, aún estaba caliente – Su fiebre no baja… – Murmuró – Bueno, al menos podré cambiarme en paz – Se dijo para sí mismo, antes de acomodar al mayor en la cama para luego cambiarse.
Rápido se colocó de nuevo la ropa anterior, mientras que tomaba el paño para remojarlo en agua y volverlo a pegar a la frente del pelimorado. Estaba preocupado, después de todo ya había pasado casi un día y su fiebre seguía igual. Podría ser peligroso, si esta llegase a subir podría convulsionar e incluso podría morir, y él no quería ver eso. No soportaba verlo con fiebre, ¿Cómo se suponía que le soportara ver muerto? No, Kagami alejó esos pensamientos.
– Tendré que pedirle a Kasamatsu que te traiga la cena – Murmuró, aunque fue más para sí que para el caballero, ya que este estaba completamente dormido. Le acomodó mejor en la cama, y salió de ahí para dirigirse hacia el comedor. Ya era hora de la cena, seguro ahí estaban todos.
– ¡Kagami-sama! – El agudo grito de Sakurai se dejó escuchar cuando apareció en el lugar. Los otros dos sirvientes también dirigieron sus miradas hacia él, con la preocupación impregnada en los rostros de todos. Además, que su cara también reflejase preocupación no ayudaba mucho.
– La fiebre de Murasakibara no baja – Comentó el pelirrojo una vez llegó frente a ellos al comedor – Necesito llevarle la cena, no creo que sea capaz de levantarse de su cama, hace unos momentos se ha vuelto a desmayar – Les dijo mientras veía a cada uno con la preocupación plasmada en el rostro.
– Se la llevaré yo – Se ofreció Kasamatsu, mientras se levantaba de la silla con dirección hacia la cocina. Seguido de un tembloroso Sakurai que no tuvo tiempo de decir nada y solo se fue tras el mayordomo para ayudarle.
– ¿Tú cómo te encuentras, Tai-chan? – preguntó Mibuchi al pelirrojo una vez quedaron solos en el comedor. Kagami aún se veía mal, no tanto como en la mañana, pero a los ojos del pelinegro le parecía que al chico le hacía falta más descanso.
– Un poco mejor que antes – Se sinceró, llevando una mano a su boca para tapar el bostezo que había soltado. Aún tenía algo de sueño, y era lógico, ya que no durmió en toda la noche. De pronto llegó a la mente de Kagami el hecho de haber dormido en la cama de Atsushi y también haberse puesto su ropa.
– Sé que la fiebre no es contagiosa pero, ¿Tai-chan, estás bien? Tienes la cara muy roja – Ante el comentario de Reo, las mejillas del joven Collingwood no tardaron en colorearse aún más de ser posible. De inmediato trató de excusarse.
– ¡E-Estoy bien! No hay nada de qué preocuparse jeje… – Rowling iba a decir algo más al respecto, pero justo en ese momento aparecieron los otros dos sirvientes con una bandeja de plata que contenía la cena para Murasakibara – Se la llevaré… – Intentó tomar la bandeja pero no pudo.
– Nada de eso, tú debes comer – Le reprendió el pelinegro de cabello corto, mirándole con el ceño fruncido. Taiga iba a replicar, pero las miradas que los tres le dedicaban le decían que era mejor quedarse callado – Yo me encargaré de Murasakibara, tú come y luego te bañas, ¿De acuerdo? – El de menor edad asintió mientras que Coleman se iba con la bandeja a la habitación del pelimorado.
– Debes escuchar a Yu-chan, realmente debes cuidarte mejor, si tú también te pones mal, entonces no sabremos qué hacer – Le dijo Mibuchi, y entonces el pelirrojo no tuvo más opción que sentarse en la mesa en silencio y con la cabeza cabizbaja.
– Le voy a traer la cena Kagami-sama – Le informó el castaño mientras se retiraba para regresar a la cocina. La verdad era que el chico no tenía apetito, con lo mal que se encontraba Murasakibara en comer era lo último en lo que pensaba. No mentiría, tenía hambre, pero no apetito.
– Iré a preparar tu baño Tai-chan, más te vale no levantarte de la mesa o le diré a Yu-chan – Amenazó el pelinegro mayor, sabiendo que de cierta forma Kagami le tenía un poco de miedo a Kasamatsu por su actitud tan agresiva. Existía la posibilidad de que el pelirrojo huyera a su habitación, por lo que por esa razón le advirtió sobre acusarlo.
Kagami no tuvo más opción que asentir ante la advertencia, ya que no tenía otra opción. Debía de comer y bañarse, así quisiera o no, o de lo contrario se enfermaría, y si se enfermaba ya no podría cuidar de Atsushi, y él en verdad quería cuidar del guardia. Sin más se quedó solo en la gran mesa, rodeado de un silencio espantoso, mientras esperaba a que el pequeño Harrison le trajera la cena, para después bañarse con ayuda de Rowling.
Soltó un par de lágrimas mientras que en lo más profundo de su corazón deseaba que aquella horrible pesadilla terminase lo más pronto posible.
Dos días habían pasado y el guardia seguía en cama. Afortunadamente la fiebre ya no era tan alta, pero entonces tuvo un resfriado. Era eso lo que mantenía a Atsushi en cama. Le dolían los músculos, la garganta, la cabeza, no dejaba de toser y tenía la nariz tapada por la mucosidad. Seguía teniendo temperatura, pero no era como la que tuvo cuando regresó a la casona todo empapado por el agua de lluvia.
Kagami se mantenía junto a él en todo momento. Le había prometido a los sirvientes que intentaría descansar el día siguiente, pero todo fue en vano. Por más que se encerró en su habitación e intentó dormir, no pudo hacerlo. Sus párpados querían cerrarse, pero cuando lo hacían querían abrirse, y así de nuevo, haciendo un extraño circulo vicioso. Su mente solo estaba ocupada por el chico de cabellera púrpura, y suponía qué era eso lo que no le dejaba dormir.
Así que, por más que intentó dormir, no pudo y terminó entrando –a la fuerza– a la habitación de Murasakibara, donde los sirvientes le reprendieron su mentira, y él les explicó diciendo que no podía dormir. No obstante, Taiga solo se sentó a un lado de la cama del caballero, y no hizo nada porque los demás se lo prohibieron. La mano de un inconsciente Atsushi tomó la suya, y él la apretó fuerte mientras cerraba los párpados y dormía un tiempo.
Mibuchi, Kasamatsu y Sakurai se dieron cuenta de cómo el pelirrojo por fin había conciliado el sueño cuando estuvo cerca de Murasakibara, y sonrieron ante la tierna escena. De cierta manera, parecía que estar junto al pelimorado calmaba el agitado corazón de Collingwood, y le tranquilizaba lo suficiente como para dormirse con una sonrisa en los labios. Ese día, Yukio logró acomodar al somnoliento doncel en la cama junto a su majestad.
Desde entonces, Kagami se despertaba para ir por la comida de ambos, y luego regresaba a la habitación de Atsushi. Le criaba como niño pequeño porque el mayor apenas y tenía fuerza para sentarse en la cama, por lo que él le ayudaba dándole de comer en la boca. También le ayudaba con los baños, aunque, bueno, esa parte era demasiado vergonzosa para él, por lo que de la mayoría se encargaba Reo, él solo ayudaba a llevarlo al baño.
Le ayudaba con el cambio de ropa, pero que esta no fuera interior, y también cuidaba de él procurando que la fiebre no suba, y que se encontrara mejor, pues se notaba que la enfermedad le estaba haciendo muy mal. La voz de Murasakibara sonaba algo rara debido a que tenía la nariz tapada por la mucosidad, y se escuchaba de cierta manera graciosa. También debía decir, que le contaba algunos cuentos que su madre le había dicho a él cuando era un niño.
Sí, en definitiva Murasakibara Atsushi era un completo niño de 3 años que estaba atrapado en el cuerpo de un adulto de dos metros que tenía 18 años. Pero Taiga no podía evitar pensar que eso era lo que hacía único al pelimorado, y también le hacía lucir adorable. Le daban ganas de abrazarlo y llenarlo de besos, pero cuando se daba cuenta de a dónde iban sus pensamientos, se sonrojaba y negaba con la cabeza de forma rápida.
Otra cosa era aquel asunto del tal Akashi. Murasakibara no lo había vuelto a mencionar y Kagami no sabía cómo sacarle información sin ser demasiado obvio, ya que supuestamente no debería saber ni que el tal Akashi existiera. Pero le producía cierta incomodidad el tema, aunque no sabía muy bien a qué se debía. De igual forma, tampoco había preguntado a Reo o Yukio por la misma vergüenza, pensó en preguntarle a Ryo, pero de seguro que este se disculpaba y no le diría nada.
– Tai-chan, qué bueno que te veo – El pelinegro mayor le interceptó justo cuando estaba pasando por el comedor en busca de alguna merienda para él y el pelimorado. No obstante, se detuvo para hablar con Mibuchi, ya que sería de mala educación no hacerlo.
– ¿Qué sucede, Mibuchi? – Preguntó, algo curioso de saber qué era lo que el contrario tenía en las manos. La sonrisa de Rowling era entre divertida y compasiva, y sin saber por qué, aquello le dio mala espina.
– ¿Recuerdas qué hace unos días me preguntaste por Sei-chan? – Kagami arqueó una ceja, confundido – Aka-chin – Aclaró su doncella, y entonces el pelirrojo pareció captar a lo que se refería. Taiga asintió, un poco dudoso debido al motivo de la conversación – Bueno, pues verás, hoy llegó una carta de él, dice que viene de visita.
– ¿Qué? – Preguntó atónito.
– Que viene de visita, la carta tiene fecha de hace dos días, así que debe estar por llegar en la mañana – Le informó el sirviente. Collingwood sintió una mezcla de sentimientos alojarse en su estómago; ira, preocupación, tristeza, nervios, celos, angustia, toda una carga de emociones infinitas que sería imposible contar con los dedos.
– ¿Viene aquí? ¿A la casona? – El pelirrojo aún no se tragaba del todo la noticia, y si era sincero consigo mismo, no quería que Akashi se presentara ahí. Tenía un muy mal presentimiento de lo que fuese a pasar. Mibuchi asintió.
– Sí, supongo que ahora podrás conocerlo – Taiga no dijo nada, por lo que agradeció la noticia y se fue dejando a Reo ahí solo. Su mente era un completo caos, además de que la sensación sobre algo malo que podría pasar a futuro no le dejaba pensar en paz.
Es cierto, quería saber más de Akashi, pero no se refería a eso. Además, ¿Murasakibara ya lo sabía? ¿Debía decirle? ¿Cuál sería su reacción? ¿Estaría feliz? Y la pregunta más importante… ¿Por qué le importaba tanto aquel guardia? Tal vez porque lo consideraba un muy buen amigo, pero aun así no tendría sentido estar tan… ¿celoso? De que otra persona estuviera muy cerca de Atsushi, no debía sentir nada.
Él ya estaba comprometido –aunque aún no supiera con quién, o bueno, cómo era la persona con la que se casaría–, ¿Por qué le molestaba que el aparente antiguo amor de uno de sus amigos viniera? Mibuchi le dijo que Akashi parecía estar enamorado de Murasakibara cuando eran niños, pero quizá eso ya pasó. Quizá aquella etapa había finalizado y solo querían verse de nuevo para recordar buenos tiempos de su amistad infantil.
Pero, ¿Y si no era así? ¿Y si ambos sentían atracción el uno por el otro, y solo quisiesen verse luego de años solo para comprobar que la chispa de su amor no se había apagado? ¿Y si se amaban tanto que llegaran al momento en el que lo demostrarían con besos, abrazos y algo más? ¿Y si Kagami dejaba de darle vueltas a un asunto que NO era su problema? El pelirrojo sacudió la cabeza para deshacerse de esos pensamientos.
– De cualquier forma, sea mi problema o no, no quiero que ese tal Akashi venga – Habló en un susurro realmente bajo, para sí mismo. Tomó una bandeja con galletas y té de agujas de plata, y luego salió de la cocina para subir a la habitación de Atsushi.
Su mente era un completo caos, pero debía aparentar que no sabía nada. Entonces, cuando llegó a la puerta y la abrió, se encontró con el mayordomo hablando con Murasakibara de algo que él hubiese hecho lo imposible para evitar que el pelimorado supiera. Sí, el pelinegro le estaba diciendo que Akashi llegaría mañana, y se lo dijo justo en el momento en el que Taiga estaba entrando a la habitación.
– Debes descansar, necesitas estar mejor para mañana si quieres hablar con Akashi, no creo que al enano le gustaría hablar contigo en la cama – Le explicó Kasamatsu al príncipe encubierto. "En realidad, creo que al enano si le gustaría estar en tu cama" fue lo que pensó el pelinegro, pues para nadie que conociera a Seijuuro pasaba desapercibido la extraña obsesión con respecto a Atsushi.
– ¿Por qué Aka-chin va a venir? – Preguntó el pelimorado. Kagami no dijo nada, entró en silencio mientras dejaba la bandeja por ahí y fingía no escuchar y/o estar interesado en la conversación. En serio que quería saber de lo que los dos hombres estaban hablando, pero debía ser discreto.
– Aun no lo sé, ¿De visita, tal vez? – Preguntó el mayordomo como una sugerencia, ya que ni él mismo tenía la más remota idea de lo que Akashi estaba tramando al ir hasta allá a más de dos días de su hogar. Pero la mente de Kasamatsu intuía que se debía a cierto matrimonio próximo que sería importante para Inglaterra.
– ¿Kise-chin también viene? – Preguntó de nuevo el caballero. Los oídos de Kagami enseguida se pusieron alerta, pues hasta el momento no tenía idea de que existiera un segundo individuo que fuese a llegar junto con Akashi. Yukio gruñó ante la pregunta.
– Lo más probable – Taiga ignoraba por qué el ceño del pelinegro se había fruncido y hablaba con voz cortante y molesta, así como también ignoraba por qué también había un sonrojo en las mejillas del mayordomo – Bien, es todo, me retiro – Informó Kasamatsu dándose la vuelta para irse de la habitación y dejar a los prometidos solos.
– Murasakibara, ¿Aun tienes hambre? – El pelimorado asintió de forma infantil a su pregunta y Kagami se sentó en el borde de la cama para darle de comer las galletas que trajo. Le ayudó a incorporarse y le dio de beber un poco del té. No pasó mucho tiempo, quizá una hora, y de nuevo Atsushi cayó dormido.
Kagami acariciaba esas hebras púrpuras con delicadeza, pasando de vez en cuando el rostro del dormido príncipe. Era tan lindo cuando dormía, y aunque la fiebre le tenía con las mejillas ligeramente enrojecidas, eso solo le hacía verse más adorable. Sus orbes escarlata miraron hacía la ventana. Estaba por atardecer, serían como las 5 de la tarde. Y eso solo significaba una cosa.
Las puertas de la habitación fueron abiertas y por ahí entraron Sakurai, Kasamatsu y Mibuchi. Kagami suspiró, pues ya sabía qué hora era. Se levantó de la cama mientras salía de la habitación con su doncella, mientras los otros dos sirvientes se quedaban en ella. Era la hora del baño, Coleman y Harrison se encargarían de Murasakibara, y él iría con Rowling como de costumbre.
Londres, Inglaterra, 1809
– Atsushi, no debes comerte las pastelillos antes de la cena – Regañó la mujer adulta, mirando a su nieto comerse tranquilamente el último de los doce pastelillos que había robado de la cocina – Además, son demasiados para un niño como tú, te vas a enfermar.
– Eso no pasará, abuela – Recriminó el menor, mientras le daba el último bocado al dulce alimento – Siempre me dices lo mismo pero nunca sucede.
– Algún día te sucederá – Confirmó segura. Atsushi la miró unos segundos antes de dirigir su mirada hacia cualquier otra parte que le resultara más entretenida que los aburridos regaños de su abuela paterna.
– Nee~ tengo más hambre – Gimoteó cual niño berrinchudo mientras se aferraba al gran vestido de seda que la reina portaba. La mujer, Elizabeth, le miró sorprendida.
– ¿No fue suficiente la docena de pastelillos? – El niño de cabellera púrpura negó con la cabeza mientras escondía su rostro entre la tela de la falda del vestido – Bien, supongo que hay que ir a cenar.
– ¿El abuelo cenará con nosotros? – Se atrevió a preguntar el niño. Ella sonrió de forma sincera y cariñosa, mientras tomaba la mano del infante para caminar con él hacia el comedor.
– Por supuesto, cariño. ¿Por qué crees que no lo haría? – Su esposo siempre estaba presente a la hora de la comida, siempre. Y aun con eso, el pequeño príncipe seguía preguntándole lo mismo cada día.
– Mamá ya no lo hace – Aquella respuesta provocó que una nube oscura y triste se posara sobre ellos. Atsushi no había titubeado en decir esas palabras, pero su voz… su voz se había escuchado como si no tuviese vida.
– Cariño… – La reina intentó tranquilizar a su nieto, pero fue interrumpida.
– Ella había prometido que estaría conmigo siempre, pero no fue así. Ella ya no está, ¿Cómo sé que el abuelo o tú no me harán lo mismo? – Elizabeth se agachó como pudo, y pudo notar las pequeñas lágrimas que resbalaban por las mejillas de Atsushi.
– No fue su intención – Defendió la mujer – Ella hubiese querido estar contigo siempre, pero su hora de irse llegó antes de lo acordado – Explicó mientras acariciaba la rosada mejilla del niño y limpiaba algunas lágrimas.
– ¿Tú estarás conmigo siempre? – Preguntó Murasakibara con esperanza en los ojos. La reina se mordió el labio. No quería mentirle, pero tampoco quería decirle la verdad de una forma directa.
– Atsushi, a mí me encantaría – Le dijo – Pero eso no lo decido yo. Todos nosotros estamos en un viaje pasajero que tarde o temprano llega a su fin. Nadie sabe cuándo termina el viaje de cada quien; algunas veces, esas personas se van, dejando atrás a sus seres queridos; porque el viaje que ha acabado es el suyo, no el de ellos – La mirada púrpura confundida era adorable.
– ¿Eso es un no? – Atsushi iba a llorar más fuerte en cualquier momento.
– Amor, nadie sabe qué nos deparará el futuro. No puedo contestar tu pregunta con exactitud, pero te aseguro que mientras mi viaje aquí dure, estaré contigo el máximo tiempo posible – Y con eso, Elizabeth abrazó con fuerza a su nieto.
– No quiero estar solo – Lloriqueó el menor. La reina se separó de él unos centímetros – Si tú y el abuelo me dejan, me voy a quedar solo – Elizabeth dio un beso en cada párpado, buscando que las lágrimas no siguieran saliendo.
– No estarás solo – Le dijo – Tu madre, tu padre, tu abuelo, y yo, siempre estaremos aquí, en tú corazón, porque te amamos y siempre cuidaremos de ti – Y con su dedo índice, señaló el lugar en el pecho de Atsushi – Y tendrás a alguien más que de seguro te ayudará a no sentirte solo nunca más.
– ¿Quién? – Preguntó sorprendido por esa pregunta, dejando de lado el llanto.
– Es un secreto… – Rió la reina suavemente.
Londres, Inglaterra, 1820.
Atsushi había abierto los ojos de forma repentina. Sin embargo, por primera vez desde la fiebre, estos estaban plenamente conscientes de lo que ocurría a su alrededor. Estaba en su cama, con un paño de agua fría en su frente. No vio a Kagami ni a nadie más ahí, así que con cuidado se incorporó hasta sentarse en la cama y quitarse el pañuelo.
¿Qué había pasado? Había tenido un sueño; no, no era un sueño, era más bien un recuerdo. De cuando él tenía ocho años y vivía en el palacio con sus abuelos. Recuerda con detalle aquella plática que tuvo con su abuela con respecto a su madre. ¿Por qué la había recordado justo ahora? Había algo que no cuadraba.
Escuchó voces afuera de su habitación. Eran de los tres sirvientes y su prometido. ¿Qué estaban hablando? Atsushi no les entendía, pero de cualquier forma, podía sentir el ambiente de preocupación que rodeaba su habitación. Solo escuchaba como se repetía una sola palabra: muerte. Era lo único que parecía haber captado, y sin saber cómo, lágrimas salían de sus ojos.
¿Por qué pasaba eso? Fácil. Aun cuando nadie le había dicho nada, aun cuando la noticia no hubiese sido difundida, aun cuando él no estuviera completamente recuperado, Murasakibara ya sabía qué era lo que estaba ocurriendo. Incluso cuando la puerta de su habitación fue abierta y los cuatro chicos de inmediato se acercaron a él al verlo sentado en la cama y sollozando, él ya lo sabía.
La reina Elizabeth Willianshire, había muerto…
