Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.

Dedicado en memoria de: Daddy's Little Caníbal por ver sido una gran fuente de inspiración y alegría, así como una de las mejores escritoras.

Capítulo Quinto

Tomoyo paso la bandeja llena con comida al brazo izquierdo y abrió la puerta del estudio. Entró y con un pie volvió a cerrar. Eriol se hallaba cerca de los ventanales y junto a él se sentaba, Winston, que alzó el hocico para olfatear el aire cuando el aroma de la comida flotó por la estancia.
—Nunca puedo entrar aquí sin pensar en mi padre —comentó cuando dejo la bandeja sobre el escritorio.
—Podríamos haber ido a la cocina —sugirió él acercándose. -
A Winstonno le gustaría la actividad que hay allí a esta hora. —Se volvió hacia el perro—. ¿Estás listo para comer?
El animal la miró con ojos tristes. Ríos de baba colgaban de ambos lado de su boca para caer al suelo y formar dos pequeños charcos.
—Silo mantenéis esperando mucho más tiempo corremos el peligro de ahogarnos.

Tomoyo dejó en el suelo un cuenco grande lleno con guiso de cordero se lo devoró en unos segundos y luego la miró pidiendo más.

—Esto es para nosotros —le dijo a Eriol, alzando una fuente con sándwiches de pepino. Luego bajó la bandeja al suelo y al instante Winston comenzó a comer la carne asada que contenía. Al terminar, como postre, se dedicó a roer el hueso que había sobrado.
—Este perro come mejor que la mayoría de los pobres de Londres — denunció Eriol.
— En este momento no puedo hacer nada por los pobres de Londres, pero si puedo alimentar a un perro hambriento.
— ¿Os apetece un brandy para fortaleceros para su baño? —inquirió Eriol, susojos azules resplandecían con desafío.

—Me encantaría —ella aceptó el reto.
El sirvió dos copas y le pasó una. Luego alzó la suya en un brindis.
—Por Winston, la última incorporación a nuestro círculo familiar.
— ¿Nuestro círculo familiar? —repitió Tomoyo.
—Estamos prometidos.
No dijo nada ante su comentario. Alzó la copa y bebió un sorbo del líquido ambarino. Al momento abrió mucho los ojos a medida que el brandy quemaba un sendero hasta su estómago, quitándole el aliento y haciéndola toser.
—Bebida excelente —jadeó.
— ¿Queréis un cigarro? —Ofreció Eriol con expresión divertida.
-—Creo que pasaré de eso —rió ella.
Una llamada a la puerta atrajo su atención. Terminada la comida, Winstonse sentó erguido con las orejas tiesas y en estado de alerta.
—Adelante —dijo Tomoyo.
Forbes abrió la puerta y entró con unas toallas y jabón, aunque sin apartar la vista del monstruoso peno.
—Los criados están en el corredor con una bañera y agua templada.
—Diles que la dejen delante de la chimenea —instruyó Tomoyo.
Forbes titubeó, como si deseara hablar.
—Princesa, quizá a algunos criados los asusten los perros grandes — comentó Eriol mientras señalaba los ventanales—. ¿Por qué no me lo llevo fuera mientras la instalan? —Cruzó la estancia, abrió el cristal y salió al exterior. El perro lo siguió.
Tomoyo cerró a su espalda y notó que el panel roto de cristal había sido reemplazado durante su estancia en Oxford.
Bajo la supervisión del mayordomo, dos criados introdujeron la bañera en el estudio y la colocaron delante de la chimenea de mármol negro. Más criados empezaron a entrar para llenarla con cubos con agua templada.
— ¿Deseáis algo más? —preguntó Forbes antes de marcharse.
—No, gracias —llamó en el cristal cuando Forbes abandonaba la estancia. Los dos regresaron por el mismo camino que habían salido.
Eriol condujo al perro a la bañera Tomoyo probó la temperatura del agua mientras él se quitaba la chaqueta y se remangaba la camisa.
—Entra en la bañera —le ordenó al animal.
Winstonse tumbó en el suelo y apoyó la cabeza en sus patas delanteras. Cuando Tomoyo rió entre dientes, el perro enorme meneó el rabo como si entendiera.
—Por favor, Winston—pidió ella, palmeando el costado de la bañera.
Eriol carraspeóy ordenó con voz severa.
—Entra en la bañeraahora. —El perro se levantó, saltó al interior del recipiente de madera y los salpicó—. Buen chico. —Le dio una palmada. Recogió el jabón y comenzó a frotarlo—. Al parecer, alguien lo adiestró.
— ¿Por qué creéis que su antiguo dueño lo abandonó?
— No sabemos si lo hizo —repuso Eriol—. Es posible que el perro se perdiera. Pasadme ese cubo con agua para enjuagarlo.
Tomoyo se lo dio y recogió otro. Ambos vertieron el contenido sobre el perro, que alzó la cabeza y aulló su desaprobación como un lobo.
— ¡Santa Cecilia! —exclamó ella.
— Es de un blanco nevado —comentó él igual de sorprendido
—Pensé quesería pardo —comentó mientras extendía una toalla
—La suciedad ocultaba su verdadero color —convino Eriol— Winston fuera
El perro lobo no necesitó una segunda invitación. Saltó de la bañe- y se sacudió enviando una ducha de gotas en todas direcciones. Arrodillados a los costados del animal, Eriol y Tomoyo lo secaron en menos de una hora. Ella le lanzó una mirada de advertencia cuando sus dedos se tocaron por accidente. Con la vista clavada en Tomoyo, la insinuación de una sonrisa suavizaba los rasgos de Eriol.
—Princesa, trabajamos bien juntos —comentó él con voz ronca.
—Necesitamos una cinta para Winston—indicó, eludiendo adrede su comentario— Quiero que esté guapo cuando conozca a mi familia.
— Los machos no llevan cintas —protestó él—-Lo llevaré a dar una vuelta mientras os cambiáis para el té. Saldremos por allí. Los jardines posteriores son más íntimos que los delanteros.
— ¿Cómo volveréis a entrar? —preguntó mirando los ventanales.
—Entraremos por la puerta, como hace la mayoría de la gente Tomoyo se ruborizó por su propia estupidez. Después de que salieran, cerró les ventanales a su espalda. De nuevo pensó en el día en que había muerta su padre. Alarmada porque él no respondía a su llamada, le había ordenado a Forbes que trajera la llave, pero el mayordomo no había podido localizarla. Aidan y él habían ido al exterior y roto la ventana para poder entrar.
Abandonó el estudio y subió a sus aposentos para observar por la ventana quedaba a la entrada principal. A través de la temprana oscuridad del anochecer- avistó el resplandor del cigarro del Marqués. Recordó

La sensación de su boca cálida contra sus labios y alzó un dedo para apoyarlo en ellos.
Atractivo, rico y noble, Eriol Hiragizawa era un hombre asombroso con la suficiente compasión para adoptar a un perro perdido. De algún modo, no pudo imaginar a Aidan Briggs haciendo lo mismo.
Se zarandeó mentalmente y se apartó del cristal. Se quitó el vestido húmedo y se enfundó en otro de algodón negro. Se hallaba de luto y se negaba a abandonarlo hasta que la presentación en Londres se lo requiriera.
Se sentó ante el tocador y se observó en el espejo enmarcado. Esa noche haría falta un milagro para domar sus rebeldes bucles oscuros.
Una llamada a la puerta captó su atención. Sin duda seria su hermana.
—Pasa, Sakura —indicó.
La puerta se abrió despacio. Sorprendiéndola, Winstonentró a toda carrera meneando el rabo de un lado a otro como si fuera una batuta.
— ¿Cómo has...? —Miró hacia la puerta, donde el Marqués se encontraba de pie. Sonreía—. ¿Qué hacéis aquí? —preguntó.
—Esperaba pillaros con menos ropa encima —explicó con tono perverso— Veo que he llegado demasiado tarde.
—He de protestar por vuestra presencia aquí —manifestó mientras sentía el violento rubor en sus mejillas. Sin molestarse en cepillarse el cabello, cruzó la estancia y salió al pasillo. Mientras se dirigían a las escaleras añadió—. Nuestro acuerdo no os da la libertad de... —dejó de hablar y se volvió hacia él al sentir sus dedos en la espalda—. ¿Qué estáis haciendo? —gritó.
—Os saltasteis un botón —informó Eriol con una expresión de inocencia que no la engañó ni un instante.
—Ningún caballero decente tocaría a una mujer sin su consentimiento —amonestó Tomoyo—. Sed tan amables de conteneros para no hacerlo.
—Espero que no me hayáis tomado por un caballero decente — replicó él, alargando la mano para colocar un mechón rebelde de pelo detrás de su oreja—. Además, no tiene nada de malo que una pareja prometida se toque.
Tomoyo retrocedió un paso con celeridad provocando una sonrisa en él. Decidió que el Marqués no solo no era un caballero decente, sino que parecía regodearse en desafiar las pautas del comportamiento apropiado.
—Dais demasiadas cosas por sentadas —advirtió ella, mirándolo sin pestañear—. Estoy convencida de que en Londres hay muchos maridos potenciales, todos caballeros decentes.
—La decencia puede ser dolorosamente aburrida. —Y la obsequió con una sonrisa perversa.

—Yo juzgaré eso —anunció Tomoyo, y siguió caminando por el pasillo en dirección a las escaleras.
—Me encanta cuando os ruborizáis, princesa —musitó sin abandonar su lado—. Esa tonalidad rosácea acentúa el tono lilaceo de vuestros ojos.
—No digáis esas cosas —lo observó de reojo.
— ¿Por qué?
—Hacéis que me sienta incómoda. —Lo oyó reír entre dientes pero se negó a mirarlo otra vez. Sabía que eso solo fomentaría su mala conducta.
— ¡Una bestia! —Oyó Tomoyo gritar a la tía Mei cuando Winstonentró por delante de ellos en el salón.
Eriol y ella llegaron justo a tiempo de evitar que Winstonalcanzara la fuente con sándwiches de pepino y galletitas de limón.
—Sentado, Winston —ordenó él, al oír la voz de autoridad, el perro se detuvo al instante y se sentó al lado de la comida—. Buen chico —alabó, dándole una palmadita en la cabeza.
— ¿Eso es un perro? —preguntó Nakuru.
—Se parece más a un pony —comentó Mei.
—Es un perro lobo de pura sangre irlandesa —informó el tío Charles—. Creo que es casi tan grande como Tiny, el can que tenía el príncipe Adolfo en Eton.
Winston, ¿no? — Inquirió Sakura—. ¿No crees que con una cinta estaría más guapo? -
Tomoyo miró a Eriol con expresión de ya-os-lo-dije.
—Nada de cintas —dijo él.
—Oh, santo cielo, mirad esas babas desagradables —señaló Nakuru.
Dos ríos de saliva colgaban de las comisuras del hocico de Winstonal mirar la tentadora fuente.
Tomoyo sacó un pañuelo para limpiarlo y luego le dio un sándwich. Winston se lo tragó sin masticar.
—Un cachorro en fase de crecimiento tiene un apetito saludable —comentó Eriol con una sonrisa. Luego ordenó— Winston, tumbado. —El animal se echó sobre la alfombra y apoyó la cabeza en sus patas delanteras.
— ¿De dónde lo habéis sacado? —quiso saber el tío Charles.
—La condesa de Starlight posee un gran corazón, y al parecer desea adoptar a cualquier animal perdido que se cruce en su camino —repuso Eriol.
—Hay cosas peores en la vida —apuntó ella. Sentándose en el borde del sofá, se inclinó sobre el animal y le palmeó la cabeza— Winston es tan bonito. —El perro levantó la cabeza y le ofreció la pata.

—Los chicos son atractivos, no bonitos —corrigió Eriol.
—Un mensajero ha venido de Londres —expuso el tío Charles —eso captó la atención de Tomoyo.
—El príncipe Adolfo ha recibido autorización de Prinny.
— ¿El Príncipe Regente? —exclamó Sakura.
El tío Charles sonrió y asintió. Luego miró a Eriol.
—Prinny te dará la administración judicial de los bienes de los Daidouji.
—Por un precio, desde luego.
—Sabes que Prinny tiene agujeros en los bolsillos. —El tío Charles se encogió de hombros.
—No entiendo —intervino Tomoyo, mirando al Duque y al Marqués.
—Por una tarifa, el Príncipe Regente me dará la autoridad para supervisar vuestros bienes hasta que se alcance una decisión final sobre la muerte de vuestro padre —explicó Eriol.
—Os lo reembolsaré en cuanto se aclare el asunto —prometió Tomoyo.
—No os preocupéis por el dinero —dijo Eriol— Todo queda en familia.
—Aún no somos familia —le recordó ella.
—Tomoyo! —llamó una voz desde el umbral antes de que el Marqués pudiera replicar.
Todo el mundo se volvió para ver a lord Briggs atravesar el salón hacia ellos. Winstonlevantó la cabeza, se sentó y le gruñó al Barón. Aidan se detuvo en seco y miró sorprendido al animal.
— ¿Qué es eso? —exigió.
—Mi perro —respondió Tomoyo.
Winston, túmbate —ordenó Eriol.
Al instante el animal volvió a echarse. Sin embargo, mantuvo las orejas pequeñas erguidas, como si estuviera alerta ante una presencia peligrosa en la estancia.
—Una dama necesita un perro faldero, no un monstruo —le dijo Aidan a Eriol.
—Yo no se lo regalé. —Miró al otro con las cejas enarcadas.
—Lo encontramos hoy en Oxford —comunicó Tomoyo.
— ¿Es que nunca vas a aprender? —dijo Aidan con voz severa meneando la cabeza.
Winstongruñó pero no se movió.
—Creo que a Winstonno le gusta vuestro tono —comentó Eriol con voz que insinuaba diversión.

—Tomoyo —lord Briggs obvió al Marqués—, debo hablar en privado contigo.
—Eso puede esperar hasta mañana —le amonestó ella, negándose a escuchar otro de sus discursos—. ¿Por qué no tomas el té con nosotros?
—Por la mañana me marcharé a ver a mi hermana —notificó Aidan—. Te dije que este año iba a pasar las fiestas con ella.
Ella sintió un alivio inmenso al descubrir que iba a marcharse. Luego la invadió un sentimiento de culpabilidad.
—Oh, lo había olvidado. —Se levantó del sofá—. Vayamos abajo. —Atravesó el salón, pero antes de marcharse, miró por encima del hombro y le dijo a los demás— Volveré enseguida.
Caminaron en silencio por el pasillo en dirección a la escalera principal. Al bajar por los escalones ella estuvo a punto de estallar en una carcajada al ver a Forbes, que recogía la capa del Barón anticipando su partida.
Pobre Aidan, pensó. Al parecer nadie en la Mansión Starlight deseaba su presencia.
Cuando el mayordomo le entregó la capa Aidan miró fijamente al hombre hasta que el otro abandonó el vestíbulo. Luego se volvió para observarla con ojos desdichados.
—Me siento como un intruso no deseado —comentó.
—Perdóname —se disculpó Tomoyo, tocándole el brazo—. En ningún momento era mi intención hacer que te sintieras de ese modo. La muerte súbita de mi padre ha descontrolado mi mundo y aún intento encontrar el equilibrio.
—Tengo un regalo para ti —indicó con expresión más suave. Metió la mano en el bolsillo y extrajo un estuche pequeño.
—No deberías haberme traído un regalo —ella meneó la cabeza. ¿Cómo podía aceptar el regalo de un hombre cuando estaba prometida a otro?
Aidan abrió la caja. Sobre un fondo de terciopelo había un diamante Conforma de corazón unido a una cadena de oro.
—Este collar perteneció a mi madre —dijo.
—No puedo aceptar un regaló tan caro, en particular uno que tenga un valor sentimental —se excusó ella.
—Por favor, Tomoyo.
—Este collar es para tu futura esposa, quienquiera que pueda ser.
—Esperaba que lo fueras tú -explicó él con amor en sus ojos—. Además, el collar es para quien yo desee que lo lleve. —Depositó el estuche en su mano—. Guárdalo como símbolo de nuestra larga amistad.
Tomoyo se sintió como la criatura más vil de la tierra.

—Lo guardaré para tu futura prometida —convino con renuencia— Cuando desees que te lo devuelva, me encantará entregártelo.
—Gracias —sonrió él. -
—Yo no tengo nada para ti.
—Siempre he anhelado besarte —comentó Aidan, acercando lentamente su cara a la de ella.
Justo cuando sus labios iban a encontrarse, Tomoyo oyó un gruñido bajo y amenazador. Retrocedió un paso y se volvió para ver a Eriol y a Winstonde pie en las escaleras. Sintió una oleada de ira en su interior. ¿Cómo pudo haber impuesto su presencia en un momento tan privado? ¿De dónde sacaba el arrojo?
—Ese perro es peligroso y debería ser destruido —advirtió Aidan con tono irritado—. Si alguna vez me lo encuentro solo, es lo que haré.
Tomoyo no supo a quién quería estrangular primero. Eriol jamás tendría que haber invadido ese momento, pero Aidan no tendría que haber amenazado la vida de su perro.
—Si lo haces, nunca más te volveré a hablar —espetó mirándolo— Vete de mi propiedad. —Le dio la espalda y se alejó un paso.
—Eras dulce y dócil hasta que él llegó —dijo Aidan con voz llena de resentimiento.
— ¿Dulce y dócil? —repitió ella, volviéndose despacio— Guarda tu maldito collar. —Le arrojó el estuche.
Briggs lo atrapó antes de que lo golpeara. La miró con enfado y se marchó.
—Y vos, milord, sois un incordio aristocrático —anunció ella de cara a Eriol—. Manteneos al margen de mis asuntos personales... Vamos Winston—Seguida por el perro pasó a su lado y comenzó a subir por las escaleras.
—No puedo —repuso él en voz baja.
— ¿Qué habéis dicho? —preguntó, deteniéndose.
—Como vuestro prometido, vuestros asuntos personales son los míos —recordó Eriol.
—Mis asuntos personales son mis asuntos —insistió ella—. Vuestra constante intromisión en mi vida resulta irritante. Bajo ningún concepto me casaré con un hombre que es tan... tan... intruso.
—Todos los hombres son intrusos cuando algo concierne a sus mujeres —señaló con una sonrisa que no mostraba arrepentimiento alguno.
—No soy vuestra mujer —soltó ella.
—Lo seréis si decido extender la noticia de nuestro compromiso en Londres —replicó.

—Manteneos fuera de mi camino —amenazó— o lo lamentaréis.
— ¿Qué haréis? —preguntó con expresión risueña— ¿Retarme a un duelo?
—Nada tan obvio como eso. —Lo miró con la arrogancia de una joven reina— Envenenaré la crema batida que toméis.
— ¿Con cicuta?
—Esa muerte sería demasiado rápida, os acarrearía poco sufrimiento. Tal vez emplee un purgante.
Volvió a subir por los escalones. Se negó a concederle una mirada al oír su carcajada.
Al llegar a sus aposentos, se sentó delante de la chimenea para acariciar al perro y echar chispas por los ojos. ¿Por qué Aidan no podía aceptar el hecho de que nunca iban a casarse? Su padre había rechazado su oferta de matrimonio. ¿Por qué consideraba que ella iba a aceptarlo en ese momento? ¡Y ese entrometido Marqués! A Eriol Hiragizawa! más le valía guardar las distancias y dejar de meterse en sus asuntos privados. Un contrato de compromiso de quince años de antigüedad no le brindaba una propiedad exclusiva sobre ella.
Al rato el movimiento sobre la piel del perro la tranquilizó tanto a ella como al animal, y se consideró capaz de dormir un poco. Con Winstonacurrucado en una bola gigantesca en su cama, durmió más apaciblemente que nunca desde la muerte de su padre. A la mañana siguiente la despertó el sonido de la puerta al abrirse. Entornó los ojos y vio que Winstonalzaba la cabeza, luego oyó un silbido bajo. El perro saltó del lecho y un momento más tarde la puerta volvió a cerrarse.
Somnolienta, se preguntó si el Marqués pensaba también invadir su dormitorio. Su comportamiento era demasiado familiar y totalmente inapropiado, incluso para un novio. Cuando bajara a desayunar le daría el discurso de su vida.
Dos horas después, Tomoyo se hallaba ante la puerta del comedor, enderezó los hombros, preparándose para entablar una batalla con él y entró. Charles, sentado solo a la cabecera de la larga mesa, le pasaba en ese momento un trozo de salchicha a Winston.
—Buenos días —saludó ella, aliviada de que aún no se hubiera presentado la necesidad de enfrentarse al Marqués.
—Buenos días, pequeña —la recibió el Duque.
—Veo que has hecho un nuevo amigo. —Se sentó a su derecha.
El tío Charles rió entre dientes. Alzó otro trozo de salchicha y se lo dio al animal.
—Eriol te espera en el estudio para hablar contigo en privado.

—Que espere —manifestó con la más dulce de las sonrisas.

—Se marchará pronto y quería...
— ¿Te vas a marchar tú? —interrumpió ella sorprendida— Pensé que te ibas a quedar a pasar aquí las fiestas.
—Yo no me voy a ninguna parte —garantizó él mientras le palmeaba la mano—, pero los negocios requieren que mi sobrino regrese a Londres. A propósito, me alegra que lamentes su partida.
—Jamás he dicho eso.
—No hizo falta. —Le guiñó un ojo—. Puedo ver el pesar en tus bonitos ojos amatistas.
—Lo que ves es el destello de furia, no el de las lágrimas —corrigió Tomoyo, levantándose. Entonces se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo cuando el Duque la llamó.
—Pequeña, creo que a Winstonle importas más tú que las salchichas.
—Es reconfortante saber que me tiene en tan alta estima —dijo al ver al perro pegado a ella— Vamos, Winston.
Seguida por el animal, recorrió el pasillo hasta el estudio de su padre. La puerta se hallaba cerrada, tal como había sucedido aquel trágico día. Alzó la mano para llamar pero se lo pensó mejor. La Mansión Starlight era su hogar, no el de Eriol giró el pomo y entró.
En el acto de guardar sus papeles en una mochila, Eriol levantó la vista cuando ella atravesó la estancia.
—Ven a sentarte junto a la chimenea —dijo--—. Quiero hablar contigo.
—Prefiero permanecer de pie —repuso con frialdad al acercarse a la chimenea de mármol negro.
Él inclinó la cabeza y se reunió con ella. Winstonse echó en la alfombra.
—En el futuro, conteneos de irrumpir en mis aposentos —Tomoyo lo miró a los ojos y cruzó los brazos como si quisiera evitar su proximidad.
—Jamás hice eso —explicó él.
—Esta mañana abristeis mi puerta y le silbasteis al perro.
—Sí —reconoció con una sonrisa—. Hay un mundo de diferencia entre silbar desde el umbral a entrar en la habitación. Saber que dormíais detrás de esa puerta fue una tentación. Princesa, sois sencillamente irresistible.
Bajó los brazos a los costados y lo miró sorprendida. No podía creer que ese hombre sofisticado la encontrara irresistible. No sabía si sentirse halagada o insultada.
—Dejad de espiarme —logró manifestar al final—. ¿Cómo podré dar con un esposo potencial si siempre estáis de guardia?
—Yo dije un caballero apropiado —corrigió él—. No considero apropiado a lord Briggs.

— ¿Por qué no? —Él sólo le sonrió—. ¿Y a quién consideráis apropiado?
—A mí. —Ella lo observó con seriedad—. Lo siento, princesa. He de irme a Londres esta mañana. —Alzó una caja tallada del escritorio—. He estado guardando este regalo para vos desde que nos prometimos hace quince años.
En toda su vida solo había recibido regalos de su padre, y en dos días dos hombres querían hacerle uno.
— Mi madre en una ocasión le contó a mi padre la historia de una princesa que besó a una rana que se convirtió en un príncipe —continuó Eriol—. Después, mi padre le hizo este regalo a mi madre.
Abrió la tapa de la caja. Dentro se veía un broche de diamantes con forma de rana, engarzado en platino y oro, con ojos de amatistas. Tomoyo quedó aturdida. Jamás había contemplado un broche más hermoso. Nadie que conociera podía comprar unas joyas tan caras. ¿Quién había sido su padre? El lujo de comprar gemas invaluables como ese solo estaba al alcance de la realeza.
—Quiero que lo llevéis —dijo él.
—No podría aceptar... —Lo miró.
—Podéis y lo haréis. —Extrajo el broche de la caja y se acercó para ponérselo en el corpiño del vestido.
—Yo lo haré —Alzó los brazos para detener sus manos antes de que la tocara.
—Os lo pondré yo —afirmó y con suavidad le colocó las manos a los costados. -
Al aproximarse para ponerle el broche, su contacto y su limpio aroma masculino invadieron sus sentidos. Lo sintió con todas las fibras de su ser y temió que pudiera oír el latido frenético de su corazón.
Acabada la tarea, él deslizó las yemas de los dedos por el costado de su pecho. Asombrada por la intimidad de su contacto, Tomoyo retrocedió de un salto y, al mismo tiempo, alzó la mano para abofetearlo. Eriol le aprisionó la muñeca antes de que hubiera encontrado su objetivo y la pegó a su cuerpo fuerte y musculoso.
—Vais demasiado lejos —reprendió ella con vehemencia.
—Relajaos, princesa —dijo en voz baja, manteniéndola cautiva con su mirada azul—. Solo quiero un beso de agradecimiento.
Tomoyo lo miró durante un momento lleno de tensión.
—Podéis besarme —cedió al final, ofreciéndole la mejilla.
—Oh, no —comentó él con tono de renuente admiración. Con un dedo le giró el rostro.
Bajó la cabeza para reclamar sus labios en un beso lento y arrebatador mientras sus brazos le rodeaban la cintura y la pegaba a los duros y planos músculos de su torso. Ella sintió sus labios cálidos, firmes y exigentes. Él movió la lengua por la abertura de su boca y,cuando esta se abrió, la introdujo para saborear la dulzura que había más allá de los labios.
Abrumada por el contacto íntimo y la increíble sensación de la caricia en el interior de la boca, Tomoyo tembló con pasión y se rindió a ese beso consumidor. Le rodeó el cuello y le devolvió el beso. Resultaba tan agradable, tan natural y excitante estar en sus brazos.
Winstongimió.
El beso concluyó tan súbita e inesperadamente como había comenzado.
—Ese despreciable perro lleva aquí menos de un día y ya está malcriado ----musitó Eriol, pasando un dedo por el óvalo de su rostro—. Os echaré de menos mientras esté en Londres.
Mareada aún por el devastador beso, Tomoyo sentía todo el cuerpo acalorado. ¡Santa cicuta! ¿Cómo podía un sencillo beso surtir ese efecto en ella?
—Me marcho ahora —dijo él—. Acompañadme.
El tío Charles los esperaba en el vestíbulo, lo que impidió que el beso se repitiera. Ella se sintió aliviada. Al menos no le pediría que lo besara en público.
— ¿llamarás a Adolfo? —le preguntó el Duque a Eriol.
—Todo estará arreglado cuando vayas a Londres —aseguró él. Se volvió hacia Tomoyo—. Os veré en unas semanas, reconoced que me echaréis de menos.
—Os echaré de menos —sonrió con dulzura—casi tanto como a mi último dolor de muelas.
Eriol sonrió y se inclinó para besarle la mejilla. Sin decir otra palabra, salió por la puerta.
Tomoyo lo observó meterse en el coche. Sagi y Abdul subieron al asiento del conductor y partieron.
Al ver cómo el Marqués se marchaba a Londres, Tomoyo no se sintió tan aliviada como había pensado. De hecho, se sentía desilusionada. La Mansión Starlight iba a parecer vacía sin él.
Desvió la mirada hacia el Duque y se sonrojó al ver que este la contemplaba. Bajó la vista al broche que llevaba y sonrió.
—Creo que este será mi mejor año —comentó él antes de alejarse.
Tomoyo posó los dedos en el broche con forma de rana y esbozó una sonrisa. Miró a Winston, que se hallaba a su lado meneando el rabo.
—Acompáñame, amigo. —Le dio la espalda a la puerta—. Tengo una bonita cinta azul que quiero que lleves.

Notas: Hola! Primero que nada quiero decirles que estoy muy emocionada por que todos aquellos que se han tomado al molestia de ver este fic, y así mismo ponerlo en alertas o favoritos, y ni que decir de aquellos que se tomaron su tiempo para dejar un review, este capi me ha gustado mucho por la interacción de que hay entre nuestra parejita ET, espero que compartan el gusto también, me gusto mucho el detalle de que Eriol le guardara un regalo a su prometida desde hace 15 años, se me hace un lindo detalle, así como el papel que tendrá Winston, yo le tengo mucho cariño a ese "cachorro" (será por que me lo imagino casi como un lobo?? … quien sabe) Eriol se ha separado de Tomoyo, ha ido a Londres, lo mejor ya viene, y mucho me temo que la intrusión de una condesa zorra también T_T espero que les haya gustado, casi y no lo subo, ando muy enferma el día de hoy con gripa y alergia sniff sniff pero en fin, esperare sus comentarios a ver que les pareció y según sea su entusiasmo tratare de subir otro capi el día de mañana en la noche, pero no prometo nada.

Cuídense mucho, y se despide su amiga Estelanna