Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.

Dedicado en memoria de: Daddy's Little Caníbal por ver sido una gran fuente de inspiración y alegría, así como una de las mejores escritoras.

Capitulo Cuarto

El día siguiente Tomoyo lo pasó escondida en sus aposentos. En un esfuerzo por evitar al Marqués, por la mañana fingió que le dolía la cabeza y se resignó a pasar un día solitario. Después de lavarse y ponerse un camisón y una bata nuevos, colocó una compresa fría en la mesita de noche y luego se acercó a la ventana para escrutar el exterior.
El clima reflejaba su estado de ánimo. Unas nubes grises flotaban con tristeza en un cielo bajo y en el aire flotaba una bruma semejante al velo de una novia.
¿Hacía solo una semana que había sido feliz? Su vida había cambiado tan rápida y drásticamente desde entonces... Primero había tenido lugar la muerte súbita de su padre. Casi de inmediato comprobó la deslealtad de Aidan a la primera señal de dificultades que presentó el vicario Dingle. Y en ese momento se hallaba prometida al Marqués, un hombre que hasta un día antes no conocía. ¿Cuánto sufrimiento podía soportar? Sus problemas parecían insuperables.
Con un profundo suspiro, apoyó la frente contra el frescor del cristal de la ventana. Una lágrima solitaria descendió por su mejilla. Luego otra.
Una llamada a la puerta la sobresaltó. Corrió a la cama, apartó la manta, recogió el paño húmedo y se lo llevó a la cabeza.
¿Quién es? —preguntó con voz débil.
—Sakura
—Pasa.
La puerta se abrió y su hermana cruzó la estancia para sentarse en el borde de la cama; la observó preocupada.

—Forbes me contó que estabas mal —susurró——-. ¿Te duele mucho la cabeza? ¿Hay algo que yo pueda hacer?
—Casarte con el Marqués —repuso, tirando a un lado la compresa fría.
— ¿De qué hablas? —Sakura la miró sorprendida.
—Mi cabeza está bien. Lo que tengo es un dolor real en el trasero —aclaró Tomoyo—. Anoche el tío Charles me informó de que Eriol y yo estamos prometidos desde la infancia.
— ¡Qué noticia maravillosa! —Exclamó Sakura con una sonrisa—. El Marqués es tan atractivo, y tú serás marque... —la joven de diecisiete años se dio cuenta de que su hermana no sonreía y rápidamente se corrigió—. Oh, debió ser todo un impacto.
—Hermana —Tomoyo estalló en una carcajada— con un poco de práctica, serías una diplomática excelente.
— ¿De verdad lo crees?
—No.
—El Marqués es rico, noble, atractivo y amable —arguyó Sakura—. Comparado con él, Aidan es un trapo. —Se levantó del borde de la cama—. ¿Bajarás a almorzar?
—Quiero evitar al Marqués. —Meneó la cabeza.
—Evitarlo no alterará la situación —indicó Sakura.
—Alabo tu pragmatismo, pero no intento alterar la situación, al menos no ahora.
—Entonces, ¿por qué finges dolor de cabeza? —quiso saber Sakura desconcertada.
—El Marqués insistió en que no me permitiría evitarlo —explicó—. He decidido enseñarle una lección muy necesaria sobre los muchos métodos que existen para esquivar a una persona.
—No le gustará —advirtió su hermana.
— ¿Doy la impresión de que me importe? —Dijo Tomoyo con una sonrisa—. Si no le gusta, que se vaya al diablo.
—La cuestión es que tal vez algún día puede importarte. — Sakura movió la cabeza con desaprobación.
—Lo dudo —afirmó alzando el mentón.
—Supongo que tú sabes lo que es mejor. —Su hermana se dio la vuelta—. Aunque fue él quien hizo sonar la campana fúnebre por papá.
—No pensarás delatarme, ¿verdad? —Sakura la miró e hizo un gesto dando a entender que sus labios estaban sellados—. Gracias, hermana.
Tomoyo dedicó las siguientes horas a jugar al solitario. Al pasar la hora del almuerzo los minutos comenzaron a aumentar su inquietud.

Con creciente irritación Tomoyo pensó que el Marqués la había hecho prisionera en sus propios aposentos. Invocó su imagen: pelo negro, ojos azules y sonrisa devastadora. Sí, tuvo que reconocerlo, Eriol Hiragizawa era una presa apetecible.
Si tan solo no fuera tan malditamente atractivo.
Si tan solo no sintiera una incomodidad vulnerable en su presencia.
Si tan solo no hubiera venido al mundo como bastarda.
Suspiró. Mientras deseaba lo imposible, bien podría desear que su amado padre siguiera con vida.
Una llamada en la puerta captó su atención. A toda velocidad escondió las cartas bajo la manta y recogió la compresa fría.
— ¿Quién es? —preguntó con la voz más débil que pudo poner.
—La tía Mei.
La puerta se abrió y su tía entró. Detrás de ella iba el Marqués con una bandeja en las manos.
Tomoyo se quedó boquiabierta. Su intrusión en sus aposentos era absolutamente inapropiada.
Bajo la supervisión de su tía, Eriol depositó la bandeja en la mesita de noche. Luego se sentó en el borde de la cama.
—Eriol está preocupado por tu salud —explicó la tía Mei.
—Té de camomila y pastas de limón —añadió él, señalando la bandeja.
Tomoyo al fin encontró su voz pasada la sorpresa.
—Milord, sed tan amable de marcharos de mi cuarto —dijo— o mi reputación quedará arruinada.
—Nadie salvo vuestra tía sabe que estoy aquí —alegó, negándose a moverse de la cama.
—Los criados lo ven todo y se lo cuentan a sus amigos, que, a su vez, se lo cuentan a sus señores —replicó ella.
—El Marqués es tu prometido —afirmó su tía, que se sentó en el sillón delante de la chimenea.
—No lo he olvidado —soltó Tomoyo con tono seco—. Sin embargo, estar prometida para casarse no significa estar casada. ¿Y por qué no me mencionaste nada de ese compromiso?
—Oh, querida, soy tan desmemoriada —dijo de pronto la tía Mei, poniéndose de pie—. He dejado el bordado en mi habitación. —Y salió a toda velocidad antes de que Tomoyo pudiera hablar.
—Tenéis la cara tan roja como una cereza. —Eriol sonrió. Extendió la mano y le tocó la frente—. No parece que tengáis fiebre.
—Debo protestar por vuestra presencia en mis aposentos —exteriorizó en cuanto se marchó su tía—. Esto es indecoroso.

— Esto hará que os sintáis mejor. —Sin prestar atención a su comentario, Eriol le pasó la taza.
—No quiero té.
— ¿Qué queréis, princesa?
—Creo que dormir un poco. —Sonrió ella de repente.
— ¿Deseáis que os abrace hasta que os quedéis dormida? —preguntó con voz ronca.
—Una reputación mancillada no es para bromear, milord. —Sintió que el color le subía a la cara— En particular... —se interrumpió, reacia a añadir las palabras «en particular para una bastarda como yo».
Excepto el vicario la noche del entierro de su padre, nadie del pueblo las había insultado a ella o a su hermana. Sin embargo a veces captaba las miradas de la gente y entonces tenía la certeza de que conocían sus orígenes innobles...
Starlight era uno de esos pueblos pequeños en donde los rumores viajaban deprisa. A Tomoyo le parecía que todo el mundo conocía los secretos de los demás.
Por otro lado, quizá había imaginado esas miradas mordaces debido a su propia sensación de indignidad. Su hermana no parecía afectada por el secreto que rodeaba su nacimiento.
— ¿En particular? —instó Eriol, alejando su atención de los pensamientos perturbadores.
—No importa.
El se inclinó y alzó algo del suelo. Ella se dio cuenta de que era una de las cartas. Debió haberse caído de la cama al alzar con brusquedad la manta.
-—-Pensé que os dolía la cabeza —comentó Eriol.
—Sakura me visitó antes y trató de entretenerme con una partida de cartas —explicó.
—Princesa, intentáis evitarme. —Le clavó la mirada azul.
— ¿Cómo podéis siquiera pensar eso? —Preguntó con expresión inocente—. De continuar esto, corro peligro de morir por cómo me palpita la cabeza.
— ¿Dónde os duele?
—Por la sien.
— ¿En cuál? —Enarcó una ceja.
—Las dos.
—Cerrad los ojos —ordenó en voz baja. Cuando ella obedeció, colocó las manos a cada lado de la cabeza y comenzó a masajearle las sienes.

Tomoyo estuvo a punto de desmayarse al sentir sus dedos, mas no tardó en ceder a sus diestros cuidados. Su contacto era firme pero gentil y muy relajante los movimientos rítmicos y circulares.
Que Dios la protegiera, pero tenía ganas de ronronear.
Y entonces sus manos desaparecieron.
Abrió los ojos en el instante en que él se levantaba de la cama.
Eriol la miró largo rato.
—Qué disfrutéis de vuestros juegos, princesa —comentó divertido—. Al final ganaré yo.
—Odio perder. —Lo miró sin vacilar.
—Entonces, veo que después de todo tenemos algo en común. — Con una última sonrisa salió y cerró con cuidado la puerta a su espalda.
Tomoyo pasó el resto del día en sus aposentos. Después de cenar sola se echó en la cama. Por desgracia, el sueño se negó a hacer acto de presencia y tuvo que contener la abrumadora necesidad de ponerse a cocinar para olvidar las preocupaciones. Pero al final decidió que era eso lo que iba a hacer..., en cuanto los demás se hubieran retirado
a dormir. A las diez de la noche consideró que por la casa solo estarían los criados. Saltó de la cama y, sin molestarse en ponerse un vestido, se enfundó una bata y se dirigió a la puerta. Se detuvo y pegó el oído a su superficie. El pasillo fuera de-su habitación estaba silencioso. Con suma lentitud abrió un poco la puerta y se asomó. No vio a nadie. Avanzó descalza hasta las escaleras del servicio en la parte de atrás de la mansión. Así evitaría al Marqués en la escalera principal, por si este aún no se había acostado. Bajó por los escalones estrechos e irrumpió en la cocina sobresaltando a varios criados. De inmediato se puso un delantal y ordenó.
—Traedme melaza, mantequilla, azúcar moreno, harina, jengibre, pimienta inglesa, bicarbonato, leche y huevos.
—Lady Tomoyo, ¿cómo está vuestro dolor de cabeza? —preguntó Forbes mientras las doncellas tropezaban entre si para cumplir la petición de su señora. Tomoyo lo miró con expresión avinagrada. El mayordomo rió entre dientes—. ¿Qué vais a preparar esta noche?
—Pan de jengibre.
—Ah, uno de mis postres favoritos —Forbes verificó que todo lo que había solicitado estuviera en la mesa y luego inquirió—. ¿Necesitaréis algo más, milady?
—-Me gustaría estar sola —informó ella.

—Muy bien, milady. —Inclinó la cabeza; entonces con un gesto indicó a las doncellas que dejaran la cocina y, antes de seguirlas, añadió—. Que tengáis una feliz cocina.
Tomoyo se puso a trabajar en el acto. Avivó el fuego del horno, tamizó la harina sobre un cuenco grande para luego mezclar el azúcar moreno, el jengibre y la pimienta inglesa. Mientras tarareaba una melodía, derritió la mantequilla y la melaza a friego lento y las mezcló con el resto de ingredientes junto con el bicarbonato disuelto en leche templada.
Después de batir los huevos, los añadió a la mezcla de jengibre y comenzó a batirla.
—Ah, princesa, veo que os sentís mejor —comentó una voz familiar.
— ¿Qué hacéis aquí? —demandó, girándose sorprendida.
—Me invitasteis a ser vuestro invitado durante varios días —repuso y se acercó a ella.
—Quería saber qué hacíais en mi cocina —explicó sin ninguna diversión.
—Iba a mi habitación cuando Forbes me informó de que estabais preparando el mejor jengibre de Inglaterra —reveló con una sonrisa—. Me encanta el jengibre con crema.
Tomoyo tuvo ganas de estrangular a su mayordomo. Resignándose a la presencia del Marqués, le regaló la sonrisa más dulce que pudo esbozar y dijo.
—Tendréis que batir la crema.
—Me encantará batiros la crema —musitó él con voz ronca.
Tomoyo lo observó largo rato. Algo en el modo en que dijo esas palabras hizo que sospechara de su significado. ¿Acechaba una sombra risueña en sus ojos azules? ¿Qué tenía de gracioso batir crema?
Dejó pasar el comentario y depositó un cuenco delante de él. Vertió crema fría en él y le pasó un utensilio para batir.
Sin apartar la vista de ella, Eriol alzó el instrumento y comenzó su tarea.
—No os excedáis —ordenó Tomoyo.
—Que el cielo lo prohíba —repuso con una sonrisa.
Tomoyo vertió la mezcla del jengibre en una cacerola, la introdujo en el horno y luego se sentó a la mesa de la cocina.
—No le digáis a nadie que me visteis haciendo esto —advirtió Eriol mirándola—, o seré el hazmerreír de Londres.
—Pensaré en ello —repuso ella con sonrisa impertinente.

— ¿Qué os ha impulsado a poneros a cocinar tan tarde? —preguntó.
—Siempre elimino mis ansiedades de esta manera —contestó ella.
— ¿Y cuáles podían ser, princesa?
—Limpiar el nombre de mi padre y mi compromiso con vos —dijo con sinceridad.
— ¿Por qué no os gusto?
—Estáis batiendo en exceso la crema —señaló—. ¿Queréis coronar el jengibre con mantequilla?
—No habéis respondido a mi pregunta —insistió.
— ¿Por qué uno de los aristócratas más ricos de Inglaterra querría casarse con una perfecta desconocida? —replicó ella.
— ¿Contestáis siempre las preguntas con más preguntas?
—No siempre.
—Bueno, ya habéis respondido a la vuestra —afirmó Eriol regalándole una de sus sonrisas pícaras e incitantes— Sois una perfecta desconocida. Pura perfección, algo más raro que una rosa en invierno o un copo de nieve en verano.
Tomoyo se ruborizó ante ese descarado cumplido. Alzó la vista y quedó atrapada por la intensidad de su mirada. ¿Cómo iba a contestar a eso? Ningún hombre, incluido Aidan, le había hablado jamás de forma tan íntima.
—Tenéis una gran tendencia al rubor —bromeó con voz ronca.
—Milord -dijo al conseguir apartar los ojos de él— creo que ya habéis batido bastante la crema —-considerando que el jengibre estaba hecho, tomó dos asideros y sacó la cacerola del horno para dejar que se enfriara unos momentos antes de cortarlo en cuadrados.
— ¿Os gusta coronado con crema? —preguntó Eriol.
—Me encanta la crema batida —reconoció Tomoyo.
Sin decir una palabra él metió un dedo en el cuenco y luego se lo ofreció a ella. Aturdida, Tomoyo volvió a ponerse colorada y lo observó.
—Probadla, princesa —provocó con voz apenas audible acercando el dedo a sus labios. Escandalizada pero excitada, solo fue capaz de mirar el dedo bañado en crema—. No queréis que se derrita, ¿verdad? —instó él.
Siguiendo un impulso Tomoyo sacó la lengua y probó la crema batida.
—Deliciosa, milord. Habéis realizado un excelente trabajo.
—Y también vos. —Giró el dedo y añadió—. Os habéis saltado la crema aquí.
Tomoyo llegó a la conclusión de que trataba de avergonzarla, pero se negó a darle la satisfacción del rubor. A cambio, se acercó a él y le lamió el resto de la crema del dedo.

Una perturbadora sonrisa se extendió a lo ancho de los atractivos rasgos de Eriol. Se inclinó un poco más y la inmovilizó con su mirada azul. Despacio, bajó la boca para reclamar la suya. Tomoyo cerró los ojos antes de que sus labios se encontraran. Sintió su boca cálida y suavemente insistente, y su contacto le envió un escalofrío por su espalda. Se apoyó del todo en él y se entregó a aquellas sensaciones nuevas y estimulantes. Tembló de pasión cuando Eriol intensificó su beso. Como si procediera de una larga distancia, oyó su propio gemido de placer.
El sonido la sacudió como un cubo de agua fría. Con movimiento veloz se apartó de su abrazo y retrocedieron dos pasos antes de que él pudiera detenerla.
—Nunca más volváis a tomaros esas libertades conmigo —ordenó, tratando de recuperar la compostura.
— ¿Os gustó? —consultó Eriol con una sonrisa.
--—No —mintió, y se volvió para que no la viera sonrojarse.
Después de haber dejado que la besara, ¿cómo podría volver a mirarlo y fingir indiferencia? El Marqués parecía entero ante lo que para ella era uno de los hitos más importantes de su vida: su primer beso.
Avergonzada por lo que había hecho, se ocupó cortando el jengibre para depositarlo luego en sus platos. Por último bañó cada uno con crema batida.
—Es una escena muy hogareña. —Eriol se sentó frente a ella. La palabra hogareña hizo que se ruborizara otra vez—. Me gustan los jardines, jugar al golf y los caballos —anunció él sin preámbulo alguno, como si quisiera evitar el tema del beso—. Desprecio a los cazadores. ¿Qué me decís de vos?
—Me encantan los niños y los animales —informó Tomoyo.
—No os olvidáis de cocinar.
—También admiro el hecho de que no matáis por placer —agregó—. ¿Habéis matado alguna vez en defensa propia?
—Matar no es un tema apropiado para nuestra conversación. Poseo tres docenas de barcos que recorren todo el mundo.
—Jamás he subido a uno —admitió ella—. Ni siquiera he vuelto a Londres desde que era niña.
— ¿Querríais acompañarme a Oxford mañana? —preguntó él—. Es una ciudad hermosa.
Tomoyo se encontró cayendo bajo el hechizo de su mirada y se vio impotente para oponer resistencia. Sí, estaba de luto, pero ¿qué daño podía causar una pequeña excursión? En particular con el hombre que había prometido ayudarla a limpiar el nombre de su padre.
—Me gustaría —aceptó—. ¿Invitamos a Sakura y a los demás?
—No, creo que me gustaría aprovechar el tiempo para conoceros mejor

—Muy bien, mi lord. —Se ruborizó—. Iremos solos.

Santa cicuta, pensó Tomoyo a la mañana siguiente. Su lustroso cabello negro-violaceo le impedía aparecer tan desaliñada como un lirón, que era lo que deseaba ser en ese momento para desanimar al Marqués.
Se había levantado pronto y puesto un vestido negro de bombasí y unas botas negras. Después de trenzarse el pelo, se lo recogió en un moño en la nuca.
Recogió la capa negra de lana, se echó un último vistazo en el espejo y en silencio maldijo el tono exuberante de sus ojos y cabello. Cuánto habría dado por haber sido bendecida con un pelo castaño y ojos oscuros. No es que se considerara una belleza. No, las bellezas reconocidas por lo general tenían el pelo rubio y los ojos azules..., jamás el cabello con destellantes lilaceos de una actriz y los ojos color de las amatistas.
Se preguntó si su madre verdadera los habría tenido de ese color. ¿O se trataba del legado de su padre?
Abandonó sus aposentos y marchó por el pasillo de la segunda planta. ¿Cómo iba a poder entretener al Marqués un día entero? No era una de sus amigas sofisticadas de Londres. Apenas lo conocía. ¿De qué iban a hablar? Esperaba que no de crema batida, y ese pensamiento hiciera que interiormente se encogiera por su comportamiento descarado de la noche anterior, cuando le había lamido el dedo y luego besado.
Lo percibió esperando en el vestíbulo. Él se volvió, como si presintiera su llegada, y la observó descender los últimos escalones. ¿Cómo sabía exactamente lo que tenía que hacer para perturbarla? Al llegar al vestíbulo, se sintió aliviada por no haber tropezado y caído por las escaleras.
—Llegáis tarde —sonrió Eriol.
—Apenas cinco minutos —se defendió ella.
—Los magnates del mar son extremadamente serios con sus horarios. —Enlazó su brazo con el suyo y la condujo a la puerta.
—Me extraña que hayáis podido apartaros de vuestros libros de contabilidad —replicó mirándolo de reojo.
-Os sorprendería lo que estaría dispuesto a hacer para pasar unas pocas horas a solas con vos —manifestó él con voz ronca.

Tomoyo se ruborizó. Intentó pensar en una respuesta ingeniosa pero, una vez más, no lo consiguió.
Un coche con el escudo ducal esperaba ante la entrada. Al parecer, los iban a acompañar los hombres del Marqués ya que quien sostenía la puerta abierta era Sagi y Abdul ocupaba el asiento del conductor.
Tomoyo se sentó sobre el tapizado de piel y observó subir a Eriol. Durante un incómodo momento temió que ocupara el sitio disponible a su lado pero, respetuoso de la etiqueta correcta, lo hizo frente a ella.
El calor poco habitual del día parecía insinuar que las próximas fiestas serían las de Pascua y no las de Navidad. Con un sol tan brillante no parecía que estuvieran en otoño, la época más húmeda y opaca del año.
—Contadme más cosas sobre vos —pidió ella en un esfuerzo por entablar conversación.
—Contadme más cosas sobre vos —replicó Eriol.
—Yo lo pedí primero —insinuó Tomoyo con una sonrisa.
—Y yo segundo —le devolvió la sonrisa.
— ¿Cómo os hicisteis esa cicatriz? —insistió.
Eriol alzó la mano y se tocó la leve cicatriz que se situaba en la comisura de la boca.
—Al llegar a Eton descubrí que me costaba hacer amigos —comenzó, y la sorprendió al sonreír, como si el recuerdo le resultara amable y no doloroso—. Un día me vi involucrado en un desacuerdo con otro chico, que utilizó su fusta de montar para hacerme esto. Yo le devolví el favor con el mismo tratamiento, y desde entonces hemos sido los mejores amigos.
Asombrada por la historia, solo fue capaz de mirarlo fijamente. Jamás había imaginado que los jóvenes de buena cuna recurrieran a la violencia para arreglar sus diferencias. Por otro lado, nunca había tenido un hermano.
—Sí, princesa, los chicos son distintos a las chicas —explicó, como si le leyera los pensamientos—. Tsasaki Yamazaki, ahora duque de Kinross, y yo no tardamos en convertimos en el terror de Eton y estuvimos a punto de que en dos ocasiones nos expulsaran. Por suerte, los chicos crecen y aprenden a controlar sus impulsos salvajes. Cuando vayamos a Londres conoceréis a Yamazaki —-ella asintió pero no dijo nada—. Yamazaki se casó el año pasado con una joven procedente de vuestras colonias en oriente —añadió.
— ¿Una japonesa? —El inclinó la cabeza—. ¿Por qué decís vuestras en vez de nuestras?
—Por ningún motivo en particular. —Se encogió de hombros.

Yo jamás digo las cosas sin un motivo —informó ella—. Y dudo que vos lo hagáis.
— ¿Creéis que miento? —La miró con una ceja enarcada.
—No, esquiváis mi pregunta.
— ¿Es que era una pregunta?
—Seguís evadiéndola. —Entrecerró los ojos.
— He olvidado la pregunta original —respondió con sonrisa juvenil.
— ¿Os sentís inglés o francés? —removió ella—. Nacisteis en Francia, ¿verdad? -—Eriol asintió en silencio—. ¿Y bien?
—Algunos días me siento inglés —contestó al final—. Otros franceses.
Sus palabras no hicieron nada para aliviar la creciente frustración de Tomoyo. ¿Es que era incapaz de dar una respuesta sincera? No quería un prometido o un marido que se negara a confiar en ella.
— ¿Cómo os sentís hoy? —Le dio una última oportunidad para ofrecerle información sobre él.
—Me siento como el hombre más afortunado de Inglaterra al poder ir con vos, solos en este coche. —Se inclinó y le sonrió con gesto perverso.
—Guardaos el secreto para vos —soltó ella, ocultando la vergüenza con cólera.
—Os ruborizáis otra vez —bromeó él.
—Callad, o le ordenaré a vuestros hombres que regresen a Starlight —amenazó, y giró la cabeza para mirar por la ventanilla.
—Vuestros deseos son órdenes para mí —oyó que decía el Marqués.
Entonces se dio cuenta de que él había conseguido que dejara de formularle preguntas. Esa vez dejaría que creyera que había ganado, aunque no siempre sería tan afortunado.
Oxford se hallaba a siete millas al norte de Starlight. El viaje terminó poco más de una hora después, cuando el coche entró en High Street.
—Esa es la Iglesia de Saint Mary —comentó Tomoyo, adoptando el papel de guía—. A Oxford se la conoce como la «ciudad de los chapiteles» debido a sus torres. La Biblioteca Bodleiana está al norte de High Street y los parques se hallan situados en la zona nordeste. ¿Queréis dar una vuelta por la universidad?
—No espacialmente.
— ¿Perdón? —Su negativa la sorprendió.
—Desperdicié un año de mi vida aquí como estudiante universitario - -explicó.

—Asististeis a Oxford — exclamó incapaz de contener el asombro.
— ¿Por qué tengo la sospecha de que eso os sorprende?
—Porque así es —replicó Tomoyo, exasperada—. ¿Me invitasteis a recorrer siete millas para mostraros una ciudad que no deseáis ver?
—Abdul, para el coche —pidió Eriol. La miró y dijo—. Quería hacer unas compras y necesitaba vuestro consejo —ella lo observó con ojos entrecerrados. Él rió entre dientes ante su suspicacia—. No tengo experiencia con niñas pequeñas y quería comprar una muñeca para la hija de una amiga. Pensé que vos estaríais dispuesta a ayudarme a elegir una.
La expresión de Tomoyo se aclaró. De todas las cosas que podía haber dicho, la compra de una muñeca era lo último que habría esperado.
—Puedo ayudaros a eso —convino.
El coche se había detenido y Sagi abría la puerta para ellos. Eriol bajó primero y luego ayudó a Tomoyo.
—Iremos de compras y después cenaremos en el Turtle Dove —le indicó a sus hombres—. Reuníos con nosotros al final de High Street.
Ella aceptó su brazo y dejó que la escoltara calle abajo.
—Entremos aquí —pidió cuando pasaban por delante de una juguetería.
Una vez dentro, el propietario los llevó a ver una exposición de muñecas de una hermosa exquisitez. Una tenía una cabeza de cera y cabello humano. Otra había sido creada con una cabeza de delicada porcelana de Dresde, un cuerpo de cabritilla rosa y un vestido de muselina. Otra era de madera con extremidades articuladas.
— ¿Qué os parece? —inquirió Eriol.
— ¿Creéis que quiere jugar con ella o solo mirarla? —preguntó Tomoyo.
—Imagino que querrá jugar —él se encogió de hombros.
—Entonces ninguna de estas servirá —afirmó. Se volvió al tendero y le preguntó —¿Tiene alguna muñeca de trapo?
—Sí —respondió el otro—, pero no creo que una de trapo sea merecedora de...
—Muéstrenos las muñecas de trapo ----cortó Eriol—. También me llevaré la del vestido de muselina —le guiñó un ojo a Tomoyo—. Mirará una y jugará con la otra.
Con el consejo de ella, compró una muñeca enorme con un vestido de colores brillantes. El tendero guardó ambas en una caja y la envolvió con una cinta.

—Jamás os habría imaginado comprando una muñeca para una niña — comentó ella al salir del local.
—Me gustan los niños y algún día espero tener una casa llena de ellos aclaró —mirándola de reojo—. ¿Qué me decís vos?
Ella se ruborizó y apartó la mirada.
— Ah, ahí está vuestro hombre —dijo, soslayando la pregunta.
Toma —ordenó él, entregando la caja a Sagi—. Ahora vamos a cenar, nos reuniremos con vosotros más tarde.
Sagi asintió y marchó calle abajo, donde Abdul esperaba en
— Vuestros criados son hombres de pocas palabras —aseveró ella.
— Cierto, pero cuando hablan, los escucho.
Un perro enorme e increíblemente sucio se hallaba sentado cerca de la entrada de la Turtle Dove Inn, y gimió cuando pasaron a su lado. En momento en que Tomoyo se detuvo y se volvió hacia él, el animal levantó una de sus patas.
—Hola —lo saludó, aceptando la pata—. ¿Esperas a tu amo?
—Nunca os acerquéis tanto a un perro que no conozcáis —dijo Eriol, llevándola a la posada.
—Tonterías; habría gruñido si no hiera amistoso —replicó Tomoyo.
Eriol insistió en ocupar una de las pequeñas salas privadas. Cenaron carne asada con pudín de Yorkshire y salsa de rábanos, además de una variedad de quesos.
Mientras la atención de él se centraba en servir el vino, Tomoyo guardó unos trozos de carne en su pañuelo que luego escondió en el bolso. Sabía que posiblemente este se estropearía, pero la pobre criatura que gemía en el exterior de la posada parecía hambrienta.
—Y bien, ¿cómo pensáis limpiar el nombre de mi padre? —
—Aún medito en ello. Puede que jamás logremos demostrar que su muerte no fuera un suicidio, pero estoy seguro de que obtendré permiso para enterrar sus restos en tierra consagrada. ¿Os bastará con eso?
—No, nunca pararé de intentar limpiar su reputación —insistió ella--. Ciertamente no me casaré hasta que lo consiga. —él enarcando una ceja.
—Solo expongo un hecho —repuso Tomoyo.
— ¿Cuándo pensáis hablarle a lord Briggs de nosotros? —interpeló.
—Me dijisteis que no tenía que decidir revelar el compromiso hasta después de la presentación en sociedad —le recordó ella sorprendida.

—Cierto, pero el Barón es una elección inapropiada como marido —observó Eriol.
—Santa cicuta —exclamó Tomoyo—. ¿Quién os dio el derecho a decidir quién es apropiado y quién no?
—El tío Charles.
— ¿Perdonad?
—El tío Charles confiaba mucho en mi juicio —sonrió.
Sin saber cómo responder a eso, lo observó con ojos semi entornados. ¿Cómo se atrevía a irrumpir en su vida para empezar a darle órdenes? Pensaba considerar a quien ella quisiera como posible marido.
—Tened cuidado —-bromeó él—. Vuestra cara podría congelarse con esa expresión y entonces, ¿qué haríais?
—Casarme con vos —soltó.
—Princesa —echó la cabeza hacia atrás y rió— sois incorregible y, aunque un poco tempestuosa, una digna rival.
El perro sucio aún seguía en el exterior de la posada cuando salieron. Los miró con tristes ojos pardos que parecían suplicar su ayuda.
—Aguardad un minuto —pidió ella y se volvió hacia el perro. Sacó el pañuelo del bolso y depositó los trozos de carne delante del animal, que los engulló y la miró pidiendo más.
—Ahora ya nunca nos desharemos de él —dijo Eriol—. Probablemente siga al coche hasta que hayamos salido de la ciudad.
— ¿De qué raza es? —examinó ella, alargando la mano para acariciar la cabeza enorme del perro.
—Que me aspen —musitó Eriol tras estudiarlo— pero bajo toda esa mugre parece ser un perro lobo.
— ¿Un perro lobo en Oxford?
—Es evidente que uno de los estudiantes lo trajo a la universidad y lo abandonó. —Se encogió de hombros.
— ¿Abandonado? Oh, ¿podemos...?
—Decididamente no.
Sintiendo la mano en su brazo, Tomoyo caminó por la calle a su lado. Al llegar a la esquina de la manzana, miró por encima del hombro para ver al perro que los seguía.
Se paró y dio media vuelta. El animal dejó de andar y se sentó, apartar en ningún momento la mirada melancólica de ella. Tomoyo observó de reojo a Eriol. Este esbozó una sonrisa derrotada y llamó.

-Vamos perro

El animal se incorporó de un salto y marchó calle abajo. Cuando recorrió la distancia que había entre ellos, se sentó y esperó.
— Princesa, es todo vuestro —anunció él con sonrisa divertida.
El coche los esperaba. En esa ocasión Abdul les abrió la puerta
Sagi ocupaba el asiento del conductor. Tomoyo subió lucro. Eriol se sentó junto a ella, cometiendo un terrible desliz de etiqueta, pero de inmediato llamó al animal, que se quedó frente a ellos.

— Imagino que sabéis que aún no ha terminado de crecer —indicó

— Es el perro más grande que he visto —dijo Tomoyo— Tiene la complexión de un pony.
—Bajo toda esa suciedad es un puro perro lobo irlandés.
— Pongámosle un nombre —dijo Tomoyo—. ¿Es chico o chica?
Chico — anunció tras inclinarse para examinar sus genitales.
Me gustaría que los animales llevaran ropa —deseó con cierto rubor-.
—¿Qué os parece Rover? —sugirió él.
—No, tiene un aspecto digno, como Winston. —Se volvió entusiasmada hacia él —Tendremos que bañarlo en cuanto lleguemos.
—¿Tendremos?
— Me ayudaréis, ¿verdad? —pidió con mirada cautivadora.
— Princesa —sonrió— sois la única mujer a la que conozco que me ha invitado a bañar a su perro. ¿Cómo podría rechazar semejante proposición?
Excitada por la perspectiva de tener una mascota, Tomoyo olvidó interrogar a Eriol acerca de su pasado hasta que a media tarde llegaron a la Mansión Starligt. Por ese entonces ya era demasiado tarde, pero habría otras ocasiones en los días venideros.
Forbes abrió la puerta, pero retrocedió asustado cuando Winston bullo en el interior.
— ¿Qué es eso? —exclamó el mayordomo.
— Forbes, te presento a Winston —anunció ella—. Winston necesita un cuenco grande con comida, preferiblemente carne, y una bañera con agua templada preparada en el estudio —miró a Eriol y explicó—. La Cocina estará demasiado ajetreada a esta hora del día; además, me gustaría tener un recuerdo feliz asociado con esa estancia.
— ¿Esperáis que bañe a esa criatura? —exclamó Forbes.
— No, Su Excelencia lo hará. —Miró a Eriol con coquetería—con ayuda, desde luego, Vamos, Winston.

Emprendió la marcha por el pasillo que conducía al estudio. Eriol y Winstonla siguieron.
—Milady? —llamó Forbes. Cuando ella se volvió, añadió—. Lord Briggs vino esta mañana. Dijo que regresaría por la noche.
—Si Aidan vuelve esta noche, dile que me he retirado temprano y que lo recibiré por la mañana —instruyó al mayordomo.
—Será un placer, mi lady —repuso el otro, incapaz de contener una sonrisa—. Un inmenso placer.

Notas: Bueno no tengo mucho tiempo para dejar notas, pero quería subir el capitulo el día de hoy ^_^, espero que lo hayan disfrutado, Tomoyo es muy inocente por la forma de pensar que tenían antes y las normas de decoro, pero ustedes (creo yo) entienden perfectamente el albur que emplea Eriol así como sus discretas o a veces no tan discretas seducciones ^_^, y como verán hay un nuevo agregado Winston ^_^ por razones necesarias para mas adelante requería que fuera un perro y como no podía poner mi a kero ni a spinel ( familia de los felinos, que por cierto son mis favoritos) entra el muy adorable Winston que es un perro-lobo, que a su vez también tengo debilidad por los lobos, son tan hermosos, en fin, creo que es todo por el momento.

Quiero agradecer a todos aquellos que se tomaron su tiempo para dejar un review o agregaron la historia o a una servidora a sus favoritos o alertas, muchas gracias.

Espero estar subiendo otro capitulo para el fin de semana, cuídense y hasta pronto

Su amiga Estelanna, Yamitzuki