Konoha

La gente siempre dice que no se debe hablar del diablo porque, al hacerlo, se puede atraer su ardiente atención. Por eso, muy pocas personas, ya sean civiles o shinobis hablaban de Sasuke Uchiha, el lider del clan Uchiha.

Sin embargo, lady Hinata Hyūga oculta en las sombras de medianoche, a escasa distancia de la residencia de él, no podía negar que se había sentido fascinada por el conde Diablo desde que éste se atrevió a presentarse en un pequeño festival privado al que no había sido invitado.

No bailó con nadie. No habló con nadie. Se limitó a pasear por el salón con actitud de estar evaluando a todos los presentes y acabar decidiendo que ninguno tenía el menor interés.

Lo que más la inquietó fue que el conde posó su mirada sobre ella, demorándose uno o dos segundos más de lo apropiado. Hinata no parpadeó ni apartó la vista, aunque tuvo que esforzarse mucho por no hacer ninguna de las dos cosas; consiguió sostenerle la mirada con todo el inocente descaro de que es capaz una joven de diecisiete años.

Se enorgulleció de conseguir que fuese él el primero en dejar de mirar. Pero no antes de que sus desconcertantes ojos negros se oscurecieran aún más y parecieran arder desde las fieras profundidades del infierno del que se decía que había salido.

Muy pocos creían que fuese el legítimo heredero, pero nadie se había atrevido jamás a cuestionarlo. A fin de cuentas, todo el mundo sabía que era muy capaz de cometer un asesinato. Él nunca se había molestado en negar que hubiese matado al único hijo y heredero del anterior lider.

Aquella noche, cuando se presentó en el festival, pareció que hasta el último de los invitados contuviera el aliento; daba la sensación de que todos estuviesen esperando a ver dónde iba a golpear o sobre quién iba a volcar su rabia. Por aquel entonces, todos sabían ya que no era un hombre de buen carácter, por lo que sólo se podía asumir que había acudido allí con algún vil propósito en mente. Seguro que era consciente de que ninguna de las kunoichis presentes se atrevería a arriesgar su reputación bailando con el lider Uchiha, y que ningún ninja permitiría que se cuestionase su respetabilidad conversando abiertamente y de buen grado con él en un lugar tan público.

Poco después, se marchó caminando con tranquilidad, como si estuviese buscando a alguien y, al no encontrarlo, decidiese que el resto de los presentes no valían la pena.

Eso fue lo que más irritó a Hinata.

Para su inmensa vergüenza, debía admitir que había deseado desesperadamente bailar con él, que la cogiera entre sus brazos y pudiera contemplar una vez más aquellos ardientes ojos negros que incluso en esos momentos, cinco años después, seguían hechizando sus sueños.

La húmeda niebla espesaba, y Hinata se subió la capucha de la capa para entrar en calor mientras estudiaba la residencia del líder Uchiha con detenimiento, en busca de alguna pista que le indicase que él estaba en casa. No estaba segura de que la fascinación que sentía fuese demasiado inocente. En realidad, estaba bastante segura de que no lo era.

No podía decir con exactitud qué era lo que tanto le interesaba de aquel hombre, lo único que sabía era que se sentía irremediablemente atraída por él. A escondidas, sin que su familia lo supiese, tras su primer encuentro, se había atrevido incluso a enviarle invitaciones para sus bailes y cenas que un sirviente de la más absoluta confianza le entregaba en mano. El lider de clan jamás se había molestado en dar las gracias, ni en asistir a ninguna de sus reuniones.

Por lo que Hinata sabía, aparte de la noche del baile en que ella lo había visto por primera vez, jamás había vuelto a hacer acto de presencia en ningún otro evento social. No era ningún secreto que no era bien recibido en las mejores casas de clan, por lo que se sentía bastante insultada de que rechazase sus intentos de incluirlo en su vida. Aunque Hinata debía admitir que los motivos por los que quería conseguir tal propósito eran bastante egoístas y no enteramente respetables.

Ahora ya no se podía permitir el lujo de intentar acceder a él mediante hermosas invitaciones en relieve. Estaba decidida a hablar con el Uchiha, y si no podía hacerlo en la seguridad de un salón lleno de gente, entonces lo haría en la privacidad de la propia residencia de éste.

Un escalofrío le recorrió la espalda; intentó atribuirlo al frío de la niebla, más que a su propia cobardía. Llevaba bastante tiempo esperando entre las sombras y la humedad la había calado hasta los huesos. Si no se acercaba pronto a aquella puerta, al final sería incapaz de dejar de temblar y su plan fracasaría. Tenía que aparentar que hablar con él no le suponía ningún problema, si no, sólo se ganaría su desdén y eso no le serviría para nada.

Miró a su alrededor con cautela. Era muy tarde y todo estaba tan tranquilo que resultaba inquietante.

Nadie debía verla delante de aquella puerta; nadie debía enterarse de su escandalosa visita a medianoche. Su reputación tenía que salir intacta de aquel encuentro. Sin embargo, seguía dudando. Sabía que una vez que pusiera los pies en el sendero ya no habría vuelta atrás, pero no veía ninguna otra alternativa.

Salió a la calle con renovada decisión y echó a andar hacia la casa con el temor de que, antes de que acabase la noche, su reputación fuese lo único que el lider Diablo no hubiese tocado.

Nadie se atrevería a afirmar que Sasuke Uchiha, líder de ese prestigioso clan, fuese un cobarde. No obstante, sentado a la mesa de juego, sólo él sabía la verdad. Estaba allí porque no tenía el valor de declararle su amor a la adorable Karin Uzumaki. Había acudido aquella noche al Konoha's Club con la única intención de pedir su mano en matrimonio y, justo antes de llegar a la puerta del despacho donde ella llevaba las cuentas del Konoha's club, decidió darse una rápida vuelta por las mesas de juego. Su intención era esperar a que dejaran de temblarle las manos y poder ensayar una vez más las palabras que había estado practicando.

De eso hacía ya seis horas.

Podía intentar justificar su retraso diciéndose que estaba ganando. Pero lo cierto era que siempre ganaba.

Se repartió la siguiente mano. Miró rápidamente las cartas que le habían tocado. Pero no era eso lo que le aseguraba la victoria, sino su habilidad para determinar con precisión el juego que tenían los demás caballeros.

El lider del clan Akimichi, Chōza Akimichi, abría ligeramente los ojos cuando tenía buena mano; como sorprendido de su buena suerte. En esa ronda los tenía notablemente cerrados. El lider del clan Yamanaka, Inoichi Yamanaka, no paraba de recolocar sus cartas si no acababa de sentirse satisfecho con el resultado. El lider del clan Nara, Shikaku Nara, siempre le daba un trago a su Sake cuando estaba contento con lo que le había tocado, pero en esos momentos el contenido de su copa permanecía intacto. El hijo mayor del Hokage, Asuma Sarutobi, se inclinaba hacia adelante cuando creía que iba a ganar, como preparándose para saltar sobre las ganancias; pero en cambio se echaba hacia atrás cuando el resultado era dudoso. En ese instante parecía a punto de escurrirse de la silla y caerse al suelo. Tenía unas cartas monstruosamente malas, que sin duda creía que no lo beneficiaban.

La partida continuó y cada uno de ellos fue apostando o pasando. Cuando concluyó el reparto de brag y los demás lores empezaron a gruñir o removerse, él reunió sus ganancias y las añadió a las demás fichas de madera que ya había obtenido antes, y que tenía apiladas delante.

—Caballeros, creo que ya es suficiente por hoy —anunció, levantándose de la silla.

Un niño, vestido con el uniforme púrpura por el que el Konoha's club era tan conocido, corrió hacia él con un cuenco de cobre en las manos. Lo sostuvo junto al borde de la mesa y esperó mientras el lider Uchiha dejaba caer en él sus abundantes ganancias.

—Vamos, Uchiha — dijo Asuma—, no está siendo nada deportivo. Por lo menos, debería darnos la oportunidad de recuperar lo que hemos perdido.

Sasuke se sacó una corona del bolsillo y se la dio al chico, al tiempo que cogía el cuenco que éste sostenía. El crío, que no debía de tener más de ocho años, se tocó la ceja con la punta de los dedos en señal de agradecimiento y se marchó.

—Ya les he dedicado la mayor parte de la noche, caballeros. Confíen en mí cuando les aseguro que será mejor para ustedes que me retire.

Sus compañeros de juego protestaron un poco más, pero el Uchiha sabía que no se sentían muy apenados de verlo marchar. Los ponía nerviosos. Aunque no mucho más de lo que ellos lo ponían a él. Pero ése era su secreto. Al contrario que ellos, el lider Uchiha jamás revelaba sus emociones, pensamientos o sentimientos. Ni siquiera cuando se trataba de Karin. Dudaba mucho que ella supiese el gran afecto que le tenía.

Pasó por la ventanilla de cambio, canjeó sus fichas por monedas y se deleitó con el peso que notó que ganaba el cuenco.

Mientras recorría el club, pensó que Karin ya se habría retirado a descansar y, en ese caso, tendría que esperar al día siguiente para confesarle sus sentimientos. Sin embargo, cuando se acercó a la parte de atrás, vio que la puerta de su despacho estaba abierta. Lo más normal hubiese sido que el dueño estuviese allí. Éste dormía aún menos que él. Pero ¿y si no era el dueño? Claybourne tenía ganas de acabar de una vez con aquel asunto, de modo que recorrió el pasillo y asomó la cabeza por la puerta.

Y allí estaba ella, la adorable Karin. Se había recogido su rojizo pelo en un perfecto moño y la constelación de pecas que le adornaba la nariz y las mejillas apenas era visible a la luz del quinqué del escritorio tras el que estaba sentada, escribiendo números con diligencia en una columna. Llevaba un vestido de cuello alto con todos los botones abrochados hasta la barbilla y las largas mangas sólo dejaban ver sus manos. Fruncía delicadamente el cejo. Cuando se convirtiese en su mujer, dejaría de tener preocupaciones.

La chica levantó la vista y se sobresaltó. Luego se echó hacia atrás y se llevó una mano al pecho.

—¡Por Dios, Sasuke-kun! Me has dado un buen susto. ¿Cuánto tiempo llevas ahí espiándome?

—Ni de lejos el suficiente —contestó él lacónicamente mientras entraba en el despacho aparentando una confianza que no sentía. Dejó el cuenco sobre la mesa — . Toma, para ti y para el hogar de tus niños.

El hogar era una pequeña casa que ella estaba acondicionando, con el propósito de ofrecer a los huérfanos como ella una vida más fácil. Lo miró y entrecerró un poco los ojos tras sus lentes.

—¿Son ganancias ilícitas?

—Por supuesto.

Karin cogió el cuenco y le sonrió. Como de costumbre; su traviesa expresión lo golpeó igual que un fuerte puñetazo en el estómago.

—Entonces tendré que quedármelas y hacer buenas obras con ellas para absolverte de tus pecados.

A pesar de que su voz tenía un cierto tono burlón, un velo de tristeza le nublaba la mirada.

—Nadie puede absolverme de mis pecados, Karin. Ya lo sabes. — Hizo un gesto con la mano para evitar que intentara discutir con él sobre el tema y, rápidamente, se sentó frente a su escritorio —. Es muy tarde.

—Es increíble lo muchísimo que hay que trabajar para tener al día la contabilidad de Suigetsu. Sus beneficios son asombrosos.

—Siempre ha dicho que si se quiere morir rico hay que invertir en vicio.

—Pues no cabe duda de que así morirá, y en cierto modo es bastante triste. Debería gastarse el dinero en algo que lo hiciese feliz.

—Creo que lo que a él lo hace feliz es sacarles el dinero a todos esos ricachos jefes del clan. —Su acento dejó entrever sus orígenes callejeros. Como ambos compartían los mismos orígenes, solía relajarse cuando hablaba con ella.

—Pero ¿es realmente feliz? — preguntó Karin.

—¿Lo somos alguno de nosotros?

Las lágrimas asomaron a los ojos de la joven...

—Maldita sea, Karin...

Ella levantó la mano.

—No pasa nada. Estoy en baja forma, eso es todo. Y aunque no puedo afirmar que sea feliz, creo que en general estoy bastante contenta.

Aquél era el momento perfecto para prometerle felicidad eterna. Pero de repente, su despacho parecía el lugar más espantoso y poco romántico del mundo. ¿En qué diablos estaba pensando cuando decidió pedir allí su mano? El sitio donde lo hiciera debía ser tan memorable como la proposición misma.

Al día siguiente. Se lo pediría al día siguiente. Carraspeó y se puso en pie.

—Bueno, es bastante tarde. Será mejor que me vaya.

Ella le dedicó otra traviesa sonrisa.

—Ha sido muy amable por tu parte venir a saludar. —Tocó el cuenco de cobre que contenía sus ganancias — . Y te agradezco mucho tu contribución.

—Te daría más, ganancias legítimas, si lo aceptases.

—Ya has hecho más que suficiente por mí, Sasuke-kun

Otra oportunidad perfecta para decirle que ni de lejos había hecho lo que le gustaría, pero las palabras se le atascaron en la garganta. ¿Por qué le costaba tanto hablar con Karin cuando se trataba de sentimientos? ¿Sería porque, tal como él temía, en lugar de corazón poseía sólo un agujero negro que reflejaba la oscuridad de su alma?

Dio un paso atrás.

—Seguramente volveré mañana.

—Cuando vengas, te diré exactamente en qué voy a gastar el dinero que me has dado.

—Gástalo en lo que tú quieras, Karin. Te lo doy sin condiciones. No me debes ninguna explicación.

—Nunca te has sentido cómodo con los huérfanos, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? Todos mis amigos son huérfanos.

—La "pequeña" y peligrosa banda de Orochimaru. Somos un grupo bastante peculiar, ¿no crees?

—Sólo porque superamos las circunstancias de nuestra juventud y nos va bastante bien a todos.

—Tenemos que agradecerle nuestra suerte a tu abuelo. Cuando te salvó a ti, nos salvó a todos.

—Si es que de verdad era mi abuelo.

—¿Cómo puedes seguir dudándolo?

Estuvo tentado de decirle la verdad, pero no creía que ella aprobase la mentira que estaba convencido de estar viviendo. Le dedicó lo que esperaba que fuese una encantadora sonrisa.

—Buenas noches, Karin. Que tengas dulces sueños.

—Cuando dormía, él sólo tenía pesadillas.

Salió del despacho a toda prisa para que ella no pudiese seguir acosándolo con más preguntas. Su antigua vida era una época que a Sasuke no le entusiasmaba recordar. A veces, le resultaba extraño querer casarse con una mujer tan ligada a su pasado. Con ella a su lado nunca podría huir de esos recuerdos, aunque tal vez podría ayudar a hacerles frente.

—Estaba a punto de marcharse del club cuando oyó:

—Me debes cinco libras, Sasuke-kun.

Se detuvo bruscamente, se dio la vuelta y observó cómo Suigetsu se acercaba a él con una confiada sonrisa afilada en su tosco rostro.

—Eso no lo sabes — contestó, cuando Suigetsu se detuvo frente a él.

—Entonces, ¿le has pedido a Karin que se case contigo?

Sasuke suspiró, se sacó la cartera del bolsillo interior de la chaqueta y le dio la cantidad que le había pedido.

—Nunca debí confiarte mis intenciones.

—No, lo que no debiste hacer es aceptar la apuesta. —Suigetsu se guardó el dinero — . ¿Te quieres llevar a alguna de mis chicas a casa esta noche? —Le guiñó un ojo — . Quizá te sirva de consuelo...

Sasuke lo maldijo con todas sus fuerzas por tentarlo, y se maldijo a sí mismo por lo mucho que le costaba resistir la tentación. Nunca había estado con una de las chicas de Suigetsu.

—No voy a dejar que Karin me vea saliendo de aquí con una de tus chicas.

—Haré que vaya por la puerta de atrás. Karin nunca lo sabrá.

—¿Es que crees que tus chicas no hablan?

—Son muy discretas. Insisto en el ofrecimiento.

Sasuke se lo pensó y luego negó con la cabeza.

—No, no me arriesgaré a que ella dude del afecto que le tengo.

—¿Estás diciendo que has sido célibe durante todos estos años?

—Pues claro que no, pero soy tan discreto como tus chicas. — El Konoha's club no era el único lugar de la ciudad que ofrecía compañía femenina. Y era más improbable que Karin oyese hablar de sus escarceos si los buscaba en otra parte. Durante algunos años, incluso tuvo una amante, pero se separaron cuando Sasuke decidió que había llegado la hora de pedirle a Karin que se casara con él.

—Por el amor de Dios, ella trabaja aquí; sabe que los hombres tienen necesidades.

—No quiero que empiece a preguntarse por las mías. Lo entenderías si hubiese alguien especial en tu vida.

—Yo prefiero pagar por mis mujeres. Así me aseguro de que no hay malentendidos.

Y según la experiencia de Sasuke, tampoco pasión verdadera.

—Entonces, ¿mantenemos la apuesta para mañana? — preguntó Suigetsu.

—Claro.

—Hace casi un año que te propusiste decírselo. No me gusta hacerme rico a costa de mis amigos, así que soluciona ya ese tema, ¿quieres?

—Si no te gusta, ¡deja de proponerme la maldita apuesta!

—Ya sabes que apostar es mi debilidad. —Esbozó una media sonrisa — . Y casi nunca puedo ganarte a las cartas.

—Mañana. Se lo pediré mañana — dijo Sasuke con renovada seguridad.

Suigetsu le dio una palmadita en el hombro.

—Tú trae otras cinco libras por si acaso.

No podía hacer nada para borrar la sonrisita de la cara de Suigetsu Del mismo modo que Karin estaba en deuda con Sasuke, éste lo estaba con Suigetsu, una deuda que jamás podría pagar.

Salió del edificio y se adentró en la noche, que lo recibió envuelta en niebla. La humedad le provocó un repentino dolor en las articulaciones que le recordó las muchas noches que había pasado durmiendo al raso. Ahora, siempre mantenía las habitaciones de su casa muy caldeadas, simplemente porque podía hacerlo. Tras haber pasado una infancia sin comodidades, se permitía todas las que estaban a su alcance. Se había ganado una reputación de excéntrico y extravagante por gastar el dinero a lo loco, pero lo cierto era que podía gastar tanto como quisiera en lo que más lo complaciese. Ser socio de Suigetsu se lo aseguraba.

Éste tenía razón, invertir en vicio generaba grandes beneficios.

Antes de que llegase al carruaje, su lacayo le abrió la puerta al tiempo que le hacía una pequeña reverencia.

—A casa, en seguida — ordenó, mientras subía al vehículo.

—Sí, Sasuke-sama.

La puerta se cerró y Sasuke se recostó en el lujoso asiento. El coche se puso en marcha. Por la ventana, no podía ver mucho más allá de los remolinos de niebla gris, aunque no se podía decir que ésta le molestase; ya hacía tiempo que tenía un lugar fijo en sus sueños.

Tampoco es que soñase muy a menudo. Para soñar, uno tenía que dormir, y Sasuke no solía dormir muchas horas. No creía que ninguno de ellos durmiese muy bien. Los niños de Oruchimaru. Estaban unidos por lo que habían hecho. Cosas que la nobleza de Konoha nunca comprendería que alguien estuviese tan desesperado como para hacer.

Ésa era una de las muchas razones de que no se sintiese completamente cómodo con el lugar que ocupaba en el mundo. Poco después de la muerte del anciano que lo rescató, Sasuke fue a un festival para exhibir públicamente su título de nuevo lider del clan Uchiha, y cuando anunciaron su llegada desde lo alto de la escalinata de madera, un murmullo recorrió el salón principal. Él se paseó tranquilamente entre los invitados desafiando a cualquiera que se atreviese a cuestionar su presencia allí. Nadie fue capaz de sostenerle la mirada.

Una imagen revoloteaba en los confines de su mente. Una de las jóvenes presentes, no sólo lo había hecho, sino que prácticamente lo había desafiado. Pensaba en ella de vez en cuando, pero no sabía muy bien por qué. Aquella chica no tenía nada que ver con Karin. Lucía un elegante vestido de noche y llevaba hasta el último pelo de su azulada melena en su sitio: parecía una niña mimada y consentida. Ése era uno de los motivos por los que detestaba formar parte de la aristocracia. Aquella gente no sabía nada del sufrimiento. No entendían lo humillante que era tener que robar o matar a cambio de que el maldito de Orochimaru les diese qué llevarse a la boca. Jamás habían sentido la crueldad de sus experimentos, como castigo por no haber conseguido suficientes sacrificios cuando salían a en su busqueda. No conocían el miedo a ser descubierto. Los niños también iban a la cárcel; a veces, los llevaban a Suna o Kumo en grandes barcos y otras incluso los ahorcaban.

El carruaje se detuvo y Sasuke se apeó cuando se abrió la puerta. Siempre sentía un aguijonazo de culpabilidad cuando llegaba a su casa de Konoha. En ella podían vivir cómodamente dos docenas de familias, pero en vez de eso, el único que vivía allí era él, acompañado por dos docenas de sirvientes. Por supuesto, eso cambiaría cuando se casara con Karin. Pronto, aquellos pasillos estarían llenos de niños, que tendrían una vida muchísimo mejor que la que habían conocido sus padres.

La enorme puerta se abrió. Le sorprendió ver a su mayordomo todavía despierto. Sasuke apenas descansaba; entraba y salía cuando le venía en gana. No esperaba que sus sirvientes viviesen en función de sus hábitos nocturnos.

Teuchi llevaba muchos años cuidando de aquella casa y estaba allí desde bastante antes de que él se fuese a vivir con el anciano. El mayordomo había sido extremadamente leal al anterior mis Uchiha y ni una sola vez, según Sasuke tenía entendido, había cuestionado al anciano que lo salvó cuando éste afirmaba que él era su nieto.

Cuando la puerta se cerró, Sasuke se quitó el sombrero y se lo dio al hombre.

—Ya te he dicho muchas veces que no tienes que quedarte despierto hasta que vuelva.

—Lo sé, Sasuke-sama pero esta noche he creído que era mejor hacerlo.

—¿Y eso por qué? — le preguntó mientras se quitaba los guantes.

—Una señorita ha llegado hace un rato.

Él se quedó inmóvil.

—¿Quién?

—No lo ha dicho. Ha llamado a la puerta de servicio y ha explicado que era de vital importancia que hablase con usted; en realidad, sus palabras exactas han sido que se trataba de un asunto de vida o muerte. Le está esperando en la biblioteca.

Sasuke miró en dirección al pasillo.

—¿Y no tienes ni idea de quién es?

—No, Sasuke-sama, aunque me atrevería a decir que es una señorita de la más alta alcurnia. Se le nota.

Durante aquellos años, muchas damas de buena cuna habían estado en su cama. Vivía una vida de abundancia a la que muchas mujeres habían intentado acceder, pero él siempre les había dejado muy claro que no podía ofrecerles nada permanente. Algunas, simplemente habían querido jugar con el diablo por una vez. Pero ninguna había dicho nunca que su visita fuese un asunto de vida o muerte. Qué dramático. La noche prometía ser entretenida.

Le dio los guantes a Teuchi.

—Asegúrate de que nadie nos moleste.

—Sí, Sasuke-sama.

Sentía curiosidad. Avanzó por el pasillo. Ningún lacayo esperaba en la puerta. No había razones para creer que sus servicios fuesen necesarios a aquellas horas tan intempestivas. Sasuke entró en la biblioteca y cerró de un portazo: una ruidosa aparición pensada para desarmar a su visitante.

La mujer que esperaba junto a la ventana y observaba el jardín oculto en las sombras y la niebla, se volvió bruscamente. La capucha de la capa colgaba sobre los hombros, y el broche con que se la sujetaba impedía ver lo que, de otro modo, sería una deliciosa imagen de la piel que descendía desde su garganta hasta su escote. Bajo la prenda se adivinaba un vestido pensado para seducir y, por motivos que Sasuke no alcanzaba a comprender, de repente se sentía muy abierto a la seducción.

—Lady Hinata Hyūga, si no recuerdo mal — dijo, arrastrando las palabras. Se acercó lentamente a ella, hasta que pudo oler el carísimo perfume a rosas que emanaba de su piel.

La joven abrió ligeramente sus ojos plateados.

—No sabía que supiera mi nombre.

—Forma parte de mis intereses saber quién es todo el mundo.

—¿Me considera uno de sus intereses?

—Claro, lady Hinata. ¿No es eso lo que pretendía cuando me desafió aquella noche en el baile?

—No particularmente — murmuró ella.

Fascinado, observó cómo se movía su delicada garganta al tragar saliva. Aquello era lo único que sugería que tal vez se estuviese replanteando su visita. Era mucho más encantadora de lo que recordaba, o quizá fuese que la madurez le sentaba muy bien. Aún seguía teniendo el coraje de aguantarle la mirada. O quizá no, porque vaciló un segundo, desvió la vista y se humedeció los labios. Una invitación a algo más íntimo.

Él le deslizó un dedo por la suave piel de debajo del mentón e hizo que volviera a mirarlo a los ojos. Notó cómo a ella se le aceleraba el pulso bajo la piel y se agitaba como una pequeña mariposa de luz que había osado acercarse a una llama y de repente se encontraba sin escapatoria. Era evidente que era una principiante en el arte de la seducción, pero no importaba. Él tenía experiencia suficiente por los dos.

—Ya sé por qué estás aquí —señaló, adoptando un tono de voz grave y provocativo, como preludio de otra escena entre las sábanas de seda de su cama.

La joven arrugó su delicada frente. Sus rasgos eran de la más exquisita perfección. Era evidente que la naturaleza los había creado con esmero y que los infortunios de la vida no los habían alterado.

—¿Cómo... ? —empezó a decir ella.

—No creas que eres la primera que intenta hacerme caer en la trampa, pero no soy presa fácil. — Deslizó el dedo hasta llegar al broche que descansaba sobre su garganta —. No me cabe ninguna duda de que tu lacayo está detrás de la ventana, observando, esperando el momento perfecto para aparecer. —Le abrió el broche con destreza y dejó caer la capa. La tela se deslizó por sus hombros hasta llegar al suelo.

Sasuke se tensó ante aquella perfecta visión, ante todo lo que Hinata podía ofrecer. Hacía demasiado tiempo que no tenía una mujer entre sus brazos. Pensó que, incluso aunque cayese en su trampa, podría escapar de ella con facilidad. Se le acercó hasta que su respiración se mezcló con la suya.

—Pero aunque tu lacayo me vea quitándote la ropa, aunque te vea a ti aceptándome con los brazos abiertos y gimiendo presa del éxtasis, jamás me casaré contigo — susurró.

No le pasó desapercibido que ella se quedaba sin aliento.

—No me preocupa mancillar tu reputación. —Rozó los labios de Hinata con los suyos — . Si te quedas embarazada, no me preocuparé de darte respetabilidad. El precio que se paga por bailar con el diablo es residir en el infierno.

Posó la boca firmemente sobre los labios de Hinata y no le sorprendió que ella consintiese con tanta facilidad. Aunque no hubiese ido allí a atraparlo, Sasuke sabía lo que él significaba para ella: sólo una curiosidad. Un poco de mala conducta antes de asentarse en un matrimonio respetable con un joven cuyo linaje jamás fuese puesto en entredicho a sus espaldas.

No se resistió cuando la instó a abrir los labios y gimió cuando él deslizó la lengua en su boca y no dejó ningún rincón por explorar. Le agarró las solapas de la chaqueta y, por un momento, a Sasuke le pareció que se tambaleaba. Eso le hizo sentir tal anhelo que casi se le doblaron las rodillas.

Por mucho que maldijese a la muchacha y a su propia debilidad, reconocía que no tenía fuerza de voluntad para resistirse a la tentación. La iba a poseer. Así lo había querido ella al llamar a su puerta. Él era un hombre que jamás dejaba pasar una buena oportunidad, y aquella joven le estaba brindando una rebosante de pasión. Hacía demasiado tiempo que Sasuke no daba rienda suelta a sus deseos. Ella se podría beneficiar de todo lo que él iba a ofrecerle aquella noche, pero nada más que eso. Por la mañana, lady Hinata no se llevaría de allí nada más que los recuerdos.

Apartó la boca de la suya, le cogió la cara entre las manos y la miró a los ojos.

—Asegúrese de que esto es lo que quiere, Hinata-hime, porque una vez hecho ya no habrá vuelta atrás.

Ella respiraba con agitación mientras negaba con la cabeza.

—No ha entendido mi propósito al venir aquí.

—¿Tú crees? —preguntó Sasuke con tono burlón.

La vio asentir.

—Quiero hacer desaparecer a alguien, y he oído que usted es el hombre a quien debo acudir.

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Hola mis amores, nueva historia basada en un buen libro que me encontré es una adaptación, trataré de que encuadre en el mundo shinobi y sí puede haber ooc oc pues algunas acciones quiza nunca pasarían en la realidad de cada personaje. habrá SasuKarin pues esta chica es la unica que encuadraría congruentemente con la línea de la historia.