Disclaimer: Los personajes de CCS no me pertenecen, sino a las talentosisimas CLAMP yo solo tomo prestado a sus personajespara esta historia y formar la pareja que muchos nos quedamos con ganas de ver, así que a sabiendas que esto lo hago sin ánimos de lucro, disfrútenla.

Capitulo séptimo

Winston gruño. Sola en el salón, Tomoyo alzó la vista del bordado para contemplar al perro lobo. Este, alerta ante el peligro, miraba en dirección a la puerta.
Tomoyo giró y no vio a nadie, aunque un segundo más tarde Baxter entró en la habitación.
—Shhh, Winston—ordenó cuando el animal continuó con sus gruñidos bajos—. Ya conoces a Baxter.
—Milady, lord Briggs ha venido de visita —anunció el mayordomo— Intenté decirle que no estabais... —antes de que pudiera terminar, Aidan pasó a su lado y atravesó el salón.
—Aidan, ¿qué haces aquí? —preguntó Tomoyo, levantándose del sofá.
—He venido a visitar a mi más querida amiga —respondió el Barón, sonriéndole.
Winstonvolvió a gruñir y lord Briggs se detuvo a diez pasos de ella.
Winston, échate —ordenó Tomoyo imitando el tono de voz severo del Marqués.
El perro lobo obedeció, pero mantuvo sus ojos oscuros clavados en el Barón, con las orejas pequeñas hacia atrás en estado de alerta.
—Te he echado de menos —dijo Aidan, reduciendo la distancia que los separaba y tomándole las manos. Le sonrió con calidez y dejó que sus ojos se posaran en su atuendo.
Tomoyo pensaba que estaba bonita a pesar de los reparos que tuvo en romper el luto. El vestido de mangas cortas era de seda blanca con lunares lilas. Un lazo con tirantes largos, también lila, adornaba el hombro derecho, y calzaba unas sandalias de terciopelo a juego.
—No vas de negro —remarcó Aidan.

—Qué buena vista tienes. —Su comentario la sorprendió.
—Pero estás de luto —le recordó.
—El Marqués nos ha prohibido a Sakura y a mí que vistamos de negro durante la temporada. —Se encogió de hombros.
— ¿Qué derecho tiene a...?
— El Marqués posee la custodia de los bienes de los Daidouji —interrumpió— Por favor, siéntate y disfrutemos de una visita placentera.
Tomoyo volvió a sentarse en el sofá. En vez de ocupar el sillón adyacente como exigía el decoro, Aidan se sentó a su lado, con lo cual se ganó un gruñido de advertencia de Winston.
—Ese perro es una amenaza —dijo él.
— Winstonúnicamente se muestra protector conmigo —repuso Tomoyo— Si es suave como un cordero. Perro que gruñe nunca muerde, ya sabes.
—No cariño, es perro ladrador poco mordedor —corrigió Aidan. Observó el lujoso estudio y comentó— ¿Dónde está todo el mundo?
—El tío Charles se ha trasladado a vivir con Eriol por cuestión de etiqueta —informó Tomoyo— Lady Nakuru ha llevado a la tía Mei y a Sakura a visitar a unas amigas.
—Comprendo. ¿Qué te ha retenido hoy en casa?
Tomoyo sintió renuencia de contarle que Eriol y sus amigos pensaban ir de visita. Señaló la mesa y comentó.
—Intentaba bordar y escribir.
— ¿Escribir? —repitió él con sonrisa sorprendida— ¿Qué escribes?
—Eriol... quiero decir el Marqués, ha prometido ayudarme a limpiar la reputación de mi padre —respondió— Sugirió que escribiera todo lo que pudiera recordar acerca del día de su muerte, sin omitir detalle alguno.
— ¿Me mencionas en tus escritos? —perdió la sonrisa.
—Aún no he llegado a esa parte. —Meneó la cabeza.
—Cariño, tu padre se suicidó —musitó con suavidad, tomándole la mano— Ninguna redacción cambiará ese hecho.
—Mi padre no se suicidó. —Se soltó y se levantó del sofá. Se plantó delante de la chimenea y durante varios momentos contempló las llamas hipnóticas.
—Lamento perturbarte —se disculpó Aidan— En ningún momento fue mi intención.
Tomoyo se volvió y lo miró. De pronto Aidan Briggs ya no le pareció atractivo. Ya no era el muchacho mayor al que había idolatrado de niña. Se había convertido... No sabía en qué. Solo que al compararlo con el Marqués, había algo indefinible de lo que Aidan carecía.

— ¿Tomoyo?
—Acepto tus disculpas —repuso, logrando sonreírle.
Entonces él se incorporó y se llevó la mano de ella a los labios.
—Gracias, cariño.

Sentir sus labios la irritó. El momento de un gesto galante habría tenido lugar la noche del funeral de su padre.
—Te perdono tu creencia infundada —manifestó, volviendo a soltarse— Aunque no la olvidaré.
—Por favor, permite que te lo compense —pidió con sonrisa apaciguadora.
— ¿Cómo? —interrogó, enarcando una ceja.
—Quiero llevarte a Hyde Park, donde toda la nobleza va a pasear a caballo. Luego asistiremos a la ópera, al ballet y...
—No es posible —repuso, deseando otra vez haber rechazado su oferta de matrimonio en vez de recurrir a su padre. En ese caso en ese momento no se encontraría en una posición tan incómoda.
—Pero, ¿por qué? —preguntó él con expresión confusa.
—El motivo por el que Sakura y yo realizaremos nuestra presentación en sociedad es para encontrar perspectivas matrimoniales adecuadas —informó.
—Te amo, Tomoyo —soltó Aidan con pasión, tomándole otra vez la mano— Siempre te he amado. Di que te casarás conmigo.
—No puedo casarme contigo —liberó su mano— Antes de morir, mi padre rechazó tu proposición. Desde entonces, he descubierto sus motivos; ya estoy prometida al Marqués.
— ¿Qué? —exclamó él, asiéndole el antebrazo.
Los gruñidos de Winstonatrajeron su atención. El perro lobo se había puesto de pie, mostraba los colmillos y tenía el pelo del lomo erizado, listo para atacar.
Winston, sentado —ordenó Tomoyo. El animal se quedó quieto como una estatua y siguió gruñendo— Suelta despacio mí brazo y retrocede un par de pasos —después de que el Barón obedeciera, ordenó— Winston, sentado.
En esa ocasión el perro lobo acató la orden, pero se mantuvo alerta, con la mirada clavada en el barón.
Tomoyo se sintió invadida por la culpa. Nunca en su vida había albergado resentimiento hacia nadie, y guardar uno contra su amigo más antiguo resultaba terrible. Supuso que el hecho de que él creyera que su padre se había suicidado era lógico, pero la desilusionaba su falta de fe en él.

— Mi padre y el Duque eran amigos desde sus días de estudiantes en Eton —explicó, llegando a la conclusión de que su amigo merecía conocer la verdad— Siendo niña, mi padre me prometió al Marqués. En su honor he de decir que Eriol me ofreció una salida a dicho matrimonio.
— ¿Y cuál es? —preguntó Aidan con frialdad.
—Si conozco a un caballero apropiado durante la temporada, seré libre de casarme con él —el rostro de Aidan se iluminó visiblemente— Sin embargo, Eriol no te considera un partido apropiado —añadió ella, borrándole la sonrisa de la cara— Lo siento, pero en eso estoy de acuerdo con él.
—Veo que una condesa es demasiado buena para un barón —expresó Aidan con sequedad, el rostro lleno de furia.
—Te equivocas en tu forma de pensar —replicó Tomoyo enfadada por la insinuación—Jamás podría casarme con un hombre que fuera por Londres contando que Sakura y yo somos bastardas adoptadas.
—Jamás he hecho algo semejante —insistió él—. ¿Quién te contó esa mentira, el Marqués? —Tomoyo se negó a contestar— ¿Sabías que tu preciado Marqués está prácticamente casado con otra mujer? —continuó — Kaho Mitzuki, condesa de Foxtar, ha sido su amante durante más de un año. Incluso mientras hablamos, en Whithe's se apuesta sobre cuándo van a anunciar sus planes de boda.
Tomoyo sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Se puso pálida, y las palabras dañinas y la virulencia del desagrado que Aidan experimentaba por el Marqués la debilitaron. Se llevó una mano al pecho como para protegerse. Retrocedieron varios pasos y se volvió para sentarse en el sofá.
— ¿Cómo te atreves a darme la espalda? —se rebeló el Barón, alzando la voz. Alargó la mano para agarrarle la muñeca, pero el perro lobo saltó en su defensa.
Rugiendo, Winstonse lanzó sobre Aidan. Mordió una de las perneras del pantalón y tiró.
Cuando el Barón levantó el puño para golpearlo, Tomoyo entró en acción: desvió el golpe con el brazo e intentó interponerse entre ellos.
Winston, siéntate —ordenó el Marqués desde la puerta.
El perro lobo soltó el pantalón del Barón de sus poderosas quijadas y se sentó, aunque sin dejar de gruñir bajo. Tomoyo se arrodilló y rodeó el cuello del animal para protegerlo y al mismo tiempo contenerlo.
—Cariño, lo siento —se disculpó Aidan, pero desistió de ayudarla a incorporarse de la alfombra— No pretendía golpearte a ti, sino protegerme.
Tomoyo asintió, mas guardó silencio. No confiaba en lo que pudiera decir, salvo para manifestarle de forma rotunda a su más antiguo amigo lo que pensaba de él en ese momento.

—Que no que?. ¿Qué sucede aquí'? —demandó Eriol, dirigiéndose hacia ellos.

— Este perro me atacó y habría que sacrificarlo —expuso Aidan.

— ¿Sacrificarlo por intentar protegerme? —Gritó Tomoyo—

¿Winstonos protegía? —repitió Eriol. Posó una mirada mortífera sobre el Barón y se aproximó más preguntándole— ¿Qué intentabais hacerle?
—Tomoyo y yo discutíamos cuando se puso pálida como si fuera a desmayarse—explicó Aidan— Al intentar ayudarla, ese monstruo me atacó.
Tomoyo alzó la vista hacia el barón. Mentía. Aunque para protegerse de la ira del Marqués, esa mentira había salido de sus labios sin reparo alguno.
Un hombre que miente una vez mentirá muchas más, pensó. ¿Cuántas de sus mentiras pasadas había creído sin cuestionarlas? ¿Cómo podía confiar en un amigo que mentía con semejante facilidad?
Eriol miró al Barón y luego a Tomoyo. Renuente a causar más problemas, ella observó al perro.
—Bien, lord Briggs, estoy seguro de que Tomoyo aprecia la visita de un viejo amigo —expuso en clara alusión para que se marchara— ¿Os veremos el sábado?
En vez de contestar, Aidan se volvió hacia Tomoyo.
—Lamento el malentendido y, desde luego, asistiré a tu presentación en sociedad. Si me necesitas, me alojo en la casa de mi hermana, en Bedford Square —Entonces cruzó el salón y desapareció por la puerta.
—Qué vergüenza —reprendió Eriol al perro, palmeándole la cabeza— ¿Qué clase de sabueso confunde a una comadreja con un lobo?
Winstongimió como si lo entendiera.
Tomoyo se sentía confusa. Habría jurado que al Marqués le caía mal Aidan.

— ¿Por qué lo habéis invitado a mi presentación? —preguntó.

—Pensé que a Sakura y a vos os gustaría tener la presencia de un viejo amigo de Starlight —informó. Miró en dirección a la puerta y añadió— Me gusta Aidan Briggs tanto como confío en él, lo cual es nada.
—Aidan ha estado conduciéndose mal desde el día de la muerte de mi padre —dijo Tomoyo— Vuestra aparición en la Mansión Starlight solo empeoró las cosas. A mí tampoco me cae bien ya.
— ¿Cancelamos su invitación? — inquirió Eriol, Tomoyo meneó la cabeza— Presentáis una imagen deliciosa con vuestro nuevo vestido—alargó la mano y la ayudó a ponerse de pie— ¿No es mejor que ir toda de negro?
Baxter entró en el salón antes de que pudiera responder. Con mirada cautelosa hacia el perro lobo, anunció.

—El duque y la duquesa de Kinross han llegado.
Cuando el mayordomo se marchó, Tomoyo se tomó un momento para alisarse el vestido. Espió al Marqués, que la observaba.
—No os molestéis con vuestra apariencia —señaló Eriol— Mejorar la perfección es tarea imposible.
Ella se sonrojó ante ese abierto cumplido. Bajó los ojos mirando a Winstony preguntó.
— ¿Le tienen miedo a los perros?
—Nos encantan los perros y otras diversas criaturas —contestó la voz de un hombre.
Tsasaki Yamasaki, duque de Kinross, parecía tan alto y con tan buena complexión como el Marqués. Su cabello oscuro competía con el de Eriol, pero sus ojos eran más negros que una noche sin luna.
La duquesa de Kinross era pequeña y lucía un pelo tupido del color caoba, aunque sus ojos amielados se comparaban a los del Marqués en brillo. Exquisitamente adorable, había sido bendecida con una sonrisa cálida y contagiosa.
—Yamasaki y Chiharu, permitid que os presente a Tomoyo Daidouji, condesa de Starlight —presentó Eriol— Tomoyo, estos son mis amigos, el duque y la duquesa de Kinross.
—Excelencias, es un honor conoceros —dijo Tomoyo, haciendo una reverencia.
—Llamadme Chiharu —pidió la Duquesa— Solo he recibido el título por matrimonio.
—Llamadme Yamasaki —propuso a su vez el Duque— Y por favor, nada de reverencias. Hacen que me sienta más viejo de los veinticinco años que tengo. Además... —miró a su esposa y guiñó un ojo—... yo no me gané el título, solo lo heredé.
—No deseo haceros sentir viejo —comentó Tomoyo con una sonrisa, y se relajó.
— ¿Es este el perro lobo que encontrasteis en Oxford? —preguntó Chiharu mirando al animal.
—Sí, es Winston—Tomoyo se ruborizó al darse cuenta de que el Marqués le había hablado de ella a sus amigos.
Chiharu se quitó los guantes y le ofreció la mano al perro lobo. Winstonolfateó la palma y luego la lamió.
—Cachorrito adorable —comentó esta, dándole una palmada.
—A mi esposa le gustan todas las criaturas —informó Yamasaki a Tomoyo, Chiharu le sonrió a su marido como si el comentario tuviera un comentario secreto para ella.

—Una cinta le quedaría muy bien a Winston, ¿no creéis? — Tomoyo giró hacia Eriol con expresión de ya os lo dije
—Sentémonos ante la chimenea —sugirió este.
Las dos damas ocuparon el sofá, Eriol y Yamasaki los dos sillones opuestos. Tomoyo tuvo la súbita sensación de que los duques estaban al corriente del compromiso secreto. O quizá estar sentados allí juntos le hizo sentir que Eriol y ella eran las dos mitades de una pareja.
—Al salir de casa, Sarah jugaba con la muñeca que le regalasteis —le comentó Chiharu a Eriol— La mordía, según recuerdo.
—El mérito de haber elegido la de tela es de Tomoyo —repuso él.
—En nombre de mi hija, os doy las gracias —indicó Chiharu volviéndose a ella.
— ¿Cuántos años tiene? —quiso saber Tomoyo.
—Apenas un año —repuso con una sonrisa.
—Acompáñame al estudio —le dijo Eriol a Yamasaki— Prometí traer unos papeles para mi tío.
—Si las damas nos disculpan. —Yamasaki se levantó— Volveremos enseguida.
Sin otra palabra, los dos amigos las dejaron solas en el salón. Tomoyo y Chiharu se miraron incómodas antes de apartar la vista.
A Tomoyo le preocupaba el tema de conversación adecuado para tratar con la hermosa Duquesa extranjera. Entonces se le ocurrió. El tiempo siempre era apropiado. Ahí no había peligro.
—Hemos estado disfrutando de un clima magnífico, ¿no creéis? — preguntó con rigidez.
—Sí, ha sido maravilloso —respondió Chiharu mirándola de reojo. Luego añadió— Si a una persona le gusta la niebla amarilla, claro está.
—En realidad —sonrió— yo prefiero la vida en el campo.
— ¿No hay niebla?
—Nada.
Las dos mujeres se sonrieron.
—Os dais cuenta de que los caballeros nos han dejado solas a propósito —comentó Chiharu— Mi esposo quiere que nos hagamos amigas.
—No es necesario que lo seamos si así lo preferís —sugirió Tomoyo.
—La sociedad de Londres no me ha recibido exactamente con los brazos abiertos —reconoció la Duquesa— Aunque nadie se ha atrevido a ser grosero, estoy segura de que me consideran una arribista japonesa. Pensé que quizá también vos desaprobaríais mi presencia.
—Lamento vuestra mala experiencia —manifestó Tomoyo.

—No lo lamentéis —Chiharu recogió el bordado que había sobre la mesa— La culpa no es vuestra.
Tomoyo sintió un rubor avergonzado cuando la Duquesa abrió la tela para examinar los puntos toscos. El bordado era un pasatiempo femenino que jamás había conseguido dominar. De hecho, hasta ese momento no le había dado mayor importancia.
—Qué trabajo notable —comentó Chiharu mirándola.
—Notablemente horrible.
—Bordáis mucho mejor que yo.
— ¿Sí? —Supo que la duquesa se mostraba condescendiente. Chiharu abrió su bolso y extrajo un pañuelo.
—Mirad esto. —Se lo ofreció— No os preocupéis; está limpio — El comentario provocó una sonrisa en Tomoyo. Abrió el pañuelo y lo extendió sobre su regazo. Al siguiente instante soltó una carcajada. La Duquesa había hablado con sinceridad; sus puntos eran peores incluso que los de ella.
—Si hasta Winstonpodría hacerlo mejor —el alivio le soltó la lengua.
—No me cabe la menor duda —rió Chiharu.
—No pretendía insultaros —afirmó Tomoyo.
—No lo he tomado como un insulto. Vuestro bordado también es horrible hasta que se lo compara con el mío.
Forbes y Baxter entraron en el salón. Cada uno portaba una bandeja de plata; una contenía el servicio de té y café Worcester y la otra una fuente con porciones de tarta de almendra. -
—Echado, Winston—ordenó Tomoyo cuando el perro se levantó con intención de engullir la tarta.
El perro lobo volvió a tumbarse, pero sin apartar la vista de la comida. Las comisuras de su boca comenzaron a babear.
Tomoyo tomó dos porciones, las desmenuzó sobre un plato y lo dejó delante del animal. Winstonbajó la cabeza y comenzó a comer.
—A veces resulta más fácil rendirse ante lo inevitable —explicó— La preparé anoche, y a Winstonle encanta mi...
— ¿Cocináis? —Se sobresaltó Chiharu con evidente sorpresa— ¿Vos preparasteis la tarta? —Tomoyo asintió— Está deliciosa —exclamó tras probarla— No sabía que la aristocracia inglesa cocinase.
—A mí me relaja —informó Tomoyo— Lo hago siempre que estoy nerviosa o inquieta. — ¿Vos también cocináis cuando os sentís inquieta?

—No, yo como—Chiharu sonrió

—Oh, creo que llegaremos a ser buenas amigas después de todo—Tomoyo rió— Me alegro tanto de que no seáis una esnob como las damas que he conocido —añadió la Duquesa, alargando la mano para tocarle el brazo.
—Me siento aliviada de haberos encontrado —convino Tomoyo—. ¿ tenéis alguna afición? Quiero decir, aparte de bordar.
—Estoy aprendiendo a tocar el pianoforte —indicó Chiharu— La pequeña Sarah grita cada vez que practico, de modo que no creo estar preparada para dar un recital —Tomoyo sonrió ante la sinceridad de la otra mujer— Me encantan los animales, leo con voracidad y empiezo a adquirir el gusto de ir de compras —se detuvo un instante y agregó con una sonrisa—: se podría decir que mi amor por la lectura nos unió a Yamasaki y a mí.
—¿Su Excelencia tiene interés también en la lectura?
—Su Excelencia tiene un profundo interés en la elección de mi material de lectura —repuso Chiharu.
— ¿Y cuál era?
—Códigos, mapas y mensajes secretos.
—No entiendo —Se sintió confusa.
—He sido bendecida con la capacidad para mirar una vez una página y repetir lo que pone en ella sin cambiar una palabra —informó Chiharu— Durante el reciente conflicto entre nuestros países, ayudé a la causa oponente memorizando los códigos británicos o dando descripciones detalladas de supuestos espías. Yamasaki estaba seguro de que este don había garantizado la captura y ejecución de su hermano como espía. Me secuestró y me trajo a Inglaterra para esperar hasta el final de la guerra. Nos enamoramos y nos casamos.
—Qué romántico y aventurero —exclamó Tomoyo— ¿Estabais asustadas?
—Estaba airada —respondió—. Y, según recuerdo, en su momento no me sentí especialmente romántica. Las aventuras no son tan estimulantes como puede parecer.
— ¿Puedo formularos una pregunta? —tanteó, insegura de que hiciera lo correcto al hablar. Chiharu asintió— Esta mañana un viejo amigo de Starlight pasó por aquí y me dijo que Eriol tiene una amante llamada Kaho Mitzuki. ¿La conocéis?
—A mí no me parece que quien os lo dijo sea un amigo.
—No habéis contestado a la pregunta.
—Kaho Mitzuki es la rica viuda del difunto conde de Foxtar, un hombre lo bastante mayor como para ser su abuelo —bajó la voz— Superficial, arrogante y conspiradora son las palabras que me vienen a la mente para describirla. Lleva detrás de Eriol desde que lo conozco, incluso antes de que muriera su esposo.(es una tipa de lo mas ZORRA!! XD perdón por la intromisión)

— ¿Es ella...? —titubeó un instante, pero luego continuó— ¿Es su amante de verdad?
—No lo sé. —Sus mejillas se ruborizaron— Pero si lo deseáis se lo puedo preguntar a mi marido.
—No será necesario —Tomoyo meneó la cabeza— Me disculpo por haceros sentir incómoda.
—Eriol tiene tanta integridad como mi esposo. —Chiharu le palmeó la mano— Estoy segura de que jamás sucumbió a los ardides de esa mujer. (T_T lo hizo una vez...)
Hablar con tanta intimidad del Marqués hizo que fuera Tomoyo quien se sintiera incómoda, aunque pensó que quizá la Duquesa pudiera conocer algo de su pasado.
—El Marqués me ha comentado que procede del sur de Francia —comenzó— Sé que su padre murió cuando él tenía diez años. Fue entonces cuando vino a Inglaterra a educarse. Estando aquí, su madre y su hermano murieron.
—Sí, eso es verdad —asintió Chiharu.
— ¿Sabéis algo más sobre él? —insistió.
— ¿Por qué no se lo preguntáis a Eriol? —respondió, mirándola desconcertada.
—Esquiva casi todas mis preguntas —replicó Tomoyo— Tengo la impresión de que me oculta algo y pensé que quizá vos...
Chiharu rió.
—Lo siento, pero me hacéis parecer tan injusta. Estoy convencida de que solo se muestra perverso para irritaros. Sin embargo, mi esposo conoce absolutamente todo sobre el Marqués. Si queréis, podría formularle algunas preguntas por vos.
—Me temo que le contaría a Eriol que había estado entremetiéndome —Sacudió la cabeza— Probablemente descubra más cosas con el tiempo —entonces cambió de tema— Habladme de tu lugar natal.
—Es casi un paraíso.
—Os mantenéis leal a vuestro país natal.
—Espero que no seáis excesivamente patriota, ya que no deseo que mi mascota os ofenda de ningún modo cuando vengáis a visitarme.
— ¿Qué clase de mascota tenéis?
—Un cerdo albino —repuso Chiharu—. Cuando era pequeño, lo salve junto con su madre de ser la cena a bordo del barco de mi marido.
— ¿Qué tiene que ver un cerdo con el patriotismo? —quiso saber Tomoyo, sorprendida.
—Lo bauticé Prinny en honor del príncipe regente.
Tomoyo rió y Chiharu se unió a ella. Cuando Winstonse sentó y robó una porción de la tarta de almendras, ambas rieron con más ganas. Eriol y Yamasaki las encontraron de esa manera al entrar en el salón unos momentos después.
—Sabéis que no se puede dejar al perro cerca de la comida —le dijo Eriol a Tomoyo.
—No importa —comentó Yamasaki, evidentemente complacido de que su esposa en apariencia hubiera encontrado una amiga— Chiharu y yo debemos irnos.
— ¿Vendréis a tomar el té una tarde? —preguntó Chiharu, levantándose.
—Me encantará —afirmó Tomoyo, incorporándose también—. Saludad a Prinny de mi parte.
En cuanto los duques se marcharon por la puerta, Eriol se volvió y le regaló una sonrisa franca y satisfecha.
—Me complace que Chiharu y vos os caigáis bien.
—No es lo que esperaba.
— ¿Y qué esperabais? —preguntó con expresión cálida.
—Pensé en alguien superficial, arrogante y conspiradora —repuso, pensando en Kaho Mitzuki.
—Conoceréis a muchas personas así entre la nobleza —informó él y cambió de tema—. ¿Habéis comenzado a escribir vuestro diario?
—Sí, voy por el momento en que llegó Aidan.
—Sentémonos y hablemos sobre lo que habéis escrito—sugirió Eriol. Lo siguió hasta la chimenea. Cuando él se sentó en el sofá, Tomoyo ocupó el sillón que había enfrente. Recogió el diario de la mesa y lo hojeó para refrescarse la memoria.
—No he avanzado hasta el día en que sucedió —lo miró. Oh, Dios, pensó, dándose cuenta de lo perfectos que eran sus ojos azules.
Eriol sonrió como si pudiera leerle los pensamientos.
—Contadme qué habéis escrito —pidió con un tono de voz ronco e íntimo.
—Comencé una semana antes de la muerte de mi padre —apartó la vista de la suya—Fue el día en que Aidan le pidió permiso a mi padre para casarse conmigo si yo lo aceptaba.
Eriol se reclinó en el sofá y extendió el brazo por el respaldo. El gesto casual captó la atención de Tomoyo, quien se preguntó cómo sería la vida casada con el Marqués, sentados todas las noches frente a la chimenea.
—Qué sucedió.
—Como decía —se sacudió mentalmente para centrarse en él— Aidan solicitó mi mano en matrimonio, pero mi padre se negó.
— ¿Estabais presente? —inquirió. Ella asintió— ¿Cuál fue la reacción del Barón a la negativa?

—Pareció sorprendido. —Clavó la vista en un punto no determinado del espacio, invocando la imagen—. Intentó razonar con él manifestando que nuestras tierras quedarían unidas a su muerte, lo cual sería una gran herencia para cualquier hijo que tuviéramos. Mi padre le reveló que yo nunca iba a ser para él, lo cual enfureció a Aidan. Miró en mi dirección y se calmó lo suficiente para disculparse con mi padre por su mala conducta.
— ¿El Barón os visitó en algún momento después de que vuestro padre rechazara la petición? —quiso saber Eriol.
—Varias veces, e insistió en que mi padre cambiaría de parecer — respondió Tomoyo—Dijo que esperaría una o dos semanas para volver a preguntárselo.
—Que vos sepáis, ¿el Barón amenazó alguna vez a vuestro padre?
—No podéis dar a entender que Aidan tuvo algo que ver con su muerte.
—No doy a entender nada semejante —aseguró él con una sonrisa— Solo quiero conocer todos los hechos.
Higgins y Forbes eligieron ese momento para entrar en el salón. Higgins les sirvió un té recién hecho. Forbes portaba una bandeja de plata con sandwiches de pepino y porciones de tarta de fruta.
Winstonalzó la cabeza y olisqueó. Consciente de que había llegado comida, se sentó y contempló el contenido de la bandeja.
—Pastel de limón para milady —comentó Forbes, pasándole un plato— Y pastel de cicuta para milord.
Tomoyo se echó a reír. Forbes le guiñó un ojo.
— ¿Cuál es la broma? —preguntó Eriol.
—Es un asunto privado —advirtió ella, dejando el plato sobre la mesa.
—Muy bien, princesa. Guardad vuestros secretos —comentó Eriol cuando los dos mayordomos se marcharon— Winston, echado.
El perro lobo se negó a moverse, salvo para aproximarse unas pulgadas a la bandeja.
—La comida lo está atormentando —comentó Tomoyo.
Winstondebe aprender a no tocar alimentos destinados a los seres humanos —replicó él y se levantó del sofá. Con suavidad pero firmeza, obligó al animal a echarse. Luego la miró y preguntó—. Milady, ¿me concedéis este baile?
— ¿Qué?
—Bailad conmigo mientras lo adiestramos.
—Sé bailar, pero no hay música —protestó ella.
—Venid, princesa. —Extendió la mano—. Confiad en mí.

Tomoyo fue incapaz de resistir su cautivadora sonrisa. Se levantó del sillón y se dirigió a sus brazos, que la esperaban como si ese fuera su sitio natural.
—Cada vez que pasemos ante la mesa, le ordenaré a Winstonque se eche si está de pie —aclaró Eriol— De ese modo aprenderá a no tocar la comida aunque nadie lo vigile.
Tomoyo sonrió mientras Eriol tarareaba un vals y la conducía en un amplio círculo alrededor del salón. Bailaba con la gracilidad de un hombre que lo había hecho mil veces.
—Bailáis de maravilla —alabó Tomoyo.
—Y vos también —replicó Eriol—. ¿Quién os enseñó?
— ¿Quién os enseñó a vos?
—Yo pregunté primero.
—Y yo segunda —repitió la conversación mantenida en el coche durante el viaje a Oxford.
—Eton obligaba a sus estudiantes a aprender habilidades sociales, como bailar —sonrió—Tsasaki Yamasaki era mi pareja de baile.
Tomoyo rió.
—Cuando la tía Mei vino a vivir con nosotros después de la muerte de mi madre, nos enseñó a Sakura y a mí varios pasos —indicó Más adelante mi padre contrató a un maestro de baile para completar nuestra educación.
—Sakura y vos ¿fuisteis pareja de baile?
—No, Aidan lo fue de ambas —contestó.
—No apruebo vuestra elección de pareja —perdió la sonrisa.
—Ni yo la vuestra —replicó ella con sonrisa despreocupada.
—No debéis estar celosa de mis sentimientos por Tsasaki Yamasaki—rió entre dientes.
—Ni vos de mis sentimientos por Aidan Briggs —manifestó Tomoyo sin pensar.
—Milady, le habéis dado sosiego a mi mente —La ciñó con más fuerza y la hizo dar vueltas hasta el extremo del salón.
El constante movimiento se combinó con el cuerpo y el olor del hombre para embriagar sus sentidos. Su penetrante mirada azul hipnotizó a Tomoyo. Fue incapaz de resistirse cuando él dejó de danzar y con suavidad la envolvió en un abrazo.
Eriol aproximó su atractivo rostro para capturar sus labios con la boca. Hechizada, ella no realizó intento alguno para alejarse. En el último instante cerró los ojos.
Sus labios se tocaron y eso provocó que una sacudida deliciosa le recorriera todo su ser. La boca de él era cálida y suavemente insistente.

Entregándose al beso, Tomoyo se hundió contra su cuerpo duro y sólido. Los brazos fuertes de Eriol la aprisionaron y ella se deleitó en esas sensaciones excitantes y nuevas.
Y entonces el beso se terminó de forma inesperada, igual que había comenzado. Abrió los ojos y lo contempló como en una bruma soñadora.
—No pretendía forzaros al beso —se disculpó Eriol, esbozando una sonrisa en nada arrepentida.
—No me forzasteis —una mancha rosa tiñó sus mejillas. Avergonzada, desvió la vista al otro rincón del salón y dijo—. Mirad.
Eriol se volvió. Winstonse sentaba junto a la mesa y se pasaba la lengua por los labios. Delante de él había una bandeja vacía.
—Es posible que se encuentre más allá de toda redención —comentó él.
—Deberíais marcharos —comentó Tomoyo—. Si os quedáis mientras los demás se hallan ausentes se podría malinterpretar.
Eriol asintió.
—Estad lista mañana a las diez. Os llevaré a ver la Torre. Luego pasearemos hasta Bond Street y miraremos los escaparates Sakura y nuestras tías, desde luego, están invitadas a acompañarnos. —Se inclinó para plantar un beso casto en su mejilla. Después se marchó.

Eriol Hiragizawa es peligrosamente atractivo, reflexionó ella con los ojos clavados en la puerta vacía. En particular le gustaba su sonrisa. Aunque su actitud dejaba que desear. Un defecto enorme era su naturaleza autoritaria. Esperaba que no resultara insalvable su corrección.
Pensó en Kaho Mitzuki, por el momento un rostro sin nombre. Chiharu había insistido en que Eriol poseía integridad en abundancia. Ningún caballero decente consideraría jamás compartir una intimidad física con una mujer que no fuera su esposa. No, eso sencillamente no se hacía.

Hazme el amor
Sentado a solas en su palco privado de la ópera, Eriol reconoció la voz ronca. Debía admitir que, como mínimo, su antigua amante era persistente. Sabía que siempre asistía a la ópera a solas para poder pensar. Lo que desconocía es que casi todas las óperas tenían un tema con el que podía relacionarse: a saber, la pérdida de un ser amado.
Giró la cabeza para observar a través de la semi oscuridad su perfil. Entonces sintió que su mano le acariciaba el muslo.
— ¿Quieres hacer el amor aquí? —preguntó Eriol, inclinándose para susurrarle al oído.
—En realidad, preferiría las sábanas de satén de mi cama —replicó Kaho con sonrisa felina.
Eriol bajó la vista a la osada exhibición que permitía su escote. Recordó como eran esos pechos.
—Sabes que siempre vengo solo a la ópera —musitó, acercándose otra vez— Me molesta que me importunen aquí.
—El otro día te marchaste con tanta prisa... —La mano en el muslo subió despacio— No llegué a despedirme apropiadamente.
Eriol le quitó la mano para depositarla en el regazo de ella.
—No me gusta que intenten atraparme para obligarme a casarme.
—No tenía ni idea de que esas damas irían a visitarme —se defendió Kaho con mirada inocente— ¿No confías en mí, cariño?
—Lo haré el día que haya una pelea con bolas de nieve en el infierno.

— No me digas que de verdad te interesa ese pequeño ratoncito de campo de Starlight? —Kaho le escudriñó.
—El pequeño ratoncito de campo es la condesa de Starlight — replicó sin contestar a su pregunta.
—También es una bastarda adoptada.
—Si le causas problemas a Tomoyo o a su hermana, te arruinaré financieramente —amenazó con un susurro áspero.
—No tengo intención de causarle problema alguno —respondió Kaho— De hecho, espero que tenga un éxito enorme y que la persiga todo caballero que la vea.
—Eso es de una amabilidad poco habitual en ti —observó él— Y ahora, regresa a tu asiento antes del intervalo.
—Prométeme que luego pasarás por mi casa —pidió ella.
En ese punto Eriol habría convenido casi cualquier cosa para que se largara de su palco. No quería que nadie del Times informara de su aparición pública con Kaho Mitzuki. Inclinó la cabeza.
—Muy bien. Luego pasaré.
— ¿A qué hora, cariño? —preguntó ella con satisfacción.
—No lo sé. Si me presionas, no iré.
—Te veré después —susurró y le plantó un beso en la mejilla. Se escabulló de su palco tan silenciosamente como había llegado.
Solo otra vez, Eriol se relajó en su sillón, pero la calma de la ópera había desaparecido con la intrusión de Kaho en su privacidad. Clavó la vista en la diva de fama mundial, tan famosa que únicamente necesitaba un nombre. Sobrepasados los cuarenta, madame Amathist aún cantaba con la fuerza y vigor de su juventud y transportaba al público adonde ella quería.
Observó a la soprano. Tenía un aire vagamente familiar. Y entonces lo supo. La diva le recordaba a Tomoyo. Descartó esa idea absurda. Se parecía a Tomoyo porque ambas tenían el color de ojos como las gemas amatistas. Cualquier similitud terminaba ahí, ya que la diva tenía un exuberante cabello caoba. El telón se cerró ante un atronador aplauso y comenzó el intervalo.
Decidió que ya había tenido suficiente de ópera para una noche. Se levantó para marcharse cuando notó la multitud de admiradores en el palco de Kaho del otro lado del teatro. Entre la pequeña multitud se veía a lord Aidan Briggs. Abandonó el teatro meditando en ello.
—A St. James Street —dijo a sus conductores.
Subió al coche y se reclinó en el asiento de piel. Sintió una sensación incómoda en la boca del estómago. Esa noche habían surgido posibilidades perturbadoras. ¿Qué motivo tenía Aidan Briggs para hacerle la corte a Kaho? ¿Pretendía transmitirle más chismes sobre Tomoyo? ¿O era al revés y Kaho le proporcionaba información sobre él?
Sabía una cosa con certeza. No iba a visitar a Kaho Mitzuki aquella noche ni ninguna otra.

Vestido casi por completo de negro como el propio Lucifer, Eriol entró en el White's Gentlemen's Club. Saludó a Tsasaki Yamasaki y con la mano le indicó que se reuniría con él en un momento.
Consciente de que casi todas las miradas se habían clavado en él, cruzó la estancia en dirección a donde estaba el famoso libro de apuestas. Despacio, pasó cada página y leyó los nombres de los apostantes de su inminente propuesta de boda a Kaho Mitzuki. La falta de fe de los hombres en uno de los suyos lo dejó atónito.
Al final, levantó la pluma y plasmó su propia apuesta. Los caballeros que habían apostado contra él estaban destinados a perder. Dejó la pluma y cruzó el salón para ir a sentarse con Tsasaki Yamasaki.
—No cabe duda de que sabes cómo atraer a una multitud —comentó Yamasaki, indicando con la cabeza el libro de apuestas.
Eriol siguió la mirada de su amigo y sonrió. Varios hombres habían caído sobre el libro e inspeccionaban lo que había escrito. Su número creció con cada segundo que pasó.
—Pensaba que esta noche ibas a ir a la ópera —comentó su amigo.
—Fui —informó Eriol— Kaho decidió meterse en mi palco.
— ¿Estás seguro de que no deseas cambiar la apuesta que acabas de hacer?
Eriol sonrió.
—Buenas noches Excelencia —dijo una voz junto a su mesa dirigiéndose a Yamasaki. Luego— Lord Leed, ¿puedo hablar con vos?
Eriol alzó la vista hacia Shaoran Li, vizconde de Wolferl. Sospechó que la noche iba a dar un giro a mejor.
—Sentaos, Li —invitó.
Shaoran Li, de veinte años, se sentó y de inmediato se disculpó.
—Lamento interrumpir vuestra velada, pero os vi por casualidad y no quise dejar pasar la oportunidad.
— ¿Qué os pasa por la mente, Li?
—Esta tarde conocí a la señorita Sakura Daidouji en la casa de mi tía —sonrió nervioso— y me gustaría obtener vuestro permiso para ir a verla.
Eriol observó al hombre más joven, haciendo que se encogiera.
— ¿Por qué solicitáis mi permiso? —preguntó al final.
—Tengo entendido que en vuestro poder obra la custodia sobre los bienes de los Daidouji —replicó Li— Di por hecho que erais el tutor de Sakura.

—Sakura aún no ha sido presentada en sociedad —Expuso Eriol con sequedad, sin molestarse en corregir la asunción equivocada del joven.
—Estoy dispuesto a esperar hasta ese momento —afirmó Li.
— ¿Creéis que la dama aceptará vuestras atenciones? —Enarcó una ceja.
—Parecí caerle bien —respondió Li—. Aunque no puedo adivinar qué sucederá cuando la conozcan otros solteros.
—Por vuestro éxito con mi pupila. —Alzó la copa de brandy para brindar por el otro.
—Gracias, milord —Se levantó del sillón— No lamentaréis haberme dado vuestra aprobación.
—No os he dado permiso para que os casarais con ella, solo para visitarla.
—Lo entiendo, milord. —Retrocedió de la mesa—. Buenas noches a los dos.
—Querías que Shaoran y Sakura se conocieran —comentó Yamasaki mientras observaba cómo se alejaba el Vizconde— Qué fortuito que ella visitara a su tía.
—Fortuito un cuerno —sonrió Eriol— A la tía Nakuru le encantan las intrigas románticas y estaba más que ansiosa por unirlos.
— ¿Por qué te mostraste tan difícil con él? —quiso saber Yamasaki.
—Un hombre valora más lo que le cuesta ganar —respondió.
—Me voy a casa junto a mi esposa —Yamasaki sonrió y se incorporó.
Eriol se levantó con él.
—Yo también me voy a casa. Le prometí a Tomoyo una visita a la Torre por la mañana.
Los dos amigos se dirigieron a la puerta, situada a un costado de uno de los ventanales. Al salir al exterior del club se encontraron con una densa niebla que los abrazó como un viejo amigo. La calle parecía espectral con la única iluminación de las farolas de gas.
De pronto un jinete solitario bajó al galope por St. James Street. Cuando la figura oscura llegó a su lado y detuvo el caballo, alzó una pistola y les disparó. En un instante espoleó al caballo y se marchó también al galope.
Eriol y Yamasaki se protegieron detrás de uno de los coches. Oyeron los gritos alarmados de sus cocheros mientras perseguían al jinete en fuga. Varios hombres salieron corriendo del interior de White's.
Eriol se levantó primero y le ofreció la mano a su amigo, Yamasaki la aceptó.
— ¿Quién quiere tu cabeza? —inquirió Eriol.
—Iba a hacerte la misma pregunta —sonrió el otro.

— ¿Estáis heridos? -—preguntó Shaoran Li con voz preocupada.
—Los dos nos encontramos bien —Eriol meneó la cabeza.
— ¿Quién creéis que fue? —sonsacó uno de los espectadores.
— No vi su cara —repuso Eriol.
— El hombre llevaba una máscara —manifestó Yamasaki. Cuando Eriol lo miró sorprendido, se encogió de hombros sonriendo y añadió —. He aprendido a no quitar jamás los ojos de un enemigo, sin Importar las circunstancias. Mientras nos lanzábamos detrás del coche no aparté en ningún momento la vista de él.
— ¿Hay algo que podamos hacer? —se ofreció un segundo espectador.

— Por favor, caballeros —Eriol meneó la cabeza— volved dentro y continuad vuestra velada. Estaremos bien. Veo a nuestros cocheros que regresan, por desgracia sin el culpable.
Sin dejar de hablar entre sí, los ricos clientes del White's Gentlemen's Club retornaron a lo que estuvieran haciendo. Sólo Shaoran Li se quedó.
— ¿Estáis seguros de que no os halláis heridos? —preguntó una vez mas el joven Vizconde, quitando el polvo a la capa de Eriol.
—Li, a menos que solicitéis el puesto de valet, regresad dentro con los demás —ordenó Eriol.
Al instante Shaoran bajó las manos a los costados.
—¿Estáis seguros?...
-Empezáis a irritarme —advirtió Eriol— Odiaría revocar mi permiso para que visitéis a Sakura.
— Os deseo a ambos unas buenas noches —dijo el Vizconde y se apresuró a volver al club.
— Alguien te quiere muerto —comentó Yamasaki cuando quedaron solos.
— Eres tú quien secuestró a una joven para traerla a Inglaterra —replicó Eriol.
—Su padre ya me perdonó —recordó su amigo— Por otro lado, has arruinado a más de un hombre de negocios, y existe la posibilidad de...
—Ni siquiera pronuncies las palabras —interrumpió Eriol.
Yamasaki asintió con gesto de comprensión.
—El hombre desapareció por un callejón —notificó Abdul al llegar al lado de Eriol y Yamasaki.
—El coche era demasiado grande para poder seguirlo y muy lento para alcanzar al caballo —asintió Sagi

—Ahora que estamos sobre aviso, mantendremos los ojos abiertos y pillaremos a esa sabandija la próxima vez que intente algo —añadió el cochero de Yamasaki.
—Cuídate. —Yamasaki estrechó la mano de su amigo—. Por favor, deja que esos dos gigantes hagan su trabajo —se volvió hacia su cochero y dijo—. Vámonos a casa, Duncan.
—Perdonadnos, mi príncipe, por haber fallado en vuestra protección —se disculpó Abdul en cuanto el duque se marchó.
—No os volveremos a fallar —prometió Sagi.
—Después de todos estos años no habríais podido prever esto — afirmó Eriol, absolviéndolos de toda culpa—. Esta noche hay mala visibilidad, sino habríais reaccionado antes —titubeó y luego preguntó— ¿Creéis que el asesino fue enviado desde el Oriente?
—Vuestra madre está al corriente de todo y os hubiera hecho llegar una advertencia —respondió Sagi.
—Además, un asesino oriental jamás habría fallado el blanco — convino Abdul.
—Eso hace que me sienta mucho mejor —comentó Eriol con voz seca.
—Quizá la bala iba destinada al duque de Kinross —aventuró Sagi.
—La bala estaba destinada a mí —indicó Eriol con resignación antes de subir al coche—Nadie puede estar jamás al corriente de todo. Por la mañana le enviaré un mensaje a mi madre. Llevadme a casa por Grosvenor Square.
El trayecto hasta Grosvenor Square duró menos de quince minutos. Cuando llegaron a la altura de la casa de su tío, Eriol dio unos golpecitos en el techo del coche, y este se detuvo.
—No voy a bajar —comentó en el momento en que Abdul abrió la puerta.
A través de la densa niebla observó la casa de su tío. Probablemente Tomoyo dormía. ¿En qué soñaría?
No parecía cansarse de ella. A pesar de sus pocas excentricidades, Tomoyo Daidaoji tenía más honor y nobleza en el dedo meñique que todas las mujeres aristócratas juntas. Sería una esposa más que digna para él, un príncipe en su propia tierra.
Cerró los ojos e invocó mentalmente su imagen. Sus ojos amatistas hacían que sintiera como si se ahogara en un estanque insondable, sus labios suplicaban ser besados, su cabello violaceo manifestaba su obstinada determinación ante el mundo.
Era un enigma hermoso; Tomoyo era una condesa que cocinaba y abrazaba a perros lobo. Jamás encajaría de forma adecuada entre la nobleza, y la amaba por eso.

La amaba
Ese pensamiento asombroso lo golpeó como un muro de ladrillos.
Santo cielo, juró. Había hecho lo que siempre prometió no hacer, enamorarse y entregar su corazón a otra persona. Ese camino conducía al dolor. ¿Qué diría Tomoyo cuando se enterara de la verdad de su relación? ¿Insistiría en disolverla? ¿Qué haría cuando conociera su verdadera identidad? ¿Se enfadaría porque el hombre con el que se había casado fuera un príncipe? Jamás podría vivir con una mujer que se negara a tolerar sus creencias. Eso quedaba descartado.
—Sagi, llévanos a casa —pidió, golpeando el techo del coche.

Tomoyo contempló desde la ventana de su dormitorio la desoladora mañana. Una lluvia barrida por el viento azotaba los cristales. ¿Seguiría en pie el plan de visitar la Torre? En realidad no deseaba salir con ese clima, y sería inapropiado hacerlo. En cuanto su hermana y las mujeres mayores vieron la lluvia, se retiraron para volver a acostarse.
Llevaba vestida y lista más de una hora. Por enésima vez cruzó la estancia y se inspeccionó ante el espejo.
El vestido de paseo, de cintura alta, había sido creado con lana merina de un verde boscoso sobre una enagua de cambray. La falda llegaba justo a la altura de los botines negros; la capa de lana negra estaba sobre la cama a la espera de la llegada del Marqués. Se negaba en redondo a ponerse esos sombreros ridículos que hacían furor entre los modernos.
Anhelaba ver a Eriol. ¿Estaría naciendo un cariño por él? No, solo lo admiraba y le caía bien. Después de todo, el Marqués se había puesto de su lado contra el vicario y prometió limpiar el nombre de su padre de la mancha del suicidio. Desde el día que lo conoció, había hecho poca cosa más que invocar su imagen.
Con su pelo negro y sus penetrantes ojos azules, Eriol Hiragizawa era el hombre más atractivo que jamás había visto, lo cual corroboraba el viejo dicho de que el diablo poseía el poder de camuflarse bajo una forma agradable. Por otro lado, no podía soportar su altanería. Si incluso le daba órdenes como si ya estuvieran casados, lo cual la irritaba en extremo. ¿Empeoraría su naturaleza autoritaria después de la boda? Siempre que claro está, aceptara casarse con él.
Y, sin embargo, la excitaba como no lo había conseguido ningún otro hombre. Aunque su osadía resultaba desquiciadora, nunca se había sentido tan viva como cuando se hallaba en su presencia.
Tenía que reconocer que le encantaban sus besos embriagadores. Cada vez que sus labios cubrían su boca, anhelaba más.

— ¿Quién es? —preguntó al oír un golpe en la puerta.
—Su excelencia ha llegado —informó Baxter.
—Bajaré enseguida.

Se sentó en el sillón frente a la chimenea y comenzó a contar hasta mil. No quería parecer demasiado ansiosa. Una breve espera le haría saber que no era importante para ella.
Quince minutos más tarde se levantó del sillón y recogió la capa de la cama. Winston, acurrucado en una bola gigantesca, saltó del lecho y la siguió fuera de la habitación.
Al llegar al rellano de la primera planta bajó el último tramo de escalera. En el vestíbulo vio al Marqués yendo de un lado a otro. En ese momento desprevenido parecía muy intenso, como si le preocupara algo. Se preguntó qué podría estar perturbándolo.
—Buenos días —saludó al descender los últimos escalones. Eriol se volvió hacia la escalera y le ofreció una sonrisa devastadora. Pareció contento de verla. ¿Cómo sería la vida si le sonriera de ese modo todos los días durante los próximos cuarenta años?
—Me he retrasado —dijo ella mientras atravesaba el vestíbulo.
—Princesa, vuestra adorable aparición bien vale la pena una espera —afirmó él, alargando la mano para palmear a Winston.
—Parecíais preocupado —comentó, ruborizada por el cumplido.
—Pensaba en los acontecimientos de ayer —dijo.
— ¿Acontecimientos?
—No lo entenderíais.
—Ponedme a prueba —soltó, irritada por su actitud de superioridad.
—Algún día lo haré, princesa —Le regaló una sonrisa perversa.
¿Cómo podía replicar a su comentario sugestivo? ¿O es que la consideraba tan ingenua como para no ser capaz de entender a qué se refería?
—No puedo mantener nuestros planes de visitar la Torre —informó Eriol, sorprendiéndola al apoyar la palma de la mano sobre su mejilla encendida y sonriéndole— Ha surgido un problema urgente y tengo varias citas al respecto.
Tomoyo fue incapaz de no reflejar su decepción. Aunque la controló apenas esta comenzó a manifestarse.
—Quizá podamos ir mañana si el tiempo mejora y habéis solucionado vuestro problema de negocios.
—Mañana es imposible —descartó él— Jamás salgo los viernes.
El comentario la desconcertó. Qué caprichos extraños los del Marqués. ¿Qué tenían de especial los viernes? Si hubiera dicho los Domingos, el día que se dedicaba a la iglesia y a la plegaria, podría haberlo entendido. Pero, ¿los viernes?
—Qué hay de particular los viernes —preguntó, esperando que, como siempre, evadiera las respuestas.
—Abdul y Sagi son musulmanes —respondió— El viernes es su día de descanso. Elegir a otros hombres para que me protejan ese día sería un insulto a mis criados más leales y de confianza.
Tomoyo le ofreció una sonrisa llena de sol. Por primera vez desde que conocía al Marqués, percibió que hablaba con absoluta sinceridad.
—Es loable la lealtad que mostráis a vuestros criados —alabó.
—Abdul y Sagi para mí son más que criados —replicó, entregándole un ramo de flores envuelto en lino— Os he comprado un regalo.
Tomoyo quitó el envoltorio al ramo. Había una mezcla de rosas de invierno de color blanco y rosado con hojas de helechos.
— ¿Dónde habéis encontrado flores en invierno? —preguntó ella con sonrisa encantada.
—Dispongo de mis fuentes —le devolvió la sonrisa— Me recordáis a la rosa invernal: hermosa, delicada, pero resistente a las condiciones adversas.
Las flores, sus palabras y su presencia masculina tejieron un hechizo mágico a su alrededor. Ningún hombre le había hablado jamás con tanto romanticismo; lo miró a los ojos azules, hipnotizada por el hombre.
—Dónde está todo el mundo—preguntó Eriol, quebrando el encantamiento.
—Todas duermen —respondió-—. En cuanto vieron que llovía, las tres se disculparon para salir.
—Tengo tiempo antes de mi cita —señaló Eriol.
— ¿Os gustaría desayunar?
—Me encantaría. —Él se volvió hacia el mayordomo— Baxter, sírvenos café en el salón.
—Yo quiero té y un jarrón para las flores —le dijo Tomoyo. De la mesa del vestíbulo alzó una servilleta atada con una cinta azul.
Seguidos de Winston, los dos subieron al salón. En un momento ella lo espió y lo descubrió espiándola.
Winston, echado —ordenó Eriol al entrar en la estancia.
El perro lobo se acurrucó como una bola delante de la chimenea. Tomoyo se sentó en el sofá y Eriol ocupó un sitio cerca. Sabía que debería decirle que se sentara en el sillón, pero el hecho de que le brindara una respuesta sincera la había vuelto más tolerante con su osadía.
— ¿Qué tenéis ahí? —indagó él, bajando la vista a la servilleta.

—Sol francés y caprichos exóticos —repuso Tomoyo, pasándosela, Eriol desató la cinta y escrutó el interior. Sonrió al ver delicias turcas y turrón.
— ¿He de dar por hecho que algo os perturbó anoche?
—Me cansé de escribir en el diario pero seguía inquieta —reconoció— Sabéis que cocinar me relaja.
—Decidme dónde aprendisteis a preparar delicias turcas —pidió.
—Obtuve la receta del libro de cocina de la señora Eliza Acton — replicó— La señora Acton vivió en Francia un tiempo y recogió recetas exóticas de todo el Mediterráneo durante su estancia allí.
— ¿La señora Acton es una amiga de Starlight?
—La señora Acton publicó sus recetas en un libro —rió Tomoyo— Me encanta un desafió en la cocina.
—Princesa, sois única —sonrió— Veo ahí el ajedrez de mi tío. ¿Qué os parece una partida?
Baxter eligió ese momento para entrar en la estancia. Portaba los servicios de café y té mientras Forbes llevaba una fuente con bollos dulces y mantequilla y el jarrón para las flores.
—Nos serviremos nosotros —Eriol despidió a los hombres, quienes se marcharon de inmediato— Decidme, Condesa, ¿habríais ido a recorrer la Torre a solas conmigo? —preguntó mientras le servía té y le pasaba la taza.
—En realidad no sabía qué iba a hacer hasta que hubiera llegado el momento.
—Apostaría mi último chelín a que lo habríais cancelado —opinó él.
— ¿Cómo podéis estar tan seguro?
—Los únicos riesgos que corréis están en la cocina —sonrió él.
—Tengo mis momentos de rebeldía —contradijo Tomoyo— ¿Sabéis?, si no dierais órdenes como si fuerais un príncipe, estaría más relajada. (XD)
—Quizá soy un príncipe —replicó Eriol— De incógnito, desde luego.
—Los hombres que se creen príncipes pasan sus vacaciones en el hospital de Bedlam —informó ella.
Eriol soltó una carcajada.
—Os gustaría encerrarme, ¿verdad? —Se reclinó en el sofá, pasó el brazo por el respaldo y lo dejó allí.
Con una sonrisa, se inclinó hacia él y dijo.
—Si insistís en ser un príncipe, entonces deberé revelaros mi verdadera identidad.

¿Y cuál es?

— Soy lady Godiva.
Volvió a repetir la carcajada.

—Princesa, si no tenéis cuidado, os encontraréis compartiendo una habitación conmigo en Bedlam.
—Eso sería insoportable —sonrió con desenvoltura— Imaginaos una vida entera recibiendo órdenes de un falso príncipe. Eso basta para que desee la horca.
— ¿Qué haríais si despertarais una mañana para descubrir que el hombre con el que os habíais casado era un príncipe? —preguntó con expresión súbitamente seria.
Tomoyo perdió la sonrisa. Lo miró confundida. ¿Qué clase de juego era ese? ¿Hablaba con sinceridad? Era demasiado absurdo incluso para tomarlo en consideración. En realidad, ¿qué sabía sobre su vida, en particular sus orígenes?
— ¿Jugamos al ajedrez? —preguntó Eriol, cambiando de tema antes de que pudiera interrogarlo.
— ¿Cómo puede llegar a ser interesante el ajedrez? —inquirió ella, desterrando todo pensamiento perturbador de la mente.
—Haremos una pequeña apuesta sobre el resultado —sugirió él.
—No soy una mujer que apueste.
—No hace falta que sea dinero. El ganador recibe un favor del otro.
— ¿Qué clase de favor? —se mostró suspicaz.
—Si yo gano, os daré un beso —manifestó manteniendo la expresión seria— Si ganáis vos, me daréis un beso.
—Que me beséis no es un favor —mintió, apartando la vista— Además, yo no quiero besaros.
—Tenéis miedo —provocó.
—No le temo a nada —informó, encrespándose.
—Demostradlo —desafió Eriol.
El guante estaba arrojado y Tomoyo no podía soslayarlo.
—Cerrad los ojos —dijo. Cuando él obedeció, se acercó y le plantó un beso casto en la mejilla.
— ¿Llamáis beso a eso?
— ¿No os gustó?
—Princesa, un beso debería rebosar de emoción silenciosa. Aproximaos y rodeadme el cuello con las manos.
—No, creo que no —se negó, desviando la vista al extremo del salón. Si lo miraba a los ojos se debilitaría su decisión de resistir.
—Dijisteis que no teníais miedo —le recordó él.

—Los criados podrían interrumpirnos —replicó— Entonces se lo contarían a sus amigos, quienes, a su vez, se lo dirían...
—Echarme mis propias palabras a la cara es groseramente injusto —sonrió Eriol— Además, todo el mundo espera que las parejas prometidas se besen.
—Muy poca gente está al corriente de nuestro compromiso —indicó ella.
—Cobarde —afirmó mirándola fijamente.
A pesar de su incertidumbre, Tomoyo se acercó y le pasó los brazos por el cuello.
— ¿Y ahora qué? —susurró, excitada por su aroma masculino.
—Cerrad los ojos y tocad mis labios con los vuestros —instruyó.
— ¿Eso es todo? —sondeó tras obedecer.
—No, princesa, no es todo —le rodeó el talle con los brazos. Capturó su boca al tiempo que con la lengua la incitaba a separar los labios Tomoyo se sintió caliente y fría a la vez— Oléis a rosas —susurró Eriol sobre su boca.
El gruñido de Winstonlos devolvió a la realidad. Se separaron y miraron hacia la puerta, donde el tío Charles se hallaba en compañía de otro caballero.
Tomoyo se ruborizó avergonzada por haber sido descubierta besando al Marqués.
—Príncipe Adolfo —murmuró Eriol, haciendo que ella se sintiera aún peor.
Tuvo ganas de desmayarse para escapar del bochorno. El Príncipe no podría haber elegido un momento más ignominioso para aparecer. Sin duda la consideraría una casquivana.
Eriol y Tomoyo se levantaron del sofá. Juntos cruzaron la estancia para saludar a los dos caballeros.
—Qué hermosa se te ve hoy —comentó el tío Charles, haciendo que se ruborizara aún más. Se volvió hacia su amigo y dijo— Príncipe Adolfo, permitid que os presente a Tomoyo Daidouji, condesa de Starlight.
Ella hizo una reverencia.
—Es un honor conoceros, Alteza Real.
—Gracias, pequeña —replicó el Príncipe— El placer es mío. Mío... mío... mío.
Desconcertada por su extraña conducta, Tomoyo miró a Eriol, que sonreía.

Eriol estrechó la mano del Príncipe y sugirió.
— ¿Por qué no nos sentamos ahí?
Eriol y Tomoyo retomaron sus asientos en el sofá. El tío Charles y el príncipe Adolfo se sentaron en los sillones de enfrente.
— ¿Y quién es este sujeto tan grande? —preguntó el príncipe Adolfo con la vista clavada en el perro lobo.
—Mi perro, Winston—respondió ella.
—Me recuerda a Tiny —dijo Adolfo.
—Yo comenté lo mismo el primer día que lo vi —sonrió el tío Charles.
—Consideré que debía daros a vuestra hermana y a vos mis condolencias —le dijo Adolfo a Tomoyo—. Me entristeció la muerte de vuestro padre.
—Gracias, señor. Vuestras palabras me consuelan.
—Sakura y nuestras tías todavía siguen en sus aposentos —expuso Eriol—Podemos mandar a buscarla.
—No, no la molestes —replicó el Príncipe—. Me habré marchado para cuando baje, si es como la mayoría de las damas. Damas... damas... damas. Cuánto pueden demorarse.
—Mi hermana se sentirá decepcionada de no haberos visto —exteriorizó Tomoyo.
—El Príncipe conocerá a Sakura en vuestra presentación en sociedad —dijo el tío Charles.
—Quiero que mi primer baile sea contigo y el segundo con tu hermana —afirmó Adolfo.
—Me honráis con vuestra petición —dijo Tomoyo. Titubeó un momento y añadió—. Alteza Real, debo preguntaros una cosa.
—Adelante. —Adolfo le ofreció una sonrisa afable.
—Como sabéis, Harold Daidouji nos adoptó a mi hermana y a mí—comenzó ella—. ¿Sabéis de dónde venimos? ¿Tenéis alguna idea de quiénes fueron nuestros padres de verdad?
—Has formulado dos preguntas, no una —la corrigió él, y luego se puso serio. Desvió la vista al responder— No sé quiénes fueron vuestros padres de verdad.
Tomoyo percibió que el Príncipe no se mostraba del todo sincero. Pero, ¿qué podía hacer? Una no llamaba mentiroso a un Príncipe.
—Te trae buenas noticias —intervino el tío Charles.
—Madame Amathist es una buena amiga mía y, como un favor, ha aceptado cantar en vuestra presentación en sociedad —informó Adolfo—. Amathist nunca antes ha actuado en una fiesta privada. Creo que la sociedad se peleará por recibir invitaciones para vuestro baile. Tú y tu hermana seréis un éxito social.

—Desde luego, ya conocéis a mi sobrino —continuó el tío Charles.

—Jamás oí hablar de ella —reconoció Tomoyo—. ¿Amathist es cantante?
—Pequeña, es la cantante de ópera más afamada de Europa —afirmó Adolfo— Es tan famosa que solo necesita un nombre. Más o menos como la realeza.
—Gracias por ayudamos a mi hermana y a mí a entrar en sociedad —sonrió ella.
—De nada. —El Príncipe se levantó—. Realmente debo irme... irme... irme —el tío Charles se incorporó con Adolfo—. Asegúrate de que Nakuru se entere de nuestra breve visita.
—Gracias por venir —dijo Tomoyo mientras comenzaba a levantarse.
—No te incorpores —ordenó Adolfo— Seguid como estabais. Estabais... estabais.
Los dos caballeros mayores cruzaron el salón, Tomoyo miró a Eriol, quien exhibía una expresión sombría.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Nada —la tranquilizó con una sonrisa— Ha llegado la hora de ir a mis citas.
Sin advertencia, se inclinó y le dio un beso en los labios. Luego giró en redondo y abandonó el salón.
Tomoyo decidió que también el Marqués mentía. Algo iba decididamente mal, o no habría tenido esa expresión. Si se equivocaba, estaba dispuesta a comer una porción de su tarta de cicuta

Notas: Hola me da gusto saludarlos, realmente no planeaba actualizar el día de hoy sino mas bien hasta como el martes, pero viendo que son varias las personas que se mantienen muy al pendiente del fic, me propuse actualizar mas rápido y hacer un capi mas largo de lo normal.

En ese capitulo, se hablaron de varias cosas interesantes, datos para el futuro tal vez la mayoría los relacionara rápido y sacara conclusiones, pero recuerden, nada esta escrito en piedra todo puede cambiar jeje, y como ultimo comentario quiero dejar un punto claro, ya que a mi me gusta mucho el tema de la aristocracia pero para que no lo cepa los títulos nobles, van en este orden de jerarquía, La familia real (rey, reina, príncipes,) Duque, Márquez, Conde, Vizconde, Baron y por ultimo algún el titulo lord, peor sin titulo noble (como caballeros guerreros, o distinguidos por algo).

Muchas gracias a todos aquellos que dejaron review y/o agregaron esta historia a sus favoritos, yo tratare de actualizar lo mas pronto posible, siempre animada por sus comentarios, los cuales agradezco mucho, cualquier duda no duden en preguntar y yo se las responderé, así mismo estoy interesada por ver que opinan de las situaciones que van suscitándose, bueno por el momento es todo, me encuentro muy atareada con tareas sniff sniff, deséenme suerte

Cuídense mucho y nos estaremos viendo pronto

Su amiga Estelanna/Yamitzuki