Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.
Capitulo
séptimo
Winston
gruño.
Sola en el salón, Tomoyo alzó la vista del bordado para contemplar
al perro lobo. Este, alerta ante el peligro, miraba en dirección a
la puerta.
Tomoyo giró y no vio a nadie, aunque un segundo más
tarde Baxter entró en la habitación.
—Shhh, Winston—ordenó
cuando el animal continuó con sus gruñidos bajos—. Ya conoces a
Baxter.
—Milady, lord Briggs ha venido de visita —anunció el
mayordomo— Intenté decirle que no estabais... —antes de que
pudiera terminar, Aidan pasó a su lado y atravesó el salón.
—Aidan, ¿qué haces aquí? —preguntó Tomoyo, levantándose
del sofá.
—He venido a visitar a mi más querida amiga
—respondió el Barón, sonriéndole.
Winstonvolvió
a gruñir y lord Briggs se detuvo a diez pasos de ella.
—Winston,
échate
—ordenó Tomoyo imitando el tono de voz severo del Marqués.
El
perro lobo obedeció, pero mantuvo sus ojos oscuros clavados en el
Barón, con las orejas pequeñas hacia atrás en estado de alerta.
—Te he echado de menos —dijo Aidan, reduciendo la distancia
que los separaba y tomándole las manos. Le sonrió con calidez y
dejó que sus ojos se posaran en su atuendo.
Tomoyo pensaba que
estaba bonita a pesar de los reparos que tuvo en romper el luto. El
vestido de mangas cortas era de seda blanca con lunares lilas. Un
lazo con tirantes largos, también lila, adornaba el hombro derecho,
y calzaba unas sandalias de terciopelo a juego.
—No vas de
negro —remarcó Aidan.
—Qué
buena vista tienes. —Su comentario la sorprendió.
—Pero
estás de luto —le recordó.
—El Marqués nos ha prohibido a
Sakura y a mí que vistamos de negro durante la temporada. —Se
encogió de hombros.
— ¿Qué derecho tiene a...?
— El
Marqués posee la custodia de los bienes de los Daidouji
—interrumpió— Por favor, siéntate y disfrutemos de una visita
placentera.
Tomoyo volvió a sentarse en el sofá. En vez de
ocupar el sillón adyacente como exigía el decoro, Aidan se sentó a
su lado, con lo cual se ganó un gruñido de advertencia de Winston.
—Ese
perro es una amenaza —dijo él.
— Winstonúnicamente
se muestra protector conmigo —repuso Tomoyo— Si es suave como un
cordero. Perro que gruñe nunca muerde, ya sabes.
—No cariño,
es perro ladrador poco mordedor —corrigió Aidan. Observó el
lujoso estudio y comentó— ¿Dónde está todo el mundo?
—El
tío Charles se ha trasladado a vivir con Eriol por cuestión de
etiqueta —informó Tomoyo— Lady Nakuru ha llevado a la tía Mei y
a Sakura a visitar a unas amigas.
—Comprendo. ¿Qué te ha
retenido hoy en casa?
Tomoyo sintió renuencia de contarle que
Eriol y sus amigos pensaban ir de visita. Señaló la mesa y comentó.
—Intentaba bordar y escribir.
— ¿Escribir? —repitió
él con sonrisa sorprendida— ¿Qué escribes?
—Eriol...
quiero decir el Marqués, ha prometido ayudarme a limpiar la
reputación de mi padre —respondió— Sugirió que escribiera todo
lo que pudiera recordar acerca del día de su muerte, sin omitir
detalle alguno.
— ¿Me mencionas en tus escritos? —perdió la
sonrisa.
—Aún no he llegado a esa parte. —Meneó la cabeza.
—Cariño, tu padre se suicidó —musitó con suavidad,
tomándole la mano— Ninguna redacción cambiará ese hecho.
—Mi
padre no
se
suicidó. —Se soltó y se levantó del sofá. Se plantó delante de
la chimenea y durante varios momentos contempló las llamas
hipnóticas.
—Lamento perturbarte —se disculpó Aidan— En
ningún momento fue mi intención.
Tomoyo se volvió y lo miró.
De pronto Aidan Briggs ya no le pareció atractivo. Ya no era el
muchacho mayor al que había idolatrado de niña. Se había
convertido... No sabía en qué. Solo que al compararlo con el
Marqués, había algo indefinible de lo que Aidan carecía.
— ¿Tomoyo?
—Acepto tus disculpas —repuso, logrando sonreírle.
Entonces
él se incorporó y se llevó la mano de ella a los labios.
—Gracias, cariño.
Sentir
sus labios la irritó. El momento de un gesto galante habría tenido
lugar la noche del funeral de su padre.
—Te perdono tu creencia
infundada —manifestó, volviendo a soltarse— Aunque no la
olvidaré.
—Por favor, permite que te lo compense —pidió con
sonrisa apaciguadora.
— ¿Cómo? —interrogó, enarcando una
ceja.
—Quiero llevarte a Hyde Park, donde toda la nobleza va a
pasear a caballo. Luego asistiremos a la ópera, al ballet y...
—No
es posible —repuso, deseando otra vez haber rechazado su oferta de
matrimonio en vez de recurrir a su padre. En ese caso en ese momento
no se encontraría en una posición tan incómoda.
—Pero, ¿por
qué? —preguntó él con expresión confusa.
—El motivo por
el que Sakura y yo realizaremos nuestra presentación en sociedad es
para encontrar perspectivas matrimoniales adecuadas —informó.
—Te
amo, Tomoyo —soltó Aidan con pasión, tomándole otra vez la mano—
Siempre te he amado. Di que te casarás conmigo.
—No puedo
casarme contigo —liberó su mano— Antes de morir, mi padre
rechazó tu proposición. Desde entonces, he descubierto sus motivos;
ya estoy prometida al Marqués.
— ¿Qué? —exclamó él,
asiéndole el antebrazo.
Los gruñidos de Winstonatrajeron
su atención. El perro lobo se había puesto de pie, mostraba los
colmillos y tenía el pelo del lomo erizado, listo para atacar.
—Winston,
sentado
—ordenó Tomoyo. El animal se quedó quieto como una estatua y
siguió gruñendo— Suelta despacio mí brazo y retrocede un par de
pasos —después de que el Barón obedeciera, ordenó— Winston,
sentado.
En esa ocasión el perro lobo acató la orden, pero se mantuvo
alerta, con la mirada clavada en el barón.
Tomoyo se sintió
invadida por la culpa. Nunca en su vida había albergado
resentimiento hacia nadie, y guardar uno contra su amigo más antiguo
resultaba terrible. Supuso que el hecho de que él creyera que su
padre se había suicidado era lógico, pero la desilusionaba su falta
de fe en él.
— Mi
padre y el Duque eran amigos desde sus días de estudiantes en Eton
—explicó, llegando a la conclusión de que su amigo merecía
conocer la verdad— Siendo niña, mi padre me prometió al Marqués.
En su honor he de decir que Eriol me ofreció una salida a dicho
matrimonio.
— ¿Y cuál es? —preguntó Aidan con frialdad.
—Si conozco a un caballero apropiado durante la temporada, seré
libre de casarme con él —el rostro de Aidan se iluminó
visiblemente— Sin embargo, Eriol no te considera un partido
apropiado —añadió ella, borrándole la sonrisa de la cara— Lo
siento, pero en eso estoy de acuerdo con él.
—Veo que una
condesa es demasiado buena para un barón —expresó Aidan con
sequedad, el rostro lleno de furia.
—Te equivocas en tu forma
de pensar —replicó Tomoyo enfadada por la insinuación—Jamás
podría casarme con un hombre que fuera por Londres contando que
Sakura y yo somos bastardas adoptadas.
—Jamás he hecho algo
semejante —insistió él—. ¿Quién te contó esa mentira, el
Marqués? —Tomoyo se negó a contestar— ¿Sabías que tu preciado
Marqués está prácticamente casado con otra mujer? —continuó —
Kaho Mitzuki, condesa de Foxtar,
ha sido su amante durante más de un año. Incluso mientras hablamos,
en Whithe's se apuesta sobre cuándo van a anunciar sus planes de
boda.
Tomoyo sintió como si le hubieran dado un golpe en el
estómago. Se puso pálida, y las palabras dañinas y la virulencia
del desagrado que Aidan experimentaba por el Marqués la debilitaron.
Se llevó una mano al pecho como para protegerse. Retrocedieron
varios pasos y se volvió para sentarse en el sofá.
— ¿Cómo
te atreves a darme la espalda? —se rebeló el Barón, alzando la
voz. Alargó la mano para agarrarle la muñeca, pero el perro lobo
saltó en su defensa.
Rugiendo, Winstonse
lanzó sobre Aidan. Mordió una de las perneras del pantalón y tiró.
Cuando el Barón levantó el puño para golpearlo, Tomoyo entró
en acción: desvió el golpe con el brazo e intentó interponerse
entre ellos.
—Winston,
siéntate
—ordenó el Marqués desde la puerta.
El perro lobo soltó el
pantalón del Barón de sus poderosas quijadas y se sentó, aunque
sin dejar de gruñir bajo. Tomoyo se arrodilló y rodeó el cuello
del animal para protegerlo y al mismo tiempo contenerlo.
—Cariño,
lo siento —se disculpó Aidan, pero desistió de ayudarla a
incorporarse de la alfombra— No pretendía golpearte a ti, sino
protegerme.
Tomoyo asintió, mas guardó silencio. No confiaba en
lo que pudiera decir, salvo para manifestarle de forma rotunda a su
más antiguo amigo lo que pensaba de él en ese momento.
—Que no que?. ¿Qué sucede aquí'? —demandó Eriol, dirigiéndose hacia ellos.
— Este perro me atacó y habría que sacrificarlo —expuso Aidan.
— ¿Sacrificarlo por intentar protegerme? —Gritó Tomoyo—
—¿Winstonos
protegía? —repitió Eriol. Posó una mirada mortífera sobre
el Barón y se aproximó más preguntándole— ¿Qué intentabais
hacerle?
—Tomoyo y yo discutíamos cuando se puso pálida como
si fuera a desmayarse—explicó Aidan— Al intentar ayudarla, ese
monstruo me atacó.
Tomoyo alzó la vista hacia el barón.
Mentía. Aunque para protegerse de la ira del Marqués, esa mentira
había salido de sus labios sin reparo alguno.
Un
hombre que miente una vez mentirá muchas más, pensó.
¿Cuántas de sus mentiras pasadas había creído sin cuestionarlas?
¿Cómo podía confiar en un amigo que mentía con semejante
facilidad?
Eriol miró al Barón y luego a Tomoyo. Renuente a
causar más problemas, ella observó al perro.
—Bien, lord
Briggs, estoy seguro de que Tomoyo aprecia la visita de un viejo
amigo —expuso en clara alusión para que se marchara— ¿Os
veremos el sábado?
En vez de contestar, Aidan se volvió hacia
Tomoyo.
—Lamento el malentendido y, desde luego, asistiré a tu
presentación en sociedad. Si me necesitas, me alojo en la casa de mi
hermana, en Bedford Square —Entonces cruzó el salón y desapareció
por la puerta.
—Qué vergüenza —reprendió Eriol al perro,
palmeándole la cabeza— ¿Qué clase de sabueso confunde a una
comadreja con un lobo?
Winstongimió
como si lo entendiera.
Tomoyo se sentía confusa. Habría jurado
que al Marqués le caía mal Aidan.
— ¿Por qué lo habéis invitado a mi presentación? —preguntó.
—Pensé
que a Sakura y a vos os gustaría tener la presencia de un viejo
amigo de Starlight —informó. Miró en dirección a la puerta y
añadió— Me gusta Aidan Briggs tanto como confío en él, lo cual
es nada.
—Aidan ha estado conduciéndose mal desde el día de
la muerte de mi padre —dijo Tomoyo— Vuestra aparición en la
Mansión Starlight solo empeoró las cosas. A mí tampoco me cae bien
ya.
— ¿Cancelamos su invitación? — inquirió Eriol, Tomoyo
meneó la cabeza— Presentáis una imagen deliciosa con vuestro
nuevo vestido—alargó la mano y la ayudó a ponerse de pie— ¿No
es mejor que ir toda de negro?
Baxter entró en el salón antes
de que pudiera responder. Con mirada cautelosa hacia el perro lobo,
anunció.
—El
duque y la duquesa de Kinross han llegado.
Cuando el mayordomo se
marchó, Tomoyo se tomó un momento para alisarse el vestido. Espió
al Marqués, que la observaba.
—No os molestéis con vuestra
apariencia —señaló Eriol— Mejorar la perfección es tarea
imposible.
Ella se sonrojó ante ese abierto cumplido. Bajó los
ojos mirando a Winstony
preguntó.
— ¿Le tienen miedo a los perros?
—Nos
encantan los perros y otras diversas criaturas —contestó la voz de
un hombre.
Tsasaki Yamasaki, duque de Kinross, parecía tan alto
y con tan buena complexión como el Marqués. Su cabello oscuro
competía con el de Eriol, pero sus ojos eran más negros que una
noche sin luna.
La duquesa de Kinross era pequeña y lucía un
pelo tupido del color caoba, aunque sus ojos amielados se comparaban
a los del Marqués en brillo. Exquisitamente adorable, había sido
bendecida con una sonrisa cálida y contagiosa.
—Yamasaki y
Chiharu, permitid que os presente a Tomoyo Daidouji, condesa de
Starlight —presentó Eriol— Tomoyo, estos son mis amigos, el
duque y la duquesa de Kinross.
—Excelencias, es un honor
conoceros —dijo Tomoyo, haciendo una reverencia.
—Llamadme
Chiharu —pidió la Duquesa— Solo he recibido el título por
matrimonio.
—Llamadme Yamasaki —propuso a su vez el Duque—
Y por favor, nada de reverencias. Hacen que me sienta más viejo de
los veinticinco años que tengo. Además... —miró a su esposa y
guiñó un ojo—... yo no me gané el título, solo lo heredé.
—No
deseo haceros sentir viejo —comentó Tomoyo con una sonrisa, y se
relajó.
— ¿Es este el perro lobo que encontrasteis en Oxford?
—preguntó Chiharu mirando al animal.
—Sí, es Winston—Tomoyo
se ruborizó al darse cuenta de que el Marqués le había hablado de
ella a sus amigos.
Chiharu se quitó los guantes y le ofreció la
mano al perro lobo. Winstonolfateó
la palma y luego la lamió.
—Cachorrito adorable —comentó
esta, dándole una palmada.
—A mi esposa le gustan todas las
criaturas —informó Yamasaki a Tomoyo, Chiharu le sonrió a su
marido como si el comentario tuviera un comentario secreto para ella.
—Una
cinta le quedaría muy bien a Winston,
¿no
creéis? — Tomoyo giró hacia Eriol con expresión de ya
os lo dije
—Sentémonos
ante la chimenea —sugirió este.
Las dos damas ocuparon el
sofá, Eriol y Yamasaki los dos sillones opuestos. Tomoyo tuvo la
súbita sensación de que los duques estaban al corriente del
compromiso secreto. O quizá estar sentados allí juntos le hizo
sentir que Eriol y ella eran las dos mitades de una pareja.
—Al
salir de casa, Sarah jugaba con la muñeca que le regalasteis —le
comentó Chiharu a Eriol— La mordía, según recuerdo.
—El
mérito de haber elegido la de tela es de Tomoyo —repuso él.
—En
nombre de mi hija, os doy las gracias —indicó Chiharu volviéndose
a ella.
— ¿Cuántos años tiene? —quiso saber Tomoyo.
—Apenas un año —repuso con una sonrisa.
—Acompáñame
al estudio —le dijo Eriol a Yamasaki— Prometí traer unos papeles
para mi tío.
—Si las damas nos disculpan. —Yamasaki se
levantó— Volveremos enseguida.
Sin otra palabra, los dos
amigos las dejaron solas en el salón. Tomoyo y Chiharu se miraron
incómodas antes de apartar la vista.
A Tomoyo le preocupaba el
tema de conversación adecuado para tratar con la hermosa Duquesa
extranjera. Entonces se le ocurrió. El tiempo siempre era apropiado.
Ahí no había peligro.
—Hemos estado disfrutando de un clima
magnífico, ¿no creéis? — preguntó con rigidez.
—Sí, ha
sido maravilloso —respondió Chiharu mirándola de reojo. Luego
añadió— Si a una persona le gusta la niebla amarilla, claro está.
—En realidad —sonrió— yo prefiero la vida en el campo.
—
¿No hay niebla?
—Nada.
Las dos mujeres se sonrieron.
—Os
dais cuenta de que los caballeros nos han dejado solas a propósito
—comentó Chiharu— Mi esposo quiere que nos hagamos amigas.
—No
es necesario que lo seamos si así lo preferís —sugirió Tomoyo.
—La sociedad de Londres no me ha recibido exactamente con los
brazos abiertos —reconoció la Duquesa— Aunque nadie se ha
atrevido a ser grosero, estoy segura de que me consideran una
arribista japonesa. Pensé que quizá también vos desaprobaríais mi
presencia.
—Lamento vuestra mala experiencia —manifestó
Tomoyo.
—No
lo lamentéis —Chiharu
recogió el bordado que había sobre la mesa— La culpa no es
vuestra.
Tomoyo sintió un rubor avergonzado cuando la Duquesa
abrió la tela para examinar los puntos toscos. El bordado era un
pasatiempo femenino que jamás había conseguido dominar. De hecho,
hasta ese momento no le había dado mayor importancia.
—Qué
trabajo notable —comentó Chiharu mirándola.
—Notablemente
horrible.
—Bordáis mucho mejor que yo.
— ¿Sí? —Supo
que la duquesa se mostraba condescendiente. Chiharu abrió su bolso y
extrajo un pañuelo.
—Mirad esto. —Se lo ofreció— No os
preocupéis; está limpio — El comentario provocó una sonrisa en
Tomoyo. Abrió el pañuelo y lo extendió sobre su regazo. Al
siguiente instante soltó una carcajada. La Duquesa había hablado
con sinceridad; sus puntos eran peores incluso que los de ella.
—Si
hasta Winstonpodría
hacerlo mejor —el alivio le soltó la lengua.
—No me cabe la
menor duda —rió Chiharu.
—No pretendía insultaros —afirmó
Tomoyo.
—No lo he tomado como un insulto. Vuestro bordado
también es horrible hasta que se lo compara con el mío.
Forbes
y Baxter entraron en el salón. Cada uno portaba una bandeja de
plata; una contenía el servicio de té y café Worcester y la otra
una fuente con porciones de tarta de almendra. -
—Echado,
Winston—ordenó
Tomoyo cuando el perro se levantó con intención de engullir la
tarta.
El perro lobo volvió a tumbarse, pero sin apartar la
vista de la comida. Las comisuras de su boca comenzaron a babear.
Tomoyo tomó dos porciones, las desmenuzó sobre un plato y lo
dejó delante del animal. Winstonbajó
la cabeza y comenzó a comer.
—A veces resulta más fácil
rendirse ante lo inevitable —explicó— La preparé anoche, y a
Winstonle
encanta mi...
— ¿Cocináis? —Se sobresaltó Chiharu con
evidente sorpresa— ¿Vos preparasteis la tarta? —Tomoyo asintió—
Está deliciosa —exclamó tras probarla— No sabía que la
aristocracia inglesa cocinase.
—A mí me relaja —informó
Tomoyo— Lo hago siempre que estoy nerviosa o inquieta. — ¿Vos
también cocináis cuando os sentís inquieta?
—No, yo como—Chiharu sonrió
—Oh,
creo que llegaremos a ser buenas amigas después de todo—Tomoyo
rió— Me alegro tanto de que no seáis una esnob como las damas que
he conocido —añadió la Duquesa, alargando la mano para tocarle el
brazo.
—Me siento aliviada de haberos encontrado —convino
Tomoyo—. ¿ tenéis alguna afición? Quiero decir, aparte de
bordar.
—Estoy aprendiendo a tocar el pianoforte —indicó
Chiharu— La pequeña Sarah grita cada vez que practico, de modo que
no creo estar preparada para dar un recital —Tomoyo sonrió ante la
sinceridad de la otra mujer— Me encantan los animales, leo con
voracidad y empiezo a adquirir el gusto de ir de compras —se detuvo
un instante y agregó con una sonrisa—: se podría decir que mi
amor por la lectura nos unió a Yamasaki y a mí.
—¿Su
Excelencia tiene interés también en la lectura?
—Su
Excelencia tiene un profundo interés en la elección de mi material
de lectura —repuso Chiharu.
— ¿Y cuál era?
—Códigos,
mapas y mensajes secretos.
—No entiendo —Se sintió confusa.
—He sido bendecida con la capacidad para mirar una vez una
página y repetir lo que pone en ella sin cambiar una palabra
—informó Chiharu— Durante el reciente conflicto entre nuestros
países, ayudé a la causa oponente memorizando los códigos
británicos o dando descripciones detalladas de supuestos espías.
Yamasaki estaba seguro de que este don había garantizado la captura
y ejecución de su hermano como espía. Me secuestró y me trajo a
Inglaterra para esperar hasta el final de la guerra. Nos enamoramos y
nos casamos.
—Qué romántico y aventurero —exclamó Tomoyo—
¿Estabais asustadas?
—Estaba airada —respondió—. Y, según
recuerdo, en su momento no me sentí especialmente romántica. Las
aventuras no son tan estimulantes como puede parecer.
— ¿Puedo
formularos una pregunta? —tanteó, insegura de que hiciera lo
correcto al hablar. Chiharu asintió— Esta mañana un viejo amigo
de Starlight pasó por aquí y me dijo que Eriol tiene una amante
llamada Kaho Mitzuki. ¿La conocéis?
—A mí no me parece que
quien os lo dijo sea un amigo.
—No habéis contestado a la
pregunta.
—Kaho Mitzuki es la rica viuda del difunto conde de
Foxtar, un hombre lo bastante mayor como para ser su abuelo —bajó
la voz— Superficial, arrogante y conspiradora son las palabras que
me vienen a la mente para describirla. Lleva detrás de Eriol desde
que lo conozco, incluso antes de que muriera su esposo.(es
una tipa de lo mas ZORRA!! XD perdón por la intromisión)
— ¿Es
ella...? —titubeó un instante, pero luego continuó— ¿Es su
amante de verdad?
—No lo sé. —Sus mejillas se ruborizaron—
Pero si lo deseáis se lo puedo preguntar a mi marido.
—No será
necesario —Tomoyo meneó la cabeza— Me disculpo por haceros
sentir incómoda.
—Eriol tiene tanta integridad como mi esposo.
—Chiharu le palmeó la mano— Estoy segura de que jamás sucumbió
a los ardides de esa mujer. (T_T
lo hizo una vez...)
Hablar
con tanta intimidad del Marqués hizo que fuera Tomoyo quien se
sintiera incómoda, aunque pensó que quizá la Duquesa pudiera
conocer algo de su pasado.
—El Marqués me ha comentado que
procede del sur de Francia —comenzó— Sé que su padre murió
cuando él tenía diez años. Fue entonces cuando vino a Inglaterra a
educarse. Estando aquí, su madre y su hermano murieron.
—Sí,
eso es verdad —asintió Chiharu.
— ¿Sabéis algo más sobre
él? —insistió.
— ¿Por qué no se lo preguntáis a Eriol?
—respondió, mirándola desconcertada.
—Esquiva casi todas
mis preguntas —replicó Tomoyo— Tengo la impresión de que me
oculta algo y pensé que quizá vos...
Chiharu rió.
—Lo
siento, pero me hacéis parecer tan injusta. Estoy convencida de que
solo se muestra perverso para irritaros. Sin embargo, mi esposo
conoce absolutamente todo sobre el Marqués. Si queréis, podría
formularle algunas preguntas por vos.
—Me temo que le contaría
a Eriol que había estado entremetiéndome —Sacudió la cabeza—
Probablemente descubra más cosas con el tiempo —entonces cambió
de tema— Habladme de tu lugar natal.
—Es casi un paraíso.
—Os mantenéis leal a vuestro país natal.
—Espero que no
seáis excesivamente patriota, ya que no deseo que mi mascota os
ofenda de ningún modo cuando vengáis a visitarme.
— ¿Qué
clase de mascota tenéis?
—Un cerdo albino —repuso Chiharu—.
Cuando era pequeño, lo salve junto con su madre de ser la cena a
bordo del barco de mi marido.
— ¿Qué tiene que ver un cerdo
con el patriotismo? —quiso saber Tomoyo, sorprendida.
—Lo
bauticé Prinny
en
honor del príncipe regente.
Tomoyo rió y Chiharu se unió a
ella. Cuando Winstonse
sentó y robó una porción de la tarta de almendras, ambas rieron
con más ganas. Eriol y Yamasaki las encontraron de esa manera al
entrar en el salón unos momentos después.
—Sabéis que no se
puede dejar al perro cerca de la comida —le dijo Eriol a Tomoyo.
—No importa —comentó Yamasaki, evidentemente complacido de
que su esposa en apariencia hubiera encontrado una amiga— Chiharu y
yo debemos irnos.
— ¿Vendréis a tomar el té una tarde?
—preguntó Chiharu, levantándose.
—Me encantará —afirmó
Tomoyo, incorporándose también—. Saludad a Prinny
de
mi parte.
En cuanto los duques se marcharon por la puerta, Eriol
se volvió y le regaló una sonrisa franca y satisfecha.
—Me
complace que Chiharu y vos os caigáis bien.
—No es lo que
esperaba.
— ¿Y qué esperabais? —preguntó con expresión
cálida.
—Pensé en alguien superficial, arrogante y
conspiradora —repuso, pensando en Kaho Mitzuki.
—Conoceréis
a muchas personas así entre la nobleza —informó él y cambió de
tema—. ¿Habéis comenzado a escribir vuestro diario?
—Sí,
voy por el momento en que llegó Aidan.
—Sentémonos y hablemos
sobre lo que habéis escrito—sugirió Eriol. Lo siguió hasta la
chimenea. Cuando él se sentó en el sofá, Tomoyo ocupó el sillón
que había enfrente. Recogió el diario de la mesa y lo hojeó para
refrescarse la memoria.
—No he avanzado hasta el día en que
sucedió —lo miró. Oh,
Dios, pensó,
dándose cuenta de lo perfectos que eran sus ojos azules.
Eriol
sonrió como si pudiera leerle los pensamientos.
—Contadme qué
habéis escrito —pidió con un tono de voz ronco e íntimo.
—Comencé una semana antes de la muerte de mi padre —apartó
la vista de la suya—Fue el día en que Aidan le pidió permiso a mi
padre para casarse conmigo si yo lo aceptaba.
Eriol se reclinó
en el sofá y extendió el brazo por el respaldo. El gesto casual
captó la atención de Tomoyo, quien se preguntó cómo sería la
vida casada con el Marqués, sentados todas las noches frente a la
chimenea.
—Qué sucedió.
—Como decía —se sacudió
mentalmente para centrarse en él— Aidan solicitó mi mano en
matrimonio, pero mi padre se negó.
— ¿Estabais presente?
—inquirió. Ella asintió— ¿Cuál fue la reacción del Barón a
la negativa?
—Pareció
sorprendido. —Clavó la vista en un punto no determinado del
espacio, invocando la imagen—. Intentó razonar con él
manifestando que nuestras tierras quedarían unidas a su muerte, lo
cual sería una gran herencia para cualquier hijo que tuviéramos. Mi
padre le reveló que yo nunca iba a ser para él, lo cual enfureció
a Aidan. Miró en mi dirección y se calmó lo suficiente para
disculparse con mi padre por su mala conducta.
— ¿El Barón os
visitó en algún momento después de que vuestro padre rechazara la
petición? —quiso saber Eriol.
—Varias veces, e insistió en
que mi padre cambiaría de parecer — respondió Tomoyo—Dijo que
esperaría una o dos semanas para volver a preguntárselo.
—Que
vos sepáis, ¿el Barón amenazó alguna vez a vuestro padre?
—No
podéis dar a entender que Aidan tuvo algo que ver con su muerte.
—No doy a entender nada semejante —aseguró él con una
sonrisa— Solo quiero conocer todos los hechos.
Higgins y Forbes
eligieron ese momento para entrar en el salón. Higgins les sirvió
un té recién hecho. Forbes portaba una bandeja de plata con
sandwiches de pepino y porciones de tarta de fruta.
Winstonalzó
la cabeza y olisqueó. Consciente de que había llegado comida, se
sentó y contempló el contenido de la bandeja.
—Pastel de
limón para milady —comentó Forbes, pasándole un plato— Y
pastel de cicuta para milord.
Tomoyo se echó a reír. Forbes le
guiñó un ojo.
— ¿Cuál es la broma? —preguntó Eriol.
—Es
un asunto privado —advirtió ella, dejando el plato sobre la mesa.
—Muy bien, princesa. Guardad vuestros secretos —comentó
Eriol cuando los dos mayordomos se marcharon— Winston,
echado.
El perro lobo se negó a moverse, salvo para aproximarse unas
pulgadas a la bandeja.
—La comida lo está atormentando
—comentó Tomoyo.
—Winstondebe
aprender a no tocar alimentos destinados a los seres humanos —replicó
él y se levantó del sofá. Con suavidad pero firmeza, obligó al
animal a echarse. Luego la miró y preguntó—. Milady, ¿me
concedéis este baile?
— ¿Qué?
—Bailad conmigo mientras
lo adiestramos.
—Sé bailar, pero no hay música —protestó
ella.
—Venid, princesa. —Extendió la mano—. Confiad en mí.
Tomoyo
fue incapaz de resistir su cautivadora sonrisa. Se levantó del
sillón y se dirigió a sus brazos, que la esperaban como si ese
fuera su sitio natural.
—Cada vez que pasemos ante la mesa, le
ordenaré a Winstonque
se eche si está de pie —aclaró Eriol— De ese modo aprenderá a
no tocar la comida aunque nadie lo vigile.
Tomoyo sonrió
mientras Eriol tarareaba un vals y la conducía en un amplio círculo
alrededor del salón. Bailaba con la gracilidad de un hombre que lo
había hecho mil veces.
—Bailáis de maravilla —alabó
Tomoyo.
—Y vos también —replicó Eriol—. ¿Quién os
enseñó?
— ¿Quién os enseñó a vos?
—Yo pregunté
primero.
—Y yo segunda —repitió la conversación mantenida
en el coche durante el viaje a Oxford.
—Eton obligaba a sus
estudiantes a aprender habilidades sociales, como bailar
—sonrió—Tsasaki Yamasaki era mi pareja de baile.
Tomoyo rió.
—Cuando la tía Mei vino a vivir con nosotros después de la
muerte de mi madre, nos enseñó a Sakura y a mí varios pasos
—indicó Más adelante mi padre contrató a un maestro de baile
para completar nuestra educación.
—Sakura y vos ¿fuisteis
pareja de baile?
—No, Aidan lo fue de ambas —contestó.
—No
apruebo vuestra elección de pareja —perdió la sonrisa.
—Ni
yo la vuestra —replicó ella con sonrisa despreocupada.
—No
debéis estar celosa de mis sentimientos por Tsasaki Yamasaki—rió
entre dientes.
—Ni vos de mis sentimientos por Aidan Briggs
—manifestó Tomoyo sin pensar.
—Milady, le habéis dado
sosiego a mi mente —La ciñó con más fuerza y la hizo dar vueltas
hasta el extremo del salón.
El constante movimiento se combinó
con el cuerpo y el olor del hombre para embriagar sus sentidos. Su
penetrante mirada azul hipnotizó a Tomoyo. Fue incapaz de resistirse
cuando él dejó de danzar y con suavidad la envolvió en un abrazo.
Eriol aproximó su atractivo rostro para capturar sus labios con
la boca. Hechizada, ella no realizó intento alguno para alejarse. En
el último instante cerró los ojos.
Sus labios se tocaron y eso
provocó que una sacudida deliciosa le recorriera todo su ser. La
boca de él era cálida y suavemente insistente.
Entregándose
al beso, Tomoyo
se hundió contra su cuerpo duro y sólido. Los brazos fuertes de
Eriol la aprisionaron y ella se deleitó en esas sensaciones
excitantes y nuevas.
Y entonces el beso se terminó de forma
inesperada, igual que había comenzado. Abrió los ojos y lo
contempló como en una bruma soñadora.
—No pretendía forzaros
al beso —se disculpó Eriol, esbozando una sonrisa en nada
arrepentida.
—No me forzasteis —una mancha rosa tiñó sus
mejillas. Avergonzada, desvió la vista al otro rincón del salón y
dijo—. Mirad.
Eriol se volvió. Winstonse
sentaba junto a la mesa y se pasaba la lengua por los labios. Delante
de él había una bandeja vacía.
—Es posible que se encuentre
más allá de toda redención —comentó él.
—Deberíais
marcharos —comentó Tomoyo—. Si os quedáis mientras los demás
se hallan ausentes se podría malinterpretar.
Eriol asintió.
—Estad lista mañana a las diez. Os llevaré a ver la Torre.
Luego pasearemos hasta Bond Street y miraremos los escaparates Sakura
y nuestras tías, desde luego, están invitadas a acompañarnos. —Se
inclinó para plantar un beso casto en su mejilla. Después se
marchó.
Eriol
Hiragizawa es peligrosamente atractivo, reflexionó ella con los ojos
clavados en la puerta vacía. En particular le gustaba su sonrisa.
Aunque su actitud dejaba que desear. Un defecto enorme era su
naturaleza autoritaria. Esperaba que no resultara insalvable su
corrección.
Pensó en Kaho Mitzuki, por el momento un rostro sin
nombre. Chiharu había insistido en que Eriol poseía integridad en
abundancia. Ningún caballero decente consideraría jamás compartir
una intimidad física con una mujer que no fuera su esposa. No, eso
sencillamente no se hacía.
Hazme
el amor
Sentado
a solas en su palco privado de la ópera, Eriol reconoció la voz
ronca. Debía admitir que, como mínimo, su antigua amante era
persistente. Sabía que siempre asistía a la ópera a solas para
poder pensar. Lo que desconocía es que casi todas las óperas tenían
un tema con el que podía relacionarse: a saber, la pérdida de un
ser amado.
Giró la cabeza para observar a través de la semi
oscuridad su perfil. Entonces sintió que su mano le acariciaba el
muslo.
— ¿Quieres hacer el amor aquí? —preguntó Eriol,
inclinándose para susurrarle al oído.
—En realidad,
preferiría las sábanas de satén de mi cama —replicó Kaho con
sonrisa felina.
Eriol bajó la vista a la osada exhibición que
permitía su escote. Recordó como eran esos pechos.
—Sabes que
siempre vengo solo a la ópera —musitó, acercándose otra vez—
Me molesta que me importunen aquí.
—El otro día te marchaste
con tanta prisa... —La mano en el muslo subió despacio— No
llegué a despedirme apropiadamente.
Eriol le quitó la mano para
depositarla en el regazo de ella.
—No me gusta que intenten
atraparme para obligarme a casarme.
—No tenía ni idea de que
esas damas irían a visitarme —se defendió Kaho con mirada
inocente— ¿No confías en mí, cariño?
—Lo haré el día
que haya una pelea con bolas de nieve en el infierno.
— No
me digas que de verdad te interesa ese pequeño ratoncito de campo de
Starlight? —Kaho le escudriñó.
—El pequeño ratoncito de
campo es la condesa de Starlight — replicó sin contestar a su
pregunta.
—También es una bastarda adoptada.
—Si le
causas problemas a Tomoyo o a su hermana, te arruinaré
financieramente —amenazó con un susurro áspero.
—No tengo
intención de causarle problema alguno —respondió Kaho— De
hecho, espero que tenga un éxito enorme y que la persiga todo
caballero que la vea.
—Eso es de una amabilidad poco habitual
en ti —observó él— Y ahora, regresa a tu asiento antes del
intervalo.
—Prométeme que luego pasarás por mi casa —pidió
ella.
En ese punto Eriol habría convenido casi cualquier cosa
para que se largara de su palco. No quería que nadie del Times
informara
de su aparición pública con Kaho Mitzuki. Inclinó la cabeza.
—Muy
bien. Luego pasaré.
— ¿A qué hora, cariño? —preguntó
ella con satisfacción.
—No lo sé. Si me presionas, no iré.
—Te veré después —susurró y le plantó un beso en la
mejilla. Se escabulló de su palco tan silenciosamente como había
llegado.
Solo otra vez, Eriol se relajó en su sillón, pero la
calma de la ópera había desaparecido con la intrusión de Kaho en
su privacidad. Clavó la vista en la diva de fama mundial, tan famosa
que únicamente necesitaba un nombre. Sobrepasados los cuarenta,
madame Amathist aún cantaba con la fuerza y vigor de su juventud y
transportaba al público adonde ella quería.
Observó a la
soprano. Tenía un aire vagamente familiar. Y entonces lo supo. La
diva le recordaba a Tomoyo. Descartó esa idea absurda. Se parecía a
Tomoyo porque ambas tenían el color de ojos como las gemas
amatistas. Cualquier similitud terminaba ahí, ya que la diva tenía
un exuberante cabello caoba. El telón se cerró ante un atronador
aplauso y comenzó el intervalo.
Decidió que ya había tenido
suficiente de ópera para una noche. Se levantó para marcharse
cuando notó la multitud de admiradores en el palco de Kaho del otro
lado del teatro. Entre la pequeña multitud se veía a lord Aidan
Briggs. Abandonó el teatro meditando en ello.
—A St. James
Street —dijo a sus conductores.
Subió al coche y se reclinó
en el asiento de piel. Sintió una sensación incómoda en la boca
del estómago. Esa noche habían surgido posibilidades perturbadoras.
¿Qué motivo tenía Aidan Briggs para hacerle la corte a Kaho?
¿Pretendía transmitirle más chismes sobre Tomoyo? ¿O era al revés
y Kaho le proporcionaba información sobre él?
Sabía una cosa
con certeza. No iba a visitar a Kaho Mitzuki aquella noche ni ninguna
otra.
Vestido
casi por completo de negro
como el propio Lucifer, Eriol entró en el White's Gentlemen's
Club. Saludó a Tsasaki Yamasaki y con la mano le indicó que se
reuniría con él en un momento.
Consciente de que casi todas las
miradas se habían clavado en él, cruzó la estancia en dirección a
donde estaba el famoso libro de apuestas. Despacio, pasó cada página
y leyó los nombres de los apostantes de su inminente propuesta de
boda a Kaho Mitzuki. La falta de fe de los hombres en uno de los
suyos lo dejó atónito.
Al final, levantó la pluma y plasmó su
propia apuesta. Los caballeros que habían apostado contra él
estaban destinados a perder. Dejó la pluma y cruzó el salón para
ir a sentarse con Tsasaki Yamasaki.
—No cabe duda de que sabes
cómo atraer a una multitud —comentó Yamasaki, indicando con la
cabeza el libro de apuestas.
Eriol siguió la mirada de su amigo
y sonrió. Varios hombres habían caído sobre el libro e
inspeccionaban lo que había escrito. Su número creció con cada
segundo que pasó.
—Pensaba que esta noche ibas a ir a la ópera
—comentó su amigo.
—Fui —informó Eriol— Kaho decidió
meterse en mi palco.
— ¿Estás seguro de que no deseas cambiar
la apuesta que acabas de hacer?
Eriol sonrió.
—Buenas
noches Excelencia —dijo una voz junto a su mesa dirigiéndose a
Yamasaki. Luego— Lord Leed, ¿puedo hablar con vos?
Eriol alzó
la vista hacia Shaoran Li, vizconde de Wolferl. Sospechó que la
noche iba a dar un giro a mejor.
—Sentaos, Li —invitó.
Shaoran Li, de veinte años, se sentó y de inmediato se
disculpó.
—Lamento interrumpir vuestra velada, pero os vi por
casualidad y no quise dejar pasar la oportunidad.
— ¿Qué os
pasa por la mente, Li?
—Esta tarde conocí a la señorita
Sakura Daidouji en la casa de mi tía —sonrió nervioso— y me
gustaría obtener vuestro permiso para ir a verla.
Eriol observó
al hombre más joven, haciendo que se encogiera.
— ¿Por qué
solicitáis mi permiso? —preguntó al final.
—Tengo entendido
que en vuestro poder obra la custodia sobre los bienes de los
Daidouji —replicó Li— Di por hecho que erais el tutor de Sakura.
—Sakura
aún no ha sido presentada en sociedad —Expuso Eriol con sequedad,
sin molestarse en corregir la asunción equivocada del joven.
—Estoy
dispuesto a esperar hasta ese momento —afirmó Li.
— ¿Creéis
que la dama aceptará vuestras atenciones? —Enarcó una ceja.
—Parecí caerle bien —respondió Li—. Aunque no puedo
adivinar qué sucederá cuando la conozcan otros solteros.
—Por
vuestro éxito con mi pupila. —Alzó la copa de brandy para brindar
por el otro.
—Gracias, milord —Se levantó del sillón— No
lamentaréis haberme dado vuestra aprobación.
—No os he dado
permiso para que os casarais con ella, solo para visitarla.
—Lo
entiendo, milord. —Retrocedió de la mesa—. Buenas noches a los
dos.
—Querías que Shaoran y Sakura se conocieran —comentó
Yamasaki mientras observaba cómo se alejaba el Vizconde— Qué
fortuito que ella visitara a su tía.
—Fortuito un cuerno
—sonrió Eriol— A la tía Nakuru le encantan las intrigas
románticas y estaba más que ansiosa por unirlos.
— ¿Por qué
te mostraste tan difícil con él? —quiso saber Yamasaki.
—Un
hombre valora más lo que le cuesta ganar —respondió.
—Me
voy a casa junto a mi esposa —Yamasaki sonrió y se incorporó.
Eriol se levantó con él.
—Yo también me voy a casa. Le
prometí a Tomoyo una visita a la Torre por la mañana.
Los dos
amigos se dirigieron a la puerta, situada a un costado de uno de los
ventanales. Al salir al exterior del club se encontraron con una
densa niebla que los abrazó como un viejo amigo. La calle parecía
espectral con la única iluminación de las farolas de gas.
De
pronto un jinete solitario bajó al galope por St. James Street.
Cuando la figura oscura llegó a su lado y detuvo el caballo, alzó
una pistola y les disparó. En un instante espoleó al caballo y se
marchó también al galope.
Eriol y Yamasaki se protegieron
detrás de uno de los coches. Oyeron los gritos alarmados de sus
cocheros mientras perseguían al jinete en fuga. Varios hombres
salieron corriendo del interior de White's.
Eriol se levantó
primero y le ofreció la mano a su amigo, Yamasaki la aceptó.
—
¿Quién quiere tu cabeza? —inquirió Eriol.
—Iba a hacerte
la misma pregunta —sonrió el otro.
— ¿Estáis
heridos? -—preguntó Shaoran Li con voz preocupada.
—Los dos
nos encontramos bien —Eriol meneó la cabeza.
— ¿Quién
creéis que fue? —sonsacó uno de los espectadores.
— No vi
su cara —repuso Eriol.
— El hombre llevaba una máscara
—manifestó Yamasaki. Cuando Eriol lo miró sorprendido, se encogió
de hombros sonriendo y añadió —. He aprendido a no quitar jamás
los ojos de un enemigo, sin Importar las circunstancias. Mientras nos
lanzábamos detrás del coche no aparté en ningún momento la vista
de él.
— ¿Hay algo que podamos hacer? —se ofreció un
segundo espectador.
— Por
favor, caballeros —Eriol meneó la cabeza— volved dentro y
continuad vuestra velada. Estaremos bien. Veo a nuestros cocheros que
regresan, por desgracia sin el culpable.
Sin dejar de hablar
entre sí, los ricos clientes del White's Gentlemen's Club
retornaron a lo que estuvieran haciendo. Sólo Shaoran Li se quedó.
— ¿Estáis seguros de que no os halláis heridos? —preguntó
una vez mas el joven Vizconde, quitando el polvo a la capa de Eriol.
—Li,
a menos que solicitéis el puesto de valet,
regresad
dentro con los demás —ordenó Eriol.
Al instante Shaoran bajó
las manos a los costados.
—¿Estáis seguros?...
-Empezáis
a irritarme —advirtió Eriol— Odiaría revocar mi permiso para
que visitéis a Sakura.
— Os deseo a ambos unas buenas noches
—dijo el Vizconde y se apresuró a volver al club.
— Alguien
te quiere muerto —comentó Yamasaki cuando quedaron solos.
—
Eres tú quien secuestró a una joven para traerla a Inglaterra
—replicó Eriol.
—Su padre ya me perdonó —recordó su
amigo— Por otro lado, has arruinado a más de un hombre de
negocios, y existe la posibilidad de...
—Ni siquiera pronuncies
las palabras —interrumpió Eriol.
Yamasaki asintió con gesto
de comprensión.
—El hombre desapareció por un callejón
—notificó Abdul al llegar al lado de Eriol y Yamasaki.
—El
coche era demasiado grande para poder seguirlo y muy lento para
alcanzar al caballo —asintió Sagi
—Ahora
que estamos sobre aviso, mantendremos los ojos abiertos y pillaremos
a esa sabandija la próxima vez que intente algo —añadió el
cochero de Yamasaki.
—Cuídate. —Yamasaki estrechó la mano
de su amigo—. Por favor, deja que esos dos gigantes hagan su
trabajo —se volvió hacia su cochero y dijo—. Vámonos a casa,
Duncan.
—Perdonadnos, mi príncipe, por haber fallado en
vuestra protección —se disculpó Abdul en cuanto el duque se
marchó.
—No os volveremos a fallar —prometió Sagi.
—Después de todos estos años no habríais podido prever esto
— afirmó Eriol, absolviéndolos de toda culpa—. Esta noche hay
mala visibilidad, sino habríais reaccionado antes —titubeó y
luego preguntó— ¿Creéis que el asesino fue enviado desde el
Oriente?
—Vuestra madre está al corriente de todo y os hubiera
hecho llegar una advertencia —respondió Sagi.
—Además, un
asesino oriental jamás habría fallado el blanco — convino Abdul.
—Eso hace que me sienta mucho mejor —comentó Eriol con voz
seca.
—Quizá la bala iba destinada al duque de Kinross
—aventuró Sagi.
—La bala estaba destinada a mí —indicó
Eriol con resignación antes de subir al coche—Nadie puede estar
jamás al corriente de todo. Por la mañana le enviaré un mensaje a
mi madre. Llevadme a casa por Grosvenor Square.
El trayecto hasta
Grosvenor Square duró menos de quince minutos. Cuando llegaron a la
altura de la casa de su tío, Eriol dio unos golpecitos en el techo
del coche, y este se detuvo.
—No voy a bajar —comentó en el
momento en que Abdul abrió la puerta.
A través de la densa
niebla observó la casa de su tío. Probablemente Tomoyo dormía. ¿En
qué soñaría?
No parecía cansarse de ella. A pesar de sus
pocas excentricidades, Tomoyo Daidaoji tenía más honor y nobleza en
el dedo meñique que todas las mujeres aristócratas juntas. Sería
una esposa más que digna para él, un príncipe en su propia tierra.
Cerró los ojos e invocó mentalmente su imagen. Sus ojos
amatistas hacían que sintiera como si se ahogara en un estanque
insondable, sus labios suplicaban ser besados, su cabello violaceo
manifestaba su obstinada determinación ante el mundo.
Era un
enigma hermoso; Tomoyo era una condesa que cocinaba y abrazaba a
perros lobo. Jamás encajaría de forma adecuada entre la nobleza, y
la amaba por eso.
La
amaba
Ese
pensamiento asombroso lo golpeó como un muro de ladrillos.
Santo
cielo, juró.
Había hecho lo que siempre prometió no hacer, enamorarse y entregar
su corazón a otra persona. Ese camino conducía al dolor. ¿Qué
diría Tomoyo cuando se enterara de la verdad de su relación?
¿Insistiría en disolverla? ¿Qué haría cuando conociera su
verdadera identidad? ¿Se enfadaría porque el hombre con el que se
había casado fuera un príncipe? Jamás podría vivir con una mujer
que se negara a tolerar sus creencias. Eso quedaba descartado.
—Sagi, llévanos a casa —pidió, golpeando el techo del
coche.
Tomoyo
contempló desde la ventana de su dormitorio la desoladora mañana.
Una lluvia barrida por el viento azotaba los cristales. ¿Seguiría
en pie el plan de visitar la Torre? En realidad no deseaba salir con
ese clima, y sería inapropiado hacerlo. En cuanto su hermana y las
mujeres mayores vieron la lluvia, se retiraron para volver a
acostarse.
Llevaba vestida y lista más de una hora. Por enésima
vez cruzó la estancia y se inspeccionó ante el espejo.
El
vestido de paseo, de cintura alta, había sido creado con lana merina
de un verde boscoso sobre una enagua de cambray. La falda llegaba
justo a la altura de los botines negros; la capa de lana negra estaba
sobre la cama a la espera de la llegada del Marqués. Se negaba en
redondo a ponerse esos sombreros ridículos que hacían furor entre
los modernos.
Anhelaba ver a Eriol. ¿Estaría naciendo un cariño
por él? No, solo lo admiraba y le caía bien. Después de todo, el
Marqués se había puesto de su lado contra el vicario y prometió
limpiar el nombre de su padre de la mancha del suicidio. Desde el día
que lo conoció, había hecho poca cosa más que invocar su imagen.
Con su pelo negro y sus penetrantes ojos azules, Eriol Hiragizawa
era el hombre más atractivo que jamás había visto, lo cual
corroboraba el viejo dicho de que el diablo poseía el poder de
camuflarse bajo una forma agradable. Por otro lado, no podía
soportar su altanería. Si incluso le daba órdenes como si ya
estuvieran casados, lo cual la irritaba en extremo. ¿Empeoraría su
naturaleza autoritaria después de la boda? Siempre que claro está,
aceptara casarse con él.
Y, sin embargo, la excitaba como no lo
había conseguido ningún otro hombre. Aunque su osadía resultaba
desquiciadora, nunca se había sentido tan viva como cuando se
hallaba en su presencia.
Tenía que reconocer que le encantaban
sus besos embriagadores. Cada vez que sus labios cubrían su boca,
anhelaba más.
— ¿Quién
es? —preguntó al oír un golpe en la puerta.
—Su excelencia
ha llegado —informó Baxter.
—Bajaré enseguida.
Se
sentó en el sillón frente a la chimenea y comenzó a contar hasta
mil. No quería parecer demasiado ansiosa. Una breve espera le haría
saber que no era importante para ella.
Quince minutos más tarde
se levantó del sillón y recogió la capa de la cama. Winston,
acurrucado
en una bola gigantesca, saltó del lecho y la siguió fuera de la
habitación.
Al llegar al rellano de la primera planta bajó el
último tramo de escalera. En el vestíbulo vio al Marqués yendo de
un lado a otro. En ese momento desprevenido parecía muy intenso,
como si le preocupara algo. Se preguntó qué podría estar
perturbándolo.
—Buenos días —saludó al descender los
últimos escalones. Eriol se volvió hacia la escalera y le ofreció
una sonrisa devastadora. Pareció contento de verla. ¿Cómo sería
la vida si le sonriera de ese modo todos los días durante los
próximos cuarenta años?
—Me he retrasado —dijo ella
mientras atravesaba el vestíbulo.
—Princesa, vuestra adorable
aparición bien vale la pena una espera —afirmó él, alargando la
mano para palmear a Winston.
—Parecíais
preocupado —comentó, ruborizada por el cumplido.
—Pensaba en
los acontecimientos de ayer —dijo.
— ¿Acontecimientos?
—No
lo entenderíais.
—Ponedme a prueba —soltó, irritada por su
actitud de superioridad.
—Algún día lo haré, princesa —Le
regaló una sonrisa perversa.
¿Cómo podía replicar a su
comentario sugestivo? ¿O es que la consideraba tan ingenua como para
no ser capaz de entender a qué se refería?
—No puedo mantener
nuestros planes de visitar la Torre —informó Eriol,
sorprendiéndola al apoyar la palma de la mano sobre su mejilla
encendida y sonriéndole— Ha surgido un problema urgente y tengo
varias citas al respecto.
Tomoyo fue incapaz de no reflejar su
decepción. Aunque la controló apenas esta comenzó a manifestarse.
—Quizá podamos ir mañana si el tiempo mejora y habéis
solucionado vuestro problema de negocios.
—Mañana es imposible
—descartó él— Jamás salgo los viernes.
El comentario la
desconcertó. Qué caprichos extraños los del Marqués. ¿Qué
tenían de especial los viernes? Si hubiera dicho los Domingos, el
día que se dedicaba a la iglesia y a la plegaria, podría haberlo
entendido. Pero, ¿los viernes?
—Qué hay de particular los
viernes —preguntó, esperando que, como siempre, evadiera las
respuestas.
—Abdul y Sagi son musulmanes —respondió— El
viernes es su día de descanso. Elegir a otros hombres para que me
protejan ese día sería un insulto a mis criados más leales y de
confianza.
Tomoyo le ofreció una sonrisa llena de sol. Por
primera vez desde que conocía al Marqués, percibió que hablaba con
absoluta sinceridad.
—Es loable la lealtad que mostráis a
vuestros criados —alabó.
—Abdul y Sagi para mí son más que
criados —replicó, entregándole un ramo de flores envuelto en
lino— Os he comprado un regalo.
Tomoyo quitó el envoltorio al
ramo. Había una mezcla de rosas de invierno de color blanco y rosado
con hojas de helechos.
— ¿Dónde habéis encontrado flores en
invierno? —preguntó ella con sonrisa encantada.
—Dispongo de
mis fuentes —le devolvió la sonrisa— Me recordáis a la rosa
invernal: hermosa, delicada, pero resistente a las condiciones
adversas.
Las flores, sus palabras y su presencia masculina
tejieron un hechizo mágico a su alrededor. Ningún hombre le había
hablado jamás con tanto romanticismo; lo miró a los ojos azules,
hipnotizada por el hombre.
—Dónde está todo el mundo—preguntó
Eriol, quebrando el encantamiento.
—Todas duermen —respondió-—.
En cuanto vieron que llovía, las tres se disculparon para salir.
—Tengo tiempo antes de mi cita —señaló Eriol.
— ¿Os
gustaría desayunar?
—Me encantaría. —Él se volvió hacia
el mayordomo— Baxter, sírvenos café en el salón.
—Yo
quiero té y un jarrón para las flores —le dijo Tomoyo. De la mesa
del vestíbulo alzó una servilleta atada con una cinta azul.
Seguidos de Winston,
los
dos subieron al salón. En un momento ella lo espió y lo descubrió
espiándola.
—Winston,
echado
—ordenó Eriol al entrar en la estancia.
El perro lobo se
acurrucó como una bola delante de la chimenea. Tomoyo se sentó en
el sofá y Eriol ocupó un sitio cerca. Sabía que debería decirle
que se sentara en el sillón, pero el hecho de que le brindara una
respuesta sincera la había vuelto más tolerante con su osadía.
—
¿Qué tenéis ahí? —indagó él, bajando la vista a la
servilleta.
—Sol
francés y caprichos exóticos —repuso Tomoyo, pasándosela, Eriol
desató la cinta y escrutó el interior. Sonrió al ver delicias
turcas y turrón.
— ¿He de dar por hecho que algo os perturbó
anoche?
—Me cansé de escribir en el diario pero seguía
inquieta —reconoció— Sabéis que cocinar me relaja.
—Decidme
dónde aprendisteis a preparar delicias turcas —pidió.
—Obtuve
la receta del libro de cocina de la señora Eliza Acton — replicó—
La señora Acton vivió en Francia un tiempo y recogió recetas
exóticas de todo el Mediterráneo durante su estancia allí.
—
¿La señora Acton es una amiga de Starlight?
—La señora Acton
publicó sus recetas en un libro —rió Tomoyo— Me encanta un
desafió en la cocina.
—Princesa, sois única —sonrió— Veo
ahí el ajedrez de mi tío. ¿Qué os parece una partida?
Baxter
eligió ese momento para entrar en la estancia. Portaba los servicios
de café y té mientras Forbes llevaba una fuente con bollos dulces y
mantequilla y el jarrón para las flores.
—Nos serviremos
nosotros —Eriol despidió a los hombres, quienes se marcharon de
inmediato— Decidme, Condesa, ¿habríais ido a recorrer la Torre a
solas conmigo? —preguntó mientras le servía té y le pasaba la
taza.
—En realidad no sabía qué iba a hacer hasta que hubiera
llegado el momento.
—Apostaría mi último chelín a que lo
habríais cancelado —opinó él.
— ¿Cómo podéis estar tan
seguro?
—Los únicos riesgos que corréis están en la cocina
—sonrió él.
—Tengo mis momentos de rebeldía —contradijo
Tomoyo— ¿Sabéis?, si no dierais órdenes como si fuerais un
príncipe, estaría más relajada. (XD)
—Quizá soy
un
príncipe —replicó Eriol— De incógnito, desde luego.
—Los
hombres que se creen príncipes pasan sus vacaciones en el hospital
de Bedlam —informó ella.
Eriol soltó una carcajada.
—Os
gustaría encerrarme, ¿verdad? —Se reclinó en el sofá, pasó el
brazo por el respaldo y lo dejó allí.
Con una sonrisa, se
inclinó hacia él y dijo.
—Si insistís en ser un príncipe,
entonces deberé revelaros mi verdadera identidad.
¿Y cuál es?
— Soy
lady Godiva.
Volvió a repetir la carcajada.
—Princesa,
si no tenéis cuidado, os encontraréis compartiendo una habitación
conmigo en Bedlam.
—Eso sería insoportable —sonrió con
desenvoltura— Imaginaos una vida entera recibiendo órdenes de un
falso príncipe. Eso basta para que desee la horca.
— ¿Qué
haríais si despertarais una mañana para descubrir que el hombre con
el que os habíais casado era un príncipe? —preguntó con
expresión súbitamente seria.
Tomoyo perdió la sonrisa. Lo miró
confundida. ¿Qué clase de juego era ese? ¿Hablaba con sinceridad?
Era demasiado absurdo incluso para tomarlo en consideración. En
realidad, ¿qué sabía sobre su vida, en particular sus orígenes?
— ¿Jugamos al ajedrez? —preguntó Eriol, cambiando de tema
antes de que pudiera interrogarlo.
— ¿Cómo puede llegar a ser
interesante el ajedrez? —inquirió ella, desterrando todo
pensamiento perturbador de la mente.
—Haremos una pequeña
apuesta sobre el resultado —sugirió él.
—No soy una mujer
que apueste.
—No hace falta que sea dinero. El ganador recibe
un favor del otro.
— ¿Qué clase de favor? —se mostró
suspicaz.
—Si yo gano, os daré un beso —manifestó
manteniendo la expresión seria— Si ganáis vos, me daréis un
beso.
—Que me beséis no es un favor —mintió, apartando la
vista— Además, yo no quiero besaros.
—Tenéis miedo
—provocó.
—No le temo a nada —informó, encrespándose.
—Demostradlo —desafió Eriol.
El guante estaba arrojado y
Tomoyo no podía soslayarlo.
—Cerrad los ojos —dijo. Cuando
él obedeció, se acercó y le plantó un beso casto en la mejilla.
— ¿Llamáis beso a eso?
— ¿No os gustó?
—Princesa,
un beso debería rebosar de emoción silenciosa. Aproximaos y
rodeadme el cuello con las manos.
—No, creo que no —se negó,
desviando la vista al extremo del salón. Si lo miraba a los ojos se
debilitaría su decisión de resistir.
—Dijisteis que no
teníais miedo —le recordó él.
—Los
criados podrían interrumpirnos —replicó— Entonces se lo
contarían a sus amigos, quienes, a su vez, se lo dirían...
—Echarme mis propias palabras a la cara es groseramente injusto
—sonrió Eriol— Además, todo el mundo espera que las parejas
prometidas se besen.
—Muy poca gente está al corriente de
nuestro compromiso —indicó ella.
—Cobarde
—afirmó
mirándola fijamente.
A pesar de su incertidumbre, Tomoyo se
acercó y le pasó los brazos por el cuello.
— ¿Y ahora qué?
—susurró, excitada por su aroma masculino.
—Cerrad los ojos
y tocad mis labios con los vuestros —instruyó.
— ¿Eso es
todo? —sondeó tras obedecer.
—No, princesa, no es todo —le
rodeó el talle con los brazos. Capturó su boca al tiempo que con la
lengua la incitaba a separar los labios Tomoyo se sintió caliente y
fría a la vez— Oléis a rosas —susurró Eriol sobre su boca.
El
gruñido de Winstonlos
devolvió a la realidad. Se separaron y miraron hacia la puerta,
donde el tío Charles se hallaba en compañía de otro caballero.
Tomoyo se ruborizó avergonzada por haber sido descubierta
besando al Marqués.
—Príncipe Adolfo —murmuró Eriol,
haciendo que ella se sintiera aún peor.
Tuvo ganas de desmayarse
para escapar del bochorno. El Príncipe no podría haber elegido un
momento más ignominioso para aparecer. Sin duda la consideraría una
casquivana.
Eriol y Tomoyo se levantaron del sofá. Juntos
cruzaron la estancia para saludar a los dos caballeros.
—Qué
hermosa se te ve hoy —comentó el tío Charles, haciendo que se
ruborizara aún más. Se volvió hacia su amigo y dijo— Príncipe
Adolfo, permitid que os presente a Tomoyo Daidouji, condesa de
Starlight.
Ella hizo una reverencia.
—Es un honor
conoceros, Alteza Real.
—Gracias, pequeña —replicó el
Príncipe— El placer es mío. Mío... mío... mío.
Desconcertada
por su extraña conducta, Tomoyo miró a Eriol, que sonreía.
Eriol
estrechó la mano del Príncipe y sugirió.
— ¿Por qué no nos
sentamos ahí?
Eriol y Tomoyo retomaron sus asientos en el sofá.
El tío Charles y el príncipe Adolfo se sentaron en los sillones de
enfrente.
— ¿Y quién es este sujeto tan grande? —preguntó
el príncipe Adolfo con la vista clavada en el perro lobo.
—Mi
perro, Winston—respondió
ella.
—Me recuerda a Tiny
—dijo
Adolfo.
—Yo comenté lo mismo el primer día que lo vi —sonrió
el tío Charles.
—Consideré que debía daros a vuestra hermana
y a vos mis condolencias —le dijo Adolfo a Tomoyo—. Me
entristeció la muerte de vuestro padre.
—Gracias, señor.
Vuestras palabras me consuelan.
—Sakura y nuestras tías
todavía siguen en sus aposentos —expuso Eriol—Podemos mandar a
buscarla.
—No, no la molestes —replicó el Príncipe—. Me
habré marchado para cuando baje, si es como la mayoría de las
damas. Damas... damas... damas. Cuánto pueden demorarse.
—Mi
hermana se sentirá decepcionada de no haberos visto —exteriorizó
Tomoyo.
—El Príncipe conocerá a Sakura en vuestra
presentación en sociedad —dijo el tío Charles.
—Quiero que
mi primer baile sea contigo y el segundo con tu hermana —afirmó
Adolfo.
—Me honráis con vuestra petición —dijo Tomoyo.
Titubeó un momento y añadió—. Alteza Real, debo preguntaros una
cosa.
—Adelante. —Adolfo le ofreció una sonrisa afable.
—Como sabéis, Harold Daidouji nos adoptó a mi hermana y a
mí—comenzó ella—. ¿Sabéis de dónde venimos? ¿Tenéis alguna
idea de quiénes fueron nuestros padres de verdad?
—Has
formulado dos preguntas, no una —la corrigió él, y luego se puso
serio. Desvió la vista al responder— No sé quiénes fueron
vuestros padres de verdad.
Tomoyo percibió que el Príncipe no
se mostraba del todo sincero. Pero, ¿qué podía hacer? Una no
llamaba mentiroso a un Príncipe.
—Te trae buenas noticias
—intervino el tío Charles.
—Madame Amathist es una buena
amiga mía y, como un favor, ha aceptado cantar en vuestra
presentación en sociedad —informó Adolfo—. Amathist nunca antes
ha actuado en una fiesta privada. Creo que la sociedad se peleará
por recibir invitaciones para vuestro baile. Tú y tu hermana seréis
un éxito social.
—Desde luego, ya conocéis a mi sobrino —continuó el tío Charles.
—Jamás
oí hablar de ella —reconoció Tomoyo—. ¿Amathist es cantante?
—Pequeña, es la cantante de ópera más afamada de Europa
—afirmó
Adolfo—
Es tan famosa que solo necesita un nombre. Más o menos como la
realeza.
—Gracias por ayudamos a mi hermana y a mí a entrar en
sociedad —sonrió ella.
—De nada. —El Príncipe se
levantó—. Realmente debo irme... irme... irme —el tío Charles
se incorporó con Adolfo—. Asegúrate de que Nakuru se entere de
nuestra breve visita.
—Gracias por venir —dijo Tomoyo
mientras comenzaba a levantarse.
—No te incorpores —ordenó
Adolfo— Seguid como estabais. Estabais... estabais.
Los dos
caballeros mayores cruzaron el salón, Tomoyo miró a Eriol, quien
exhibía una expresión sombría.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Nada —la tranquilizó con una sonrisa— Ha llegado la hora
de ir a mis citas.
Sin advertencia, se inclinó y le dio un beso
en los labios. Luego giró en redondo y abandonó el salón.
Tomoyo
decidió que también el Marqués mentía. Algo iba decididamente
mal, o no habría tenido esa expresión. Si se equivocaba, estaba
dispuesta a comer una porción de su tarta de cicuta
Notas: Hola me da gusto saludarlos, realmente no planeaba actualizar el día de hoy sino mas bien hasta como el martes, pero viendo que son varias las personas que se mantienen muy al pendiente del fic, me propuse actualizar mas rápido y hacer un capi mas largo de lo normal.
En ese capitulo, se hablaron de varias cosas interesantes, datos para el futuro tal vez la mayoría los relacionara rápido y sacara conclusiones, pero recuerden, nada esta escrito en piedra todo puede cambiar jeje, y como ultimo comentario quiero dejar un punto claro, ya que a mi me gusta mucho el tema de la aristocracia pero para que no lo cepa los títulos nobles, van en este orden de jerarquía, La familia real (rey, reina, príncipes,) Duque, Márquez, Conde, Vizconde, Baron y por ultimo algún el titulo lord, peor sin titulo noble (como caballeros guerreros, o distinguidos por algo).
Muchas gracias a todos aquellos que dejaron review y/o agregaron esta historia a sus favoritos, yo tratare de actualizar lo mas pronto posible, siempre animada por sus comentarios, los cuales agradezco mucho, cualquier duda no duden en preguntar y yo se las responderé, así mismo estoy interesada por ver que opinan de las situaciones que van suscitándose, bueno por el momento es todo, me encuentro muy atareada con tareas sniff sniff, deséenme suerte
Cuídense mucho y nos estaremos viendo pronto
Su amiga Estelanna/Yamitzuki
