Primerizos

Capítulo 24

- ¿Cómo? – inquirió el pequeño mirando atento a su mamá.

- Las abejitas viven en unas casas que se llaman panal, y su trabajo es hacer la miel – respondió Esme tranquilamente. Últimamente Edward preguntaba todo. Antes solo le preguntaba a Carlisle, pero ahora también a ella y a su madre. Hace poco había estado molestando porque quería saber como funcionaba el teléfono y por qué podía escuchar a su abuelito Aro y abu Renata si estaban tan lejos…tal ves podían llamar al cielo y hablar con el abuelito Edward. Su madre, Elizabeth había encontrado la solución diciendo que por el cable viajaba la voz, pero el cielo estaba muy lejos y por eso no habían tantos cables en el mundo como para llegar a él. Pero que de todas formas el abuelito miraba desde allí y los cuidaba a todos.

- Entonces ¿Nosotos les pagamos? – siguió preguntando el niño mientras se comía sus galletas con miel…de dónde había sacado su última pregunta "¿De dónde viene la miel?"

- No, porque las abejas son felices así y su recompensa son las flores que plantamos y de ahí sacan el polen para hacer miel.

A veces Esme se cansaba, no de mala manera, pero es que el ingenio de su hijo era mucho y al ser tan suspicaz…de una respuesta sacaba otra pregunta y no siempre sabía que responder, lo que a veces la agotaba mentalmente. Pero agradecía tener un hijo tan inteligente y curioso, tan vivo y feliz.

- ¿Cuándo viene papi? – A Esme le causó gracia ver como el pequeño fruncía el seño y la miraba tan serio, como si fuera mayor.

- Pronto, pero no estés impaciente – se acercó y beso su frente. Sus mejillas tenían migas de galleta y su pelo rubio (ahora más oscuro) destellaba en reflejos color cobrizo. El niño había estado alterado desde el sábado, cuando Carlisle le dijo que comprarían un piano para él, y ya que como la abuelita Elizabeth sabia tocar un poco le podía enseñar. Edward había estado saltando feliz por toda la casa, con su perro y su gato de escolta. Estaba emocionado porque podría tocar música como la gente grande que venia en esos discos que tenia su papá.

- Quiero aprender esa canción que canta papá – añadió solemne – o puedo inventad una.

Esme solo rió. La puerta del jardín se abrió y entro su madre con una canasta con frutas. Se había inscrito en un grupo de mujeres adultas que tejían chalecos para caridad, organizaban actividades para las personas más ancianas del pueblo. Lo estaba pasando bien y le servia para distraerse.

- ¡Abu! – grito Edward feliz. Le gustaba vivir con la abu porque siempre lo llevaba al jardín y le dejaba jugar con tierra y atrapar gusanos. Y a veces le contaba cuentos de su mami cuando era niña, y hacia chalecos calentitos. Además ahora le enseñaría a tocar piano.

- Mi nietecito hermoso ¿Estás listo para cuando llegue tu papá? – preguntó sonriente su abuela.

- ¡Si! – respondió saltando de su silla mientras Esme reía.

- ¿Falta mucho? – Edward estaba aburrido. Su papi no lo había dejado traer ni a Guau ni a Miau, solo podían subir al auto cuando tenían que ir a su doctor de animales que se llamaba algo así como "vedetanio", y se aburría porque la abuela estaba tejiendo una bufanda para Alice (porque su amiga quería una bufanda rosada que hiciera la abu Elizabeth, que ahora era como abuela de ella también) y su mami hablaba con su papá y a nadie parecía importarle que él se aburría.

- Falta poco, amor – le respondió su mami. Pero eso decía siempre. Él quería ser grande como Emmett para poder jugar con esas cajitas que él usaba. O debería haber traído a su robot nuevo que le había comprado su papá. Pero es que estaba emocionado por comprar el piano que se había subido al auto sin pensar y luego adentro le dijeron que no podían venir ni Miau ni Guau. Pobres, siempre se quedaban solos cuando ellos salían.

Cuando al fin llegaron a PortAngels fueron hasta el centro y él como siempre tuvo que esperar que se bajaran todos y alguien fuera a sacarlo de esa silla en que lo obligaban a sentarse.

La tienda olía a madera y era muy silenciosa. Había un chelo oscuro muy brillante al lado de la puerta y cuando miro por la tienda una infinidad de instrumentos lo saludaron. Un señor de aspecto saludable aunque bastante mayor se acercó a ellos. Carlisle miró a su hijo que miraba todo el lugar con la boca ligeramente abierta, como si se encontrara en un mundo distinto, sujetado a la mano de su madre.

- Buenas tardes, soy el propietario, Demetri Volkvoys – saludo el señor dándole la mano.

- Buenas tardes, Soy Carlisle Cullen, mi esposa Esme, mi suegra Elizabeth y mi hijo – el señor miro con una sonrisa a su esposa y suegra y las saludo con una inclinación de cabeza. En cambio a su hijo se acercó y le tendió la mano.

- Hola, pequeño – Edward tomo la mano del señor y la sacudió como si fuera un hombre grande.

- Hola, soy Edward y quero un piano – dijo decidido. El señor Demetri solo rió y murmuró "síganme". Se fueron adentrando en la tienda pasando por guitarras, violines, baterías, tubas…hasta que llegaron a un lugar muy amplio, con alrededor de unos veinte pianos. Edward se quedó quieto y los miró todos con los ojos muy abiertos y luego de sonreír paso corriendo y se acercaba a algunos.

- Él escogerá el que más le guste.

Edward paseaba entre los pianos. Algunos eran negros y brillantes, otros de color café y se veían elegantes. Había algunos blancos. Pero el miraba un muy grande. Negro como la noche y con unas teclas tan blancas que parecían resplandecer…llamándolo.

- ¡Quero ese! – corrió hacia el y trato de subirse al banquito, pero antes tropezó y se cayó. Sus ojos se llenaron de lágrimas y trato de pararse, pero antes de que lo lograra su papá lo tomo en brazos.

- ¿Estás bien? – dijo mirándolo preocupado. Edward quería decirle que no…pero tal vez si lo hacia su papi se molestaría y no le compraría el piano. Su mami se ponía triste cuando él lloraba así que se aguantó las ganas.

- Si papi – dijo con vocecita suave.

- ¿De verdad cariño? – pregunto su mami mientras le acariciaba el cabello. Él pequeño solo movió la cabeza.

- Entonces… ¿Quieres ese piano? – pregunto de nuevo Carlisle. Tal vez Edward solo se había quedado mas callado por la vergüenza de haberse caído en la tienda y tal vez porque se asustó.

- Si ¡Porfi! – los ojos verdes de su niñito lo miraron ilusionados. Si el tenia los medios para ponerle el mundo a sus pies ¿Por qué no hacerlo? Sería su único hijo, y daría todo por el porque lo amaba.

Hablaron un poco más sobre el piano con el Señor Demetri quien les dijo que lo enviarían durante la semana. Y también un banquillo más alto para que Edward alcanzara bien las teclas. El niño solo recostó la cabeza en el hombro de su papi y estuvo callado, algo extraño en él ahora que preguntaba todo. Media hora después recorrían el camino de vuelta a casa. Edward iba en total silencio mirando por la ventana y se estaban comenzando a preocupar.

- Cariño ¿Me dirás que pasa? – preguntó cariñosamente su abuela que iba sentada al lado de él. Esme miraba por el espejo retrovisor con angustia y Carlisle conducía más rápido de lo normal para llegar pronto.

- Nada – los ojitos de Edward comenzaron a llenarse de lagrimas y sus labios a temblar.

- ¿Quieres otro piano? – pregunto Esme buscando cualquier cosa que le hubiera molestado al pequeño. Quizás ahora se había arrepentido.

Su pequeño negó con la cabeza. Carlisle no aguanto más y estacionó el auto.

Se bajo rápidamente y casi corriendo llego a la puerta de Edward y la abrió mientras Esme hacia lo propio.

- ¿Qué pasa bebe? – le preguntó – ¿Te duele algo?

Edward lo miró. Tenía miedo pero ahora le dolía mucho así que mejor le decía a papi que siempre hacia que las yayas no le dolieran. Asintió porque ahora sus lagrimas si corrían por sus mejillas y le costaba hablar.

- ¿Dónde? – Carlisle supuso que cuando se cayó se debe haber golpeado y se debe haber aguantado todo este rato. Seguramente para no preocupar a nadie.

- El pie – respondió el niño. Con miedo y nervios, logrando que su voz saliera apenas como un susurro.

Carlisle miró los dos pies del pequeño, pero para poder examinarlos tenia que sacarlo de la silla. No lo vio cojear, porque desde que se cayó el lo llevo en brazos.

Luego de sacarlo de la silla lo acomodó en el asiento y con ayuda de Esme retiraron las zapatillas y calcetines del pequeño. Y claro, tenia el tobillo izquierdo evidentemente más hinchado que el derecho. Además de que la piel estaba enrojecida.

- Tendremos que ir al Hospital – aclaro rotundamente Carlisle.

(*) Vedetanio: supongamos que Edward trataba de acordarse de la palabra, pero "Veterinario" es un poco complicado para un niño tan chico.

(*) Las cajitas que usa Emmett son GameBoy o Tetris (en el blog subiré una foto) eran lo mejor cuando yo era niña. Por lo menos para evitar el aburrimiento en los viajes largos.

(*) Por ley los niños pequeños deben ir en una silla de auto. Por lo menos en mi país tengo entendido que es hasta los 8 años, pero nadie hace caso. A Edward le queda poco para cumplir los cinco, de ahí no la usará más XD

(*) Yaya: en mi país le suelen decir a las heridas. También se les dice nanas. Típico que cuando uno es niño no dice "me hice una herida"

(*) Sigo con todos los problemas de internet, así que ahora es probable que no diga que actualizaré pronto por que lo dudo, por lo menos hasta solucionar ese asunto.

(*) Gracias a las personas que me leen (en especial a las que han leído o leen todos mis fics) Recuerden: Síganme en Tumbl =) vomitocaleidoscopico(punto)tumblt(punto)com las fotos y esas cosas en el blog ladybluevampire(punto)blogspot(punto)com