Sigue la maratón.

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Capítulo 8

Tiempo actual.

Con el dinero proporcionado por Hikke, Gustav completó para una pizza familiar así como de un par de refrescos que degustaron camino al hogar del primero.

—Bien, llegamos. —Indicó metiéndose por un hueco de lo que parecía un teatro abandonado.

Hikke dudó de entrar por unos momentos, pues era tan diferente al orfanato en donde solía vivir, sin embargo la curiosidad y las melodías que se escuchaban en el interior lo hicieron seguirlo.

Una vez dentro, se impresionó al ver tanto la estructura del lugar, así como un montón de niños, cada uno haciendo una actividad musical distinta; desde tocar piano, guitarra, triángulo y hasta canto.

Mientras él observaba maravillado, Gustav trató de pasar de inadvertido, pero el olor de la pizza se esparció por todo el lugar. "¡Pizza!" gritó el chico con el mejor olfato de todos y de esa manera advirtió a todos.

Pronto Gustav se vio aplastado por todos sus compañeros que, como perros salvajes y hambrientos, tomaron cada trozo de pizza al grado de devorarla por completo; todos ignorantes de que el jefe merodeaba por los palcos del teatro

— ¡¿Qué es ese alboroto?! ¿Por qué no escucho música?

Todos los niños se pararon en seco, al igual que Hikke que tragó saliva al ver la silueta de un hombre en el palco más alto. Este salió de las sombras, un hombre con el cabello y barba corto, que a simple vista no parecía gran cosa, pero que su porte y su tono de voz exigente asustaría cualquiera.

—¿Pizza?... ¿les gusta la pizza a los niños? ¡¿Quién la trajo?!

De inmediato todos apuntaron a Gustav, acusándolo con el jefe, quien lo reprendió con una aterradora mirada.

—Vamos Viggo, no tomé de tu dinero.

—Ah, ¿no? Entonces...—exigió el hombre una explicación.

—él la compró... con su dinero. —Apuntó Gustav a Hikke, que permaneció inmóvil en su lugar.

Viggo miró al escuálido y desconocido chico.— ¿Y tú jovencito eres...?

—Hikke, señor.

— ¿Qué haces aquí?

—Vine siguiendo la música.

De inmediato todos los niños e incluso el mismo Viggo se empezaron a reír del niño que permanecía apacible ante todo.

— ¿Y qué sabes hacer o tocar? Ya que la música hay que vivirla, sentirla, no sólo seguirla. ¿Cuál es tu talento?

—Ninguno, nunca he tocado un instrumento. —Contestó el niño con sinceridad.

—Entonces no me sirves, te puedes quedar por esta noche, pero no te quiero ver mañana por la mañana. Todos los demás... ¡A DORMIR! —ordenó con exigencia y los niños como fieles perros lo obedecieron no sin antes dejar el motín que cada quien había conseguido del día.

—Bueno chico, suerte para la próxima. —Se despidió Gustav llevándose la guitarra y de lo que sobró de la pizza.

Hikke permaneció igual, las palabras simplemente no lo lastimaban porque muy en el fondo lo sentía, sentía que con la ayuda de la música podría encontrar a sus padres, sólo tenía que tomar la iniciativa.

Esa misma noche, tomó prestada la guitarra de Gustav, tocó ligeramente sus cuerdas y cuando creyó que ya estaba listo empezó a tocarla, sin siquiera tomarla, sólo golpeteando las cuerdas logró componer una melodía que salía del corazón, gracias a los dones que sus padres le dieron y eso lo hizo feliz pues cada vez se sentía más cerca de ellos. Por fin estaba conociéndolos y a la música.

Por otro lado, el sonido de la música despertó a todos los niños y a Viggo, al reunirse a la fuente del sonido, estos miraron impresionados (Gustav enojado) que el chico que jamás había tocado un instrumento los hacía como un profesional, al mayor de todos le brillaron los ojos, pues lo vio como una gran inversión.

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Stavanger.

10 años habían pasado desde que Astrid Hofferson había huido de su padre, desde entonces se mudó con Heather y consiguió un empleo como maestra de música, después de todo era con el único talento con el que según ella contaba, aunque también enseñaba educación física. Simplemente no había podido dejar la música del todo como ella hubiera querido, pero eso no significaba que no doliera, pues cuando tocaba recordaba a su hijo y a Hiccup, a quienes nunca podría olvidar.

—Señorita Hofferson estoy nerviosa. —Chilló una niña de 10 años que se acercó a ella con la respiración agitada.

—No temas, recuerda eres la mejor, lo harás bien... vas a vencer.

La niña al ver tan animada a su maestra le dio la motivación suficiente para respirar, tirar por la borda sus nervios y caminar al escenario donde el resto del coro estaba reunido. Detrás de bambalinas Astrid cruzó de dedos, ansiosa y feliz de ver a su coro de niños que participaría en el recital de la escuela, le gustaba enseñarles a ellos pues le recordaban a su hijo.

El recital al final resultó ser un éxito, la cantante principal había cantado como un ángel y después de las ovaciones todos los niños felicitaron y agradecieron a su maestra, era un momento muy especial para Astrid, sin embargo al final sentía un vacío pues cada niño se retiraba con su respectivo padre, una imagen que la ponía triste.

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— ¡¿Hasta cuándo Astrid?! —reclamó Heather

— ¿Hasta cuándo qué? —preguntó Astrid sin comprender, estaban caminando en el parque y de repente empezó a ser regañada.

— ¿Hasta cuándo serás feliz?

La pregunta más que ofenderla le dio risa. —Yo soy feliz.

—Me refiero a cuando todos se van a casa. No creas que no te veo cuando convives con un niño y este se tiene que ir... siempre tienes esa mirada. —La apuntó sus ojos. — ¿Cuándo serás feliz? Deberías salir más, conocer a gente... te puedo presentar a alguien.

— ¡Claro que no! —exclamó Astrid tratando de verle un lado gracioso. —No volveré a salir con tus recomendaciones. —recodó unas malas citas a causa de su amiga y claro que no podía ver a otro hombre pues seguía perdidamente enamorada del padre de su difunto hijo.

—Bueno, está bien... entonces ¿por qué no intentas esto? —Heather le extendió un papel, una invitación. —La filarmónica de Berk te quiere de vuelta.

Astrid volvió a bufar, no había dejado la música pero tampoco la tocaba, las clases eran una cosa y era una banda la que tocaba por ella, quien sólo daba la teoría y consejos.

—No.

—Por favor, Astrid. Piénsalo, es la filarmónica, y... me preocupas, pronto me casaré... quisiera verte feliz aunque no sea con esto.

—Heather...—negó con la cabeza. —Es que no quiero.

—Entiendo, pero ya pasaron 10 años... ¿cuántos más dejarás pasar?

Heather se retiró para dejarla reflexionar, en todo el tiempo que llevaban viviendo juntas siempre trataba de motivarla a integrarse de nuevo a una orquesta, así como de buscar a Hiccup, del cual desconocía que hacía o dónde estaba.

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Luk Tuk.

Después de 10 años, Hiccup se había hecho un exitoso corredor de bolsa, se había convertido en todo lo que odiaba: una máquina de hacer dinero; los recuerdos de ser un don nadie lo llevó a eso, jamás permitiría que por es escases alguien se volviera a reír de él, aunque con todo el dinero que ganaba no encontraba qué hacer, a veces lo donaba, otra veces lo gastaba y enviaba a su familia, aunque Tannlos siempre le hacía saber por medio de su madre que no lo necesitaba, estaban enojados desde tiempo atrás y casi no se hablaban, a pesar de que ya vivían en la misma ciudad.

La música la había abandonado, no por completo aunque lo quisiera, pues cada noche acostado en la cama de su lujoso departamento se imaginaba estarla tocando como cuando tenía a su banda, cuando tenía a Astrid, a quién nunca olvidaría al igual que a su hijo con el que soñaba que hacían duetos de guitarras

Las mujeres se le insinuaban, pero nunca hacía caso, no buscaba ese tipo de afectos, sólo había alguien que no se había rendido.

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—Hola, Hiccup. —Saludó su vecina de frente con una sonrisa. — ¿Podemos caminar juntos al trabajo?

—Ah...Hola Wendy. —trató de no sonar tan fastidiado. —Es que...—se miró ya vestido y con el café en mano, no tenía ninguna excusa para evadirla y sus trabajos quedaban cerca como para ignorarlo.

—Por favor. —Pidió amablemente la chica.

—Está bien... eh... ¿quieres pasar? —señaló el apartamento. —Sólo termino con el café, tomo mi maletín y nos vamos.

—Me parece perfecto. —la chica se mordió los labios y entró gustosa, admirando que tan limpio y ordenado estaba, calificando al castaño como su tipo de chico ideal: misterioso, atractivo y profesional.

—Listo, vámonos.

—Hiccup, antes quiero decirte algo.

"No, no lo hagas" —pensó este tragando saliva.

—Tú me gusta mucho, ¿podemos ser novios?

"Qué directa" —Mmmm Wendy... lo siento... yo... no.

—Por favor, no sé porque, pero me gustas y sé que no ves a nadie, es más nunca te he visto con alguien, eso te hace más especial, por favor, me gustas mucho y sé que puedo llegar conquistarte.

—Wendy...

—Por favor Hiccup, déjame hacerte feliz.

"¿Hacerme feliz?" Ya no recordaba siquiera como era eso, no desde Astrid, miró a la chica que tenía enfrente, de cabello castaño claro, ojos cafés, hermosa, una buena chica por la que cualquier hombre se pelearía.

—Lo siento, no debo ser tan directa. —se disculpó Wendy con timidez. —No tienes que responderme, soy una tonta.

—No... me... me...—tragó saliva pues estaba a punto de hacer algo que no sabía si estaba bien. —Me... acepto. —resopló. —Me gustaría salir... contigo.

Pronto la mirada de Wendy se iluminó y rápidamente saltó hacia él para abrazarlo. —No te arrepentirás Hiccup, yo te daré todo el amor que mereces. —prometió aferrándose a él. Luego con las atribuciones que ya tenía le dio un pequeño beso en los labios.

Una sensación que había olvidado Hiccup, pero que era tan diferente a los besos de Astrid, nadie jamás los superaría.

Continuará.

Y PUES HICCUP TIENE NOVIA XD, NO ME MATEN