LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENCEN. SOLO LOS OCS


Agradecimientos.

Byakko Yugure: gracias por tu review. Yo bueno... me reservo la opinión :v *lo apedrean*. Pues en parte sí :v Yo tengo una idea salvaje y antes de darme cuenta estos dedos del diablo ya están escribiendo :v. Claro que irá de eso, pero no descuidaré el Nicudy, ni loco :v Bueno, sí, vendrán unos personajes extras, tres máximo, y con respecto a lo del brazalete, bueno... te dejaré en duda :v Soy el diablo, lo sé :v . Gracias por leer.

yin17: gracias por tu review. Sí, si te ubico xD Y gracias, me alegra que la historia te vaya gustando, en cuanto a Jack, bueno, aquí aparece. Gracias por leer.

arturven: gracias por tu review. Bueno, tu deducción es buena, mucha, de hecho xD Pero no te la confirmaré o negaré para que mantengas el misterio :v Aquí tienes tu droga :v Disfrútala. Y con los billetes de 100 bueno, ya sabes lo que pasó :v . Gracias por leer.

GSK Arca9: gracias por tu review. Gracias, me alegra que te guste. Gracias por leer.

getsugatenshou: gracias por tu review. Me alegra que te guste. Gracias por leer.


VI

Como un hechizo


¿Por qué siempre eres tú…
el que viene a rescatarme?
Me enamoro una y otra vez.
Dime, no importa lo que tenga que hacer,
yo sólo quiero verte.
Enamorarse es doloroso.
Cuando estoy feliz o incluso cuando estoy triste…
Siempre eres tú la razón.

Nee. Fujita Maiko.


Al terminar de subir la escalera dieron a un pasillo que se bifurcaba en dos caminos más, en cuyas esquinas se veían dos flechas, una apuntando a cada lado. «Sala izquierda» y «Sala derecha». Ambos caminaron hacia la división y cuando estuvieron en ésta, miraron a los lados. Hacia la derecha había una puerta de madera pulida en la que ponía las letras «C.F.» y hacia la izquierda había una puerta estilo discoteca con una especie de aislamiento mullido para que la música no saliera de adentro. Nick le dio un toquecito en el hombro a Judy y le indicó, con un movimiento de la cabeza, que debían ir para allá.

Caminaron hacia la puerta. En cuanto cruzaron el umbral, la música se alzó a un volumen ensordecedor, y Nick reaccionó: era uno de sus grupos favoritos, Muse. Nick sonrió. Judy se volvió hacia él.

—¿Qué pasa? —preguntó, viendo su sonrisa.

Nick negó con la cabeza y se recordó que, pese a que su grupo favorito estuviera sonando, esto no era una fiesta como tal, era una misión de reconocimiento; debían averiguar todo lo que pudieran de todos los animales que pudieran para así poder tener un perfil del asesino. Animales de todas las especies pululaban en el enorme salón.

—Nada. Vamos, entremos —contestó, y le tiró de la pata—. Debemos seguir a los animales.

—Está abarrotado —murmuró ella. Y no se equivocaba; Nick no creía haber visto tantos animales con ropa tan cara juntos en el mismo sitio—. Es como meterse en una película de cine negro.

Por todas partes había animales bien parecidos, la típica belleza conseguida a punta de negocios ilegales. Los machos iban, casi todos, vestidos de etiqueta con distintos esmóquines de distintos materiales y las hembras iban con caros vestidos de seda. Donde quiera que viera, veía gala y finura.

El salón era elegante, azulejos blancos con motivos de diamantes negros abarcaban toda la extensión del lugar, parecía un tablero de ajedrez gigante, y Nick se dio cuenta que hacía de ilusión óptica, porque si durabas mucho tiempo observándolos te mareabas, y eso te obligaba a mirar al techo para recuperarte. El techo. Por completo de mármol y con un tallado del Mapa del Infierno de Boticelli, labrado de una forma tan concienzuda que lo hacía sentir pequeño. No había ventanas, pero hacia un lado había una terraza, en la que también había más animales, y en cuyas esquinas del barandal había pequeños querubines tallados. «Este sujeto es un magnate», pensó.

Caminó con Zanahorias hacia donde un pequeño tumulto de animales estaba congregándose, y Nick notó que en una de las paredes había una palabra, escrita tan grande que se perdía la sensación de ser un escrito y se volvía decoración: «Acheronta». No le dio importancia, total, el tipo era millonario, sus gustos no eran de su incumbencia.

Esta vez su tamaño les jugó a favor, porque al no ser tan grandes como la mayoría de los invitados, pudieron moverse con sencillez entre los mismos. En donde estaban reunidos alrededor de quince animales había un zorro, un zorro de mármol peculiar. Vestía un traje blanco, lo que lo hacía resaltar sobre el mar negro de los demás, tenía una cadena de plata con una pequeña cruz victoriana al cuello y llevaba tres perforaciones en cada oreja.

Saludó de un apretón de patas a varios animales y cuando a vio a Nick y Judy, sonrió y se acercó.

—¿Nuevos? —Estiró su pata, en gesto amable; Nick notó que se afincaba en un bastón negro—. Un gusto. Me alegra que hayan venido, y si no es molestia, ¿de parte de…?

—De Mr. Big —respondió Judy, tomándole la pata para responderle el saludo.

Sin embargo, el zorro de mármol hizo un movimiento y en vez de apretársela, terminó besándole el dorso, al mejor estilo del siglo XV. Nick sintió como si algo le hirviera en la boca del estómago pidiéndole salir.

Carraspeó y con un movimiento brusco, aunque encubierto con elegancia, le apretó la pata al zorro.

—Un gusto, señor…

—Faircross; Carlos Faircross —respondió, lo miró y luego hizo un ademán con la pata; tenía ojos bicolores, uno verde y otro ámbar—. Les agradecería, señor…

—Duarte, Robert Duarte —mintió, ni loco que fuera para dar su nombre real. Señaló a Judy con un gesto de la mano—, y mi compañera Bonnie, Bonnie Rosales.

—Bien, Robert (¿te importa que te diga Robert?) ya que ustedes lograron descifrar mi código, no tengo problemas en decirles mi nombre, pero les agradecería que tuvieran la amabilidad de no decirlo a nadie. No es que en Zootopia se conozca. —Sonrió con falsa modestia—. Me he asegurado de ello. Sino que los… otros, no pueden saber quién es Los Ojos y Oídos del Bajo Mundo. —La forma en que el zorro había dicho «los otros», como si fueran basura, le dijo a Nick que él era como Big, que detrás de esa carcasa tan… única, había un mafioso de primera.

Carlos les sonrió, se llevó una mano al pecho y les dio un asentimiento, Nick notó su anillo: grueso, de plata y con una cruz grabada. Y con un «disfruten la velada, tengo asuntos que resolver» se retiró a saludar a más invitados.

Judy le tomó la pata y tiró de él hasta un lugar alejado de tantos animales, una esquina cerca de la terraza.

—Todo un personajes ese zorro, ¿no? —dijo.

—Sí. —Nick sonrió sin ganas—. Me da mala espina.

—¿Quién no? —Judy bufó—. Nick, aquí hay más de trescientos animales, y todos ellos tienen que saber algo de literatura, de esa manera descifraron la cita. Trescientos sospechosos. —Abrió su bolso de mano y buscó algo, al hallarlo, alzó sus orejas con emoción y levantó la mirada; el brillo de las luces del lugar los hacían parecer dos amatistas—. Ten.

Judy le tendía una cosita negra del tamaño de la cabeza de un alfiler, él la miró extrañado.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Un micrófono —respondió ella, con normalidad—. Agáchate. —Nick lo hizo—. De esta manera sabremos si alguien dice algo que lo vincule con el asesino —dijo mientras se lo colocaba en la chaqueta del traje; a Nick lo invadió un extraño deseo de abrazarla cuando sintió el pelaje de ella chocar contra su pata—. Es inalámbrico y tiene un alcance de seis metros, así que mantente cerca de mí, lo que se grabe terminará en la tarjeta de memoria que hay en mi receptor.

—¿Cuál receptor? —Judy se tocó el collar de zanahoria.

—Ya sabes —añadió cuando se lo colocó—, usa tus dotes para hacer que los animales con quienes hables se sientan en confianza. Que tengan ganas de hablar contigo. —Le dio unos golpecitos en la mejilla mirándolo a los ojos—. Eres un zorro, úsalo a tu favor.

Judy dio un paso atrás y Nick se levantó, tratando de acallar a las extrañas emociones que tenía en sí. Bajó la vista con disimulo hacia donde debía estar el micrófono, pero no había nada; se camuflaba de maravilla con su traje.

Ambos volvieron al centro de la fiesta, Nick fue por unos tragos para ambos y cuando volvió, notó a Judy analítica, no apartaba la mirada de los invitados. El zorro le ofreció el trago que ella tomó, y cuando lo probó hizo un mohín. Nick rió a carcajadas.

—Oh, vamos, Zanahorias —dijo Nick—, es solo Smirnoff. Es lo más ligero que hay aquí.

—Nick, yo no tomo —repuso ella, alejando de sí el trago.

—¿Quieres parecer una invitada más o quieres que se den cuenta de que somos policías? —le susurró.

—No seas estúpido.

—Entonces bébetelo. —Él se tomó el suyo de un tirón.

Ella aceptó a regañadientes, y la mueca que hizo cuando terminó de beberlo fue tan adorable que le sacó una risilla al zorro, claro está, si quería conservar sus colmillos, nunca lo diría.

Nick pasó la vista por el lugar buscando alguna pista sospechosa sobre los animales presentes, pero todos eran iguales, vestidos con traje y de forma elegante. Ninguno tenía rasgos resaltantes o que siquiera llegaran a sugerir que era un asesino en potencia. En un lugar apartado de la fiesta, sobre un escenario, estaban colocando los preparativos para algún cantante que vendría, mientras en las enormes cornetas seguía sonando uno de los grupos favoritos de Nick.

Suspiró e iba a tomar otro trago cuando Judy le dio un golpe en el brazo, y al verla ella le señaló a un animal en el fondo. Siguió su dedo y cuando lo vio, los ojos se le abrieron como platos.

—No puede ser.

—¿Es él? —preguntó Judy.

—¡Claro que es él! Lo vimos esta tarde en los archivos de Bogo.

La coneja volteó a verlo.

—Nick, trata de conseguir información de alguien —dijo mientras empezaba a alejarse—; y si son cercanos a Faircross, mejor.

Él no respondió, estaba todavía procesando que Judy lo iba a dejar a su suerte en ese mar de animales. No. No quería que lo dejara, la quería cerca para así investigar juntos. No era justo que lo dejara tan fácil a penas viera el indicio de una pista prometedora.

Sin nada más que hacer o decir, Nick suspiró y pidió otro trago, buscando alguna zorra con la cual hablar, o al menos, bailar; mientras Zanahorias iba hacia él.

Iba hacia donde estaba Jack Savage.


El animal tenía ya su próximo objetivo, tenía el distrito en donde vivía, la dirección e incluso el color de la casa. No había margen de error. Iba tamborileando con sus garras en una de las rodillas, mientras esperaba que el taxi que había pagado llegara a destino. Plaza Sahara. Un lugar que no le gustaba mucho, pero tenía que hacer lo que tenía que hacer. Llevaba puesta su capa, con la capucha baja, y cuando el taxista le había preguntado que por qué el atuendo, bastó con decirle que venía de Distrito Forestal; allí siempre llovía.

En sus patas descansaba su arma, camuflada como un artefacto de lo más normal. Sacó de los bolsillos de su chaqueta una hoja con nueve fotografías, de las cuales tres estaban tachadas con una X en rojo. Los animales eliminados. Faltaban seis, uno en Plaza Sahara, uno en el Centro, uno en Distrito Forestal, uno en Sabana Central, uno en Burrows y uno en Distrito Nocturno, los tenía fichados y sabía casi todo de ellos, pero se tomaría su tiempo para matarlos como merecían.

Deben sufrir, pensó, al igual que yo.

Pensó en quienes había perdido y por acto de reflejo su pata fue hasta el recuerdo que colgaba de su cuello, el que acarició con cariño.

—Amigo, debo tomar una desviación —dijo el taxista, un camello. «Qué irónico», pensó—. ¿Le importa?

El animal sonrió.

—No se preocupe, solo voy a visitar a un amigo.

—Debe ser un gran amigo para ir a estas horas, son las once.

—Sí —asintió él—, está en sus últimas. —Un ataque de tos tomó por sorpresa al animal, se llevó una pata a la boca y cuando acabó vio unas gotitas rojas en ella—. Quiero visitarlo antes que muera.

—Oh, ya veo. —El taxista giró en una calle—. Veré si puedo llegar lo antes posible.

El animal asintió y sonrió con gratitud.

—Gracias.

Luego de un rato, llegaron a la calle donde vivía el objetivo y después de pagar la carrera al taxista, se bajó. Caminó afincándose en su arma camuflada hasta que el auto amarillo se perdió de vista, una vez sin moros en la costa, se enderezó y alistó todo. Su arma ya tenía impregnado en la punta el compuesto, la cita estaba en su bolsillo y el animal a quien mataría estaba dentro de la casa al fondo de la calle.

Mientras reducía la distancia a ésta, pensó de qué manera matarlo. No quería repetir la forma con los demás, pero había algo que le decía como hacerlo, como un anuncio intermitente anunciando alguna bebida. Plaza Sahara era calurosa, ¿qué pasaría si subiera la temperatura?

Llegó a la casa y tocó el timbre.


Judy se acercó de forma disimulada hacia el conejo. Tenía su atractivo para ser sincera, de un pelaje blanco inmaculado que lo que hacía era resaltar con el negro del traje, y sus motivos negros en rostro y orejas combinaban de igual forma con él. Mientras lo hacía, se preguntaba qué hacía él en esta fiesta. ¿Trabajo? ¿Investigación secreta? ¿Era cómplice de Faircross?

Ella no pasó desapercibida para el conejo porque cuando estaba a pocos pasos se volteó y fijó esos ojos azul hielo en ella; era igual que la fotografía, sereno y metódico. Se acercó con pasos elegantes y una vez a su lado le pidió bailar, a lo que Judy aceptó.

Savage se movía con pasos gráciles y firmes, no había atisbo de dudas en ellos y cuando la canción cambió a una más tranquila, la guiaba con delicadeza. Judy trataba de iniciar la charla, pero si lo hacía, se notaría interesada en la liebre, cosa que no era cierta. Bueno, no mucho, de que era atractivo, lo era. Y si iniciaba la conversación se notaría mucho que quería sacarle información. Continuaron bailando en silencio, dejándose guiar por la liebre y mirando entre giros hacia donde estaba Nick, quien estaba hablando con una hiena.

«Él está buscando información; yo también debo hacerlo.»

No obstante, antes de que ella dijera algo, fue Savage quien habló.

—¿A qué debo el honor de que la primera coneja policía tenga este baile conmigo? —Su voz sonaba firme y aterciopelada; a Judy le pareció como un siseo de serpiente: hipnótico y manipulador.

—¿Es que necesito una razón para bailar con alguien? —Dio un giro—. Me conoces, ¿con quién tengo el gusto?

—Jack Savage, oficial Hopps. —Sonrió.

Bien, se dijo, él comenzó a hablar. Ahora sólo debía encontrar la manera de que dijera algo o, al menos, que dijera por qué estaba aquí. Por sobre el hombro de Jack pudo ver que la hiena había sacado a bailar a Nick. La hiena tenía un hermoso vestido azul agua y parecía tener experiencia bailando con zorros, ya que no tenía inconveniente en que Nick fuera más bajo que ella.

—Y dígame, señor Savage, ¿qué lo trae a dicha celebración? —preguntó; sonó más como un interrogatorio que como una pregunta casual.

—Jack, dígame Jack. —La hizo dar una vuelta—. Pues, ya que somos investigadores ambos, no tendría problema en decirle, si a cambio me concede el honor de volverla a ver.

Judy tuvo que fingir la risa, y para su sorpresa, le salió muy bien. Quizá todo este tiempo con Nick le había servido de algo.

—Me halagas Jack. —Volvió a reír. ¿Cómo existen hembras bobaliconas que ríen por todo? Es difícil parecer imbécil—. Pero dime, ¿vale la pena?

—Ya veremos, ¿aceptas?

—Sí; acepto.

Jack la hizo girar con gracia y Judy pudo sentir cómo la mirada de Nick le perforaba la nuca. Suspiró antes de volver a las patas de la liebre y éste le colocó con cuidado una tarjeta en la suya.

—Esta es mi tarjeta —le susurró al oído; Judy sintió un cosquilleo desagradable, no como cuando estaba con Nick que eran raros, pero raros bonitos, estos eran como el susurro de una pantera al acecho.

Judy sonrió tratando de mantener la compostura y asintió con picardía, dándole a entender a la liebre que lo haría. Sólo que no, no lo haría. La música terminó y un grupo subió al escenario y comenzaron a tocar una tonada más lenta y suave. Las parejas se juntaron como magnetizadas, brazos rodeando cuellos, manos sobre caderas, frentes juntas.

Oh, no. No, no, no, no y definitivamente no.

No iba a bailar lento con este.

Para su suerte, la misma hiena que estaba bailando con Nick le tocó el hombro a Jack. Él se volvió.

—¿Puedo interrumpir? —dijo ella, y sonrió. Ahora más de cerca podía notar que era una hiena manchada, y además del vestido azul agua que tenía que hizo sentir menos a su vestido violeta, llevaba unos pendientes en forma de gotas en ambas orejas y una cadena con una pequeña crucecita al cuello; estaba maquillada tan sutil que solo le realzaba las facciones—. ¿Quieres bailar?

Jack la miró con superioridad.

—Si no te importa —intervino con voz tranquila y educada mientras señalaba a Judy con un gesto—, la señorita y yo…

La amistosa expresión de la hiena cambió, y la sonrisa se le tensó en los labios. Levantó una pata y le mostró a la liebre el anillo de plata y con una cruz grabada que tenía.

—Creo que no me di a entender. —El tono de la hiena era amable, pero contenía una ligera advertencia—. Mi hermano es el organizador de la fiesta.

La expresión de Jack palideció y luego de recuperar la compostura, asintió con caballerosidad, se retiró de Judy y caminó con la hiena.

Ambos se perdieron en el mar de animales que los engulló vivos, y cuando Judy iba a retirarse de la zona, sintió una pata tomándola por la muñeca. Giró la vista y vio que era Nick; soltó un suspiro de tranquilidad. Todo bien, sin embargo, cuando se supone que debían bailar para no llamar la atención, no lo hicieron. Nick se quedó inmóvil con su pata aún rodeándole la muñeca. Judy tomó las riendas y le tomó ambas patas, aunque cuando lo miró a los ojos se quedó estática.

El momento se hizo interminable. Los ojos de ambos parecían no querer separarse de los del otro, y ni siquiera con su agudo oído podía oír la respiración del zorro. Luego Judy sonrió, sólo así, no supo de donde salió la sonrisa, pero salió, y le hizo tomar la decisión a Nick. La rodeó con los brazos y la acercó a sí. La barbilla de Judy chocó sin querer con el brazo de Nick. Era la primera torpeza que habían cometido juntos.

Lo notó inspirar, una respiración entrecortada contra ella. Nick le colocó las patas, abiertas, en la espalda y ella recostó la cabeza en él. Oía cómo le latía el corazón, rápido y furioso.

Por la diferencia de altura, Judy no alzó los brazos para rodearle el cuello, era imposible que lo consiguiera, por lo que solo le rodeó la cintura. Lo miró, estaba pálido y desviaba los ojos, eso la hizo sentir vulnerable y el corazón pareció acelerar su ritmo; recordó cuando pasó lo mismo el día de ayer.

Nick le bajó la mano izquierda hasta la cintura y le acarició con suavidad la cadera. Judy pegó un brinco. Había oído a animales que hablaban de sensaciones de cosquilleo en el estómago, de mariposas, y sabía lo que querían decir: esa sensación de inquietud y temblor en las entrañas. Pero en ese momento la sentía por todas partes. Mariposas bajo la piel, agitando las alas, produciéndole escalofríos que recorrían su cuerpo de arriba abajo.

Susurró su nombre, pero él no pareció oírla, Judy alzó la mirada y lo vio a la cara. Cuando sus ojos se encontraron, los de él estaban desenfocados, soñadores. Con la pata derecha le acarició una oreja, dejando resbalar sus dedos por ella. Ya le había dicho a Nick que odiaba, odiaba con todo su ser que le acariciaran las orejas porque solo reforzaban el estereotipo de que un conejo es tierno y débil, pero ahora, ahora sentía cómo que cada vello de su pelaje era un cable eléctrico conectado a una terminal que bombardeaba sus terminaciones nerviosas; no quería que dejara de hacerlo.

—Te veía cuando estabas con ese conejo —dijo Nick, con voz baja y grave—, se veían bien, pero sabía que no lo estabas. Lo detestabas, ¿cierto?

La Judy normal habría hecho un chiste: «¿Tú crees, torpe zorro?», y el Nick normal habría reído. Sin embargo, ese no era el Nick normal; ese era un Nick que nunca había visto, un Nick con la expresión turbada que lo desnudaba ante ella, que le permitía ver hasta lo más profundo de su ser, de sus emociones o de su pasado. Sus ojos lo decían todo; dolor.

Sí, lo detestaba, lo odiaba. Sólo que era parte del trabajo y uno tenía que hacer lo que tenía que hacer.

—Mucho —susurró ella—. Quería que fueras tú y no él.

Y era verdad, habría preferido que Nick la hubiera sacado a bailar antes para no tener que toparse con Jack, aunque hubiera sido su idea ir por él. En el fondo quería que el zorro se lo impidiera.

Nick no contestó. Parecía estar sufriendo, un sufrimiento más actual de lo que sus ojos mostraban. El pulso le iba rápido, podía sentirlo en su piel, a través del vestido. Nick tenía los brazos como bloqueados. Judy se dio cuenta de que quería tenerla justo ahí, no dejarla acercarse ni un milímetro más. El espacio entre ellos estaba caldeado, electrificado. Parecía estar bajo un hechizo. Alguien que supiera que se hallaba bajo un hechizo y estuviera luchando contra el tirón que este le causaba en cada nervio y fibra de su ser, la percusión de una terrible lucha interna golpeándolo en las venas.

Se acercó más a él, sólo un poco, no más de un par de centímetros. Él ahogó un grito.

—Judy —dijo con voz ahogada.

Contrajo las patas de golpe, como si lo hubieran apuñalado. Tiraba de ella hacia sí. El cuerpo de Judy chocó contra el suyo. El gentío era una mancha de luz y color a su alrededor. Nick bajó la cabeza hacia la de ella. Respiraron el mismo aliento.

Y entonces la música terminó con la última nota sostenida por el que tocaba el piano. Ambos se alejaron de golpe, y suspiraron para recuperarse de lo que sea que había pasado. Una nueva canción comenzó y ellos volvieron a bailar. Al cabo de un rato Nick habló.

—¿Qué descubriste, Zanahorias? —Su voz era normal, relajada y despreocupada.

Judy no pudo evitar sentirse impresionada, sabía que Nick era un buen actor, pero que lo hiciera tan bien que no se notara ningún atisbo de expresión de cómo estaba hacía unos segundos, era algo de sorprenderse. Judy suspiró un poco más tranquila y empezó a contarle todo lo sucedido con Jack y en cambio, Nick le contó quién era la hiena y todo lo que había logrado sacarle. Según lo que ella le dijo, era hermana de crianza de Faircross, acababa de graduarse de una universidad en Italia y vino a Zootopia a visitar a su hermano.

—El problema es que la única manera de saber más sobre ella o sobre Faircross —dijo Nick— es aceptando su propuesta.

—¿Y cuál es? —preguntó Judy.

Nick suspiró, derrotado.

—Quiere que la lleve a conocer la ciudad.

Entonces Judy rió con ganas, olvidando por completo el capítulo que había sucedido hace unos minutos entre ellos.

—Parece que estamos iguales, Jack me pidió salir.

Nick alzó una ceja y la miró con recelo.

—¿Lo harás?

—No. —Ella hizo un mohín—. Jamás.

—Yo sí —dijo y sonrió con picardía.

—¿Qué; saldrás con ella?

—Saldremos, Zanahorias. —Y ante la mirada confundida de Judy procedió a explicarle—. Vayentha dijo que quería conocer la ciudad, pero no dijo con quien. Tengo pensado invitar a Al.

—Nick. —Una sonrisa se formó en los labios de Judy, tenía que reconocer que entendía lo que el zorro estaba queriendo lograr, si podía hacer que por casualidad de la vida la hiena y Al se enamoraran, ella aflojaría información sin pensarlo dos veces—. No puedes usar a los animales así como así.

—Lo dice la que explota a este zorro todo los días en el trabajo —repuso él, alegre—. Vamos, Pelusa, sabes que es una buena idea. Grandiosa, diría yo. Es una idea Wilde con todas las letras.

Ella sonrió y se encogió de hombros.

—No lo dudo, zorro bobo. Solo espero que funcione… —Hizo una mueca—. No quiero tener que llamar a esa víbora en piel de conejo.

Nick rió y se salió del agarre de ella. Con la cabeza le señaló el baño de hombres y ella entendió, asintió y fue hacia la barra. Ella no tomaba, pero ahora necesitaba más que nunca un trago. Tenía que pensar en lo que pasó.


Cuando Nick entró al baño, se aseguró de que estuviera él solo. Al constatarse de ello, abrió un grifo del lavamanos y se roció un poco de agua en el rostro. ¿Qué había pasado? ¿Qué fue ese momento de debilidad? ¿Por qué se sintió tan bien? Metió la cabeza bajo el chorro y lo dejó correr. Podía sentir cómo el agua se llevaba el calor de su cuerpo y le tranquilizaba el pulso, sin embargo, las preguntas no se iban.

Recordó cómo se sintió cuando bailaba con Vayentha y miraba a Judy bailando con Savage. Jamás había sentido esa sensación de rabia, enojo y ganas de matar a alguien al mismo tiempo, ¿cómo no estarlo? ¡Estaba coqueteando con su Zanahorias! Y cuando se había dado cuenta de que la había visto como suya, la verdad lo golpeó como un buen gancho al estómago.

Eran celos.

Cerró el grifo y se miró en el espejo, el cuello del traje estaba empezando a empaparse. Su reflejo lo miraba como tratando de decirle algo, sus ojos verdes parecían opacos, tristes.

—No pueden ser celos —le dijo a su reflejo.

«Sabes que lo son.»

Otra vez esa vocecita no, por favor.

«Son celos; la celas porque la quieres.

»Es mi compañera, debo de quererla. Ella confió en mí, me apoyó y me alentó a ser policía.»

El reflejo parecía reclamarle.

—No son celos —insistió—. No lo son.

«Lo son. —La vocecita sonaba demasiado familiar. Bueno, era su consciencia, pero la sentía como familiar, como grabada en su subconsciente.

»Que no.

»Admite que la amas.

»Yo no amo a Zanahorias.

»La amas.»

—Yo no estoy enamorado de Zanahorias —repitió, apoyando sus patas en el lavamanos y agachando su cabeza. Las mismas emociones que sintió cuando bailó con ella lo abrumaron por completo: su calidez, su suavidad, su aroma tan embriagante, incluso su aliento a canela. Era demasiado para él. Las patas le empezaron a temblar—. No puedo estarlo. —Esta vez la voz se le quebró.

«Lo estás.» Esta vez sonó paternal, y lo recordó, parecía la voz de su padre. Entonces alzó la mirada y se vio al espejo. Se dio cuenta que era una copia exacta de él, era igual a su padre, solo que no tenía sus ojos azules, tenía los verdes de su madre. «Lo estas —parecía decirle el reflejo—, no puedes negarte lo evidente.»

—Maldita sea, no puedo enamorarme de Zanahorias —susurró para sí y dio un golpe a lavabo. Las sonrisas, los alientos y las muestras de afecto, aunque mínimas, de ella, lo demostraban. No estaba enamorado de la coneja. La amaba sin remedio—. Amo a esa martirizante, enojona y sentimental coneja. Demonios, la amo.

Y entonces la realidad lo golpeó. La amaba, sí, pero no podía. No debía. Primero y principal, son especies distintas; segundo, son policías, si en el dado caso de que llegara a corresponderle iniciaban algo, sus oficios lo impedían, si Bogo se enteraba de eso los despediría; y tercero, ella nunca podría enamorarse de él.

Era imposible.

Él es un zorro y ella una coneja.

Imposible.

Inspiró profundamente tragándose sus sentimientos. Debía esconderlos, ocultarlos en lo más profundo de sus murallas emocionales, dejarlos bajo llave y tirarla en algún lugar. No podía darse el lujo de sentir esas emociones. Ya encontraría la manera de superarlos, de olvidarla o de aceptar dejarla ir.

Debía mantenerlos en secreto.

Se dio unas palmaditas en las mejillas y cuando estaba por salir, su celular sonó. Era Bogo. «¿Quién le dio mi número a Bogo?». Zanahorias. Una sonrisa se le dibujó y la forzó a irse. Abrió el mensaje que le llegó y lo leyó; Bogo le informaba sobre un nuevo homicidio con una nueva cita y le pedía que no trajera a Judy. «La escena es fuerte, demasiado».

Nick suspiró y salió. Y en su mente la misma vocecita le repetía una y otra vez una de las frases que le había dicho su padre cuando había vuelto del suceso con los exploradores.

—Nunca debiste evitar no decirles lo que eras, hijo —le había dicho—, si hubieras dicho que eras un zorro te podrías haber evitado esto.

Mientras sus padres lo abrazaban Nick oyó cómo su padre le decía algo. «No hagas nada en secreto, porque el tiempo lo ve todo y lo oye todo, y lo revela todo».

Y mientras iba hacia Judy, rogó que su padre se equivocara.

Debía ocultar lo que sentía por ella.

A toda costa.