Sigue la maratón:

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Capítulo 6

Sentía un dolor horrible, el auto había pegado justo en su costado derecho y a pesar de que no parecía tan grave, para una mujer embarazada como ella sí lo era.

"Todo está bien".

Se desesperó al escuchar las voces a su alrededor, el dolor no la dejaba moverse ni pensar con coherencia.

"Está muy estresada".

Sí, sí lo estaba, demasiado estresada, lo que le había propuesto su padre lo había provocado, y ahora el no saber qué pasaba con su hijo y con ella la tenían al borde la locura.

"El bebé estará bien" Escuchó decir a una enfermera.

Quería cerciorarse, trató de ver los monitores que indicaban el ritmo cardiaco tanto el de ella y el de su bebé, ver y escuchar el bip, bip de la pantalla la ánimo de algún modo, pero también le provocó un mareo, se estaba durmiendo, sentía que el dolor la consumía así como unos probables medicamentos que le pusieron.

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Despertó sintiendo los ojos pesados, el cuerpo entumecido, no sabía por cuánto tiempo había dormido, sólo sentía mucho dolor en el costado y en su vientre.

¡Su vientre!

Llevó su mano a este y no estaba tan hinchada como recordaba, sólo sentía el punzante dolor de lo que parecía ser la cicatriz de una cesárea.

¿Dónde estaba su hijo, su Hikke?

—Astrid, tranquila...—pidió amablemente su padre, del cual apenas se percataba de su presencia.

No podía hablar, así que llevó su mano al vientre y de esa manera preguntó por su pequeño hijo, que estaba segura había tenido sano y salvo.

—Astrid. —escuchó lamentarse a su padre. —Lo siento,... se perdió.

El corazón le dolió. ¿Cómo era posible? ¿Por qué?

—Tal vez... fue lo mejor. —trató de animar su padre tomándola de la mano, pero rápidamente la retiró, no quería que la tocara.

— ¡Vete! —la voz le salió con ronca, pero tan clara para saber que le repugnaba su presencia.

—Astrid, hija...

— ¡Qué te vayas! —gritó. —No quiero verte, no quiero ver a nadie... ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio! —lloró desconsoladamente.

Su padre para no escuchar sus berridos salió de la habitación, para respetar el luto de su hija.

El dolor que sintió esta fue más doloroso de lo que podía sentir su cuerpo. Astrid se dejó caer sobre la camilla, llorando su mala suerte, odiaba a todo el mundo, pero más a ella misma, por haber sido descuidada e irresponsable; ella había matado a su hijo y al de Hiccup, el cual de seguro si se enteraba la odiaría.

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Hiccup había corrido a toda velocidad a donde ocurrió el fatídico accidente, una multitud ya se había reunido alrededor de la víctima, impidiéndole el libre acceso hacia donde estaba ella.

"Pobre jovencita", "¿Se pondrá bien?"

Gente metiche, pensó, si no la ayudaban que no estorbaran.

—¡Astrid! —gruñó empujando a cuanta gente se le pusiera enfrente.

A la mitad de traspasar a la curiosa multitud, el ruido de la ambulancia alertó a todos, provocando una movilización que hizo retroceder al músico, hasta quedar de nuevo atascado entre la gente.

—Mejor sigamos a la ambulancia. —Sugirió Tannlos, también ahogándose entre tanta gente.

—Hiccup, tu hermano tiene razón, por ahora debemos dejar que la ambulancia haga su trabajo. —Comentó Fishlegs al momento en que vio que la ambulancia hacía subido a la chica y se marcharon.

Hiccup gritó llorando su mala suerte, más aceptó el plan de su hermano, maldiciendo y empujando a la muchedumbre salió en busca de un taxi o cualquier medio de transporte que lo llevara al hospital.

— ¿A cuál hospital la llevarán? —preguntó Tannlos una vez que subieron en un taxi, donde sólo los acompañó Stormfly y Snotlout.

—No lo sé, que sólo sigan a la ambulancia. —suplicó Hiccup al borde de la locura.

—Creo que iban al hospital general. —Dijo Stormfly.

— ¡No me importa! Sólo llévenme con ella.

La odisea para llegar al hospital fue todo caos, quedaron atorados en el tráfico de medio día y luego llegaron al hospital equivocado; Hiccup presentándose como el novio de la accidentada consiguió información de que el Sr Hofferson había decidido que la trasladaran a un lugar mucho más costoso.

En aquel hospital, no le permitieron el paso tan fácilmente, ni le brindaron información, por lo que no le quedó otro remedio más que estar en la sala, esperando el momento en que el padre de Astrid apareciera.

Las horas pasaron y fueron interminables, los amigos de Hiccup vigilaron cada salida del hospital, en caso de que el Sr Hofferson saliera por otro lado, sólo quedaron los hermanos Haddock en la sala de espera.

—Mira. —Señaló Tannlos al deprimido Hiccup.

Este prestó atención y vio a su malvado suegro en la recepción, hablaba con la enfermera y esta le había entregado unas formas, luego, la chica le dio un recado y señaló a ambos hermanos. Hiccup, con la furia contenida se puso de pie en cuanto su suegro lo vio y miró con repulsión.

—¿Dónde está Astrid? —exigió al llegar con él

—¿Qué haces aquí muchacho? Más vale que te largues si no haré que te saquen.

—¡Quiero saber cómo está Astrid! —gritó con los ojos llorosos. —Usted nos separó.

—¡Cállate, estúpido! No eres más un inútil y un problema. ¿Cómo está Astrid? Te lo diré... ella está devastada, arruinaste su carrera y su vida.

—Usted lo hizo, yo pude ¡puedo! Darle todo lo que ella merece.

—¿Con esa pseudo carrera de cantante mediocre que tienes? —escupió. —Eres un parasito, nunca le hubieras podido darle la vida a la que está acostumbrada.

—Usted no sabe nada, yo daría todo por ella. Por favor, ¡déjeme verla!

—¡No puedes!, está descansado. —Contestó Hofferson tratando de no exaltarse.

—Por favor. —rogó el frustrado muchacho hecho un mar de lágrimas.

Hofferson resopló, lo mejor para todos era acabar de una vez con ese asunto, y que mejor manera de hacerlo que darle las malas nuevas.

—No puedes. —dijo con tranquilidad. —Ella no quiere ver a nadie.

—Le aseguro que cuando vea a mi hermano cambiará de opinión. —Intervino Tannlos.

—A él es al menos querrá ver, no después de lo que sucedió.

—¿Qué pasó? —preguntó el lloroso Hiccup atento a la insinuación del hombre.

Este tomó aire, y se aclaró la voz para decir la verdad.

—No sabes cuánto te odio, porque no sólo embaucaste a mi hija, ¡arruinaste su carrera como músico!

— ¿Cómo puede decir eso? Ella es muy talentosa...—defendió el castaño.

—Así es y todo ese talento tirado a la basura ¡todo por tu culpa!, muchacho estúpido, no tienes la menor idea de lo que sus tonterías causó y un ser inocente pagó por sus estupideces.

—¿A qué se refiere? —preguntó Tannlos, temeroso del rumbo de la conversación.

—¡Qué este maldito desgraciado! —apuntó el Sr Hofferson al acusado. —Dejó embarazada a mi hija.

El alma se le fue del cuerpo a Hiccup y todo se volvió gris y blanco alrededor de él, fue incapaz de hablar, moverse e incluso respirar con la notica. ¿Su lady embarazada? ¿Iba a ser padre? El único movimiento que pudo hacer fue el de esbozar una sonrisa, esa era una buena noticia.

—Y ahora por los caprichos de Astrid y sus arrebatos estúpidos e inmaduros lo ha perdido.

La noticia golpeó su corazón, Hiccup cruzó miradas con el hombre que tenía los ojos llorosos al igual que él. ¿Su Astrid había perdido a su hijo?

—Y ahora ella sufrirá por eso. ¡Y todo por tu maldita culpa!, que no pudiste dejarte los pantalones puestos.

— ¡Un momento! —exclamó Tannlos aun sorprendido ya que su hermano parecía ido y mudo. —Hiccup no es el culpable, nadie lo es, déjenos verla, con mayor razón mi hermano debe estar a lado de ella.

—Por favor. —suplicó con la voz ronca Hiccup. —Debo verla.

—No muchacho, ella se odia, me odia y por supuesto que te odia por lo que le hiciste, no quiere ver a nadie, ¡vete! Tu presencia sólo le causará dolor porque le recordarás una y otra vez a ese niño que perdió.

—¿Niño? —susurró Hiccup.

—Así es, tuviste un niño... y ya no está aquí, ¡murió! Así que ¡vete! Si te queda algo de decencia, vete y déjanos en paz. Que cada quien libre con sus culpas, y te lo advierto, no volverás a ver a Astrid en tu vida ¡jamás!

Dicho esto, el hombre le hizo una seña para que llamaran a los guardias, dos enormes hombre amenazaron a los hermanos, y a pesar de que Tannlos peleó contra ellos, Hiccup se dejó manipular, en esos momentos no tenía cabeza para pelear, ni para razonar.

Una vez fuera del hospital, totalmente fuera de sí y con una profunda tristeza se retiró a pasos lentos mientras que su hermano trataba de inultamente de detenerlo.

Hiccup ya no fue capaz de escuchar, ni la música a su alrededor, sólo pensaba que había tenido un hijo con la mujer que amaba y que a ambos los había perdido, y todo por su culpa. Por haber sido descuidado, por no haberla buscado lo suficiente, haberla abandonado a su suerte y porque el Sr Hofferson tenía razón, su presencia sólo le haría daño.

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Lo que ambos ignoraban, es que en cuidados prenatales un pequeño e inquieto bebé movía con frenesí su pequeña manita conforme escuchaba una relajante melodía.

En su cunero tenía su nombre escrito: Hikke.