Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.

Capítulo Segundo

--El ceño que exhibes podría asustar al mismo Satanás.
Eriol apartó la vista del paisaje que pasaba junto a la ventanilla del carruaje y miró a su tía.
--¿Perdón? —Comprendió que lo habían descubierto soñando despierto.
Lady Nakuru De Faye le sonrió. Su tía, que contaba con poco más cuarenta años, había roto muchos corazones en su época y aún resultaba una tentaciónencantadora para la mayoría de los caballeros maduros que cruzaban en su camino. Cabello castaño cobrizo, ojos color caoba y espesas pestañas Nakuru todavía retenía la esencia de la juventud.
Eriol se preguntó fugazmente si su propia madre retendría aún dicha esencia. Llevaba sin verla quince años, pero por las venas
Nakuru y ella corría la sangre de los Hiragizawa mentalmente solo podía imaginarla como la última vez que la vio; el paso de los años era incapaz de poner arrugas en su cara o de ensanchar su cintura.
Siempre sería la mujer hermosa y joven que lo había enviado lejos.
--¿Has sabido algo de tu madre últimamente? —preguntó el Duque como si hubieraleído los pensamientos de Eriol.
--Si, tanto ella como mi hermano se encuentran bien.
--No entiendo por qué tu madre eligió quedarse en Estambul cuando podría haber regresado a Inglaterra —comentó Nakuru—. Después de todo, tu padre está muerto.
Eriol suspiró. Le había explicado la situación de su familia al los cienocasiones, pero su tía se negaba a entender.
--La corte de mi hermano en Estambul, mi madre es la sultana, Valide la mujer más poderosa del Imperio —le dijo con voz paciente, como si Fuera la primera vez que le relataba la historia.

—Pero te envió a ti, un príncipe en su propia tierra, a vivir...
—Mi madre me mandó a Inglaterra en secreto —interrumpió, sabiendo muy bien cuáles iban a ser las siguientes palabras de su tía—. Mis compatriotas creen que he muerto, de lo contrario mi hermano se habría visto obligado a encerrarme, tal como demanda la costumbre en mi tierra. En tiempos antiguos, se le habría exigido que me ejecutara al fallecer mi padre. Solo puede haber un sultán. Eliminar a todos los rivales políticos potenciales ha evitado durante siglos que el reino se sumiera en una guerra civil.
Lady DeFaye tembló con delicadeza y sonrió.
—Ahora lo comprendo.
Hasta la próxima, pensó Eriol.
—Lo que no entenderé es por qué tu madre decidió quedarse con tu padre después de que este le hubiera asegurado la promesa de su liberación —exteriorizó Nakuru.
—Quizá amaba a su marido —intervino el Duque—. En contra de tu propia experiencia, algunas mujeres aman a sus esposos.
—Oh vamos, Charles —reprochó poco divertida—. Valoré a Frederick hasta el mismo día de su muerte —exhibió una sonrisa felina al añadir—. Por fortuna, su fallecimiento se produjo más pronto que tarde. Lo que no consigo comprender es cómo una mujer puede amar a su secuestrador.
—Mi padre no secuestró a mi madre —la corrigió Eriol.
—Sus secuaces la secuestraron del barco que la llevaba a Francia — le recordó Nakuru.
—Al parecer el amor se puede encontrar en los sitios más insospechados —se encogió de hombros—. Ser secuestrada y entregada al sultán como regalo era su destino, al igual que enamorarse de él. — Entonces giró la cabeza para mirar por la ventanilla. Se preguntó dónde iba a encontrar él su propio amor. ¿Lo estaría esperando en la Mansión Starlight?
—Vuelves a fruncir el ceño —indicó su tía—. ¿Cómo vas a conseguir una esposa si vas por la vida con el ceño fruncido?
—A la mayoría de las mujeres le atraen más las finanzas de un hombre que su sonrisa —replicó Eriol—. Además, pensaba, no fruncía el ceño.
— ¿En qué?
—Asuntos de negocios.
—¿Te he contado lo deliciosas que son las hijas de Harold Daidouji, en especial Tomoyo?—le preguntó el Duque a su hermana.

—Varias veces.
Al mirar por la ventanilla Eriol recordó a Tomoyo Daidouji. Era una criatura rara y maravillosa. Invocó su expresión dulce, sus rasgos delicados que resaltaban sus extraordinarios ojos amatistas y el pelo del color del ébano.
El temperamento de la dama era tan encendido como su llameante y apasionada mirada. Recordó el modo en que había desafiado al vicario y replicado al Barón. Admiró su lealtad hacia su padre y tuvo ganas de aplaudir su espíritu intrépido. Siempre y cuando no lo dirigiera contra él, se llevarían con armonía.
Qué afortunado había sido el difundo conde de Starlight al tener una hija que le demostraba su amor y lealtad incluso al borde de la tumba. Solo deseó tener algún día una esposa e hijos que lo honraran y amaran tanto como para desafiar al mundo por él.
Con sarcasmo pensó que si los deseos fueran caballos, los mendigos cabalgarían. Tomoyo Daidouji era una aberración en un mundo plagado de mujeres de poco fiar.
—Bueno Eriol, ¿qué piensas? —Preguntó su tío interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Debo destruir estos documentos?
—Tomoyo Daidouji me gusta —respondió con sencillez, sin apartar la vista del paisaje—. Solo espero que yo le guste. A diferencia de mi padre, jamás obligaré a una mujer a meterse en mi lecho.
—Acepta el consejo de un viejo —dijo su tío—. Ve despacio y con cuidado.
—Claro que le gustarás. Eres rico, ¿no? —Nakuru rió con gusto y agregó—. En ese linaje corre un temperamento encendido.
—Tomoyo es adoptada —explicó Eriol, mirándola.
—Sí, lo sé —replicó ella con sonrisa felina.
—¿Lo sabe? —Eriol se volvió hacia su tío.
—Nakuru lo sabe desde hace años —el Duque se encogió de hombros.
— ¿Lo sabes desde hace años y no has hecho circular ese delicioso rumor? —Escudriñó Eriol con una sonrisa—. Vaya, tía, estoy orgulloso de ti.
—No ha sido fácil —se quejó Nakuru—. El conocimiento y mi auto impuesto silencio me han atormentado.
—Puedo imaginarme todo ese horror. —Eriol fingió un escalofrío de temor. Nakuru estalló en una carcajada.
—Oh Eriol, qué bromista eres. Me pregunto qué hará la condesa de Foxtar cuando sus planes de matrimonio se esfumen

¿Qué planes de matrimonio?
—No te hagas el inocente, querido —reprendió su tía—. Sé que Kaho Mitzuki es tu amante y espera llegar a ser la marquesa de Leed.
—Querida tía, si llegas a quedarte sin dinero, The Times podría emplearte como reportera.
Nakuru le sonrió y miró por la ventanilla.
— ¿Es ahí donde enterraron al pobre Harold? —inquirió.
—Me temo que sí —respondió el Duque.
Eriol miró el cruce de caminos cuando lo atravesó el carruaje. Sagi y Abdul se habían marchado al amanecer para dormir unas horas. A la puesta de sol regresarían para guardar la tumba del difunto Conde hasta que su cuerpo descompuesto no pudiera ser de utilidad para ningún Resurreccionista de la zona.
Un poco más adelante el coche se desvió del camino principal y comenzó el trayecto hacia la mansión. El humo procedente de la casa aromatizaba el aire y Eriol sonrió. No pudo evitar preguntarse qué estaría cocinando Tomoyo.
Y entonces tuvo su primer vistazo de la Mansión Starlight a la luz del día. Era una mezcla incongruente pero agradable de estilos arquitectónicos. Era evidente que la casa principal había sido construida en tiempos isabelinos, pero la adición de ladrillos rojos era decididamente jacobina.
Su llegada no había pasado desapercibida. Vestidas de riguroso luto, las hermanas Daidouji y su tía se hallaban junto al mayordomo para recibirlos.
Cuando su mirada se posó en Tomoyo, de repente Eriol deseó verla ataviada con los vestidos más elegantes que el dinero pudiera comprar. Su exuberante cabello oscuro con destellos lilaceos resaltaría de manera celestial con un color azul o dorado de gasa, seda o satén.
—Bienvenidos a la Mansión Starlight —saludó Tomoyo, adelantándose para recibirlos.
Con una sonrisa que iluminó su expresión, Eriol alargó un dedo y limpió una mota de harina de la punta de su nariz respingona.
—Perdonad mi atrevimiento —se disculpó—. Habéis estado cocinando.
—Pastas de limón. —Le devolvió la sonrisa con un leve rubor en sus mejillas.
Eriol contempló los increibles ojos cual amatistas más cautivadores que jamás había visto. Si un hombre no tenía cuidado, podía ahogarse en sus profundidades insondables.

Entonces las exclamaciones de las dos mujeres mayores quebraron el hechizo que Tomoyo Daidouji había arrojado sobre él.
—Nakuru—decía la tía Mei.
—Mei, querida —repuso la otra, abrazándola.
— ¿Cuántos años han pasado? —Preguntó Mei—. ¿Diez o veinte?
—No tantos, querida —afirmó Nakuru—. No olvides lo jóvenes que somos.
—Me parece que fue ayer cuando todos aquellos hombres elegantes nos paseaban por Londres.
—Es una pena que no podamos hacer retroceder las manecillas del tiempo —musitó Nakuru con melancolía—. Aunque a mi edad no sé si guardo energía para tanto ajetreo social.
—No has envejecido ni un día —aseguró Mei.
—Que Dios te bendiga, querida.
Tomoyo miró a Sakura, que alzó los ojos al cielo. El tío Charles y Eriol sonreían con cortesía.
—Nakuru, estas son mis sobrinas, Tomoyo y Sakura —presentó la tía Mei.
Las hermanas Daidouji hicieron una reverencia.
--¿Por qué no os adelantáis y os ponéis al día? —sugirió el tío Charles a las dos mujeres.
—Te escoltaré a tus aposentos —dijo mei, tomándola del brazo y guiándola hacia las escaleras—. Es tan agradable tener compañía. Desde que la esposa de Harold murió hace diez años he estado demasiado ocupada ayudando a las niñas como para poder mantener el contacto con mis antiguas amigas. Quiero oír una década entera de chismes.
Nakuru hizo una pausa, le dedicó una mirada a Eriol y dijo.
—Sakura, cariño, ven con nosotras para oír cómo eran los viejos tiempos.
—Tu expresión de consternación me indica lo que estás pensando —le comentó el tío Charles con afabilidad a Tomoyo después de que las tres mujeres hubieran desaparecido escaleras arriba—. Mi hermana no pretendía ofenderte al no incluirte. Sabía que teníamos cosas de que hablar, y tú eres la cabeza oficial de la familia Daidouji.
¿Quieres que mantengamos la charla en el estudio de mi padre? —preguntó ella.
—Eriol se ocupará de eso por mí —repuso Charles—. Yo quisiera descansar un rato. Tengo el corazón débil y toda esta excitación me ha agotado —Tomoyo asintió.

—Forbes, por favor, escolta a Su Excelencia a sus aposentos.
—Por aquí, Excelencia. —El mayordomo dio un paso al frente.
Observándola, Eriol supo que se sentía incómoda. Tenía la mirada abatida y un profundo rubor coloreaba sus mejillas. ¿Hacía cuánto tiempo que no observaba un sonrojo sincero en la cara de una mujer?
--¿Vamos al estudio de vuestro padre? —consultó.
Ella levantó la vista y asintió. Eriol caminó a su lado por el largo corredor hasta el estudio. Se detuvo cuando la oyó decir:
—Aquí es donde lo encontramos, colgando de una de las vigas del techo.
— ¿Vos lo encontrasteis? —contempló su rostro pálido.
—Lord Briggs y Forbes entraron en el estudio por la ventana. Aidan me advirtió de que no entrara hasta que pudieran bajarlo, pero...
--¿Preferirías ir a otra cámara? —Al mirarla supo lo que iba a contestar antes de que hablara.
Tomoyo irguió los hombros, alzó la barbilla y meneó la cabeza.
—Algún día debo volver a entrar en el estudio. Bien puede ser ahora.
— ¿Estáis segura?
Le dedicó una sonrisa temblorosa y asintió. Luego lo condujo a través de la puerta de caoba hacia la estancia. Situada en la sección tudor de la mansión, con vigas poderosas en el techo, el estudio desprendía una sensación de comodidad y bien podría haberse empleado como sala para fumar. Unas librerías llenas de volúmenes se alineaban a lo largo de tres cuartas partes de las paredes. Los retratos de anteriores condes y condesas adornaban los paneles por encima de las librerías. Unas sillas y un sofá se habían acercado u una chimenea negra de mármol, pero el retrato que había sobre la repisa captó la atención de Eriol. Era de Tomoyo y Sakura. Frente a la chimenea estaba el escritorio de caoba del Conde. En él se veía un globo terráqueo, una pluma y un sello para marcar el lacre. En la pared a la izquierda de la mesa había dos ventanales.
—Vuestra hermana y vos tenéis un gran atractivo con esos vestidos azules —comentó él con la vista clavada en el retrato sobre la chimenea
—Papá lo encargó el año pasado —informó Tomoyo. Dijo que quería tener nuestra imagen aquí para poder contemplarnos tilia vez nos hubiéramos ido.
¿Dijo adónde?
—Casado —Tomoyo se ruborizó.
—No parece un hombre que pensara en el suicidio —apuntó.

—Mi padre jamás se habría quitado su propia vida —afirmó ella con vehemencia, para añadir luego con voz más apagada—. ¿Queréis sentaros frente a la chimenea?
Eriol la contempló sentarse en el sofá y arreglar la falda de su vestido negro. A pesar de su sedoso cabello azabache y de sus ojos amatistas, el color oscuro de su vestuario hacía que su piel se viera más pálida. Percibió el cansancio de tener que ser fuerte por el bien de su hermana y tía, y su corazón voló hacia ella.
Sabía que la etiqueta demandaba que se sentara en la silla de cara al sofá. Y que ella esperaba que lo hiciera así. Y también sabía que iba a sobresaltarla, mas no pudo evitarlo. Lo atraía como ninguna otra mujer.
Se sentó junto a ella en el sofá, tan cerca que el costado de sus pantalones rozó su vestido. Sonrió cuando Tomoyo se volvió hacia él con expresión horrorizada en el rostro.
En un instante ella se puso de pie y anunció con tono ofendido.
—Aunque las costumbres puede que hayan cambiado en Londres, en el campo aún respetamos las reglas del decoro. Sentarse tan cerca es impropio, en especial si consideramos el hecho de que prácticamente somos desconocidos -con esas palabras, ocupó la silla frente al sofá.
—Me disculpo por mi atrevimiento —dijo Eriol con sonrisa de poco arrepentimiento. Por su expresión supo que ella sabía que las disculpas no eran sinceras—. Como quizá sepáis, soy dueño de mis propios negocios —habló con rapidez antes de que Tomoyo pudiera volver a reprenderlo—. Mi interés principal radica en la marina mercante. Jamás logro eludir por completo mis responsabilidades. Demasiados hombres dependen de mí para su subsistencia. ¿Os importaría que utilizara esta habitación mientras me aloje aquí?
—Sois bienvenido para emplearla —dio la impresión de que se relajaba.
—Como insinuó mi tío, no tenemos secretos el uno para el otro — continuó Eriol al tiempo que sacaba un papel del bolsillo de su chaqueta. Se lo entregó, diciendo—. Este es el mensaje que vuestro padre le envió.
Tomoyo lo estudió y luego alzó la vista.
—Sí, su tono es urgente, aunque no tengo idea a qué alude. La fecha en que lo escribió...
— ¿Qué pasa con la fecha? —instó él.
—Creo que es la misma en que mi padre rechazó el ofrecimiento de Aidan de casarse conmigo, aunque tengo la certeza de que esta nota no tiene nada que ver con ello.
— ¿Cómo reaccionó el Barón a la mala nueva? —indagó.
—Aidan creía que mi padre cambiaría de idea —se encogió de hombros.
— ¿Y no se irritó?
—No podéis creer realmente que Aidan... —lo miró sorprendida.
—Si voy a ayudar a limpiar el nombre de vuestro padre, debo saber algo sobre el día en que murió —explicó, y le sonrió—. ¿Estáis preparadas para mantener esta conversación o queréis que la demoremos?
— ¿Qué necesitáis saber? —asintió.
—Vuestro padre murió por...
—Ahorcamiento —reconoció Tomoyo—. Colgaba de esa viga.
— ¿Había una silla cerca? —interrogó, con ganas de aplaudir su coraje.
—La estancia está llena de sillas —indicó con la mano.
—Quiero decir cerca de su cuerpo.
—La del escritorio yacía a su lado —respondió ella.
¿Había alguna otra cosa insólita en el modo en que lo encontrasteis? —preguntó él.
—Se había encerrado aquí —reconoció-—. Como dije antes, Aidan y Forbes tuvieron que romper la ventana. Aún estamos esperando que vengan a arreglarla. —Señaló la parte que habían tapado con una madera.
—Pero, ¿no había ninguna nota? —Tomoyo negó con la cabeza—. El tío Charles y yo haremos lo que podamos —le aseguró—. Sin embargo, la silla y la puerta cerrada por dentro dan a entender que fue un suicidio.
—Mi padre no se suicidó —insistió con ojos centelleantes.
—El tío Charles le envió un mensaje al príncipe Adolfo solicitando su ayuda —manifestó Eriol soslayando su exabrupto—. Sabremos en qué situación se encuentran las propiedades de los Daidouji en unos días.
—Os estoy muy agradecida —repuso con más calma. Luego, con voz teñida de dudas, preguntó—. Vos no creeríais que mi padre se suicidó, ¿verdad?
—Todo lo que decís apunta a una cosa —Decidió ser sincero- la muerte de vuestro padre no fue accidental.
—, ¿Qué queréis decir con eso?
—Solo el tiempo nos dará las respuestas que buscamos, princesa.
—No soy ninguna princesa. —Sonrió con labios trémulos.
—Sois lo bastante hermosa como para serlo —murmuró Eriol.
Tomoyo perdió la sonrisa.
—No aprecio vuestro atrevimiento —dijo, levantándose de la silla—. Vuestra anterior disculpa no os da derecho a repetirlo.
Eriol inclinó la cabeza.
Sin decir otra palabra, ella se volvió y atravesó la cámara en dirección a la puerta. Empleó toda su fortaleza interior para evitar cerrarla de golpe.
A pesar de que sin duda era uno de los hombres más atractivos que jamás había visto, el Marqués era imposible, decidió mientras avanzaba por el pasillo hacia el vestíbulo. No se comportaba como debería hacerlo un Marqués. Que se sentara junto a ella en el sofá había sido una asombrosa falta de etiqueta, en particular porque se hallaban a solas en el estudio. Ningún caballero decente colocaría a una dama en una situación tan precaria.
Aminoró el paso y sonrió a regañadientes al disminuir su enfado. Salvo Aidan, ningún hombre le había hecho unos cumplidos tan osados. Sí, el Marqués no tenía derecho a hablarle de forma tan íntima, pero su padre no habría recibido el tañido de campana fúnebre de no ser por él. Debería estarle agradecida Eriol Hiragizawa la había defendido contra la ira del vicario. Aidan Briggs no.
Como si sus pensamientos hubieran invocado al Barón, Tomoyo lo vio entrar en la mansión justo al llegar al vestíbulo. De pronto Aidan Briggs, con su pelo rubio y sus ojos almendrados, ya no le pareció atractivo. ¿Se debía a su fracaso al no defenderla contra el vicario la noche anterior? ¿O lo estaba comparando con el marqués de Leed y su oscuro atractivo?
En vez de saludarlo, primero se dirigió al mayordomo.
—Forbes, prepárame una taza de té especial de espino y tráemelo aquí, por favor. No olvides incluir algunas de mis galletitas de limón en la bandeja.
—Sí, milady. —El mayordomo desapareció por el corredor.
—Buenas tardes, Aidan —Tomoyo se volvió hacia el Barón.
—Cariño, quiero disculparme por fallarte anoche —murmuró, llevándose su mano a los labios—. Ahora me doy cuenta de que tendría que haberme puesto de tu lado contra el vicario.
— ¿Por qué no lo hiciste?
—Bueno... —pareció sufrir una momentánea falta de palabras—, supongo que debido a que desde pequeño me enseñaron a respetar y obedecer al clero.
—Te perdono. —Logró esbozar una débil sonrisa.
— ¿Han llegado tus invitados? —preguntó.
—Sí, están instalándose. —Entonces, por algún motivo desconocido, le mintió—. Voy a pasar el resto de la tarde en mis aposentos.
—¿Se ha leído ya el testamento de tu padre? —inquirió Aidan.

—Su Excelencia no se sentía muy bien, de modo que lo haremos mañana —respondió ella.
—Aunque la Corona subaste tus tierras —le sonrió con expresión tranquilizadora—, yo las compraré para ti.
—Solo si puedes cubrir su precio —dijo Tomoyo, incapaz de mantener la preocupación alejada de su voz.
—Deberías confiar en mí, cariño —dijo Aidan, llevándose las manos de ella a los labios—Nadie pujará tanto como yo por tus tierras.
¿Cómo lo sabes?
—La tierra no es tan valiosa para nadie más como lo es para mí, ya que soy propietario de los terrenos colindantes. —Sonrió él Tomoyo asintió.
—Con los contactos que tiene el tío Charles, puede que las tierras de los Daidouji no se subasten, aunque agradezco tu preocupación. ¿Por qué no regresas a cenar pasado mañana?
— ¿Pasado mañana? —Repitió Aidan, sorprendido por la tibia invitación—. ¿Sigues enfadada conmigo?
—Lo más probable es que Su Excelencia pase el resto del día descansando —explicó ella sintiéndose un poco culpable—. Mañana leerá el testamento y el codicilo de mi padre. Por lo tanto...
—Por lo tanto yo debería estar presente —interrumpió él.
—Eso es solo para la familia —indicó Tomoyo.
—Prácticamente yo soy de la familia —arguyó Aidan.
De pronto Tomoyo se sintió irritada con su amigo de toda la vida. Hacía que ese momento difícil fuera aún más difícil.
—Prácticamente no significa familia —aseveró—--. Además, mi padre rechazó tu declaración.
— ¿Por qué me echas de tu vida? —preguntó con voz llena de dolor y decepción.
—Por favor, deja que me duela por mi padre a mi manera y en mi propio tiempo —pidió con voz trémula.
El Barón guardó silencio, pero luego inclinó la cabeza.
—Volveré a la Mansión Starlight pasado mañana —repitió, tocándole el brazo—. Si te necesito antes, te haré llamar.
Claramente infeliz, Aidan Briggs se marchó de la mansión. Al observarlo, Tomoyo se sintió de repente aliviada al pensar que no lo vería en unos días.
— ¿Milady?
Al oír la voz del mayordomo se volvió.
—Yo me ocuparé de eso —dijo, quitándole la bandeja de las manos y atravesando el vestíbulo en dirección a las escaleras. Sabía que la curiosidad de Aidan por el testamento de su padre nacía de la preocupación que le inspiraba su bienestar, pero le irritaba que fuera tan posesivo.
Al llegar a la segunda planta recorrió el pasillo y se detuvo ante la habitación del Duque. Apoyó la cabeza en la puerta e intentó averiguar si dormía o no, luego llamó. No podía aguardar un momento más para formularle sus preguntas.
— ¿Sí? —oyó la voz del Duque.
—Soy Tomoyo.
—Pasa, pequeña.
Equilibró la bandeja en una mano, abrió y entró. Sonrió al verlo sentado delante de la chimenea. Después de depositar la bandeja a su lado, se sentó en el sillón de enfrente.
— ¿Cómo te sientes? —se preocupó.
—Mucho mejor. Por la mañana me encontraré bien.
—Te he traído mi té especial de espino, que fortalece el corazón — le informó—. Deberías tomar una taza al día.
— ¿fortalecerá mi corazón? —preguntó él con escepticismo.
—También ayuda a sanar los corazones rotos —asintió ella.
— ¿Impedirá que se rompa un corazón? —escrutó el Duque.
—Te burlas de mí —recriminó con una sonrisa.
— ¿Amas a lord Briggs?
—Eriol me formuló la misma pregunta, y le contesté con brusquedad. —La sonrisa desapareció de su rostro.
—Oh, cielos, no irás a hacerme lo mismo a mí, ¿verdad? —El Duque fingió miedo—. Me desmayaría.
—Entonces intentaré controlarme —Tomoyo no fue capaz de contener una sonrisa—. Me pregunto por qué Eriol y tú estáis tan interesados en mi relación con Aidan.
—No puedo hablar por mi sobrino —afirmó el Duque—. Pero yo sólo siento curiosidad y me disculpo por invadir tu vida personal.
—Tío Charles, no has hecho nada que requiera una disculpa —aseguró Tomoyo posando su mirada esmeralda en la chimenea. Anhelaba interrogarlo sobre sus orígenes, pero temía la respuesta que pudiera recibir. Hizo acopio de coraje, miró al duque de Cloe a la cara y dijo—. ¿Posees algún conocimiento sobre quiénes eran mis padres naturales?
— ¿Qué te contó tu padre acerca de tus orígenes?
—Después de que muriera nuestra madre adoptiva le dijo a Sakura que éramos hermanastras —respondió ella—. El mismo noble fue nuestro padre. También me informó de que un amigo mutuo de ese noble y de él nos entregó a la Mansión Starlight. ¿Conoces la identidad de alguno de esos hombres?
—Por tu bien, pequeña, me gustaría conocerla —negó con la cabeza y clavó la vista en la chimenea.
—Después de hablar contigo anoche estaba segura de que sabías algo. —No fue capaz de ocultar la desilusión que mostró su rostro.
—Lo siento pequeña. El príncipe Adolfo también era un buen amigo de tu padre. Cuando regrese a Londres le preguntaré si sabe algo.
—Gracias, tío Charles. —Logró dedicarle una sonrisa—. Papá jamás mencionó que el príncipe Adolfo y tú fuerais sus amigos.
—Supongo que tendría sus motivos —el Duque se encogió de hombros—, ninguno de los cuales es importante. Nos escribíamos, desde luego, y nos veíamos durante sus infrecuentes visitas a Londres —de pronto cambió de tema y preguntó—. ¿Qué te parece mi sobrino?
—No sé a qué te refieres —respondió tras una larga pausa—. Se comporta de forma extraña para ser un Marqués.
¿En qué sentido, pequeña?
—Intentó sentarse a mi lado en el sofá —revelóTomoyo.
—Pequeña —el Duque sonrió—, si yo tuviera la edad de Eriol, también desearía sentarme a tu lado en el sofá. —Tomoyo se ruborizó y bajó la vista a sus manos, juntas en el regazo—. ¿Lo encuentras atractivo?
Sobresaltada por la pregunta, lo miró.
—Sí, Eriol es un hombre atractivo.
—Salvo por esa pequeña cicatriz, claro está.
—La cicatriz le da más carácter a la cara y aparte es casi imperceptible—reveló-. ¿Cómo se la hizo?
—Dejaré que él te cuente esa historia. Aunque debo reconocer que mi sobrino es peculiar entre los hombres ricos. Recibió su herencia y la triplicó con sus negocios mercantes.
—Debe ser muy inteligente —comentó ella.
— ¿Te gustan los hombres inteligentes? —El Duque ladeó la cabeza y la observó.
—Supongo que son mejores compañeros que los hombres estúpidos —contestó, haciéndolo sonreír.
—Veo que mis preguntas no son bienvenidas y que te ponen incómoda.
—Oh, no...
—Y que eres lo bastante amable como para mentir al respecto.
—Tienes mi permiso para hacerme todas las preguntas que desees —sonrió.
—Gracias, pequeña. Ya puedes irte, nos veremos luego.
—Que descanses, tío Charles —dijo al levantarse.
Con la intención de disfrutar de unos momentos para sí misma, se encaminó por el pasillo hacia su propia habitación. No había dormido bien la noche anterior. De hecho, había pasado casi toda la noche en la cocina. Eso siempre la hacía sentirse mejor. Se preguntó si los grandes artistas experimentaban la misma sensación de logro al acabar sus obras maestras que ella al sacar un plato del horno.
— ¿Lady Tomoyo?
Se volvió al oír la voz del mayordomo.
— ¿Sí, Forbes?
—El carromato os aguarda a la entrada. ¿Queréis que os acompañen un par de criados?
Tomoyo meneó la cabeza. En vez de entrar en su habitación, caminó con él en dirección a la escalera.
—Esta tarea la tiene que acometer un corazón cariñoso.
—Yo también lo quería —indicó Forbes.
—Lo sé, pero prefiero hacerlo yo misma.
—Qué me decís de lady Sakura?
—Si Sakura se viene abajo —explicó Tomoyo—, entonces yo también lo haré.
Al llegar al vestíbulo, Forbes le pasó la capa negra de lana por los hombros. Tomoyo le ofreció una sonrisa agradecida y salió al exterior. Primero comprobó el contenido del carromato y luego permitió que un mozo de cuadra la ayudara a subir.
—LadyTomoyo, me gustaría acompañaros —señaló este pasándole las riendas.
—No, pero gracias por ofrecerte —replicó-. Mi padre habría apreciado tu lealtad.
Se subió la capucha de la capa para cubrirse la cabeza y luego puso rumbo al camino privado que conducía al principal. Condujo durante media milla hasta llegar al cruce, entonces tiró de las riendas para frenar al pony. Bajó, miró en el carromato los artículos que había ordenado que colocaran allí: una pala, una cruz blanca de madera para usar como lápida y una corona de ramas de acebo y pino.
Sacó la pala y fue a la tumba de su padre. Los criados de Eriol no se veían por ninguna parte. Supuso que no había necesidad de que la protegieran durante el día, cuando no había peligro de que los Resurreccionistas la perturbaran. Permaneció de pie largo rato contemplando la tumba.
Dentro de un año reposarás en terreno consagrado, le prometió. Luego asió la pala con fuerza y apoyó la bota aprestándose a excavar un somero agujero para asegurar la cruz.
—Yo lo haré —ofreció una voz a su espalda. Tomoyo giró en redondo. El marqués de Leed se cernía sobre ella. Contuvo el aliento al ver su figura oscura e imponente.
Vestido por completo de negro, a excepción de la blanca camisa, parecía más atractivo que el pecado original. E infinitamente más peligroso.
Su cabello de medianoche conspiraba con sus penetrantes ojos azules para tentar a cualquier mujer que se cruzara en su camino. La fina cicatriz en la comisura de la boca le daba un aire de peligro. El Marqués era más atractivo que Lucifer antes de la caída.
Que Dios me proteja, pensó ella. El diablo es un caballero.
—No hacía falta que os molestarais —arguyó con un profundo rubor—. Puedo arreglármelas.
—Insisto. —Alargó la mano hacia la pala.
Tomoyo inclinó la cabeza y se la pasó.
¿Cómo sabíais que estaría aquí? —preguntó cuando empezó a cavar.
—Cabalgaba por el parque y os vi. Salir —contestó——. Supe adónde os dirigíais.
— ¿Cómo podíais saberlo?
—Princesa —dejó de cavar y le sonrió—, soy un excelente juez del carácter. Sabía que no descansaríais hasta que la tumba de vuestro padre tuviera una lápida. Y lo digo como un cumplido.
—Gracias.
Eriol devolvió la pala al carromato y alzó la cruz de madera.
— ¿Por qué vuestra hermana no os acompañó?
—No se lo conté —reconoció ella—. Temí que se viniera abajo.
— ¿Y entonces vos también lo habríais hecho y no habríais podido completar la tarea?—Clavó la mirada azul en ella.
—Supongo que sí —musitó, apartando los ojos.
El depositó la cruz en el agujero y empujó con todas sus fuerzas.
—Por favor, sostenedla mientras el fijo —pidió.
Tomoyo se adelantó. Con ambas manos la inmovilizó mientras Eriol rellenaba el agujero y apisonaba la tierra. Luego ella fue al carromato y regresó con la corona.
Después de colocarla sobre la lápida, miró durante un momento la tumba de su padre y se arrodilló a rezar. Al terminar, la mano del Marqués estuvo allí para ayudarla.
—Gracias, milord —dijo con voz apenas más alta que un susurro.
—De nada.
— ¿Cómo podré pagaros alguna vez vuestra amabilidad?
—La amabilidad es su propia recompensa —respondió él.
—Un sentimiento honorable, difícil de esperar de un aristócrata refinado.
¿Por qué, princesa, dudáis de mi buena voluntad? —sonrió—. Incluso los terriblemente ahítos exhiben momentos honorables. Ningún hombre es por completo bueno o malo.
La ayudó a subir al carromato y, después de atar las riendas de su caballo a la parte de atrás, se situó a su lado. Tomando el control del pony hizo girar el vehículo y emprendieron la marcha de regreso a la Mansión Starlight.
—No hicisteis que tallaran nada en la cruz —comentó él.
—No vi. Necesidad —contestó Tomoyo, mirándolo de reojo—. Esa no será la residencia definitiva de mi padre.
Diez minutos más tarde, Eriol detuvo el carromato en el sendero circular de la mansión. Saltó primero y luego bajó aTomoyo. Juntos caminaron hacia el vestíbulo.
—Gracias otra vez —repitió Tomoyo.
—De nada otra vez.
Con la intención de reposar antes de la cena, atravesó el vestíbulo en dirección a la escalera. Cuando comenzó a subir los peldaños, se detuvo y giró en redondo. El Marqués seguía allí de pie, observándola.
—Os perdono vuestro atrevimiento al inmiscuiros en mis asuntos privados —soltó ella sin preámbulo.
—Aprecio vuestro corazón generoso. —Esa sonrisa devastadora iluminó su rostro—. Gracias por no cerrar con fuerza la puerta del estudio.
— ¿Esperabas que lo hiciera? —preguntó Tomoyo.
—Os veré en la cena —indicó Eriol, sin prestar atención a su pregunta. Tomoyo se volvió y subió a toda velocidad. En ningún momento
miró atrás, aunque pudo sentir sus ojos penetrantes sobre ella hasta que desapareció de su vista. Al llegar al refugio de sus aposentos se preguntó cómo conseguía confundirla. El Marqués la exasperaba y la atraía al mismo tiempo. Ser tan atractivo debería estar prohibido por la ley.

Notas: Bien aquí les traigo el segundo capitulo de la historia, espero que la disfruten tanto como yo, les agradezco a todas aquellas personas que se toman la molestia de leer el fic ^_^ mi único objetivo al subir esta historia es animar a las personas a querer el ET tanto como yo, y como verán en este capitulo se habla de algunas cosas inesperadas ^_^ Eriol es príncipe! No solo es marqués y futuro duque, sino también príncipe, lastima que sea de incubierto, se darán cuenta de que algo misterio se traen entre manos los Hiragizawa, alguien puede imaginárselo?, y ya se nombro una GRAN piedra en el zapato, a la muy z…. de las mas z… osease Kaho, ustedes no pueden imaginarse cuanto la odio, pero como en toda historia siempre hay alguna tipa arrastrada y nadie mejor que ella, así que con todo el dolor de mi corazón la hice condesa T_T pero hasta el titulo lo tiene de z… Foxtar, en fin, hasta la próxima, espero estar subiendo el tercer capitulo entre el lunes o martes, muchos saludos se despide su amiga Yamitzuki o Estelanna.