Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.
Dedicado en memoria de: Daddy's Little Caníbal por ver sido una gran fuente de inspiración y alegría, así como una de las mejores escritoras.
Capítulo Quinto
Tomoyo
paso
la bandeja
llena con comida al brazo izquierdo y abrió la puerta del estudio.
Entró y con un pie volvió a cerrar. Eriol se hallaba cerca de los
ventanales y junto a él se sentaba, Winston,
que
alzó el hocico para olfatear el aire cuando el aroma de la comida
flotó por la estancia.
—Nunca puedo entrar aquí sin pensar en
mi padre —comentó cuando dejo la bandeja sobre el escritorio.
—Podríamos haber ido a la cocina —sugirió él acercándose.
-
A Winstonno
le gustaría la actividad que hay allí a esta hora. —Se volvió
hacia el perro—. ¿Estás listo para comer?
El animal la miró
con ojos tristes. Ríos de baba colgaban de ambos lado de su boca
para caer al suelo y formar dos pequeños charcos.
—Silo
mantenéis esperando mucho más tiempo corremos el peligro de
ahogarnos.
Tomoyo dejó en el suelo un cuenco grande lleno con guiso de cordero se lo devoró en unos segundos y luego la miró pidiendo más.
—Esto
es para nosotros —le dijo a Eriol, alzando una fuente con
sándwiches de pepino. Luego bajó la bandeja al suelo y al instante
Winston
comenzó
a comer la carne asada que contenía. Al terminar, como postre, se
dedicó a roer el hueso que había sobrado.
—Este perro come
mejor que la mayoría de los pobres de Londres — denunció Eriol.
— En este momento no puedo hacer nada por los pobres de
Londres, pero si puedo alimentar a un perro hambriento.
— ¿Os
apetece un brandy para fortaleceros para su baño? —inquirió
Eriol,
susojos
azules resplandecían con desafío.
—Me
encantaría —ella aceptó el reto.
El sirvió dos copas y le
pasó una. Luego alzó la suya en un brindis.
—Por Winston,
la
última incorporación a nuestro
círculo familiar.
—
¿Nuestro círculo
familiar? —repitió Tomoyo.
—Estamos prometidos.
No dijo
nada ante su comentario. Alzó la copa y bebió un sorbo del líquido
ambarino. Al momento abrió mucho los ojos a medida que el brandy
quemaba un sendero hasta su estómago, quitándole el aliento y
haciéndola toser.
—Bebida excelente —jadeó.
—
¿Queréis un cigarro? —Ofreció Eriol con expresión divertida.
-—Creo que pasaré de eso —rió ella.
Una llamada a la
puerta atrajo su atención. Terminada la comida, Winstonse
sentó erguido con las orejas tiesas y en estado de alerta.
—Adelante —dijo Tomoyo.
Forbes abrió la puerta y entró
con unas toallas y jabón, aunque sin apartar la vista del monstruoso
peno.
—Los criados están en el corredor con una bañera y agua
templada.
—Diles que la dejen delante de la chimenea —instruyó
Tomoyo.
Forbes titubeó, como si deseara hablar.
—Princesa,
quizá a algunos criados los asusten los perros grandes — comentó
Eriol mientras señalaba los ventanales—. ¿Por qué no me lo llevo
fuera mientras la instalan? —Cruzó la estancia, abrió el cristal
y salió al exterior. El perro lo siguió.
Tomoyo cerró a su
espalda y notó que el panel roto de cristal había sido reemplazado
durante su estancia en Oxford.
Bajo la supervisión del
mayordomo, dos criados introdujeron la bañera en el estudio y la
colocaron delante de la chimenea de mármol negro. Más criados
empezaron a entrar para llenarla con cubos con agua templada.
—
¿Deseáis algo más? —preguntó Forbes antes de marcharse.
—No,
gracias —llamó en el cristal cuando Forbes abandonaba la estancia.
Los dos regresaron por el mismo camino que habían salido.
Eriol
condujo al perro a la bañera Tomoyo probó la temperatura del agua
mientras él se quitaba la chaqueta y se remangaba la camisa.
—Entra
en la bañera —le ordenó al animal.
Winstonse
tumbó en el suelo y apoyó la cabeza en sus patas delanteras. Cuando
Tomoyo rió entre dientes, el perro enorme meneó el rabo como si
entendiera.
—Por favor, Winston—pidió
ella, palmeando el costado de la bañera.
Eriol carraspeóy
ordenó con voz severa.
—Entra en
la
bañeraahora.
—El perro se levantó, saltó al interior del recipiente de madera
y los salpicó—. Buen chico. —Le dio una palmada. Recogió el
jabón y comenzó a frotarlo—. Al parecer, alguien lo adiestró.
—
¿Por qué
creéis
que su antiguo dueño lo abandonó?
— No sabemos si lo hizo
—repuso Eriol—. Es posible que el perro se perdiera. Pasadme ese
cubo con agua para enjuagarlo.
Tomoyo se lo dio y recogió otro.
Ambos vertieron el contenido sobre el perro, que alzó la cabeza y
aulló su desaprobación como un lobo.
— ¡Santa Cecilia!
—exclamó ella.
— Es
de
un blanco nevado —comentó él igual de sorprendido
—Pensé
quesería
pardo —comentó mientras extendía una toalla
—La suciedad
ocultaba su verdadero color —convino Eriol— Winston
fuera
El
perro lobo no necesitó una segunda invitación. Saltó de la bañe-
y se sacudió enviando una ducha de gotas en todas direcciones.
Arrodillados a los costados del animal, Eriol y Tomoyo lo secaron en
menos de una hora. Ella le lanzó una mirada de advertencia cuando
sus dedos se tocaron por accidente. Con la vista clavada en Tomoyo,
la insinuación de una sonrisa suavizaba los rasgos de Eriol.
—Princesa, trabajamos bien juntos —comentó él con voz
ronca.
—Necesitamos una cinta para Winston—indicó,
eludiendo adrede su comentario— Quiero que esté guapo cuando
conozca a mi familia.
— Los machos no llevan cintas —protestó
él—-Lo llevaré a dar una vuelta mientras os cambiáis para el té.
Saldremos por allí. Los jardines posteriores son más íntimos que
los delanteros.
— ¿Cómo volveréis a entrar? —preguntó
mirando los ventanales.
—Entraremos por la puerta, como hace la
mayoría de la gente Tomoyo se ruborizó por su propia estupidez.
Después de que salieran, cerró les ventanales a su espalda. De
nuevo pensó en el día en que había muerta su padre. Alarmada
porque él no respondía a su llamada, le había ordenado a Forbes
que trajera la llave, pero el mayordomo no había podido localizarla.
Aidan y él habían ido al exterior y roto la ventana para poder
entrar.
Abandonó el estudio y subió a sus aposentos para
observar por la ventana quedaba a la entrada principal. A través de
la temprana oscuridad del anochecer- avistó el resplandor del
cigarro del Marqués. Recordó
La
sensación de su boca cálida contra sus labios y alzó un dedo para
apoyarlo en ellos.
Atractivo, rico y noble, Eriol Hiragizawa era
un hombre asombroso con la suficiente compasión para adoptar a un
perro perdido. De algún modo, no pudo imaginar a Aidan Briggs
haciendo lo mismo.
Se zarandeó mentalmente y se apartó del
cristal. Se quitó el vestido húmedo y se enfundó en otro de
algodón negro. Se hallaba de luto y se negaba a abandonarlo hasta
que la presentación en Londres se lo requiriera.
Se sentó ante
el tocador y se observó en el espejo enmarcado. Esa noche haría
falta un milagro para domar sus rebeldes bucles oscuros.
Una
llamada a la puerta captó su atención. Sin duda seria su hermana.
—Pasa, Sakura —indicó.
La puerta se abrió despacio.
Sorprendiéndola, Winstonentró
a toda carrera meneando el rabo de un lado a otro como si fuera una
batuta.
— ¿Cómo has...? —Miró hacia la puerta, donde el
Marqués se encontraba de pie. Sonreía—. ¿Qué hacéis aquí?
—preguntó.
—Esperaba pillaros con menos ropa encima —explicó
con tono perverso— Veo que he llegado demasiado tarde.
—He de
protestar por vuestra presencia aquí —manifestó mientras sentía
el violento rubor en sus mejillas. Sin molestarse en cepillarse el
cabello, cruzó la estancia y salió al pasillo. Mientras se dirigían
a las escaleras añadió—. Nuestro acuerdo no os da la libertad
de... —dejó de hablar y se volvió hacia él al sentir sus dedos
en la espalda—. ¿Qué estáis haciendo? —gritó.
—Os
saltasteis un botón —informó Eriol con una expresión de
inocencia que no la engañó ni un instante.
—Ningún caballero
decente tocaría a una mujer sin su consentimiento —amonestó
Tomoyo—. Sed
tan amables de conteneros para no hacerlo.
—Espero
que no me hayáis tomado por un caballero decente — replicó él,
alargando la mano para colocar un mechón rebelde de pelo detrás de
su oreja—. Además, no tiene nada de malo que una pareja prometida
se toque.
Tomoyo retrocedió un paso con celeridad provocando una
sonrisa en él. Decidió que el Marqués no solo no era un caballero
decente, sino que parecía regodearse en desafiar las pautas del
comportamiento apropiado.
—Dais demasiadas cosas por sentadas
—advirtió ella, mirándolo sin pestañear—. Estoy convencida de
que en Londres hay muchos maridos potenciales, todos caballeros
decentes.
—La decencia puede ser dolorosamente aburrida. —Y
la obsequió con una sonrisa perversa.
—Yo
juzgaré eso —anunció Tomoyo,
y siguió caminando por el pasillo en dirección a las escaleras.
—Me encanta cuando os ruborizáis, princesa —musitó sin
abandonar su lado—. Esa tonalidad rosácea acentúa el tono lilaceo
de vuestros ojos.
—No digáis esas cosas —lo observó de
reojo.
— ¿Por qué?
—Hacéis que me sienta incómoda.
—Lo oyó reír entre dientes pero se negó a mirarlo otra vez.
Sabía que eso solo fomentaría su mala conducta.
— ¡Una
bestia! —Oyó Tomoyo gritar a la tía Mei cuando Winstonentró
por delante de ellos en el salón.
Eriol y ella llegaron justo a
tiempo de evitar que Winstonalcanzara
la fuente con sándwiches de pepino y galletitas de limón.
—Sentado, Winston
—ordenó
él, al oír la voz de autoridad, el perro se detuvo al instante y se
sentó al lado de la comida—. Buen chico —alabó, dándole una
palmadita en la cabeza.
— ¿Eso es un perro? —preguntó
Nakuru.
—Se parece más a un pony —comentó Mei.
—Es un
perro lobo de pura sangre irlandesa —informó el tío Charles—.
Creo que es casi tan grande como Tiny,
el
can que tenía el príncipe Adolfo en Eton.
—Winston,
¿no?
— Inquirió Sakura—. ¿No crees que con una cinta estaría más
guapo? -
Tomoyo miró a Eriol con expresión de ya-os-lo-dije.
—Nada de cintas —dijo él.
—Oh, santo cielo, mirad esas
babas desagradables —señaló Nakuru.
Dos ríos de saliva
colgaban de las comisuras del hocico de Winstonal
mirar la tentadora fuente.
Tomoyo sacó un pañuelo para
limpiarlo y luego le dio un sándwich. Winston
se
lo tragó sin masticar.
—Un cachorro en fase de crecimiento
tiene un apetito saludable —comentó Eriol con una sonrisa. Luego
ordenó— Winston,
tumbado.
—El animal se echó sobre la alfombra y apoyó la cabeza en sus
patas delanteras.
— ¿De dónde lo habéis sacado? —quiso
saber el tío Charles.
—La condesa de Starlight posee un gran
corazón, y al parecer desea adoptar a cualquier animal perdido que
se cruce en su camino —repuso Eriol.
—Hay cosas peores en la
vida —apuntó ella. Sentándose en el borde del sofá, se inclinó
sobre el animal y le palmeó la cabeza— Winston
es
tan bonito. —El perro levantó la cabeza y le ofreció la pata.
—Los
chicos son atractivos, no bonitos —corrigió Eriol.
—Un
mensajero ha venido de Londres —expuso el tío Charles —eso captó
la atención de Tomoyo.
—El príncipe Adolfo ha recibido
autorización de Prinny.
— ¿El Príncipe Regente? —exclamó Sakura.
El tío
Charles sonrió y asintió. Luego miró a Eriol.
—Prinny te
dará la administración judicial de los bienes de los Daidouji.
—Por un precio, desde luego.
—Sabes que Prinny tiene
agujeros en los bolsillos. —El tío Charles se encogió de hombros.
—No entiendo —intervino Tomoyo, mirando al Duque y al
Marqués.
—Por una tarifa, el Príncipe Regente me dará la
autoridad para supervisar vuestros bienes hasta que se alcance una
decisión final sobre la muerte de vuestro padre —explicó Eriol.
—Os lo reembolsaré en cuanto se aclare el asunto —prometió
Tomoyo.
—No os preocupéis por el dinero —dijo Eriol— Todo
queda en familia.
—Aún no somos familia —le recordó ella.
—Tomoyo! —llamó una voz desde el umbral antes de que el
Marqués pudiera replicar.
Todo el mundo se volvió para ver a
lord Briggs atravesar el salón hacia ellos. Winstonlevantó
la cabeza, se sentó y le gruñó al Barón. Aidan se detuvo en seco
y miró sorprendido al animal.
— ¿Qué es eso? —exigió.
—Mi perro —respondió Tomoyo.
—Winston,
túmbate
—ordenó Eriol.
Al instante el animal volvió a echarse. Sin
embargo, mantuvo las orejas pequeñas erguidas, como si estuviera
alerta ante una presencia peligrosa en la estancia.
—Una dama
necesita un perro faldero, no un monstruo —le dijo Aidan a Eriol.
—Yo no se lo regalé. —Miró al otro con las cejas enarcadas.
—Lo encontramos hoy en Oxford —comunicó Tomoyo.
— ¿Es
que nunca vas a aprender? —dijo Aidan con voz severa meneando la
cabeza.
Winstongruñó
pero no se movió.
—Creo que a Winstonno
le gusta vuestro tono —comentó Eriol con voz que insinuaba
diversión.
—Tomoyo
—lord Briggs obvió al Marqués—, debo hablar en privado contigo.
—Eso puede esperar hasta mañana —le amonestó ella,
negándose a escuchar otro de sus discursos—. ¿Por qué no tomas
el té con nosotros?
—Por la mañana me marcharé a ver a mi
hermana —notificó Aidan—. Te dije que este año iba a pasar las
fiestas con ella.
Ella sintió un alivio inmenso al descubrir que
iba a marcharse. Luego la invadió un sentimiento de culpabilidad.
—Oh, lo había olvidado. —Se levantó del sofá—. Vayamos
abajo. —Atravesó el salón, pero antes de marcharse, miró por
encima del hombro y le dijo a los demás— Volveré enseguida.
Caminaron en silencio por el pasillo en dirección a la escalera
principal. Al bajar por los escalones ella estuvo a punto de estallar
en una carcajada al ver a Forbes, que recogía la capa del Barón
anticipando su partida.
Pobre
Aidan, pensó.
Al parecer nadie en la Mansión Starlight deseaba su presencia.
Cuando el mayordomo le entregó la capa Aidan miró fijamente al
hombre hasta que el otro abandonó el vestíbulo. Luego se volvió
para observarla con ojos desdichados.
—Me siento como un
intruso no deseado —comentó.
—Perdóname —se disculpó
Tomoyo, tocándole el brazo—. En ningún momento era mi intención
hacer que te sintieras de ese modo. La muerte súbita de mi padre ha
descontrolado mi mundo y aún intento encontrar el equilibrio.
—Tengo un regalo para ti —indicó con expresión más suave.
Metió la mano en el bolsillo y extrajo un estuche pequeño.
—No
deberías haberme traído un regalo —ella meneó la cabeza. ¿Cómo
podía aceptar el regalo de un hombre cuando estaba prometida a otro?
Aidan abrió la caja. Sobre un fondo de terciopelo había un
diamante Conforma
de corazón unido a una cadena de oro.
—Este collar perteneció
a mi madre —dijo.
—No puedo aceptar un regaló tan caro, en
particular uno que tenga un valor sentimental —se excusó ella.
—Por favor, Tomoyo.
—Este collar es para tu futura
esposa, quienquiera que pueda ser.
—Esperaba que lo fueras tú
-explicó él con amor en sus ojos—. Además, el collar es para
quien yo desee que lo lleve. —Depositó el estuche en su mano—.
Guárdalo como símbolo de nuestra larga amistad.
Tomoyo se
sintió como la criatura más vil de la tierra.
—Lo
guardaré para tu futura prometida —convino con renuencia— Cuando
desees que te lo devuelva, me encantará entregártelo.
—Gracias
—sonrió él. -
—Yo no tengo nada para ti.
—Siempre he
anhelado besarte —comentó Aidan, acercando lentamente su cara a la
de ella.
Justo cuando sus labios iban a encontrarse, Tomoyo oyó
un gruñido bajo y amenazador. Retrocedió un paso y se volvió para
ver a Eriol y a Winstonde
pie en las escaleras. Sintió una oleada de ira en su interior. ¿Cómo
pudo haber impuesto su presencia en un momento tan privado? ¿De
dónde sacaba el arrojo?
—Ese perro es peligroso y debería ser
destruido —advirtió Aidan con tono irritado—. Si alguna vez me
lo encuentro solo, es lo que haré.
Tomoyo no supo a quién
quería estrangular primero. Eriol jamás tendría que haber invadido
ese momento, pero Aidan no tendría que haber amenazado la vida de su
perro.
—Si lo haces, nunca más te volveré a hablar —espetó
mirándolo— Vete de mi propiedad. —Le dio la espalda y se alejó
un paso.
—Eras dulce y dócil hasta que él
llegó
—dijo Aidan con voz llena de resentimiento.
— ¿Dulce y
dócil? —repitió ella, volviéndose despacio— Guarda tu maldito
collar. —Le arrojó el estuche.
Briggs lo atrapó antes de que
lo golpeara. La miró con enfado y se marchó.
—Y vos, milord,
sois un incordio aristocrático —anunció ella de cara a Eriol—.
Manteneos al margen de mis
asuntos
personales... Vamos Winston—Seguida
por el perro pasó a su lado y comenzó a subir por las escaleras.
—No puedo —repuso él en voz baja.
— ¿Qué habéis
dicho? —preguntó, deteniéndose.
—Como vuestro prometido,
vuestros asuntos personales son los míos —recordó Eriol.
—Mis
asuntos personales son mis asuntos —insistió ella—. Vuestra
constante intromisión en mi vida resulta irritante. Bajo ningún
concepto me casaré con un hombre que es tan... tan... intruso.
—Todos
los hombres son intrusos cuando algo concierne a sus mujeres —señaló
con una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
—No soy
vuestra mujer —soltó ella.
—Lo seréis si decido extender la
noticia de nuestro compromiso en Londres —replicó.
—Manteneos
fuera de mi camino —amenazó— o lo lamentaréis.
— ¿Qué
haréis? —preguntó con expresión risueña— ¿Retarme a un
duelo?
—Nada tan obvio como eso. —Lo miró con la arrogancia
de una joven reina— Envenenaré la crema batida que toméis.
—
¿Con cicuta?
—Esa muerte sería demasiado rápida, os
acarrearía poco sufrimiento. Tal vez emplee un purgante.
Volvió
a subir por los escalones. Se negó a concederle una mirada al oír
su carcajada.
Al llegar a sus aposentos, se sentó delante de la
chimenea para acariciar al perro y echar chispas por los ojos. ¿Por
qué Aidan no podía aceptar el hecho de que nunca iban a casarse? Su
padre había rechazado su oferta de matrimonio. ¿Por qué
consideraba que ella iba a aceptarlo en ese momento? ¡Y ese
entrometido Marqués! A Eriol Hiragizawa! más le valía guardar las
distancias y dejar de meterse en sus asuntos privados. Un contrato de
compromiso de quince años de antigüedad no le brindaba una
propiedad exclusiva sobre ella.
Al rato el movimiento sobre la
piel del perro la tranquilizó tanto a ella como al animal, y se
consideró capaz de dormir un poco. Con Winstonacurrucado
en una bola gigantesca en su cama, durmió más apaciblemente que
nunca desde la muerte de su padre. A la mañana siguiente la despertó
el sonido de la puerta al abrirse. Entornó los ojos y vio que
Winstonalzaba
la cabeza, luego oyó un silbido bajo. El perro saltó del lecho y un
momento más tarde la puerta volvió a cerrarse.
Somnolienta, se
preguntó si el Marqués pensaba también invadir su dormitorio. Su
comportamiento era demasiado familiar y totalmente inapropiado,
incluso para un novio. Cuando bajara a desayunar le daría el
discurso de su vida.
Dos horas después, Tomoyo se hallaba ante
la puerta del comedor, enderezó los hombros, preparándose para
entablar una batalla con él y entró. Charles, sentado solo a la
cabecera de la larga mesa, le pasaba en ese momento un trozo de
salchicha a Winston.
—Buenos
días —saludó ella, aliviada de que aún no se hubiera presentado
la necesidad de enfrentarse al Marqués.
—Buenos días, pequeña
—la recibió el Duque.
—Veo que has hecho un nuevo amigo. —Se
sentó a su derecha.
El tío Charles rió entre dientes. Alzó
otro trozo de salchicha y se lo dio al animal.
—Eriol te espera
en el estudio para hablar contigo en privado.
—Que espere —manifestó con la más dulce de las sonrisas.
—Se
marchará pronto y quería...
— ¿Te vas a marchar tú?
—interrumpió ella sorprendida— Pensé que te ibas a quedar a
pasar aquí las fiestas.
—Yo no me voy a ninguna parte
—garantizó él mientras le palmeaba la mano—, pero los negocios
requieren que mi sobrino regrese a Londres. A propósito, me alegra
que lamentes su partida.
—Jamás he dicho eso.
—No hizo
falta. —Le guiñó un ojo—. Puedo ver el pesar en tus bonitos
ojos amatistas.
—Lo que ves es el destello de furia, no el de
las lágrimas —corrigió Tomoyo, levantándose. Entonces se dirigió
hacia la puerta, pero se detuvo cuando el Duque la llamó.
—Pequeña,
creo que a Winstonle
importas más tú que las salchichas.
—Es reconfortante saber
que me tiene en tan alta estima —dijo al ver al perro pegado a
ella— Vamos, Winston.
Seguida
por el animal, recorrió el pasillo hasta el estudio de su padre. La
puerta se hallaba cerrada, tal como había sucedido aquel trágico
día. Alzó la mano para llamar pero se lo pensó mejor. La Mansión
Starlight era su hogar, no el de Eriol giró el pomo y entró.
En
el acto de guardar sus papeles en una mochila, Eriol levantó la
vista cuando ella atravesó la estancia.
—Ven a sentarte junto
a la chimenea —dijo--—. Quiero hablar contigo.
—Prefiero
permanecer de pie —repuso con frialdad al acercarse a la chimenea
de mármol negro.
Él inclinó la cabeza y se reunió con ella.
Winstonse
echó en la alfombra.
—En el futuro, conteneos de irrumpir en
mis aposentos —Tomoyo lo miró a los ojos y cruzó los brazos como
si quisiera evitar su proximidad.
—Jamás hice eso —explicó
él.
—Esta mañana abristeis mi puerta y le silbasteis al
perro.
—Sí —reconoció con una sonrisa—. Hay un mundo de
diferencia entre silbar desde el umbral a entrar en la habitación.
Saber que dormíais detrás de esa puerta fue una tentación.
Princesa, sois sencillamente irresistible.
Bajó los brazos a los
costados y lo miró sorprendida. No podía creer que ese hombre
sofisticado la encontrara irresistible. No sabía si sentirse
halagada o insultada.
—Dejad de espiarme —logró manifestar
al final—. ¿Cómo podré dar con un esposo potencial si siempre
estáis de guardia?
—Yo dije un caballero apropiado
—corrigió
él—. No considero apropiado a lord Briggs.
— ¿Por
qué no? —Él sólo le sonrió—. ¿Y a quién consideráis
apropiado?
—A mí. —Ella lo observó con seriedad—. Lo
siento, princesa. He de irme a Londres esta mañana. —Alzó una
caja tallada del escritorio—. He estado guardando este regalo para
vos desde que nos prometimos hace quince años.
En toda su vida
solo había recibido regalos de su padre, y en dos días dos hombres
querían hacerle uno.
— Mi madre en una ocasión le contó a mi
padre la historia de una princesa que besó a una rana que se
convirtió en un príncipe —continuó Eriol—. Después, mi padre
le hizo este regalo a mi madre.
Abrió la tapa de la caja. Dentro
se veía un broche de diamantes con forma de rana, engarzado en
platino y oro, con ojos de amatistas. Tomoyo quedó aturdida. Jamás
había contemplado un broche más hermoso. Nadie que conociera podía
comprar unas joyas tan caras. ¿Quién había sido su padre? El lujo
de comprar gemas invaluables como ese solo estaba al alcance de la
realeza.
—Quiero que lo llevéis —dijo él.
—No podría
aceptar... —Lo miró.
—Podéis y lo haréis. —Extrajo el
broche de la caja y se acercó para ponérselo en el corpiño del
vestido.
—Yo lo haré —Alzó los brazos para detener sus
manos antes de que la tocara.
—Os lo pondré yo —afirmó y
con suavidad le colocó las manos a los costados. -
Al
aproximarse para ponerle el broche, su contacto y su limpio aroma
masculino invadieron sus sentidos. Lo sintió con todas las fibras de
su ser y temió que pudiera oír el latido frenético de su corazón.
Acabada la tarea, él deslizó las yemas de los dedos por el
costado de su pecho. Asombrada por la intimidad de su contacto,
Tomoyo retrocedió de un salto y, al mismo tiempo, alzó la mano para
abofetearlo. Eriol le aprisionó la muñeca antes de que hubiera
encontrado su objetivo y la pegó a su cuerpo fuerte y musculoso.
—Vais demasiado lejos —reprendió ella con vehemencia.
—Relajaos, princesa —dijo en voz baja, manteniéndola cautiva
con su mirada azul—. Solo quiero un beso de agradecimiento.
Tomoyo
lo miró durante un momento lleno de tensión.
—Podéis besarme
—cedió al final, ofreciéndole la mejilla.
—Oh, no —comentó
él con tono de renuente admiración. Con un dedo le giró el rostro.
Bajó la cabeza para reclamar sus labios en un beso lento y
arrebatador mientras sus brazos le rodeaban la cintura y la pegaba a
los duros y planos músculos de su torso. Ella sintió sus labios
cálidos, firmes y exigentes. Él movió la lengua por la abertura de
su boca y,cuando
esta se abrió, la introdujo para saborear la dulzura que había más
allá de los labios.
Abrumada por el contacto íntimo y la
increíble sensación de la caricia en el interior de la boca, Tomoyo
tembló con pasión y se rindió a ese beso consumidor. Le rodeó el
cuello y le devolvió el beso. Resultaba tan agradable, tan natural y
excitante estar en sus brazos.
Winstongimió.
El beso concluyó tan súbita e inesperadamente como había
comenzado.
—Ese despreciable perro lleva aquí menos de un día
y ya está malcriado ----musitó Eriol, pasando un dedo por el óvalo
de su rostro—. Os echaré de menos mientras esté en Londres.
Mareada aún por el devastador beso, Tomoyo sentía todo el
cuerpo acalorado. ¡Santa cicuta! ¿Cómo
podía un sencillo beso surtir ese efecto en ella?
—Me
marcho ahora —dijo él—. Acompañadme.
El tío Charles los
esperaba en el vestíbulo, lo que impidió que el beso se repitiera.
Ella se sintió aliviada. Al menos no le pediría que lo besara en
público.
— ¿llamarás a Adolfo? —le preguntó el Duque a
Eriol.
—Todo estará arreglado cuando vayas a Londres —aseguró
él. Se volvió hacia Tomoyo—. Os veré en unas semanas, reconoced
que me echaréis de menos.
—Os echaré de menos —sonrió con
dulzura—casi tanto como a mi último dolor de muelas.
Eriol
sonrió y se inclinó para besarle la mejilla. Sin decir otra
palabra, salió por la puerta.
Tomoyo lo observó meterse en el
coche. Sagi y Abdul subieron al asiento del conductor y partieron.
Al ver cómo el Marqués se marchaba a Londres, Tomoyo no se
sintió tan aliviada como había pensado. De hecho, se sentía
desilusionada. La Mansión Starlight iba a parecer vacía sin él.
Desvió la mirada hacia el Duque y se sonrojó al ver que este la
contemplaba. Bajó la vista al broche que llevaba y sonrió.
—Creo
que este será mi mejor año —comentó él antes de alejarse.
Tomoyo posó los dedos en el broche con forma de rana y esbozó
una sonrisa. Miró a Winston,
que
se hallaba a su lado meneando el rabo.
—Acompáñame, amigo.
—Le dio la espalda a la puerta—. Tengo una bonita cinta azul que
quiero que lleves.
Notas: Hola! Primero que nada quiero decirles que estoy muy emocionada por que todos aquellos que se han tomado al molestia de ver este fic, y así mismo ponerlo en alertas o favoritos, y ni que decir de aquellos que se tomaron su tiempo para dejar un review, este capi me ha gustado mucho por la interacción de que hay entre nuestra parejita ET, espero que compartan el gusto también, me gusto mucho el detalle de que Eriol le guardara un regalo a su prometida desde hace 15 años, se me hace un lindo detalle, así como el papel que tendrá Winston, yo le tengo mucho cariño a ese "cachorro" (será por que me lo imagino casi como un lobo?? … quien sabe) Eriol se ha separado de Tomoyo, ha ido a Londres, lo mejor ya viene, y mucho me temo que la intrusión de una condesa zorra también T_T espero que les haya gustado, casi y no lo subo, ando muy enferma el día de hoy con gripa y alergia sniff sniff pero en fin, esperare sus comentarios a ver que les pareció y según sea su entusiasmo tratare de subir otro capi el día de mañana en la noche, pero no prometo nada.
Cuídense mucho, y se despide su amiga Estelanna
