Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.
Dedicado a: Daddy's Little Caníbal por ver sido una gran fuente de inspiración y alegría con su excelente trabajo
Capitulo Tercero
Santa
Cicuta, pensó
Tomoyo consternada deteniéndose en el umbral del salón. Había
bajado para cenar con todos, pero sólo el Marqués se hallaba de pie
ante la chimenea. ¿Dónde estaban los demás? ¿Se esperaba que
pasara la velada a solas con el Marqués? ¿De qué iban a hablar?
Carecía de experiencia en entretener a caballeros. Aidan no contaba;
lo conocía de toda la vida.
Ajeno a su presencia, Eriol le daba
la espalda, por lo que Tomoyo dejó que sus ojos recorrieran su
cuerpo. Lucía un chaleco negro con una camisa blanca y pantalones
negros ceñidos.
Cielos, representaba la imagen perfecta de un
aristócrata. Lo único que faltaba para completar ese cuadro era la
copa de brandy y el monóculo, afectaciones de moda de los que
compartían su posición social.
De pronto Eriol se volvió como
si sintiera la mirada interesada sobre él.
—Empezaba a pensar
que iba a cenar solo —comentó, sonriéndole.
Tomoyo le
devolvió el gesto al acercarse.
— ¿Os apetece un brandy?
—Preguntó con picardía—. ¿O vino? ¿Un vino de Madeira, quizá?
—Las bebidas jamás se sirven antes de la cena —enseñó
Eriol con expresión divertida en sus ojos azules—. El vino se
sirve con la comida, y los caballeros beben sus brandys después de
dejar a las damas.
—Lo sabía —repuso con rubor—. Os lo
ofrecí porque da la impresión de que esperamos a los demás.
—El
tío Charles no se unirá a nosotros hoy —informó.
— Y ¿qué
me decís de lady De Faye y la tía Mei?
—Vuestra
tía se ha disculpado por un dolor de cabeza, y mi tía decidió
hacerle compañía—negó con una sonrisa, y añadió— aunque me
temo que mi tía es la fuente del dolor de cabeza de la vuestra.
—Mi
hermana bajará en cualquier momento. —Sintió que su confianza
menguaba.
—Lady Sakura lo lamenta. También padece dolor de
cabeza.
—En su vida mi hermana ha tenido dolor de cabeza
—exclamó ella, dominada por la suspicacia. Toda la casa parecía
conspirar en su esfuerzo por dejarla a solas con el Marqués.
—Vuestra hermana jamás había tenido que escuchar a nuestras
tías hablar sin parar sobre los buenos y viejos tiempos —explicó
con sonrisa infantil.
—Quizá necesite mi ayuda —dijoTomoyo,
ansiosa por marcharse—. ¿Me disculpáis?
—No.
—Perdonad-
exclamo atonita
—Forbes se ha ocupado del dolor de cabeza de
vuestra hermana-informó Eriol—Mencionó que le había llevado uno
de vuestros tés de camomila.
La
cicuta la curaría de una vez por todas, pensó,
irritada por la deserción de su hermana. O
quizá un traguito de beleño.
—
¿Bajamos a cenar? —preguntó Eriol.
Tomoyo lo observó con
pánico creciente. ¿Qué motivo podía aducir para no estar sola con
él?
— ¿Os encontráis mal? —Quiso saber él con
preocupación—. Se os ve muy pálida.
—Las pieles pálidas
son la maldición de las morenas. —Logró sonreír.
—Durante
un instante pensé que iba a cenar solo. —Le regaló una sonrisa
demoledora—Los placeres de la vida se disfrutan más cuando se
comparten con otra persona.
Tomoyo aceptó el brazo que le
ofrecía y juntos bajaron al comedor.
— ¿Qué otras
actividades se hacen mejor con otro? —preguntó, aprovechando su
comentario como tema de conversación. El sonrió de nuevo. Lo notó
en cuanto sus labios pronunciaron la última palabra—. Siempre está
el servicio religioso —continuó ella— aunque no considero que
eso sea uno de los placeres de la vida.
—Palabras de una mujer
que acaba de pelearse con el vicario. —Rió entre dientes.
—No
considero los servicios eclesiásticos un placer bajo ninguna
circunstancia —determinó Tomoyo con sonrisa melancólica—.
Bailar es otra actividad que requiere un compañero. No se me ocurre
nada más. ¿Y a vos?
—A mí varias —manifestó con voz ronca
mientras entraban en el comedor.
— ¿Como cuáles? —preguntó
con inocencia.
—Os las contaré otro día —repuso con ojos
risueños.
— ¿Son actividades deshonrosas?
—Extremadamente.
Eriol ocupó la cabecera de la mesa y Tomoyo se sentó a su
derecha. El comedor parecía enorme con la presencia única de ellos
dos y el mayordomo.
De pie junto al aparador, Forbes fue el
encargado de servirles. Había filetes de salmón al horno
acompañados con una salsa vinagreta, tomates guisados, champiñones
rellenos, bollos de azafrán y mantequilla y vino de Madeira.
Eriol
la miró y alzó la copa en saludo. Al tanto de esa costumbre, Tomoyo
levantó la suya y le devolvió el gesto.
Que
Dios me proteja, pensó
ella con la vista clavada en su plato. Me
he olvidado de cómo se come.
Se
sentía incómoda cenando a solas con un hombre. De pronto, Llevarse
el tenedor del plato a la boca se convirtió en la tarea más difícil
del mundo.
—El salmón está delicioso —comentó él—. ¿Lo
habéis...?
—Los cumplidos le corresponden al cocinero —informó
Tomoyo—. Sin embargo, yo preparé el postre.
— ¿Cuál será?
—Cerezas con leche, vino y azúcar acompañadas de turrón y
delicias turcas.
¿Turrón y delicias turcas? —repitió Eriol
con una sonrisa infantil que le iluminó todo el rostro.
—Veo
que adoráis los dulces.
—El turrón sabe a sol francés en
verano. Y esas delicias turcas con aroma a rosas me recuerdan a
lugares lejanos y a caprichos exóticos.
—Sonáis soñador,
milord —advirtió Tomoyo, hechizada con sus palabras.
—Jamás
me describiría como soñador —repuso, mirándola divertido— Soy
un propietario de buques mercantes que conoce el mundo.
—Habladme
de vuestros viajes —pidió ella, contenta de haber encontrado un
tema apropiado de conversación.
—He visto casi toda Europa.
Incluso en una ocasión navegué a Nueva York.
— ¿Fuisteis
a América? —Le lanzó una mirada seductora—. Qué impresionante.
¿Cómo era Nueva York?
—Básicamente —se encogió de
hombros— la gente es igual en todo el mundo. Solo cambia el clima y
las costumbres.
— ¿Cómo os interesasteis por el negocio
mercante?
—Decidí aprovechar los contactos que tenía en
Oriente —respondió Eriol— El negocio creció y ahora mis barcos
recorren todo el mundo.
— ¿Qué contactos?
—Un hombre de
negocios de éxito jamás divulga la identidad de sus contactos por
miedo a perderlos.
— ¿Y qué me decís de vuestra familia?
—El tío Charles y la tía Nakuru son la única familia que me
queda —dijo—. Mis padres y mi hermano están muertos.
—Lo
siento mucho —le cubrió la mano con el corazón desgarrado porque
hubiera perdido a todos sus seres amados—. ¿Cómo...?
—Hablar
de mi pérdida me resulta doloroso —interrumpió Eriol.
—Lo
comprendo —aceptó con simpatía. Entonces cambió de tema—.
¿Cuáles son las posibilidades de que el príncipe Adolfo nos ayude
a mi hermana y a mí a retener el control de las propiedades de los
Daidouji?
—Puedo afirmar que el Príncipe tendrá éxito en
soslayar esa ridícula ley —afirmó——. Es tan mala como que los
bastardos no puedan heredar.
Encogiéndose por dentro ante la
palabra bastardo,
Tomoyo
bajó la vista al plato y perdió el apetito. Despreciaba ese vocablo
en particular y todo lo que este implicaba sobre sus orígenes menos
que respetables.
— ¿Os apetece dar una vuelta por el exterior
en vez de que pasemos al salón? —inquirió Eriol como si
percibiera que se hallaba inquieta.
Ella alzó la vista, pero no
vio ni compasión ni superioridad en sus ojos.
—Me gustaría
—aceptó.
Después de recoger las capas en el vestíbulo
salieron y comenzaron a avanzar por el sendero que daba al camino
público. Aunque aún hacía calor, había refrescado un poco.
Ella
miró el cielo nocturno. Una vez más no aparecía la luna, pero sí
cientos de estrellas diminutas y distantes.
—Habladme de vos
—pidió, tratando de entablar una conversación.
—No hay nada
que contar.
—Sé que sois un próspero hombre de negocios y un
noble del reino.
—Eso es verdad —asintió él— Como sabéis,
mi madre era hermana del Duque, y mi padre procedía de otro país
—Solo
sois inglés a medias. ¿De dónde venía vuestro padre?
—De un
lugar próximo al Mediterráneo.
— ¿Del sur de Francia?
—insistió percibiendo la sensación de que él esquivaba la
verdad. Eriol dio la impresión de titubear, pero entonces inclinó
la cabeza—. ¿Siempre habéis vivido en Inglaterra?
—Tenía
diez años cuando mi padre murió —respondió--. Mi madre me envió
aquí para ser educado en las costumbres inglesas. Luego también
ella salió de mi vida.
—Tan joven para quedar huérfano... —Lo
miró y preguntó—. ¿Por qué lleváis el apellido de Hiragizawa
en vez del de vuestro padre?
—Mi tío me adoptó cuando me hizo
su heredero. La esposa del tío Charles murió al abortar y él jamás
se volvió a casar.
—Qué triste para los dos —reconoció——.
Me alegro de que os tengáis el uno al otro ¿Cómo...?
—Sois
muy curiosa, princesa. —Dejó de caminar y se volvió hacia ella.
—Me disculpo por mi curiosidad -dijo agitada por su intensa
mirada.
—Preguntadme lo que queráis.
— ¿Dónde
recibisteis esa cicatriz?
—En Eton —respondió, llevándose
un dedo a la fina marca.
Le
puedo preguntar lo que quiera, pero nunca me da una respuesta
directa, pensó
Tomoyo.
— ¿Cómo os la hicisteis?
—En una pelea. —Se
acercó sin dejar de contemplarla. Con voz ronca exigió—. ¿De
dónde habéis sacado esos cautivadores ojos color de las amatistas?
Tomoyo exhibió un intenso rubor. Pudo sentir el calor que
emanaba de sus mejillas y esperó que la oscuridad ocultara su
vergüenza.
Sin previa advertencia, Eriol extendió la mano y
apoyó con suavidad la palma en su rostro.
— ¿Por qué os
ruborizáis? —preguntó—. Espero no incomodaros. Pasé una hora
en el estudio de vuestro padre contemplando vuestro retrato —concedió
con voz ronca—Tenéis la cara y los ojos más arrebatadores que he
visto.
¿Qué podía contestar a eso?, se preguntó. Bajó la
vista al suelo. De algún modo, que hubiera estado observando su
retrato hacía que se sintiera vulnerable. Ningún hombre le había
hablado jamás con tanta intimidad.
—Miradme —dijo él. Ella
alzó los ojos hasta su pecho—. Un poco más arriba, por favor
—añadió con voz risueña.
Lo
miró a los ojos y quedó hipnotizada por su penetrante mirada azul.
Cuando Eriol acercó un poco más la cara su aroma limpio y marino la
embriagó y le aceleró los latidos del corazón. Tenía los labios
peligrosamente próximos para reclamar los suyos.
—Los últimos
días han sido difíciles —anunció ella, retrocediendo un paso—.
Me gustaría retirarme ahora.
—Id dentro —Eriol inclinó la
cabeza—. Yo quiero robar unos minutos más antes de concentrarme en
mis libros de cuentas.
La breve distancia que había hasta la
puerta de entrada le pareció inmensa. Se obligó a caminar con lenta
dignidad y sintió su mirada en cada paso que dio; se amonestó por
retirarse de lo que habría sido su primer beso.
Al entrar en el
vestíbulo, allí estaba Forbes para cogerle la capa.
—-Su
Excelencia regresará pronto para trabajar en sus libros —le indicó
al mayordomo—. Prepara una bandeja con turrón, delicias turcas y
oporto en el estudio.
—Sí, milady.
Con un candil en la
mano, subió las escaleras hasta la segunda planta, donde estaban
situados sus aposentos. Dejó la vela en la cómoda, pero en vez de
ponerse el camisón, se acercó a la ventana.
Apartó la cortina
con suavidad y oteó la noche. En el paseo que se situaba bajo su
ventana avistó el reflejo del cigarro del Marqués. El resplandor
semejaba una libélula solitaria que en vano intentaba iluminar la
oscuridad.
La visión de ese punto aislado de luz hizo que
extrañamente se sintiera triste. Tuvo la sensación de que, a pesar
de su inmensa riqueza y de su título, el Marqués estaba tan solo
como ella.
Sonrió para sí misma. ¿Qué tontería era esa? El
marques de Leed era exactamente lo que parecía ser, un aristócrata
mundano que nunca en su vida había conocido un momento de
inseguridad.
—Aquí viene —dijo la tía Mei.
Tras entrar
en salón a la tarde siguiente a la hora del te Tomoyo se sentó en
el sofá junto a su hermana. Frente a ellas se encontraban la tía
Mei y lady DeFaye. El tío Charles parecía cómodo en el sillón de
respaldo alto junto al sofá, mientras Eriol se erguía cerca de la
chimenea.
En la mesa rectangular entre los dos sofás habla una
bandeja con sándwiches de pepino y un pudín. Forbes servia te en
las tazas de porcelana
Tomoyo
observó
al Marqués. La atención de este se concentraba en el mayordomo. Sin
decir palabra, su figura captó su atención y lo miró fijamente.
Forbes dejó el salón y cerró la puerta a su espalda.
A ella le
pareció extraño. Que recordara, jamás alguien había cerrado la
puerta durante el té.
El duque de Clow miró por encima del
hombro como si verificara que estuviera cerrada. Luego concentró
toda su atención en Tomoyo y en Sakura.
—En vez de molestaros
con esos tediosos detalles legales, he decidido contaros con mis
propias palabras qué estipula el testamento y el codicilo de vuestro
padre —comenzó—. Desde luego, podéis leerlo siempre que lo
deseéis. Espero que no tengáis objeción a que Nakuru y Eriol
estén presentes, ya que indirectamente se hallan involucrados en la
situación.
¿Eriol Hiragizawa involucrado en el testamento de su
padre?, pensó Tomoyo con sorpresa. Sin duda el tío Charles se
refería a la administración de las propiedades.
— ¿Tomoyo?
—No tengo objeción —repuso, mirándolo.
—Vuestro padre
nos designó a Mei y a mí vuestros custodios hasta que os caséis o
cumpláis los veintiún años —informó el Duque con una sonrisa
tierna dirigida hacia la tía Mei—. En caso de que muriéramos
antes de ese tiempo, el príncipe Adolfo se convertiría en el
custodio.
— ¿El príncipe Adolfo? —repitió Sakura con
excitado asombro.
—Solo si la tía Mei y el tío Charles
mueren —explicó Tomoyo tocando la mano de su hermana—. No
queremos que eso suceda.
—Oh, no —tartamudeó Sakura—. Solo
quería dar a entender...
—Lo sabemos —la tranquilizó
Tomoyo—. Por favor, continúa, tío Charles.
—Tu padre quería
que se confiaran los estipendios de Mei y de Sakura en manos de Eriol
—prosiguió el Duque—. Supongo que consideró que un hombre de
negocios de éxito sería lo bastante sabio como para hacer que esos
estipendios crecieran en rentabilidad. El resto de los bienes de los
Daidouji te son legados a ti, Tomoyo, por ser la mayor. Con la ayuda
del príncipe Adolfo tu padre logró obtener permiso real para
pasarte su título en vez de dejar que muriera con él. Pequeña,
ahora eres la condesa de Starlight.
Tomoyo quedó tan sorprendida
por el giro de los acontecimientos que no supo qué decir. Sakura rió
entre dientes.
—
¿Tendremos que hacerte una reverencia? —le preguntó. Su hermana
le lanzó una mirada poco divertida—. ¿Significa eso que jamás
volverás a cocinar para nosotros?
—Siempre cocinaré para ti
—respondió por fin con una sonrisa—. ¿Cómo no iba a hacerlo
cuando aprecias tanto lo que te preparo?
—Háblale del codicilo
—intervino la tía Mei por primera vez.
—Tu padre consideraba
que la vida siempre debía continuar —informó el Duque—. Su
codicilo estipula que no quería que su muerte interfiriera en los
asuntos de los vivos. En otras palabras, deseaba que sus hijas fueran
presentadas en sociedad, tuvieran novios y se casaran sin tener que
guardar el año de luto.
—Respetar los términos del codicilo
será fácil —señaló Tomoyo—.Sakura y yo no tenemos planes para
hacer nada de eso.
—Os equivocáis, princesa —habló Eriol.
— ¿A que os referís? —preguntó, mirándolo.
—Sakura
y tú seréis presentadas en sociedad en primavera — explicó
Nakuru, llamando su atención—. Aunque deberemos salir para Londres
después del día primero de año. Ambas necesitaréis un guardarropa
nuevo.
—No voy a ir a Londres —afirmó Tomoyo—. Estoy de
luto.
—Y yo —coincidió Sakura.
— ¿Pensáis hacer caso
omiso de los últimos deseos de Harold? —preguntó la tía Mei.
—No, pero...
—Estoy de acuerdo con Mei —anunció el tío
Charles—. Honras la memoria de tu padre haciendo lo que deseaba
para vosotras.
—En Londres tendrás la oportunidad de conocer
al príncipe Adolfo —señaló Nakuru—. El Príncipe es un hombre
influyente con poder para declarar accidental la muerte de tu padre.
¿No quieres trasladarlo a suelo consagrado?
—Quiero demostrar
que mi padre no se suicidó —afirmó Tomoyo.
—Descubrir la
verdad requerirá cierto tiempo —le recordó la tía Mei.
—Ayudarás a Tomoyo, ¿verdad, Eriol? —exigió Nakuru.
—Ya
prometí que haría todo lo que estuviera a mi alcance —respondió
Eriol con los ojos azules clavados en Tomoyo.
—Entonces todo
está arreglado —anunció Nakuru, encargándose de la situación—.
Mei y las niñas residirán conmigo en Londres. Charles, tú puedes
trasladarte a vivir con Eriol.
—Suena razonable si a Eriol no
le importa —aceptó el Duque.
—
Eres bienvenido a ser mí invitado el tiempo que quieras —Eriol le
sonrió a su tío.
Tomoyo bajó la vista a sus manos unidas en el
regazo. En el breve espacio de una semana había perdido el control
de todo su mundo. Entonces tuvo un pensamiento desagradable.
—Con
el tiempo, la sociedad londinense se enterará de que no somos
quienes creen que somos —balbuceó, retorciendo las manos—. Será
demasiado humillante sufrir un aislamiento social.
—Pero si no
sois impostoras —afirmó el Duque, al parecer confuso por el
comentario.
—Se refiere a que la gente no las aceptará debido
a que son adoptadas —explicó Eriol.
—No son más que
tonterías —manifestó el Duque.
—Sakura y yo somos bastardas
—dijo Tomoyo con angustia—. Papá nos contó que nuestros padres
naturales nunca se casaron.
—Jamás
permitas
que oiga que vuelves a describirte de esa manera —pidió el tío
Charles con voz severa.
—Cariño, puedo asegurarte que tendréis
un éxito enorme en sociedad —añadió Nakuru.
—No podéis
predecir el futuro —replicó ella.
—Confía en mí, cariño
—aconsejó Nakuru—. Sé muy bien lo que digo. La sociedad sabrá
lo mucho que os quería vuestro padre... Entonces, ¿qué decís al
respecto?
Tomoyo miró a su hermana, que le dedicó una sonrisa
de aliento.
—Muy bien —concedió—. Pero romper el luto me
atribula.
Una llamada a la puerta atrajo la atención de todos.
Forbes entró y en voz baja anunció.
—Lord Briggs ha venido a
veros.
—No te molestes en anunciarme, Forbes —dijo Aidan
pasando junto al mayordomo—. La Mansión Starlight es más mi hogar
que mi propia casa.
Con una amplia sonrisa Aidan Briggs atravesó
el salón en dirección a Tomoyo. Parecía indiferente al hecho de
que había llegado sin invitación y que todo el mundo lo observaba
en silencio.
— ¿Qué haces aquí? —Preguntó Tomoyo,
irritada y sorprendida por su presencia—. Mi invitación para cenar
era para mañana por la noche.
—Si, lo sé —replicó Aidan—.
Voy de camino a visitar a un amigo pero decidí pasar para saludarte.
Te echo de menos.
Sintió una oleada de alivio al saber que no
iba a quedarse, pero entonces Sakura soltó- —Tomoyo ahora es la
condesa de Starlight.
— ¿Tu padre te dio el título? —inquirió
Aidan sorprendido.
—Tomoyo y yo seremos presentadas en la
sociedad de Londres esta primavera —continuó Sakura excitada, como
si estuviera ansiosa de proclamar la noticia.
—Estáis de luto.
—El Barón se mostró asombrado Tomoyo se encogió de
hombros—Tomoyo no necesita que la presenten en sociedad —
recriminó Briggs a los demás—. Tiene un admirador aquí en
Starlight.
—Querido, una mujer jamás puede tener suficientes
admiradores — insinuó Nakuru.
—Es lo que Harold quería para
ellas —añadió la tía Mei.
—Si eso es lo que Harold
estipuló, entonces así será —respondió Aidan con una sonrisa
que no le llegó a los ojos—. A propósito, ¿qué había en el
codicilo? —quiso saber.
—Nada de importancia —soltó
Tomoyo, sabiendo que volvería a proponerle matrimonio. Aidan creía
que solo su padre había bloqueado el matrimonio. En ese momento
deseó haber negado su petición sin depender de su padre.
Aidan
asintió y luego se volvió hacia Eriol.
—Si el tiempo lo
permite, milord, ¿os gustaría salir a cazar zorros?
El rostro
de Eriol permaneció inexpresivo, pero mostró un deje de desprecio
al responder:
—Jamás mato por deporte.
— ¿Y por qué
matáis, milord? —sonsacó Aidan.
—Sólo en defensa propia
—repuso.
La respuesta del Marqués aligeró el ánimo de
Tomoyo. Despreciaba el bárbaro ritual de matar animales por placer.
Ciertamente debía haber algún otro modo en que los varones de la
especie pudieran entretenerse.
—Matar sólo en defensa propia
es una idea noble pero decididamente anticuada —decía Aidan con la
evidente intención de irritar al Marqués.
—No tengo necesidad
de impresionar a otros --- respondió Eriol, sonriéndole al Barón
con gesto rígido—. Dejo eso para los trepadores sociales.
El
estado de ánimo de Tomoyo se desvaneció ante la enemistad que había
entre los dos hombres. ¿Por qué la gente nopodía
llevarse bien?
— ¿Trepadores sociales? —repitió Aidan.
Mostrando su enfado a través de la voz.
—Ya sabéis, esos
indeseables que intentan prosperar en la vida pegándose a sus
superiores —afirmó Eriol. En esa ocasión su sonrisa fue
irritantemente sincera. — ¿Os referís, por ejemplo, a un barón
que desea casarse con una condesa? —desafió Aidan.
—Jamás
he dicho eso.
—Dabais a entender...
—Edgar, es hora de
que te marches —interrumpió Tomoyo poniendo fin a su combate
verbal.
—¿Quieres acompañarme al vestíbulo?
Tomoyo
habría aceptado prácticamente cualquier cosa para sacarlo del
salón. Asintió una vez y se levantó del sofá.
En silencio
recorrieron el corredor hasta la escalera principal y bajaron los
escalones que los separaban del vestíbulo. Forbes se hallaba cerca
de la puerta y, al verlos acercarse, presentó la capa del Barón.
Tomoyo tuvo ganas de reír. Parecía que todo el mundo,
incluyendo a Forbes, estaba ansioso de que el Barón se fuera.
—Gracias por pasar —le dijo al llegar a la puerta.
—
¿Cómo puedes aceptar una presentación en sociedad cuando estás de
luto? —preguntó él sin preámbulo alguno.
—El codicilo de
mi padre estipulaba que en caso de que muriera, no quería que
nuestra presentación en sociedad se postergara —respondió ella—.
Te garantizo que no voy a disfrutar.
—Y qué me dices de la
posibilidad de que confisquen los bienes de los Daidouji? —continuó
él.
—El príncipe Adolfo va a arreglarlo para que pueda
quedarme con las tierras —informó.
¿Quieres decir que un
miembro de la familia real va a aprobar que se quiebren las leyes de
este país? —se mostró asombrado. — ¿Es que quieres que pierda
mis tierras? —lo miró con ojos entrecerrados.
—No, desde
luego que no. Solo me decepciona no ser yo quien te rescate —se
llevó su mano a los labios y añadió—. Cásate conmigo, Tomoyo.
— ¿Cómo puedes pedírmelo cuando no fuiste capaz de ponerte
de mi lado contra el vicario? —retiró la mano. Sabía que esquivar
el tema del matrimonio era una cobardía, pero carecía de fuerzas
para otra confrontación tensa. En unos días le diría que el
matrimonio era algo que estaba fuera de lugar.
—Ya me he
disculpado por eso —le recordó con tono acusador—. Y dijiste que
me perdonabas. Te he entregado mi corazón y ahora lo pisoteas.
¿Estás desarrollando un cierto interés por el Marqués?
Tomoyo
sintió cómo crecía en su interior una oleada de irritación. Si de
verdad la quería, ¿por qué le hacía tan difícil la vida? Alzó
la barbilla y ordenó:
—Abandona la Mansión Starlight y no
vuelvas hasta que pienses con claridad.
La mirada que él le
lanzó fue de ira contenida Tomoyo retrocedió un paso. Sin decir
otra palabra, Aidan recorrió la breve distancia que lo separaba de
la puerta. Al pasar junto al mayordomo, Forbes dijo.
—Que
tengáis una buena noche, milord.
Tomoyo suspiró con una mezcla
de alivio y remordimiento cuando la puerta se cerró detrás del
Barón. Le desagradaba mostrarse tan dura con su amigo más antiguo
pero, con algo de suerte, no retomaría hasta después que se hubiera
marchado a Londres.
Dio media vuelta y atravesó el vestíbulo
para dirigirse a la escalera principal. Lenta y cansinamente subió
los escalones, pero se detuvo sorprendida al acercarse al rellano de
la primera planta. El Marqués se hallaba sentado en la escalera
bañado en sombras.
—Otra vez habéis estado espiándome —lo
acusó.
—No pude evitar oírlo —Eriol sonrió sin
arrepentimiento y luego agregó—. El Barón dio la impresión de
estar de malhumor. ¿Creéis que padece problemas digestivos?
—Dejad
de espiarme —ordenó Tomoyo, alzando la voz. Pasó a su lado, pero
en vez de regresar al salón subió a la carrera los escalones que
conducían a la segunda planta.
Entró en su habitación y cedió
al abrumador impulso de cerrar de un portazo. Santo cielo, tenía
ganas de ponerse a cocinar toda la noche, pero no creía que hubiera
suficiente harina en la alacena para calmar sus desasosegados
nervios. Una semana atrás su vida avanzaba sin sobresaltos, y en ese
momento se sentía atrapada en el camino hacia... ¿dónde?
Se
dejó caer en el sillón frente a la chimenea y respiró hondo para
tratar de calmarse, tal como había hecho el día de la muerte de su
padre. Tuvo tan poco éxito como entonces. ¿Cómo se atrevía el
Marqués a interferir en su relación con Aidan? Sí, le había
ofrecido su ayuda para limpiar el buen nombre de su padre, pero eso
no le daba derecho a...
Una llamada a la puerta atrajo su
atención.
¿Quién es? —casi gritó, segura de que era el
Marqués.
—Su Excelencia requiere vuestra inmediata presencia
en el estudio —le informó Forbes.- — Gracias, Forbes. Bajaré
enseguida.
Unos minutos más tarde Tomoyo se detenía fuera de la
puerta cerrada del estudio y se preguntaba qué querría el tío
Charles. ¿Habría olvidado algún detalle importante concerniente al
testamento de su padre? ¿O pretendía reprenderla por haberle
gritado a su sobrino?
Sin molestarse en llamar abrió y entró.
La primera persona a la que vio fue al Marqués sentado en una de las
dos sillas que había frente al escritorio de su padre. El Duque se
sentaba detrás de la mesa. Los dos hombres se incorporaron cuando la
vieron.
— ¿Querías verme, tío Charles? —preguntó, sin
prestarle atención al Marqués.
—Sí, pequeña —asintió el
Duque—. Por favor, siéntate.
Tomoyo cruzó la habitación en
dirección al escritorio mientras los dos volvían a sentarse.
—Permaneceré de pie —dijo, mirando al Marqués de reojo.
—De verdad creo que deberías sentarte —comentó el Duque.
—Díselo —exhortó Eriol.
Ella experimentó una oleada de
aprensión miró a Eriol y luego al Duque.
—Decirme ¿qué?
—interpeló.
El Duque miró al Marqués, que dijo.
—Dale
la versión corta.
—Tomoyo, querida pequeña, tu amistad íntima
con el Barón es desaconsejable empezó el Duque, mirándola—.
Jamás podrás estar prometida a él, ni a ningún otro hombre,
porque ya te encuentras prometida a mi sobrino.
Tomoyo lo miró
aturdida.
— ¿Te sientes mal? —preguntó Eriol con la
intención de ponerse de pie.
—Mantened vuestra distancia
—gritó clavó la vista en el Duque—. No te creo. Mi padre jamás
me lo mencionó.
—Harold murió de repente —indicó el
Duque—. Estoy seguro de que pretendía contártelo cuando lo
considerara oportuno. Aquí está el contrato.
Tomoyo contempló
el contrato de matrimonio. Había sido negociado quince años atrás,
cuando ella tenía tres años.
—La firma que aparece al fondo
¿es la de tu padre? —inquirió el Duque.
—Lo parece, pero
podría tratarse de una buena falsificación —replicó.
—Confiad
en mí, princesa —intervino Eriol—. No lo es.
— ¿Confiar
en vos? —Lo miró con ojos centelleantes—. Apenas os conozco.
¿Cómo puedo saber que no sois un timador en busca de una esposa
rica?
—Soy diez mil veces más rico que vos —explicó con
tranquilidad.
—Eriol es
uno
de los hombres más ricos de Inglaterra —descubrió el Duque.
—
¿Por qué deseáis casaros conmigo? —quiso saber ella.
—Siempre
mantengo mi palabra —informó él—. Pretendo respetar el contrato
que firmé hace quince años. Venís de una familia excelente y...
—Soy una bastarda adoptada —cortó Tomoyo.
—Tenéis más
nobleza en vuestro dedo meñique que cualquier mujer que haya
conocido —afirmó Eriol. Bajó la voz y añadió—. Admiro vuestra
intrépida lealtad. Admiro el calor y el respeto que mostráis a los
demás, sin importar que sean criados o nobles... Y me gusta el modo
en que os ruborizáis, como ahora mismo. Me recordáis a una rosa
rara y hermosa.
Tomoyo se dejó caer en la silla libre y lo
observó con sorpresa. Atrapada por la intensidad de su mirada azul,
notó que el rubor encendía sus mejillas, pero al mismo tiempo la
ronca intimidad de su voz le hizo sentir escalofríos en su espalda.
¿Cómo podía ese hombre, prácticamente un desconocido, surtir un
efecto tan profundo en ella?
El Duque carraspeó, atrayendo su
atención.
—Eriol está dispuesto a mantener el compromiso en
secreto y permitir tu presentación en sociedad en Londres.
—
¿Permitir mi
presentación en sociedad? —La elección de las palabras le
devolvió la ira. No podía dar crédito a lo que oía—. ¿De dónde
sacáis el atrevimiento para...? ¿Cómo osáis aspirar a permitirme
hacer
algo?
En vez de responder con enfado tal como ella había
esperado, Eriol repuso con tono sosegado.
—Princesa, escuchadme
un momento.
Tomoyo lo miró furiosa. Al ver que él titubeaba
antes de hablar, espetó.
—Bien, adelante. Estoy escuchando.
—Princesa, vuestro padre me eligió como vuestro marido. Sin
embargo, os brindo la elección de que podáis casaros conmigo o no
al final de vuestra estancia en Londres. Si hay otro caballero al que
prefiráis, gustoso me apartaré, siempre y cuando, desde luego,
dicho caballero sea el adecuado. A cambio, debéis prometer pasar
algún tiempo conmigo cada semana para que podamos conocernos.
¿Tenemos un trato?
Ella se negó a hablar. Al parecer el bribón
aristócrata no se hallaba por encima del chantaje.
—O bien
tenemos un trato —continuó él con tono más decidido— u os
arrastraré esta noche al altar.
Tampoco estaba por encima de las
amenazas Tomoyo no supo qué hacer, pero si consentía el trato,
dispondría de tiempo para escapar de ese sórdido lío.
—Sí,
tenemos un acuerdo —aceptó al final—. Con una condición
—añadió.
Por algún extraño motivo, sus palabras provocaron
una sonrisa en Eriol.
— ¿Y cuál es la condición? —preguntó
él.
—Debéis limpiar el nombre mancillado de mi padre
—respondió.
—Ya os prometí ayudaros —Eriol inclinó la
cabeza.
—Con ayudarme no basta —insistió ella, mirándolo a
la cara sin vacilar—. O limpiáis el nombre de mi padre de la
mácula del suicidio o no cooperaré con vos. La tía Mei me ayudará
a repudiar ese acuerdo de compromiso.
—Nuestras tías conocen
el compromiso desde el día que se firmó el contrato —aseveró
Eriol, sorprendiéndola.
— ¿Mi tía lo sabía y no me dijo
nada? —exclamó con ojos brillantes.
—Prometo recuperar la
reputación de vuestro padre aunque tarde diez años.
—Será un
noviazgo muy largo —ironizó ella.
—Vuestra hermana puede
seguir ajena al compromiso si eso es lo que deseáis. La elección es
vuestra.
Tomoyo asintió.
—Pidámosle a Forbes que traiga
una botella de champaña para brindar por el futuro —sugirió el
Duque.
—Me duele la cabeza. —Se levantó—. Por favor,
disculpadme sin dirigirle ni una mirada al Marqués Tomoyo cruzó la
estancia, pero la voz de él la detuvo en la puerta.
—Princesa,
habéis prometido no evitarme.
—Eso sería difícil, ya que
estáis durmiendo bajo mi techo —manifestó sin darse la vuelta.
Maldición,
pensó
al abandonar el estudio. El bribón daba órdenes como un príncipe.
Al parecer, Su Arrogante Majestad jamás se había encontrado con una
mujer de voluntad decidida como ella, y debía aprender una lección.
Enseñarle una lección al Marqués sería como azuzar a un
tigre, reflexionó con una sonrisa renuente en la cara. Era el hombre
más dominante que jamás había conocido. Decididamente irradiaba
masculinidad por todos sus poros.
Los noviazgos por lo general
terminaban en matrimonio. Ese pensamiento le provocó un escalofrío
de excitación. ¿Cómo sería estar casada con el Marqués? ¿Qué
sentiría al subir las escaleras que cada noche la llevarían a su
dormitorio? ¿Qué experimentaría al sentir sus manos fuertes
acariciando su piel desnuda?
Sintió un rubor ardiente. Decidida
a despejarse la cabeza de unas ideas tan impuras, subió a la segunda
planta. Si el Marqués no fuera el hombre más atractivo que había
visto... Incluso con cicatriz, el marqués de Leed era demasiado
atractivo para su paz mental.
NOTA: Bueno aquí les traigo el tercer capitulo, antes de pasar a comentar sobre el mismo, quisiera hacer mención de una gran chica y excelente escritora, para mi el universo de FF en el área de Twilight esta de luto ya que una de las mas reconocidas escritoras murió el pasado 8 de mayo, o mas bien fue asesinada por un conducto borracho Daddy's Little Caníbal fue una chica alegre y muy querida por la comunidad, tal vez ustedes no visitan esa área peor quise hacer mención, para tomemos con mas responsabilidad las cosas y cuidar no excedernos, por que ella no apenas tenia 18 años y estaba por graduarse de secundaria, esto me hace apreciar las cosas que podemos hacer y ella ya no, como leer historias, escribirlas, ver amigos, películas, etc, y lamentablemente por que a un %&$")%& le valió un comino conducir ebrio, disfruten la vida al máximo por que no sabemos cuando llegara su fin, tal vez este fic no es de TW pero es un escrito, así como ella solía hacer, así que esto es en su memoria.
Espero que hayan disfrutado este capitulo, ahora saben que Eriol y Tomoyo están comprometidos ^_^ y que ella piensa que el da ordenes como un príncipe, ¿Por qué será? Je, que les ocurrirá con el tiempo que Eriol le esta brindando? Encontraran al asesino del papa de Tomoyo? O ella jamás se casara?, bueno eso lo sabremos en los próximos capítulos. Les agradezco a todos aquellos que se toman la molestia de ver la historia así como también a quienes me han dejado review ^_^
Cuídense mucho y nos veremos entre semana probablemente con otro capitulo
Ja Ne
