Capítulo octavo
Mientras iba de un lado a otro de sus aposentos, Tomoyo se preguntó si habían transcurrido solo dos días desde que bailó el vals con el Marqués en el salón. Esos dos días parecían dos minutos al haber llegado el momento de asistir a su presentación en sociedad. Con cada segundo que pasaba sentía con más fuerza el impulso de ponerse a cocinar.
—Adelante —ordenó al oír que alguien llamaba a la puerta.
Con un rubor nervioso en las mejillas, Sakura entró y cerró la puerta a su espalda.
—Nakuru y la tía Mei me están atormentando con las reglas que rigen a la alta sociedad de Londres —se quejó al sentarse en el borde de la cama—. Pensé que podría escapar de ellas si venía aquí.
Tomoyo le sonrió y se sentó junto a su hermana.
—Estás preciosa con tu vestido blanco —comentó, y luego clavó la vista en el cuello de su hermana—. ¿De dónde sacaste esas perlas?
—El Marqués las compró para realzar el vestido —explicó Sakura—. ¿No es el hombre más considerado del mundo?
—No había pensado en Eriol en esos términos precisos—repuso con voz seca—. De hecho, he...
— ¿Has empezado a amarlo? —soltó Sakura sin ambages.
—No cabe duda de que vas al grano —sonrió Tomoyo—. Para responder a tu pregunta, no sé qué se siente al amar. Considero a Eriol un hombre encantador y atractivo, pero también es extremadamente arrogante y demasiado autoritario.
Sakura apoyó una mano sobre la de su hermana.
—Estoy segura de que el Marqués y tú disfrutaréis de un matrimonio prolongado y feliz.
Tomoyo estalló en una carcajada. Lamentó no haber estado más callada cuando su tía abrió la puerta.
—Aquí están —proclamó la tía Mei al entrar en la cámara. Detrás de ella iba lady Nakuru.
—De pie —gritó Nakuru—. Arrugaréis los vestidos antes de que lleguen los invitados.
Al instante Tomoyo y Sakura se levantaron de la cama. Las dos mujeres mayores cayeron sobre ellas para alisar unas arrugas inexistentes y arreglar sus perfectos peinados.
—Queremos daros unas instrucciones de último minuto —anunció Nakuru ante ellas como un general dirigiéndose a sus tropas.
— ¡Oh, cielos! —Exclamó la tía Mei—. El vestido de Tomoyo es demasiado bajo en el escote.
—Tonterías, ese escote hace furor —garantizó Nakuru. Volvió a centrar su atención en las jóvenes—. Permaneceremos en la fila de recepción hasta que arribe el príncipe Adolfo y luego lo escoltaremos hasta el salón.
—No comáis demasiado cuando pasemos a cenar —ordenó la tía Mei—. Las damas no se atiborran.
—No bailéis con ningún caballero más de dos veces —aconsejó Nakuru—. Ello provocaría un escándalo porque de esa manera favoreceríais a un caballero por encima de los demás.
—No tenéis por qué aceptar un baile con un caballero por el mero hecho de que os lo solicite —añadió la tía Mei. Cuando Tomoyo y Sakura se miraron y soltaron unas risitas, demandó—. ¿Qué os resulta tan gracioso?
—Querida tía, lo que nos preocupaba a Sakura y a mí es la falta de peticiones de baile —respondió Tomoyo.
—No seáis ridículas —reprendió Nakuru—. Las dos tendréis que quitaros de encima a los pretendientes potenciales. De manera figurada, desde luego —se volvió hacia Mei y preguntó—. ¿Se te ocurre alguna otra cosa?
Esta asintió y con voz severa ordenó.
—No os olvidéis de sonreír. Y ahora bajemos. Nuestros invitados no tardarán en llegar.
—Iré en un momento —comentó Tomoyo—. Necesito unos momentos para mí sola —observó la expresión asustada de su hermana y añadió—. Bajaré antes de que llegue el primer invitado.
Al cruzar la estancia en dirección a la ventana para observar el cielo nocturno se preguntó cuánto pasaría antes de que la nobleza se enterara de que su hermana y ella eran fraudes. ¿Qué harían cuando se difundiera el rumor de que las dos eran bastardas adoptadas?
Tomoyo sabía que la humillación de su corte social seria insoportable. Si Hiragizawa jamás hubiera ido a Abingdon, estaría disfrutando de una apacible velada en casa, donde era aceptada. Por otro lado, su padre habría sido enterrado sin que por él repicaran las campanas si Hiragizawa no hubiera llegado cuando lo hizo.
Cerró los ojos. ¿Conocería esa noche al hombre de sus sueños? ¿O ya lo había conocido? La imagen del Marqués flotó en su mente.
Se encaminó al espejo de cuerpo entero para inspeccionarse una última vez. El vestido de satén azul era de talle alto con un profundo escote en y donde había prendido el broche de diamantes del Marqués. Tenía las mangas cortas y el bajo con flores blancas de seda. Los guantes hasta los codos eran de un blanco puro, al igual que las sandalias con tiras cruzadas.
Rosas de invierno, pensó, mirando el borde de las rosas bordadas que adornaban el bajo del vestido. El Marqués le había comentado que le recordaba a ellas.
Levantó la mano para tocar el broche con forma de rana y esbozó una sonrisa suave. Si besara al Marqués —besarlo de verdad— ¿se convertiría en un atractivo príncipe?
Supo que había llegado el momento de bajar. No quería verse en la posición embarazosa de que el Marqués subiera a buscarla. Respiró hondo, se apartó del espejo y cruzó la cámara para abrir la puerta. Por las escaleras subían unas notas discordantes mientras los músicos se dedicaban a afinar sus instrumentos.
Caminó por el pasillo de la segunda planta como una mujer a punto de ser llevada a la horca. Al llegar a lo alto de las escaleras se frenó en seco, sorprendida. Apoyado en la barandilla de ébano, con los brazos cruzados, el Marqués la esperaba.
Eriol Hiragizawa le recordó a Lucifer antes de la caída. Llevaba pantalones, chaqueta y chaleco negros con una camisa y corbata blancas. La intensidad de los colores acentuaba su atractivo oscuro y sus penetrantes ojos azules. Cuando sonreía, como en ese momento, sus dientes se veían fuertes y rectos y casi tan blancos como su camisa.
Tomoyo lo contempló fascinada. El Marqués era el hombre más atractivo que había visto jamás. Irradiaba salud y virilidad. ¿Cómo una mujer podía no sentirse atraída por él?
—Me preguntaba cuánto tardaríais en encontrar vuestro coraje —comentó él.
—Si de verdad me faltara valor, Winston se hallaría a mi lado — repuso ella.
— ¿Por qué depender de Winston cuando me tenéis a mí? —indicó.
Sus palabras la sonrojaron. No creyó poder manejar su sugestiva seducción y a la nobleza al mismo tiempo.
Eriol le ofreció su sonrisa demoledora. Sus ojos descendieron desde su cara para recorrerle el cuerpo, y durante un instante fugaz se detuvo en el broche. Cuando volvió a mirarla a los ojos, resplandecían con aprecio y posesión.
—Mis cumplidos a quienes fueran vuestros padres naturales — comentó.
Tomoyo sintió que el rubor la invadía ante el recordatorio de su bastardía. Empleó cada grano de su fortaleza interior para permanecer donde estaba y no regresar corriendo a sus aposentos.
—Mis palabras alaban vuestra belleza —explicó Eriol al reconocer su angustia.
—Gracias... —Inclinó la cabeza—. Supongo.
— ¿No experimentáis la necesidad de cocinar? —se burló.
—Logré controlarla —repuso con una sonrisa.
—Los demás se encuentran en el recibidor, pero quería hablar con vos en privado antes de que comenzara la velada. —La tomó por el brazo y la escoltó por las escaleras—. ¿Queréis acompañarme al salón?
—No creo que debamos —manifestó, demasiado nerviosa para estar a solas con él cuando se le veía tan atractivo—. Le prometí a Sakura que no la dejaría sola para recibir a los invitados.
—Por favor —insistió—. Prometo liberaros antes de que llegue invitado alguno.
Tomoyo asintió. ¿De qué otra elección disponía cuando la tenía tomada del brazo?
La música de la orquesta se tomó más alta a medida que descendían hasta la primera planta. Al pasar por el salón de baile oyó los sonidos nítidos de una corneta, un piano y varios violines. No pudo evitar pensar que quinientos miembros de la nobleza no tardarían en abarrotar el salón, y que el Marqués esperaba que se moviera entre ellos.
Que Dios la protegiera, pero se sentía como un fraude. Esos ingenuos miembros de la sociedad no tenían ni idea de que iban a dar la bienvenida a su regazo a dos bastardas adoptadas.
—Tened cuidado, princesa —murmuró Eriol—. La cara se os puede quedar con esa expresión crispada.
—Mis nervios se calmarán en cuanto lleguen los invitados. —Logró esbozar una sonrisa fugaz.
Eriol abrió el camino hacia el salón. Con un leve movimiento de la muñeca despidió a los criados y cerró la puerta a su espalda.
Tomoyo se preguntó cómo lograba mandar a los criados sin decir nunca una palabra. Sin duda se trataba de un talento notable.
—El príncipe Adolfo quiere el primer baile con vos —comentó él, cruzando la estancia para plantarse delante de la chimenea—. El tío Charles, el duque Clow quiere el segundo. Yo quiero el tercero, el anterior a la cena y el último de la noche.
—Nuestras tías nos indicaron que no bailáramos más de dos veces con ningún hombre —protestó.
—Se referían a ninguno salvo yo —volvió a regalarle esa sonrisa pícara y perversa—Soy vuestro prometido.
—Muy pocas personas lo saben.
—Soy vuestro tutor —corrigió.
—El tío Charles y la tía Mei son mis tutores —contradijo Tomoyo.
—No olvidéis, princesa, que soy yo quien tiene los cordones de los bienes de los Daidouji —señaló Eriol.
—Chantajista y arrogante... —Se detuvo, incapaz de invocar más insultos viles que arrojarle.
—Mantened siempre una expresión plácida, princesa, sin importar qué torbellino os sacuda el interior —recomendó Eriol.
—Milord, os doy las gracias por vuestro sabio consejo —dijo. Alzó el mentón, le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.
—No he terminado, princesa.
Tomoyo giró en redondo. Con expresión plácida, enarcó una ceja y preguntó.
— ¿Hay más?
—Sabía que aprenderíais deprisa —sonrió él.
La sonrisa y las palabras conspiraron contra ella. A pesar de su irritación, Tomoyo le devolvió la sonrisa.
—Venid, princesa. —Extendió una mano—. Tengo un regalo para vos —Tomoyo acortó la distancia que los separaba. Eriol introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un estuche. Lo abrió para revelar un anillo magnífico y sin duda invaluable. Antes de que ella pudiera protestar se lo puso en el dedo anular de la mano derecha y con voz ronca dijo—. Quiero que lo tengáis para que os proporcione suerte.
Tomoyo observó la joya exquisita. Sobre un fondo de diamantes había unos capullos de perlas que circundaban un enorme rubí con forma de rosa.
—Como dije antes, las rosas me recuerdan a vos —recapituló Eriol.
—No sé qué decir —titubeó ella.
—Gracias.
—Gracias, milord. —Volvió a mirar el exquisito anillo. Algo en él le molestaba. Y entonces lo supo—. Tiene el aspecto de un anillo de compromiso —acusó, esperando que él lo negara.
—Es un anillo de compromiso.
—Pero prometisteis...
Eriol apoyó un dedo en sus labios para silenciarla.
—Cuando estáis lista para aceptar nuestro compromiso, sencillamente pasad el anillo de la mano derecha a la izquierda.
—¿Y si nunca lo acepto? —inquirió.
—Lo haréis.
— ¿Cómo podéis estar tan seguro? —Su arrogancia la irritó.
—Porque he visto el lamentable grupo de solteros que la sociedad inglesa ofrece respondió guiñándole un ojo.
—Habláis como si no os considerarais parte de ellos.
—Solo mi madre era inglesa —replicó—. ¿Lo recordáis?
—Quizá algún día me contáis quién sois en realidad —se burló ella.
— ¿a qué os referís?
—Empiezo a creer que podríais ser un príncipe de incógnito. Desde luego vais dando órdenes como si pertenecierais a la realeza —respondió—. Percibo que habéis omitido detalles importantes sobre vos. ¿Llegaré a conocer algún día al verdadero Eriol Hiragizawa?
—Princesa, os explicaré todo en cuanto nos hayamos casado —contestó.
— ¿De verdad pensáis que me casaré con un hombre sin conocerlo? —Le escudriñó, preguntándose por enésima vez qué ocultaba.
—Creedme, princesa. Os casaréis conmigo —aseguró con sonrisa confiada—. ¿Bajamos?
A pesar de su recelo por lo que había dicho, Tomoyo aceptó su brazo. Esa noche no era el momento más propicio para ahondar en su vida pasada. Juntos abandonaron el salón.
—La sala adyacente al salón de baile se ha preparado para los refrescos —informó Eriol—. Más allá está la sala para jugar a las cartas y la del descanso para las damas. La doncella de la tía Nakuru estará disponible para realizar arreglos menores en los vestidos. El estudio de la planta baja se usará como sala de fumar para los caballeros.
—Parece que no habéis descuidado nada —comentó Tomoyo.
—Le he pedido a Yamasaki que viniera antes —continuó mientras bajaban al recibidor—. Chiharu os puede ofrecer a Sakura y a vos apoyo moral.
Tomoyo le ofreció una sonrisa de agradecimiento. Entonces oyó la voz de su tía.
—Oh, cuánto me gustaría que Harold estuviera vivo para poder ver lo hermosas que estáis Sakura y tú —exclamó la tía Mei mientras Tomoyo ocupaba su sitio al lado de su hermana.
—Crees que asistirá Shaoran Li? —susurró Sakura con marcado rubor.
—Vendrá —aseguró Mei
— ¿De dónde has sacado ese anillo? —descubrió a Tomoyo con voz lo bastante alta como para que la oyeran todos.
Tomoyo lanzó una mirada vergonzosa en dirección al Marqués y luego extendió la mano para que todos la inspeccionaran.
—Me lo regaló Eriol —observó al tío Charles, que irradiaba aprobación, y tuvo la súbita sensación de que le estaban tendiendo una trampa para que se comprometiera con el Marqués.
—Parece un anillo de compromiso —indicó Sakura—. ¿Vas a anunciarlo?
—No —afirmó con énfasis y miró a Eriol con expresión desdichada.
¿Cómo podía conocer y animar a algún caballero elegible si la consideraban prometida a Eriol Hiragizawa? ¿Era ese su plan para alejar a otros caballeros? En ese caso, ¿por qué iba a molestarse el Marqués si podía conseguir a la mujer que deseara? ¿Qué tenía Tomoyo que le resultaba tan atractivo?
—El duque y la duquesa de Kinross —anunció Baxter, atrayendo su atención.
Tsasaki Yamasaki le guiñó un ojo al engolado mayordomo cuando su esposa y él pasaron a su lado Tomoyo deseó que toda la nobleza pudiera ser como los amigos de Eriol.
—Vosotras dos, acompañadme —ordenó Chiharu.
Tomoyo y Sakura siguieron a la duquesa de Kinross al extremo opuesto del recibidor. En voz baja comenzó un discurso que pretendía subirles el ánimo.
—Nadie podría haber estado más nerviosa que yo la primera vez que Tsasaki me presentó en sociedad —aseveró Chiharu—. Y no disfruté del lujo de tener a alguien como yo para que me brindara apoyo. —Tanto Tomoyo como Sakura sonrieron—. Las damas de la nobleza son tiburones listos para derramar sangre a la primera oportunidad —continuó. Miró a Sakura y advirtió—. Ni siquiera consideréis desmayaros —se concentró en Tomoyo y añadió—. Sin embargo, existe una manera de confundirlas.
— ¿Cuál? —preguntó ella.
—Mostrad una actitud propia —respondió Chiharu—. Fingid que les hacéis un favor al hablar con ellas.
—No sé si podré hacerlo.
—Yo ni siquiera sabría cómo —convino Sakura.
—Siempre que alguien os intimide, imaginaos a esa persona con un aspecto muy feo —informó la Duquesa—. Un caballero adquiere dientes salidos y ojos bizcos. Yo siempre imagino que una dama desagradable sufre de calvicie.
—Eso puedo hacerlo —rió Tomoyo.
—Y yo —acordó su hermana.
—Entonces todo arreglado. No estaréis nerviosas —insistió Chiharu, como si con decirlo lo consiguiera, y las devolvió a la hilera de recepción.
—La flecha ha abandonado el arco. —Oyó que Eriol le comentaba a Yamasaki.
— ¿Cuándo crees que el embajador Zaganos recibirá una respuesta? —preguntó Yamasaki.
—Estas cosas requieren tiempo —respondió Eriol encogiéndose de hombros—. La paciencia es una virtud.
—La paciencia es temeraria cuando está en juego tu vida —Yamasaki mostró su desacuerdo—. Hasta entonces, deja que esos dos gigantes tuyos hagan su trabajo.
—No permitiría que fuera de otra manera.
Al captar su conversación Tomoyo quedó paralizada por el temor. ¿La vida de Eriol corría peligro? ¿Quién querría lastimarlo?
—Tomoyo, nos veremos arriba —decía Chiharu aceptando el brazo de su esposo y dejando que la guiara hacia las escaleras—. Prinny os envía sus recuerdos —añadió por encima del hombro.
—El Regente? —exclamó Sakura.
—No, el cerdo —informó la Duquesa antes de desaparecer con su marido.
—La duquesa de Kinross tiene un cerdo llamado Prinny —le dijo Tomoyo a su hermana. Se volvió hacia el Marqués y susurró—. ¿Vuestra vida corre algún riesgo? ¿Alguien la amenaza?
-No ha sucedido nada importante —mintió él, mirándola con calidez—. Me complace que temáis por mi seguridad.
—Mis bienes están invertidos con vos —comentó mirándolo de reojo— y no quiero perderlos.
—Sé que detrás de esas palabras crueles ocultáis vuestros verdaderos sentimientos hacia mí —susurró con una sonrisa. Nada divertida por su arrogancia, ella solo pudo mirarlo. Si le respondía únicamente conseguiría animarlo—. Bueno, ¿cómo estoy con los dientes salidos y los ojos bizcos? —preguntó él.
—Milord, sois incorregible —afirmó con una sonrisa.
—Gracias por el cumplido.
Los invitados comenzaron a llegar. Eriol y el tío Charles flanqueaban a Tomoyo y a Sakura e hicieron las presentaciones. La tía Mei y lady Nakuru se erguían al lado del tío Charles.
Shaoran Li, vizconde de Wolferl, arribó en compañía de su madre y de su tía. Se inclinó ante la mano de Sakura e insistió.
—Reclamo todos vuestros bailes.
—Milord, sabéis que eso es imposible —esquivó Sakura con sonrisa tímida—. El primer baile le corresponde al tío Charles y el segundo al príncipe Adolfo. Os concedo el tercero.
—Entonces os lo solicito, junto con el último y el inmediatamente anterior a la cena —dijo Shaoran.
—Me complacerá mucho —aceptó con una inclinación de la cabeza.
Tomoyo observó al Vizconde alejarse con sus familiares y luego le susurró al Marqués.
—Pensé que solo se permitían dos bailes con el mismo hombre.
—Es correcto, pero apruebo a Li y creo que Sakura y él formarán un buen emparejamiento —replicó Eriol.
— ¿Emparejamiento? —exclamó ella—. ¿Es que somos unas yeguas a las que hay que unir con alguien?
—Bajad la voz —murmuró él—. No pretendía insultaros a Sakura ni a vos, pero el objetivo de una presentación en sociedad es conocer posibles candidatos para el matrimonio.
—Habéis realizado una pobre elección de palabras —informó ella.
—Mis disculpas, princesa. En el futuro prometo elegir con más cuidado mis palabras.
Sin dejar de sonreír, Tomoyo no tardó en darse cuenta de que Chiharu había tenido razón. Las damas de la nobleza eran como tiburones en busca de un punto débil por donde atacar. Detrás de sus sonrisas
En sus ojos vio que la consideraban una rival en potencia para los posibles maridos codiciados. Y por las miradas que las mujeres le lanzaban a Eriol, comprendió que lo consideraban el principal partido. Por algún motivo desconocido, eso la puso celosa. Tocar el broche o el anillo sirvió para darle más confianza.
El momento que había temido llegó. Tuvo a lord Briggs delante de ellos. Lo acompañaba una peliroja voluptuosa que lucía un vestido blanco que no dejaba casi nada a la imaginación.
Hasta ahí había llegado su inquebrantable devoción, pensó Tomoyo, malhumorada por su deserción.
—Buenas noches, Edgar —lo saludó con una sonrisa—. Me alegro de ver un rostro familiar.
—Tomoyo, jamás has estado más hermosa —musitó él inclinando la cabeza sobre su mano—. Permite que te presente a Kaho Mitzuki, condesa de Foxtar.
Kaho Mitzuki poseía la expresión dulce perfectamente estudiada y el cuerpo de una meretrix. Tenía ojos cafes, nariz recta y una piel clara.
Las dos mujeres se sonrieron con insinceridad, enemigas naturales a primera vista. Cada una veía en la otra las cualidades de las que carecía.
—Lady Foxtar, me complace conoceros —saludó.
—Eriol me ha hablado tanto de vos —replicó Kaho esbozando una sonrisa felina.
Tomoyo se encogió ante esas palabras, pero se contuvo a tiempo y logró mantener una expresión plácida. Entonces recordó el consejo de Chiharu y la imaginó sin pelo en la cabeza.
Decidida a mantener su terreno, tocó el broche con la mano derecha. Tanto este como el anillo centellearon bajo la luz del recibidor.
—El adorable Eriol ha sido de tanta ayuda —comentó, lanzándole al «adorable Eriol» una mirada de arrobamiento—. No sé cómo habríamos podido sobrevivir sin él.
—Sí, Eriol puede ser muy útil. Os veré arriba —dijo Kaho con rigidez y tiró de Edgar.
—Olvidó mantener la expresión plácida —indicó Tomoyo volviéndose hacia el Marqués, cuyos hombros temblaban con silenciosa risa.
— ¿Cómo pude pensar que necesitaríais mi protección? —Susurró en su oído—. ¿Qué os parece Kaho calva?
—No como una de las bellezas más aclamadas, pero sería original.
Eriol rió atrayendo la atención de los demás. Tomoyo notó la sonrisa de aprobación del tío Charles y las miradas especulativas de varios invitados.
-¿Qué significa la frase «la flecha ha abandonado el arco»? — inquirió ella.
—Significa que lo que tenga que ser, será —respondió él—. El destino se ha puesto en marcha y no se puede detener.
Tomoyo no dispuso de otra oportunidad para interrogarlo al respecto. Un hombre grande de mediana edad con una peluca rubia se plantó ante ellos.
Ella sonrió, reconociendo al príncipe Adolfo.
—Lady Abingdon, sois la visión perfecta de la hermosura —saludó el Príncipe—. Tan adorable... adorable..., adorable.
—Vuestra presencia me honra, Alteza Real. —Hizo una reverencia.
—Os presento a Sakura, la hermana menor de Tomoyo —dijo el tío Charles.
Con sonrisa afable, el príncipe Adolfo se volvió hacia Sakura, quien se ruborizó y también hizo una reverencia.
—Llevo mucho tiempo deseando conocerte —informó él.
—Alteza Real, es un honor —replicó ella.
Adolfo observó a Sakura, de pelo castaño, y a Tomoyo, de cabello azabache, y luego a la hermana más pequeña otra vez.
—Dos hermanas que se ven tan distintas —comentó-—. No hay ningún parecido de familia. Ninguno... ninguno... ninguno. —Después se volvió hacia Eriol—. Me han llegado noticias sobre el incidente de los disparos en White's. Me alegro de comprobar que estáis tan sano y vigoroso...
—Gracias, Alteza Real —interrumpió Eriol—. ¿Subimos y damos por inaugurado el baile?
Tomoyo giró la cabeza y observó al Marqués. ¿Alguien le había disparado? ¿Quién querría intentar matarlo? Por su mente pasó Edgar Briggs, pero desterró ese pensamiento como algo absurdo. Edgar era incapaz de matar a una hormiga. Además, el Marqués debía tener docenas de enemigos. Los hombres de negocios de éxito eran conocidos por su implacabilidad y por arruinar las esperanzas y los sueños de otros.
— ¿Tomoyo?
La voz de Eriol la sacó de sus meditaciones. Sonrió y dejó que la escoltaran por las escaleras hasta el salón de baile. El príncipe Adolfo caminó a su lado mientras el tío Charles acompañaba a Sakura, Eriol marchaba detrás con sus tías.
La orquesta comenzó a tocar en cuanto entraron en el salón. El príncipe Adolfo la sacó a la pista de baile y el tío Charles hizo lo mismo con Sakura. Las dos parejas bailaron solas tal como requería la costumbre con la debutante y la persona más importante en asistir al baile.
—Amathist llegará luego —le dijo el Príncipe. Rió entre dientes y añadió—. Le encanta realizar una entrada pomposa. Le encanta... encanta... encanta.
A Tomoyo le importaba un bledo la cantante de ópera.
—Contadme qué sucedió en el exterior de White's la otra noche — le pidió al Príncipe.
—Un intento de asesinato no es un tema apropiado para tener una conversación con una dama —reprendió Adolfo con gentileza.
El baile terminó antes de que pudiera obtener alguna información. Sakura y ella intercambiaron sus parejas.
—Tu padre estaría orgulloso de ti esta noche —comentó el tío Charles mientras daban vueltas por el salón.
—Háblame del incidente de White's —soltó Tomoyo sin preámbulo alguno.
—No sé nada sobre ello —reconoció el tío Charles— Eriol no me lo cuenta todo.
Mentía, decidió Tomoyo, pero mantuvo la expresión plácida. Desde la noche en que los conoció, los Hiragizawa le habían mentido acerca de casi todas las cosas importantes. ¿Qué más podrían estar ocultándole? A pesar de la amabilidad que le mostraban, empezaba a dudar de su fiabilidad.
Eriol la reclamó para el tercer baile. Se movió con la misma gracilidad y relajación que le había demostrado el día que bailaron sin música.
—Es costumbre mantener una conversación distendida mientras se baila —apuntó él.
—Jamás me mencionasteis esa norma —replicó ella—. Qué bien
—Y vos encajáis tan bien en mis brazos que podría no soltaros nunca —susurró con voz ronca.
Tomoyo se ruborizó. Santo cielo, ¿por qué siempre encontraba una manera de confundirla?
—Olvidasteis mencionarme el incidente de White's —dijo.
—No fue nada.
—Llamáis nada a un intento de asesinato —exclamó, saltándose un paso.
—Sonreíd, princesa. La sociedad nos observa —advirtió Eriol—. No le deis motivos para chismorrear. —Al instante Tomoyo le sonrió
—. Es la sonrisa más falsa que he visto jamás —se burló.
—Milord, no me pedisteis que sonriera con sinceridad, solo que sonriera.
- -Touché, Condesa. —Inclinó la cabeza—. Alguien nos disparó a Yamasaki y a mí la noche pasada. Estamos investigando quién puede ser el culpable.
Ella asintió. Desvió la mirada hasta que vio a su hermana del otro lado del salón.
—A Sakura parece gustarle Shaoran Li —comentó.
—Esperaba que se gustaran mutuamente —replicó Eriol—. Puede que encuentren felicidad como pareja de casados... ¿Qué os ha parecido esa elección de palabras?
—Mucho mejor —aceptó—. Sabía que aprenderíais deprisa.
Eriol rió al oír que le devolvían sus propias palabras.
Al finalizar la música, la condujo hacia el salón de los refrescos, pero lord Briggs bloqueó su camino antes de que llegaran allí.
— ¿Bailas conmigo, Tomoyo? —preguntó.
—Me encantará, Edgar —repuso con una sonrisa.
Dejó que la llevara a la pista. Los dos amigos dieron vueltas juntos al son de la música.
— ¿Quién habría imaginado que terminaríamos así, bailando un vals en Londres? —comentó Tomoyo.
—No digas terminar, sino más bien comenzar —corrigió él—. Cásate conmigo, Tomoyo.
—Ya te he explicado mi situación —le reprochó ella—. ¿Por qué insistes en hacerlo difícil? —Apartó la vista, incapaz de soportar la mirada dolida de Edgar, y se saltó un paso al ver a Eriol bailar con Kaho.
Los ojos del Barón siguieron los suyos.
—Han sido amantes desde antes de que falleciera su marido.
—No te creo —negó Tomoyo aturdida—. Ninguna mujer le sería desleal a su esposo.
—La inocencia es tu cualidad más tierna —manifestó Edgar—. ¿Puedo visitarte?
—Visítame siempre que lo desees, Edgar —logró sonreírle—. Siempre tendré tiempo para un viejo amigo.
Cuando la música terminó, se disculpó. Aunque no dejó de sonreír ni de exhibir una expresión plácida en la cara, el rumor sobre el Marqués la atribuló.
Decidió que un hombre que engañaba a su prometida, también engañaría a su esposa. Se negaba a casarse con alguien destinado a ser un marido infiel.
Tomó la determinación de plantar buena cara a la situación y soslayar los chismes. Coqueteó y bailó con Tsasaki Yamasaki, Shaoran Li y un hombre diferente durante cada uno de los valses hasta el intermedio; pero en ningún momento la abandonó el pensamiento del Marqués y la Condesa haciendo el amor.
Al final, cuando Eriol se presentó para el último baile antes de la cena, casi no fue capaz de mirarlo a los ojos. Se mostró callada mientras daban vueltas en torno al salón.
—Princesa, sonreíd y decid algo —ordenó' él—. A menos que deseéis fomentar los chismes.
¿Cómo se atrevía a amenazarla con el peligro de los rumores? ¿Cómo era capaz de conciliar el sueño por la noche? Esa bruja a tenía descaro al presentarse en su fiesta.
—Bailáis de maravilla —comentó ella con la más dulce de las sonrisas.
—Lo dijisteis durante nuestro último vals —le recordó—. Solo la gente de mediana edad se repite.
—Qué tiempo magnífico estamos teniendo —cambió de tema—. ¿No creéis? —Eriol inclinó la cabeza—. Aunque un poco sombrío esta noche. Espero que mañana se despeje.
Eriol estalló en una carcajada que atrajo la atención de varias parejas próximas.
—Princesa, sois incorregible.
— ¿De verdad lo pensáis? —inquirió—. Supongo que siempre hay que seguir las reglas: no reír, no comer demasiado, no hurgarse la nariz...
—Ya basta —pidió sin dejar de reír—. Habéis tomado demasiadas copas de champán con el estómago vacío. Os llevaré a cenar.
—No he bebido nada de champán —corrigió ella.
—Entonces es lo que necesitáis.
Eriol dejó de bailar y, de la mano, la llevó hacia la puerta. Los otros los siguieron para cenar.
En el atestado comedor, Tomoyo bebió champán y picó un poco de pavo.
— ¿Por qué no coméis vos? —preguntó.
—La costumbre requiere que las damas lo hagan primero —la instruyó Eriol—. Yo tomaré algo más tarde.
—De todas las normas estúpidas que me habéis expuesto, esta es la más necia —anunció con un susurro alto, los ojos amatistas brillando con malicia—. ¿De verdad os importa lo que piense esta gente?
—No, desde luego que no —repuso, mirándola primero a ella y luego a los invitados
-—Bien. —Pinchó un trozo de pavo con el tenedor y lo alzó a los labios de él.
Eriol aceptó el desafió y la carne. Miró alrededor y contempló las expresiones asombradas de algunas de las mujeres mayores.
—Se nota la cuna —exteriorizó Tomoyo, pinchando otro trozo de pavo.
—No —ordenó Eriol en voz baja tocándole la muñeca—. Vuestros futuros hijos necesitarán la aprobación de estas personas.
—Tenéis razón, milord —dejó el tenedor en el plato se acercó para susurrar—. ¿Kaho Mitzuki sigue siendo vuestra amante?
—Princesa, no toleráis el champán —la amonestó mientras evitaba la pregunta.
—Supongo que es la costumbre de vuestra familia —suspiró exasperada—. Los Hiragizawa solo decís mentiras, medias verdades y omisiones.
—La verdad únicamente ha de contarse en fragmentos pequeños a aquellos que podrían derrumbarse con todo su peso —descubrió con seriedad inmovilizándola con la mirada.
—Nunca en mi vida me he derrumbado —informó Tomoyo—. Y aún no habéis respondido a mi pregunta.
La observó tanto tiempo que Tomoyo pensó que no iba a contestarle.
—Kaho Mitzuki no es mi amante —afirmó al final.
— ¿Ostentó alguna vez ese título tan exaltado? —indagó.
—Lo siento, princesa. Las normas solo permiten una intromisión por noche —cortó Eriol.
—Al parecer, hay que cambiar esas normas —replicó— y yo soy la mujer adecuada para ello.
—No haréis nada parecido —avisó Eriol.
Al finalizar la cena los invitados regresaron una vez más al salón de baile. Caminando junto al Marqués, Tomoyo pudo oír a los músicos afinando sus instrumentos. También notó las miradas subrepticias y anhelantes que muchas de las mujeres le lanzaban al Marques. El parecía ajeno a esa adoración femenina.
Una vez en el salón Tomoyo lo dejó. Bailó los siguientes nueve valses con hombres distintos, cada uno más atractivo que el anterior. Dando vueltas por la pista, mantuvo un ojo sobre Eriol, el cual, apoyado en una pared, tampoco dejaba de contemplarla. En torno a él había varias damas hermosas que se afanaban por conseguir su atención.
Al concluir el noveno vals, Eriol se presentó ante Tomoyo para reclamar el último baile. Antes de que los músicos pudieran comenzar a tocar, Baxter se presentó en el salón y anunció en voz alta.
—Madame Amathist.
Un murmullo excitado recorrió a la multitud y el príncipe Adolfo se adelantó para recibir a su vieja amiga. Tomoyo observó al Príncipe besar la mano de la diva y luego conducirla por el salón en dirección a ella.
—Amathist, te presento a Tomoyo Daidouji, condesa de Abingdon —indicó Adolfo.
—Vuestra presencia en esta reunión me honra —declaró Tomoyo.
—El honor es mío —Amathist la estudió con evidente interés—. Conocí a vuestro padre muchos años antes de que nacierais. Lamento su marcha.
—Gracias —dijo, y entonces pensó que quizá la diva conociera algo sobre sus orígenes -Tal vez podamos hablar en privado en alguna otra ocasión.
—Sentíos libre de visitarme cuando lo deseéis —invitó Amathist, inclinando la cabeza como una reina que concede un favor a una dama de la corte.
El príncipe Adolfo condujo a madame Amathist hasta la plataforma donde se hallaban los músicos. La diva se dedicó a cantar varias canciones de amor perdido, que concluyó con un atronador aplauso. Luego, el Príncipe la llevó junto a la compañía de Tomoyo y los demás.
—Gracias por compartir vuestra voz con nosotros —dijo Tomoyo.
—Gracias por permitir que lo hiciera, pequeña —replicó Amathist. Se volvió hacia el Príncipe y añadió—. ¿Estáis listo, Alteza Real?
— ¿Os marcháis? —preguntó Tomoyo.
—La vida de una cantante de ópera no es tan mágica como podéis pensar —respondió-La falta de sueño es un riesgo para mi voz.
—Entonces no os retendré. ¿Volveremos a vemos?
—Eso espero —Amathist aceptó el brazo del Príncipe y dejó que la escoltara fuera del salón.
Los músicos comenzaron a tocar el último vals en cuanto el Príncipe y la diva desaparecieron. Eriol llevó a Tomoyo a la pista de baile. Bailar entre sus brazos parecía algo tan natural como si lo hubieran hecho miles de veces.
— ¿Creéis que Amathist sabe quiénes fueron mis padres verdaderos? —le preguntó.
—Si sois inteligente, princesa, jamás le formuléis esa pregunta —fue la respuesta de Eriol, que la sorprendió—. Dicho conocimiento no enriquecerá vuestra vida.
Ella se negó a permitir que estropeara su buen humor.
-—Ha hablado como un hombre que sabe de dónde procede —se burló.
—Estáis en lo cierto —convino él—. No me es posible saber qué sentís porque no comparto vuestra experiencia.
Sus palabras volvieron a sorprenderla Tomoyo siempre había considerado a los miembros de la aristocracia como seres superficiales, pero el Marqués le demostraba que se equivocaba.
Al terminar la música los invitados comenzaron a marcharse, Eriol se quedó a su lado hasta que el último salió por la puerta. Solo el tío Charles se demoró, esperando a su sobrino en el salón.
— ¿Habéis disfrutado? —preguntó Eriol cuando se quedaron solos en el recibidor.
—La velada fue mejor de lo que había esperado —sonrió ella.
—Jamás pensé que no fuera otra cosa que un gran éxito —confesó.
—Os agradezco vuestra confianza —repuso.
Le tomó las manos y la miró a la cara.
—Lo que para mí haría que esta noche fuera perfecta sería un beso de despedida.
— ¿Y qué haríais si me negara? —sondeó perdiéndose en los ojos más azules que jamás había visto.
—Me tiraría desde el Puente de Londres. —Tomoyo ladeó la cabeza y lo observó con incredulidad—. De todos modos, os lo robaría —corrigió él.
—Eso suena más al Marqués que conozco —aceptó con una sonrisa.
Sin darle oportunidad de protestar, la envolvió en sus brazos. Mientras ella lo contemplaba, Eriol bajó la boca y le cubrió los labios con un beso prolongado, cuya pasión solo se vio mitigada por el hecho de que se hallaban en el vestíbulo.
—Bien —musitó él, apartándose—. En cuanto a mañana...
Tomoyo alzó la mano y apoyó un dedo en sus labios en un gesto de silencio.
—Lo que para mí haría que esta velada fuera perfecta es que os contuvierais de darme otra orden.
— ¿Para siempre?
—Me conformaré solo por esta noche.
—Princesa, vuestros deseos son órdenes para mí.
En ese momento el tío Charles entró en el recibidor.
—La noche salió extraordinariamente bien.
—Mañana vuestra hermana y vos seréis consideradas la crema de la nobleza, dos de las máximas bellezas de la temporada —informó Eriol.
—Creo que hasta Grosvenor Square quedará congestionada por el tráfico de vuestros visitantes —añadió el tío Charles.
—Dios me proteja —exclamó Tomoyo provocándoles una carcajada—. Dudo que exista suficiente harina en Inglaterra para calmarme si ello sucediera.
—Buenas noches, princesa. —Eriol se llevó su mano a los labios—. Que todos vuestros sueños sean placenteros.
Tomoyo comenzó a subir las escaleras, aunque sus pensamientos permanecieron con el Marqués. Eriol Hiragizawa era demasiado atractivo para su paz mental. En ocasiones, semejaba un príncipe salido de un cuento infantil, mas no podía evitar sentir que le ocultaba algo.
Desterró sus inquietudes mientras avanzaba por el corredor en dirección a sus aposentos. Rió en voz alta al recordar el absurdo de su inminente popularidad. Sin duda Grosvenor Square estaría desierta por la mañana.
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¿Cuándo le vas a revelar a Sakura y a Tomoyo quién es su verdadero padre? —preguntó Eriol. Se sentó detrás delescritorio de caoba de su estudio y observó a su tío, quien se mostró incómodo bajo su penetrante mirada.
—Ese conocimiento no será de ninguna utilidad —repuso el tío Charles desviando la vista—. Ninguna de las jóvenes será reconocida jamás.
—Tomoyo anhela saber de dónde procede —indicó Eriol.
—Y tú anhelas retomar a tu patria —replicó Charles—. Yo anhelo ser veinte años más joven. Todos anhelamos algo, pero si pudiéramos alcanzar nuestras metas, anhelaríamos otra cosa.
Una llamada a la puerta atrajo su atención. Higgins y Razi entraron como si compitieran en una carrera entre los dos.
—Yo lo haré —le dijo Higgins al hombre pequeño—. Soy su mayordomo.
—Muy bien, yo me ocuparé del siguiente —aceptó Razi.
—El conde de Tunbridge solicita una entrevista —anunció Higgins con voz altanera.
—Dile que pase —ordenó Eriol. Miró a su tío con ojos desconcertados.
—Te dejaré con tuinvitado —manifestó el tío Charles, comenzando a ponerse de pie.
—Quédate donde estás —pidió Eriol—. Aún no hemos terminado. El conde de Tunbridge, un hombre de treinta años, entró en el estudio. Atravesó la estancia, le hizo un gesto con la cabeza al Duque y alargó la mano para estrechar la de Eriol.
—Por favor, sentaos —invitó este.
—No, gracias. No me quedaré mucho —rechazó el Conde, Eriol lo miró expectante—. Me gustaría recibir vuestro permiso para cortejar a Tomoyo Daidouji —anunció—. Os aseguro que mis intenciones son serias y honorables.
Eriol contempló a su tío, que exhibió una sonrisa que lo irritó.
—El duque de Clow es su tutor.
—Excelencia —el Conde se volvió hacia el Duque—, me gustaría recibir vuestro permiso para...
—No será necesario que os repitáis. —El tío Charles alzó una mano—. Tenéis mi permiso siempre y cuando la dama acepte vuestras atenciones.
—Os lo agradezco, Excelencia —dijo el Conde— Leed, que tengáis un buen día. —Con esas palabras, se marchó del estudio.
—Me gustaría que no lo hubierais hecho —señaló Eriol.
—Tú querías que Tomoyo conociera a otros hombres solteros —replicó Charles con voz sorprendida.
—No apruebo a Tunbridge.
— ¿Qué tiene de malo?
—Bebe demasiado.
—Oh, no lo sabía. —Luego se encogió de hombros—. Estoy convencido de que Tomoyo lo descartará.
—Por casualidad, ¿madame Amathist puede ser la madre de Tomoyo? —inquirió Eriol, cambiando bruscamente de tema.
— ¿Por qué lo piensas? —El tío Charles meneó la cabeza—. ¿Porque tienen el mismo color de ojos?
—No has respondido mi pregunta.
—No sé quién es la madre de Tomoyo —contestó el tío Charles, posando la vista en la ventana que daba al jardín.
Miente, decidió Eriol mientras lo observaba con expresión dura. El viejo sabía más de lo que jamás reconocería. Admiró la lealtad de su tío al guardar silencio, pero ese mismo silencio lo frustraba. Pensó que por el momento lo mejor era cambiar de tema.
—¿Qué piensas de Sakura y Li? —preguntó.
—Harán una excelente pareja —repuso el tío Charles visiblemente relajado—. Doy por hecho que Nakuru anima esa causa.
Eriol asintió. Antes de que pudiera hablar, una segunda llamada a la puerta lo distrajo.
—Debe ser Tsasaki Yamasaki —comentó—. Ya llega con una hora de retraso a nuestra cita.
—Lord Huntingdon solicita ser recibido —anunció Razi al entrar en el estudio.
Que pase. Miró con creciente irritación a su tío. El anciano sonreía, sin duda disfrutando de la situación.
El Barón, un hombre de veintiocho años, entró. Cruzó la estancia, hizo un gesto con la cabeza en dirección al Duque, y estrechó la mano de Eriol.
—Por favor, sentaos —dijo Eriol.
—No me quedaré mucho —rechazó el Barón.
Eriol miró a su tío y luego preguntó:
—Qué puedo hacer por vos, Huntingdon?
—Quiero vuestro permiso para cortejar a Tomoyo Daidouji.
—Entonces debéis hablar con el duque de Clow, ya que él es su tutor —informó.
—Excelencia... —El Barón se volvió hacia el Duque.
—Lo tenéis, siempre y cuando la dama acepte vuestras atenciones —interrumpió el tío Charles.
—Gracias, Excelencia —el Barón miró a Eriol—. Que tengáis buenos días, Leed —Se marchó del estudio.
Eriol miró a su tío con ojos entrecerrados en cuanto la puerta del estudio se cerró.
—Qué esperabas que hiciera? —preguntó el Duque.
—Podrías habérselo denegado.
—Qué tiene de malo Huntingdon? —Lo miró con expresión de incredulidad.
—Le gusta demasiado el juego.
—Oh, no lo sabía. —Pero se encogió de hombros— Tomoyo tiene una buena cabeza sobre los hombros. Estoy seguro de que lo descartará.
—Tomoyo se niega a casarse hasta que el nombre de su padre quede limpio. Quizá eso desanime a Tunbridge y Huntingdon.
—¿Cuáles son las posibilidades de limpiar el nombre de Harold? consultó su tío.
—Nadie se cuelga por accidente.
—Crees que Henry se suicidó?
—No he dicho eso —repuso Eriol—. He dicho que su muerte no fue accidental.
—Quieres dar a entender que Harold fue asesinado? —exclamó Charles impactado—. Harold Daidouji era un caballero afable de corazón generoso. No puedo imaginar que nadie lo quisiera ver muerto.
—Todo hombre tiene enemigos. —Una llamada a la puerta volvió a distraerlo—. Debe ser Yamasaki.
—El vizconde Lincoln solicita una entrevista —anunció Higgins al entrar, provocando una risita del Duque.
—Que pase —dijo Eriol con voz cansada y los ojos en blanco.
El vizconde Lincoln, un joven de veintidós años, pasó. Reconoció la presencia del Duque con una inclinación de la cabeza y luego se volvió hacia Eriol, quien alzó la mano en un gesto que pedía silencio.
—El duque de Clow es el tutor de Tomoyo.
—Excelencia —el Vizconde le dio la espalda a Eriol—solicito vuestro permiso para casarme con vuestra pupila, Tomoyo Daidouji.
—¿casaros? —repitió Charles.
—Correcto, Excelencia.
—Mi respuesta es no —replicó el tío Charles—pero os doy permiso para que la vayáis a ver.
—Con eso me basta por el momento. —Miró a Eriol—. Buenos días. En cuanto la puerta se cerró detrás del pretendiente, el Duque dijo.
—Imagino que también hay algo terriblemente desagradable con el Vizconde, ¿no?
—El muchacho es grosero.
¿Grosero? —repitió Charles.
—Una noche, durante un intervalo en la ópera, lo vi acomodarse sus partes íntimas -explicó Eriol.
—Bueno —su tío estalló en una carcajada—, siempre queda Edgar Briggs.
—No me gusta.
—Recuerda mis palabras, Tomoyo los desechará a todos —predijo el Duque—. ¿Encontrarás algún fallo en todos los caballeros que muestren interés en ella?
—Probablemente.
—Háblame del intento de asesinato —su tío cambió de tema.
—Alguien nos disparó a Yamasaki y a mí —repuso Eriol.
—Qué estas haciendo al respecto?
—He contratado a hombres para que investiguen a mis competidores profesionales —informó Eriol—. También he enviado un mensaje al Oriente a través del embajador Zaganos. Madre se ocupará de la posibilidad de una conexión oriental.
—¿Crees que es posible después de todos estos años?
—Alguien quizá haya descubierto que sobreviví a la infancia. —Se encogió de hombros—La mejor política es mostrarse minucioso.
—Estoy de acuerdo —asintió Charles.
De pronto se abrió la puerta para dar paso a Higgins. Dos pasos por detrás corría Razi, quejándose.
—Es mi turno.
—Ha llegado el duque de Kinross —anunció Higgins, sorteando al hombre pequeño.
—Bendito sea Alá —murmuró Eriol—. Que pase.
Con una amplia sonrisa, Tsasaki Yamasaki entró en el estudio. Le hizo un gesto con la cabeza al Duque y luego se sentó en uno de los sillones.
—Lamento llegar tarde.
—Hemos estado asediados por los que desean ser pretendientes de Tomoyo —indicó Eriol—El vizconde Lincoln tuvo la audacia de pedirla en matrimonio.
—Eso lo explica todo —manifestó Yamasaki—. La zona de Grosvenor Square está congestionada por el tráfico.
Eriol se incorporó del sillón dominado por un inusual ataque de celos.
—Siéntete como en casa —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Volveré en cuanto pueda.
—Adónde vas? —preguntó Yamasaki.
—A Grosvenor Square —respondió por encima del hombro. El sonido de la risa de su amigo y de su tío transformó sus celos en furia.
Ya es suficiente, pensó, culpando a Tomoyo por el número de hombres que la deseaban. Cierto es que prefería que se casara con él por propia voluntad, pero se negaba a hacer cola para obtener lo que era suyo por derecho.
Debatió si ir a pie a la casa de su tío, pero decidió que no debido al intento de asesinato que había sufrido. El trayecto en coche no debió haber consumido más de diez minutos. Veinte minutos más tarde el coche se hallaba atrapado en la congestión que había en Upper Brock Street.
Disgustado, abrió la puerta y bajó de un salto.
—Iré andando el resto del camino —le dijo a sus hombres—. Llevad el coche a casa.
—Yo os guardaré, mi príncipe —anunció Abdul al tiempo que descendía de un salto del asiento del conductor.
—Como desees —inclinó la cabeza.
Juntos caminaron con paso firme por la calle que conducía a Grosvenor Square. Varios aristócratas lo saludaron con la mano y, cuando entraron en la plaza, Eriol reconoció al vizconde Lincoln abandonando la casa de su tío y subiendo a su coche.
Subió las escaleras a la carrera y abrió la puerta sin llamar. Entró en el recibidor seguido de Abdul.
—Buenas tardes, milord —saludó Baxter.
Eriol le hizo un gesto al mayordomo de su tío y luego clavó la vista en la mesa de entrada que había contra la pared. Dos bandejas de plata estaban a rebosar con tarjetas de visita. Dio por sentado que una era para Tomoyo y la otra para Sakura.
—Las damas no reciben compañía hoy —informó Baxter—. Excepto el vizconde Wolferl y su tía, desde luego.
Eriol pensó que quizá había subestimado a Shaoran Li. El joven tenía suficiente inteligencia para superar a la competencia. Mientras a los demás visitantes se los había despedido, Li había usado a su tía para ganar el acceso a Sakura. Ciertamente el muchacho sería un gran cuñado.
—El salón? —preguntó Eriol.
—Sí, milord.
Dejando a Abdul en el recibidor, subió las escaleras y luego recorrió el pasillo de la primera planta. Se detuvo en seco al entrar en el salón. Todo el mundo menos Tomoyo se había reunido allí.
—Eriol, querido, ven a sentarte con nosotros —pidió Nakuru. Los saludó con un gesto seco y luego dio media vuelta para regresar al recibidor.
—Dónde está ella? —le gruñó al mayordomo.
—Ella, milord?
—Tomoyo, maldita sea.
—La condesa se encuentra en la cocina —informó Baxter.
—Por qué no me lo habrá dicho en primer lugar? —musitó mientras marchaba hacia la cocina.
—Lo habría hecho si me lo hubiera preguntado —se quejó Baxter en voz lo suficientemente alta para que la oyera Eriol.
Como un general invasor este irrumpió en la cocina, aunque se detuvo en el umbral. ¿Estaba enojado porque otros hombres habían encontrado atractiva a Tomoyo? Había bailado y coqueteado con muchos solteros la noche de la fiesta.
Tuvo que reconocer que estaba celoso. Y la sensación no le gustaba nada.
Al entrar la sobresaltó, haciendo que, asustada, girara en redondo. Winston, sentado al lado de la mesa, dio un salto y trató de lamerle la cara.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del perro lobo. Cuando el animal obedeció, añadió—. Buen chico. —Miró a Tomoyo y sonrió. Alargó la mano y con un dedo le limpió harina de la punta de la nariz—. ¿Qué estáis preparando?
—Tarta de coco.
—Debo suponer que algo os inquieta? —inquirió.
—Me siento acosada —respondió—. ¿Habéis visto la bandeja con tarjetas de visita en el recibidor?
-No lo noté –mintió - Imagino que es el precio que se paga por ser única.
—Gracias por el cumplido, pero no me considero única —comentó con una sonrisa—. La vida sería más apacible si fuera como todos.
—Si no os interesa ningún caballero —sugirió, sintiendo que los celos desaparecían-habrá otros en el próximo acto social.
—Todo lo contrario, varios caballeros me han resultado interesantes —lo sorprendió.
—¿Quiénes?
—El conde de Tunbridge me pareció agradable.
—Bebe demasiado.
—Lord Huntingdon fue encantador.
—Ya ha perdido una pequeña fortuna en las mesas de juego —informó él.
La expresión de Tomoyo comenzó a registrar irritación.
—El vizconde Lincoln ha sido amable.
—Es grosero. —Meneó la cabeza.
—Grosero? No puedo creer lo que oigo —exclamó—. Queríais que conociera a solteros y ahora desaprobáis a todo aquel que menciono. Es imposible que todos sean inapropiados, milord.
—Los hombres que habéis mencionado no están a vuestra altura. Venid a pasear a caballo conmigo mañana en Hyde Park.
—Ya tengo una cita para hacerlo con Edgar Briggs.
—Briggs es inadecuado, de modo que pasear con él es una pérdida de tiempo —replicó -Lo prohíbo.
—¿Lo prohibís? —Puso expresión de incrédulo enfado—. ¿Cómo os atrevéis a dictar lo que puedo hacer?
—Pasead conmigo pasado mañana —pidió, sin prestar atención a su furia.
—Le prometí al duque de Tunbridge que lo haría con él —repuso.
Celos e ira renacieron en Eriol.
—Nuestro acuerdo estipulaba que pasarais tiempo conmigo cada semana —le recordó.
—Y eso haré. Necesitáis acordar una cita.
—Me niego a hacer cola con vuestros admiradores —elevó la voz en proporción a la irritación que sentía.
—Como deseéis, milord —Tomoyo se rindió a sus exigencias—. Reservaré cada viernes para vos.
—Viernes? —estalló él—. Jamás salgo los viernes.
—Sí, lo sé. —Exhibió una sonrisa felina.
—Ponéis a prueba mi paciencia —advirtió con ojos entornados.
—¿Vos? ¿Paciente?
—Elegid un día —ordenó.
—Dejad que vea. —Se llevó un dedo a la sien derecha, como si necesitara concentrarse—. Mañana saldré con lord Briggs. El día siguiente pertenece al duque de Tunbridge. El otro lo tengo comprometido con lord Huntingdon, y está el vizconde Lincoln. —Sonrió con dulzura—. El día que mejor me va es el próximo sábado.
—¿Dentro de seis días? —Eriol prácticamente gritó, como si no pudiera creer lo que oía.
—Muy bien, milord —se burló ella, disfrutando de la sensación de disponer de ventaja por una vez—. Veo que conocéis los días de la semana.
—Princesa, el sarcasmo no os sienta bien. —Sin decir otra palabra abandonó la cocina.
Al llegar al vestíbulo, vio que su tía lo esperaba.
—Quiero hablar contigo —anunció Nakuru.
—¿De qué se trata? —gruñó.
—Has olvidado mantener plácida la expresión —comentó Nakuru con una sonrisa. A cambio, Eriol le lanzó una mirada de absoluto disgusto e intentó pasar a su lado—. Sé cómo hacer que Tomoyo vaya a tu lado —indicó su tía.
Se detuvo y giró despacio.
—No necesito consejos en lo referente a las mujeres —afirmó.
—Sí, ya veo el éxito que has tenido hoy. —Nakuru sonrió otra vez—. A este ritmo, Tomoyo y tú os casaréis el siglo que viene.
—Continúa —pidió después de observarla un rato.
—Oí a Tomoyo quejarse ante Sakura de Kaho Mitzuki —informó Nakuru—. Creo que sus palabras exactas fueron «esa bruja a desvergonzada».
—Y? —preguntó con sonrisa renuente.
—Al parecer, es susceptible a los celos —continuó su tía—. Te mantendré informado sobre su agenda para que tú te esfuerces en aparecer con Kaho donde esté.
—Consideraré tu oferta —inclinó la cabeza.
¿Quién se creía el Marqués que era?, pensó Tomoyo echando chispas a la mañana siguiente mientras se vestía para ir a montar con Edgar. Eriol Hiragizawa no era su tutor y no tenía derecho a prohibirle ver a nadie. Pensaba salir con todos los hombres que él considerara inapropiados y así le enseñaría una lección que tardaría en olvidar.
Se puso un vestido de lana de color zafiro con una capa con capucha a juego. Se cepilló el pelo y se lo recogió en un moño a la nuca.
Vamos, Winston —llamó, dirigiéndose a la puerta. El perro lobo la siguió fuera de su habitación y luego corrió por delante de ella para bajar hasta el recibidor.
Tomoyo sonrió al oír el gruñido ominoso del animal. Al parecer Edgar ya había llegado y la esperaba en el vestíbulo. Mientras descendía los últimos escalones, lo vio quieto como una estatua mientras Winston estaba plantado ante él gruñendo con desagrado.
—Sentado, Winston -ordenó con voz severa imitando al Marqués. Al instante el perro obedeció—. Forbes, llévatelo a la cocina para que coma algo.
—Sigo diciendo que ese perro es una amenaza —comentó Edgar cuando el animal se marchó con el mayordomo.
— Winston es más dulce que el pudín de almendras con salsa de chocolate —replicó ella.
El invierno lucía una expresión serena aquella mañana. La niebla parecía más ligera que de costumbre y Tomoyo creyó percibir un brillo más intenso en el cielo oriental donde tendría que haber estado el sol.
A los diez minutos Edgar introdujo el coche por Grosvenor Gate al interior de Hyde Park. Desde ahí, bajaron por el sendero que llevaba hasta Rotten Row. Varios caballeros que pasaban y a los que había conocido en su presentación en sociedad se quitaron el sombrero en gesto hacia Tomoyo y saludaron a Edgar.
Ella solo tuvo un mal momento. Cuando Edgar giró el coche para desandar el camino por el que habían avanzado, avistó a un hombre y a una mujer a caballo que marchaban en dirección a ellos. Se le hundió el corazón al darse cuenta de quiénes eran: Eriol y Kaho Mitzuki.
—Buenos días, Edgar —saludo Kaho cuando su caballo llegó a la altura de ellos—. Es agradable veros de nuevo, Tomoyo.
—Buenos días —dijo Edgar.
Por su parte, Eriol inclinó el sombrero ante Tomoyo y le hizo un gesto seco a Edgar. Ella alzó la nariz y se negó a reconocer a ninguno de los dos.
—Te dije que lady Foxtar y el Marqués eran amantes —recalcó Edgar después de haber dejado atrás a la pareja.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo, inexplicablemente perturbada por la visión de Eriol con aquella mujer—. Por favor, llévame a casa ahora.
A la mañana siguiente el duque de Tunbridge arribó con puntualidad a la cita. Tenía los ojos enrojecidos y a Tomoyo le pareció que su aliento olía a alcohol, pero estaba decidida a salir a pasear con él por el simple hecho de que Eriol lo había desaconsejado. Además, no sabía cómo romper una cita sin ofender a la otra parte. Se sintió aliviada de que el Duque no hubiera bebido lo suficiente como para embotar su habilidad como conductor y ponerla en peligro. Mientras regresaban por Rotten Row, una vez más vio a Eriol con Kaho Mitzuki. Cuando la vio, la pareja giró sus caballos y marchó en otra dirección.
Al verlos cabalgar juntos Tomoyo sintió unas punzadas de celos. ¿Al Marqués le importaba de verdad Kaho Mitzuki? En ese caso, ¿por qué se había molestado en mantener su compromiso con ella? ¿Acaso pensaba casarse con ella por un equivocado sentido de la lealtad hacia los deseos de su padre? No quería a un marido que amara a otra mujer.
—Anoche en White's brindé por el compromiso casi cerrado de Leed —comentó el duque de Tunbridge arrancándola de sus pensamientos—. No sé por qué no apreció mi gesto.
Tomoyo observó con más detenimiento al Duque. Eriol había tenido razón; al Duque le encantaba beber.
—Me duele la cabeza —anunció abatida deseando escapar—. Por favor, llevadme a casa ahora.
El miércoles por la mañana lord Huntingdon la escoltó en coche por Hyde Park. Siguieron la misma ruta tomada las dos mañanas anteriores.
Una vez más, Tomoyo vio a Eriol y a Kaho paseando juntos a caballo. Unos celos desbordados le inflamaron el pecho y le dificultaron la respiración.
—He apostado mucho dinero a favor de su boda —reveló el barón Huntingdon, inclinándose para susurrárselo al oído—. ¿Queréis apostar algo a favor de mi victoria?
Tomoyo giró la cabeza con gesto brusco para contemplar al Barón. Eriol había tenido razón; le encantaba jugar.
—Me duele la cabeza —le dijo—. Llevadme a casa, por favor.
Tomoyo no tenía cita para pasear por Hyde Park el jueves por la mañana, mas ello no le aportó ninguna paz. Al abrir The Times, encontró casi una columna entera dedicada al baile que lady Smythe había dado la noche anterior y a las actividades de Eriol y Kaho. El reportero incluso tuvo la audacia de especular sobre el tiempo que transcurriría antes de que el marqués de Leed y la condesa de Foxtar anunciaran su compromiso.
La ira que había estado hirviendo en el interior de Tomoyo adquirió toda su intensidad. ¿Cómo se atrevía el Marqués a escoltar a otra mujer por la ciudad cuando era su prometido y llevaba siéndolo los últimos quince años? El hecho de que le hubiera concedido tiempo para decidir si ella lo quería no le daba derecho a exhibirse con otra mujer.
Acompañada por su hermana y sus tías, aquella noche Tomoyo asistió a la ópera con el vizconde Lincoln. Eriol había tenido la amabilidad de prestarles su palco privado.
La ópera comenzó. En la oscuridad del teatro un movimiento a la derecha captó su atención. Miró de reojo al Vizconde y lo descubrió con la mano en la entrepierna. Aturdida y ofendida deseó marcharse, aunque permaneció donde estaba. ¿Qué motivos podía aducir para querer irse apenas comenzada la ópera? Con la atención clavada en el escenario, se negó a mirar al Vizconde, ni siquiera cuando este se dirigía a ella.
Entonces llegó el intermedio. Del otro lado del teatro Eriol estaba sentado junto a Kaho Mitzuki. Verlos juntos otra vez fue más de lo que pudo tolerar.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo levantándose con brusquedad de la silla—. Me iré a casa y os enviaré de vuelta el coche.
—Yo os escoltaré —dijo el Vizconde, amagando con ponerse de pie.
—No, no lo haréis —denegó ella. Ocultó el desliz de sus buenos modales con una sonrisa—. Quedaos a disfrutar. Por la mañana me sen- tiré bien.
—Has sufrido varios dolores de cabeza esta semana —comentó Nakuru—. Creo que deberías ver al médico.
—Lo hablaremos por la mañana —se excusó ella y escapó del palco.
Veinte minutos más tarde entraba en la casa de Grosvenor Square. Con el corazón atribulado, subió las escaleras hasta sus aposentos en la segunda planta y se sentó delante de la chimenea. Winston le lamió la mano, como si percibiera su estado de ánimo.
Despechada, pensó que Eriol HIragizawa se comportaba como si careciera de prometida. Debió verlo por lo que era desde el principio... un truhán de primer orden.
Bajó la vista al anillo que le había regalado y decidió que no significaba nada. Se lo quitó y lo dejó en un cajón de la cómoda.
Sintió el impulso casi abrumador de ponerse a cocinar, pero se contuvo. Lo haría al día siguiente.
Tras una noche inquieta, se levantó temprano y se puso un sencillo vestido de muselina. Deseó que no le hubieran guardado sus vestidos de luto ya que la lobreguez del negro encajaba con su humor.
Dejó la habitación y en compañía de Winston bajó al vestíbulo. En ese momento Baxter abría la puerta de entrada para dejar pasar a alguien. El perro lobo ladró y corrió hacia el recién llegado.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del animal—. Buen chico.
Tomoyo miró al Marqués y ni se molestó en saludarlo. Avanzó por el pasillo en dirección al comedor.
—Tomoyo —llamó él.
Ella se detuvo y, sin molestarse en girar, dijo.
—¿Sí, milord?
—Miradme, por favor. —Despacio dio media vuelta. Él tendría que haber sido ciego para no reconocer su expresión gélida—. Poneos la capa —ordenó—. Esta mañana iremos a pasear por Hyde Park.
—Pensaba que no salíais los viernes —enarcó una ceja.
—Hago una excepción por vos —replicó.
—Tengo una cita previa con lord Briggs —mintió—. Pasear con vos me es imposible esta mañana.
—Cuando llegue el Barón, despídelo —instruyó Eriol al mayordomo—. Dile que lady Tomoyo hoy no se siente muy bien. —Entonces comenzó a avanzar hacia ella. Parecía un hombre con una misión.
De forma instintiva ella retrocedió un paso, pero él le asió la muñeca y la obligó a marchar por el pasillo hacia el estudio. Tomoyo podía elegir acompañarlo por propia voluntad o luchar con él delante de los criados.
—Dónde está el anillo? —demandó. Ella no prestó atención a la pregunta—. Aguardo una explicación.
—¿Dónde está Kaho Mitzuki? —Inquirió Tomoyo—. Creía que los dos estabais unidos por las caderas. Los chismes que corren sobre vosotros me resultan nauseabundos.
—Y a mí también —convino Eriol—. Sin embargo, no estamos aquí para hablar de mi falta de moral.
—Dais a entender que a mí me falta fibra moral? —exigió con los ojos amatistas centelleando de furia.
—Pasear con un hombre distinto cada mañana provocará rumores —indicó él—. Vuestra conducta es improcedente como futura duquesa de Clow.
—Para que me convierta en duquesa de Clow necesitaría ser vuestra esposa —dijo ella.
—La cuestión es que algún día lo seréis —repuso Eriol.
—Arrogante y desleal... no me casaría con vos ni aunque fuerais el último hombre de Inglaterra —gritó Tomoyo, buscando un insulto peor que soltarle.
—Princesa, estamos casados.
Al cruzar la estancia en dirección a la ventana para observar el cielo nocturno se preguntó cuánto pasaría antes de que la nobleza se enterara de que su hermana y ella eran fraudes. ¿Qué harían cuando se difundiera el rumor de que las dos eran bastardas adoptadas?
Tomoyo sabía que la humillación de su corte social seria insoportable. Si Hiragizawa jamás hubiera ido a Abingdon, estaría disfrutando de una apacible velada en casa, donde era aceptada. Por otro lado, su padre habría sido enterrado sin que por él repicaran las campanas si Hiragizawa no hubiera llegado cuando lo hizo.
Cerró los ojos. ¿Conocería esa noche al hombre de sus sueños? ¿O ya lo había conocido? La imagen del Marqués flotó en su mente.
Se encaminó al espejo de cuerpo entero para inspeccionarse una última vez. El vestido de satén azul era de talle alto con un profundo escote en y donde había prendido el broche de diamantes del Marqués. Tenía las mangas cortas y el bajo con flores blancas de seda. Los guantes hasta los codos eran de un blanco puro, al igual que las sandalias con tiras cruzadas.
Rosas de invierno, pensó, mirando el borde de las rosas bordadas que adornaban el bajo del vestido. El Marqués le había comentado que le recordaba a ellas.
Levantó la mano para tocar el broche con forma de rana y esbozó una sonrisa suave. Si besara al Marqués —besarlo de verdad— ¿se convertiría en un atractivo príncipe?
Supo que había llegado el momento de bajar. No quería verse en la posición embarazosa de que el Marqués subiera a buscarla. Respiró hondo, se apartó del espejo y cruzó la cámara para abrir la puerta. Por las escaleras subían unas notas discordantes mientras los músicos se dedicaban a afinar sus instrumentos.
Caminó por el pasillo de la segunda planta como una mujer a punto de ser llevada a la horca. Al llegar a lo alto de las escaleras se frenó en seco, sorprendida. Apoyado en la barandilla de ébano, con los brazos cruzados, el Marqués la esperaba.
Eriol Hiragizawa le recordó a Lucifer antes de la caída. Llevaba pantalones, chaqueta y chaleco negros con una camisa y corbata blancas. La intensidad de los colores acentuaba su atractivo oscuro y sus penetrantes ojos azules. Cuando sonreía, como en ese momento, sus dientes se veían fuertes y rectos y casi tan blancos como su camisa.
Tomoyo lo contempló fascinada. El Marqués era el hombre más atractivo que había visto jamás. Irradiaba salud y virilidad. ¿Cómo una mujer podía no sentirse atraída por él?
—Me preguntaba cuánto tardaríais en encontrar vuestro coraje —comentó él.
—Si de verdad me faltara valor, Winston se hallaría a mi lado — repuso ella.
— ¿Por qué depender de Winston cuando me tenéis a mí? —indicó.
Sus palabras la sonrojaron. No creyó poder manejar su sugestiva seducción y a la nobleza al mismo tiempo.
Eriol le ofreció su sonrisa demoledora. Sus ojos descendieron desde su cara para recorrerle el cuerpo, y durante un instante fugaz se detuvo en el broche. Cuando volvió a mirarla a los ojos, resplandecían con aprecio y posesión.
—Mis cumplidos a quienes fueran vuestros padres naturales — comentó.
Tomoyo sintió que el rubor la invadía ante el recordatorio de su bastardía. Empleó cada grano de su fortaleza interior para permanecer donde estaba y no regresar corriendo a sus aposentos.
—Mis palabras alaban vuestra belleza —explicó Eriol al reconocer su angustia.
—Gracias... —Inclinó la cabeza—. Supongo.
— ¿No experimentáis la necesidad de cocinar? —se burló.
—Logré controlarla —repuso con una sonrisa.
—Los demás se encuentran en el recibidor, pero quería hablar con vos en privado antes de que comenzara la velada. —La tomó por el brazo y la escoltó por las escaleras—. ¿Queréis acompañarme al salón?
—No creo que debamos —manifestó, demasiado nerviosa para estar a solas con él cuando se le veía tan atractivo—. Le prometí a Sakura que no la dejaría sola para recibir a los invitados.
—Por favor —insistió—. Prometo liberaros antes de que llegue invitado alguno.
Tomoyo asintió. ¿De qué otra elección disponía cuando la tenía tomada del brazo?
La música de la orquesta se tomó más alta a medida que descendían hasta la primera planta. Al pasar por el salón de baile oyó los sonidos nítidos de una corneta, un piano y varios violines. No pudo evitar pensar que quinientos miembros de la nobleza no tardarían en abarrotar el salón, y que el Marqués esperaba que se moviera entre ellos.
Que Dios la protegiera, pero se sentía como un fraude. Esos ingenuos miembros de la sociedad no tenían ni idea de que iban a dar la bienvenida a su regazo a dos bastardas adoptadas.
—Tened cuidado, princesa —murmuró Eriol—. La cara se os puede quedar con esa expresión crispada.
—Mis nervios se calmarán en cuanto lleguen los invitados. —Logró esbozar una sonrisa fugaz.
Eriol abrió el camino hacia el salón. Con un leve movimiento de la muñeca despidió a los criados y cerró la puerta a su espalda.
Tomoyo se preguntó cómo lograba mandar a los criados sin decir nunca una palabra. Sin duda se trataba de un talento notable.
—El príncipe Adolfo quiere el primer baile con vos —comentó él, cruzando la estancia para plantarse delante de la chimenea—. El tío Charles quiere el segundo. Yo quiero el tercero, el anterior a la cena y el último de la noche.
—Nuestras tías nos indicaron que no bailáramos más de dos veces con ningún hombre —protestó.
—Se referían a ninguno salvo yo —volvió a regalarle esa sonrisa pícara y perversa—Soy vuestro prometido.
—Muy pocas personas lo saben.
—Soy vuestro tutor —corrigió.
—El tío Charles y la tía Mei son mis tutores —contradijo Tomoyo.
—No olvidéis, princesa, que soy yo quien tiene los cordones de los bienes de los Daidouji —señaló Eriol.
—Chantajista y arrogante... —Se detuvo, incapaz de invocar más insultos viles que arrojarle.
—Mantened siempre una expresión plácida, princesa, sin importar qué torbellino os sacuda el interior —recomendó Eriol.
—Milord, os doy las gracias por vuestro sabio consejo —dijo. Alzó el mentón, le dio la espalda y se dirigió hacia la puerta.
—No he terminado, princesa.
Tomoyo giró en redondo. Con expresión plácida, enarcó una ceja y preguntó.
— ¿Hay más?
—Sabía que aprenderíais deprisa —sonrió él.
La sonrisa y las palabras conspiraron contra ella. A pesar de su irritación, Tomoyo le devolvió la sonrisa.
—Venid, princesa. —Extendió una mano—. Tengo un regalo para vos —Tomoyo acortó la distancia que los separaba. Eriol introdujo la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo un estuche. Lo abrió para revelar un anillo magnífico y sin duda invaluable. Antes de que ella pudiera protestar se lo puso en el dedo anular de la mano derecha y con voz ronca dijo—. Quiero que lo tengáis para que os proporcione suerte.
Tomoyo observó la joya exquisita. Sobre un fondo de diamantes había unos capullos de perlas que circundaban un enorme rubí con forma de rosa.
—Como dije antes, las rosas me recuerdan a vos —recapituló Eriol.
—No sé qué decir —titubeó ella.
—Gracias.
—Gracias, milord. —Volvió a mirar el exquisito anillo. Algo en él le molestaba. Y entonces lo supo—. Tiene el aspecto de un anillo de compromiso —acusó, esperando que él lo negara.
—Es un anillo de compromiso.
—Pero prometisteis...
Eriol apoyó un dedo en sus labios para silenciarla.
—Cuando estáis lista para aceptar nuestro compromiso, sencillamente pasad el anillo de la mano derecha a la izquierda.
—¿Y si nunca lo acepto? —inquirió.
—Lo haréis.
— ¿Cómo podéis estar tan seguro? —Su arrogancia la irritó.
—Porque he visto el lamentable grupo de solteros que la sociedad inglesa ofrece respondió guiñándole un ojo.
—Habláis como si no os considerarais parte de ellos.
—Solo mi madre era inglesa —replicó—. ¿Lo recordáis?
—Quizá algún día me contáis quién sois en realidad —se burló ella.
— ¿a qué os referís?
—Empiezo a creer que podríais ser un príncipe de incógnito. Desde luego vais dando órdenes como si pertenecierais a la realeza —respondió—. Percibo que habéis omitido detalles importantes sobre vos. ¿Llegaré a conocer algún día al verdadero Eriol Hiragizawa?
—Princesa, os explicaré todo en cuanto nos hayamos casado —contestó.
— ¿De verdad pensáis que me casaré con un hombre sin conocerlo? —Le escudriñó, preguntándose por enésima vez qué ocultaba.
—Creedme, princesa. Os casaréis conmigo —aseguró con sonrisa confiada—. ¿Bajamos?
A pesar de su recelo por lo que había dicho, Tomoyo aceptó su brazo. Esa noche no era el momento más propicio para ahondar en su vida pasada. Juntos abandonaron el salón.
—La sala adyacente al salón de baile se ha preparado para los refrescos —informó Eriol—. Más allá está la sala para jugar a las cartas y la del descanso para las damas. La doncella de la tía Nakuru estará disponible para realizar arreglos menores en los vestidos. El estudio de la planta baja se usará como sala de fumar para los caballeros.
—Parece que no habéis descuidado nada —comentó Tomoyo.
—Le he pedido a Yamasaki que viniera antes —continuó mientras bajaban al recibidor—. Chiharu os puede ofrecer a Sakura y a vos apoyo moral.
Tomoyo le ofreció una sonrisa de agradecimiento. Entonces oyó la voz de su tía.
—Oh, cuánto me gustaría que Harold estuviera vivo para poder ver lo hermosas que estáis Sakura y tú —exclamó la tía Mei mientras Tomoyo ocupaba su sitio al lado de su hermana.
—Crees que asistirá Shaoran Li? —susurró Sakura con marcado rubor.
—Vendrá —aseguró Tomoyo.
— ¿De dónde has sacado ese anillo? —descubrió Tomoyo con voz lo bastante alta como para que la oyeran todos.
Tomoyo lanzó una mirada vergonzosa en dirección al Marqués y luego extendió la mano para que todos la inspeccionaran.
—Me lo regaló Eriol —observó al tío Charles, que irradiaba aprobación, y tuvo la súbita sensación de que le estaban tendiendo una trampa para que se comprometiera con el Marqués.
—Parece un anillo de compromiso —indicó Sakura—. ¿Vas a anunciarlo?
—No —afirmó con énfasis y miró a Eriol con expresión desdichada.
¿Cómo podía conocer y animar a algún caballero elegible si la consideraban prometida a Eriol Hiragizawa? ¿Era ese su plan para alejar a otros caballeros? En ese caso, ¿por qué iba a molestarse el Marqués si podía conseguir a la mujer que deseara? ¿Qué tenía Tomoyo que le resultaba tan atractivo?
—El duque y la duquesa de Kinross —anunció Baxter, atrayendo su atención.
Tsasaki Yamasaki le guiñó un ojo al engolado mayordomo cuando su esposa y él pasaron a su lado Tomoyo deseó que toda la nobleza pudiera ser como los amigos de Eriol.
—Vosotras dos, acompañadme —ordenó Chiharu.
Tomoyo y Sakura siguieron a la duquesa de Kinross al extremo opuesto del recibidor. En voz baja comenzó un discurso que pretendía subirles el ánimo.
—Nadie podría haber estado más nerviosa que yo la primera vez que Tsasaki me presentó en sociedad —aseveró Chiharu—. Y no disfruté del lujo de tener a alguien como yo para que me brindara apoyo. —Tanto Tomoyo como Sakura sonrieron—. Las damas de la nobleza son tiburones listos para derramar sangre a la primera oportunidad —continuó. Miró a Sakura y advirtió—. Ni siquiera consideréis desmayaros —se concentró en Tomoyo y añadió—. Sin embargo, existe una manera de confundirlas.
— ¿Cuál? —preguntó ella.
—Mostrad una actitud propia —respondió Chiharu—. Fingid que les hacéis un favor al hablar con ellas.
—No sé si podré hacerlo.
—Yo ni siquiera sabría cómo —convino Sakura.
—Siempre que alguien os intimide, imaginaos a esa persona con un aspecto muy feo —informó la Duquesa—. Un caballero adquiere dientes salidos y ojos bizcos. Yo siempre imagino que una dama desagradable sufre de calvicie.
—Eso puedo hacerlo —rió Tomoyo.
—Y yo —acordó su hermana.
—Entonces todo arreglado. No estaréis nerviosas —insistió Chiharu, como si con decirlo lo consiguiera, y las devolvió a la hilera de recepción.
—La flecha ha abandonado el arco. —Oyó que Eriol le comentaba a Yamasaki.
— ¿Cuándo crees que el embajador Zaganos recibirá una respuesta? —preguntó Yamasaki.
—Estas cosas requieren tiempo —respondió Eriol encogiéndose de hombros—. La paciencia es una virtud.
—La paciencia es temeraria cuando está en juego tu vida —Yamasaki mostró su desacuerdo—. Hasta entonces, deja que esos dos gigantes tuyos hagan su trabajo.
—No permitiría que fuera de otra manera.
Al captar su conversación Tomoyo quedó paralizada por el temor. ¿La vida de Eriol corría peligro? ¿Quién querría lastimarlo?
—Tomoyo, nos veremos arriba —decía Chiharu aceptando el brazo de su esposo y dejando que la guiara hacia las escaleras—. Prinny os envía sus recuerdos —añadió por encima del hombro.
—El Regente? —exclamó Sakura.
—No, el cerdo —informó la Duquesa antes de desaparecer con su marido.
—La duquesa de Kinross tiene un cerdo llamado Prinny —le dijo Tomoyo a su hermana. Se volvió hacia el Marqués y susurró—. ¿Vuestra vida corre algún riesgo? ¿Alguien la amenaza?
-No ha sucedido nada importante —mintió él, mirándola con calidez—. Me complace que temáis por mi seguridad.
—Mis bienes están invertidos con vos —comentó mirándolo de reojo—, y no quiero perderlos.
—Sé que detrás de esas palabras crueles ocultáis vuestros verdaderos sentimientos hacia mí —susurró con una sonrisa. Nada divertida por su arrogancia, ella solo pudo mirarlo. Si le respondía únicamente conseguiría animarlo—. Bueno, ¿cómo estoy con los dientes salidos y los ojos bizcos? —preguntó él.
—Milord, sois incorregible —afirmó con una sonrisa.
—Gracias por el cumplido.
Los invitados comenzaron a llegar. Eriol y el tío Charles flanqueaban a Tomoyo y a Sakura e hicieron las presentaciones. La tía Mei y lady De Faye se erguían al lado del tío Charles.
Shaoran Li, vizconde de Wolferl, arribó en compañía de su madre y de su tía. Se inclinó ante la mano de Sakura e insistió.
—Reclamo todos vuestros bailes.
—Milord, sabéis que eso es imposible —esquivó Sakura con sonrisa tímida—. El primer baile le corresponde al tío Charles y el segundo al príncipe Adolfo. Os concedo el tercero.
—Entonces os lo solicito, junto con el último y el inmediatamente anterior a la cena —dijo Shaoran.
—Me complacerá mucho —aceptó con una inclinación de la cabeza.
Tomoyo observó al Vizconde alejarse con sus familiares y luego le susurró al Marqués.
—Pensé que solo se permitían dos bailes con el mismo hombre.
—Es correcto, pero apruebo a Li y creo que Sakura y él formarán un buen emparejamiento —replicó Eriol.
— ¿Emparejamiento? —exclamó ella—. ¿Es que somos unas yeguas a las que hay que unir con alguien?
—Bajad la voz —murmuró él—. No pretendía insultaros a Sakura ni a vos, pero el objetivo de una presentación en sociedad es conocer posibles candidatos para el matrimonio.
—Habéis realizado una pobre elección de palabras —informó ella.
—Mis disculpas, princesa. En el futuro prometo elegir con más cuidado mis palabras.
Sin dejar de sonreír, Tomoyo no tardó en darse cuenta de que Chiharu había tenido razón. Las damas de la nobleza eran como tiburones en busca de un punto débil por donde atacar. Detrás de sus sonrisas
En sus ojos vio que la consideraban una rival en potencia para los posibles maridos codiciados. Y por las miradas que las mujeres le lanzaban a Eriol, comprendió que lo consideraban el principal partido. Por algún motivo desconocido, eso la puso celosa. Tocar el broche o el anillo sirvió para darle más confianza.
El momento que había temido llegó. Tuvo a lord Briggs delante de ellos. Lo acompañaba una peliroja voluptuosa que lucía un vestido blanco que no dejaba casi nada a la imaginación.
Hasta ahí había llegado su inquebrantable devoción, pensó Tomoyo, malhumorada por su deserción.
—Buenas noches, Edgar —lo saludó con una sonrisa—. Me alegro de ver un rostro familiar.
—Tomoyo, jamás has estado más hermosa —musitó él inclinando la cabeza sobre su mano—. Permite que te presente a Kaho Mitzuki, condesa de Foxtar.
Kaho Mitzuki poseía la expresión dulce perfectamente estudiada y el cuerpo de una meretrix. Tenía ojos cafes, nariz recta y una piel de clara.
Las dos mujeres se sonrieron con insinceridad, enemigas naturales a primera vista. Cada una veía en la otra las cualidades de las que carecía.
—Lady Foxtar, me complace conoceros —saludó.
—Eriol me ha hablado tanto de vos —replicó Kaho esbozando una sonrisa felina.
Tomoyo se encogió ante esas palabras, pero se contuvo a tiempo y logró mantener una expresión plácida. Entonces recordó el consejo de Chiharu y la imaginó sin pelo en la cabeza.
Decidida a mantener su terreno, tocó el broche con la mano derecha. Tanto este como el anillo centellearon bajo la luz del recibidor.
—El adorable Eriol ha sido de tanta ayuda —comentó, lanzándole al «adorable Eriol» una mirada de arrobamiento—. No sé cómo habríamos podido sobrevivir sin él.
—Sí, Eriol puede ser muy útil. Os veré arriba —dijo Kaho con rigidez y tiró de Edgar.
—Olvidó mantener la expresión plácida —indicó Tomoyo volviéndose hacia el Marqués, cuyos hombros temblaban con silenciosa risa.
— ¿Cómo pude pensar que necesitaríais mi protección? —Susurró en su oído—. ¿Qué os parece Kaho calva?
—No como una de las bellezas más aclamadas, pero sería original.
Eriol rió atrayendo la atención de los demás. Tomoyo notó la sonrisa de aprobación del tío Charles y las miradas especulativas de varios invitados.
-¿Qué significa la frase «la flecha ha abandonado el arco»? — inquirió ella.
—Significa que lo que tenga que ser, será —respondió él—. El destino se ha puesto en marcha y no se puede detener.
Tomoyo no dispuso de otra oportunidad para interrogarlo al respecto. Un hombre grande de mediana edad con una peluca rubia se plantó ante ellos.
Ella sonrió, reconociendo al príncipe Adolfo.
—Lady Abingdon, sois la visión perfecta de la hermosura —saludó el Príncipe—. Tan adorable... adorable..., adorable.
—Vuestra presencia me honra, Alteza Real. —Hizo una reverencia.
—Os presento a Sakura, la hermana menor de Tomoyo —dijo el tío Charles.
Con sonrisa afable, el príncipe Adolfo se volvió hacia Sakura, quien se ruborizó y también hizo una reverencia.
—Llevo mucho tiempo deseando conocerte —informó él.
—Alteza Real, es un honor —replicó ella.
Adolfo observó a Sakura, de pelo castaño, y a Tomoyo, de cabello azabache, y luego a la hermana más pequeña otra vez.
—Dos hermanas que se ven tan distintas —comentó-—. No hay ningún parecido de familia. Ninguno... ninguno... ninguno. —Después se volvió hacia Eriol—. Me han llegado noticias sobre el incidente de los disparos en White's. Me alegro de comprobar que estáis tan sano y vigoroso...
—Gracias, Alteza Real —interrumpió Eriol—. ¿Subimos y damos por inaugurado el baile?
Tomoyo giró la cabeza y observó al Marqués. ¿Alguien le había disparado? ¿Quién querría intentar matarlo? Por su mente pasó Edgar Briggs, pero desterró ese pensamiento como algo absurdo. Edgar era incapaz de matar a una hormiga. Además, el Marqués debía tener docenas de enemigos. Los hombres de negocios de éxito eran conocidos por su implacabilidad y por arruinar las esperanzas y los sueños de otros.
— ¿Tomoyo?
La voz de Eriol la sacó de sus meditaciones. Sonrió y dejó que la escoltaran por las escaleras hasta el salón de baile. El príncipe Adolfo caminó a su lado mientras el tío Charles acompañaba a Sakura, Eriol marchaba detrás con sus tías.
La orquesta comenzó a tocar en cuanto entraron en el salón. El príncipe Adolfo la sacó a la pista de baile y el tío Charles hizo lo mismo con Sakura. Las dos parejas bailaron solas tal como requería la costumbre con la debutante y la persona más importante en asistir al baile.
—Amathist llegará luego —le dijo el Príncipe. Rió entre dientes y añadió—. Le encanta realizar una entrada pomposa. Le encanta... encanta... encanta.
A Tomoyo le importaba un bledo la cantante de ópera.
—Contadme qué sucedió en el exterior de White's la otra noche — le pidió al Príncipe.
—Un intento de asesinato no es un tema apropiado para tener una conversación con una dama —reprendió Adolfo con gentileza.
El baile terminó antes de que pudiera obtener alguna información. Sakura y ella intercambiaron sus parejas.
—Tu padre estaría orgulloso de ti esta noche —comentó el tío Charles mientras daban vueltas por el salón.
—Háblame del incidente de White's —soltó Tomoyo sin preámbulo alguno.
—No sé nada sobre ello —reconoció el tío Charles— Eriol no me lo cuenta todo.
Mentía, decidió Tomoyo, pero mantuvo la expresión plácida. Desde la noche en que los conoció, los Hiragizawa le habían mentido acerca de casi todas las cosas importantes. ¿Qué más podrían estar ocultándole? A pesar de la amabilidad que le mostraban, empezaba a dudar de su fiabilidad.
Eriol la reclamó para el tercer baile. Se movió con la misma gracilidad y relajación que le había demostrado el día que bailaron sin música.
—Es costumbre mantener una conversación distendida mientras se baila —apuntó él.
—Jamás me mencionasteis esa norma —replicó ella—. Qué bien
—Y vos encajáis tan bien en mis brazos que podría no soltaros nunca —susurró con voz ronca.
Tomoyo se ruborizó. Santo cielo, ¿por qué siempre encontraba una manera de confundirla?
—Olvidasteis mencionarme el incidente de White's —dijo.
—No fue nada.
—, Llamáis nada a un intento de asesinato —exclamó, saltándose un paso.
—Sonreíd, princesa. La sociedad nos observa —advirtió Eriol—. No le deis motivos para chismorrear. —Al instante Tomoyo le sonrió
—. Es la sonrisa más falsa que he visto jamás —se burló.
—Milord, no me pedisteis que sonriera con sinceridad, solo que sonriera.
- -Touché, Condesa. —Inclinó la cabeza—. Alguien nos disparó a Yamasaki y a mí la noche pasada. Estamos investigando quién puede ser el culpable.
Ella asintió. Desvió la mirada hasta que vio a su hermana del otro lado del salón.
—A Sakura parece gustarle Shaoran Li —comentó.
—Esperaba que se gustaran mutuamente —replicó Eriol—. Puede que encuentren felicidad como pareja de casados... ¿Qué os ha parecido esa elección de palabras?
—Mucho mejor —aceptó—. Sabía que aprenderíais deprisa.
Eriol rió al oír que le devolvían sus propias palabras.
Al finalizar la música, la condujo hacia el salón de los refrescos, pero lord Briggs bloqueó su camino antes de que llegaran allí.
— ¿Bailas conmigo, Tomoyo? —preguntó.
—Me encantará, Edgar —repuso con una sonrisa.
Dejó que la llevara a la pista. Los dos amigos dieron vueltas juntos al son de la música.
— ¿Quién habría imaginado que terminaríamos así, bailando un vals en Londres? —comentó Tomoyo.
—No digas terminar, sino más bien comenzar —corrigió él—. Cásate conmigo, Tomoyo.
—Ya te he explicado mi situación —le reprochó ella—. ¿Por qué insistes en hacerlo difícil? —Apartó la vista, incapaz de soportar la mirada dolida de Edgar, y se saltó un paso al ver a Eriol bailar con Kaho.
Los ojos del Barón siguieron los suyos.
—Han sido amantes desde antes de que falleciera su marido.
—No te creo —negó Tomoyo aturdida—. Ninguna mujer le sería desleal a su esposo.
—La inocencia es tu cualidad más tierna —manifestó Edgar—. ¿Puedo visitarte?
—Visítame siempre que lo desees, Edgar —logró sonreírle—. Siempre tendré tiempo para un viejo amigo.
Cuando la música terminó, se disculpó. Aunque no dejó de sonreír ni de exhibir una expresión plácida en la cara, el rumor sobre el Marqués la atribuló.
Decidió que un hombre que engañaba a su prometida, también engañaría a su esposa. Se negaba a casarse con alguien destinado a ser un marido infiel.
Tomó la determinación de plantar buena cara a la situación y soslayar los chismes. Coqueteó y bailó con Tsasaki Yamasaki, Shaoran Li y un hombre diferente durante cada uno de los valses hasta el intermedio; pero en ningún momento la abandonó el pensamiento del Marqués y la Condesa haciendo el amor.
Al final, cuando Eriol se presentó para el último baile antes de la cena, casi no fue capaz de mirarlo a los ojos. Se mostró callada mientras daban vueltas en torno al salón.
—Princesa, sonreíd y decid algo —ordenó' él—. A menos que deseéis fomentar los chismes.
¿Cómo se atrevía a amenazarla con el peligro de los rumores? ¿Cómo era capaz de conciliar el sueño por la noche? Esa bruja a tenía descaro al presentarse en su fiesta.
—Bailáis de maravilla —comentó ella con la más dulce de las sonrisas.
—Lo dijisteis durante nuestro último vals —le recordó—. Solo la gente de mediana edad se repite.
—Qué tiempo magnífico estamos teniendo —cambió de tema—. ¿No creéis? —Eriol inclinó la cabeza—. Aunque un poco sombrío esta noche. Espero que mañana se despeje.
Eriol estalló en una carcajada que atrajo la atención de varias parejas próximas.
—Princesa, sois incorregible.
— ¿De verdad lo pensáis? —inquirió—. Supongo que siempre hay que seguir las reglas: no reír, no comer demasiado, no hurgarse la nariz...
—Ya basta —pidió sin dejar de reír—. Habéis tomado demasiadas copas de champán con el estómago vacío. Os llevaré a cenar.
—No he bebido nada de champán —corrigió ella.
—Entonces es lo que necesitáis.
Eriol dejó de bailar y, de la mano, la llevó hacia la puerta. Los otros los siguieron para cenar.
En el atestado comedor, Tomoyo bebió champán y picó un poco de pavo.
— ¿Por qué no coméis vos? —preguntó.
—La costumbre requiere que las damas lo hagan primero —la instruyó Eriol—. Yo tomaré algo más tarde.
—De todas las normas estúpidas que me habéis expuesto, esta es la más necia —anunció con un susurro alto, los ojos amatistas brillando con malicia—. ¿De verdad os importa lo que piense esta gente?
—No, desde luego que no —repuso, mirándola primero a ella y luego a los invitados
-—Bien. —Pinchó un trozo de pavo con el tenedor y lo alzó a los labios de él.
Eriol aceptó el desafió y la carne. Miró alrededor y contempló las expresiones asombradas de algunas de las mujeres mayores.
—Se nota la cuna —exteriorizó Tomoyo, pinchando otro trozo de pavo.
—No —ordenó Eriol en voz baja tocándole la muñeca—. Vuestros futuros hijos necesitarán la aprobación de estas personas.
—Tenéis razón, milord —dejó el tenedor en el plato se acercó para susurrar—. ¿Kaho Mitzuki sigue siendo vuestra amante?
—Princesa, no toleráis el champán —la amonestó mientras evitaba la pregunta.
—Supongo que es la costumbre de vuestra familia —suspiró exasperada—. Los Hiragizawa solo decís mentiras, medias verdades y omisiones.
—La verdad únicamente ha de contarse en fragmentos pequeños a aquellos que podrían derrumbarse con todo su peso —descubrió con seriedad inmovilizándola con la mirada.
—Nunca en mi vida me he derrumbado —informó Tomoyo—. Y aún no habéis respondido a mi pregunta.
La observó tanto tiempo que Tomoyo pensó que no iba a contestarle.
—Kaho Mitzuki no es mi amante —afirmó al final.
— ¿Ostentó alguna vez ese título tan exaltado? —indagó.
—Lo siento, princesa. Las normas solo permiten intromisión por noche —cortó Eriol.
—Al parecer, hay que cambiar esas normas —replicó— y yo soy la mujer adecuada para ello.
—No haréis nada parecido —avisó Eriol.
Al finalizar la cena los invitados regresaron una vez más al salón de baile. Caminando junto al Marqués, Tomoyo pudo oír a los músicos afinando sus instrumentos. También notó las miradas subrepticias y anhelantes que muchas de las mujeres le lanzaban al Marques. El parecía ajeno a esa adoración femenina.
Una vez en el salón Tomoyo lo dejó. Bailó los siguientes nueve valses con hombres distintos, cada uno más atractivo que el anterior. Dando vueltas por la pista, mantuvo un ojo sobre Eriol, el cual, apoyado en una pared, tampoco dejaba de contemplarla. En torno a él había varias damas hermosas que se afanaban por conseguir su atención.
Al concluir el noveno vals, Eriol se presentó ante Tomoyo para reclamar el último baile. Antes de que los músicos pudieran comenzar a tocar, Baxter se presentó en el salón y anunció en voz alta.
—Madame Amathist.
Un murmullo excitado recorrió a la multitud y el príncipe Adolfo se adelantó para recibir a su vieja amiga. Tomoyo observó al Príncipe besar la mano de la diva y luego conducirla por el salón en dirección a ella.
—Amathist, te presento a Tomoyo Daidouji, condesa de Abingdon —indicó Adolfo.
—Vuestra presencia en esta reunión me honra —declaró Tomoyo.
—El honor es mío —Amathist la estudió con evidente interés—. Conocí a vuestro padre muchos años antes de que nacierais. Lamento su marcha.
—Gracias —dijo, y entonces pensó que quizá la diva conociera algo sobre sus orígenes -Tal vez podamos hablar en privado en alguna otra ocasión.
—Sentíos libre de visitarme cuando lo deseéis —invitó Amathist, inclinando la cabeza como una reina que concede un favor a una dama de la corte.
El príncipe Adolfo condujo a madame Amathist hasta la plataforma donde se hallaban los músicos. La diva se dedicó a cantar varias canciones de amor perdido, que concluyó con un atronador aplauso. Luego, el Príncipe la llevó junto a la compañía de Tomoyo y los demás.
—Gracias por compartir vuestra voz con nosotros —dijo Tomoyo.
—Gracias por permitir que lo hiciera, pequeña —replicó Amathist. Se volvió hacia el Príncipe y añadió—. ¿Estáis listo, Alteza Real?
— ¿Os marcháis? —preguntó Tomoyo.
—La vida de una cantante de ópera no es tan mágica como podéis pensar —respondió-La falta de sueño es un riesgo para mi voz.
—Entonces no os retendré. ¿Volveremos a vemos?
—Eso espero —Amathist aceptó el brazo del Príncipe y dejó que la escoltara fuera del salón.
Los músicos comenzaron a tocar el último vals en cuanto el Príncipe y la diva desaparecieron. Eriol llevó a Tomoyo a la pista de baile. Bailar entre sus brazos parecía algo tan natural como si lo hubieran hecho miles de veces.
— ¿Creéis que Amathist sabe quiénes fueron mis padres verdaderos? —le preguntó.
—Si sois inteligente, princesa, jamás le formuléis esa pregunta —fue la respuesta de Eriol, que la sorprendió—. Dicho conocimiento no enriquecerá vuestra vida.
Ella se negó a permitir que estropeara su buen humor.
-—Ha hablado como un hombre que sabe de dónde procede —se burló.
—Estáis en lo cierto —convino él—. No me es posible saber qué sentís porque no comparto vuestra experiencia.
Sus palabras volvieron a sorprenderla Tomoyo siempre había considerado a los miembros de la aristocracia como seres superficiales, pero el Marqués le demostraba que se equivocaba.
Al terminar la música los invitados comenzaron a marcharse, Eriol se quedó a su lado hasta que el último salió por la puerta. Solo el tío Charles se demoró, esperando a su sobrino en el salón.
— ¿Habéis disfrutado? —preguntó Eriol cuando se quedaron solos en el recibidor.
—La velada fue mejor de lo que había esperado —sonrió ella.
—Jamás pensé que no fuera otra cosa que un gran éxito —confesó.
—Os agradezco vuestra confianza —repuso.
Le tomó las manos y la miró a la cara.
—Lo que para mí haría que esta noche fuera perfecta sería un beso de despedida.
— ¿Y qué haríais si me negara? —sondeó perdiéndose en los ojos más azules que jamás había visto.
—Me tiraría desde el Puente de Londres. —Tomoyo ladeó la cabeza y lo observó con incredulidad—. De todos modos, os lo robaría —corrigió él.
—Eso suena más al Marqués que conozco —aceptó con una sonrisa.
Sin darle oportunidad de protestar, la envolvió en sus brazos. Mientras ella lo contemplaba, Eriol bajó la boca y le cubrió los labios con un beso prolongado, cuya pasión solo se vio mitigada por el hecho de que se hallaban en el vestíbulo.
—Bien —musitó él, apartándose—. En cuanto a mañana...
Tomoyo alzó la mano y apoyó un dedo en sus labios en un gesto de silencio.
—Lo que para mí haría que esta velada fuera perfecta es que os contuvierais de darme otra orden.
— ¿Para siempre?
—Me conformaré solo por esta noche.
—Princesa, vuestros deseos son órdenes para mí.
En ese momento el tío Charles entró en el recibidor.
—La noche salió extraordinariamente bien.
—Mañana vuestra hermana y vos seréis consideradas la crema de la nobleza, dos de las máximas bellezas de la temporada —informó Eriol.
—Creo que hasta Grosvenor Square quedará congestionada por el tráfico de vuestros visitantes —añadió el tío Charles.
—Dios me proteja —exclamó Tomoyo provocándoles una carcajada—. Dudo que exista suficiente harina en Inglaterra para calmarme si ello sucediera.
—Buenas noches, princesa. —Eriol se llevó su mano a los labios—. Que todos vuestros sueños sean placenteros.
Tomoyo comenzó a subir las escaleras, aunque sus pensamientos permanecieron con el Marqués. Eriol Hiragizawa era demasiado atractivo para su paz mental. En ocasiones, semejaba un príncipe salido de un cuento infantil, mas no podía evitar sentir que le ocultaba algo.
Desterró sus inquietudes mientras avanzaba por el corredor en dirección a sus aposentos. Rió en voz alta al recordar el absurdo de su inminente popularidad. Sin duda Grosvenor Square estaría desierta por la mañana.
Capítulo Décimo
¿Cuándo le vas a revelar a Sakura y a Tomoyo quién es su verdadero padre? —preguntó Eriol. Se sentó detrás delescritorio de caoba de su estudio y observó a su tío, quien se mostró incómodo bajo su penetrante mirada.
—Ese conocimiento no será de ninguna utilidad —repuso el tío Charles desviando la vista—. Ninguna de las jóvenes será reconocida jamás.
—Tomoyo anhela saber de dónde procede —indicó Eriol.
—Y tú anhelas retomar a tu patria —replicó Charles—. Yo anhelo ser veinte años más joven. Todos anhelamos algo, pero si pudiéramos alcanzar nuestras metas, anhelaríamos otra cosa.
Una llamada a la puerta atrajo su atención. Higgins y Razi entraron como si compitieran en una carrera entre los dos.
—Yo lo haré —le dijo Higgins al hombre pequeño—. Soy su mayordomo.
—Muy bien, yo me ocuparé del siguiente —aceptó Razi.
—El conde de Tunbridge solicita una entrevista —anunció Higgins con voz altanera.
—Dile que pase —ordenó Eriol. Miró a su tío con ojos desconcertados.
—Te dejaré con tuinvitado —manifestó el tío Charles, comenzando a ponerse de pie.
—Quédate donde estás —pidió Eriol—. Aún no hemos terminado. El conde de Tunbridge, un hombre de treinta años, entró en el estudio. Atravesó la estancia, le hizo un gesto con la cabeza al Duque y alargó la mano para estrechar la de Eriol.
—Por favor, sentaos —invitó este.
—No, gracias. No me quedaré mucho —rechazó el Conde, Eriol lo miró expectante—. Me gustaría recibir vuestro permiso para cortejar a Tomoyo Daidouji —anunció—. Os aseguro que mis intenciones son serias y honorables.
Eriol contempló a su tío, que exhibió una sonrisa que lo irritó.
—El duque de Clow es su tutor.
—Excelencia —el Conde se volvió hacia el Duque—, me gustaría recibir vuestro permiso para...
—No será necesario que os repitáis. —El tío Charles alzó una mano—. Tenéis mi permiso siempre y cuando la dama acepte vuestras atenciones.
—Os lo agradezco, Excelencia —dijo el Conde— Leed, que tengáis un buen día. —Con esas palabras, se marchó del estudio.
—Me gustaría que no lo hubierais hecho —señaló Eriol.
—Tú querías que Tomoyo conociera a otros hombres solteros —replicó Charles con voz sorprendida.
—No apruebo a Tunbridge.
— ¿Qué tiene de malo?
—Bebe demasiado.
—Oh, no lo sabía. —Luego se encogió de hombros—. Estoy convencido de que Tomoyo lo descartará.
—Por casualidad, ¿madame Amathist puede ser la madre de Tomoyo? —inquirió Eriol, cambiando bruscamente de tema.
— ¿Por qué lo piensas? —El tío Charles meneó la cabeza—. ¿Porque tienen el mismo color de ojos?
—No has respondido mi pregunta.
—No sé quién es la madre de Tomoyo —contestó el tío Charles, posando la vista en la ventana que daba al jardín.
Miente, decidió Eriol mientras lo observaba con expresión dura. El viejo sabía más de lo que jamás reconocería. Admiró la lealtad de su tío al guardar silencio, pero ese mismo silencio lo frustraba. Pensó que por el momento lo mejor era cambiar de tema.
—¿Qué piensas de Sakura y Li? —preguntó.
—Harán una excelente pareja —repuso el tío Charles visiblemente relajado—. Doy por hecho que Nakuru anima esa causa.
Eriol asintió. Antes de que pudiera hablar, una segunda llamada a la puerta lo distrajo.
—Debe ser Tsasaki Yamasaki —comentó—. Ya llega con una hora de retraso a nuestra cita.
—Lord Huntingdon solicita ser recibido —anunció Razi al entrar en el estudio.
Que pase. Miró con creciente irritación a su tío. El anciano sonreía, sin duda disfrutando de la situación.
El Barón, un hombre de veintiocho años, entró. Cruzó la estancia, hizo un gesto con la cabeza en dirección al Duque, y estrechó la mano de Eriol.
—Por favor, sentaos —dijo Eriol.
—No me quedaré mucho —rechazó el Barón.
Eriol miró a su tío y luego preguntó:
—Qué puedo hacer por vos, Huntingdon?
—Quiero vuestro permiso para cortejar a Tomoyo Daidouji.
—Entonces debéis hablar con el duque de Clow, ya que él es su tutor —informó.
—Excelencia... —El Barón se volvió hacia el Duque.
—Lo tenéis, siempre y cuando la dama acepte vuestras atenciones —interrumpió el tío Charles.
—Gracias, Excelencia —el Barón miró a Eriol—. Que tengáis buenos días, Leed —Se marchó del estudio.
Eriol miró a su tío con ojos entrecerrados en cuanto la puerta del estudio se cerró.
—Qué esperabas que hiciera? —preguntó el Duque.
—Podrías habérselo denegado.
—Qué tiene de malo Huntingdon? —Lo miró con expresión de incredulidad.
—Le gusta demasiado el juego.
—Oh, no lo sabía. —Pero se encogió de hombros— Tomoyo tiene una buena cabeza sobre los hombros. Estoy seguro de que lo descartará.
—Tomoyo se niega a casarse hasta que el nombre de su padre quede limpio. Quizá eso desanime a Tunbridge y Huntingdon.
—¿Cuáles son las posibilidades de limpiar el nombre de Harold? consultó su tío.
—Nadie se cuelga por accidente.
—Crees que Henry se suicidó?
—No he dicho eso —repuso Eriol—. He dicho que su muerte no fue accidental.
—Quieres dar a entender que Harold fue asesinado? —exclamó Charles impactado—. Harold Daidouji era un caballero afable de corazón generoso. No puedo imaginar que nadie lo quisiera ver muerto.
—Todo hombre tiene enemigos. —Una llamada a la puerta volvió a distraerlo—. Debe ser Yamasaki.
—El vizconde Lincoln solicita una entrevista —anunció Higgins al entrar, provocando una risita del Duque.
—Que pase —dijo Eriol con voz cansada y los ojos en blanco.
El vizconde Lincoln, un joven de veintidós años, pasó. Reconoció la presencia del Duque con una inclinación de la cabeza y luego se volvió hacia Eriol, quien alzó la mano en un gesto que pedía silencio.
—El duque de Clow es el tutor de Tomoyo.
—Excelencia —el Vizconde le dio la espalda a Eriol—solicito vuestro permiso para casarme con vuestra pupila, Tomoyo Daidouji.
—¿casaros? —repitió Charles.
—Correcto, Excelencia.
—Mi respuesta es no —replicó el tío Charles—pero os doy permiso para que la vayáis a ver.
—Con eso me basta por el momento. —Miró a Eriol—. Buenos días. En cuanto la puerta se cerró detrás del pretendiente, el Duque dijo.
—Imagino que también hay algo terriblemente desagradable con el Vizconde, ¿no?
—El muchacho es grosero.
¿Grosero? —repitió Charles.
—Una noche, durante un intervalo en la ópera, lo vi acomodarse sus partes íntimas -explicó Eriol.
—Bueno —su tío estalló en una carcajada—, siempre queda Edgar Briggs.
—No me gusta.
—Recuerda mis palabras, Tomoyo los desechará a todos —predijo el Duque—. ¿Encontrarás algún fallo en todos los caballeros que muestren interés en ella?
—Probablemente.
—Háblame del intento de asesinato —su tío cambió de tema.
—Alguien nos disparó a Yamasaki y a mí —repuso Eriol.
—Qué estas haciendo al respecto?
—He contratado a hombres para que investiguen a mis competidores profesionales —informó Eriol—. También he enviado un mensaje al Oriente a través del embajador Zaganos. Madre se ocupará de la posibilidad de una conexión oriental.
—¿Crees que es posible después de todos estos años?
—Alguien quizá haya descubierto que sobreviví a la infancia. —Se encogió de hombros—La mejor política es mostrarse minucioso.
—Estoy de acuerdo —asintió Charles.
De pronto se abrió la puerta para dar paso a Higgins. Dos pasos por detrás corría Razi, quejándose.
—Es mi turno.
—Ha llegado el duque de Kinross —anunció Higgins, sorteando al hombre pequeño.
—Bendito sea Alá —murmuró Eriol—. Que pase.
Con una amplia sonrisa, Tsasaki Yamasaki entró en el estudio. Le hizo un gesto con la cabeza al Duque y luego se sentó en uno de los sillones.
—Lamento llegar tarde.
—Hemos estado asediados por los que desean ser pretendientes de Tomoyo —indicó Eriol—El vizconde Lincoln tuvo la audacia de pedirla en matrimonio.
—Eso lo explica todo —manifestó Yamasaki—. La zona de Grosvenor Square está congestionada por el tráfico.
Eriol se incorporó del sillón dominado por un inusual ataque de celos.
—Siéntete como en casa —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Volveré en cuanto pueda.
—Adónde vas? —preguntó Yamasaki.
—A Grosvenor Square —respondió por encima del hombro. El sonido de la risa de su amigo y de su tío transformó sus celos en furia.
Ya es suficiente, pensó, culpando a Tomoyo por el número de hombres que la deseaban. Cierto es que prefería que se casara con él por propia voluntad, pero se negaba a hacer cola para obtener lo que era suyo por derecho.
Debatió si ir a pie a la casa de su tío, pero decidió que no debido al intento de asesinato que había sufrido. El trayecto en coche no debió haber consumido más de diez minutos. Veinte minutos más tarde el coche se hallaba atrapado en la congestión que había en Upper Brock Street.
Disgustado, abrió la puerta y bajó de un salto.
—Iré andando el resto del camino —le dijo a sus hombres—. Llevad el coche a casa.
—Yo os guardaré, mi príncipe —anunció Abdul al tiempo que descendía de un salto del asiento del conductor.
—Como desees —inclinó la cabeza.
Juntos caminaron con paso firme por la calle que conducía a Grosvenor Square. Varios aristócratas lo saludaron con la mano y, cuando entraron en la plaza, Eriol reconoció al vizconde Lincoln abandonando la casa de su tío y subiendo a su coche.
Subió las escaleras a la carrera y abrió la puerta sin llamar. Entró en el recibidor seguido de Abdul.
—Buenas tardes, milord —saludó Baxter.
Eriol le hizo un gesto al mayordomo de su tío y luego clavó la vista en la mesa de entrada que había contra la pared. Dos bandejas de plata estaban a rebosar con tarjetas de visita. Dio por sentado que una era para Tomoyo y la otra para Sakura.
—Las damas no reciben compañía hoy —informó Baxter—. Excepto el vizconde Wolferl y su tía, desde luego.
Eriol pensó que quizá había subestimado a Shaoran Li. El joven tenía suficiente inteligencia para superar a la competencia. Mientras a los demás visitantes se los había despedido, Li había usado a su tía para ganar el acceso a Sakura. Ciertamente el muchacho sería un gran cuñado.
—El salón? —preguntó Eriol.
—Sí, milord.
Dejando a Abdul en el recibidor, subió las escaleras y luego recorrió el pasillo de la primera planta. Se detuvo en seco al entrar en el salón. Todo el mundo menos Tomoyo se había reunido allí.
—Eriol, querido, ven a sentarte con nosotros —pidió Nakuru. Los saludó con un gesto seco y luego dio media vuelta para regresar al recibidor.
—Dónde está ella? —le gruñó al mayordomo.
—Ella, milord?
—Tomoyo, maldita sea.
—La condesa se encuentra en la cocina —informó Baxter.
—Por qué no me lo habrá dicho en primer lugar? —musitó mientras marchaba hacia la cocina.
—Lo habría hecho si me lo hubiera preguntado —se quejó Baxter en voz lo suficientemente alta para que la oyera Eriol.
Como un general invasor este irrumpió en la cocina, aunque se detuvo en el umbral. ¿Estaba enojado porque otros hombres habían encontrado atractiva a Tomoyo? Había bailado y coqueteado con muchos solteros la noche de la fiesta.
Tuvo que reconocer que estaba celoso. Y la sensación no le gustaba nada.
Al entrar la sobresaltó, haciendo que, asustada, girara en redondo. Winston, sentado al lado de la mesa, dio un salto y trató de lamerle la cara.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del perro lobo. Cuando el animal obedeció, añadió—. Buen chico. —Miró a Tomoyo y sonrió. Alargó la mano y con un dedo le limpió harina de la punta de la nariz—. ¿Qué estáis preparando?
—Tarta de coco.
—Debo suponer que algo os inquieta? —inquirió.
—Me siento acosada —respondió—. ¿Habéis visto la bandeja con tarjetas de visita en el recibidor?
-No lo noté –mintió - Imagino que es el precio que se paga por ser única.
—Gracias por el cumplido, pero no me considero única —comentó con una sonrisa—. La vida sería más apacible si fuera como todos.
—Si no os interesa ningún caballero —sugirió, sintiendo que los celos desaparecían-habrá otros en el próximo acto social.
—Todo lo contrario, varios caballeros me han resultado interesantes —lo sorprendió.
—¿Quiénes?
—El conde de Tunbridge me pareció agradable.
—Bebe demasiado.
—Lord Huntingdon fue encantador.
—Ya ha perdido una pequeña fortuna en las mesas de juego —informó él.
La expresión de Tomoyo comenzó a registrar irritación.
—El vizconde Lincoln ha sido amable.
—Es grosero. —Meneó la cabeza.
—Grosero? No puedo creer lo que oigo —exclamó—. Queríais que conociera a solteros y ahora desaprobáis a todo aquel que menciono. Es imposible que todos sean inapropiados, milord.
—Los hombres que habéis mencionado no están a vuestra altura. Venid a pasear a caballo conmigo mañana en Hyde Park.
—Ya tengo una cita para hacerlo con Edgar Briggs.
—Briggs es inadecuado, de modo que pasear con él es una pérdida de tiempo —replicó -Lo prohíbo.
—¿Lo prohibís? —Puso expresión de incrédulo enfado—. ¿Cómo os atrevéis a dictar lo que puedo hacer?
—Pasead conmigo pasado mañana —pidió, sin prestar atención a su furia.
—Le prometí al duque de Tunbridge que lo haría con él —repuso.
Celos e ira renacieron en Eriol.
—Nuestro acuerdo estipulaba que pasarais tiempo conmigo cada semana —le recordó.
—Y eso haré. Necesitáis acordar una cita.
—Me niego a hacer cola con vuestros admiradores —elevó la voz en proporción a la irritación que sentía.
—Como deseéis, milord —Tomoyo se rindió a sus exigencias—. Reservaré cada viernes para vos.
—Viernes? —estalló él—. Jamás salgo los viernes.
—Sí, lo sé. —Exhibió una sonrisa felina.
—Ponéis a prueba mi paciencia —advirtió con ojos entornados.
—¿Vos? ¿Paciente?
—Elegid un día —ordenó.
—Dejad que vea. —Se llevó un dedo a la sien derecha, como si necesitara concentrarse—. Mañana saldré con lord Briggs. El día siguiente pertenece al duque de Tunbridge. El otro lo tengo comprometido con lord Huntingdon, y está el vizconde Lincoln. —Sonrió con dulzura—. El día que mejor me va es el próximo sábado.
—¿Dentro de seis días? —Eriol prácticamente gritó, como si no pudiera creer lo que oía.
—Muy bien, milord —se burló ella, disfrutando de la sensación de disponer de ventaja por una vez—. Veo que conocéis los días de la semana.
—Princesa, el sarcasmo no os sienta bien. —Sin decir otra palabra abandonó la cocina.
Al llegar al vestíbulo, vio que su tía lo esperaba.
—Quiero hablar contigo —anunció Nakuru.
—¿De qué se trata? —gruñó.
—Has olvidado mantener plácida la expresión —comentó Nakuru con una sonrisa. A cambio, Eriol le lanzó una mirada de absoluto disgusto e intentó pasar a su lado—. Sé cómo hacer que Tomoyo vaya a tu lado —indicó su tía.
Se detuvo y giró despacio.
—No necesito consejos en lo referente a las mujeres —afirmó.
—Sí, ya veo el éxito que has tenido hoy. —Nakuru sonrió otra vez—. A este ritmo, Tomoyo y tú os casaréis el siglo que viene.
—Continúa —pidió después de observarla un rato.
—Oí a Tomoyo quejarse ante Sakura de Kaho Mitzuki —informó Nakuru—. Creo que sus palabras exactas fueron «esa bruja a desvergonzada».
—Y? —preguntó con sonrisa renuente.
—Al parecer, es susceptible a los celos —continuó su tía—. Te mantendré informado sobre su agenda para que tú te esfuerces en aparecer con Kaho donde esté.
—Consideraré tu oferta —inclinó la cabeza.
¿Quién se creía el Marqués que era?, pensó Tomoyo echando chispas a la mañana siguiente mientras se vestía para ir a montar con Edgar. Eriol Hiragizawa no era su tutor y no tenía derecho a prohibirle ver a nadie. Pensaba salir con todos los hombres que él considerara inapropiados y así le enseñaría una lección que tardaría en olvidar.
Se puso un vestido de lana de color zafiro con una capa con capucha a juego. Se cepilló el pelo y se lo recogió en un moño a la nuca.
Vamos, Winston —llamó, dirigiéndose a la puerta. El perro lobo la siguió fuera de su habitación y luego corrió por delante de ella para bajar hasta el recibidor.
Tomoyo sonrió al oír el gruñido ominoso del animal. Al parecer Edgar ya había llegado y la esperaba en el vestíbulo. Mientras descendía los últimos escalones, lo vio quieto como una estatua mientras Winston estaba plantado ante él gruñendo con desagrado.
—Sentado, Winston -ordenó con voz severa imitando al Marqués. Al instante el perro obedeció—. Forbes, llévatelo a la cocina para que coma algo.
—Sigo diciendo que ese perro es una amenaza —comentó Edgar cuando el animal se marchó con el mayordomo.
— Winston es más dulce que el pudín de almendras con salsa de chocolate —replicó ella.
El invierno lucía una expresión serena aquella mañana. La niebla parecía más ligera que de costumbre y Tomoyo creyó percibir un brillo más intenso en el cielo oriental donde tendría que haber estado el sol.
A los diez minutos Edgar introdujo el coche por Grosvenor Gate al interior de Hyde Park. Desde ahí, bajaron por el sendero que llevaba hasta Rotten Row. Varios caballeros que pasaban y a los que había conocido en su presentación en sociedad se quitaron el sombrero en gesto hacia Tomoyo y saludaron a Edgar.
Ella solo tuvo un mal momento. Cuando Edgar giró el coche para desandar el camino por el que habían avanzado, avistó a un hombre y a una mujer a caballo que marchaban en dirección a ellos. Se le hundió el corazón al darse cuenta de quiénes eran: Eriol y Kaho Mitzuki.
—Buenos días, Edgar —saludo Kaho cuando su caballo llegó a la altura de ellos—. Es agradable veros de nuevo, Tomoyo.
—Buenos días —dijo Edgar.
Por su parte, Eriol inclinó el sombrero ante Tomoyo y le hizo un gesto seco a Edgar. Ella alzó la nariz y se negó a reconocer a ninguno de los dos.
—Te dije que lady Foxtar y el Marqués eran amantes —recalcó Edgar después de haber dejado atrás a la pareja.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo, inexplicablemente perturbada por la visión de Eriol con aquella mujer—. Por favor, llévame a casa ahora.
A la mañana siguiente el duque de Tunbridge arribó con puntualidad a la cita. Tenía los ojos enrojecidos y a Tomoyo le pareció que su aliento olía a alcohol, pero estaba decidida a salir a pasear con él por el simple hecho de que Eriol lo había desaconsejado. Además, no sabía cómo romper una cita sin ofender a la otra parte. Se sintió aliviada de que el Duque no hubiera bebido lo suficiente como para embotar su habilidad como conductor y ponerla en peligro. Mientras regresaban por Rotten Row, una vez más vio a Eriol con Kaho Mitzuki. Cuando la vio, la pareja giró sus caballos y marchó en otra dirección.
Al verlos cabalgar juntos Tomoyo sintió unas punzadas de celos. ¿Al Marqués le importaba de verdad Kaho Mitzuki? En ese caso, ¿por qué se había molestado en mantener su compromiso con ella? ¿Acaso pensaba casarse con ella por un equivocado sentido de la lealtad hacia los deseos de su padre? No quería a un marido que amara a otra mujer.
—Anoche en White's brindé por el compromiso casi cerrado de Leed —comentó el duque de Tunbridge arrancándola de sus pensamientos—. No sé por qué no apreció mi gesto.
Tomoyo observó con más detenimiento al Duque. Eriol había tenido razón; al Duque le encantaba beber.
—Me duele la cabeza —anunció abatida deseando escapar—. Por favor, llevadme a casa ahora.
El miércoles por la mañana lord Huntingdon la escoltó en coche por Hyde Park. Siguieron la misma ruta tomada las dos mañanas anteriores.
Una vez más, Tomoyo vio a Eriol y a Kaho paseando juntos a caballo. Unos celos desbordados le inflamaron el pecho y le dificultaron la respiración.
—He apostado mucho dinero a favor de su boda —reveló el barón Huntingdon, inclinándose para susurrárselo al oído—. ¿Queréis apostar algo a favor de mi victoria?
Tomoyo giró la cabeza con gesto brusco para contemplar al Barón. Eriol había tenido razón; le encantaba jugar.
—Me duele la cabeza —le dijo—. Llevadme a casa, por favor.
Tomoyo no tenía cita para pasear por Hyde Park el jueves por la mañana, mas ello no le aportó ninguna paz. Al abrir The Times, encontró casi una columna entera dedicada al baile que lady Smythe había dado la noche anterior y a las actividades de Eriol y Kaho. El reportero incluso tuvo la audacia de especular sobre el tiempo que transcurriría antes de que el marqués de Leed y la condesa de Foxtar anunciaran su compromiso.
La ira que había estado hirviendo en el interior de Tomoyo adquirió toda su intensidad. ¿Cómo se atrevía el Marqués a escoltar a otra mujer por la ciudad cuando era su prometido y llevaba siéndolo los últimos quince años? El hecho de que le hubiera concedido tiempo para decidir si ella lo quería no le daba derecho a exhibirse con otra mujer.
Acompañada por su hermana y sus tías, aquella noche Tomoyo asistió a la ópera con el vizconde Lincoln. Eriol había tenido la amabilidad de prestarles su palco privado.
La ópera comenzó. En la oscuridad del teatro un movimiento a la derecha captó su atención. Miró de reojo al Vizconde y lo descubrió con la mano en la entrepierna. Aturdida y ofendida deseó marcharse, aunque permaneció donde estaba. ¿Qué motivos podía aducir para querer irse apenas comenzada la ópera? Con la atención clavada en el escenario, se negó a mirar al Vizconde, ni siquiera cuando este se dirigía a ella.
Entonces llegó el intermedio. Del otro lado del teatro Eriol estaba sentado junto a Kaho Mitzuki. Verlos juntos otra vez fue más de lo que pudo tolerar.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo levantándose con brusquedad de la silla—. Me iré a casa y os enviaré de vuelta el coche.
—Yo os escoltaré —dijo el Vizconde, amagando con ponerse de pie.
—No, no lo haréis —denegó ella. Ocultó el desliz de sus buenos modales con una sonrisa—. Quedaos a disfrutar. Por la mañana me sen- tiré bien.
—Has sufrido varios dolores de cabeza esta semana —comentó Nakuru—. Creo que deberías ver al médico.
—Lo hablaremos por la mañana —se excusó ella y escapó del palco.
Veinte minutos más tarde entraba en la casa de Grosvenor Square. Con el corazón atribulado, subió las escaleras hasta sus aposentos en la segunda planta y se sentó delante de la chimenea. Winston le lamió la mano, como si percibiera su estado de ánimo.
Despechada, pensó que Eriol HIragizawa se comportaba como si careciera de prometida. Debió verlo por lo que era desde el principio... un truhán de primer orden.
Bajó la vista al anillo que le había regalado y decidió que no significaba nada. Se lo quitó y lo dejó en un cajón de la cómoda.
Sintió el impulso casi abrumador de ponerse a cocinar, pero se contuvo. Lo haría al día siguiente.
Tras una noche inquieta, se levantó temprano y se puso un sencillo vestido de muselina. Deseó que no le hubieran guardado sus vestidos de luto ya que la lobreguez del negro encajaba con su humor.
Dejó la habitación y en compañía de Winston bajó al vestíbulo. En ese momento Baxter abría la puerta de entrada para dejar pasar a alguien. El perro lobo ladró y corrió hacia el recién llegado.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del animal—. Buen chico.
Tomoyo miró al Marqués y ni se molestó en saludarlo. Avanzó por el pasillo en dirección al comedor.
—Tomoyo —llamó él.
Ella se detuvo y, sin molestarse en girar, dijo.
—¿Sí, milord?
—Miradme, por favor. —Despacio dio media vuelta. Él tendría que haber sido ciego para no reconocer su expresión gélida—. Poneos la capa —ordenó—. Esta mañana iremos a pasear por Hyde Park.
—Pensaba que no salíais los viernes —enarcó una ceja.
—Hago una excepción por vos —replicó.
—Tengo una cita previa con lord Briggs —mintió—. Pasear con vos me es imposible esta mañana.
—Cuando llegue el Barón, despídelo —instruyó Eriol al mayordomo—. Dile que lady Tomoyo hoy no se siente muy bien. —Entonces comenzó a avanzar hacia ella. Parecía un hombre con una misión.
De forma instintiva ella retrocedió un paso, pero él le asió la muñeca y la obligó a marchar por el pasillo hacia el estudio. Tomoyo podía elegir acompañarlo por propia voluntad o luchar con él delante de los criados.
—Dónde está el anillo? —demandó. Ella no prestó atención a la pregunta—. Aguardo una explicación.
—¿Dónde está Kaho Mitzuki? —Inquirió Tomoyo—. Creía que los dos estabais unidos por las caderas. Los chismes que corren sobre vosotros me resultan nauseabundos.
—Y a mí también —convino Eriol—. Sin embargo, no estamos aquí para hablar de mi falta de moral.
—Dais a entender que a mí me falta fibra moral? —exigió con los ojos amatistas centelleando de furia.
—Pasear con un hombre distinto cada mañana provocará rumores —indicó él—. Vuestra conducta es improcedente como futura duquesa de Clow.
—Para que me convierta en duquesa de Clow necesitaría ser vuestra esposa —dijo ella.
—La cuestión es que algún día lo seréis —repuso Eriol.
—Arrogante y desleal... no me casaría con vos ni aunque fuerais el último hombre de Inglaterra —gritó Tomoyo, buscando un insulto peor que soltarle.
—Princesa, estamos casados.
—No me gusta.
—Recuerda mis palabras, Tomoyo los desechará a todos —predijo el Duque—. ¿Encontrarás algún fallo en todos los caballeros que muestren interés en ella?
—Probablemente.
—Háblame del intento de asesinato —su tío cambió de tema.
—Alguien nos disparó a Yamasaki y a mí —repuso Eriol.
—Qué estas haciendo al respecto?
—He contratado a hombres para que investiguen a mis competidores profesionales —informó Eriol—. También he enviado un mensaje al Oriente a través del embajador Zaganos. Madre se ocupará de la posibilidad de una conexión oriental.
—¿Crees que es posible después de todos estos años?
—Alguien quizá haya descubierto que sobreviví a la infancia. —Se encogió de hombros—La mejor política es mostrarse minucioso.
—Estoy de acuerdo —asintió Charles.
De pronto se abrió la puerta para dar paso a Higgins. Dos pasos por detrás corría Razi, quejándose.
—Es mi turno.
—Ha llegado el duque de Kinross —anunció Higgins, sorteando al hombre pequeño.
—Bendito sea Alá —murmuró Eriol—. Que pase.
Con una amplia sonrisa, Tsasaki Yamasaki entró en el estudio. Le hizo un gesto con la cabeza al Duque y luego se sentó en uno de los sillones.
—Lamento llegar tarde.
—Hemos estado asediados por los que desean ser pretendientes de Tomoyo —indicó Eriol—El vizconde Lincoln tuvo la audacia de pedirla en matrimonio.
—Eso lo explica todo —manifestó Yamasaki—. La zona de Grosvenor Square está congestionada por el tráfico.
Eriol se incorporó del sillón dominado por un inusual ataque de celos.
—Siéntete como en casa —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Volveré en cuanto pueda.
—Adónde vas? —preguntó Yamasaki.
—A Grosvenor Square —respondió por encima del hombro. El sonido de la risa de su amigo y de su tío transformó sus celos en furia.
Ya es suficiente, pensó, culpando a Tomoyo por el número de hombres que la deseaban. Cierto es que prefería que se casara con él por propia voluntad, pero se negaba a hacer cola para obtener lo que era suyo por derecho.
Debatió si ir a pie a la casa de su tío, pero decidió que no debido al intento de asesinato que había sufrido. El trayecto en coche no debió haber consumido más de diez minutos. Veinte minutos más tarde el coche se hallaba atrapado en la congestión que había en Upper Brock Street.
Disgustado, abrió la puerta y bajó de un salto.
—Iré andando el resto del camino —le dijo a sus hombres—. Llevad el coche a casa.
—Yo os guardaré, mi príncipe —anunció Abdul al tiempo que descendía de un salto del asiento del conductor.
—Como desees —inclinó la cabeza.
Juntos caminaron con paso firme por la calle que conducía a Grosvenor Square. Varios aristócratas lo saludaron con la mano y, cuando entraron en la plaza, Eriol reconoció al vizconde Lincoln abandonando la casa de su tío y subiendo a su coche.
Subió las escaleras a la carrera y abrió la puerta sin llamar. Entró en el recibidor seguido de Abdul.
—Buenas tardes, milord —saludó Baxter.
Eriol le hizo un gesto al mayordomo de su tío y luego clavó la vista en la mesa de entrada que había contra la pared. Dos bandejas de plata estaban a rebosar con tarjetas de visita. Dio por sentado que una era para Tomoyo y la otra para Sakura.
—Las damas no reciben compañía hoy —informó Baxter—. Excepto el vizconde Wolferl y su tía, desde luego.
Eriol pensó que quizá había subestimado a Shaoran Li. El joven tenía suficiente inteligencia para superar a la competencia. Mientras a los demás visitantes se los había despedido, Li había usado a su tía para ganar el acceso a Sakura. Ciertamente el muchacho sería un gran cuñado.
—El salón? —preguntó Eriol.
—Sí, milord.
Dejando a Abdul en el recibidor, subió las escaleras y luego recorrió el pasillo de la primera planta. Se detuvo en seco al entrar en el salón. Todo el mundo menos Tomoyo se había reunido allí.
—Eriol, querido, ven a sentarte con nosotros —pidió Nakuru. Los saludó con un gesto seco y luego dio media vuelta para regresar al recibidor.
—Dónde está ella? —le gruñó al mayordomo.
—Ella, milord?
—Tomoyo, maldita sea.
—La condesa se encuentra en la cocina —informó Baxter.
—Por qué no me lo habrá dicho en primer lugar? —musitó mientras marchaba hacia la cocina.
—Lo habría hecho si me lo hubiera preguntado —se quejó Baxter en voz lo suficientemente alta para que la oyera Eriol.
Como un general invasor este irrumpió en la cocina, aunque se detuvo en el umbral. ¿Estaba enojado porque otros hombres habían encontrado atractiva a Tomoyo? Había bailado y coqueteado con muchos solteros la noche de la fiesta.
Tuvo que reconocer que estaba celoso. Y la sensación no le gustaba nada.
Al entrar la sobresaltó, haciendo que, asustada, girara en redondo. Winston, sentado al lado de la mesa, dio un salto y trató de lamerle la cara.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del perro lobo. Cuando el animal obedeció, añadió—. Buen chico. —Miró a Tomoyo y sonrió. Alargó la mano y con un dedo le limpió harina de la punta de la nariz—. ¿Qué estáis preparando?
—Tarta de coco.
—Debo suponer que algo os inquieta? —inquirió.
—Me siento acosada —respondió—. ¿Habéis visto la bandeja con tarjetas de visita en el recibidor?
-No lo noté –mintió - Imagino que es el precio que se paga por ser única.
—Gracias por el cumplido, pero no me considero única —comentó con una sonrisa—. La vida sería más apacible si fuera como todos.
—Si no os interesa ningún caballero —sugirió, sintiendo que los celos desaparecían-habrá otros en el próximo acto social.
—Todo lo contrario, varios caballeros me han resultado interesantes —lo sorprendió.
—¿Quiénes?
—El conde de Tunbridge me pareció agradable.
—Bebe demasiado.
—Lord Huntingdon fue encantador.
—Ya ha perdido una pequeña fortuna en las mesas de juego —informó él.
La expresión de Tomoyo comenzó a registrar irritación.
—El vizconde Lincoln ha sido amable.
—Es grosero. —Meneó la cabeza.
—Grosero? No puedo creer lo que oigo —exclamó—. Queríais que conociera a solteros y ahora desaprobáis a todo aquel que menciono. Es imposible que todos sean inapropiados, milord.
—Los hombres que habéis mencionado no están a vuestra altura. Venid a pasear a caballo conmigo mañana en Hyde Park.
—Ya tengo una cita para hacerlo con Edgar Briggs.
—Briggs es inadecuado, de modo que pasear con él es una pérdida de tiempo —replicó -Lo prohíbo.
—¿Lo prohibís? —Puso expresión de incrédulo enfado—. ¿Cómo os atrevéis a dictar lo que puedo hacer?
—Pasead conmigo pasado mañana —pidió, sin prestar atención a su furia.
—Le prometí al duque de Tunbridge que lo haría con él —repuso.
Celos e ira renacieron en Eriol.
—Nuestro acuerdo estipulaba que pasarais tiempo conmigo cada semana —le recordó.
—Y eso haré. Necesitáis acordar una cita.
—Me niego a hacer cola con vuestros admiradores —elevó la voz en proporción a la irritación que sentía.
—Como deseéis, milord —Tomoyo se rindió a sus exigencias—. Reservaré cada viernes para vos.
—Viernes? —estalló él—. Jamás salgo los viernes.
—Sí, lo sé. —Exhibió una sonrisa felina.
—Ponéis a prueba mi paciencia —advirtió con ojos entornados.
—¿Vos? ¿Paciente?
—Elegid un día —ordenó.
—Dejad que vea. —Se llevó un dedo a la sien derecha, como si necesitara concentrarse—. Mañana saldré con lord Briggs. El día siguiente pertenece al duque de Tunbridge. El otro lo tengo comprometido con lord Huntingdon, y está el vizconde Lincoln. —Sonrió con dulzura—. El día que mejor me va es el próximo sábado.
—¿Dentro de seis días? —Eriol prácticamente gritó, como si no pudiera creer lo que oía.
—Muy bien, milord —se burló ella, disfrutando de la sensación de disponer de ventaja por una vez—. Veo que conocéis los días de la semana.
—Princesa, el sarcasmo no os sienta bien. —Sin decir otra palabra abandonó la cocina.
Al llegar al vestíbulo, vio que su tía lo esperaba.
—Quiero hablar contigo —anunció Nakuru.
—¿De qué se trata? —gruñó.
—Has olvidado mantener plácida la expresión —comentó Nakuru con una sonrisa. A cambio, Eriol le lanzó una mirada de absoluto disgusto e intentó pasar a su lado—. Sé cómo hacer que Tomoyo vaya a tu lado —indicó su tía.
Se detuvo y giró despacio.
—No necesito consejos en lo referente a las mujeres —afirmó.
—Sí, ya veo el éxito que has tenido hoy. —Nakuru sonrió otra vez—. A este ritmo, Tomoyo y tú os casaréis el siglo que viene.
—Continúa —pidió después de observarla un rato.
—Oí a Tomoyo quejarse ante Sakura de Kaho Mitzuki —informó Nakuru—. Creo que sus palabras exactas fueron «esa bruja a desvergonzada».
—Y? —preguntó con sonrisa renuente.
—Al parecer, es susceptible a los celos —continuó su tía—. Te mantendré informado sobre su agenda para que tú te esfuerces en aparecer con Kaho donde esté.
—Consideraré tu oferta —inclinó la cabeza.
¿Quién se creía el Marqués que era?, pensó Tomoyo echando chispas a la mañana siguiente mientras se vestía para ir a montar con Edgar. Eriol Hiragizawa no era su tutor y no tenía derecho a prohibirle ver a nadie. Pensaba salir con todos los hombres que él considerara inapropiados y así le enseñaría una lección que tardaría en olvidar.
Se puso un vestido de lana de color zafiro con una capa con capucha a juego. Se cepilló el pelo y se lo recogió en un moño a la nuca.
Vamos, Winston —llamó, dirigiéndose a la puerta. El perro lobo la siguió fuera de su habitación y luego corrió por delante de ella para bajar hasta el recibidor.
Tomoyo sonrió al oír el gruñido ominoso del animal. Al parecer Edgar ya había llegado y la esperaba en el vestíbulo. Mientras descendía los últimos escalones, lo vio quieto como una estatua mientras Winston estaba plantado ante él gruñendo con desagrado.
—Sentado, Winston -ordenó con voz severa imitando al Marqués. Al instante el perro obedeció—. Forbes, llévatelo a la cocina para que coma algo.
—Sigo diciendo que ese perro es una amenaza —comentó Edgar cuando el animal se marchó con el mayordomo.
— Winston es más dulce que el pudín de almendras con salsa de chocolate —replicó ella.
El invierno lucía una expresión serena aquella mañana. La niebla parecía más ligera que de costumbre y Tomoyo creyó percibir un brillo más intenso en el cielo oriental donde tendría que haber estado el sol.
A los diez minutos Edgar introdujo el coche por Grosvenor Gate al interior de Hyde Park. Desde ahí, bajaron por el sendero que llevaba hasta Rotten Row. Varios caballeros que pasaban y a los que había conocido en su presentación en sociedad se quitaron el sombrero en gesto hacia Tomoyo y saludaron a Edgar.
Ella solo tuvo un mal momento. Cuando Edgar giró el coche para desandar el camino por el que habían avanzado, avistó a un hombre y a una mujer a caballo que marchaban en dirección a ellos. Se le hundió el corazón al darse cuenta de quiénes eran: Eriol y Kaho Mitzuki.
—Buenos días, Edgar —saludo Kaho cuando su caballo llegó a la altura de ellos—. Es agradable veros de nuevo, Tomoyo.
—Buenos días —dijo Edgar.
Por su parte, Eriol inclinó el sombrero ante Tomoyo y le hizo un gesto seco a Edgar. Ella alzó la nariz y se negó a reconocer a ninguno de los dos.
—Te dije que lady Foxtar y el Marqués eran amantes —recalcó Edgar después de haber dejado atrás a la pareja.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo, inexplicablemente perturbada por la visión de Eriol con aquella mujer—. Por favor, llévame a casa ahora.
A la mañana siguiente el duque de Tunbridge arribó con puntualidad a la cita. Tenía los ojos enrojecidos y a Tomoyo le pareció que su aliento olía a alcohol, pero estaba decidida a salir a pasear con él por el simple hecho de que Eriol lo había desaconsejado. Además, no sabía cómo romper una cita sin ofender a la otra parte. Se sintió aliviada de que el Duque no hubiera bebido lo suficiente como para embotar su habilidad como conductor y ponerla en peligro. Mientras regresaban por Rotten Row, una vez más vio a Eriol con Kaho Mitzuki. Cuando la vio, la pareja giró sus caballos y marchó en otra dirección.
Al verlos cabalgar juntos Tomoyo sintió unas punzadas de celos. ¿Al Marqués le importaba de verdad Kaho Mitzuki? En ese caso, ¿por qué se había molestado en mantener su compromiso con ella? ¿Acaso pensaba casarse con ella por un equivocado sentido de la lealtad hacia los deseos de su padre? No quería a un marido que amara a otra mujer.
—Anoche en White's brindé por el compromiso casi cerrado de Leed —comentó el duque de Tunbridge arrancándola de sus pensamientos—. No sé por qué no apreció mi gesto.
Tomoyo observó con más detenimiento al Duque. Eriol había tenido razón; al Duque le encantaba beber.
—Me duele la cabeza —anunció abatida deseando escapar—. Por favor, llevadme a casa ahora.
El miércoles por la mañana lord Huntingdon la escoltó en coche por Hyde Park. Siguieron la misma ruta tomada las dos mañanas anteriores.
Una vez más, Tomoyo vio a Eriol y a Kaho paseando juntos a caballo. Unos celos desbordados le inflamaron el pecho y le dificultaron la respiración.
—He apostado mucho dinero a favor de su boda —reveló el barón Huntingdon, inclinándose para susurrárselo al oído—. ¿Queréis apostar algo a favor de mi victoria?
Tomoyo giró la cabeza con gesto brusco para contemplar al Barón. Eriol había tenido razón; le encantaba jugar.
—Me duele la cabeza —le dijo—. Llevadme a casa, por favor.
Tomoyo no tenía cita para pasear por Hyde Park el jueves por la mañana, mas ello no le aportó ninguna paz. Al abrir The Times, encontró casi una columna entera dedicada al baile que lady Smythe había dado la noche anterior y a las actividades de Eriol y Kaho. El reportero incluso tuvo la audacia de especular sobre el tiempo que transcurriría antes de que el marqués de Leed y la condesa de Foxtar anunciaran su compromiso.
La ira que había estado hirviendo en el interior de Tomoyo adquirió toda su intensidad. ¿Cómo se atrevía el Marqués a escoltar a otra mujer por la ciudad cuando era su prometido y llevaba siéndolo los últimos quince años? El hecho de que le hubiera concedido tiempo para decidir si ella lo quería no le daba derecho a exhibirse con otra mujer.
Acompañada por su hermana y sus tías, aquella noche Tomoyo asistió a la ópera con el vizconde Lincoln. Eriol había tenido la amabilidad de prestarles su palco privado.
La ópera comenzó. En la oscuridad del teatro un movimiento a la derecha captó su atención. Miró de reojo al Vizconde y lo descubrió con la mano en la entrepierna. Aturdida y ofendida deseó marcharse, aunque permaneció donde estaba. ¿Qué motivos podía aducir para querer irse apenas comenzada la ópera? Con la atención clavada en el escenario, se negó a mirar al Vizconde, ni siquiera cuando este se dirigía a ella.
Entonces llegó el intermedio. Del otro lado del teatro Eriol estaba sentado junto a Kaho Mitzuki. Verlos juntos otra vez fue más de lo que pudo tolerar.
—Me duele la cabeza —anunció Tomoyo levantándose con brusquedad de la silla—. Me iré a casa y os enviaré de vuelta el coche.
—Yo os escoltaré —dijo el Vizconde, amagando con ponerse de pie.
—No, no lo haréis —denegó ella. Ocultó el desliz de sus buenos modales con una sonrisa—. Quedaos a disfrutar. Por la mañana me sen- tiré bien.
—Has sufrido varios dolores de cabeza esta semana —comentó Nakuru—. Creo que deberías ver al médico.
—Lo hablaremos por la mañana —se excusó ella y escapó del palco.
Veinte minutos más tarde entraba en la casa de Grosvenor Square. Con el corazón atribulado, subió las escaleras hasta sus aposentos en la segunda planta y se sentó delante de la chimenea. Winston le lamió la mano, como si percibiera su estado de ánimo.
Despechada, pensó que Eriol HIragizawa se comportaba como si careciera de prometida. Debió verlo por lo que era desde el principio... un truhán de primer orden.
Bajó la vista al anillo que le había regalado y decidió que no significaba nada. Se lo quitó y lo dejó en un cajón de la cómoda.
Sintió el impulso casi abrumador de ponerse a cocinar, pero se contuvo. Lo haría al día siguiente.
Tras una noche inquieta, se levantó temprano y se puso un sencillo vestido de muselina. Deseó que no le hubieran guardado sus vestidos de luto ya que la lobreguez del negro encajaba con su humor.
Dejó la habitación y en compañía de Winston bajó al vestíbulo. En ese momento Baxter abría la puerta de entrada para dejar pasar a alguien. El perro lobo ladró y corrió hacia el recién llegado.
—Sentado, Winston —ordenó Eriol, palmeando la cabeza del animal—. Buen chico.
Tomoyo miró al Marqués y ni se molestó en saludarlo. Avanzó por el pasillo en dirección al comedor.
—Tomoyo —llamó él.
Ella se detuvo y, sin molestarse en girar, dijo.
—¿Sí, milord?
—Miradme, por favor. —Despacio dio media vuelta. Él tendría que haber sido ciego para no reconocer su expresión gélida—. Poneos la capa —ordenó—. Esta mañana iremos a pasear por Hyde Park.
—Pensaba que no salíais los viernes —enarcó una ceja.
—Hago una excepción por vos —replicó.
—Tengo una cita previa con lord Briggs —mintió—. Pasear con vos me es imposible esta mañana.
—Cuando llegue el Barón, despídelo —instruyó Eriol al mayordomo—. Dile que lady Tomoyo hoy no se siente muy bien. —Entonces comenzó a avanzar hacia ella. Parecía un hombre con una misión.
De forma instintiva ella retrocedió un paso, pero él le asió la muñeca y la obligó a marchar por el pasillo hacia el estudio. Tomoyo podía elegir acompañarlo por propia voluntad o luchar con él delante de los criados.
—Dónde está el anillo? —demandó. Ella no prestó atención a la pregunta—. Aguardo una explicación.
—¿Dónde está Kaho Mitzuki? —Inquirió Tomoyo—. Creía que los dos estabais unidos por las caderas. Los chismes que corren sobre vosotros me resultan nauseabundos.
—Y a mí también —convino Eriol—. Sin embargo, no estamos aquí para hablar de mi falta de moral.
—Dais a entender que a mí me falta fibra moral? —exigió con los ojos amatistas centelleando de furia.
—Pasear con un hombre distinto cada mañana provocará rumores —indicó él—. Vuestra conducta es improcedente como futura duquesa de Clow.
—Para que me convierta en duquesa de Clow necesitaría ser vuestra esposa —dijo ella.
—La cuestión es que algún día lo seréis —repuso Eriol.
—Arrogante y desleal... no me casaría con vos ni aunque fuerais el último hombre de Inglaterra —gritó Tomoyo, buscando un insulto peor que soltarle.
—Princesa, estamos casados.
