Los personajes son propiedad de Masashi Kishimoto y la historia es una adaptación del libro "En la cama con el Diablo" Lorraine Heath si no te gusta el SasuHina y el SasuKari no lo leas. puede contener algo de oc pues se trata de una adaptación y no quiero cambiar la esencia de la historia original. Si eres de mente cerrada y no gustas del erotismo no lo leas.
Buena lectura
2
Si Hinata no hubiese estado tan cerca del Uchiha, con sus corazones latiendo casi al mismo ritmo errático, hubiese creído que alguien le había asestado a él un golpe tremendo. Sin embargo, pareció recomponerse bastante rápido: la soltó, se alejó de ella y volvió a adoptar una expresión inescrutable, la misma máscara que llevaba cuando entró en la biblioteca.
Aunque estaba segura de que el mayordomo le había dicho que una dama había ido a visitarlo, el Uchiha no pareció sorprendido en absoluto de que fuese ella la mujer en cuestión. Sólo cuando dejó de besarla, pudo entrever alguna emoción en su rostro, y hubiese jurado que era deseo. ¿Deseo por ella en concreto? No era muy probable. No cabía duda de que se trataba de lujuria en estado puro; poco importaba quién tuviese delante.
Uchiha era conocido por flirtear hasta los límites de la respetabilidad, y no cabía duda de que estaba acostumbrado a arrastrar a cualquiera hacia el precipicio con él. Pero para su inmensa vergüenza, Hinata no pudo evitar pensar que sería una maravillosa caída. En el lugar más recóndito de su mente, allí donde se escondían las maldades, lo había imaginado besándola; pero jamás, ni en la más salvaje de sus fantasías, había pensado que sus labios serían tan suaves, su boca tan cálida ni su lengua tan decidida a abrirse camino. A pesar de que lo que habían hecho no era muy civilizado, y de saber bien que tendría que haberse apartado de él, haberse resistido, que debería haberlo abofeteado... lo único que había deseado era profundizar en su intimidad. Sus labios tenían un sabor que nunca antes había probado. Era descarado en sus exploraciones y, en sólo un segundo, había conseguido que ella olvidase cuanto había aprendido sobre decoro.
Al juguetear con su boca sobre la suya había provocado que su cuerpo se estremeciese con violencia y ardiese de deseo como jamás lo había hecho. Se había sentido tentada de seguir el camino por el que la estaba conduciendo, pero había mucho en juego: no podía dejarse llevar. Las palabras de él la habían convencido además de que si sucumbía a sus encantos nunca la respetaría, tal como sin duda habría hecho con muchas otras mujeres antes que ella; y en esa etapa del juego, Hinata necesitaba tener ventaja.
El lider Uchiha le dio la espalda y se acercó a una pequeña mesa en la que había una buena variedad de licoreras en una especie de cerámica. Destapó una de ellas y vertió parte de su líquido transparente en dos platillos especiales para tal licor.
—¿Desaparecer? Qué bonita palabra. Supongo que lo que quieres decir es que deseas que alguien muera —afirmó con rotundidad.
—Sí —contestó ella, alargando el brazo y cogiendo su capa, que se acercó al cuerpo, como si aquella prenda fuera a ayudarla a dejar de temblar. Cómo deseaba volver a acercarse a él y deslizar las manos por su espalda y por sus hombros. Quería hundir los dedos en su espeso cabello negro, presionar su cuerpo contra el suyo. Bailar con el diablo, ni más ni menos. Que Dios la ayudara, quería acostarse con el Uchiha.
Éste se alejó de la mesa y le ofreció uno de los platillos. Ella tragó saliva mientras se concentraba en no temblar y tendía el brazo para cogerlo. Se detuvo brevemente al posar la mirada sobre el pulgar derecho del hombre: lo tenía lleno de cicatrices, como si alguien le hubiese hecho repetidos cortes con un cuchillo. Después de observarlo durante unos segundos, se dio cuenta de que se debían de haber utilizado distintos cuchillos. También tenía varias señales de quemaduras.
—Por mucho que lo mires, no parecerá más bonito —dijo él sarcástico.
Ella levantó la mirada.
—Le ruego que me perdone. Yo... —No podía decir nada para arreglarlo, así que se limitó a coger el vaso que le ofrecía — . Gracias.
El lider Uchiha la recorrió con una mirada llena de desdén. Hinata apenas podía mantener la cabeza erguida, pero, aun así, lo consiguió.
Pasó a su lado, rozándola, y se dejó caer en una silla con insolencia. Había desaparecido cualquier rastro de caballerosidad en él y tampoco quedaba ningún indicio de que la viese a ella como una dama. Aunque, a decir verdad, había dejado de ser un caballero en el momento en que sus cálidos y flexibles labios se habían posado sobre los suyos. Hinata seguía sintiéndose arder al recordar cómo la boca masculina había obligado a la suya a abrirse, a aceptar la invasión de su lengua. Y, al hacerlo, ella había dejado de ser una dama. Pero podía recordarlo fácilmente recurriendo a su educación.
El Uchiha dio un largo trago a su bebida y, con la mano que sujetaba el platillo, señaló el sillón que tenía delante. Hinata, que no estaba muy segura de cuánto tiempo la sostendrían sus temblorosas piernas, se sentó con elegancia, cuidando su postura y decidida a seguir actuando como una dama, aunque él hubiese dejado de hacerlo como un caballero. Desde aquella primera noche, había imaginado estar en su presencia más de mil veces, pero no de aquella forma. En sus sueños siempre estaban en un baile, sus miradas se cruzaban a través del salón...
—¿Quién? — preguntó el lider Uchiha.
La brusquedad de su tono la alejó de sus fantasías. Entrelazó ambas manos sobre el vaso.
—¿Disculpe?
Él suspiró con impaciencia.
—¿A quién quieres matar?
—No se lo diré hasta que esté segura de que está dispuesto a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque si no lo va a hacer, no quiero que vaya a contárselo.
—No — la interrumpió el Uchiha cortante.
La decepción se apoderó de ella. Por un momento, pensó en discutir con él, pero la había dejado fuera de juego con aquel beso y su absoluto desprecio. Se levantó, ignorando el leve temblor que sentía y decidida a salir de la habitación con la mayor dignidad posible.
—En ese caso, gracias por su tiempo.
—No —repitió él—. No estaba diciendo que no quiera hacerlo. He dicho que no porque has contestado a la pregunta equivocada.
—¿Disculpe?
—No te estaba preguntando por qué no me quieres decir quién es, sino por qué quieres que muera.
—Oh. — Hinata volvió a sentarse. La esperanza volvió revoloteando a ella como un polluelo que está aprendiendo a volar—. Me temo que tampoco puedo decirle eso.
El lider Uchiha dio otro sorbo a su Sake y la estudió por encima del platillo. Ella tuvo que esforzarse por no estremecerse. No podía decirse de él que poseyera una belleza clásica. Tenía la nariz ligeramente torcida e irregular en la parte de arriba, como si se la hubiese roto en algún momento. Era extraño, pero a decir verdad, ese rasgo otorgaba carácter a un rostro que de otro modo hubiese parecido demasiado elegante. Le hacía falta un afeitado, pero sospechaba que a aquellas horas de la noche le ocurría lo mismo a cualquier otro hombre. Aún podía sentir sobre sus mejillas el lugar exacto por el que se habían deslizado sus patillas cuando la había besado.
Cerró los ojos y luchó por detener las eróticas imágenes que la asaltaban y la embarazosa reacción de su cuerpo ante ellas. Sentía un extraño hormigueo en los labios y los tenía aún ligeramente hinchados. Se preguntaba si volverían a la normalidad algún día. Por lo visto, provenir de las profundidades del infierno lo hacía a uno muy ardiente. La sorprendía que no la hubiese reducido a cenizas al acercarse a él.
—¿A cuántos hombres has besado? — preguntó Uchiha de repente.
Hinata abrió los ojos de golpe y, ¡maldita fuera!, se estremeció. Se planteó mentir, pero ¿qué iba a ganar engañándolo? Sospechaba que él ya mentía suficiente por los dos.
—Esta noche ha sido la primera vez.
El lider Uchiha bebió otro largo trago de su bebida mientras la sometía a otro minucioso escrutinio. A ella no le gustaba que la estudiase. No le gustaba nada. No podía evitar acordarse de aquella primera noche: cuando la miró, tuvo la sensación de que estaba considerando su valor y que acabó decidiendo que valía muy poco.
—Pero no estoy aquí para hablar de besos, estoy aquí para hablar...
—Sí, sí, quieres saber si estoy dispuesto a matar a alguien por ti. Y, además, esperas que acepte tu palabra de que ese hombre merece morir sin que me expliques lo que ha hecho. Por lo que yo sé, quizá se haya olvidado de pedirte un baile.
—Supongo que no me creerá tan superficial.
—Sé muy poco de ti, lady Hinata, excepto que no tienes ningún reparo en visitar a un hombre a altas horas de la noche. Tal vez visitaras a ese otro caballero, él te rechazó y quieres vengarte.
—No suelo visitar a caballeros a altas horas de la noche.
—Tus actos dicen todo lo contrario.
—¿Juzga a todo el mundo por sus actos?
—Son mucho más sinceros que las palabras.
—Y no me cabe duda de que usted tiene una dilatada experiencia con las mentiras.
Una de las comisuras de los labios de él se curvó ligeramente hacia arriba, esbozando una burlona imitación de sonrisa.
—La mayoría de las mujeres adulan a un hombre cuando esperan que éste acceda a sus peticiones.
Hinata observó el vaso que tenía entre las manos. Se preguntó qué pasaría si se bebiese su contenido, si encontraría en el licor el valor que le faltaba.
—No pretendía insultarle.
—¿Ah, no?
Ella volvió a levantar la mirada hasta encontrarse con la de él.
—Bueno, supongo que sí.
El lider Uchiha abrió ligeramente los ojos, sorprendido por la sinceridad de su respuesta.
—Entonces, ¿qué ha hecho ese caballero para ganarse tu desprecio? ¿Te ha pisado los pies mientras bailaba contigo? ¿Te ha regalado flores marchitas?
—Mis motivos son personales, milord. No conseguirá que se lo diga. Cuando acceda a encargarse de él, le diré de quién se trata.
—¿Por qué debería aceptar? ¿Cuál será mi ganancia?
—Le pagaría muy bien a cambio de sus servicios.
Su sonora carcajada resonó en las paredes cubiertas de estanterías repletas de libros, y de alguna forma resultó evidente que aquél era el lugar al que pertenecía. Un espacio masculino, sin sitio para nada de naturaleza más amable.
—Lady Hinata, dinero es una de las cosas que no necesito en absoluto.
Ella ya había previsto que pudiese contestar eso, lo que la dejaba en una posición muy débil para negociar. ¿Qué podía ofrecerle? Había oído suficientes rumores como para saber que era un hombre que no hacía nada por caridad.
—¿Qué es lo que necesita entonces, milord?
—¿De ti? Nada.
—Seguro que necesita algo que sus presentes circunstancias no le pueden proporcionar.
Él se puso en pie.
—Nada por lo que vaya a matar a un hombre simplemente porque tú deseas que muera. Has malgastado tu tiempo al venir aquí. Por favor, vete.
Y tras decir eso volvió a la esquina de la biblioteca y se llenó el platillo de nuevo. Hinata no pensaba suplicar, pero tampoco iba a abandonar tan fácilmente. Se puso en pie.
—¿No hay nada que desee con absoluta desesperación? ¿Algo por lo que haría cualquier cosa?
—Si tantas ganas tienes de verlo muerto, mátalo tú misma.
—Tengo miedo de no conseguirlo. Siempre he pensado que no todo el mundo es capaz de hacer algo así.
—¿Te refieres a que hay que ser como yo tal vez? ¿Un bastardo sin corazón?
—¿De verdad lo mató? ¿Mató a su tío? —No se podía creer que le hubiese hecho esa pregunta tan insolente. Las palabras habían escapado de su boca sin que tuviese ocasión de detenerlas.
Él apuró el sake de su platillo y se sirvió más.
—¿Qué respuesta te satisfaría más, lady Hinata?
—Una respuesta honesta.
Él se volvió lo justo para mirarla a los ojos.
—No, no maté a mi tío.
Y a pesar de la respuesta y de que su franca mirada confirmaba que lo que había dicho era absolutamente cierto, a ella se le erizó el vello de la nuca y se le quitaron las ganas de seguir allí con él. Había sido una tonta por ir a verlo, pero la desesperación a menudo empuja a la gente a hacer tonterías.
—Siento mucho haberle molestado, milord.
—No te preocupes, Hinata, el beso bien valía la visita nocturna.
Ella levantó ligeramente la barbilla.
—Es una lástima que yo no pueda decir lo mismo.
Su sombría carcajada la siguió mientras abandonaba la biblioteca, y no le cupo ninguna duda de que ese sonido encontraría la forma de colarse en sus sueños junto con el recuerdo de sus labios sobre los de ella. Visitar al diablo había sido un error y lo único que podía hacer era rezar para que sus acciones no se volviesen en su contra.
«Maldita sea, maldita sea, maldita sea.»
Arrellanado en el mullido sillón de brocado, Sasuke apuró la última gota de sake de la botella antes de arrojarla contra la pared. Echó la cabeza hacia atrás. Le costaba respirar; la habitación daba vueltas a su alrededor y un remolino de oscuridad se cernía sobre él. Era la tercera botella que se acababa. Una más debería bastarle para adormecer las terribles imágenes de inocencia pérdida que lo atormentaban, para volver a encerrarlas en los más oscuros confines de su mente. Una más debería tragarse el remordimiento, la culpa, el arrepentimiento.
Mientras otros rezaban a Dios, él le había vendido su alma al diablo el día que encontró el valor para hacer lo que debía. Y ahora, aquella estúpida cría venía a pedirle que lo hiciese de nuevo.
«¡Maldita sea!»
Llevaba ya mucho tiempo invitándolo a sus estúpidos bailes como si éstos fuesen importantes, como si valiese la pena que malgastase su tiempo pasando una noche en su compañía. ¿Qué sabría ella del tormento? ¿Qué sabría del infierno? Si aceptaba su proposición, sólo conseguiría arrastrarla con él de donde jamás encontraría la salida. Sasuke lo sabía perfectamente.
Alargó el brazo y cogió otra de las botellas que había alineado en el suelo, junto al sillón. Ya había pasado muchas noches como ésa, sin saber dónde encontrar consuelo cuando no tenía ninguna mujer a mano.
¡Maldición! Debería haberse llevado a casa a una de las chicas de Suigetsu. Ni siquiera Karin podría ofrecerle consuelo en esos momentos, pues no sería capaz de poseerla con la desesperación que se adueñaba de él cuando estaba así. Lo que necesitaba era una mujer lo bastante fuerte como para aceptar sus poderosas embestidas sin arredrarse, una mujer que no se acobardase, que pudiese desatar la bestia que anidaba en su interior sin intentar apaciguarla.
De repente, le vino a la mente una imagen de lady Hinata contorsionándose debajo de su cuerpo y arrojó la botella medio vacía a la otra punta de la habitación. Maldijo a la joven una vez más. Se había esforzado mucho por ser civilizado, por no volver a sus raíces, y ella había conseguido desestabilizarlo por completo. Debería haberla cogido entre sus brazos y haberla llevado a su habitación; tendría que haberle demostrado exactamente de lo que era capaz.
¿Asesinato? Cielo santo, ya había demostrado que era capaz de cosas mucho peores.
Del diario personal de Sasuke Uchiha
Yo no sabía cómo se llamaba el hombre al que maté. No sabía que el destino lo había elegido para heredar un título.
Sólo sabía que ese hombre le había hecho daño a Karin, con crueldad y sin piedad alguna. Por eso decidí ser su juez, jurado y verdugo.
Por desgracia, en mi desesperación por hacer justicia me precipité y no tomé las precauciones pertinentes. Un testigo me vio cometer el crimen y me arrestaron en seguida.
Al mirar todo el asunto con perspectiva, me doy cuenta de que fui muy arrogante al pensar que poseía la sabiduría necesaria para decidir el destino de aquel hombre. Ya me habían arrestado una vez antes, cuando tenía ocho años, y estaba familiarizado con el sistema judicial. Aquella vez pasé tres meses en la cárcel. Me condenaron a llevar la marca de mi delito en el pulgar derecho. Una «L», de ladrón, que me grabaron a fuego sobre la piel.
Un año después de que me soltaran, se dictaminó que debía cesar la práctica de marcar a los criminales de ese modo tan cruel. Y dejaron de hacerlo.
Vi que la cárcel no es un lugar agradable. Oí que a algunos criminales se los llevaban lejos de Konoha, en grandes barcos, pero no conocía a nadie a quien le hubiese sucedido tal cosa y no podía juzgar si eso era justo o no.
Presencié uno o dos ahorcamientos públicos. Me parecía una forma muy triste de irse de este mundo.
Pero, aun así, no estaba dispuesto a arriesgarme a que el hombre que le había hecho daño a Karin pudiese librarse de su castigo, o que éste no fuese el que merecía. Por eso lo maté.
El policía que me arrestó me aseguró que muy pronto colgaría de una cuerda mecido por el viento. Escuché sus graves predicciones con estoicismo sin arrepentirme de lo que había hecho. Cuando alguien le hace daño a las personas que uno quiere, hay que hacer lo que es debido. Y yo siempre había querido a Karin.
Estaba esperando en una sala de interrogatorios de los Yamanaka cuando vi entrar a un anciano. La venganza ardía en sus ojos y, sin que nadie me lo dijese, supe que era el padre del hombre al que yo había matado. Por su ropa y su forma de actuar, en seguida me di cuenta de que aquel hombre tenía el poder de enviarme derechito al infierno.
Se me quedó mirando fijamente y yo le sostuve la mirada. Desde el día que me arrestaron, no había abierto la boca ni una sola vez; salvo para decir mi nombre. Tampoco había confirmado ni negado los cargos.
—Si os detienen, mantened la boca cerrada siempre —nos había advertido Orochimaru—. No importa que lo que digáis sea verdad o mentira, ellos le darán la vuelta para utilizarlo para sus fines.
Pronto aprendí que no había que tomarse sus palabras a la ligera. Orochimaru sabía muy bien de qué hablaba.
Entonces, el anciano hizo algo muy extraño. Dio un paso adelante, me cogió la barbilla con su mano enguantada y me giró la cabeza a un lado y a otro.
—Necesito más luz — dijo.
Trajeron más quinqués y los colocaron sobre la mesa, haciendo que me sintiera totalmente expuesto. Entonces, la ira que ardía en los ojos del hombre dio paso a otro sentimiento, una emoción que no fui capaz de reconocer.
—¿Qué ocurre, milord? — preguntó un inspector.
—Creo que es mi nieto — contestó el anciano con voz ronca.
—¿El que desapareció?
Él asintió una sola vez y en ese preciso momento yo descubrí una forma de escapar de mi destino. Ya hacía tiempo que había aprendido a analizar a los demás y en seguida supe lo que aquel caballero quería. Me esforcé por contestar a sus preguntas de tal forma que él pensara que estaba en lo cierto y yo era la persona que creía que era.
Cuando estuvo completamente convencido de que yo era su nieto, les pidió a los inspectores que nos dejasen un momento a solas. Entonces se sentó en una silla frente a mí.
—¿Has matado a mi hijo? —preguntó.
Yo asentí.
—¿Por qué?
Por primera vez aquella noche dije la verdad, y fue precisamente la verdad lo que lo convenció de que yo era redimible. Sin embargo, pasó bastante tiempo hasta que consiguió perdonarme por completo.
Mi salvación y mi castigo fue vivir el resto de mis días como su nieto
